MI FAMILIA EN EL TIEMPO **

 

© Francisco Rodríguez Criado

 

 

Ocho años antes de que yo naciese, don Tomás, el director del colegio San Antonio (donde yo cursaría mis estudios), telefoneó a mis padres para ponerles al corriente de mi última travesura: me habían pillado in fraganti fumando un cigarrillo en uno de los reservados del baño. Durante ocho años mis padres analizaron paso a paso cuáles habían sido los errores cometidos en la educación que habrían de darme. Nací, sin embargo, con las lecciones mal aprendidas. Por eso, cuando al cabo de esos ocho años sonó el teléfono en casa, mis progenitores ya sabían. Ni siquiera descolgaron el teléfono, se limitaron a subir al coche, que mi padre condujo en silencio, el gesto ceñudo, mirándome de reojo a pesar de que yo no estaba allí. Ya en el despacho del director, donde yo llevaba recluido más de una hora, mis padres, nada más entrar, rogaron al director disculpase mi conducta, "ya se asegurarían ellos de meterme en vereda y corregir en el futuro las faltas del pasado". Don Tomás, después de una leve amonestación (y en contra de lo que cabría esperar), sonrió con benevolencia; me alborotó incluso el flequillo con la mano, en un gesto amistoso. Y acto seguido, dejando mi asunto a un lado, empezó a elogiar las excelentes condiciones intelectuales de mi hermano Enrique, que nacería catorce meses después y del cual puedo decir con orgullo que todavía ostenta el mejor expediente académico de los anales del colegio. "Serán como el día y la noche, los dos hermanos", vaticinaron mis abuelos maternos el día en que mis padres se casaron. (Lo dijeron en tono bajito, para que yo no pudiera escucharles allá donde estuviera: no querían ofenderme.) Una previsión para nada equivocada, todo sea dicho.

 

** Relato publicado en la revista La Bolsa de Pipas, nº 45 y que forma parte de su último libro, Siete Minutos, de inminente aparición en la Editorial La Bolsa de Pipas, La Guantera, Palma de Mallorca, 2003.

 

 

 

 

 

SOPA DE PESCADO

 

© Francisco Rodríguez Criado

 


De piel blanquecina y marchita, apenas le quedaban dos inviernos para los ochenta. Bajo las pestañas tenía dos ojos: uno suyo, el otro prestado. La barbilla, rugosa y cansada, le colgaba desesperadamente; el labio inferior, plano como una pista de aterrizaje, sobresalía notablemente -podría depositarse una moneda sobre él con la seguridad de que no se caería-; los ojos, pequeños y brillantes, emanaban un grado de ternura para nada acorde con el resto de su anatomía; y sus manos, temblorosas, denotaban la eficacia del paso del tiempo.

Más que andar, se arrastraba; sus hombros, visiblemente cargados hacia delante, delataban los días de fatigas en los campos de azúcar. Normalmente se hacía acompañar de un bastón, cuyo uso trataba de empequeñecer. «Me hace más señor», decía.

Los avatares de la vida los esperaba embutido en unos pantalones de pana de color trigueño, a juego con el chaleco, que no se quitaba nunca salvo los domingos, en los que se vestía completamente de blanco, zapatos y sombrero de paja incluidos. Ese día también se ponía el reloj en la muñeca.

Un hombre de costumbres: se vanagloriaba de no haber pasado un solo domingo de su vida sin su sopa de pescado. No podía faltarle. «Antes prendo fuego a este maldito pueblo», aseguraba.

Sus rasgos físicos, y su fuerte temperamento, le habían convertido en el hombre más conocido del lugar. También de eso se jactaba, de no pasar nunca desapercibido: «Soy más famoso que el mismísimo Castro».

Aquella mañana dejó que su silueta desganada se deslizase por la calle principal, aún sin asfaltar pese a las promesas de los políticos.

Allí estaban los chicos, sentados a la puerta del mesón, aprovechando que las lluvias de verano se habían tomado un descanso.

Nicolás fue el primero en reconocerle.

-Ahí viene el abuelo -dijo-. Y viene cargado.

Su amigo Ernesto, ante el aviso, le miró condescendientemente mientras se llevaba la botella a la boca. La pregunta "¿Crees que le dará de comer?» serpenteó por su garganta, recién anegada de cerveza, lentamente, casi con apatía.

-Por mi santa madre que hoy no habrá sopa -respondió categórico el otro.

El león, acomodado en la empuñadura del bastón, se les acercaba cada vez más; la otra mano iba cargada con una botella de gasolina.

-¡Don Augusto! -le gritó- ¿Dónde va usted?

En el ojo más pequeño de Don Augusto se advirtió cierta animosidad. Se giró hacia ellos y les dijo con una voz estentórea que retumbó en toda la calle como un trueno ominoso:

-Ya veo que seguís holgazaneando.
-No se apure usted, amigo, que hoy es domingo.
-Para vosotros siempre es domingo -se había echado a andar nuevamente cuando se detuvo para añadir con gravedad-: Y yo no tengo amigos.

En el semblante de los dos jóvenes apareció una sonrisa jocosa.

-¿Por qué no se toma un vinito con nosotros?
-No puedo, es la hora de la comida.
-Pues su casa está en la otra dirección -fue Nicolás quien le lanzó ese dardo.
-Hoy como fuera de casa, como los ricos …si es que hay ricos en este país de mierda -rumió don Augusto, mirándole fijamente a los ojos. Aquello había sonado a reto.

Hizo un leve saludo con su sombrero blanco de paja y se echó a andar de nuevo.

-¿Tú que crees? -preguntó Ernesto.
-Hoy no habrá sopa -se ratificó Nicolás, y le dio un fuerte trago a su bebida-. Tan seguro como que vivo en la república más grande del Caribe.

El otro le copió el gesto, y a continuación entraron en el local a pedir otra ronda.

En la puerta, Nicolás se giró para columbrar por última vez al abuelo y pensó: «Un tipo duro, no te jode».

Hacía calor y tendría que pasar al menos media hora hasta que llegase a la casa.

Se unió a él don Esteban, que iba en su misma dirección.

-¿Cómo va la cosa? -indagó. Su caminar era todavía más fatigado que el de su compañero. Eran como dos hormiguitas obreras peregrinando por una vereda en el campo.
-Hoy hace cuatro días -respondió don Augusto, desabrido.
-¿Vas a pedirle perdón?
-¿Pedirle perdón? ¡Por todos los santos! Como que me llamo Augusto Pacheco García que no voy pedirle perdón. Un Pacheco nunca pide perdón.
-¿Qué me dices tú de los Pachecos, viejo testarudo? -le reprendió don Esteban, con todo el coraje que había ahorrado durante sus ochenta y tres años de vida.
-…Y ella una desagradecida -reflexionó en voz alta-. Eso me pasa por casarme con una negra.
-¿Y qué hay de tu hijo?
-Yo no tengo hijos.
-¿Entonces?
-¡Entonces nada! -refunfuñó-. ¿A qué vienen tantas preguntas? ¿Tengo yo pinta de que me gusten tantas preguntas? -Tras un silencio murmuró en voz baja, casi imperceptible-: Voy por mi sopa de pescado...

