NOTA DEL AUTOR:
A este pobre autor se le ha escapado el más rebelde de sus personajes. Un buen día decidió romper el contrato y ahora va por su cuenta. Se llama Rafael Montenegro y hace ya tiempo que no atiende a las indicaciones y propuestas de su autor. Parece que una vez constituido y librado de su yugo, no atiende sino a sus propias indicaciones y propósitos. Que nadie pensara que sus inefables aventuras nada tienen que ver con el autor ya que el desalmado Rafael Montenegro actúa por su propia cuenta y riesgo sin atender a razones. Como en la famosa Nívola de Unamuno a este desdichado escritor se le ha escapado un personaje y no atiende a razones. Si alguien lo consiguiera atrapar, por favor contactar con el email que a pie de página se les facilita. Es muy importante atraparlo y ponerlo en cuarentena, por el bien de la sociedad, por el respeto de las buenas costumbres y la felicidad que nos acecha a todos.
© Rafael Montenegro
INTRODUCCIÓN
No soy joven, pero nunca lo fui, de niño ya era un viejo. Recuerdo que los demás niños me pegaban, porque era feo y gordo y siempre estaba enfermo por el asma. En el patio me perseguían hasta que conseguían que se cerraran mis pulmones, luego esperaban impasibles a que se empezara a amoratar mi rostro. Por eso los odio. En 8 años los profesores me salvaron de la muerte 83 veces. Por eso odio a los niños. A esos monstruos cuellicortos como diría Williams. Siempre me siento ridículo cuando ponen a uno de esos niños estúpidos ante mí pretendiendo que les sonría o les diga cualquier tontería para distraerlos. Si por mí fuera, la humanidad acabaría muy pronto. Empezando por los niños claro.Ahora tengo 45 años, sigo estando gordo, mi cabeza es grande, desproporcionada y a excepción de las sienes y la parte inferior del cogote, parece el culo de un niño. No hago ejercicio, fumo mucho, bebo más, y al ser gordo, calvo, feo y algo solitario, a falta de algo mejor, frecuento los prostíbulos más de lo que mi cuenta me permite. Las fulanas se acuestan conmigo con asco. Lo veo en sus rostros, en su mirada. Por eso las odio. Aunque porqué no decirlo, con la costumbre he llegado a sentir un profundo placer al ver sus caras de profundo horror mientras las estoy sobando.
Recuerden que no todos tuvimos sus mismas oportunidades.
Tres aficiones por este orden: la televisión, el dinero y las mujeres. Una obsesión: la muerte.
Para mi desgracia después de la pubertad el asma desapareció y con ella mis esperanzas de morir pronto.
Actualmente soy vendedor de biblias por teléfono, pero en el transcurso de mi vida he tenido los más dispares oficios de los que les iré informando si continúan con paciente vehemencia hasta el final de mi relato. Tuve otros tantos trabajos, y de lo más dispares: Profesor de instituto, camarero, guardia civil, celador, jardinero, y como ya les he dicho, actualmente, vendedor de biblias. De todos ellos me echaron casi siempre por lo mismo: Mi pasión por las mujeres.
Soy un misántropo. Que nadie me acuse de ser selectivo, a mí tanto me da: negratas, moros, judíos, americanos, gays, policías, maricas, fulanas, mujeres, prostitutas, feministas, rameras. Os odio a todos por igual.
Confesaré que tras mi experiencia como niño y después como profesor, detesto especialmente a los niños. Los niños son crueles, despiadados, son instrumentos del demonio. Si os cruzáis alguna vez conmigo, guardaos de presentarme a vuestros hijos. Creo que ya os había hablado antes de ellos. En fin, sigamos.
Puede que sea un pecador, pero los remordimientos no me atormentan. Hace tiempo que aprendí que el buen Dios todo lo perdona si te arrepientes de corazón. Y yo llegado el momento pienso hacerlo. Sabré hacerlo. Me he entrenado toda mi vida para ese momento.
Pero, dejad que me presente:
Mi nombre es Rafael Montenegro. Pertenezco a una familia de añejo, de antiguo, de rancio linaje. Que de tan añejo y antiguo se ha vuelto rancio y avinagrado como el vino de sarmiento o las aguas corruptas de un estanque. Mi familia fue una de las primeras que llegó con el conquistador a estas tierras y ayudó a imponer y evangelizar el uso del excelso idioma catalán en ellas. Gracias a Dios, esa tradición se conserva intacta.
Por desgracia, la fabulosa fortuna que mis antepasados consiguieron a costa de exterminar infieles de bárbaros idiomas imprecisos, se fue reduciendo hasta disiparse en absoluto. Los últimos céntimos que nos quedaban los fundió mi abuelo en sus insistentes viajes a París. Era gran aficionado al teatro. Y más que al teatro a los artistas. Y más que a los artistas a las artistas. Es decir, que tenía una afición desmedida, más que desmedida diría yo destemplada, por las mujeres y sobre todo por las más caras. A partir de ahí, la decadencia de nuestro apellido llegó hasta mí. Hasta la abyección.
Yo soy el último vástago de los Montenegro. Su último representante. Conmigo acabará todo, no pienso tener ningún hijo, todo debe acabar conmigo. Después de mí no debe quedar rastro.
Lo único que he heredado de nuestra estirpe, de los que ensartaron en sus espadas a los indignos moradores de esta tierra hasta su llegada, ha sido el orgullo, un carácter difícil, la devoción hacia Dios y su hijo Jesucristo, ciertos refinamientos y el gusto- más que destemplado, en ebullición- por las mujeres. Estos vicios, unidos a otros muchos que la caída ha llevado consigo, no han hecho sino interponerse en mi vida hasta convertirme en un cobarde, en un infiel que reniega de su idioma, de sus faustos, de sus gloriosos orígenes y que no merece sino ser expulsado.
Qué decir cabe que soy pobre. Aunque eso de la pobreza es relativo. Pero en comparación a lo que fue mi noble apellido, confieso que soy pobre. Lo único que heredé de mis padres fue el título de conde de Montenegro pero ya hace tiempo que me lo bebí o me lo gasté en mujeres. Ahora no lo recuerdo bien pero creo que fue en mujeres.
No tengo aficiones excepto las que ya conocéis y la que más me gusta de todas y de la que aún no os he hablado: LA TELEVISIÓN. Lo escribo en mayúsculas porque me estremezco solo con pronunciar la palabra. Como impone, como amilana: TELEVISIÓN. Vivo en el mejor de los mundos posibles. La tele es nuestro nuevo dios. Un dios real, palpable, cuadriculado y vivo. Se acabaron las abstracciones de dioses lejanos de perfil dudoso.
