Ricardo Iribarren (Pseudónimo Gocho Versolari) Escritor argentino, nacido en 1949 en la ciudad de Mar del Plata, y en la actualidad residente en Villavicencio, Colombia. Ha participado en libros de ensayo y narrativa. Sus principales publicaciones en papel son “El ángel y las cucarachas”, Mérida Venezuela, 2006 y “La vida está aquí – seis ensayos y siete leyendas sudamericanas” (1992).   La mayor parte de su obra se encuentra inédita.

 

 

 

 

La Esfera y el Rayo

 

© Ricardo Iribarren

 

 

1

Cuadros, esculturas y tapices, convertían la oficina del señor Arkadin en un museo que se alteraba diariamente debido a la reflexión de la luz al atravesar los ventanales biselados y polarizados por un bailarín tailandés que trabajara en ellos siete días y siete noches al son de danzas tradicionales y que al terminar se suicidara colgándose de la viga central del techo; los vidrios cambiaban la apariencia de las cosas y las personas de acuerdo a las horas del día y era así que entre las siete y las once, se iniciaba el Tiempo del Bronce y las paredes, las obras de arte y el propio Arkadin junto a su secretaria Aurelia, parecían objetos de metal y tanto ellos como los visitantes, permanecían inmóviles unos frente a otros, mirándose fijamente, como las estatuas de la plaza cercana y cuando debían caminar, lo hacían con mucha lentitud, suponiendo que aquellos serían los movimientos de las figuras de cobre y concreto que durante las noches bajaban de sus pedestales para recorrer la grama cubierta de rocío; entre las once y las dos de la tarde, el sol a través de los vidrios inauguraba el Tiempo de la Madera en el que los objetos y la gente se mostraban como grandes troncos con vetas profundas y cortezas nudosas y el señor Arkadin ordenaba que la actividad se interrumpiera y que Aurelia, retocando su manicura, entonara las canciones de Tom Bombadil, mientras en su cabeza la luz reemplazaba los finos cabellos rubios por hojas de abeto francés; el resto de la tarde hasta el crepúsculo, el sol, al cruzar los vidrios, llenaba la habitación de globulosas estructuras blancuzcas que se deshacían ante cualquier contacto, por lo que llamaban a este período el Tiempo del Yeso, donde la actividad disminuía y todos se desplazaban con lentitud, como si estuvieran dentro de una gran burbuja, y era en los minutos que precedían al atardecer, cuando los efectos desaparecían y las cosas y las personas tomaban sus dimensiones y apariencias reales que enseguida se sumergían en las nieblas amarillas de la luz artificial.

Clientes, visitantes ocasionales y todos aquellos que recibían la noticia de su existencia, procuraban entrar en la oficina para admirar la escultura más amada por Arkadin y su secretaria, que ocupaba el centro de la habitación y que mostraba un rayo atravesando espacios diferentes, sugeridos por tenues planchas de acrílico al que interrumpía de pronto una esfera, de modo que el movimiento zigzagueante y rectilíneo era quebrado por la suavidad de la forma circular, lo que disminuía la tensión del primero y graduaba las desviaciones de la quebrada trayectoria, como   años atrás explicara Arín Puspín, su creador, en la única y magistral conferencia que brindó acerca del trabajo y que luego sería desarrollada por críticos de toda laya que no dejaban de brindar charlas, filmar películas y promocionar la obra exponiendo su significación profunda, por la cual las dulces formas de la esfera interrumpían la tensión propia de este siglo.

En aquella conferencia inaugural sobre la escultura, Puspín habló sobre los significados del rayo como distintivo de los dioses escandinavos para quienes era un símbolo del poder y exhumó el sentido de la esfera que entre los chinos simbolizaba el cielo y para los presocráticos la perfección y el cese de todos los movimientos, así como la forma redonda de las caderas de las mujeres, anticipando la procreación y el sentido del Yin que es mucho más poderoso que el Yang según el Tao Te King; en la filmación de la conferencia se veía al escultor gordo, rubicundo, mientras su obra aparecía pequeña, casi deslucida, comparándola con la belleza contundente que adquiriera en años posteriores y en la cual el creador, que ya en esa época tomara el camino sin retorno de la droga, no había intervenido para lograr la apariencia que durante el día, en la oficina del señor Arkadin, pasaba por las formas del bronce, la madera y el yeso para al final de la tarde deslumbrar unos minutos con la perfección que trasuntaba la síntesis de los elementos opuestos, de la esfera y el rayo.

