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DIES IRAE

 

© O´Flaherty

 


Pudo soportar el sonido hueco del primer puñado de tierra sobre el ataud, el sabor ácimo del pésame de mano en mano, el olor dulzón de las flores de la muerte, el primer escalón de bajada al camposanto y el sopor insomne de su primera noche en soledad. Pero no pudo con el clamor de los recuerdos golpeando los silencios de la estancia, ni con el horror a la memoria que se la traería sin remisión día tras día, las cadencias del reloj de sol golpeando sus mañanas, el Macondo de sus profecías de futuro o la rabia de su tristeza. Tampoco pudo con la invitación del ventanal abierto a la noche.

 

 

© O'Flaherty (Semana Santa, 2002)

 

 

 

 

DE NOMBRE SOLEDAD

 

 

- ... y así volvió, como roto por dentro. No se ha vuelto a levantar de esa silla desde entonces, parece que estuviese muerto. Pasa el día frente a la ventana, mirando sin ver. No habla, ni siquiera me oye. No come, ni duerme, y a veces dudo que respire. No sé cómo tiene fuerzas para mantener la mirada fija en la calle. Mira los huesos de su cara, como montañas lunares, o esos ojos, casi grutas, gélidos y opacos. Y sus manos de esqueleto, sólo vena y hueso, una sobre otra, yertas e inmóviles. Antes le daban de comer. Fueron manos que mantuvieron su vida y la mía, más que su talento, y eso que tenía de sobra. Casi parecía tener el alma en ellas, como si pactase con la tierra que regaba, con la madera que elegía y el barro que modelaba. Ahora... míralas.

Un viento frío de otoño le arrancó de mí como hoja de abedul, me dejó dentro el invierno y se llevó su espíritu en remolino por otras tierras. Y así me lo volvieron.

Me pregunto qué pasará por su mente, qué piensa, qué teme, qué le preocupa, qué espera, que nunca dice nada, y muchas veces creo que sólo porque no quiere. Se limita a mover la cabeza, como diciendo que no. No es, no está, sólo permanece. Y eso no es vivir, te lo digo yo, que le tengo ahí día tras día, como una gárgola, desde que amanece. Una gárgola de treinta y ocho años por culpa de...

No me consuela el recuerdo de los paseos a su lado, juntos hasta el río, ni los atardeceres entre álamos, el olor de la hierba verde, fresca y recién cortada, los manojos de margaritas en sus manos, ni siquiera del sol de cobre cobijado tras los montes. Eso ya se fue. Acabó cuando se marchó y no vino, porque aunque esté ahí, sentado, para mí no ha vuelto. Estoy sola, sola, cuando a su lado nunca necesité otra compañía, cuando mis únicas soledades eran esperanzas de que llegaba, cuando buscábamos amarnos al filo de la tormenta, al borde del precipicio, o bajo el sol de los lagartos. Ya sólo queda la pena, el desgarro de aquí dentro, un cariño de luto, una tragedia sentada a una silla, la tiniebla interior que me congela el pulso y me está volviendo loca de hablar con los espejos.

 

© O'Flaherty (2001)

 

 

 

ALEGATO



Entregadme mi vida en blanco cada día, sin pautas a seguir, sin falsillas, sin líneas que pretendan ayudarme a rellenar el lienzo. No me tracéis el boceto, quiero el papel limpio sobre el que garabatear a mi antojo. No necesito mapas ni planos para encontrar mi felicidad. Para atravesar el río no siempre es mejor un puente.

Estoy harto de lazarillos, de perros guía, de bastones. De paneles indicadores, de propuestas para invertir. De gente que pierde el culo por ayudar, de consejeros con el agua al cuello y misioneros dispuestos al sacrificio. Odio las palmadas en la espalda, el cariño encorsetado, los consejos de prospecto, las directrices a seguir. Necesito olvidar el tren de las 7:27, la viscosa ansiedad del papel urgente, los retazos de sueño esparcidos por ahí.

Dejadme pisar los charcos, cruzar por donde me dé la gana, tomar la línea de Metro equivocada, bajar en la parada errónea. Dejadme tomar el sol, hacer el amor oyendo el mar, apretar su mano entre las mías. Dejadme coger carrera. Y si veis que me acerco al precipicio, no os preocupéis por mí: sé volar.

