Autopresentación
Nací en Cuba en 1976, en pleno auge de un "socialismo" del que todavía no me he repuesto. Soy microbióloga, pero lo que me apasiona realmente es la literatura.
Desde el año 2002 resido en Palma de Mallorca, donde he creado parte de mi obra y donde llevé a cabo un sueño: el de hacer una tertulia literaria, que tiene lugar en la sede de la Fundación Arca y se titula Literarte.
Actualmente soy colaboradora del periódico El Mundo - El Día de Baleares.
© Ivis Acosta
En el tocador
¿Hay algo que cause más vergüenza que encontrarse en la puerta del baño y mirarse sabiendo que a continuación vamos a evacuar nuestras excreciones?
Es un embarazo, sobre todo si se trata de alguien del sexo opuesto y los servicios están frente a frente y justo en la entrada le encuentras y te saludan con un leve giro de cabeza y a ti te entran ganas como de justificarte y decir algo tonto como: ¡aquí, que voy a ver si echo una meada! Pero sería muy vulgar y por eso nos quedamos mirando al de enfrente con cara de absurdo hasta que damos con las narices en la puerta, que curiosamente siempre tiene su diseño, como sello de la casa, evocando los símbolos de masculinidad y feminidad, esos que por su mensaje tanta excitación provocan.
Das con las narices en la puerta, ya de espaldas al turbador inquilino del pasillo, y cuando ves tu cara reflejada en el espejo, casi siempre está roja o sonriente.
Mamá Cuba
Me evocas tantas cosas, mamá Cuba, me llenas de tristeza y de júbilo a la vez. ¿Por qué -me pregunto- eres así con tus hijos? Los traes al mundo y luego los espantas; ¿Por qué, entonces les llenas de tu savia, les imprimes tu manera de ser, si luego habrán de olvidar todo lo aprendido? Madre egoísta, dejas tu sello en todas tus criaturas, nos has dejado un hueco de ausencia que sólo se sacia volviendo a tu seno, bebiendo de tu seno. ¿Acaso nunca más podremos volver a dormir en tu regazo sin sentir que nos ahuyentas?
Nos haces creer que somos diferentes, pero cuando partimos de ti, sentimos el peso de tan grande mentira: somos unos minúsculos y extraños seres en un mundo ajeno. No somos diferentes, simplemente no somos iguales a los demás, el estar siempre contigo nos ha vuelto raros.
Te sé alimentadora de otros náufragos, pero no puedo detenerte, eres imbatible en tu empeño de crear soñadores, futuros deprimidos. Me da rabia tu manera de ser, pero no puedo dejar de reconocerme en ti, madre querida, ¿quizás cuando yo tenga hijos los críe a tu manera? No, bastantes somos ya los inadaptados.
Hace poco te vi, después de mucho, y sucedió lo que siempre sucede, al mirarte fríamente descubrí que no eres tan perfecta como te había idealizado en la distancia, pero a pesar de que no te soporto, no puedo vivir lejos de ti, eres mi esencia. Sin ti dejaría de existir, no sería lo que soy, pero no puedo estar al lado tuyo, me hace daño, me ahogas, me causas pesadillas, me haces la vida difícil, pareces advertirme que no me acerque con tus artimañas de vieja bruja.
Tú ganas, por ahora me mantendré a salvo, yo y mis hijos, pero otra cosa será cuando seas vieja: ¿quién cuidará de ti cuando envejezcas y te transformes a tu pesar en una dócil e indefensa ancianita; cuando delires con que eres una niña y tus hijos son tus padres? Para entonces yo regresaré y te perdonaré, pero no lloraré a pesar de tus lágrimas dementes, porque ya habré llorado suficiente, pero estaré a tu lado cuando mueras, Cuba querida.
Un lugar en el mundo
A veces pienso en lo difícil que es encontrar el lugar que nos corresponde en el mundo, mucho más en uno como este, tan delimitado en sectores: los carpinteros por aquí, los doctores por allá... ¿y el que no sea nada? Pues no hay sitio para un don nadie, o quizás la bodega de los don nadie, donde se los añeja sin que vean la luz hasta que sean alguien y puedan ser situados en algún compartimiento.
