LUIS E. PRIETO
BIOGRAFÍA
Prieto Vázquez, Luis Enrique
Melilla (España), 13 de Julio 1.947
Médico ginecólogo.
e-mail: lepv@inicia.es
Web site: http://www.inicia.es/de/lepv
http://www.xdif.com/elescribidor- Delegado de Actividades Culturales en la Universidad Complutense de Madrid y co-fundador de la FUDE (Federación Universitaria Democrática Española)
- Creador, en la década de los 80, de los Aquelarres Poéticos del Café Lyón.
- Creador de los grupos radiofónicos ADR (Amigos de la radio) y EA (Entre amigos) para la difusión de los coloquios literarios a través de las ondas.
- Miembro de la Sociedad Española de Médicos Escritores.
- Creador del foro literario El Archipiélago, en vavo.com
- Creador del foro literario de Sensibilidades.
- Amante y crítico de la Tauromaquia.
- Presidente y co-fundador de la filá de los Averroes en las Fiestas de Moros y Cristianos.
- Tiene publicadas obras en prosa y poesía: Contra un muro de cal abrasadora (poesía), Diario de un Anarquista Atávico (prosa), Sensibilidades Verano-2002 y Primavera-2002 (como autor especial invitado)...
- Colaborador estable de revistas literarias como Arena y Cal.
- Sus textos, tanto en prosa como en poesía, han sido publicados en las más importantes revistas y webs literarias de Internet.
LA SOMBRA
© Luis E. Prieto
La primera vez no le concedí la más mínima importancia. Ni me sorprendió en exceso el fenómeno, ya que lo atribuí a algún proceso específico del sol en las primeras horas de la mañana, o, incluso, a cualquier jugueteo físico de las arenas húmedas que había dejado la pleamar al retirarse.
Estaba más pendiente en comprobar cómo mis pies descalzos iban marcando huellas transitorias en la orilla mojada de la playa, mientras el ronroneo de las mínimas olas del mar, por fin convertido en piscina de salitres, acariciaba mis oídos, cada vez más calientes por el sol amanecido con fuerza renovada.
Mi paseo vespertino por la playa, larga y silenciosa, en la amanecida del océano, poco después del primer noticiero televisivo habitualmente repleto de desgracias y tragedias en todo el mundo, era básico para mi equilibrio personal, y constituía todo un reto veraniego que nada ni nadie osaba alterar desde hacía años. Por eso no concedí especial importancia a que mi sombra comenzara a disociarse. Tan poca, que no volví a interesarme por ella, pues sólo el plateado luminoso de las aguas acariciadas por el sol, y aquellos pececillos que se acercaban a la orilla acompañando a intervalos mis pasos, llenaban todos mis pensamientos.Al día siguiente esperé, al borde de las olas, la amanecida. Las noticias del primer telediario habían estado, esta vez, especialmente salpicadas de muertes: inundaciones en Centro Europa, en Filipinas, en la India, en Nepal; miles de muertos y damnificados, miles de personas desalojadas, ignoradas o perdidas; miles de ojos tristes, cientos de miles de sonrisas acalladas... Pero allí estaba el poderoso sol abriéndose paso por el horizonte azul sin nubes. Y el canto susurrante de las olas benignas. Y la húmeda arena del suelo prometido para mis paseos...
Pero era cierto, ahora era tan evidente que no pude retrotraerme al fenómeno: mi sombra había perdido la ligazón con mi cuerpo. Mi sombra no me acompañaba desde los pies, como hubiera sido lógico, sino que comenzaba a media pierna, más o menos a la altura de las rodillas, continuando hasta la cabeza. Existía un hueco despejado y enigmático entre mis rodillas y mis pies.
Pensé: "probablemente será un efecto óptico propiciado por la dispersión de los rayos solares y el ozono del aire", y comencé a caminar dejándome llevar por el acariciante murmullo de las olas y centrando mis emociones en las huellas que mis pies descalzos iban dejando en las arenas húmedas. Poco a poco los primeros pescadores de la madrugada comenzaban a clavar sus cañas en la orilla, y el sol hacía retroceder las aguas que se disponían a dormir sus mareas altas.