 

 

© O'Flaherty (2000)


 

FUE UN MAL AIRE

 

 

 

Fue un mal aire. Lo que mató a Martín, o al menos eso dijeron. Tirado en medio de la calle, muerto de perfil sobre el polvo que emborronó su traje nuevo, los dedos engarfiados en la tierra intentando sujetar su último suspiro y la rodilla escuadrada presta a escalar la solana polvorienta. Y un zapato allá. El viento en remolino convocó algunas hojas tostadas del otoño, y un perro mendigo de ojos pitañosos olisqueó la mano muerta.

El viejo Malasangre, sosteniéndose en su única pierna, golpeó con la muleta para asegurarse. - Hace tiempo que lo buscabas -dijo escupiendo al cadáver-. Maldita sea tu sombra. Y renqueando dio vuelta y se alejó, escoltado del perro tiñoso.

Tras rendijas de puertas atrancadas, entre pliegues de cortinas de arpillera, ojos temerosos y vacíos, contemplaban la muerte enjuta de Martín. Martín "el Conde", el señorito, el santificador de mañanas de sueño y noches de tardanza, el crápula perdulario, castigador y perdonavidas, el temblor de las mujeres y, aún más, de los maridos, los padres o los novios.

 

[...]

 

 

© O'Flaherty (2001)

 

 

 

CUANDO CALLAN LAS DUDAS

 

 

Amanecí en brazos de la última incógnita, del salobre regusto de la incertidumbre, del ingrato estremecer de una duda pertinaz, cuando la aurora tan solo era una posibilidad disuelta en la luz anaranjada de la calle.

"¿Dónde vas?". Un silbido del otoño tras el cristal me interrogó apilando sus recelos a los míos. "A verla", contesté. "Necesitarás pastillas para volar", me advirtió el geranio del balcón. "Necesitaré muchas más para olvidarla", respondió la sombra de mi voz.

Y salí a la oscuridad de la acera mojada, a las escandalosas pisadas en la noche aún, parco de equipaje, con el corazón batiendo emociones en mis sienes. El eterno semáforo en rojo me interrogó burlón: "¿Estás seguro?", pero el taxi arrancó antes de responder, y por la serpiente negra, entre las sombras simétricas de las luces, nos perdimos en el resto de la noche. "¿Ventana o pasillo?". "Me da igual". "¿Ha pensado en la responsabilidad de lo que intenta?". "Tengo que hacerlo", y una tragantada de pánico me ocultó las escaleras del avión.

"Señores pasajeros, la compañía PAUKN AIR y en su nombre el comandante Clavero les da la bienvenida a bordo de este aparato". Pausa. "¿Está usted completamente seguro?". Una delgada línea dorada de un sol de naranjas atravesó la ventanilla obligándome a cerrar los ojos. "Sí, contesté, estoy convencido", mientras imaginaba la mirada irónica del comandante por encima de sus Ray-Ban. Y esa certeza con imagen de mujer se clavó al asiento delantero, fijos mis ojos en ella, mientras el reactor devoraba la pista poniendo morro a las nubes.

Lo que el comandante Clavero ignoraba en esos momentos es que le quedaban menos de 24 horas de vida. Se estrellaría contra los montes en el vuelo de regreso, y mis certezas (que jamás volví a poner en duda) y yo nos libraríamos del accidente por un despiste, una distracción producida por un cuento que para entretener la vuelta me escribió Azucena.

 

(Basado en una experiencia real)

O'Flaherty (abril 2002)

 


 

Poema

 

La Giralda quiso huir
de su esclavitud de piedra,
para cambiarse en mujer,
para gozar como hembra.
_______

La vio paseando de noche,
envidiosa, la Giralda,
el Barrio de Santa Cruz
por el Callejón del Agua.

Suspiró por el perfume,
que entre sus manos llevaba,
de jazmín recién cortado
en plena Plaza de España.

Y envidió sus ojos grises
y hasta su voz castellana,
y la mano de aquél hombre
que su cuerpo entrelazaba.

"¡Ay! Quién pudiera cambiar
mi repicar de campanas
por el rumor de las fuentes
y por sus perlas de agua.

O por la pasión de un beso
próximo a la madrugada,
que me haga ver que soy reina
del corazón que me ama."

 

(A Azucena, que se enamoró de Sevilla)


©O'Flaherty 2000

 

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