Que os quede muy claro que no me gusta escribir. Contar historias me parece lo más triste y aburrido de este planeta. Los lectores no son más que unos tarados que pierden el tiempo. Son unos enfermos, unos sicóticos, unos depravados, unos disidentes, unos inadaptados que pretenden huir de la realidad de su cultura hermosa y sutil. LA TELEVISIÓN. Nunca entenderé como aún hay por ahí gente que lee. Deberían encerrarlos a todos. Por suerte cada vez hay menos y espero que se extingan pronto, pero no antes de que yo haya sacado algún partido a todo esto. ¡El dinero amigos! Ciertamente el dinero no es uno de mis vicios sino un instrumento imprescindible para su consecución. Sin dinero no hay vicio. Sin vicio no hay ilusión. Sin ilusión no hay muerte. Y yo tengo la ilusión de morir lo antes posible. Es posible que nadie lo crea, pero creo en Dios nuestro señor. Soy un profundo y devoto creyente. Por eso quiero morir, para reunirme lo antes posible con él. Mi fe es dogmática, creo en la iglesia, creo en Jesucristo, en los evangelios, en los iconos, por eso no me suicido porque sé que iría directo al infierno. Por eso debo esperar y resignarme a que mi buen Dios decida acogerme en sus brazos. Lo que no dice la ley de Dios es que no pueda tener algunas ayudas, forzar de alguna forma mi muerte. Por eso procuro hacer lo posible para adelantar mi muerte sin incurrir en el pecado del suicidio.
En los últimos tiempos, esta sociedad amoral y aséptica no ha hecho más que confundirme. ¡Por eso os odio! He visto como mí fe, una fe robusta, bien constituida, de recios pilares, se ha ido debilitando por la verdadera peste que nos ha tocado vivir en este siglo. El vacío y la soledad son nuestra peste. Una peste sin antídoto, que nos aplasta lenta con su pie de plomo hasta convertirnos en seres apáticos, deshumanizados. Tenemos todo para ser felices: No pasamos hambre, estamos bien alimentados, sobrealimentados, en exceso. Estamos informados, sobre-informados, desinformados, en exceso. Estamos acompañados, muy acompañados, por el ruido, en el trabajo, en casa. Siempre hay algo o alguien que hace ruido. Pero, sin embargo, aunque parezca un contrasentido, estamos vacíos y solos. Eso es porque estamos perdiendo la fe. La fe en Dios nuestro señor. La fe lo llena todo, apaga el hambre, llena el alma y ahuyenta cualquier soledad.
No todo son siempre inconvenientes. Lo del apellido me ha ayudado a abrir algunas puertas. Los Montenegro, hasta mi nacimiento, éramos gente de honor y eso es abono esencial para la semilla de la amistad.
Uno de los amigos de mi apellido, no mío, sino de lo que represento, es editor y viendo mi acuciante necesidad de dinero me propuso que escribiera para su revista de Internet.
Le advertí que no tenía ni idea. Pero él insistió. Me aseguró que la mayoría de gente que publicaba libros, incluso me habló de algunos que ya eran académicos, son tan malos o más que yo y que lo único que tenía que hacer, al igual que ellos, era escribir con letras grandes y sencillas para que todos lo entendieran y no me pudieran acusar de críptico, de barroco, de simple. Vaya, no conozco estas palabras, pero me sonaron muy mal. Suenan como a enfermedad.
Me dijo que lo de forjar el idioma era, hoy día, una estupidez, una idea romántica, arcaica, que lo moderno, que lo que vendía era lo contrario. Fragmentar el idioma.
Yo asentí, como si supiera de lo que estaba hablando. Creo que no se lo tragó.
-En resumen-dijo-. Lo que debes hacer es destruir. Cuantos más disparates pongas en tus relatos, cuanto peor escribas mejor, más éxito tendrás.
Yo le hice caso y aunque no debo apenas esforzarme, escribo todo lo mal de lo que mi talento es capaz. De momento no me va mal y consigo un dinero extra para seguir aumentando el número de mis malas costumbres.
La dificultad que se me planteaba ahora era saber qué debía escribir.
Mi buen amigo resolvió con presteza ese dilema, algunas personas son capaces de ver el arco iris a diario y escoger uno de sus colores con los que manejarse. Yo no lo he visto sino en muy contadas ocasiones y los colores estaban tan mezclados, eran tan imprecisos, que no sería capaz ni de distinguir tan solo uno de ellos. Ese es mi sino. Mi paciente amigo propuso que si no era capaz de escribir ficción, que contara historias reales. Historias que me sucedieran a mí o a alguien que yo conociera. Historias que oyera en un bar, en la panadería o a mis vecinos. Cualquier cosa parece servir. En verdad que esto de escribir es mucho más sencillo de lo que yo creí y me parece una buena forma de ganar dinero.
De vez en vez, y con el permiso de ustedes, que son los que pagan y el derecho debería de ser suyo y no mío, publicaré alguna de mis historias, de los sucesos que me acontecen de vez en cuando y que creo, esperando no equivocarme, que pueden ser dignos de su interés, de su tiempo y de su agrado.
Hechas las presentaciones paso a referirles el primero de mis relatos, pero no sin antes advertirles que me voy a mostrar tal y como soy. No pretendo gustarles, porque ustedes no me gustan. No me fío de nadie, porque me conozco, porque no soy de fiar, y supongo que nadie se fía de mí, porque me conocen. De todas formas ¡Nunca se fíen!
UN VIAJE FRUSTRADO
Lo único que nunca falla en un avión es el hilo musical. Nunca, ni en los peores momentos.
Viaje con nosotros si quiere gozar...
Viaje con nosotros a mil y un lugar...
Y disfrute...Subo a un avión, siempre me espera la misma sonrisa corporativa.
-Me llamo Sonia, me llamo Juana, me llamo Nancy, me llamo Jenny, me llamo Raquel. Esto me recuerda a un prostíbulo, a uno de esos burdeles de sábado por la noche.
Siempre me surge la misma duda: ¿Quién les habrá preguntado? Seguramente nunca más volveré a verlas y si lo hiciera ya no me acordaría de sus nombres. Entonces ¿Para qué necesito saberlo? Son corporativas, no son personas físicas, no como tal, representan al grupo, a la empresa. La sinergia del grupo. Por eso, se les borra cualquier rasgo personal que pudiera diferenciarlas en el recuerdo del pasajero de lo que es la compañía. Se trata de una forma subliminal de globalización. Son chicas subliminales. Eso es todo.
No sé por qué algunas veces me pongo tan nervioso por estas tonterías. No me asustan los aviones. En los últimos tiempos viajo mucho ya que la venta de biblias por teléfono ha descendido y mi jefe creyó que viajando por el país, de puerta a puerta quizá... No es un mal trabajo, se lo aseguro, pero el negocio no va demasiado bien. Mi jefe cree que el teléfono es muy impersonal para algo tan del alma. Y yo creo que habrá que resignarse. Hemos perdido la fe. Confieso que yo el primero.
Te acompañan a tu asiento. Estás solo, estás ancho, estás cómodo, estas confortable. La azafata te lo pregunta. Oh, sí nena esto es el cielo-nunca mejor dicho- y si tú quisieras... En fin, dejémoslo.Se sienta alguien a tu lado, al infierno la comodidad, quieres estar solo pero en los aviones, aunque nunca van llenos, siempre se sienta alguien a tu lado.
Busqué esta ley universal en el libro de LA LEY DE MURPHY y no está. Tiré de inmediato el libro.
Me fastidia tener que compartir mi soledad con desconocidos. Le dejo sitio de mala gana.