Don Esteban, hombre cabal como pocos, le advirtió:

-Te vas a morir solo, ya verás.
-Como todos; nos vamos de este mundo como vinimos: solos. Y no me des más la monserga, que no tengo quince años.
-¡Quince años, quince años, maldito testarudo…! -rezongaba don Esteban mientras se hacía a un lado para entrar en su casa.

Ni siquiera se dijeron adiós.

«¡Viejos! -se dijo don Augusto-. ¿Es que no puede uno dar un maldito paseo sin que se le arrime un viejo entrometido?»

Se le olvidaba que había intimado estrechamente con aquel «viejo» desde la infancia. No en vano, era su hermano.
Y la Negra, como él la llamaba, era su mujer, que faltaba del hogar desde hacía cuatro días. Extraño que no lo hubiera hecho antes; tiempo hubo: llevaban ennoviados desde los catorce y casados desde los diecisiete. Sólo habían tenido un hijo: Matías, con el que no se hablaba desde hacía once años. «¿Para qué quiero hablar con un castrista… y, además, mulato?»

Allí era donde se dirigía ahora, a casa de Matías.

La Negra, cansada de su indiferencia, de su mal carácter, de soportar sus pullas, de no saber dónde se metía las noches en que no volvía a casa, bien porque hubiese bebido o porque no le apeteciese dar señales de vida («quién sabe dónde estará, el muy desgraciao…»), había rescatado ese orgullo de lo más profundo de su alma para tomar aquella decisión; un orgullo que parecía haberle faltado durante tantos y tantos años de sumisión y resignada fidelidad. «Hasta los negros tenemos sentimientos» dijo cuando abandonaba la casa, cargada con un desvencijada maleta de piel en la que había guardado toda su ropa y la única fotografía que conservaba de su difunta madre.

Don Augusto no se inmutó ante aquella inesperada marcha: se dejó caer en el sillón de mimbre que tenía en el balcón y fumó de su pipa mientras observaba el bullicio de la calle. Ni siquiera supo determinar cuál había sido la gota de agua que hizo rebosar el vaso.

-Si me hubiera dado cuenta en su momento que era negra, no me hubiese casado con ella -se justificó para sí.

Ahora no le quedaban más que doscientos metros y ya tenía hambre.

Acababa de responder al saludo de Felipe Ruedas Contreras, quien, desde su cantina, le había dicho en voz alta: «¡Don Augusto, y ahora qué…! Los rusos se están yendo al carajo.»

-Cuéntaselo a nuestros gobernantes -le contestó, sin detenerse-. Nos van a embargar hasta los mocos -añadió en un hilo de voz que carecía de la más mínima emotividad.

Cuando llegó a la casa, ya eran las dos.

Sin pensárselo dos veces, golpeó enérgicamente la puerta con los nudillos. Una sombra se asomó a la ventana desde el interior, y se escuchó una voz severa que decía: «No le abras la puerta, que esto no es un hostal.»

-¡Pues como no abráis, esto no va a ser ni un hostal ni va a ser nada! -gritó él. En su mano izquierda empuñaba fuertemente la botella de gasolina.
-¡Doña Clara, que creo que quiere quemarnos la casa!
-Ese malandre no prende ni un cigarro.

Cuando se disponía a destapar la botella, se abrió la puerta. Una hermosa mujer apareció en el umbral, saludando a la tarde con su lozanía.

Desde dentro, la misma voz de antes advertía: «No le des bola al pájaro de mal agüero, y que se vaya ya.»

-¿Y tú quién eres? -preguntó don Augusto con crudeza. Tenía madera de comisario de policía.
-Soy la Celia, la mujer de su nieto.
-Ah.
«No te dejes engañar por ese villano». Era la voz, aún dando coletazos.
-¡Tú, cállate, bruja, que eres una bruja! -la acusó su marido, aún ante la puerta, a la espera de que le permitiesen la entrada.
-Usted dirá -habló Celia. Debajo de su gesto circunspecto se ocultaba una sonrisa dulce. Su rostro, agazapado bajo aquellos bucles morenos y espesos, era angelical.
-Hoy es domingo.
-¿Y?
-Pues que tengo hambre.

Ella dudaba qué postura tomar.

-Acompáñeme, que voy a la cantina a comprar un litro de vino -resolvió por fin.

Al abuelo no le gustaba aquello, pero tampoco supo negarse.

«¡A la cantina!… Eso, tú dale queso al ratón…»

-Pero deje ahí la botella, que el vino y la gasolina no hacen buenas migas.

Sin demasiado convencimiento, la dejó en el suelo, frente a la puerta.

Caminaban sin apenas mirarse.

Entonces dio el primer paso.

-¿Qué dice La Negra?
-Que es usted un villano.
-Eso ya lo he oído.
-Que ya no le aguanta. Y que no quiere verle en la vida.
-Maldita loca: después de medio siglo le mira la dentadura al caballo.

Ella casi sonrió.

Cuando llegaron a la cantina, don Augusto no quiso entrar. «No, me quedo fuera, que éste me malea», dijo refiriéndose a Felipe Ruedas.

Ella entró y compró el litro de vino.

Don Felipe salió y dijo son sorna:

-¡Vaya una buena moza que se ha echado hoy…!

El abuelo la miró con caballerosidad y no tardó en responder a la alusión:

-¿Qué pasa… acaso has visto a algún Pacheco casarse con una mujer que no fuese hermosa? Menuda vista tenemos para eso -añadió-. Hasta yo, que tengo un ojo de cristal.

El cantinero se rió a carcajadas. «Es genial» dijo en voz alta y entró de nuevo en la cantina, a dispensar más vino a los clientes.

Celia sonrió como sólo sonríen las mujeres guapas.

-Haré lo que pueda -dijo. Sus ojos brillaban con intensidad.
-¿Para qué?
-Para que la señora le deje entrar.- «La señora» era La Negra.
-¿Qué hay de comer hoy?
-Sopa de pescado.

Por primera vez en años, don Augusto sonrió. Aquello le pareció un gesto de fidelidad a tantos años de matrimonio.

-Gracias -dijo tímidamente, casi avergozado.
-No se merecen: es la primera vez que hablo con usted, pero ya le quiero un poco -sonrió una vez más.
-La juventud es lo único que puede salvar a este país de tercermundistas.
-Y a su señora también la quiero; a ella más.

La miró fijamente, pero no la veía: su pensamiento cabalgaba en el tiempo.

-De joven era como tú: no había nadie tan guapa como ella. ¡Y cómo cocinaba! -utilizar ese verbo en pasado le heló la sangre-. Una gran mujer -añadió en un susurro apenas perceptible.
-Y entonces… ¿por qué no la trata como se merece?

