UN CADÁVER EN MI AUTOBÚS

 

© Susana García

 


 

 

No sé por qué me fijé en aquel tipo. Probablemente por la palidez extrema de aquella mano que me tendía unas monedas. Seguramente fue por eso, ya que lo recuerdo con tantísima nitidez.
Ser conductor de autobuses en el horario de noche tiene sus ventajas y desventajas. Todo tiene su anverso y reverso. Por un lado me permitía tener las tardes libres, porque las mañanas las pasaba durmiendo. Y no hay que bregar con un tráfico infernal. Por otro, apenas veía a mi mujer. Ella disfrutaba de un trabajo diurno que absorbía casi todo su tiempo y coincidíamos muy poco en casa. Si pasábamos media hora juntos ya éramos afortunados. Además, ella estaba muy enfrascada en su profesión -agente publicitaria- y a veces apenas tenía tiempo para dedicarme, porque llegaba a casa colgada del móvil y seguía con él cuando le daba un beso de despedida.
El horario nocturno comienza a las diez y media y hay dos turnos con un descanso de media hora. De diez y media a una y media y de dos a cinco. Llegaba derrengado a casa alrededor de las cinco y media y, generalmente, caía dormido a los pocos minutos de que mi cabeza tocara la almohada. Normalmente libraba los sábados. Era una gozada poder pasar la noche en casa, aunque en muchas ocasiones Magda tenía una cena de trabajo o una reunión de no-sé-qué y el sábado lo pasaba pegado al televisor, tragándome cualquier película o programa que hicieran. Hasta las cuatro o las cinco de la madrugada. Y luego a dormir todo el domingo hasta el mediodía.

***


Aquella noche, precisamente, tenía una de mis jaquecas. Y siempre que una de ellas me incordiaba pasaba algo. Como si fuera una especie de aviso. O como una premonición.
El hombre, porque se trataba de un hombre joven, se sentó en la última hilera de asientos, junto a la ventanilla. Hay mucha gente que se decanta por ocupar esos asientos cuando el autobús va vacío. Sobre todo la gente joven. Los más mayores tienden más a ocupar los asientos que se hallan justo delante de la puerta de salida.
Era mi único pasajero en aquel momento.
Dos paradas después, recogí a un hombre cuyo aliento apestaba a vino barato. Parecía algo inestable y tropezó con los escalones al subir. No me pagó sino que utilizó una tarjeta que marcó con dificultad. Poco después subió una pareja de jóvenes que, muy acaramelada, se sentó en la parte trasera. Yo, algo intrigado por mi pasajero del fondo, echaba vistazos a través del retrovisor de vez en cuando. La pareja estuvo prácticamente todo el tiempo dándose el lote. Lo celebré por ellos. Y también los envidié un poco.
Dejé a mi pasajero achispado pocas paradas después. Y subió una chica que olía deliciosamente a perfume. No pude evitar mirarla cuando me pasó las monedas para pagar. Tenía un rostro ovalado enmarcado por una brillante y larga cabellera negra. Su tez era clara, hermosa, diáfana. Pómulos altos, labios encarnados y llenos. Y unos ojos inmensamente azules. Toda ella estaba envuelta en un aroma suave y afrutado que invadió mis fosas nasales y se instaló en ellas para mi deleite.
Cinco paradas antes de llegar al final de la línea, donde me relevaría Patricio, bajó la parejita y en el autobús quedaron la chica, sentada en la penúltima fila, al lado de la ventanilla, y el hombre de las manos blancas. Recuerdo que él tenía también el cabello largo, cayendo lacio sobre los hombros, y un abundante flequillo dejaba en penumbras su rostro que se adivinaba también muy pálido.
Parado ante un semáforo rojo, aproveché para observar a mis dos únicos pasajeros. La chica miraba por la ventanilla. En el momento en que apartaba la vista del retrovisor vi que él se levantaba para ocupar el asiento contiguo al de ella.
Aún más intrigado, traté de echar vistazos rápidos al espejo retrovisor siempre que me resultaba posible. Hablaron en voz baja y su conversación me llegó como en un susurro ininteligible. Luego se intensificó el tráfico, porque cruzábamos el centro, y tuve que dejar de mirarles para prestar la máxima atención a la calle. Un taxi se cruzó delante de mí, obligándome a frenar bruscamente y haciéndome olvidar a mis dos pasajeros un instante.
Cuando volví a mirar, ambos estaban enzarzados en un abrazo. Él parecía besarle el cuello y ella tenía el rostro alzado hacia el techo del vehículo. Sonreí, pensando que hay tipos con suerte. He visto cosas de todo tipo a bordo del autobús. Y no me extrañó que una pareja que parecía haberse conocido hacia un momento estuviera enzarzada en juegos amorosos. Si querían jugar que jugasen. Una vez llevé a dos pasajeros que, después de un breve intercambio de palabras, terminaron haciendo el amor en el asiento trasero del vehículo. La mujer se montó a horcajadas sobre el hombre y ¡hala!. Pensé en llamarles la atención pero como no había nadie más y ellos parecían estar pasándoselo bien, me limité a seguir conduciendo y dejándoles a ellos la diversión. Reconozco que sentí envidia. Y es que yo llevaba muchos meses de secano.
Una parada antes de llegar al final, bajó el hombre. La chica se quedó sentada en su asiento, muy quieta, con la frente apoyada en el cristal de la ventanilla. Por el rabillo del ojo vi cómo él levantaba una mano a modo de saludo antes de descender los escalones. Ella no contestó a su ademán, inmóvil contemplando la calle.