Al señor Arkadin y a su secretaria no les importaba que los libros, los teléfonos, las computadoras, se alteraran con la luz ni que el Picasso y el Chagall que se levantaban majestuosos en la pared del fondo, se metalizaran, se convirtieran en madera plena de vetas o en obesos glóbulos de yeso; no importaba que los tapices elaborados por varias generaciones de artistas en el lejano Reino de Siam, se sumergieran en las aguas aberrantes de la luz pervertida, (como gustaba llamarla Aurelia, repitiendo la frase a todo el que quisiera oírla y marcando la “erre” de aberrante); no importaba que Arkadin, su secretaria, los clientes y los visitantes se convirtieran en seres morenos, teniendo en cuenta su propia aprehensión por la gente de color y que el azogue le devolviera la imagen de un hombre de piel oscura con labios blancos; lo importante era que La Esfera y el Rayo, esa pieza bienamada, se disolviera, destruyera y volviera a armarse diariamente, pese a que en los atardeceres, cuando las cosas de la oficina regresaban por unos instantes a la normalidad, mostrara una belleza lejana y sensual como nunca la había tenido; el temor de Arkadin era que alguna vez se sumergiera para siempre en ese caos cotidiano y no retornara, aunque su secretaria le hacía notar que la vitalidad de la pieza era muy superior a la que aparecía en las antiguas fotos, y afirmaba: ¡La obra se está creando a sí misma! ¿No lo cree así, señor Arkadin?,

Arkadin no lo creía y aquel cambio era para él la interrupción de un devenir en el que reinaba la estable esfera del sol por otro cubierto de nubarrones, truenos y rayos; la interrupción de la paz y la serenidad que debía trasuntar la obra por impulsos oscuros que agitaban los corazones de las gentes  que día tras día formaba largas colas en la puerta de la oficina con la esperanza de apreciar unos segundos la escultura que obligaba a su propietario a tocarla una y otra vez para probar con el sentido del tacto aquello que se escabullía sombríamente a los ojos.

 

2

Grupo numeroso y selecto de visitantes. Arkadin se disculpa.

        Tenemos problemas con la luz, pero ustedes pueden palpar suavemente la obra, completando con el tacto lo que oculta la vista por esta jugarreta del sol al atravesar los vidrios biselados y polarizados.

Ante las palabras del señor Arkadin, todos se abalanzan sobre la escultura y compiten entre ellos por colocar encima de la pieza sus manos ansiosas y temblonas.

        ¡Yo también quiero tocarla, madre, quiero apoyar mis pequeñas manos sobre la suavidad de la piedra!

Niño  de gorro azul, pantalones cortos y una paleta de franjas incandescentes con sabor a fresa. A él también lo fascina la serenidad gozosa de El rayo y la Esfera.

Con la bendición de Arkadin, su madre lo levanta y toca la escultura. Nadie advierte que un momento antes sus manitas se habían posado sobre la chupeta. En un principio, ni el señor Arkadin, ni Aurelia, ni el resto de las personas, excitadas por haber tenido contacto con la famosa obra, advierten la mancha con forma de corazón que crece implacable hacia el interior de la pieza.

Al otro día, en el Tiempo del Bronce, Arkadin descubre un pequeño triángulo grasoso en la intersección del rayo con la esfera. Allí, la cardíaca silueta se muestra como un batiente corazón de acero. En el Tiempo de la Madera, la mancha se traslada hasta uno de los tres quiebres del rayo donde se acurruca. ¡Parece un pollito!, exclama Aurelia con voz chillona, señalando sus estrías similares a plumas y alerones

En el Tiempo del Yeso, crece hasta cubrir toda la pieza que parece atravesada por la intangible sombra de un corazón. Finalmente en la noche,   cuando la escultura recobra su aspecto original, el pequeño triángulo se convierte en un punto luminoso que salta una y otra vez a lo largo del rayo y se introduce en la esfera

        ¡Un restaurador! ¡Mi vida por un restaurador! — Clama   Arkadin con tono  dramático mientras Aurelia llama por teléfono a uno de ellos, famoso por sus treinta años de experiencia.

Fauna extraña y caprichosa pero necesaria — piensa el propietario mientras observa al restaurador preparar una alquímica batería de elementos cuidadosamente calibrados. Antes de empezar su trabajo, el técnico reflexiona.

        Creo que el corazón queda bien ¿No pensó en consultarlo con el escultor?

—        Señor restaurador, ni usted ni yo somos artistas, pero nuestra misión es mantener el impulso original que llevó a esta pieza a ser lo que es. Yo con mi dinero, usted con sus líquidos, entre ambos exorcizaremos esta diabólica mancha.

El técnico termina su trabajo cerca del mediodía. Bajo el Tiempo del Bronce, la pieza aparece pura, rotunda, sin nubarrones de manchas rebeldes. Arkadin y Aurelia aplauden con entusiasmo y el restaurador saluda con una reverencia antes de marcharse.