Don Augusto se detuvo durante un segundo, se irguió todo lo que pudo y, mirándola a los ojos, le dijo con rotundidad: «Si ha vivido todos estos años conmigo, tampoco se merece demasiado.»

Se echaron a andar; ahora fue ella quien se detuvo.

-La señora dice que usted también era muy buen mozo de joven.
-¡Qué sabrá ella cómo era yo! -exclamó refunfuñado-. Su memoria no da para tanto.
-¿Me deja que le dé un beso? -le preguntó mientras un ligero rayo de sol iluminaba aún más sus ojos de gata.

Él se echó para atrás, sobresaltado, como sacudido por una corriente eléctrica.

-¿Un beso? -Trató de que su voz sonase más grave que nunca; no lo consiguió.
-Sí, un beso. ¿Tiene usted miedo?
-¿Miedo, yo? -Su rostro se contrajo.
-Así lo parece -dijo ella con picardía.

El abuelo miró a todos lados, no venía nadie, y entonces cerró los ojos. Celia, que olía a rosas frescas, se acercó y le besó en una mejilla. Él miró nuevamente a todos lados, nervioso, ahora con su rostro encendido.
A lo lejos, una niña corría hacia ellos. No tendría más de seis años y vestía una faldita blanca y una camisa rosa de algodón.

-¡Mamá!

Don Augusto se puso aún más nervioso, aún no estaba preparado para aquello.

Cuando la niña llegó y vio el rostro del abuelo, se aferró inquieta a la mano de su madre y preguntó:

-Mamá, ¿y éste quién es?
-Este señor es el abuelo de papá -respondió su madre, y la cogió entre sus brazos.

Y entonces la niña, al verlo ahora tan de cerca, sintió la necesidad de saber más:

-¿Y por qué tiene un ojo marrón?

La madre, que no pudo reprimirse, estalló en una carcajada. La pregunta tenía su gracia: en vez de preguntar por el ojo de cristal, que era celeste, lo había hecho por el de nacimiento.

Y por segunda vez en ese mismo día, sin que sirviese de precedente, Don Augusto sonrió.

Metió la mano derecha en el bolsillo de su chaqueta.

-¿Te gustan los caramelos?

La niña miró a la madre, buscando su aprobación. Cuando ella asintió, cogió la golosina con la ilusión propia de un niño.

-Son de café -dijo él-. Es lo único que tenemos en este maldito país: azúcar y café… Y ancianos -añadió.
-Gracias -la madre habló por la niña, que ahora se debatía con el envoltorio del caramelo-. Ve y dile a la abuelita que ponga otro cubierto. Hoy somos uno más a la mesa -la pequeña miró a su madre con ojos mimosos.

«¡Aquí no entra ese bribón!»

Era la voz, en el umbral de la puerta, provocadora, con los brazos en jarras y un delantal blanco a la cintura.
Aquella mujer no perdería su frescura y belleza aunque viviese otros cien años. Y eso fue precisamente lo que más le molestó a su marido en aquel mismo instante.

-Antes no era tan brava -pensó en voz alta.
Y ella, que le había oído, respondió: «Son ya demasiadas corridas.»

Entonces la Celia se agachó y le susurró algo al oído a su hija.

La niña corrió hasta la abuela y le transmitió ese mensaje, también al oído. Y ésta, molesta pero resignada, se dio la vuelta y entró en la casa, perseguida por una torbellino de malhumor, dejando la puerta abierta.

-¿Vamos? La primera batalla está ganada -dijo Celia.
-Lo que no consiga una mujer bonita… -reconoció él. Pero no sintió la curiosidad de saber con qué argucias la había convencido.

Ella entró primero; después él.

El ambiente estaba cargado, y no de humo precisamente. Las paredes, desnudas, húmedas, tristes, eran fiel reflejo de que si algo no sobraba en aquella vivienda era el dinero.

A la mesa, ya comiendo, estaban su hijo Matías, viudo desde hacía unos años, el hijo de éste, Andrés, su esposa Celia, y una vecina que se unía a ellos de vez en cuando. La niña pequeña se había tumbado en el suelo a jugar con una muñeca de cabellos dorados.

Don Augusto se sentó sin mirar a nadie, mientras aquella «gran mujer» le ponía sus cubiertos sobre la mesa. «Quítate el sombrero para comer», le ordenó. La abuela, ahora, era todo un carácter. Él obedeció sin rechistar.

Entonces ella se sentó y todos siguieron a lo suyo, hablando de temas cotidianos que don Augusto ni siquiera se molestaba en escuchar, absorto en la tarea de llevarse la cuchara a la boca. Para eso estaba allí, para comer: lo demás era perder el tiempo.

La vecina era una mujer mayor y nunca hablaba, se limitaba a sonreír a los demás. Sonreía siempre: unos decían que era como una contracción en su rostro, algún defecto genético, «vete tú a saber»; otros, que era muda; pero nadie estaba seguro de ello.

Celia le sirvió una copa de vino; se la llevó a la boca, pero apenas mojó los labios.

-Abuelo, ¿qué le parece la niña? Ya está aprendiendo a leer y a escribir -quien habló fue Andrés, el más simpático y dicharachero de la familia. El único, cómo no, que podría atreverse a dedicarle ese trato de deferencia en un clima tan hostil. Su padre, Matías, le miró inquisitivamente. Si algo no le apetecía era que animasen a su tozudo padre a opinar.
-Es una Pacheco -dijo éste sin levantar la mirada del plato, echándose otra cucharada al estómago.
-¿Sabe usted que tenemos otro?
-¿Otro qué?
-Un bebé. De once meses.
-¿Un bebé…?
-No le hables de niños a tu abuelo: a él no le gustan -soltó La Negra.

Don Augusto levantó la mirada hacia su nieto y le preguntó:

-¿Cómo se llama?
-Rosita.
-Entonces quiero verla: los niños no me gustan, pero las niñas sí. ¿Dónde está? -se puso en pie urgentemente y se quitó la servilleta del cuello de la camisa.
-Le acompaño, compadre, está en la habitación pequeña.

Celia sonrió y se levantó; también quería estar presente.

Anduvieron por el pasillo hasta la habitación.

En ese mismo instante Matías le preguntaba a su madre: «¿Por qué demonios ha venido… es que no sabe que no es bien recibido aquí?» Ésta le miró desabrida, como insinuando: «No sé por qué ha venido, no lo sé…»

En la habitación, en una pequeña cuna, dormía la niña. Don Augusto se acercó a ella y cogió su manita con delicadeza, temeroso de rompérsela.

La otra niña, asomándose para no ser menos, le dijo al abuelo: «Es mi hermanita, llora mucho por las noches.»
Sus padres estaban orgullosos. De las dos.

-¿Y ésta, compadre, también es una Pacheco?

Acarició sus mejillas de algodón con el dorso de su mano y respondió: «Ésta, más que cualquiera de los que estamos aquí.»