Llegué a la última parada. Enseguida vi a Patricio, de pie junto al marquesina. Detuve el autobús junto a la acera y abrí las puertas. La chica no se levantaba de su asiento por lo que exclamé en tono jovial "Final de trayecto". Ni se inmutó.
Me acerqué a ella. Pensé, mientras recorría la distancia que nos separaba, que quizá se hubiera mareado. O que se encontrara mal. Me incliné sobre el asiento contiguo al suyo y le toqué ligeramente el hombro.
- Señorita - dije amablemente - Ya hemos llegado al final de la línea. Tiene que bajar.
Su cabeza resbaló lentamente por el cristal y su cuerpo cayó desmañado sobre el respaldo del asiento delantero. Me apresuré a sostenerla.
Como pude, la arrastré hasta el pasillo y la tendí en el suelo. Aparté el oscuro cabello de su rostro, que estaba pálido. Sus ojos azules tenían una mirada vidriosa. Apresuradamente desanudé el pañuelo de seda que llevaba al cuello. Al hacerlo sentí algo viscoso en las palmas de las manos y me las miré. Estaban teñidas de sangre.
- ¿Qué ocurre? - me sobresaltó la pregunta de mi compañero que había subido y estaba detrás de mí.
- No lo sé - musité muy nervioso - Creo que esta chica está herida.
Patricio que, otra cosa no, pero que siempre ha tenido mucha sangre fría, me pidió que me apartara. Retiró el pañuelo del cuello con sumo cuidado, descubriendo una herida que aún sangraba en el cuello de la chica. Le tomó el pulso.
- Esta chica está muerta - constató con voz átona - No tiene pulso.
Solté un gemido angustiado.
- Hay que avisar rápidamente a la central y a la policía - dijo él, levantándose del suelo - Ve tú - me pidió, viendo que me temblaban las piernas y que quedarme un momento más no me iba a hacer ningún bien.
Salí a la carrera, pasando por encima del cadáver de la muchacha con extremo cuidado. Casi tartamudeando hablé con la central. Dijeron que avisaban inmediatamente a la policía.