Nada comenté en casa de mi sombra disociada, entre otras cosas porque, probablemente, fuera sólo un fenómeno transitorio y bien conocido por todos...Pero lo cierto es que hoy me he despertado pensando en ella, y apenas he atendido, mientras sorbía mi humeante café con leche, a las noticias mañaneras que me ofrecían más de lo mismo, si bien, en esta ocasión, con un interesante surtido de amenazas de "guerras justas" so pretexto de paces mundiales y de justicias divinas, justicias tan divinas que siguen tiñendo de rojo y de miserias las tierras de gran parte del planeta. Menos mal que la sección de deportes ponían un contrapunto final, amable y distendido, a los noticieros...
Porque tenía yo interés hoy en saber qué pasaba con mi sombra, ya que, entre sueños, me había estado incordiando toda la noche. Y, -sorpresa, sorpresa-, hoy mi sombra se había disociado, si cabe, aún un poco más: sólo acompañaba a mi cuerpo desde la cintura.
No, por muchas vueltas que he dado a mi figura, por muchas posiciones y cambios que he intentado adosar a mi esqueleto, mi sombra se ha negado a pegarse a mis pies dejando un extraño hueco de silencio gráfico, hasta la altura del pecho ahora.
Y hoy he sentido la evidencia de que este fenómeno, continuado y progresivo, no podría ser sólo aleatorio, que me estaba sucediendo algo inexplicable y confuso, y que, de alguna forma, debería investigarlo. Pero, ¿a quién recurrir?, ¿cómo hacerlo evidenciable y comprobable?
En mi paseo, -hoy ya nada relajado por la playa-, me he cruzado con una señora que caminaba en dirección opuesta a la mía a marcha rápida.
- Señora, por favor, -le he dicho, intentando, con una sonrisa apaciguadora, romper el miedo a la soledad del momento-, ¿me permite un minuto?
- Dígame, señor, -me ha contestado la mujer, parándose a una distancia prudencial de mí y con los ojos recelosos.
- Perdone, -he balbuceado-, pero, ¿le importaría mirar mi sombra y decirme lo que ve?
La señora me ha mirado con temor, y con una vocecilla casi inaudible, mientras continuaba su marcha rápida, me ha dicho:
- Es un poco pronto para estar bebido, ¿no cree?
Y yo me he quedado clavado, como una estatua, en la arena, constatando cómo mi sombra se alejaba cada vez más de mi cuerpo y notando cómo ahora llegaba ya sólo hasta mis hombros.
¿Qué hacer?, ¿a quién comentarle mis dudas?Cuando he llegado a casa mi sombra sólo reflejaba a mi cabeza, que, por cierto, ha comenzado a dolerme intensamente. Mis hijas me han preguntado:
- ¿Qué te pasa, papá, que tienes tan mala cara?
- Es que mi sombra me está abandonando, hijas...
Algo raro han debido ver en mi porque han hablado con su madre, -que también es mi mujer, desde luego-, y ahora me tienen ingresado en el Departamento de Neurocirugía del Hospital Príncipe de Asturias, donde el Dr. Alcocer ya ha cursado las peticiones pertinentes para una Resonancia Magnética y un TAC cerebral. Creo haber oído al doctor hablar (mientras veo las noticias de la tarde desde mi cama) de un posible "hemartoma occipital"(*), pero yo sé que dentro de un rato no tendré nada de sombra...
(*) Tumor cerebral, de origen vascular, habitualmente benigno, pero muy expansivo.
LA OPERACIÓN
© Luis E. Prieto
Antonio da Pita miró a Consuelo, entornando sus ojillos maliciosos, y le comentó un poco irreverente:
- Pero Consuelo, te has empeñado tu sola en hacerme millonario...
Consuelo no estaba ese día para muchas disquisiciones metafísicas y no comprendió muy bien por dónde iba el Dr. da Pita con sus sutilezas. La mañana había comenzado algo nefasta. Se había encontrado una arruga nueva a la altura del carrillo derecho. Estaba comenzando a perder la calma y la esperanza. Pero no, -pensó-, no podía darse por vencida. Aún no, a pesar de sus treinta y cinco intervenciones. Sobre todo ahora que tenía que trabajarse al cirujano con su excelsa propuesta...