Andrés estiró su columna vertebral, como agradeciendo el comentario.

Su abuelo añadió: «Ahora es vuestro deber educar a las dos como se debe, no vaya a ser que alguna os salga comunista, como el viejo», añadió refiriéndose a su propio hijo, aún a la mesa, con cara de poco amigos.

-No se sulfure usted con la política, que tomos somos iguales.
-Sí, todos somos iguales, pero unos más que otros.

Cuando regresaron al comedor, el bebé seguía dormido. Su hermanita se echó en el suelo nuevamente para jugar con la muñeca.

Don Augusto, algo más relajado, levantaba ya la cabeza del plato. Cuando le vio el fondo al plato, pidió más sopa.
Su mujer, ahora menos «brava», le miró de soslayo, se levantó de la silla, cogió el plato de su marido y se lo llevó a la cocina, sirvió en él otras dos cucharadas grandes y lo puso de nuevo en la mesa.

-Aprovecha, no vaya a ser que sea el último antes de que te mueras.

Celia y Andrés se transmitieron con la mirada: «Hay que ver cómo se las gastan.»

Tomaron segundo plato y fruta de postre.

-¿Más vino? -preguntó Celia.
-No, que luego no encuentro el camino a casa.

La Negra se tomó aquello como un comentario malintencionado, pero prefirió mantenerse callada, para no remover más las cenizas.

Matías tampoco hablaba: de sus labios no había salido una sola palabra desde que el sombrero de su padre asomó por la puerta.

Entonces el bebé empezó a llorar.

-La cuarta generación de los Pacheco también tiene hambre -dijo don Augusto, y añadió-: normal, hoy es domingo.
-¿Acaso sólo comemos los domingos o qué? -bramó La Negra.
-No, pero los domingos hace más hambre.

Hubo otro silencio. Rosita, atendida por su madre, ya no lloraba.

A pesar de no ser un hombre de conversación, se animó a decir algo:

-En casa hay un gato nuevo, lo vi ayer; es pequeño, lo encontré en las escaleras.

Parecía que su comentario iba a caer en un saco roto. Pero entonces la niña, cogiendo a la muñeca del pelo, se giró y preguntó intrigada:

-¿Y de qué color es?
-Blanco, como tu falda.

La vecina miraba hacia todos los lados y sonreía.

-¿Un cafecito? -preguntó Celia.
-No, me voy -estiró en ese momento el cuello-, tengo que regar las plantas.

Aquello cogió de sorpresa a La Negra: él nunca tuvo sensibilidad para «esas mariconadas.»

Y, ya de pie, añadió: «Si no las riego se me mueren.»

Su mujer, a pesar de que no quería entablar el menor diálogo con él, no pudo resistirse a preguntar, justo cuando él estaba en la puerta, ya con la botella de gasolina en una mano y el bastón en la otra:

-¿Has regado las que hay en el patio?
-Las he regado todas. La grande de la entrada, también.
-¿La grande de la entrada?
-Sí, la grande de la entrada. ¿Es que te has vuelto sorda de repente?
-¡Pero si ésa es de plástico!

Don Augusto sintió en ese momento que todos estaban pendientes de él, casi incrédulos.

-Pues es la que más me gusta -dijo, convencido de ello. Se puso el sombrero y, sin despedirse, salió a la calle.

Desde allí pudo escuchar una estridente carcajada que provenía del interior de la casa. Todos se reían; Matías, el que más: por primera vez en once años se reía como se ríe un hijo.

No le importó al viejo. ¿Qué entenderían ellos de plantas?

Lavaban los platos, calladas. La más joven preguntó:

-Madre, ¿qué le pasa? La veo triste.

Ella tenía la mirada perdida en la calle, se estaba nublando el día.

Quizá no había escuchado la pregunta. Pero, después de unos instantes, regresó de su ausencia:

-¿Crees que le habrá gustado la sopa? Hoy no ha dicho nada al respecto.
-¡Madre, se ha comido dos platos! -le recordó Celia. Se arrimó a ella y le dio un beso tierno en la frente. Los ojos de La Negra escupieron una tímida lágrima.

Volvieron a sumirse en un silencio y continuaron con su tarea.

En el rostro de la vecina, que de pasada había oído la conversación, no asomaba ninguna sonrisa esta vez.

Un viento caracoleado le volteó el sombrero. Miró al cielo y pensó que no tardaría mucho en llover.

De regreso, se topó de nuevo con Felipe, ahora sentado en una silla, en la terraza de la cantina. Ante el saludo con la mano de éste, don Augusto decidió hacerle compañía. Se sentó en la otra silla. La hija de Felipe salió a atenderle. Le pidió un vaso de vino.

Don Augusto advirtió: «No quiero saber nada de política hoy, ¿vale? Por culpa de la política no podemos ser todos iguales.» El otro asintió con la cabeza, no había problema.

-Va a llover.
-Sí que va a llover. Y mucho.
-¿Para casa…?
-Sí, me doy un paseo y me entro en la casa, que no tengo ya edad para estar en la calle -dijo don Augusto; y luego preguntó-: ¿Y la mujer?
-La mujer, en la casa.
-Es bueno tener una mujer.
-Sí, es bueno tener una mujer… Va a llover -repitió.
-Sí que va a llover. Y mucho.

La chica de Felipe le trajo el vaso de vino y se marchó para dentro de nuevo.

-¿Cuántos años tiene?
-Quince -respondió su padre.
-¿¡Quince años!? ¿Y la haces trabajar en domingo? ¡Tendrían que meter en la cárcel a los canallas como tú!
-La vida es dura, don Augusto…
-Dímelo a mí.

Don Augusto pegó otro trago. Estaba demasiado callado, algo le rondaba en la cabeza.

-¿Y en este pueblo… venden flores? -preguntó.
-Sí.
-¿Y chupetes?
-Pues claro. Hay que ir hasta el final de la calle, a la derecha, donde están los colmados.
-Ah.

Se colocó el sombrero y vació en su estómago lo que quedaba de vino.

Se puso en pie y se despidió.

-Me voy para casa, antes de que llueva.
-Hace bien, usted que puede; a mí aún me queda toda una jornada de trabajo. Hoy sí que va a llover -miró al cielo en ese momento.
-Y mucho.

Cuando iba a sacar una moneda del bolsillo de la chaqueta, dijo el otro: «Tranquilo, viejo, hoy invita la casa».
No obstante, dejó la moneda allí.

-Pues entonces para la chica. Y yo no soy ningún viejo.

El padre de la chica, acomodado en su silla, se despidió de él con una sonrisa.

Don Augusto bajó las cuatro o cinco escaleras y continuó su camino.

Más adelante, en el otro mesón de la calle, alguien dijo:
-¡Ahí viene otra vez el abuelo!

Y todos se asomaron a la puerta, a verle pasar.