Como yo había sido quien había encontrado a la chica -y la última persona que la había visto con vida- tuve que presentarme en comisaría para declarar. Después de firmar una declaración escrita, me hicieron esperar en una sala repleta de gente. Había personajes de todo tipo y calaña. Un par de prostitutas, escasamente vestidas -si a aquello le llamaban vestidos- charlaban tranquilamente, sentadas junto a un hombre grueso y mal afeitado que se limpiaba las uñas con un palillo. Un vagabundo descalzo dormitaba con los brazos cruzados sobre el pecho en una silla frente a la mía. Una mujer gruesa, vestida con un traje floreado, lloraba sobre un kleenex arrugado. También había un par de mozalbetes barbilampiños que entretenían el rato jugando con unos tazos. Salvo los dos chicos, el resto de personajes no desentonaban en el recinto. Los dos chavales parecían bastante fuera de lugar. Ojalá que por tráfico ilegal de tazos.
Pero no tuve demasiado tiempo para entretenerme con la contemplación de mis compañeros de sala. Un cuarto de hora más tarde se presentó frente a mi un guardia uniformado que me pidió que lo acompañara. Me hizo entrar en una habitación y cerró la puerta al salir, dejándome solo. La verdad es que en aquel lugar habían gastado poco en mobiliario. Una mesa y dos sillas, con aspecto de haber sido rescatadas de un vertedero, era todo cuanto había por ver, aparte de un bodegón y un reloj de cocina que adornaban las paredes blancas, manchadas en algunos lugares de humedad.
Pasé el rato mirando el reloj de la pared. Los minutos parecieron pasar muy lentos, con una lentitud exasperante. Pero apenas habían pasado diez de esos inacabables minutos cuando entró un policía de paisano en la habitación. El rostro con barba de varios días en un rostro enjuto y anguloso, y bolsas oscuras bajo los ojos. Un traje arrugado, gris oscuro, sobre una camisa a rayas sin corbata.
- Buenas noches - me saludó sentándose en la otra silla.
- Buenas noches - saludé yo a mi vez.
- Bien, parece ser que usted es la última persona que vio a la víctima con vida. Conduce un autobús ¿no es cierto? - preguntó indolente, sacando un cigarrillo arrugado de un paquete no menos arrugado.
- Así es - contesté, pensando si no tendría que pedir un abogado.
- Cuénteme un poco qué ocurrió.
Durante un par de minutos le expliqué todo lo acontecido durante el viaje. Sacó una pequeña libretita muy manoseada del bolsillo de la americana y comenzó a tomar notas.
- ¿La chica subió después que el hombre?
- Sí, y no me pareció que se conocieran de antes. Pero como he visto tantas cosas…
- Ya, ya - musitó, sin mirarme - ¿Le pareció que ella se sentía amenazada cuando él se sentó a su lado?
- No, en absoluto. No podía oír lo que hablaban, pero en ningún momento pensé que tuviera que intervenir. Ella parecía muy tranquila. Y luego, cuando comenzaron a… ya me entiende… no parecía que ella se lo estuviera pasando mal. De ningún modo.
- ¿Se besaban? - intervino el policía.
- Bueno, no los vi besarse, la verdad. Echaba ojeadas al retrovisor y lo que vi es que él le besaba el cuello… y le hacía caricias.
- ¿Y ella?
- Miraba hacia el techo. Estaban algo lejos para ver bien su rostro, pero diría que tenía una expresión placentera.
- Bien - dijo el policía cerrando la libreta y volviéndola a guardar en el bolsillo - Creo que esto es todo.
- ¿Me puedo marchar? - pregunté, esperando que la respuesta fuera afirmativa.
- Por supuesto. Creo que no nos puede ayudar más. Por otra parte, usted es el único testigo por el momento. Aunque estamos tratando de encontrar a los otros pasajeros que, en algún momento, coincidieron con la víctima y el sospechoso. No descarto que usted pueda ser también sospechoso.
- ¿Yo? - pregunté sorprendido por la revelación.
- Bueno, en realidad nadie más vio lo que usted ha contado. Puede que el hombre bajara y luego usted matase a la chica…
- Pero ¡no lo hice! - exclamé indignado.
- Ya, eso es lo que dicen todos - replicó el policía sin perder ni un ápice de su compostura.
- ¿Y por qué me dejan volver a casa?
- Porque realmente su versión nos parece creíble. Pero haga el favor de no salir de la ciudad sin comunicárnoslo - sacó una tarjeta del bolsillo y me la tendió - Llámeme si recuerda algún detalle más. Quizá después de descansar un buen rato, recuerde algo que se le haya pasado contarme.