En el Tiempo de la Madera, la mancha vuelve a perfilarse, primero tímidamente, luego como un diseño aceitoso en la corteza. En el Tiempo del Yeso, adquiere una consistencia granulosa y blanca, se separa de la obra y marcha por toda la habitación. El señor Arkadin se hala los cabellos y llama nuevamente al restaurador, quien regresa al otro día en el Tiempo del Bronce. En la escultura, el corazón late desfachatadamente. Un nuevo diálogo entre los hombres.

—         Señor restaurador, su trabajo ha sido oneroso, pero superficial. La obra de arte vuelve a mostrar los vestigios de la mancha. Esperamos los resultados de su accionar.

        ¿Está seguro que ese detalle no estaba desde antes? — pregunta a su vez el restaurador — ¿Cómo sabe cuál era la forma original de la escultura si usted mismo me dice que cambia con la luz? Cierta vez en mi larga carrera, encontré una obra que se creaba a sí misma al margen de quien le había dado origen. ¿Está seguro que no es éste un caso parecido?

Con aire triunfal, Aurelia trae las fotos de la escultura y el video que la muestra junto a su autor.

        Deben reconocer que estos documentos gráficos no exhiben la fuerza y majestuosidad que ha cobrado la obra en este tiempo, cualidades que han sido reforzadas por la mano inocente que trazara este dulce corazón en el punto exacto donde el rayo se une con la esfera; es la fuerza que invade lo receptivo; el ósculo agresivo sobre la piel cerúlea de la amada.

        Quiero que la retire de la base y la lleve a mi apartamento privado — ordena secamente Arkadin. El restaurador se niega.

        Debe saber que una obra de arte es más sensible que un ser humano a los cambios de temperatura, de presión, a las alteraciones de los husos horarios, al jet lag, a las emociones de su dueño y todo lo que lo acompaña.

        Señor restaurador, le insisto que cumpla la orden. La escultura es mía y  pagué por ella. Si quiero destruirla, puedo hacerlo.

        Señor Arkadin, si desea despedazar la obra, busque otro hombre. Yo no destruyo obras de arte.

        No le estoy pidiendo eso, sino que la traslade.

        ¿Se ha fijado cómo está sujeta a la mesa? — el restaurador muestra un grupo de caños muy pequeños que la atraviesan y forman parte del conjunto estético — hay que desguazarla en tres o cuatro trozos y ensamblarlos en el destino. Para eso debe encontrar al artista, ya que usted pretende conservar el impulso originario, la emoción eidética, la imagen ideal de lo que fue en su origen la obra de arte. Sólo él puede modificarla. Sólo él dispone de la sagrada llama.

        ¿Y dónde encuentro al artista?

        Ese es su problema, señor Arkadin. Para eso debiera ayudarle su dinero.

 

3

El señor Arkadin atravesará el Reino de Siam, las Nieves del Kilimanjaro y los caminos de Katmandú buscando a Arín Puspín, el creador de la Esfera y el Rayo y mientras cruce desiertos y llanuras cubiertas de nieve, en su oficina la escultura seguirá cambiando, la gente reclamará verla y se instalarán en las calles y encenderán hogueras para alumbrarse y calentarse durante la noche, en tanto que Aurelia, sin una explícita orden, no sabrá que hacer; hospitales, barrios apartados, grupos de gente muy pobre, sabrán que en esa obra  llamada La Esfera y el Rayo, un niño habría dejado su corazón   y la noticia se trasmitirá de boca en boca y atravesará las fronteras de la ciudad, llegará a los pueblos vecinos y todos se presentarán en largas caravanas, entonando cánticos y exigiendo ver aquello que se convertirá en el sentido de sus vidas.

   América Latina, África, Asia hasta sus confines, serán los destinos del señor Arkadin y en   antros de perdición, morideras y lugares innombrables, pagará verdaderas fortunas a personas que afirmarán conocer a Arín Pouspín, para finalmente encontrarlo en una playa abandonada del estrecho de Gibraltar, donde el artista, enloquecido por las drogas, se dedicará a comer arena de a puñados, mientras las multitudes lo rodearán como a una atracción turística

        La escultura… — el hombre observará al señor Arkadin con cara de imbécil. — Claro, alguna vez fui artista y gané premios internacionales.

        Se llama La Esfera y el Rayo, ¿la recuerda?

        Tendría que verla. En el hotel tengo fotos….

Lo conducirá a un hotel destartalado, lleno de gatos, prostitutas y traficantes y en un sucio cuarto, exhumará otra fotografía que lo mostrará sonriente junto a la pieza, la que parecerá un simple esbozo, un borrador, algo carente de la belleza serena y agresiva del original.