Como si saliera de un sueño lejano Consuelo preguntó al médico:
- ¿Es que no vas a poder hacerlo, Antonio?
El Dr. da Pita ya no tenía casi acento brasileño. Llevaba diez años en España y a penas le quedaba un cierto sonsonete cantarino de su Río natal. Y ya no sabía qué hacer con Consuelo. Cierto era que su profesión de cirujano estético siempre le había deparado pacientes especiales, algunos, incluso, especialísimos, pero Consuelo comenzaba a batir todos los récords.
- No, no es que no se pueda, Consuelo, -contestó con una sonrisa el doctor-, lo que hay que plantearse es si se debe...
- ¿A estas alturas, -comentó Consuelo-, te vas a plantear problemas filosóficos?
- Ya sabes que no es lo mío, -admitió Antonio-, pero uno también tiene su corazoncito...
- Sí, sí, -bromeó Consuelo-, de oro de veinticuatro quilates y de diamantes...Sería la trigésimo sexta intervención de cirugía estética que el Dr. da Pita debería realizar en Consuelo. La progresión fue imparable: comenzó con una blefaroplastia para continuar con otoplastias, rinoplastia, abdominoplastia, liftins, y, casi cada dos o tres meses, con todo tipo de estiramientos, absorciones, plastias, esculpidos y modificaciones estéticas. Desde el comienzo del vello en la testa, hasta los dedos de los pies, no había parte de la anatomía primitiva de Consuelo a la que Antonio no hubiera metido mano con su bisturí y sus drenajes. Y el resultado comenzaba a parecer un híbrido extraño, a medio camino entre un humanoide y un robot mecánico. Pero lo más extraordinario, lo más alarmante incluso, era que Consuelo estaba encantada. Se veía a sí misma cada vez más atractiva y más perfecta. Y daba la sensación de que nada ni nadie sería capaz de pararla.
Pero lo de ahora era ya rizar el rizo, -pensó da Pita mientras hacía como si se estudiaba su historial clínico que por otro lado se conocía de memoria.
- ¿Pero no comprendes, Consuelo, que esa intervención no está descrita en los libros, que nadie la ha realizado hasta ahora?
- ¿Pero se puede hacer técnicamente?, -preguntó con ansias Consuelo sin darle tiempo al médico a continuar.
- Como poder hacerse..., -intentó responder Antonio.
- Pues eso es lo importante, -cortó Consuelo-. Si quieres te firmo todos los papeles que desees, -dijo algo más asentada.
- No se trata de papeles, Consuelo, -respondió Antonio-, si no de ética.
- ¿De qué cosa?, -se rió malévola Consuelo-. ¡No me cuentes milongas, doctorcito!, -dijo burlona.
- Pero necesitaré la ayuda de varios especialistas, Consuelo, -comentó el Dr. da Pita intentando frenar a su paciente-. Y económicamente...
- Ya sabes que no tengo problemas económicos, Antonio, no seas pesado, -cortó Consuelo-. Tú ocúpate de la parte técnica, que del resto me ocupo yo...
- Bien, tú ganas, Consuelo, pero no digas que no te lo he avisado, -dijo abatido el médico dejando caer la historia y cruzando los brazos sobre el pecho-. Te avisaré cuando lo tenga todo dispuesto.Al cabo de un mes en la Clínica Los Nardos estaba ya todo preparado para la operación. Al Dr. da Pita no le había sido nada fácil poder conseguir la colaboración de un urólogo y de un ginecólogo para la intervención novedosa y extraña que tenía que realizar. Varios colegas famosos se negaron rotundamente, pero al final el dinero y la novedad pudieron más que los problemas morales o deontológico, y pudo contar con dos prestigiosos especialistas que se apuntaran al ensayo.
Una hora antes de la señalada para el quirófano el Dr. da Pita se pasó por la habitación donde Consuelo esperaba tranquila y expectante.
- ¿Estás segura, Consuelo, de que quieres seguir adelante?, -le preguntó el médico en un último intento.