Cuando llegó hasta la altura de los chicos, se detuvo un instante, miró al cielo con gesto cansado y se desperezó ostentosamente.

-Ahora qué, ¿hace ese vinito?

Entonces se giró hacia ellos e hizo como que no les había visto. Ahora eran más, pero la sonrisa jocosa era la misma.

-No puedo, me voy a descabezar una siesta: tengo que hacer la digestión -se acarició el estómago con ambas manos, como si estuviese hinchado por culpa de una buena comilona, y se echó a andar.
Nicolás se enfrentó con los muchachos, que se estaban riendo.
-¿Y qué quieres? -le dijo uno-. ¿No has oído lo que ha dicho? «Tengo que hacer la digestión.» Seguro que lleva cuatro días sin probar bocado.
-¡Si ha dicho que ha comido, es que ha comido!, ¿vale? El abuelo es un hombre de palabra -dijo muy serio, casi provocándoles-. Si no fuese así -añadió- ya no llevaría a cuestas la botella de gasolina.
-Vale, vale -admitió uno de ellos, conciliador- no te pongas así.

Nicolás, dándose por satisfecho, los dejó en la puerta y se fue para dentro.

Don Augusto miró su viejo reloj de los domingos, quería saber la hora; no pudo: hacía años que no funcionaba. «Antes que me muera, me compro otro», se dijo.

No quería detenerse, aunque estaba cansado, deseoso de acabar con aquella caminata tan larga.

Pero parecía que aquel día no le dejarían en paz. El Flaco, que tenía de todo menos de flaco, le abordó.

-Este mes no le doy nada. La mujer se me puso enferma, y no hay dinero en casa.

El pago era por un asunto de un borrico. Se lo había vendido hacía ya más de cuatro años, pero el Flaco nunca había sido buen pagador.

-Tu mujer la única enfermedad que tiene eres tú. A disgustos la matas un día de éstos…
-El mes que viene yo le pago.
-Lo llevas diciendo desde hace años. Eso me pasa a mí, por venderle un borrico a otro borrico -don Augusto ni le miró ni se detuvo. Tampoco pasaba nada si no le pagaba jamás. No es que le perdiera los vientos por el Flaco, pero al menos se dirigía a él sin tratarlo de «viejo» o de «amigo», algo que era de agradecer.

Éste se hizo a un lado y pensó: «Pues si no se quiere creer que le pago el mes que viene, que no se lo crea.»

El abuelo dio por finalizado aquello:

-Dale saludos de mi parte a la buena de tu mujer. Y que Dios le dé fuerzas para soportarte, que falta le hace.

Y el Flaco se quedó allí, en medio de la calle, pensativo, rascándose la cabeza.

La visión de su casa, por fin, fue como un oasis en el desierto.

Sin resuello, se dio un descanso de unos segundos antes de sacar la oxidada llave del bolsillo de su pantalón.

Una vez se hubo recuperado un poco, la metió en el ojo de la cerradura, también oxidada.

La puerta se abrió con un chirrido agudo.

Entró y se quedó clavado, mirando la planta grande de la entrada. Así estuvo durante unos segundos, pensativo. Luego vino con una botella llena de agua y la regó. «A mí me van a enseñar éstos de plantas…» Y eso mismo hizo con todas las de la casa, incluidas las que había en el balcón.

Cuando acabó, se fue al refrigerador y se sirvió un vaso de agua fría. Se sentó en una silla y se lo bebió. Luego se sirvió otro.

Entonces echó en falta algo, y empezó a recorrer toda la casa. «Bartolo, Bartolo…»

Agazapado en una esquina, lo encontró. Parecía adormitado. Lo cogió en brazos, le acarició el lomo y se lo llevó al balcón para sentarse en su sillón preferido, donde pasaba las horas muertas. «Bartolo, eres el peor gato que he visto en la vida. ¿Es que no me has escuchado? Te estaba buscando.» Bartolo era una hembra, aunque el abuelo no se hubiese percatado de ello. Le miró con sus ojos diminutos, que no parecían agradecer en lo más mínimo las atenciones de su amo.

«¿Sabes, Bartolo?, he estado allí -le dijo a la gata, que se había vuelto a dormir-. Y he comido la sopa. ¡Ja, qué se creerían ésos; a mí no me conocen; si no, les quemo la casa! Ahora tienen una niña nueva, ¡toda una Pacheco, te lo aseguro, de pies a cabeza, con unas manitas que son como de porcelana y unas mejillas rosadas que no parecen de verdad…! Allí estaba el mamón de mi hijo -había cambiado el tono de voz-, el comunista ése…», y siguió relatando a su nuevo amigo todos los acontecimientos de la jornada.

Después de recrearse una y otra vez en sus hazañas de machito, sintió sueño. Dejó el gato en el suelo, que corrió hacia algún lugar escondido de la casa donde no le molestase nadie, y se fue a su cama, no sin antes darse una vuelta por toda la casa, buscando quién sabe qué.

Pero cuando se estiró en ella, se dio cuenta de que no podía dormir. «Ni para dormir tengo fuerzas ya.» Lo consiguió al cabo de varias horas, cuando el sol empezaba a ocultarse. Se había abrazado a la almohada tras darle un beso y convencerse a sí mismo de estar acompañado.

Una hora más tarde, algo le despertó.

Sus manos temblaban: los cuatro días se le habían hecho más largos que el resto de su vida anterior.

La puerta chirrió. «Habría que engrasarla», pensó.

Sintió vergüenza de sí misma. Qué hacía allí, no lo sabía. Quizá sólo había ido para cerrar las ventanas: iba a llover, de eso estaba segura, y si alguna ventana quedaba abierta, la tempestad podía mojar los viejos muebles; tal vez sólo quería ver al gato nuevo, o coger ropa limpia, o simplemente comprobar que todo estuviese tan ordenado como ella lo había dejado; pero, aunque no quisiese reconocerlo, lo más seguro es que estuviese allí, cansada, confusa, temerosa, para demostrarse una vez más que «hasta los negros tenemos sentimientos.»

Y entonces, ese miedo, aquella vergüenza, brotó de su alma como nunca, cuando el viejo refunfuñón bajó y le dijo, con una voz tan grave como siempre, pero casi con afecto:

-Sabía que eras tú: el olor de un negro lo distingo a la legua.

Entonces ella dijo que venía por algo de ropa.

Antes, bebió un vaso de agua y se sentó en la silla de la cocina: también ella estaba sedienta.

Cuando hubo recogido la ropa interior que le quedaba allí y se disponía a salir de nuevo por la puerta, escuchó una voz, ahora más estentórea que nunca, que le decía:

-Son de porcelana…

Y ella se giró y dijo:

-¿Qué?
-Que son de porcelana… sus manos… Diminutas. Cuando las tocas parecen que se van a romper…

Ella no dijo nada.

