LABERINTO

(Fragmento de la novela El jardín de los espejos )

 

© Raquel Marcos

 

 

¿Cuánto tiempo más podré abrirme paso entre las arterias de este laberinto? ¿Qué fuerza me impulsa a seguir adelante? Mi herida todavía abierta va dejando cruentos regueros sobre los redondeados guijarros y cualquiera que opte por seguir mis pasos no tiene más que guiarse por ellos para alcanzarme. Una hilera de hormigas se abre camino con implacable diligencia y mis gigantescos pies, ignorantes de su esfuerzo, las aniquilan. Desorientadas, giran sobre sí mismas dejando atrás los cadáveres de sus hermanas y persistiendo en su ineludible tarea. Una flor amarilla yace, todavía dotada de vida, en mitad del sendero, la recojo e introduzco su tallo entre mis cabellos proporcionándole cobijo y agradeciéndomelo ella con su belleza. A un lado del camino, unas zarzas silvestres protegen sus bayas con amenazantes espinas. Me aproximo para arrebatarles sus indefensas crías, pero aliadas con un pequeño socavón en el que mi pie se introduce, me hacen perder el equilibrio cebándose con saña en mis desprotegidos senos. Animada por una instintiva respuesta de defensa las obligo a retroceder, pero resistiéndose ellas a abandonar su presa le imprimen la marca de cruentos surcos a su despiadado paso. Desplazando mis manos con calculada estrategia les arrebato ahora el merecido fruto e introduciéndomelo en la boca recibo la explosión de su jugo en refrescante cascada. La transfusión de fluidos le infunde renovadas fuerzas a mi cuerpo magullado que persiste en su inconsciente andanza. ¿Qué oscura atracción te mantiene en pie, Alicia? ¿Qué hermosas sirenas te hipnotizan con su canto desde la profundidad de los océanos? ¿Dónde está tu voluntad? ¿Dónde quedaron tus ángeles con sus protectoras alas? ¿Te dejaron a merced del viento y las tormentas? ¿Surgirás de las aguas o serás engullida por ellas?

Una verde muralla me impide avanzar, rodeándola, me topo con otro obstáculo, una disposición en cruz desemboca en una curva que se despliega después en línea recta y, en el extremo, un acceso por el que me interno con renovada curiosidad. El tiempo parece avanzar con exasperante lentitud y mi cuerpo se abre paso dificultosamente entre la densidad de la atmósfera. Distingo unas hermosas petunias tricolores dispuestas en anillos concéntricos y en su interior, un pequeño estanque, que se me antoja oasis en el que despojar mi piel de los consistentes flujos acumulados a lo largo del recorrido y convertidos ahora en dura coraza. Aparto la ocre alfombra de hojas que cubre la superficie y me deleito en la caricia de las aguas cuya tibia temperatura revela la ofrenda diurna del sol. Mi cuerpo ingrávido se deja mecer por los suaves vaivenes que su inmersión provoca y el espectáculo de las estrellas se presenta ante mis ojos como un auténtico milagro. Apoyo los pies en el fondo para enjuagarme los cabellos y redescubrir su tacto original, desentierro mis facciones y me limpio las heridas cuidadosamente extrayendo de las hendiduras los restos de tierra, las espinas, los aplastados cuerpos de minúsculos insectos. Mi talón izquierdo palpa, para su sorpresa, un curioso abultamiento, lo recorro con la mano comprobando de qué se trata y al tacto reconozco una intrincada red de pétreas escamas que se despliegan circularmente a mi alrededor. Uno de sus extremos se bifurca en una mandíbulas cuyos puntiagudos dientes aferran la cola de un reptil. Se trata de una serpiente devorándose a sí misma que dormita en las profundidades del estanque. Su inmóvil presencia me inquieta y atrae, me sumerjo para acariciarla y recorrer su cuerpo con el mío, girando y sentándome a horcajadas sobre su estilizada y amenazante figura. A través de la ondulante superficie del agua, protegida por el círculo de poder de Saturno, veo a las estrellas danzar, distorsionarse y expandirse, fundirse las unas con las otras y disgregarse en infinitas luces para posarse sobre las copas de los árboles. Al contacto con la brisa, experimento un escalofrío. Salgo del estanque y me deshago de las hojas que han quedado adheridas a la piel, enredadas en el pelo. Inspecciono el estado de mi cuerpo surcado por las huellas de duros combates , pero dispuesto ya a librar nuevas batallas. Me siento hermosa, dotada de una belleza y una fuerza que emana de los heridas, de los rasguños y de las cicatrices, de los arduos caminos recorridos. Agradeciéndole a Cronos su generosidad y abandonando el dulce destierro, enfrento una vez más las desconocidas y enigmáticas rutas, sin saber qué me han de deparar, pero animada por esa incertidumbre. No he vuelto a oír las voces y los pasos de mis hermanos, ¿acaso no volveré a encontrarme con ellos? ¿Andarán extraviados? ¿Pero qué punto de referencia existe para afirmar quién está perdido y quién no lo está? Vagamos, nos topamos con obstáculos y los sorteamos, cada encrucijada nos fuerza a una elección que desemboca en una nueva encrucijada. Eso es todo. Y mientras tanto, seguimos caminando, disfrutando de la imprevisibilidad de nuestras acciones.