Una vez conocí a una mujer muy sabia, que predicaba la palabra de un dios, ella me dio una esperanza para mi búsqueda de purgatorio: sabía cuál era su lugar, un sitio invisible, lejos de la bodega y de los albañiles, y esa noche dormí en paz. Al día siguiente pensé: tengo que hacerme su amiga, debo apoderarme de su sabiduría, con ese pensamiento egoísta de quienes no tienen lugar en el mundo; acto seguido intenté llamarla por teléfono, pero el suyo siempre estaba ocupado.
Nunca más pude escuchar aquella voz serena, y me sentí frustrada, falta de sabiduría, y le escribí una carta donde decía: quiero ser tu amiga, cuando en realidad quería poner: quiero ser tu sombra y beberte la sangre; y la mandé al correo esperando su vuelta con algunas letras cargadas de consejos, pesadas y concisas letras que suponía debían abrirme los caminos para encontrar mi sitio en el Olimpo invisible de los sabios. La carta regresó a la semana, tal cual la había mandado, sin ser abierta, sin un rasguño apenas, ni por curiosidad, mi sobre dentro de otro mayor; mi dirección escrita como al descuido, pero sin ser abierta. Se me nubló la vista de llanto y de desdicha por no poder llegar a la sapiencia y así alcanzar mi lugar en el mundo.
Sobrevino entonces el despecho, como humana terrena, como escritora herida en su ego-istmo o como una aburrida camarera.
Me dije que no escribiría más, y así lo hice, no toqué más la pluma ni el teléfono para dirigirme a doña erudición. Pasaron muchos días, hasta hoy en que me siento bien, en paz con mis ancestros, y hasta he reflexionado un poco sobre lo que ha sido mi vida - esa búsqueda inquieta de una cueva en qué pasar los años, esa persecución en la que he sido un poco de cada cosa: cosmonauta, asesina, casi siempre adolescente, y sonreí recordando a aquella mujercita que, al fin y al cabo no era tan sabia, porque adoraba a un Dios. Pensé en ella y sonreí diciéndome que quizás no era tan sabia, en definitiva, pero era especial, y su aura, ese reflejo inequívoco de haber encontrado su sitio, se la había granjeado ella misma, tal vez luego de serias deliberaciones o choques provechosos.
Pensé también que quizás yo había encontrado mi lugar en el mundo y aún no lo sabía, porque ya no veía en ella ni en los dioses algo supranormal, sino que mi mirada se había posado en un horizonte en cuyo rasero todo estaba al nivel de la tierra (y, de paso, a mi propio nivel): pintores, albañiles, drogadictos, la puta de la esquina. No existen ya bodegas para raros, ni seres superiores, ni mujeres tan sabias, sólo seres pasando de uno a otro pasillo: sabio, necio, necio, imbécil, sabio como líneas discontinuas o estados estacionales.
Y concluí que quizás mi lugar sea estar a una distancia determinada de esa mujer tan sabia, saber que existe y mirarme en su espejo para reconocer mis defectos e intentar cambiarlos, como vía crucis para llegar a mi lugar, a mí misma o a la idea superior de mí misma. Girar en torno a ella, equidistantes, noche-día-día-noche, saber que si algún día pasa algo habrá un oído atento, un reservorio de penas y nada más. Desde entonces el sitio dejó de preocuparme.
La cucaracha, la cucaracha...
Esta es la historia de una mujer que le temía a dos cosas en la vida: a los pelos y a las cucarachas.
Lo de las cucarachas ya lo había resuelto. Cada día rociaba los rincones de su casa con un líquido venenoso, tan potente, que eliminaba cualquier posibilidad de brote de aquel asqueroso insecto. Pero el terror que le provocaban los pelos era más difícil de combatir: estaban por doquier.
"Todas las personas tienen pelos, y casi todos los animales de compañía", calculaba espantada. Y a pesar de que ella se depilaba regularmente y no tenía animales, no podía evitar que entrasen por la ventana, o encontrarlos en cualquier lugar público. Por ese motivo vivía encerrada a cal y canto, y cuando salía a la calle, lo hacía siempre preparada para "despeluzar" todo cuanto fuese a tocar: su puesto de trabajo, el asiento del autobús, o la mesa del restaurante donde comiese.