Era una mujer de unos 40 años, se vestía, peinaba y movía como una estatua griega. Parecía como si por la mañana se hubiera rociado todo el cuerpo con fijador y no pudiera moverse sin un gran esfuerzo. Era un gran chicle pisoteado reciclado y esculpido. Llevaba el pelo recogido, tinte caoba de peluquería cara. Toda una señora. Llevaba el pelo recogido hacia atrás, para que todos pudieran ver el resultado de sus estiramientos: facial, cuello, labios, pómulos, nariz, orejas, ojos, pechos, glúteos y muslos, realizados sin duda por un buen cirujano. El mejor. Tenía los pómulos hundidos. Seguramente se había sacado tres o cuatro muelas, para que se le marcasen mejor. Posiblemente fue una sugerencia del cirujano. Gran cirujano. El mejor. Los labios acolchados, perfilados, como si un millón de abejas se los hubieran aguijoneado hasta producirle una hinchazón uniforme, precisa. Los milagros de la cirugía. Seguramente no podía ingerir más que alimentos líquidos. Apenas podía abrir la boca, apenas podía hablar, apenas podía mover un músculo de su cara, apenas se le entendía cuando farfulló, dejándose caer, toda de una pieza, como un peso muerto -buenas tardes-. Su marido debía dejarse una pasta en prostitutas ante el descontento de cierto número de relaciones sexuales que su mujer ya nunca podría realizar. ¡Una lástima! Lo digo de corazón. ¡Una lástima!
Debajo de una chaqueta ajustada, sobresalían dos pechos sin mesura, redondos, exactos, acompasados, calibrados, extraños, violentos; Como sin vida. ¡Eso es! Sin vida. El aspecto general de aquella mujer era el de una momia egipcia, altiva y ausente.
Sin querer eché una ojeada al escote. No se trata de machismo. Sé que las señoras miran el paquete de los tíos y sus culos y nadie les llama feministas por eso. Siempre me han gustado las mujeres. No pude evitarlo.
Tenía los pechos tan hinchados que parecían latir, tener vida propia. Era como si de un momento a otro fueran a estallar. De pronto me sobrevino un gran terror. ¿Recuerdan haber jugado de pequeños con un globo de agua y que éste les reventara en plena cara? ¿Recuerdan la expresión de pasmo y terror? Así me quedé durante un rato. Prendido a mi asiento, como si formara parte de él, como si cualquiera de mis movimientos pudieran causar una tragedia, una catástrofe.
Nunca entenderé la razón por la que alguien es capaz de convertirse en una momia por el miedo a transformarse, a envejecer. ¿Creen ustedes que esa mujer que está sentada a mi lado, con sus operaciones, masajes, balnearios, pomadas, pastillas... es más feliz que yo con mis ojeras, mis dientes podridos, mi tripa, mi calva y mi barba cana? Solo en apariencia. Se lo aseguro, solo en apariencia.
Debo soportar una vez más la sonrisa corporativa de las azafatas.
El hilo musical nunca falla, ni en los peores momentos.
Viaje con nosotros si quiere gozar...
Viaje con nosotros a mil y un lugar...
Y disfrute...Comienza el espectáculo. Se ajustan uno de esos chalecos y empiezan a hacer movimientos extraños con los brazos, con muchos aspavientos, entre la mirada pasmada de algún granjero de provincias que nunca parece haber visto a una mujer depilada, maquillada, perfumada, corporativa.
Nos tratan como si fuéramos alumnos de una escuela para idiotas de esas que se hacen llamar "Escuelas especiales". Piensan que el poder que creen tener sobre nuestras vidas les convierte en seres especiales, superiores y deben hacernos entender con lentitud y paciencia sus indicaciones de salvadores.
Les contaré un secreto: esos chalecos en realidad no funcionan y las mascarillas no están conectadas a ninguna botella de oxígeno. Así que, si alguna vez sucede algo, permanezcan sentados en sus asientos y disfruten de su muerte. El truco de los chalecos y del oxígeno no es más que un simple juego de artificio para tranquilizar al pasaje. Lo mismo que los botes auxiliares de los barcos. En el caso de que no se hundan, no hay los suficientes ni para salvar a un 5% de los pasajeros. ¿No me creen? Hagan la prueba.
Se trata solo de cumplir el protocolo. De tranquilizarnos.
En la historia de la aviación nadie se ha salvado gracias a los chalecos o las mascarillas. Si te precipitas hacia el suelo, te estrellas. Mueres aplastado o calcinado como una hamburguesa muy hecha. Si caes sobre el mar, te congelas o te ahogas. Con un poco de suerte, los equipos de rescate te recogen antes de que los peces hayan desfigurado por completo tu cara. En menos de una hora ya se han comido tus ojos. Los ojos son la parte más blanda de cuerpo y es lo primero que empiezan a atacar. Si el cuerpo permanece más de ocho horas en el agua, ¡Lo siento amigo! Olvida que alguno de tus familiares te reconozca, tendrán que estudiar tus dientes o hacer pruebas de ADN de lo poco que los peces hayan dejado. Huesos, pelo y dientes. Eso es todo.
¡De acuerdo, despeguemos! Gran impresión, el vientre con sus vísceras, sus úlceras y sus jugos asciende hasta mi garganta. Un grupo de ancianos aplaude cuando el avión ya está estabilizado.
La mujer de grandes tetas estornuda con gran estruendo. ¿Y si fuera alérgica a la silicona? ¿Se imaginan? Con el movimiento se ha estremecido todo su cuerpo. El cirujano, el magnífico cirujano tendrá que recomponerlo de nuevo, poner cada cosa en su sitio. Procuro no mirarla. No le digo nada. No quiero verla más. Estoy nervioso, necesito estar solo. Pero no me dejan.
Cuando subes a un avión no hay salvación posible. Vuelas a unos 30.000 pies de altitud, Estás dentro de un tubo a presión, dentro de una lata comprimida.
Si el avión cae no hay salvación posible. Si deseas sobrevivir reza para que nada falle.
Soporto una nueva sonrisa corporativa.
Sonia o Juana o Nancy o Jenny o Raquel, pasa con el carrito, ¡Pipas, cacahuetes! Sigue sin desaparecer la maldita sonrisa.
Bienvenidos a la globalización. Sonrisas dentífricas. Ya nadie te juzga por tu traje, ni por tus zapatos ni por tu reloj. Vales lo que te has gastado en el arreglo de tu dentadura. Eso es todo.
Las camareras del aire a su servicio. Pasan con marcada cadencia ofreciendo bebidas. Son chicas globales, mismos peinados, vestidos clonados, idéntica expresión en su rostro, los movimientos; Su sonrisa.
Quisiera saber si el color, textura y tamaño de sus excrementos son iguales en todas ellas. Quizá la compañía las obligue a comer lo mismo, a dormir las mismas horas y a ir al baño al mismo tiempo. Se conseguirían resultados sorprendentes.
¿No me creen? Hagan la prueba.
-Deme todo el alcohol que lleve en el carro, señorita.
Me dirige una mirada confusa.
-Un gin tonic de Xoriger.
-¿De qué?
Debo conformarme con un gin tonic de ginebra inglesa, algo suave para mi gusto.
Llegamos a un punto donde parecía haber turbulencias. El avión comenzó a tambalearse a moverse con terquedad, con fuerza. Oscilaba una y otra vez de su eje de coordenadas, bajando y subiendo, cambiando el rumbo.
El conductor -¿porqué les llamarán pilotos?- dijo algunas palabras entrecortadas por el megáfono. Dijo que permaneciéramos sentados, que nos abrocháramos el cinturón... y un surtido más de tópicos. Aquello era una pesadilla. El avión descendía con rapidez, frenético, como un caballo desbocado...