- Por supuesto, -respondió Consuelo sin un ápice de duda.
- Te recuerdo que no puedo garantizarte el éxito, -dijo Antonio.
- Ya lo sé, doctorcito, -sonrió Consuelo.
- ...Y que los papeles que me has firmado me protegen de cualquier demanda..., -siguió el médico.
- Que sí, que sí, doctorcito, -respondió mecánica Consuelo.
- ...Y que te cobro por adelantado..., -insistió el doctor.
- OK, doctorcito, -se cansó Consuelo-. Ya está todo más que hablado, ¿no? Y no te preocupes: la trasferencia llegará mañana a tu cuenta corriente.
Antonio dirigió la vista a la prima de Consuelo, que era la única persona que la acompañaba desde siempre en todas sus intervenciones plásticas, hizo un gesto con los ojos como de abatimiento, y se retiró hacia el quirófano.La operación había durado más de ocho horas. Las primeras fases se habían ejecutado dentro de lo previsible: el injerto de vello en facies , brazo y pierna del lado derecho, y la extirpación de la mama del mismo lado, se realizaron siguiendo los protocolos clásicos y sin demasiadas complicaciones. Mucho más laborioso y complejo fue el trasplante de pene y de testículos en sustitución del clítoris y manteniendo la vagina y los ovarios. En la fase de clitoridectomía se había producido una hemorragia profusa de la red arteriolar de este órgano que obligó a transfundir 1.500 cc de concentrado de hematíes a Consuelo. Al final todo se había realizado siguiendo los deseos de la paciente: un cuerpo mitad masculino y mitad femenino y con unos genitales dobles. A los 60 años Consuelo había decidido experimentar por sí misma las sensaciones dobles de una sexualidad híbrida y sin cortapisas, completa, dual.
Ahora Consuelo se encontraba ya en la habitación 125 de la clínica con todo el cuerpo vendado como una momia. Aparentemente la operación había sido todo un éxito. El Dr. da Pita charló un rato con su prima y dio las últimas instrucciones a la enfermera de planta antes de retirarse, cansado y sudoroso.A la mañana siguiente el Dr. da Pita se presentó en la clínica a primera hora. La enfermera le comentó que había pasado una noche razonablemente bien con los sedantes, y que no tenía fiebre. Antonio abrió la puerta de la habitación sin llamar y vio a Consuelo con una sonrisa en los labios.
- Parece que lo has conseguido, doctorcito, -comentó Consuelo cuando lo vio aparecer con un hilo de voz tenue.
- Nos ha costado, Consuelo, pero en fin, parece que todo ha salido bien, -respondió da Pita-. ¿Cómo te encuentras?
Consuelo intentó incorporarse para responder pero en ese momento se le torció la sonrisa y una mueca dolorosa se instauró entre sus labios. Un estertor hiposo se le metió en el pecho mientras caía desvanecida en la cama. Antonio se abalanzó sobre su paciente mientras apretaba compulsivamente el timbre de la habitación. Cuando llegó el anestesista de la UVI y las enfermeras sólo pudieron determinar su fallecimiento por una embolia pulmonar masiva.El Dr. da Pita estuvo charlando con la prima de Consuelo, que había presenciado el óbito, y le explicó lo terriblemente frecuentes que en esas operaciones tan agresivas y extensas son las embolias, a pesar de los tratamientos preventivos con heparina. Nada se podía hacer, como ella misma había presenciado, concluyó el médico.
Da Pita firmó los oportunos formularios y dio las órdenes precisas para el sepelio y la incineración. En la cafetería de la clínica se encontró con los colegas que le habían ayudado en la operación. Les relató el fatal desenlace y todos asintieron con tristeza en lo previsible del evento. Antes de irse a su elegante consulta, Antonio da Pita, les comentó:
- En cierto modo casi ha sido lo mejor. No quiero ni pensar las secuelas sicológicas que habría tenido la pobre Consuelo...
Y cuando ya salía por la puerta giró sobre sus pasos y acercándose a sus colegas les susurró:
- Ah, y la trasferencia a mi cuenta de 200.000 euros ya ha sido realizada. Mañana sin falta hacemos el reparto...
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