El único sitio donde no necesitaba sacar sus instrumentos de limpieza era el bar de la esquina de la agencia donde trabajaba; el mozo, tan atento, ya la conocía, y en cuanto ella entraba le limpiaba a fondo una mesa, para que pudiera sentarse confiada. "Aquí si vale la pena venir a tomarse un café" - decía siempre al camarero. Pero en los demás lugares no, en los otros tenía que sacar su equipo: un par de guantes desechables, servilletas y el alcohol de noventa grados que compraba al por mayor en un almacén de medicamentos. "Hay qué ver qué caro me sale el vicio" - decía a Rita, su compañera de trabajo y única amiga, mientras desinfectaba la ventanilla a través de la cual atendía a los clientes. "Estos hombres con pelos hasta en las manos me ponen histérica" - protestaba, mientras frotaba con la servilleta empapada en el alcohol, que luego tiraba, con guantes y todo, a la basura.
Precisamente Rita fue quien le salvó la vida aquel mediodía en que almorzaban juntas en el café de la esquina, ése tan limpio al que daba gusto ir, cuando le sucedió el episodio del pelo en la sopa. Discutían animadamente cuando, sin más acá ni más allá, comenzó a convulsionar. Su amiga pensó que sufría un ataque, y al instante llamó a una ambulancia.
Todavía le ardían las mejillas al recordar los sendos bofetones que aquel enfermero robusto le había propinado. Y aunque los médicos de urgencias no la dejaron ingresada porque, según ellos, no lo merecía, ella se pasó la semana subsiguiente "debatiéndose entre la vida y la muerte, sin poder probar bocado", tal y como contaba a quienes quisieran escucharla.
Al infeliz restaurante jamás volvió, y no le bastó con no ir, sino que realizó una campaña entre sus clientes y los vecinos del lugar, para que dejasen de frecuentarlo. No obstante, para su desdicha, la gente era menos escrupulosa de lo que ella creía, e hizo caso omiso de su consejo. "¡Bah, que se enfermen ellos, pero lo que soy yo, no pongo un pie ahí en mi vida!"
Lo que más le costaba era mantenerse depilada, como único se sentía a gusto. Cada tres días - tiempo que demoraban sus cabellos en aflorar - a la hora del baño repetía su ritual: mientras llenaba la bañera, retocaba su calvicie con una navaja de barbero. Lo de afeitarse con una navaja lo había sacado de una película; tanto le gustó el estilo del barbero que decidió copiarlo, y, aunque al principio le costaba no cortarse, cada vez le resultaba más fácil, incluso lo hacía en tres pasos. Cuando estaba absolutamente rapada, pasaba a arrancarse las incipientes cejas con cera caliente - ahí se divertía de lo lindo, haciéndole muecas al espejo con los parches de colores sobre los ojos, y cuando se los arrancaba de un tirón, sentía verdadero placer -.
Luego le tocaba el turno a las pestañas. Como el proceso de extraérselas era demasiado doloroso, había optado por recortárselas y ponerse en su lugar unas postizas. Cuando se encontraba limpia del cuello para arriba, se sentaba en el borde de la bañera, introduciendo hasta los muslos, y procedía a segar, máquina en mano, los minúsculos cañones de sus piernas y de sus partes pudendas. Con un gesto de asco los miraba desprenderse de la hoja de afeitar y caer al agua: eran como bichitos pequeños, hormiguitas. Pero ni siquiera con ese aspecto inofensivo lograban engañarla: eran terribles.
Continuaba su liturgia eliminando los vellos más difíciles, esos que se escondían en los recovecos de su cuerpo, con una crema especial que había adquirido en un Sex Shop. Una vez culminado el proceso y cuidando de no tocar el agua sucia con las piernas, halaba desde afuera el tapón y dejaba irse la contaminación, barriendo con la ducha los restos que pudiesen quedar. Entonces, y sólo entonces, se bañaba.
Usaba una peluca rubia y lacia, muy natural, por eso nadie en su trabajo sospechaba de su calvicie. Y a pesar de que los falsos cabellos le rozaban el cuello constantemente, no sentía asco de ellos, pues eran eso: falsos. Lo que más le espantaba de los pelos no eran ellos por sí mismos, sino lo que podían esconder, millones de microbios, caspa, grasa, en fin, todas esas inmundicias que exudaban los humanos, y que ella lograba mantener a raya, gracias a su cuidadosa higiene.