De repente empezó a salir humo de uno de los motores. Seguíamos perdiendo altura, el avión descendía ahora en picado. Aquello era una pesadilla, no podía ser verdad. No podía sucederme a mí... y un surtido más de tópicos. Eso era lo que debían pensar casi todos. En cambio yo permanecía sentado en mi asiento, con mi gin tonic, algo suave para mi gusto y me lo estaba pasando en grande, como en un parque de atracciones salpicando con él, con mi gin tonic, el escote de la mujer. Ahora sus pechos brillaban y relucían. Daban ganas de abordarla y decirle que disfrutara del momento, que compartiera con los demás la obra del excelente cirujano. En fin dejémoslo. Recuerden que no todos hemos tenido sus mismas oportunidades.
Todos gritaban enloquecidos, fuera de sí. La mujer de los pechos con sabor a gin tonic me miró desesperanzada, con aquellos ojos pálidos que posiblemente también estuvieran operados. Quien sabe: cataratas, miopía, implantación de lentillas, cambio de pigmentación. ¿Saben que un científico ruso ha descubierto una técnica mediante láser que cambia el color de los ojos a nuestro gusto? Es como escoger la pintura para la nueva casa. ¿No me creen? Pregunten a su oftalmólogo.
Aquella mujer parecía sentir pánico, seguramente pensando en el estado en que quedaría todo el dinero que había invertido en su cuerpo. Me cogió la mano. Yo la retiré. Se extrañó de mi rechazo, de mi frialdad. Seguramente creyó que era un inhumano, un insensible, un cínico. Tenía razón.
Me parece ridículo que todos nos sintamos más íntimamente ligados ante la llegada de la muerte. Como si cercanos al fin nos diéramos cuenta de que estamos unidos por un antiguo e íntimo parentesco común a todos.
El avión dio una fuerte sacudida, la mujer se agarró como una tenaza a mi brazo, cerrando con fuerza los ojos. Sus pechos palpitaban enloquecidos. Yo también cerré los ojos por miedo a que aquellos globos descontrolados me estallaran en la cara como una bomba inestable. Que triste final, morir salpicado por aquella espesa, viscosa silicona.
Algunos se levantaban en estampida hacia las salidas. Como si tras la puerta les esperara algo diferente al vacío. Un vacío largo, un vacío de caída.
Otros vomitaban con abundancia, sin cumplidos, sobre sus acompañantes. ¡Vamos a morir! Decían todos sin distinción. Hombres, mujeres, niños, niñas, ancianos, azafatas, borrachos, pedófilos, violadores y maricas. ¡Todos a una! Como una amarga letanía. Unamos nuestras voces globales: VAMOS A MORIR.
El hilo musical era lo único que permanecía inalterado en el avión:
Viaje con nosotros si quiere gozar...
Viaje con nosotros a mil y un lugar...
Y disfrute...Un hombre, en su desesperación, pisoteó a una mujer embarazada, por alcanzar la salida antes que ella. Que patéticos nos vuelve el miedo a la muerte. ¿Creen que ese tipo es mejor que yo?
Todos intentaban agarrarse a una realidad inaprensible. Buscaban las puertas de salida, por hacer algo. Para poder pisar. Para pisar la nada. Una de las puertas se desprendió y los hombres y las mujeres y los niños y las niñas y los ancianos, y las azafatas y los borrachos y los pedófilos y los violadores y los maricas se lanzaban al vacío, entre empellones por ser el primero, en busca de la muerte. En busca de una muerte más segura.
Yo siempre había querido morir solo y ahora iba a morir con todos estos idiotas que se retorcían, y gemían y lloraban sin ningún pudor, como gallinas azuzadas por la presencia del lobo. ¡Qué triste imagen de la decencia humana! ¿Somos racionales? Ni las azafatas mostraban ya su empresarial sonrisa. Su cara era una especie de mueca deforme y alterada. La grandeza de una persona debería medirse por la dignidad de su muerte. Esa es la única valoración que yo haría.
El avión se movía ahora frenético, parecía quebrarse por todas partes. La cabina comenzó a despresurizarse. Se dispararon las mascarillas como símbolo de la patética ironía de la muerte. Nadie se las puso, de todas formas no funcionaban, pero nadie se las puso.
Nos precipitábamos sin control hacia una montaña que ya se alzaba ante nosotros majestuosa, firme, terrosa. Que bonita la naturaleza. Si pudiera volver a nacer dejaría todos los vicios que he ido adquiriendo a través de los años y me uniría a una de esas sectas de la naturaleza y me iría por ahí a sabotear petroleros, a encadenarme a las puertas de las multinacionales y todo eso. Oh, sí, amigos, créanme. Si soy malo, si soy ruin es porque no todos hemos tenido sus mismas oportunidades. Nunca lo olviden.
No había salvación posible. Íbamos a estrellarnos. Cerré los ojos y murmuré por lo bajo: Sedientos, venid todos a las aguas. Dios mío acógeme en tu reino y perdona mis pecados. Me pareció ver una luz resplandeciente de la que salía una gran sonrisa que decía <<Yo te perdono>>. Dios se revela a las almas que saben estar ante él con el corazón de pobre.
Satisfecho agarré con fuerza los pechos de la mujer-quirófano, aún a riesgo de sentir sobre mi cara dos pequeños estallidos. Quería despedirme como había vivido, a lo grande. Levanté lo que quedaba del gin tonic y brindé por ello.
Al cabo me despierto. Suelto el pequeño cojín que estoy estrujando entre mis brazos. La sonrisa corporativa de la azafata me advierte que vamos a aterrizar y que debo abrocharme el cinturón. Decepcionado le doy las gracias.
Advertencia: Los talleres de escritura creativa desaconsejan finalizar un relato diciendo que fue un sueño.Pero esto no es un relato. Es un sueño. En realidad era un sueño y así voy a contarlo. ¡Iros al cuerno todos los talleres de escritura! ¿Acaso Cervantes acudió a alguno de vuestros talleres? Pues yo tampoco lo pienso hacer.
En fin, discúlpenme pero mientras estoy transcribiendo este suceso, me ha sucedido algo. Algunas veces aparecen fantasmas, que revolotean sobre mí y encima tengo un crítico que nunca duerme y siempre vigila sobre mi hombro lo que estoy escribiendo. Recuerden que no todos hemos tenido sus mismas oportunidades.
Pero... No se vayan todavía. Aún hay más. Mi relato no ha terminado aún. Esto me recuerda a una serie de dibujos animados que veía de pequeño. Para que se hagan un perfil psicológico de mi persona, aunque seguro que ya se lo han hecho, referiré solo dos apuntes sobre mi infancia:
Me pasé la mitad de ella viendo el programa LA BOLA DE CRISTAL y la otra en mi habitación admirando el poster de una italiana con las tetas aplastadas y los ojos desviados. ¿Patético verdad? Ahora pueden entenderme mejor. Ya les advertí que no había tenido sus oportunidades.
Pero prosigamos... Donde estaba. Ah, sí, el avión.
Pasan ofreciendo toallitas individuales, de esas que huelen a burdel de 30 euros el cuarto de hora. De pequeño creía que eran mágicas, cuando las llevas por segunda vez a tu nariz, el perfume ya ha desaparecido.
Estamos descendiendo. Gradual y lentamente esta vez.
