TRES POEMAS

 

© Juan Antonio Molina

 

 

 

 

LOS TRABAJOS Y LOS DÍAS

 


Basta una mirada interior, un ademán concreto
de tajante geometría para trazar el vértigo y el dintorno
de este mundo de resurrección y erizados días de cactus y azabache.
Soles azules zumban su luz bajo el árbol de alcanfor, en la estancia
con marchitadas hojas de turquesa, en la que la vida se recrea,
hueso contra hueso, con dardos y planetas de ciegas madrugadas.
Anfibios recuerdos reptan por cántaros rotos y biselados serrajones,
en un tiempo impreciso de planetas y equinoccios pulverizados,
en horas de vidrio ahormadas al fuego del alacrán y la serpiente,
como si el mundo tuviera vértice en las viejas constelaciones del olvido.

La ciudad humea por surtidores y vedejas de amianto,
roza los atardeceres con espuelas de hierro, con el jade
de los cielos invisibles. Las manos y sus caricias, los reductos
de los cuerpos desnudos galopan inciertos en las horas huidas,
como zafiros entre estiércol, cubiertos de mescalina y ron.
El pájaro de lo cotidiano tiene cueva de estalactitas y hespéride
en la sazón de la piedra, en la encendida cordillera solar
que hiere el óxido y los crepúsculos sin firmamento.

En los pliegues del día el mendigo contiene su náusea entre mariposas
e insectos, con sus plegarias roncas de cristal roto
que suben por las vértebras de la tarde como un sol apagado.
Sacrificaremos al gorrión que agoniza en las manos de la tarde,
en las sombras de sangre y agua que se deslizan entre voces
y unicornios esculpidos.

Al final del día nos diluiremos con la cabeza
inclinada y las entrañas transparentes, y el ruido
completará los momentos de puntiaguda oscuridad,
como el viento cuando penetra en la arboleda.
Vaivén de pasiones escondidas en derrotados instantes,
umbrías pausas en las fugaces sementeras del adiós
mientras un perro desconcertado pregunta a la noche.

 

 

 


DESILUSIÓN

 


Pero no es el viento,
no es la carne convertida en carne que ante el muro
que dormita desentierra la palabra, no es la misantrópica
plaza donde Tiresias bosteza, no es la hosquedad
de la piedra viva, ni las manos gangrenadas de la nostalgia.
Como un manojo de pájaros en la espesura, como fuego
derramándose en las voces y las risas del solsticio de invierno,
así es, como sonaja de simientes, este tiempo roto para el olvido,
con el cabello ralo de todos los momentos que soñaron
unicornios e invertidas cúpulas de silencio y lejanía.

No es el viento,
ni la carne,
ni el deseo,
es la memoria y sus moradas que quieren romper mi frente
con uñas y colmillos, sobrevenir por las cordilleras añiles
de los atardeceres cubiertos de sombras y pedernal,
costuras de sangre en los brazos de liquen y flores súbitas,
galopar iracundo de caballos oscuros, párpados
traspasados por las noches insomnes. Es la centella rota
que apaga al mundo en los muladares del miedo.

No es.
Es el pulso de las calles de vidrio taciturno y solar,
la salamandra que reza su oración de azufre,
el dragón doliente de la ternura esculpida.

No es y es
esa pasión que se me escapó entre las manos, despego de hierro
y cigarra, abominación de cegados espejos donde no consigo contemplar,
en el rostro de la esperanza, mi propia cara.

 

 



APARICIONES Y DESAPARICIONES

 


El día trae el vértigo impreciso de la vida.
El pájaro caído del sauce
y el junípero donde lloran los misántropos,
en la tarde impía entre gentes
deshabitadas y espectrales. Allí
los cuatro brazos de Shiva
se vuelven sables taciturnos
y en la hoja de una higuera
una niña descalza
viaja por las esferas incandescentes
del tiempo.

El presente es eterno,
perpetuo, en las agrimensuras
hendidas por el silencio,
envuelto en la gangrena
que siega las ingles
de los muros dormidos,
en el escorpión pulverizado entre
guijarros infernales.
Las horas danzan y se derrumban
como dólmenes torturados
por el rayo, instantes
como un tambor tocado por un fémur
que llama al desencuentro.

Sobre cordilleras de plástico,
el rezo de la serpiente
y las piedras sin edad
se alzan sobre los huesos
demolidos del pasado,
perdida memoria
de jacintos de sangre
y caballos de hierba
y cristal. Todo es una agua
pálida y sutil que buscando su cauce
se encadena.

Apariciones y desapariciones,
fantasmagorías súbitas
en los poliédricos perfiles del alacrán,
amantes sin nombre torturados
con el pico de un colibrí,
palabras tornasoladas en los montes
nevados y óseos de la indiferencia.

Serán voces, espacios de luz
entre los dientes, actos formidables
en las voraces esquinas
de la madrugada para renacer,
sin apenas sentirlo,
con un reptil entre las manos.


© Juan Antonio Molina


 

 


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