Una extraña felicidad me inunda, un profundo sentimiento ligado a mi interior y no a acontecimientos concretos, una certeza que proviene del presente, de este momento infinito por el que me desplazo sin rumbo. Brotan de mi garganta armoniosos sonidos, una familiar melodía extraviada en el tiempo cuyas notas reverberan en la noche y se acompasan con la ondulación de las gotas de agua que descienden por mi cuerpo, se depositan momentáneamente en el ombligo y se internan en la selva de mi pubis todavía húmedo. El sendero se estrecha y mis caderas retiran a su paso las hojas y las ramas de los arbustos, zigzagueo por el verde corredor acoplándome a su contorno, un túnel por el que serpentea la hiedra me obliga a agacharme y a reptar para poder franquearlo, me desplazo sobre los codos y las rodillas dejando los puntiagudos cantos las marcas de su aspereza. La oscuridad se diluye al final de la angosta vereda y la Luna se refleja en los adustos rostros de dos águilas de bronce que flanquean, majestuosas, un nuevo territorio. Al fondo, en la intersección de unos setos podados en ángulo recto, aguarda un solitario trono tallado en piedra. Me aproximo a él en profunda reverencia y atenazada por el cansancio me acoplo en su divino vientre temiendo que la ira del dios de dioses castigue mi osadía. Me abrazo a las rodillas protegiendo mis senos y mi vientre, temblando de frío y de miedo, pero ningún rayo me fulmina, así que mis ojos rendidos desisten de perseguir las furtivas sombras arropados definitivamente por la cálida cortina de sus párpados.

Sueño que mi alma me sueña y me envuelve en mullidas nubes de espuma, que me arrulla y me canta al oído, sueño que floto entre sus acuosos brazos, entre su dulce leche, que las estrellas se escapan entre mis dedos, que duermo en el vientre de la Luna, mecida por el movimiento de las mareas, que exploro el fondo de las aguas y me dejo arrastrar por sus poderosos torbellinos hasta que el vaivén de las olas me deposita en una solitaria playa.

Sueño que buceo en las profundidades de mi sexo y desaparezco entre sus flujos, que me abro camino por un húmedo túnel ansiando respirar. Sueño que los falos de los hombres son extrañas criaturas hambrientas buscando cobijo y que de su interior surge una lluvia de diminutas estrellas, y que yo vuelo sorteándolas y que se escapan entre mis dedos... Sueño que unos pasos se aproximan y unas voces femeninas susurran para no turbar mi plácida calma...

 

 

 

 

FANTASÍA ACUÁTICA

 

© Raquel Marcos

 


Soy una débil estrella solitaria en la oscuridad del fondo del mar donde ninguna otra luz ha brillado antes. Me hallo en el interior de este submarino, a 850m de profundidad, bajo una presión tan fuerte que podría hacer estallar los pulmones de un ser humano sin protección.

...Déjate llevar, relájate. Precipítate al vacío. Siente tu cuerpo mecerse en la nada. Permite que tus emociones broten sin control. Tu consciente ha dejado de trabajar, ha olvidado su oficio y ahora flotas en la inmensidad, en lo infinito sin principio ni fin...

Fresas al chocolate aliñadas con besos de mujer, pollas caramelizadas al estragón. Destierro en la nada para olvidar lo que no volveré a poseer.

Rózame el útero, electriza mi médula espinal -susurrabas-, quién quebró la conexión con tu cerebro, tuétano, excrementos, lágrimas, un enorme y puntiagudo falo de madera abriéndose camino en tus entrañas.

Flanes en salsa de semen, almejas a la marinera...

Quién es, quién llama, desde cuándo me deseas, responde, responde... ¿Dónde estás, no puedo verte? Restos de vísceras sobre la acera húmeda. No grites tanto, por favor, no grites tanto, mi amor...

Los pelos de tu pubis se adhieren a mi tráquea, creo que voy a toser, he de sacarlos uno a uno para respirar e internarme de nuevo en tus aguas...

Mi boca sabía a su coño cuando la besaba, y yo me convertía en mi propio semen para embestir su garganta.

¿Por qué no respondes? ¿desde cuándo me deseas? No te conozco y te conozco de siempre... ¿Dónde vi antes tu rostro? Flujo, sudor, babas, la sangre de tu menstruación tiñendo mi cara. Tu cabello de ángel mezclado con un poquito de salsa ....

 

 

 


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