A lo lejos veo montañas. ¡Aún no pierdo la esperanza!
Indeterminadas maletas ruedan en una cinta, mis ojos rastrean en busca de las mías sin demasiado interés.
Llegaré a casa. Bloque de pisos comunitario con patio interior. Es hermoso pertenecer a la sociedad, sentir que formas parte de algo, aunque sea de una comunidad de vecinos. No importa. Se debe empezar por algo.
Aún así, seguiré inmerso en mi atestada soledad. Antes de llegar a casa pararé en algún restaurante de comida rápida y pediré una hamburguesa doble con queso y pepinillo con mucha salsa- la salsa es mala para mi úlcera- y me la servirá alguien que se llama Sonia, Juana, Nancy, Jenny, o Raquel. ¡Qué más da! Se despedirán con una sonrisa poco confortable, escondiéndose detrás de ella. Protegida por ella. Será una sonrisa como las hamburguesas, hecha en serie. Pero debo alegrarme, vuelvo a mi patio de vecinos, confortable y protegido de extraños. Encenderé la televisión de pago. Ese es mi estatus, mi nivel social. Tengo televisión de pago. Eso debería alegrarme, pero no lo hace. Me comeré la doble hamburguesa con queso y pepinillo con salsa de tomate-mala muy mala para mi úlcera- y miraré algún programa pornográfico y beberé hasta que caiga rendido.
Mañana de nuevo a la oficina. Mi jefe destacará la importancia del grupo, la unidad de grupo. De cuentas y beneficios, de pérdidas y ganancias. Intentará motivarme para que la venta de biblias no decaiga, para que, entre todos, consigamos de nuevo llevar las ventas al puesto que les corresponde. Yo le responderé que habrá que resignarse. Que estamos perdiendo la fe. Y yo el primero.
Solo me queda una esperanza. Seguir viajando en avión. Seguir conduciendo mal deliberadamente, seguir con mis sesiones de microondas-poner la cabeza pegada al microondas mientras está en funcionamiento produce cáncer cerebral por el contacto de las hondas-, seguir comiendo porquerías hasta que me obstruyan las arterias del corazón, o se forme un cáncer metastático terminal en cualquier parte de mi cuerpo. Beberé hasta que la cirrosis me entierre y fumaré hasta que alguna enfermedad hunda mis pulmones y es que Dios me está esperando. Sé que me está esperando.
Esa es la única esperanza que me queda y es que quizá... Quizá un día de estos tenga más suerte.Aún así... Os mantendré informados
Rafael Montenegro
Son Reinés 03/02/2003
25VARIOS
- Amarilleaban los dientes como si los hubieran lavado con lejía.
- De demasiado listo parece tonto
- Siempre he ido en línea recta, por eso en las curvas me he estrellado.
- Sabía que iba a morir, olía todo con mayor intensidad que antes.
Parecía como si aquel dolor fuera mascado y escupido hacia el cielo, topando como contra una invisible barrera y volviendo a caer, como lluvia espesa, encima de las gentes en forma de pesimismo.
- Es tan tremendamente fácil juzgar a los demás y tan difícil juzgarse a uno mismo con objetividad.
- Lo más sencillo de este mundo es tomar decisiones, lo difícil es mantenerse firme en ellas.
- Una mancha de luz invadía la estancia.
- Crecía en su interior una ciega y fiera obsesión.
- Hay tanta gente vulgar que es más vulgar cuanto más quiere aparentar ser exquisita.
- Cómo me gustaría ver las cosas como cuando era niño (LO DICE EL ALGUACIL) todo se ve transparente, cristalino, a través de los ojos de un niño. No hay engaños, ni falsos juicios. Sólo cuando se es niño se ven las cosas como realmente son. Cuando uno se hace adulto la óptica se achata se vuelve borrosa y viciada.
- RUEDAS/CILINDROS/CRUGEN/MUGEN
RÁPIDA, FUGITIVA SUERTE
Y tú te revuelves, nerviosa y me miras y te vas
Ausente, y vuelves y requiebras y resuelves irte otra vez.
Y decides, entre el humo espeso de la conciencia presente,
ser o precipitarte en la ausencia forzada de un tú,
que se desgasta, que no existe, que ya se fue,
que te amenaza, que no quiere verte.
¡Sucia, esquiva, rápida, fugitiva suerte!
Ceguera triste de mis ojos.
Inaprensible realidad de mi muerte.
TE HE ESTADO ESPERANDO TANTO TIEMPO
Te he estado esperando tanto tiempo, que las raíces ya se han podrido, y mis ramas se alimentan de la pútrida corrupción de las heces del recuerdo.
Te he esperado tanto tiempo, que la memoria se adhiere como una piel cuarteada, descompuesta, hecha de guiñapos.
Te he estado esperando tanto tiempo, que ya me olvidé de esperar,
Y te recibo desganado, con frialdad.
He esperado tanto tiempo el frío de tu navaja, áspera muerte, que te invito a marcharte de aquí. Ya no es necesaria la presencia de tu sombra.
Te he estado esperando tanto tiempo, pálida, destemplada muerte
¡Que ya me olvidé de ti!
ENCUENTROS
I
Estás ahí esperando, bajo el titileo hiriente de un viejo farol,
Intentando vender tu carne podrida, tu carne de préstamo.
Estás ahí, sucia corrupta, esquivando miradas de vergüenza, rastreando la nada por no cruzar miradas molestas.
Esperando cobrar por anticipado lo que debieras agradecerme sin más.
¿Qué enfermedad emanará esta vez de tus sucias ingles?
¿Con qué ponzoña intentarás envenenarme?
Ahí estás, sucia corrupta, enseñando tu piel sobada, toldo de rocíos, ajada de tiempo.
Arqueas tus muslos, maraña de recia blandura; tan magreados, tan impúdicos, intentando alejarlos del contacto de mi hierro irritado.
Ahí estas, y me miras con ojos de perra asustada, esperando que termine rápido la inmersión de los jugos violados de tu vientre, de tu inaudible belleza, tosca, desmedida, desgastada, de tu pálida, tu desnuda belleza de puta.
Quiero hundirme con mi filo, ahogarme en la sucia plenitud de tus caderas, agrias y feroces como lobos hambrientos de muerte.
¡Qué a gusto te mataría si no necesitara de tu comercio!
Si no necesitara sorber la tibieza de tus ubres destiladas de alcoholes extraños.
Pero no puedo alterarme. No voy a alterarme, porque te necesito para quebrar soledades y calmar este odio que siento hacia mí.
Te necesito una noche más, solo esta noche.
Siento una extraña atracción hacia tus carnes de saldo.
Aunque no seas más que eso ¡Una puta!
II
Ya has llegado viejo sátiro, y me miras con desprecio, con altivez, y depositas el dinero en mi mano violentando el comercio, como si te desprendieras de tu conciencia y me la entregaras a mí.
Me escupes tu aliento de borracho y pretendes que por el mismo precio, bese las deformidades de tu cuerpo, y acaricie las abominaciones
De tu alma.
Por un mísero canje que apenas mata el hambre. Un hambre que corroe como el ácido y pavimenta sus heridas de óxido. El hambre que revuelve mis tripas más que el asco que siento por ti.
Ya has llegado pequeño chivo contrahecho, y pretendes que humille los ojos ante el pecado de tu espíritu pretendiendo que es mío.