Hizo otro intento de salir, cuando de nuevo sonó la voz:

-Va a llover. Y mucho -tras un silencio de unos segundos, añadió-: mejor que te quedes. Una vieja no puede caminar así como así, bajo la lluvia, como si tuviera veinte años… por muy guapa que sea. Y, además, podrías acompañarme mañana: quiero comprar un chupete.

Y cuando ella asintió con la cabeza, y subió con él hasta el dormitorio, y se quitó la ropa, y se puso el camisón, y rezó en silencio, y se acostó en un extremo de la cama para no rozarle, ya no pensaba en nada.

Él, después de una charla consigo mismo, se aproximó a su espalda, la atrajo con sus brazos y le dio un beso donde pudo.

Así estuvieron varios minutos, sin mirarse, hasta que ella se giró y le preguntó con la emoción contenida de aquella niña inocente de catorce años:

-¿Por qué me dijiste que me quedara? No fue por la lluvia.

Ahora era él quien sintió miedo y vergüenza. Y se dijo que quizá se lo había pedido porque estaba cansado de vagar por la casa, de hablar con el gato, de regar las malditas plantas, de mirarse en el espejo y no ver a nadie; en definitiva, que estaba cansado de no sentirla a ella.

-Quería que te quedaras …por la sopa de pescado -le dijo-. No puedo estar cada domingo de caminatas.

Ella suspiró y, aferrándose a él, se dejó sentir.

El silencio duró varios minutos.

-También es mi preferida -dijo-. Y él supo a qué se refería: a la grande de la entrada, la que era de plástico.

Y como le conocía, no se extrañó de que él se levantase de repente y se fuese hasta la ventana de la habitación. Y que allí, de espaldas a ella, dijera:

-Hoy va a llover más que nunca.

No, no le extrañó. Después de toda la vida a su lado no le hacía falta saber que él continuaría en esa postura durante un buen rato, observando una lluvia que a buen seguro no iba a venir.

Se giró sobre sí misma y se dispuso a dormir, sabiendo que del ojo de Augusto Pacheco García, del que no era de color celeste, brotaba la ternura de una lágrima.


MORRISVAN©1999

 

 

 

 

Vuela

 

© Francisco Rodríguez Criado

 

 

- Despierta, Nieves, que estás en las nubes!

Y ahora, más que nunca.

La vista desde la ventana es hermosa. Nubes, infinidad de nubes que, esponjosas, tiernas, se muestran amigas. Miran, y no dicen nada.

Nieves no sabe aún qué hace en ese avión. Se supone que le lleva hacia alguna parte; quizá a casa de una hermana, o a la de alguna amiga que le espera en algún sitio. Eso son aviones: carcasas metálicas que te llevan hacia algún sitio. Miras en su interior y ves gente. Miras hacia el exterior y ves nubes. Nunca ha estado la Humanidad tan cerca de las nubes. O quizá sí.

De pequeña, su madre siempre le llamaba la atención: «¡Nieves, que estás en las nubes!» Y era tan cierto que ni siquiera escuchaba la voz de su madre. Nieves parecía ausente cuando le hablaban. Es más, parecía no existir. De niña tenía sus muñecas. De adolescente tenía sus libros. De mayor no tiene nada. Ni siquiera a su madre.

- ¿Sabe usted por qué son tan pequeñas estas ventanillas? Si se produjese un accidente y se rompiera alguna de ellas, la tendencia de la gravedad empujaría nuestros cuerpos hacia el exterior. Por eso son tan pequeñas: para evitar que salgamos despedidos al vacío.

Nieves asiente con la cabeza en un gesto de tímido agradecimiento. En verdad no tiene nada que agradecer. El viejecillo que ha interrumpido sus profundos pensamientos, aburrido, pretende mantener un diálogo con ella; una de esas conversaciones de avión que incluye el precio del pasaje. Pero a ella no le apetece hablar.

Mira por la ventanilla. Se ve en ella. No le gusta lo que ve. La oscuridad en un túnel sin salida. El pasado, presente y futuro de Nieves... sin Nieves.

Recuerda que quiso ser actriz. «Lo que debes hacer es estudiar, y dejarte de pamplinas», le decía su madre. Pero no lo hizo. Más tarde quiso ser escritora. Se pasaba las noches en vela, escribiendo poemas de amor que nadie publicó. Y cuando tenía veintidós años hizo sus pinitos en la radio. Pero se aburrió. «Yo quiero ser diferente -decía-, quiero hacer algo por lo que algún día se me recuerde.» «Lo que debes es buscarte un buen marido y servirle honestamente, como he hecho yo con tu padre desde que le conocí.» Pero no quería ser como su madre. No, ella quería ser especial.

Mira por la ventana. Tiene cuarenta y dos años, un ex-marido y millones de sueños incumplidos. No es especial y nadie la recuerda.

Quiso ser una mujer moderna: una mujer del siglo XX. No lo es. No lo fue. No lo será. No lleva en su bolso Coco Chanel, ni entradas para la Ópera, ni preservativos. Lo que sí lleva en su bolso es su caja de antidepresivos: le acompañan desde que cumplió los veinticinco. Nieves y sus antidepresivos... ¿Qué sería ahora de ella sin ellos? Nada. Con ellos, tampoco. Dejó escapar los pocos pretendientes que tuvo. Tuvo pocos, muy pocos. A unos los ahuyentó ella. A otros no hizo falta.

Deambuló por las calles con el pelo corto y teñido de rubio. Pretendió pavos reales y encontró tristes búhos de la noche que, como a ella, no deseaba nadie. Soñó con príncipes azules y dio con mecánicos en paro. Suspiró por un hueco en la gloria y acabó en la cocina de una hamburguesería. Coleccionó recortes de artistas que ocuparon el álbum de fotos de una vida propia inexistente. Se casaría con un galán de cine, se casó con un vendedor de zapatos que la abandonó al año de sufrido matrimonio.

Se sentía sola. Empezó a pintar. Pintó cuadros oscuros; los colgó en las paredes de su casa. Eran cuadros deprimentes. Los fármacos antidepresivos no mitigaban el efecto de sus cuadros.

Odió a su madre hasta que murió. Cuando ya no estaba, sintió la necesidad de hablar con ella por primera vez, contarle sus problemas, llorar, acoger sus caricias. Se sintió triste una vez más. Descolgó los cuadros de las paredes, tomó el doble de antidepresivos, se buscó otro hombre. Nada de eso le devolvió a la realidad. Su amante se aburrió de ella, de sus cuadros, de sus ausencias mentales.

Sus amigas encontraron un novio, se casaron, tuvieron niños, viven felices.

¡Despierta, Nieves, que estás en las nubes!

Tiene cuarenta y dos. Ha dejado una casa llena de tristes recuerdos. De cuadros. De poemas. De recortes de estrellas de cine.

Vuela en avión y toma antidepresivos y no tiene ganas de demasiadas cosas. Mira por pequeñas ventanillas que delimitan la realidad de un mundo de sueños.

Se duerme.