A muchos kilómetros, en la oficina del señor Arkadin, Aurelia no tendrá tiempo de arreglar sus uñas, ya que las manchas en la escultura se multiplicarán, como si los ácidos que le aplicara el restaurador la hubieran convertido en algo vivo con capacidad de reproducirse y emitir sonidos, al principio suaves murmullos, luego tiernas melodías, acordes sinfónicos e himnos llamando a la guerra y a la paz, mientras afuera se formará una religión con adeptos, sacerdotes y ofrendas en torno a La Esfera y el Rayo como objeto de culto y   emergiendo del cemento de las calles, surgirán profetas capaces de interpretar los cambios de la obra y traducir los mensajes ocultos en su música y ante los numerosos reclamos, Aurelia deberá permitir las visitas y contratará los servicios de una empresa de vigilancia privada que será impotente ante la fuerza creciente de la masa y en una de las manifestaciones, un guardia, asustado, recordará las palabras de Napoleón: Cuando muchos se rebelan, basta  con matar unos pocos en las líneas delanteras para que las demás retrocedan y disparará ciegamente asesinando a un joven de un balazo en la cabeza, ante lo cual, en el centro de la esfera se formará una hermosa flor roja que supurará líquido espeso, gelatinoso, de un color similar al del cinabrio y con esa muerte   se suspenderán las visitas, pero uno de los sacerdotes de La Esfera y el Rayo, sabrá lo de la flor encarnada y volverá a los adeptos afirmando que la obra llora sangre, con lo que se dividirán los fieles y se acusarán unos a otros de vacilaciones, de falta de decisión, y de producir el sufrimiento de la escultura.

Arkadin y Arín Puspín llegarán a una ciudad tomada en la que el ejército bloqueará el edificio donde se encuentra la oficina y para acceder, ambos deberán aguardar muchas horas a que el comandante del arma los reconozca y acepte la entrada, mientras en la calle la multitud se preparará para la guerra, ya que todos sabrán que se encuentra el autor de la escultura y temerán que la misma se venda,  traslade o sea retirada del país.

        Esta no es la obra que modelé hace diez años — afirmará Arín Puspín frente a la enorme estructura roja, vibrante, llena de sangre y a punto de explotar — Nunca pude ni podré hacer una cosa como ésta.

Los sonidos que escaparán del vientre de la obra, reproducirán una disonante marcha fúnebre y las notas plañideras llegarán hasta la calle y se mezclarán con el sonido de las ametralladoras, los fusiles y los cañones, mientras los ondulantes reflejos de las llamas alumbrarán los rostros furiosos de la masa.

        Cierre las ventanas — pedirá Arkadin a su secretaria. — Tengo necesidad de descansar.

         ¿Qué edad tiene, don Arkadin? — preguntará Arín Puspín.

        Cincuenta y tres

        Están muy bien los cincuenta y tres, porque no son cincuenta y dos ni cincuenta y cuatro, y mucho menos cincuenta y uno. Cinco y tres son ocho, y ése es el número perfecto, el número que lleva la paz.

Dicho esto, Arín Puspín se abrazará a la escultura mientras retumbarán disparos, gritos, golpes y en la escalera el ejército procurará detener a la multitud que intentará subir por la fuerza a la oficina.

        ¿Y cómo se obtiene la paz, señor escultor?

        Escuche a la obra. Aunque yo lo haga, no hay nada que pueda aprender; ya no es lo que creara en un tiempo entre los vahos del alcohol y   la heroína.

        Señor Arkadin, dice el ejército que no puede controlar a la multitud. — afirmará una Aurelia, despeinada, con las uñas rotas y herida de muerte, que en sus últimos momentos se arrodillará en un postrero gesto de adoración a la escultura.

        Es la guerra — dirá Arín Puspín con una sonrisa— Un movimiento colosal de todas las cosas que tiende a un nuevo orden. Ya nada será como antes. Su objetivo de trasladar la pieza, será imposible.

Vibrará la oficina y de la escultura manará sangre, escurriendo hasta la calle y uniéndose a las heridas de los fieles; se escucharán gritos en las escaleras y la multitud abrirá la puerta con un aullido de júbilo, mientras Arkadin y Arín Puspín, procurando la paz, saltarán por la ventana olvidando que se encuentran en un décimo piso, pero ambos flotarán en el aire de la tarde, en las nubes bajas y flotarán y flotarán sobre la guerra y la muerte y con una sensación de serena euforia, verán abajo a las personas y a las cosas como pequeñas hormigas.