Volví a casa acompañado por un agente, en un vehículo policial. Estaba molido de cansancio, tenía aún la dichosa jaqueca y sentía la boca seca y áspera. Me tendí en la cama, junto al cuerpo dormido y tibio de Magda, cuya respiración acompasada me sirvió de canción de cuna. Me quedé dormido enseguida.

Al día siguiente leí los periódicos, para ver si salía algo sobre el asunto. Pero no encontré nada que se refiriera al asesinato. Continué con mi rutina habitual, aunque me sentía algo inquieto cada vez que abría la puerta del autobús para dejar entrar a los pasajeros. Temía encontrarme nuevamente con el propietario de aquellas manos blancas. El asesino de la chica. Pero no. Sólo los tipos habituales de siempre, un par de borrachos, un grupo de chavales que regresaban de una fiesta, dos señoras que venían de una cena de amigas… Vamos, nada de especial.
Lo que sí me inquietó fue la sensación que alguien me vigilaba. Casi todas las noches, en la segunda o tercera parada del trayecto subía un hombre, generalmente vestido con traje chaqueta, que se sentaba cerca de la entrada y que no bajaba hasta el final. En el segundo turno se repetía la situación, aunque el tipo era otro. Cuatro días después, decidí hablar con uno de los dos hombres.
- Perdone caballero - le dije antes de abrir las puertas del autobús- Pero hace varias noches que viaja en este autobús desde casi el principio y hasta aquí.
- Pues sí - contestó secamente.
- Verá, creo que me está vigilando y eso me pone algo nervioso - le dije sin que hubiera ninguna amenaza implícita en mi contestación.
- Efectivamente - me confirmó lacónico.
- ¿Y eso? - estaba sorprendido por la inusitada revelación.
El hombre sacó una carterita de cuero de la chaqueta y me enseñó una placa. Era policía.
- Mire, me gusta esto tanto como a usted - pareció sincerarse el hombre - y tendrá que soportarme aún durante un tiempo.
- ¿Es por lo del asesinato de la chica?
- Sí, estoy investigando el caso. Creemos que quizá el hombre que usted describió vuelva a aparecer por aquí.
- ¿No creen que yo sea el asesino?
- No, no - se apresuró a asegurar - Pero piense que también será beneficioso para su seguridad tenerme a mí y a mi compañero cerca.
- Sí, claro
- ¿Me deja bajar?
Me apresuré a abrir la puerta del autobús. Me saludó con la mano y bajó.

Me quitaron la vigilancia cuando apareció otra persona asesinada, en otra línea de autobús. Esta vez la víctima fue un adolescente que volvía de una juerga. Y esta vez sí salió la noticia en los periódicos. Por lo visto, un reportero había estado investigando una serie de muertes extrañas que se habían dado en el metro y que ahora parecían haberse mudado a los autobuses. El reportero se había enterado de este nuevo asesinato gracias a una mujer que había sido testigo cuando la ambulancia se llevaba al fiambre. Lo que hacía esa mujer a altas horas de la noche en un barrio poco concurrido era algo que no se mencionaba, pero me jugué diez euros a que no estaba paseando a su perrito.
Todo volvió a la normalidad y, poco a poco, fui olvidando el asunto. La policía no volvió a preguntarme nada, mi escolta desapareció y aquella muerte pasó a ser una anécdota más. Lo que no supe, hasta hace bien poco, fue la causa del fallecimiento de las víctimas.