Y lo hago, tengo hambre, y no la tuya, tan antigua, insaciable, vacía, brutal; sino la que abona las fértiles tierras de la muerte.
Espero el tránsito rápido. Intento olvidar. Mientras me insertas las entrañas, libando en ellas sin inmutarte, sin pedir permiso para penetrar sus misterios, sin pedir perdón ni ruborizarte por el pecado de la carne.
Tras tu ceguera ¿No eres capaz de ver que bajo esta piel que oprimes nervioso, entre espasmos, sudores, como si quisieras moldearla de nuevo; que bajo estas piernas desnudas, estos pechos, esta cara que se avergüenza, hay algo más?
¡Hay un corazón!
Pero no puedo alterarme. No voy a alterarme. No tengo derecho, yo no soy nadie, solo oprobio. No existo, destilo pecado. No soy más que eso ¡Una puta!
Rafael Montenegro
Son Reinés
SOLEDAD
A la sombra de Cela, el más genial escritor del s.xx inspiración y reposo de mis días.
Sigo el rastro absurdo de mis pasos, persiguiendo corriente abajo, el caminar dividido, preciso, de otras gentes, de otros soplos, de otras vidas.
Llego a una esquina. Un vendedor me ofrece castañas, viendo soledades, viendo soledades en el reflejo de mis ojos.
Tiene la nariz ganchuda, los ojos tristes, el pelo gris. Es un viejo de barro, diablo extraído del útero de antiguas guerras. Lleva unas manoplas para no quemarse, aún así dobla la hoja de periódico con precisión, con arte y mete las castañas dentro. Busco alguna moneda en mi bolsillo.
Ahora camino lento, indeciso, autista de tiempo, no me importa donde me lleven mis pasos. Cualquier lugar es bueno. Pelo una castaña.
Pasan a mi lado, solos, desgranando filosofías abstractas, dos desheredados, orgullosos de lo único que les queda, sus ensoñaciones.
Un panzudo, un avieso loco de ojos inflamados, atraviesa la multitud; y sin importarle los empellones y los insultos, sonríe, desportillado, estúpido, al cielo.
¡Oh, sucio, precoz y solitario loco, ven hacia mí! ¡Yo soy tu hermano, yo soy tu carne, yo soy la sustancia de tu cerebro dolorido!
Pero el loco se aleja, sube la calle a contrapelo, atropellado, sin preocuparse de nadie. Concentrado en su locura.
Con la conciencia intranquila, por haber perdido un amigo antes de conocerlo, me siento al amparo de la oscuridad de una escalera, trágica como boca de muerto. Frente a mí, de pie, recostados en una pared, unos niños, dulces quince años, se besan, se enroscan como serpientes bulliciosas, se aprietan afanosos. Cada minuto, cada descubrimiento, cada abrazo, puede ser el último.
¡Qué dulces quince años!-dice el poeta.
¡Quién pudiera ausentar realidades!-digo.
¿En qué alforja perforada de tiempo robó alguien mis quince años?
Llevo una castaña a mi boca. Me quemo. De nuevo la realidad, que es agria, inmensa; que me asusta, que es extraña.
Un perro flaco rastrea en busca de amo. Parece haber perdido al que tenía. No es muy exigente, es un perro viejo, de ojos pequeños, tristes; un perro de piel curtida, vieja, desgastada por el tiempo. El pelo, terroso y gris le cubre el cuerpo a tramos.
Se acerca a cualquiera, no es un perro exigente, tampoco espera que su nuevo amo lo sea. Nadie le hace caso. Mueve la cola a unos niños que juegan, formando corrillo. Quizá busque cariño, pero solo consigue ser pateado por los fieros, por los severos pies de los cándidos niños, que vomitan risotadas mientras huye.
Asustado se acerca a mí, levanta la cabeza y se queda quieto, inmóvil, observando extrañado mi rostro. De nuevo baja la cabeza y restriega su hocico en el frío empedrado. Por unos instantes, su nariz encalada, abofetea el aire, arrugándose nerviosa. El viejo perro prosigue su errática marcha, desapareciendo renqueante, lento, acordándose aún de las obsequiosas caricias de los niños.
¡Oh, dulce perro si tú accedieras a ser mi amo, cómo me desgañitaría, como tensaría las cuerdas hasta romperse, por afinar mis ladridos, por intentar agradarte, por servirte como te mereces!
Dos borrachos, embutidos en su pulcra suciedad, regatean al vendedor de castañas. Es una lucha de pillos, y en esas peleas, nunca gana nadie.
Tres hombres, embuchados en soberbios trajes, pasean orgullosos sus mirares altivos por entre los transeúntes. A cada paso se desprende la estela de su superior estado. Caminan rápido, afanosos, borrachos de tiempo, mirando a cada lado, protegiendo su avaricia. Uno de ellos tropieza con un mendigo que boquea en el suelo, arropado por el cruel traje, ese traje hecho a medida, ese traje de cartón. Tiene una mano extendida, sucia, temblorosa, sostenida apenas por los invisibles hilos de la noche invernal. El gentilhombre está alterado, lo insulta. Sus amigos se ríen, el lance les pareció divertido. Por vallar su camino, y su orgullo, lo zarandea, lo golpea, espera una disculpa. Pero el mendigo no dice nada. El mendigo está como mudo, sus ojos desencajados, es como un hombre de trapo de esos que queman en las fiestas. Es de otro mundo. El mendigo está muerto.
Una pareja de guardiasciviles pasea su rastro verde, baboseando, contoneándose como maricas, ofreciéndose como putas con amables saludos. Pasan los dos guardiasciviles taciturnos como enterradores, serios como notarios. Son herederos de los que asesinaron a poetas desvalidos, por ser como ellos. Conozco su otra quijada y no respondo a sus saludos.
Miran de reojo al muerto. -Seguro que no se mueve de ahí-piensan.
Y lo celebran en el último bar abierto. Están haciendo la ronda. Beberán hasta perder la conciencia, como buenos guardiasciviles, rememorando, bravucones, antiguos esplendores, destacando el poder fálico de sus pistolas asesinas, enmudeciendo gritos de poeta, castrando voluntades, empañando libertades, enalteciendo al cuerpo.
Una mujer, con su hija a rastras, persigue a su marido, gritándole, escupiendo insultos. El marido lleva aún la ropa de faena, trabaja muchas horas, las ojeras cercan sus ojos. El marido aprieta el paso, quiere llegar a casa, descansar. El marido cierra los ojos y suspira, cargado de resignación. Mártir de modernidades.
Por un momento me alegro de no haberme casado. Por un momento sonrío complaciente a mis soledades. Pero solo es un instante, pronto el vacío, la tristeza, el desasosiego, se apoderan de mí.
Me levanto. Veo con sorpresa como, un flaco, un viejo perro de ojos pequeños, de pelo terroso y gris que le cubre el cuerpo solo a tramos, se acerca a su amo y le lame la cara y salta y gruñe y le lame de nuevo. Pero su amo no reacciona, está centrado en otros asuntos, en otro transito. El perro se ovilla a su cuello y siente el frío de la sangre destemplada, de la sangre muerta.