Siempre pensó que se quedaría sola, era tal la repugnancia que le provocaban los varones con sus bigotes y cuerpos de peluche, que sabía de antemano que no soportaría aquello. Pero un día, mientras trabajaba, conoció al hombre más hermoso que había visto en su vida, todo un tipazo, con el único defecto - para el mundo - de ser absolutamente calvo. Fue amor a primera vista. Él se acercó a su ventanilla y le preguntó cualquier cosa. Ella contestó algo intrascendente, pero esbozando su mejor sonrisa, que él correspondió invitándola a salir. La chica aceptó, emocionada, aunque por fuera intentase disimular su contento
Aquella noche tuvo por fin su primera cita, su primer coito, y su primer orgasmo. El calvo era tan guapo que, de solo mirarlo, le daban taquicardias. Él, por su parte, estaba complacido, pues desde que perdió el cabello casi ninguna mujer - y mucho menos tan hermosa como ésta - se había fijado en él.
Puede decirse que entre ellos existió desde el primer instante una química forzada: dadas las circunstancias, se aferraron mutuamente con desesperación de náufragos, aunque ninguno de los dos sabía por qué. La primera noche, sin embargo, él se decepcionó cuando en mitad del acto sexual, y en un arranque de brutalidad la agarró por el pelo y vio asombrado cómo se le desprendía el cuero cabelludo, que lanzó al aire asustado, como si de un bicho se tratase. Ella, sin saber dónde esconderse, se cubrió rápidamente la cabeza con las manos, mientras se acurrucaba en un rincón de la cama, el cuerpo cubierto por piernas y brazos, pidiéndole, entre sollozos, que le devolviese su peluca. Entonces reaccionó, y rápidamente le entregó la melena, deshaciéndose en disculpas por su torpeza. La joven extendió una mano, tomó con avidez el preciado disfraz, y se lo colocó de un tirón, pero continuó en su posición fetal hasta que él, suavemente, le pidió que le mostrase su aspecto verdadero. Tanto insistió que, poco a poco, fue sacando la cara de entre los brazos, hasta dejarla al descubierto. Entonces la despojó de los falsos cabellos, con cautela, y la observó un instante - eterno para ella - a la luz de las velas. La verdad era que, calva y todo, era preciosa, pensó al ver aquella beldad que lo miraba con ojos gachos, como un perrito pidiendo perdón.
Nunca antes había experimentado esa sensación, a medio camino entre la lástima y la ternura, pero lo cierto es que en aquel momento se quedó sin habla, y a lo único que atinó fue a besar la brillante testa una y otra vez, primero con delicadeza, luego con pasión, como si a través de los besos se le fuese limpiando el alma.
Sus emociones, por años contenidas, afloraron en forma de lágrimas. Un llanto sin motivo aparente, que ella aplacó con instinto maternal, susurrándole palabras de consuelo. Le decía: "mi vida, mi amor, ya pasó", en tanto él se acurrucó en su regazo como un niño abandonado, antes de poseerla con tal furia, que los gritos de ambos se escucharon en todo el vecindario.
A la segunda semana ya vivían juntos, ella le pidió que se quedase en su casa, había encontrado al hombre de su vida, y no lo dejaría escapar tan fácilmente. Con el tiempo y el amor se fueron espantando, de a poco, sus temores: ya no envenenaba cada día los rincones de la casa como una demente, sino de vez en cuando, porque el tiempo no le alcanzaba, ajetreada como estaba descubriendo los entresijos de su sexo.
Siguiendo el consejo de su calvo, quien no podía soportar el bochornoso agosto "encerrado entre aquellas cuatro paredes" decidió abrir las ventanas al mundo exterior. Primero las abrió con recato, interponiendo entre el aire exterior y aquel santuario, una tela metálica que le servía de protección. Pero de esta manera no lograba aplacar el tórrido verano, y en vistas de que continuaban los malos humores de su marido, los despertares sofocados en medio de la noche y las miradas de reproche, resolvió abrirlas de par en par, segura -pues se lo había hecho prometer- de que si se colaba alguna cucaracha voladora o un cabello, ahí estaría él para socorrerla.
Aquella ventana abierta delante de sus ojos al amanecer era la causa de sus cada vez más frecuentes pesadillas. En la más recurrente ella entraba en un local aparentemente normal, que luego se transformaba en una peluquería donde quedaba presa, rodeada por miles y miles de cabellos que lo abarcaban todo, menos un sillón, que se alzaba cual isla salvadora. Ahí quedaba atrapada dando vueltas delante de los espejos, por los siglos de los siglos. Cada vez que despertaba de ese horrible sueño se sentía vieja y cansada, e iba directamente a darse un baño, por si acaso.