Cuando despierta, tarda en darse cuenta de que aún está en el avión. Está sola, como siempre. Se vuelve hacia un lado. Ve a un señor elegante con su esposa y su hija. Parecen felices. El viejo ha aprovechado un asiento libre y se ha sentado junto a un joven estudiante. Le está contando por qué las ventanillas de los aviones son tan pequeñas.

Nieves mira hacia la ventanilla. Ya no hay nubes. El avión empieza a perder altura, preparándose para aterrizar. Abajo le espera una ciudad. Le esperan más proyectos. Le espera una nueva vida que a buen seguro no será nueva.

Cierra los ojos durante unos segundos. Pide al cielo que cuando los abra el avión siga en las alturas, y ella mire por la ventanilla y no encuentre más que nubes. Pide eso, y que ese vuelo no acabe jamás.

De nuevo abre los ojos. Gira la cabeza hacia todos los lados, y lo único que atisba es el vacío.

El avión acaricia suavemente la pista de aterrizaje, y los pasajeros, felices, aplauden.

 


MORRISVAN©1999

 

 

 

AL DESPERTAR

 

© Francisco Rodríguez Criado

 

 


Nada marchaba bien ya. Nuestras disputas eran cada vez más frecuentes y agresivas. Todo estaba roto, hueco, olía a podrido. Se acercaba el fin de la relación.

Aquella tarde, después de echarnos en cara tantas y tantas cosas (todas ciertas y todas mentiras), se marchó de casa, dando un portazo. Cuando regresó, yo estaba en la cama, casi dormido. Noté su cuerpo pegarse tímidamente al mío, transmitiéndome el calor de la indiferencia. Para confirmar la idea de que no había salvación posible, hicimos el amor salvajemente, mintiéndonos, ahogándonos aún más, matando el veneno de la verdad con chillidos artificiales. Al acabar, nos quedamos mirando al techo, cubriendo nuestros presentimientos de silencio. Ella lo sabía y yo lo sabía: la proximidad era lo que nos alejaba.

(Es todo tan gris cuando estás con una mujer que ya no te ama y a quien ya no amas...).

Ambos esperábamos el sueño como una tabla de salvación. ¿Hasta cuándo aquella agonía? Decidí entonces que a la mañana siguiente, en cuanto despertase (en vez de aceptar un alto el fuego, como venía siendo habitual), me levantaría para hacer las maletas. No podía vivir más tiempo a su lado.

Pero al despertar resulta que no despertamos. No estábamos allí, en aquella cama sin deshacer; no era aquella nuestra casa, ni aquellos cuerpos eran nuestros cuerpos; nuestras riñas no habían existido tampoco en el mundo de la realidad. Simplemente, no estábamos. De repente comprendimos que toda nuestra vida había sido un sueño. Nos miramos. Deseando ser soñados nuevamente.

 

 

 

 

Maletas

 

© Francisco Rodríguez Criado

 

 

Me despierto por la mañana con un libro de Onetti entre las manos. Hoy va ser un día diferente, me digo. Pero tengo que reconocer (es de noche ya mientras escribo estas líneas) que la única ruptura con la monotonía han sido las maletas: me voy de viaje.

Uno, aburrido de la tiranía de la cotidianidad, ha encontrado en la tarea de hacer las maletas un hallazgo, un entretenimiento. El viaje, en este caso, se convierte más en un medio que en un fin. Si pasara todo el año viajando, tendría que buscarme otra válvula de escape.

A media mañana llamaron al timbre; era el butanero. Siempre deja la botella de la vecina a la puerta de su casa, y después acude a mí para que le pague el importe (a esa hora ella está en la oficina).

Bajé a la calle, eché a correr hacia el bar de la esquina (la lluvia arreciaba), compré unos pantalones en las rebajas, envié una carta a una amiga, cambié unos libros de sitio. Nada original.

Por la tarde vino la vecina. Quería darme el importe de la botella de butano. He estado a punto de decirle: «Pase, estoy haciendo las maletas». Pero tan sólo he sonreído mientras cogía el dinero.

Cansado de no hacer nada, me eché sobre la cama, recordando momentos felices de mi infancia. Eran buenos tiempos. Ahora es siempre lo mismo: un libro, un viaje, una película, una vecina que llama y esa lluvia que aparece cuando menos se espera.

Me pregunto quién es el tipo que escribe estas líneas. La respuesta es sencilla: un hombre que se levanta, se acuesta, y de vez en cuando hace las maletas.

He oído hablar de los problemas cotidianos de algunos grandes escritores que no soportan ser importunados mientras trabajan. Para mí sería un placer que me molestaran si fuera un gran escritor. O al menos un buen escritor. En ese caso, cuando llamase la vecina para abonar el importe de la botella de butano, aprovecharía la oportunidad para decirle: « Pase usted, no se preocupe. Tan sólo estaba escribiendo una novela » .

 

Cáceres, enero de 2001

 

 

 

 


IRLANDA, MESÓN DE CERVEZA Y MELANCOLÍAS

 

© Francisco Rodríguez Criado

 

 

La visita a Irlanda más que un viaje fue una escapada. Huir, a la larga, es la forma más intensa de conocer mundo. Y de conocerse a uno mismo. Viajé a Cork, la segunda ciudad más importante del país, con la intención de quedarme en ella quince días; al final mi estancia se alargó a un par de meses: dos meses de frío y desasosiegos, esa palabra/sentimiento que frecuentaba Pessoa y que tantos escalofríos le producen a este servidor.

Nada de cámaras fotográficas ni poses de turista japonés. Simplemente Cork, guapa y atlántica, en estado puro y duro. Con sus iglesias y sus bares. Su lucidez y sus arrebatos. Sus luces y sus ocasos. Todo envuelto en ese abrupto clima oceánico, donde sol y lluvia intercambian sus voces en un interminable blues cansino.

Alojado en una casa algo cochambrosa -vieja, anticuada, todos los suelos alfombrados, incluso el de la cocina- que compartía mi amigo Jose con otros estudiantes de las pasiones aventureras, saboreé un país que huele a cerveza y a melancolía. Irlanda es un país donde se bebe. Y donde se siente. Y a veces -por no decir siempre- se bebe para no sentir.

No puedo recordar nada de las conversaciones de aquellos mis primeros días en la isla. La lengua inglesa, de la que me había divorciado cordialmente al dejar el instituto, me apartaba de la realidad circundante. Ahora, más que nunca, me sentí extranjero, ese ser inadaptado que tan bien retrató Camus en su novela. A marchas forzadas -por eso de que ser extranjero un ratito está bien pero a la larga acaba por agotar- hice todo lo posible por recuperar, cual hijo pródigo, la compañía de to be y to have, dos verbos que resumen -pero no solucionan- todos los problemas existenciales del ser humano.