Aspiro una bocanada de aire helado, hasta donde llegan mis pulmones. Necesito sentirme vivo. Abrumado de humanidad, me levanto. Envenenado de humanidad me levanto. Me levanto. Me levanto y esta vez soy yo quien dirige mis pasos. Me levanto pero mis piernas se resisten, se atenazan, se azoran, porque saben que volvemos al apartamento pequeño, al húmedo, al vacío apartamento. Solos. Mis piernas y yo. Cena para dos: comida precocinada, programa de televisión. Y así dejando pasar el tiempo, de eso se trata: de pasar; erosión de soledades, frustración de pueriles sueños, esperando sin esperar la llegada la llegada de la muerte.
La mañana sube, poco a poco, trepando como un gusano por los corazones de los hombres y de las mujeres de la ciudad; golpeando, casi con mimo, sobre los mirares recién despiertos, esos mirares que jamás descubren horizontes nuevos, paisajes nuevos, nuevas decoraciones.
La mañana, esa mañana eternamente repetida, juega un poco, sin embargo, a cambiar la faz de la ciudad, ese sepulcro, es cucaña, esa colmena
¡Que Dios nos coja confesados! (fragmento de LA COLMENA)
PODRÍAMOS SER TAN FELICES JUNTOS
El pasado vuelve a mí, como finas agujas de hielo que hieren mi alma.
¿Por qué, no podemos borrar el pasado?
Solos, tú y yo, junto al mar, viendo como la luna tiembla al mostrarle sus labios. Mirando el pequeño barco hablando apacible con la suave brisa.
¿Por qué, simplemente no podemos fundirnos en un beso sin fin?
Quiero estar contigo en un desierto de odio, en un desierto de guerra, en un desierto de pasado, simplemente abrazados hasta podrirnos y fundirnos con los leves granos de arena y volar por el infinito en comunión con la brisa. Quisiera coger la luna y hacerte un bello vestido con ella para que pudieras acudir a tu cita con el sol y mostrarle lo que él nunca ha visto antes. ¡Pero no puedo! Quiero entrar en tus ojos y nadar hasta ahogarme en ellos. Quiero estar en tu interior sin volver a salir jamás, hasta llegar a ser tu padre, tu marido y tu propio hijo. ¡Pero no puedo! El pasado me llama de nuevo, quiere decirme algo al oído. Tu pasado, mi pasado, el pasado del mundo, tan antiguo, siempre el pasado.
Podríamos ser tan felices juntos si no arrastráramos esta absurda herencia. La historia, arrastramos la memoria antigua de los hombres, con toda su crueldad, con todos sus pecados, y por ello la destrucción y el fin.
PAZ EN LA GUERRA
Buscando el último suspiro en ciudad desesperada
niños buscan metralla para su boca hambrienta
y la encuentran a cada paso en horrendos silbidos.
Madres desesperadas sintiendo el dolor en su vientre,
mientras se ahogan en tanta sangre derramada.
Los ojos brillantes de la dolorida madre esperan
el acecho del frío acero embrutecido.
El manto gris cubre la ciudad desahuciada
La pálida muerte avanza impasible con pies de fuego,
convirtiendo todo en vergonzosa podredumbre.
Las pobres almas vagan trazando indefinidos círculos,
sus dilatadas pupilas muestran los horrendos temores
de quien se prepara para el último grito final,
el equipaje es pesado a la hora del adiós sorprendido
CANTARES
A Machado, ungüento de mi niñez dolorida
Amamos a quien no debemos
y rechazamos a quien sabemos
que debemos amar.
EL CASTRADOR DE CERDOS
Los vecinos del pueblo se envalentonaron cuando vieron entrar al juez en la sala.
- ¡A la horca! ¡A la horca! ¡Queremos justicia!
El juez extendió sus brazos, de los que colgaba la toga, como las alas de un cuervo.
- Hagan el favor, ¡Silencio en la sala!
Los vecinos seguían vociferando.
- ¡A la horca con él! ¡A la horca con el asesino!
Al acusado le temblaba la mandíbula como a una vieja y sus ojos se movían sin dirección precisa, atrapados por la presión popular.
El juez braceaba, como si en cualquier momento, fuera a emprender el vuelo.
- ¡Silencio he dicho o desalojaré la sala!
El acusado bajó los ojos ante la autoridad del juez.
- ¿Es su nombre Emiliano Rocinero Bustos?
- Así es señor.
- ¿A qué se dedica usted?
El Emiliano frunció el entrecejo.
- Creí que ya lo sabía, señor.
El juez se enrolló la manga de la toga, como un pendón, para que no le molestara. Empezaba a impacientarse.
- Limítese a contestar lo que se le pregunta.
Emiliano dudó unos instantes antes de responder, entre avergonzado y orgulloso.
- Soy maestro castrador de cerdos señor.
Una corriente de alborozo invadió el auditorio, incluso algunos se animaron a aplaudir.
El juez miró desafiante.
- No es cuestión de risa. Si hay una sola interrupción más les echo a patadas.
El alguacil, sentado en un extremo de la sala, dormitaba tranquilo, mirando con los ojuelos entreabiertos los puños de su camisa, que antes de ser amarillos habían sido blancos. Al oír la advertencia del juez, rezongó molesto ante la posibilidad de que tuviera que intervenir, pero al instante siguió a lo suyo, que era dormir.
El juez pretendía pagar su irritación con el acusado. Al señor juez le patinaba como palo enjabonado aquello de la presunción de inocencia.
- ¿Y cree usted que su profesión le da derecho a castrar a quien se le ponga por delante?
- No señor.
- ¿Sabe que se le acusa de intento de asesinato?
- No señor.
- ¿No lo sabe o lo niega?
- Si me permite su excelencia
El juez perdió la compostura de nuevo.
- Déjese de excelencias, hombre, déjese de excelencias y hable de una vez, que si seguimos así esto va a ser eterno.
-Si me permite señor, le diré que mi intención no era la de matarle.
Un murmullo apagado, como una salmodia, resonó por lo bajo.
El Emiliano prosiguió su explicación.
-Yo soy muy bueno en mi oficio, sino pregunte al veterinario que dice que de haber nacido con posibles hubiera llegado a médico. Pero ya sabe usted, los torcimientos del destino
El juez lo interrumpió.
-Pero ¿Qué tiene que ver en todo eso lo de que sea un buen castrador?
-Mucho, ya que su señoría duda de mis intenciones y cree que pretendía matar al Antelio. Llevo veinte años castrando gorrinos y jamás se murió ninguno.
- Entonces ¿su intención era solo , digamos, la de amputarle el miembro?
El Emiliano respondió con voz potente, ante la alegría de haberse dado a entender.
-Así es señor.
- ¿Y puede saberse porqué?
-Por su bien señor. Para salvarle la vida.
El juez se restregó los ojos como si estuviera en un sueño y se dirigió hacia la taquígrafa, una solterona delgada y canosa con anteojos que le proporcionaban aspecto de lechuza.
-No apunte eso en el sumario señorita, nadie lo creería.
Se dirigió de nuevo al acusado.
-Ahora resulta que le hizo usted un favor.
-Así es señor.
-Y también pretenderá que se lo agradezca ¿No es cierto?
El Emiliano se vio por un momento a salvo, el juez parecía ponerse de su parte. El juez ignoraba que las gentes de aldea no entienden de ironías.
Con un suspiro, y descargando tensiones, el Emiliano respondió:
- Pues no hace falta señor.
Los ojos del juez aullaban encendidos.