Él aceptó sus aversiones sin darles demasiada importancia, era tal la pasión que le despertaba aquella hermosa y rara mujer, que todas sus manías le parecían encantadoras muestras de su gran personalidad. Si en alguna ocasión sus excesos llegaban a abrumarle, la avalancha de besos y caricias que recibía luego le bastaba para perdonarla.
Había transcurrido un año de feliz convivencia cuando sucedió que una noche, mientras dormían desnudos como solían estar bajo las sábanas, ella, que tenía el sueño tan ligero como un suspiro, escuchó un sonido inconfundible y aterrador. Se cubrió la cabeza con la sábana, porque ya sabía de que se trataba: por la ventana abierta había entrado volando una cucaracha. ¿Cómo no reconocer el sonido espantoso de su aletear? ¿Qué hacer ante tal situación?
El calvo dormía a su lado, tan profundamente que sus ronquidos daban envidia al mismo Morfeo. Ella sabía que no le gustaba que lo despertasen, se ponía de mal humor, pero tampoco podía dejar que aquel insecto asqueroso penetrase en su morada como si tal cosa. Ya comenzaba a escocerle la rodilla, luego se llenaría de ronchas y de colorados, y ni siquiera quería imaginarse qué podría estar haciendo aquel bicho en su cuarto, por dónde estaría pasando, contaminando todo a su paso. A ese ritmo iba a tener que lavar todo el mobiliario, cambiar las sábanas, qué horror, por no pensar que pudiera colarse en la cama, eso ni muerta, no podía tolerarlo. Se llenó de valor y lo despertó:
- Mi vida, mi amor... despiértate.
- Dime mujer, es tarde ¿qué quieres?
- Es que entró una cucaracha por la ventana.
- ¿Y qué?
- ¿Cómo que y qué? - ya no pudo contenerse - ¡pues que la mates! - y encendió la luz, inclemente.
- ¡¿Cómo?! - dijo él, sentándose de un tirón. Pero ella lo miró con sus grandes ojos, que lo llevaban a complacer todos sus caprichos. - Bueno, está bien ¿dónde está?
- No sé, yo me voy y no regreso hasta que no la hayas matado.
Y lo dejó solo en medio de la habitación, con un sueño de mil demonios y una tarea que cumplir: matar a la cucaracha invasora. Se levantó y tomó la pantufla de ella, pero reflexionó, sabía que si lo hacía, su mujer no volvería a ponérsela.
Entonces optó por sus zapatos, un poco más pesados, así no escaparía con vida el maldito animal.
Se sentó en la cama a observar el panorama, no veía nada. Comenzó por mover ésta hacia adelante, ni una señal. La pesada cómoda fue lo segundo, pero igualmente fracasó. Quitó las sábanas, y las enrolló encima del colchón, por si acaso se había metido debajo - quien lo viera lo confundiría con un policía ejecutando una orden de registro.
Ya comenzaba a tomarle el gusto a la "operación cucaracha", siempre había querido tener algún motivo para desorganizar aquella habitación primorosa, sin que viniese su mujer a regañarle. Con una linterna alumbró la parte trasera del armario, donde no cabía ni un palo de escoba, y justo ahí, en medio de la planicie, pudo percibir un bulto: ahí estaba.
Mientras tanto ella vociferaba desde el baño, adonde había ido a encerrarse, si ya la había encontrado, sin importarle para nada que fueran las dos de la mañana. Después de darle el parte sobre el estado de la situación se dispuso a hacer acopio de toda su potencia para tratar de mover el pesado armario él solo, sabía de antemano que con el apoyo de su mujer no podría contar. "¡Y uno, y dos, y tres!". Haciendo un esfuerzo sobrehumano logró ganar cinco centímetros, "al menos el palo de la escoba pasará", se dijo, mientras se apartaba el sudor que ya le bajaba por la frente.
Pero la cucaracha, además de fea, había resultado astuta, y al sentir el movimiento había salido volando hacia el techo ¡después de la fuerza que había tenido que hacer! Indignado, no aguantó el desafío y lanzó un zapato hacia el aire sin pensarlo dos veces, pero falló, y el insecto continuaba inmutable, parecía burlarse de él. Entonces, para sacarlo realmente de su sano juicio, la voz desde el baño: "¿ya la mataste querido?", como si él no estuviese haciendo todo lo posible, total ¿qué le importaba a él dormir en la misma habitación con una infeliz cucaracha? Ya estaba de mal humor.