La costa Connemara, protegida por sus valles, inmensos en extensión y belleza; el vértigo inevitable de los Cliffs of Moher; la calidez hospitalaria de los B. and B. (Bed and Breakfast); los arrebatadores castillos medievales: Blarney, Kilkenny; pueblos costeros pintorescos y turísticos como Kinsale… Irlanda arrastra a su pesar una belleza inhóspita y dramática que hiere a la vista. Porque eso es básicamente Irlanda, un hermoso país que duele, reconforta y aprisiona.

Saint Patrick, sacudida por el viento, las tiendas y los borrachos, conforma el corazón de la ciudad. En sus arterias, los típicos pubs irlandeses se arman hasta las cejas de alcohol, violines y gaitas, para sangrar o desangrar a los jóvenes y a los que no son tan jóvenes. Allí acudía yo cada noche para disfrutar de la música en directo mientras tomaba un refresco. (Nunca fui capaz de adscribirme a la filosofía del alcohol, donde el ideal imperante es precisamente la ausencia de ideales. La resaca, en mis escasos coqueteos con esa falsa amante que es la bebida, siempre me ha dado la razón.) Pero una noche, para contradecir lo anteriormente escrito entre paréntesis, salí a tomar algo con Fabio, mezcla explosiva de italiano, irlandés y whisky. «Si no tomas una pinta de Guiness, es como si no hubieses estado en Irlanda.» No tomé una, sino siete. Así puedo decir que he estado siete veces en ese dichoso país. Volví a casa solo, dando tumbos, preguntando a unos y a otros por Blackpool, el barrio donde vivíamos. Cuando Fabio, fresco como una rosa, entró en el comedor a la mañana siguiente y vio mi cadáver depositado en el sofá, no dijo nada. Sonrió; y después de saludar con la mano se fue a la universidad. La aguerrida Italia había vuelto a vencernos. No volví a salir de copas con él.

De entre todos los locales, mi preferido era Bodega, un pub con decoración española que le hacía destacar sobre el resto. Allí, entre tazas de insípido café y scons with marmalade and cream, bolígrafo en mano, pasé momentos entrañables dando vida a algunos relatos a los que sigo teniendo un gran cariño. Mis nuevas amistades querían saber. ¿Qué hacía allí? ¿Iba a quedarme mucho tiempo? ¿A qué me dedicaba? ¿Había publicado algún libro? ¿Qué opinaba de Joyce? ¿Me gustaba el país? No fui capaz de responder con tino a aquellas preguntas envueltas en la tradicional gentileza irlandesa. Al final, acabaron dando por sentado que yo estaba allí para escribir, nada más lejano -y cercano al mismo tiempo- a la realidad.

A Lisa, una rubia extravagante, la conocí una mañana en el colegio donde yo me colaba furtivamente para pasar mis textos a ordenador. Quedamos en vernos aquella misma tarde, cita que se repitió en varias ocasiones. Cada vez que paseábamos del brazo por Saint Patrick´s, la notaba nerviosa. Un día confesó que le daba miedo que su ex novio nos pillase tan acaramelados. «Un tipo muy celoso y agresivo.» Yo dije «vale», y seguimos paseando. El novio no apareció nunca, algo de agradecer. (Pelearse por una mujer siempre me pareció un esfuerzo excesivo e inútil. Y puede suceder que por ese gesto de aguerrida caballerosidad acabe enamorándose de uno, con los perjuicios archisabidos que ello conlleva.) Lisa, para bien o para mal, acabó por desaparecer. Ni siquiera se despidió. Un día coincidí en el autobús con su hermano, poeta en ciernes, que me explicó que Lisa estaba muy contenta: iba a hacer un pase de modelos, su primer pase de modelos. Ignoro si fue o no el último. Como terapia, me eché a los brazos de Eileen, de la que ya he escrito más de lo que debiera. He de confesar que en las curvas de Lisa y Eileen -muy pronunciadas en ambos casos- no encontré la paz que yo andaba buscando, tal vez porque las tomé con demasiada velocidad. En general la irlandesa, mujer de botellón, no me gustó demasiado. O quizá fui yo quien no les gustó a ellas. Así que mi relación con el género femenino acabó por reducirse a largos paseos y amenas conversaciones con Laury, la novia pelirroja de Jose, alegre, discreta, generosa y, como ya he dicho antes, pelirroja, tremendamente pelirroja.

El irlandés medio es bastante prototípico: bebe, disfruta del fútbol y critica la prepotencia y ansias colonizadoras del vecino inglés, ese perro rabioso que dejó de enseñar sus fauces en 1922, aunque aún retumban de vez en cuando sus ladridos en la zona norte de la isla. De cara al turista, el ciudadano irlandés es un auténtico lujo: amable, conversador, entusiasta (nada que ver con el desabrido inglés.)

Irlanda, país turístico sin turismo, vive de la ganadería -cabras, cerdos, ovejas, caballos-, de la agricultura -cebada, trigo, avena-, de la industria -fábricas de cerveza, destilerías- y de las ayudas económicas de la Comunidad Europea.

Dos meses de fríos y desasosiegos. De risas y lágrimas contenidas. De búsquedas. Cork y yo, unidos por un clima oceánico. A veces me parece que pasé allí toda mi vida. Otras, estoy seguro de ello.

No estaría mal volver a Irlanda, ese heterodoxo mesón de cerveza y melancolías. Aunque sólo sea para tomar una Guiness. O siete, si alguien me lleva después a casa.

 

 

LA MALA ESTRELLA

 

 

 

Tu madre tiene razón cuando dice

-o insinúa-

que no soy un buen partido

 

             para nadie

 

Pasé por los empleos

más ingratos que pueda

uno imaginar,

frecuento la amistad de personas indecentes,

no creo en Dios

ni en nada intangible,

y por si fuera poco       

    

no soy lo suficientemente alto.

 

 (Es el pudor

el que me impide darle

más datos negativos.) 

 

Tiene razón cuando alude a mi

              mala estrella,

para qué negar

las evidencias:

 Me faltan tus diez años

de piano, sentido común y calefacción

                                                                                                  para la casa. 

 

Pero tu madre ignora

que algunas noches duermes en mi cama

y lo primero

que encuentro al despertar

son tus ojos, fijos sobre los míos.                                       

 

                                           -¿Ves?, te gusta decir entonces,

 

Cuando duermes no pareces tan malo.     

 

       

                       

 

 

 

  CONSEJOS PARA UNA ADOLESCENTE DESENCANTADA

 

 
 
Llora cuanto quieras, 

llora si de veras crees que el futuro
ha quemado ya todas tus naves
                          
                   -pero hazlo desde la distancia, 

como si todo hubiera ocurrido
hace quince años
o poco más
en un tiempo en que aún
no habías nacido.
 
Déjate llevar
por el azul del espejo
que se mira
en tus ojos
                     tristes.
 
 
Y luego
sonríe
ponte guapa
y échate a la calle
ahora que la vida
todavía desfila bajo tu ventana. 

 

 

Si queréis escribir al autor

 

 

Subir

 

Vuelve a la Página de Inicio