Reventarán las ventanas de la oficina y la multitud devorará a la escultura que se transformará en una sustancia leve y carnosa, la que reproducirá al instante cada parte que le quiten y sus fieles descontrolados, comerán trozo a trozo y al tragar su carne, se convertirán en cucarachas tornasoles, brillantes y furiosas que morirán lánguidamente no sin antes morder a los demás y convertir la humanidad en un gran cucarachero suicida, hasta que los edificios y los cadáveres sean desguazados por el tiempo, el abandono y el olvido.

Arkadin y Arín Puspín sentirán que el viento de la noche embolsa sus trajes y en vez de caer planearán hacia el sur, se extenderán por encima de las hogueras y de los crecientes muertos, sintiendo un júbilo desconocido y en las calles incendiarán casas, automóviles, animales y toda la civilización, entonando cánticos agoreros de un futuro celeste.

El escultor y el empresario seguirán flotando y viajarán a un lado y al otro empujados por las brisas y se unirán con los seres invisibles que pueblan las capas de la atmósfera y con ellos tendrán hijos, mientras en la tierra se abrirán agujeros negros y los sobrevivientes de la guerra se transformarán en ratas y en alimañas.

Pasarán los años, vendrán los alados nietos de Arín Puspín y Arkadin, hasta que una tarde, en el filo del fin de los tiempos, sus vuelos los devolverán al sitio donde había estado la oficina y en el que la escultura se habrá convertido en una enorme planta carnívora, quizá lo único vivo en el planeta, y allí, en el punto exacto en que se arrojaran por la ventana aquel día lejano, cuando buscaran la paz en medio de la guerra, perderán su condición de alados y se estrellarán contra el suelo.

Los últimos que morirán en un mundo de muertos.

 

Ricardo Iribarren

 

Registro Nacional de Derecho de Autor Nº  1—2009—9030

 

 

 

 

 

Vacilón

 

© Ricardo Iribarren

 

1

No importa si el párvulo dispuesto a arrojar la pelota contra los vidrios, odia a la dueña de casa, detesta a sus hijos o sigue un impulso atávico, incontrolable que lo lleva a lanzar el feroz balón contra la enorme ventana, procurando destrozarla, fragmentarla, convertirla en añicos; sobreviene el puntapié y la pelota describe una veloz trayectoria elíptica, trazando una certera y rápida parábola ; la física clásica hablaría del encuentro de dos cuerpos; de la fuerza a que actúa sobre el punto de apoyo b, produciendo el choque, la reacción, el impacto; pero con la misma rapidez de la trayectoria, una silueta se dibuja en el aire de la tarde, cargado de brisas azules y olor a magnolias y repele el balón antes que el vidrio inmaculado, destellante por las largas horas que el ama de casa dedicara a su aseo, se convierta en un frondoso puñado de agudas astillas, clavándose con un ansia ciega en la pared, en los marcos, en el alféizar; el muñeco gigantesco, sonriente, construido de metal, madera, nubes y humedades, de traje naranja salpicado de motas blancas, de gorro azul y una gigantesca sonrisa, recibe la pelota con el enorme zapato y la devuelve a los cielos; con una velocidad inaudita, el balón se pierde en los confines del día; el muñeco se curva entonces en una reverencia y queda inmóvil, agitando rítmicamente su pie derecho, quizá esperando otro pelota para enviarla a la estratósfera; se llama Vacilón: un robot creado para evitar que los balones de los niños destruyan los vidrios de la barriada.

 

    Señora, ¡esto es un atropello!

    ¿Qué le pasa vecina?

    He perdido la pelota de cuero que compré para mi hijo con los últimos ahorros de mi familia. Usted programó a Vacilón para que la enviara a la mierda.

    Eso es falso. Además, yo no lo programé, fue mi marido

— ¡Entonces fue su marido el que metió la pata, el que la embarró el que la cagó!.

    ¡No hable así! ¡No sea grosera ¡

    ¡Soy grosera todo lo que quiera…!

 

Y así las vecinas se lanzan una a la otra las negras y sutiles flores de la violencia desde el mediodía hasta el despuntar del crepúsculo; el resto de la vecindad trata de reconciliarlas y terminan tomando partido por una o por otra.

 

    Vacilón es perverso — afirman algunos — hace lo que le viene en gana.

 

— No tiene la culpa el chancho sino el que le da de comer — sentencian otros — Hay que reconvenirlo, regañarlo, ponerle los límites que trazan la decencia y las buenas costumbres.

 

De acuerdo con esto último, todos se dirigen a Vacilón, cuya silueta se forma, cambia o desaparece al activar los controles de una caja roja.

 

    ¿Por qué has despachado a la mierda la pelota? Comentan que  la fuerza de tu patada la envió a las inmediaciones del imperio Romano de Occidente.