"Ya va, mi vida" - contaba hasta diez y respiraba profundo antes de contestarle. Lanzó tres zapatazos más, el sonido iba a despertar a todo el vecindario, para colmo, el dichoso insecto se había colado por debajo de la puerta del armario de los libros, que estaba empotrado en la pared. El hombre se dio por vencido: a esa hora no se iba a poner a sacar uno por uno los libros. Entonces tuvo una idea salvadora: si ponía un periódico debajo de la puerta, no podría salir, y ya no iba a molestar más, y así lo hizo, pero antes, para despistar, dio un último zapatazo, el más fuerte de todos, contra el suelo. Ella preguntó nuevamente si al fin la había cazado y sin más rodeos le dijo que sí, quería volver a dormirse cuanto antes. La voz del baño inquirió entonces si todavía estaba por ahí, pero la respuesta fue tranquilizadora: la había tirado "por donde mismo entró". La asustada fémina salió del aseo midiendo sus pasos, como si de pronto el animal se le fuera a abalanzar encima. Y comenzó el interrogatorio:
- ¿Cómo la mataste?
- Con un zapato.
- ¿Cuál?
- Mis zapatos deportivos ¿por qué?
- Bien, porque esos están viejos, los podemos desechar. ¿Y cómo la tiraste? ¿Por la ventana, dices?
- Tirándola. Ven, anda -la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí- vamos a dormir.
Ella se separó bruscamente:
- Sí, pero antes dime ¿con qué la cogiste?
- Pues con las manos, con qué va a ser.
- ¡Anjá, ya sabía yo! Pues nada de dormir, ahora tienes que desinfectarte.
- Pero mi vida, mira...
- ¡Nada de mi vida! ¡Al baño!
El lampiño no podía más de la incomodidad que tenía, aquello era ya un desafío a su tolerancia, decidió que tenía que ponerle límite a aquel capricho, y sin escuchar nada más, se acostó y se tapó hasta la nariz. Esto provocó a su mujer un soberano ataque de histeria, comenzó a dar pataletas en el suelo, a gritar y llorar desconsoladamente. Él trató de aplacarla: "pobres vecinos" - le decía - pero a ella parecía no importarle. Tras media hora, en que él no pudo conciliar el sueño, pero tampoco había desistido en la idea de lograrlo, ella seguía obstinada en su llanto que había pasado a ser más tranquilo, como un lamento de funeraria. Ya lo había amenazado con suicidarse, con prenderle fuego a la habitación, con dejarlo, pero él hizo caso omiso.
Sin embargo comenzó a preocuparse cuando, pasadas dos horas del incidente, se despertó del letargo en que por fin pudo caer y la vio, parada a los pies de la cama, mirándolo con ojos desorbitados y frenéticos. Ya era demasiado: ¿hasta dónde era capaz de llegar aquella hembra por conseguir lo que quería? Por eso la amaba tanto, por su tenacidad y fuerza de carácter.
- ¿Qué quieres que haga? - le dijo, vencido.
Ella no pronunció palabra, solamente le hizo señas de que la siguiera, y así lo hizo. Una vez en el baño, le ordenó que se quitase la ropa, y él obedeció ¿qué otra cosa podía hacer?
Se metió en la tina, siguiendo sus instrucciones y abrió la llave del agua tibia, ella lo observó bañarse sentada en el retrete, con una mirada rara, como ausente. Le indicó que se restregase fuerte con la esponja, y se restregó. Cuando terminó le pidió la toalla, que ella mantenía encima de sus piernas, pero - para su sorpresa - no se la cedió, esperó a que terminara y simplemente le dijo:
- Otra vez.
- ¡¿Qué?!
No valía la pena preguntar, así que comenzó todo una vez más, para salir de aquel purgatorio, la miraba, inquieto, pero ella bajaba la vista. Parecía como si, con su silencio lo acusara de haber cometido una falta muy grave.
Esta vez terminó más rápido, y antes de que le diera tiempo a secarse, ella le extendió una botella con un líquido incoloro, y volvió a sentarse en su trono.
- ¿Y esto qué es ahora? - preguntó, en el límite de sus fuerzas.
- Alcohol - respondió secamente - debes desinfectarte bien. - y ahora su voz adquirió un tono apacible, como cuando un médico indica un tratamiento.