- ¡No es usted más que un imbécil! ¡El mayor imbécil que he conocido nunca! Va a pasar el resto de su vida en la cárcel. Me aseguraré personalmente de ello.
Miró de nuevo a la taquígrafa y con voz templada:
-Tampoco incluya eso señorita.
- Escúcheme bien, Emiliano, no sé si es consciente de su situación pero no toleraré que se burle por más tiempo de la justicia.
-Tranquilícese señor juez y deje que le explique.
-Está bien, prosiga pero recuerde que no toleraré más desacatos.
-Digo por su bien, porque así lo creo señor. En el pueblo, algunos maridos, ya lo tenían calado y no menos advertido. Eso no parecía importarle mucho al Antelio y si yo no hubiera intervenido seguramente lo habrían matado.
El juez cumplía con su obligación de juez a la perfección. Era el único de la sala que no entendía nada.
-Explíquese mejor. Por su bien, explíquese mejor.
El acusado carraspeó impaciente, como haciendo tiempo para poder reordenar sus ideas.
-La naturaleza ha dotado al Antelio de una fogosidad desmedida.
El juez atajó con intensidad de reflejos.
-Es preciso que dejemos hacer a la naturaleza.
-Sí, pero es peligroso entrar en corral ajeno.
-Ciertamente, pero a usted eso ni le viene ni le va.
-Entró en mi corral aquella noche.
Por fin el señor juez, que había estudiado en la mejor universidad del país, parecía alumbrar, con sus acertadas preguntas, sobre aquel enrevesado asunto.
Con paciencia y metodología académicas, el señor juez (y disculpen la ordinariez del autor en la frase que sigue, considerando que apenas tiene estudios) cuando veía una mierda, era capaz de decir sin inmutarse y haciendo gala de su inteligencia: ¡Aquí han cagado!
-Ya sé, ya sé. Ahora lo entiendo todo. La víctima intentó hacerse con el favor de su señora.
- No señor, eso no es del todo exacto. Si se hubiera quedado en el intento nada hubiera pasado.
- ¿Entonces? ¡La violó!
- No señor, mucho peor aún.
- ¿Qué puede ser peor?
- ¡La sedujo!
- ¿La sedujo?
El juez palideció, realmente era un caso difícil, digno de atención. El señor juez estaba desconcertado.
-Y dígame Emiliano ¿Qué tiene que decir su mujer a todo eso?
El Emiliano respondió altivo:
-Nada tiene, mi mujer es honrada, hacendosa y muy limpia. Todos saben que el Antelio es un demonio y contra sus artes las mujeres nada pueden.Los días siguientes transcurrieron por los mismos derroteros. Las preguntas y esclarecimientos no dieron para mucho más.
Al fin no se pudo precisar que hubiera intención de matar y al Emiliano le cayeron cinco años de los que solo cumplió tres por buen comportamiento.
Durante ese tiempo, en un hospital -desde donde se podían ver los pequeños ventanucos entroncados de hierro, de la cárcel- operaron al Antelio, ajustándole con éxito un nuevo miembro que venía a sustituir la cánula por donde le era dado orinar desde el incidente.
Más de una noche, durante esos tres años, el Antelio acudió a visitar a la mujer del Emiliano con el propósito de mostrarle las excelencias de su nuevo aparato.
La mujer del Emiliano de tan hacendosa, honrada y limpia que era, no permitía al Emiliano encamarse con ella sin antes haberse limpiado concienzudamente el artilugio.
El Emiliano era consciente de la situación. Sus amigos del pueblo lo habían informado. Aquellos que en el juicio gritaban con más fuerza ¡Al patíbulo! ¡Muerte con él! Ahora se esforzaban en envenenar su sangre para que rematara lo que ellos no eran capaces de hacer ya que, como todos sabemos, de cobardes, el mundo está lleno.
En los últimos meses de encierro, pasaba las tardes con un matarife que había conocido allí y que le enseñaba, ensayando sobre un muñeco de trapo, el arte del estoque. Era muy sencillo, tenía que hundir el cuchillo a la altura del corazón, hasta el fondo, volteando varias veces para que la herida no pudiera cerrarse. Necesitó muchas tardes para precisar el uso del arma. Al fin y al cabo, el Emiliano, poco o nada sabía sobre el denostado arte de matar. Y así seguiría si un juez no se hubiera entrometido, dejando que las cosas se arreglaran entre hombres, que es como se deben arreglar.
Si la justicia humana no se hubiera impuesto a la divina, nada de todo esto habría pasado.
El Emiliano apareció una tarde por el pueblo. Parecía tranquilo. La primera regla que le enseñó el matarife era la templanza, la segunda la destreza y la tercera la precisión.
Sus amigos le indicaron, con amable y aviesa intención, que el Antelio rondaba el bar del Zicuta.Cuando los dos hombres se encararon, el Emiliano no erró el enclave. Lo que el Emiliano desconocía era que al Antelio lo habían puesto sobre aviso los mismos amigos que a él y que por si las moscas, el Antelio, hombre precavido, se había armado con uno de los cuchillos de matanza con los que el Emiliano llevaba a cabo la exactitud de su arte, y que había cogido de la propia casa de éste. Quizá fuera el mismo-solo Dios lo sabe- con el que algunos años atrás le había despojado para siempre de su natural condición de hombre.
El Antelio murió sin darse cuenta, casi al instante, el secreto estaba en girar la muñeca cuando el cuchillo punteaba la superficie del corazón. Al pobre infeliz, apenas le dio tiempo de sacar el cuchillo capador y conducir un tajo impreciso a la garganta del Emiliano.
Al Emiliano le perjudicó de forma notable la falta de entrenamiento del Antelio, ya que moriría desangrado y convulso, al cabo de varias horas de cruel agonía en las que no paró de taponar con las manos - por si se podía hacer algo- la grieta que le había abierto su inefable destino.
La justicia se salda siempre con su propia justicia, extraña e indescifrable, como el funcionamiento del universo.La mujer quedó libre de toda culpa y a descargo de su conciencia, de hacendosa, limpia, honrada y puta que era, no tardó en hallar consuelo en los brazos de otros hombres más fornidos-como a ella le gustaban-que el pobre y enclenque viudito con el que se acabó casando de nuevo y que no se daba o no quería darse cuenta-con buen cálculo, haciendo balance de históricos y pérdidas y ganancias-de los entramados y conspiraciones de su mujer con otros hombres.
El autor, -a despecho de feministas que pretenden que lo suyo es liberación y el machismo un crimen del cual seguro será acusado- ha querido incluir una moraleja o apunte final o disquisición o llámenle ustedes como les viniera en gana, que no cree que este relato pudiera sino quedar cojo-o más cojo de lo que ya está-sin que se incluyera:Como apunte a esta historia real-si entendemos que la vida lo es-, el narrador piensa (siempre y cuando el lector sea de los que cree que le es dable y lícito al narrador pensar) que ya que, en la tierra, los resortes del reloj de la justicia parecen estar desajustados, y que dan los cuartos por horas y las horas por cuartos, habrá que tener paciencia y esperar a que la ley divina ajuste y que Dios provea.
¡Todo se andará!
Hasta entonces se despide un servidor,
Un servidor de ustedesR.M.
Son Reinés
Una tarde lluviosa de domingo,
del mes de Febrero del 2004
Si queréis contactar con el autor