 

El muñeco se encoge levemente de hombros sin dejar de sonreír; una vecina muy religiosa, se planta frente a él y recita aquellos fragmentos de las Escrituras que hablan de las armónicas relaciones entre las personas y explica que el repeler suavemente las pelotas evidenciaría el amor al prójimo; esa noche los vecinos cantan a coro, procurando que las armónicas voces relajen los complicados circuitos, los sutiles carbones, algunos de los cuales se forjaron en atanores angélicos, según comenta el fabricante mientras exhibe imágenes de seres alados que habrían intervenido en la construcción de Vacilón.

 

Toda la noche los vecinos adoctrinan al muñeco con palabras sabias y cantos embriagadores y al amanecer, cuando suponen que ya han influido en el cibernético cerebro y que los circuitos se han aquietado, colocan en sus pies una nueva pelota; antes de programar la patada, algunos se trepan a los altos oídos advirtiéndole una vez más que debe impulsarla con extrema suavidad; don Álvaro, el vecino más antiguo, a quien se le encomendó activar el control de la pierna del muñeco, pronuncia un breve discurso, mientras Vacilón mira al horizonte sin dejar de sonreír.

    Estamos en los finales del tercer milenio.  La tecnología se adueña de los hombres y las cosas. Luego de haber chupado hasta el hastío los jugos del planeta, hemos logrado que el mismo nos entregue lo esencial de su vida en forma de angélicos tecnócratas ocupados en conjurar las fuerzas opuestas de la naturaleza y del trabajo del hombre. De ellas has surgido tú, hermoso Vacilón, símbolo de los alados conocimientos infusos aplicados a lo cotidiano. Tú, encargado de rebatir   las pelotas que los pícaros niños lanzan contra las ventanas de los vecinos. Ahora te pedimos que la fuerza de tu pie se limite a devolver el balón antes de llegar a los frágiles cristales, sin dañarlo, sin arrojarlo a lugares lejanos e inconcebibles. De este modo lograremos el balance sin par de todas las energías del mundo, las inertes, las activas, las de los mundos visibles y los invisibles. ¿Estamos de acuerdo, querido muñeco?

 

Sin dejar de sonreír, Vacilón asiente con su gigantesca cabeza. Colocada la pelota junto al enorme pie, apenas lo retira como para tomar un pequeño impulso, y la patea enviándola sobre los techos de las casas, cruzando las noches y los días, perdiéndola en un cielo que se convierte a veces en   mar encrespado y que ahora grita, salta y salmodia, recibiendo el veloz balón en sus olas eternas y crispadas.

 

La segunda pelota perdida; el fracaso de la admonición y la persuasión,  hace que los vecinos vuelvan a discutir; algunos son partidarios de medidas radicales; se tiene demasiada consideración a los robots y se olvida que son sirvientes de los hombres; muchos de los presentes pierden horas de trabajo hablando en el oído del gigante sonriente para que  siga destrozando balones de fino cuero; harían falta medidas más duras; celdas de castigo; dejarlo sin comer y sin dormir.

 

Otros vecinos insisten en que no se han agotado los recursos para persuadirlo; que no se ha orado lo suficiente  a fin que el inicial espíritu angélico vuelva a descender sobre los circuitos para suavizar, amansar, convertir en blando lo rígido y finalmente lograr que los instintos se vean constreñidos por la mansedumbre filial, ya que el robot no es otra cosa que un hijo de los hombres y los ángeles que una vez lo engendraran.

 

 

2

 

 A un par de kilómetros de los lindes de la ciudad donde los vecinos procuran convencer a Vacilón para que muestre los suaves flancos de su carácter, una serpiente alta como un edificio a la que llaman Antígona, custodia los límites del tiempo; no duerme ni se alimenta y se dedica a administrar el pasado, el presente y el futuro; observa en silencio y con expresión lejana las caravanas de peregrinos que atraviesan los sutiles senderos de las horas y los días por los que marchan a las diferentes eras; a partir de Antígona, se interrumpen las autopistas, desaparecen los automóviles y los seres humanos son trasportados por bueyes, asnos y caballos; allí el hombre se asomará a su propia creación; florecerá Babilonia la grande; Tales de Mileto gritará el asombro ante las cosas; Darío el persa emitirá un aullido de triunfo y de derrota y Roma será el centro del mundo; la gente se vestirá con túnicas y sayos y las mujeres cubrirán sus cabezas.