Claro que la vida se ocupó de que refrescara la memoria un año más tarde. Como siempre, recorría la ciudad al volante de un autobús. Me sentía malhumorado y tenía una jaqueca terrible aquella noche. Magda se había marchado el martes anterior a vivir con su hermana y yo no estaba de humor para nada. Por un lado sentía cierto alivio: nuestra relación no iba a ninguna parte y ella ya no tenía interés en mí. ¿Para qué alargar lo inevitable? Por otra parte, estaba realmente cabreado porque había vaciado, previamente, la cuenta conjunta del banco dejando tan sólo cinco euros de saldo. Así que, si quería llegar a final de mes, antes de cobrar mi sueldo, más me valía ser muy, pero que muy, conservador. Y eso significaba tirar de latas, por supuesto.
Mis borrascosos pensamientos fueron repentinamente interrumpidos por un pasajero que pedía parada. Debí abrir los ojos como platos cuando subió una mujer morena y pálida a la plataforma de entrada. Llevaba una gabardina gris y un pañuelo rojo al cuello. Y si no era la chica asesinada que yo recordaba era su hermana gemela. Para colmo de males, entró sin pagar, dejando un papelillo arrugado sobre la bandeja de las monedas. Estuve a punto de gritarle que tenía que pagar, pero mi mirada se clavó en el papel. Mientras conducía con la mano izquierda, me las arreglé para desdoblarlo con la derecha. Mis atónitos ojos leyeron las breves líneas que en el papelito había escritas: "Cuando bajen todos, busca un sitio discreto. Te voy a hacer un buen trabajito". Eso era todo. Me quedé helado.
Durante un buen rato conduje prácticamente en estado de estupor. Incluso me pasé una parada sin darme cuenta y dos pasajeros que querían bajar me increparon bastante groseramente. Paré en la siguiente y el autobús quedó vacío. Vacío salvo por la presencia silenciosa de la mujer.
Aunque mi intuición me decía que no era buena idea, mi entrepierna me animaba a aceptar aquella extraña propuesta. Y como hacía meses que no tenía ningún escape sexual mis glándulas ganaron la pelea. Creo que si alguna vez he dado pie a la expresión de "los hombres piensan con el pito" fue esa vez. Como después de aquel turno ya tenía que llevar el vehículo a la cochera, pensé que aquel lugar sería perfecto para un encuentro íntimo. Nada como una enorme cochera silenciosa y en penumbra para estos menesteres. Y aunque algún otro compañero regresara a dejar su coche, pasaríamos inadvertidos.
Y así, llegamos a la cochera, entramos en la enorme nave y aparqué el vehículo en el extremo más lejano a la salida, lo suficientemente alejado de otros autobuses allí guardados. Abrí la portezuela de mi cabina, me levanté con cierto temblequeo en las piernas y fui hacia ella. Me esperaba con una sonrisa traviesa en los labios y un brillo felino en los ojos.
Se sentó a horcajadas sobre mi regazo y me acarició. Cerré los ojos para paladear la experiencia. Y entonces, la cosa cambió de tercio. Noté dos agudos alfileres traspasando la piel de mi cuello. No fue excesivamente doloroso y, después del primer pinchazo inicial, la sensación de sus labios pegados a mi garganta, succionando, fue muy placentera. Me fui deslizando de la conciencia hacia un mundo poblado por sombras. La visión de su cabello oscuro desparramado sobre la gabardina se difuminó y, poco a poco, se fue marchando la luz, hasta que quedé completamente a oscuras.

