Javier Martín Ríos

 

 

 

Javier Martín Rios (Granada, 1970) es escritor, traductor y sinólogo. Desde 1997 reside regularmente en China, actualmente en Shanghai. Es autor de la novela Nala (2001) y los ensayos El silencio de la luna (2003) y El impacto de Occidente en el pensamiento chino moderno (2003).

 

 

 

 

El sol

 

Cristales rotos de luz palpitan sobre el agua

y las escamas rojas de los peces de Xihu.

Algunas flores blancas lucen su cuerpo abierto

entre ramas de árboles aún desnudos y grises

por el invierno de Hangzhou, que paso a paso muere

y presiente acercarse el aire dulce de abril.

Celebración alegre en el vuelo de los pájaros,

en el hondo silencio incrustado en el paisaje.

 

Alzo la vista. Miro sin parpadear al astro solar.

Sus rasgos invisibles penetran en mis ojos

y sus llamas de luz se funden y se abrazan

con el hilo de seda de mis sueños azules.

Cierro los ojos. Dejo mi pensamiento en blanco

y medito dejando la mente a la deriva.

No siento nada: brisa y aire huyen de mi cuerpo.

Una luz de calor gira sobre mi cabeza.

 

Despierto. Mi mirada se ensancha en torno a Xihu

y descubro que el sol va perdiendo camino,

peso, aire, color...y busca un refugio

donde ocultar su cuerpo desnudo por la tarde.

Aún hay tiempo para andar las anchas orillas.

Los pájaros retornan al seno de los árboles.

Las barcas bogan suaves hacia el embarcadero.

Un río de cristales se hunde en el agua.

 

 

 

 

La niebla

 

Siempre llega la tarde, se desvanece el sol

tras las altas montañas y cae el silencio tímido

sobre las tranquilas aguas del Lago del Oeste.

Es la hora de callar, de sentir la llegada

de la bruma nocturna, del aire solitario,

de la leve presencia de la luna en la noche.

Los últimos barqueros regresan a la orilla.

Una joven gaviota vuela en busca del sueño.

 

Tú, solo, apoyado en la fría baranda

de un puente de piedra, miras hacia el sur,

con los ojos abiertos, sigilosos, profundos,

sobrevolando las aguas y el cantar de los peces.

Hace frío de invierno y lo sientes en tu cara

silbando una canción invisible al oído,

cuyo son te recuerda historias de la infancia,

sueños inmortales, aquella edad de la inocencia.

 

Una columna de humo entra sin hacer ruido,

fugitiva entre bosques y laderas sombrías

de las verdes montañas que circundan el lago.

Paso a paso se mueve, en silencio, en calma,

en lenta proyección hacia el vasto horizonte,

arañando el espacio, el cielo y la penumbra

de la noche que asoma sobre el amplio paisaje

-pintura que se estremece con las alas del viento.

 

Miras hacia delante y tus ojos no divisan

nada a tu alrededor, ni una luz, ni una sombra,

ni una huella conocida que te oriente sin más

entre la densa niebla y el camino invisible.

Presientes el vacío y una luna en la noche

que se baña desnuda en las ondas del agua.

Se palpa una quietud indecible en el aire

y tú callas, pletórico, en feliz soledad.

 

 

 

 

Arde Shanghai

 

Arde Shanghai. Arde Shanghai incrustándose los rayos del sol en el cristal de los rascacielos. Está cayendo la tarde y la ciudad está envuelta en un fulgor de llamas. Es un incendio ficticio reflejado en grandes espejos que flotan en el aire por encima de los cien metros de altura. La tarde va cayendo y el fuego refulge sobre montañas de cristal.

 

El paseante camina sin rumbo por las anchas avenidas de la ciudad. En Shanghai todo se multiplica por diez mil, los espacios se abren en horizontal y vertical hacia el infinito. Entre la tierra y el cielo hay vasos comunicantes esculpidos con acero y hormigón. El paseante se disipa en la multitud que respira dentro de este paisaje de vidrio y asfalto. Se siente solo en esta naturaleza de líneas rectas fabricada por las máquinas del hombre, pero al mismo tiempo sus ojos no salen del asombro ante los avances de la tecnología. Tras las cimas de los rascacielos va cayendo el sol y algunas nubes vagan a la deriva proyectándose en sus espejos como un documental cinematográfico surgido de un extraño espejismo.

 

Arde Shanghai. El crepúsculo expande sus alas de sangre por el cielo de la ciudad. Las luces de neón de los escaparates comienzan a iluminar la soledad de los transeúntes. La luna ya se divisa al lado de la antena de un rascacielos y la noche, desde los confines del este, se acerca a Shanghai susurrando una triste canción. Cierta calma se respira en las calles y en el rostro de la gente que sale del trabajo. Los últimos rayos del sol se van apagando silenciosamente. En breves minutos la noche apagará con su manto de oscuridad las últimas cenizas que refulgen aún tímidas sobre el cristal de los rascacielos.

 

 

 

 


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