 

 Un grupo de vecinos organiza una expedición para recuperar la primera pelota arrojada por Vacilón que ha caído en las afueras de Roma el día en que Bruto mata a César; en que sus partidarios se deshacen en llantos y  desbordan las fuentes y colman los ríos; el balón está en poder de una pareja de campesinos que lo considera un regalo de los dioses,

 

    Nosotros también somos dioses— afirman los vecinos al llegar a la humilde vivienda — Les pedimos este regalo y a cambio les daremos otros más valiosos.

 

Abren una caja con finas piezas de oro, plata, diamantes, lapislázuli y rubíes; los campesinos eligen diez prendas entre las más valiosas y a cambio entregan la pelota; al regresar  pasan junto a la serpiente Antígona que en todo momento mira al este y llegan al pie de Vacilón con la pelota intacta; en ese momento, una nave espacial se detiene sobre el grupo  y dos seres con tentáculos en vez de manos y pies, muestran achicharrado, convertido en una pasa, el último balón que pateara el muñeco . Los seres   se prosternan, cubren sus cabezas con cenizas y piden disculpas como si fueran los responsables de lo ocurrido; saben que las pelotas son escasas y valiosas por la tremenda mortandad de ganado y presentan la que encontraron: un testículo arrugado, seco, agreste y terroso, luego de haber resistido la fricción de una velocidad incalculable.

 

Los vecinos la exhiben a Vacilón que continúa sonriendo en dirección de los techos de pizarra, los pararrayos y las veletas; no pierde la expresión divertida, casi infantil, cuando una anciana de aspecto angelical sube hasta su oído sirviéndose de una escalera y desde la altura profiere una lista de groserías sin nombre; tampoco se inmuta cuando un grupo de vecinos entre los que se cuenta el dueño de la pelota, llegan hasta él y frotan en las tenues mejillas los restos del balón, pintando el rostro con una fea sustancia arcillosa.

 

    ¡Llega el doctor Aurelio! — grita alguien

 

    ¡El doctor Aurelio.-…! ¡el doctor Aurelio!

 

Vistiendo una túnica de trabajo verdosa y grácil, con grandes anteojos y los cabellos despeinados, el doctor Aurelio monta una carroza adornada con plumas de rinoceronte  desde la cual saluda acompañado de siete muchachas muy bellas, ataviadas tan sólo con bikinis que apenas cubren los senos y los pubis y calzadas con gruesas y brillantes botas; los caballos que arrastran el carruaje llevan coronas, ya que según el médico, los nobles brutos serían príncipes, princesas y reyes sometidos a un sortilegio en este mundo.

 

    La energía de Vacilón está alterada — afirma con seguridad luego de revisar el muñeco y sus secretarias, sin dejar de moverse rítmicamente al compás de un Rap ultramoderno, muestran las enormes jabalinas que serán utilizadas como agujas; el doctor habla a la multitud expectante.

 

    Las agujas  tienen pequeños receptores que aportarán a Vacilón la fuerza celeste para conectarse con los lejanos astros y lograr que una partícula de ira generada en su nacimiento, no se traslade a su pie derecho. Sólo así podremos salvar las pelotas de la destrucción.

 

3

 

En tanto los peregrinos van y vienen a las distintas épocas de la historia   custodiadas por Antígona, la boa gigantesca que guarda y mantiene los minutos, las horas y los años; desde los inicios del hombre hasta la era angélica y atómica; desde los milenios a las fracciones de segundo son restaurados y archivados en la sangre de la enorme serpiente, quien decide si los viajeros deben marchar al futuro o al pasado más remoto; muchos afirman   que esta selección es un capricho de la serpiente, pero los más aseguran que sus decisiones se basan en una sabiduría que excede el pensamiento de los hombres.

 

Algunos peregrinos del siglo XIX vestidos con elegancia, cruzan el sendero de Antígona; otros, pobremente ataviados, escapan de la restauración monárquica; un grupo de hombres prehistóricos caminan descalzos dejando sus huellas en las hirvientes rocas que rodean a la serpiente, la que impasible y serena  contempla todo con ojos rasgados y profundos, mientras hombres mujeres, niños, animales y plantas atraviesan la seda exigua y levemente espinosa que mana de su cuerpo y se extiende como una rara y permeable cortina .

 

Muchos se preguntan: ¿qué hay en el cerebro de la serpiente? ¿Qué siente el extraño ofidio? Antígona está atenta a lo que ocurre tres kilómetros más allá con Vacilón y su patada a la que los vecinos tratan de conjurar.