Desperté de forma repentina. Como si saliera de un sueño muy profundo. Me incorporé de un salto. El lugar donde me hallaba estaba en penumbra. Era una habitación, un dormitorio. Una luz muy débil, procedente de la habitación contigua, rasgaba la oscuridad. Observé mi entorno. La habitación no tenía ventana alguna y estaba amueblada sobriamente pero con gusto. Un arcón a los pies de la cama donde yo reposaba, un tocador, un armario muy sencillo, de dos puertas. Las paredes estaban desnudas de toda decoración, ni cuadros, ni espejos, ni nada.
Alguien entró por la puerta. Una silueta enmarcada por la débil luz de la otra habitación. Una silueta femenina.
- Has gemido - me dijo la mujer - ¿Te encuentras bien?
- Creo que sí - contesté, pasándome la mano por el cuello, que sentía dolorido.
- Se pasará, tranquilo - me respondió, como adivinando mis pensamientos.
- ¿Estoy herido? - pregunté notando el vendaje que había sobre la zona dolorida.
- No es nada. ¿Por qué no te estiras y descansas? - su voz era muy suave y su tono me relajaba.
Así lo hice. Y ella se sentó junto a mí, en el borde de la cama. Mi visión mejoraba por momentos y a los pocos minutos era capaz de distinguir sus facciones. Era, sin lugar a dudas, la chica que yo había encontrado muerta un año antes. Tenía la piel muy pálida, tanto que en las mejillas se transparentaban pequeñas venitas azuladas. Su piel tenía un aspecto marmóreo. Tendí la mano y toqué su rostro. Estaba helado. Sus ojos, tan azules como yo los recordaba, brillaban con una fiebre interior. Sus labios estaban rojos como la grana y su cabello, oscuro como la ala de un cuervo, brillaba.
- Estas comenzando a cambiar - me dijo.
- ¿Cambiar?
- Sí, ¿verdad que me ves con mucha nitidez? - preguntó.
- Pues sí, casi como si te viera a la luz del día.
- Es normal - constató sin más explicación.
- ¿Qué hago aquí?
- Te he traído yo - fue toda su explicación - Descansa. Mañana te lo contaré todo.
Se levantó y salió de la estancia. Pero apenas tardó un par de minutos en regresar. Llevaba en las manos una taza de porcelana. Me la tendió.
- Tómate esto y luego te echas a dormir un poco más. Ya te despertarás cuando sea la hora.
Cogí entre mis manos la taza. Estaba tibia. Contenía un caldo oscuro, rojizo.
- ¿Qué es?
- El mejor reconstituyente para que repongas fuerzas - me aseguró.
Acerqué el borde de la taza a mi boca. Un olor metálico me invadió, deteniéndome.
- ¿Qué es? - volví a preguntar.
- Anda, tómatelo y no preguntes más - dijo ella, sonriendo - Tienes que reponerte.
Alcé nuevamente la taza hasta mis labios y bebí un sorbo. Sabía raro pero no desagradable. Después del primer sorbo me apeteció beber más. Y apuré todo el contenido. Incluso sentí que tenía más sed, que quería más. Ella me quitó la taza de las manos.
- Venga, estírate - me conminó - Más tarde tendrás más.

***

Y así fue como me convertí en uno de ellos. En un ser de la noche. En un vampiro. No está del todo mal, sobre todo si tienes que trabajar por la noche. Clara lo arregló todo para que no perdiera mi trabajo. Un amigo suyo preparó un certificado médico que me libró de una amonestación o incluso del despido. Volví a lo mío, tras el volante de un autobús.
Clara me explicó que despertó de su temporal muerte en el frío recinto de la morgue. Según me contó, se levantó, cogió una bata de médico y salió por una puerta trasera sin que nadie la viese. Se escondió en el sótano de una fábrica hasta que pudo regularizar su situación. Encontró trabajo en una sala de fiestas, de camarera, y alquiló un pisito, gracias a las gestiones de una compañera, por un precio irrisorio. Los bajos sin ventanas no están muy buscados. Dormir en un sótano resulta muy poco confortable. Luego me buscó, ya que me recordaba de aquella última noche y, de alguna forma, se había sentido atraída por mí. Le hacía falta un compañero porque se sentía bastante sola.
Su desaparición era un enigma que la policía no sabía cómo resolver y Clara había seguido el caso en las noticias de los periódicos locales. Le divertía la confusión que su desaparición había creado. Mi caso pasó desapercibido. Nunca encontraron mi cuerpo antes de despertar. De eso se ocupó también ella.
Nunca me alimento de mis pasajeros, por lo menos no cuando están a bordo. Es que soy de lo más discreto. Las noches del sábado nunca habían sido tan divertidas. En vez de pasarlas en vela viendo la televisión, Clara y yo salimos de cacería. Siempre cae algún incauto.
A Clara le gusta hacerlos disfrutar antes de desangrarlos, sean hombres o mujeres. Dice que, de esa forma, tiene la sensación de recompensarles por las molestias. Aunque no me parece a mí que ella no disfrute con la experiencia. Tanto o más. A mí me gusta mirarla. Tiene tanta clase… Cuando termina con esa parte, ya puedo participar en el festín. Eso de alimentarnos del mismo individuo, a un mismo tiempo, es muy excitante. No hay color entre ir solo e ir con Clara.
Ser vampiro tiene infinidad de ventajas mientras uno sepa ser discreto y no busque problemas. Y lo mejor de todo: esto del vampirismo es mano de santo para las jaquecas.

 

 

 

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