 

4

 

— La maravilla de la acupuntura está obrando sobre los circuitos angélicos — exclama cada tanto el Doctor Aurelio frente a la multitud enfervorizada mientras señala al muñeco que no deja de sonreír; las agujas cuelgan como racimos de su nariz y sus orejas, mientras que  el resto se reparten en el pecho, el vientre, las piernas y el pubis; en las puntas, los receptores aportan  energía celeste y la distribuyen a través de los canales del Chi; la fuerza restauradora se concentra en  el perímetro del muñeco, haciendo que brille con tonos tornasoles; los vecinos no se mueven del lugar, fascinados por los destellos de Vacilón que les recuerdan los años de infancia,   los primeros amores y  una tarde en la que caminaran entre   árboles de azahar, contemplando la suave geometría de las corolas.

 

    Con este tratamiento se convertirá en un dulce muñeco y no aplicará a las pelotas la fuerza incontrolable que proviene del averno — afirma el boticario de la cuadra que aún vende medicamentos antiguos en frascos color caramelo.

    ¡Será bueno, será muy bueno como un niño bueno! — dice la anciana doña Pepa mientras la prótesis dental bailotea en su boca.

 

Es la hora de retirar las agujas; ante un toque de trompeta, las hermosas asistentes del doctor Aurelio se descalzan para trepar por el muñeco; sus delicados pies y sus hermosas manos, se aferran a la carne húmeda y tenue y al son de una música sincopada, quitan jabalina por jabalina; les basta una leve presión para que cedan y abandonen los poros de la carne casi celeste.

 

Una muchacha rubia, mostrando sus redondas nalgas, trepa hasta el pubis de Vacilón y con un gesto triunfal retira la última aguja; entonces, el cuerpo del muñeco se tiñe de una sustancia etérea, morada, con tintes verdosos; el sol de la tarde al caer sobre la eterna sonrisa, traza notas de luz que se repiten formando una melodía y el cuerpo del muñeco brilla aún más, llenando el lugar de una extraña, intensa y hermosa luz, como si se tratara de otro sol o de otra luna; los vecinos gritan de admiración.

 

    ¡Es otro Vacilón! — repiten y repiten señalando los fulgores traviesos que recorren los brazos, los zapatos; que se trepan a sus ingles y se sumen en los resplandores solemnes del pecho, el cuello y las extremidades.

 

El Doctor Aurelio está radiante; sus hermosas secretarias, calzadas otra vez con las argentinas botas, lo rodean abrazándolo.

 

    ¡El muñeco está curado! — anuncia el médico con tono triunfal y la multitud lo ovaciona,   arroja papeles, silba y  enloquece; los viajeros del tiempo que acaban de recorrer los circunvalares caminos de la serpiente Antígona, se suman a la gloriosa ovación.

 

    Ahora la prueba definitiva — el médico muestra una enorme pelota de cuero de cebú amarillo  que pasta en las laderas heladas del Monte Fuji, y tres de sus secretarias la colocan junto al pie del muñeco — Verán que su patada apenas llegará a cubrir el espacio que se tiende entre una acera y la otra.

 

 Vacilón vuelve a tomar el corto impulso llevando su pie hacia atrás.

 

Un estallido de luciérnagas.

 

Un vuelo de mariposas.

 

Con el puntapié de Vacilón, todo se detiene; el tiempo cuelga del aire de la tarde y por un momento los hombres sabrán que aquel día no tendrá crepúsculo; que no llegará la noche; los viajeros del tiempo serán arrastrados por olas negras   que invadirán las calles; los vecinos se verán unos a otros con los ojos desorbitados, las lenguas negras saliendo de las bocas y las carnes cayendo de a pedazos.

 

Pocos sabrán que la fuerte y preciosa pelota hecha del cuero del último cebú amarillo que pastara en las  laderas del Monte Fuji, habrá golpeado la cabeza de Antígona, la serpiente del tiempo, quien caerá muerta a un costado de sus sedosos senderos; que la tela tenue que surgía de su cuerpo, se habrá rasgado para siempre, haciendo estallar los días, las horas, los años, las centurias y los milenios.

 

Agonías súbitas y nubes provenientes del averno; abismos abiertos en la tarde, tragando a toda una generación; ya no tendrán sentido los logros de la historia y todo se hundirá en el súbito olvido.

 

En medio de la noche sin espacio y sin tiempo, espesa como una gelatina,   el muñeco brillará más que nunca y cuando el propio planeta se reduzca a una minúscula partícula,  seguirá incólume, con su sonrisa tendida a los vientos de la tiniebla eterna.

 

El tiempo volverá a engendrarse; regresará la vida, y otra humanidad se creará a sí misma y derivará por los peñascos del espacio y en vez de la serpiente controlando  los minutos, las horas, los días y las centurias, el enorme muñeco inmóvil y sonriente enviará con su patada a los peregrinos hacia uno y otro sendero de la historia.

 

Ricardo Iribarren

 

  Registro Nacional de Derechos de Autor Nº :1-2009-9264 — Colombia 2009

 

 

 

 

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