Entonces comenzó a dudar de su cordura, ya no era cosa graciosa, no obstante se tiró el alcohol encima, quería acostarse de una vez, pero vaciló mientras ella avanzaba hacia sí: ¿por casualidad no tendría un fósforo en la mano? La sospecha lo tuvo dos segundos, eternos, rozando la fatalidad, cerró los ojos y no los abrió hasta sentir en su cabeza la textura suave y cálida de la toalla. Respiró aliviado, y no alcanzó a ver la cara de su mujer, que ya salía del baño como un espectro que hallase reposo.
Finalmente fue a acostarse, ella cambiaba las sábanas por otras limpísimas. Esperó pacientemente a que terminara y luego se tiró, dándole la espalda. Estaba furioso, cansado, no valía un centavo. Durmieron toda la noche separados, pero al amanecer, a la hora de enredar los pies y olvidar los problemas, él intentó pasarle una pierna por encima, como de costumbre, y ella lo apartó de tal empujón, que le hizo volver a despertarse. "Qué mujercita la mía" - pensó- "quien tiene que estar enfadado soy yo y sin embargo se han invertido los papeles, mañana lo arreglo" - y volvió a dormirse.
Al día siguiente no pudo arreglarlo, ni en los días sucesivos. Su mujer había dado comienzo a la guerra fría-caliente: por las mañanas el desayuno humeante, sabroso, le hablaba con el mismo tono de siempre, pero cuando intentaba acercársele, se escabullía, y si trataba de tocarla se transformaba en una estatua. Cuando ya no aguantó más la tortura, le inquirió:
- ¿Se puede saber qué te sucede? ¿Hasta cuándo vas a tratarme de este modo? ¿Qué te hice para que me trates así?
Ella, sin inmutarse, contestó:
- Nada.
- Te lo voy a preguntar de nuevo - respiró profundo - dime qué te pasa.
- Nada - con la misma mirada ajena.
Ese fue el detonante, la cólera que fue acumulando en los anteriores días se le subió a la cabeza. La agarró por los brazos, la zarandeó fuertemente y la lanzó contra la cama, abalanzándose sobre su cuerpo, tan rígido que no le permitía ni abrazarla.
Y sin saber lo que hacían sus manos, se desabrochó la bragueta, y ya empuñaba el miembro contra la cara de su amada, que no mostraba la menor señal de consciencia. Se lo colocó delante de la cara, y con él le golpeó las mejillas como si tocase una puerta con un aldabón, pero no obtuvo más respuesta que un cierre de pupilas y una lágrima lo devolvió a la realidad.
La imagen del espejo le asustó y se incorporó rápidamente. Volvió a llorar como sólo podía hacerlo delante de ella, sólo que esta vez su amada no lo acunó entre sus brazos, pues continuó en su actitud ausente.
Derritiéndose en llanto, se agachó a sus pies, le pidió perdón, le rogó que le explicase qué le pasaba, qué daño le había hecho. Ella, más tranquila, bajó la mirada y le dijo estas palabras, como si hubiese aprendido a hablar de carrerilla:
- Tú estás sucio. Has tocado la cucaracha. Debes desinfectarte.
- ¿Pero cómo? ¿Es que acaso no hice todo lo que me pediste?
Y ella, otra vez sin alterar su tono de voz, le explicó:
- No es suficiente, necesitas tiempo, si me quieres podrás esperar, pero por favor, no me toques hasta entonces, me haces daño.
Hubiera querido decirle que no había tocado la maldita sabandija, eso habría puesto fin a la barrera de hielo, pero sabía que comenzaría otra batalla, mucho peor, de modo que optó por la opción del tiempo. La suya era una mujer muy caprichosa, pero así y todo la deseaba tanto que prefirió esperar a perderla.
Así pasó una semana, en la que se trataron con la más cordial de las actitudes, aunque sin roce alguno, ni siquiera en la cama, a pesar de que su deseo era cada vez mayor. A la segunda semana ya su cuerpo era presa de la lujuria y soñaba con sexos húmedos y deliciosos, mientras su mujer embellecía al calor de la distancia. Ella, sin embargo, no parecía muy afectada, continuó sus rituales como siempre: el baño interminable, la limpieza de todo a su alrededor, todo igual. De vez en cuando le pesaba la conciencia cuando pensaba en su marido, tan bueno, tan paciente... pero volvía en sí cuando le imaginaba recogiendo la cucaracha con las manos. "Quién sabe cuántos microbios habrá contraído" - se preguntaba, y este pensamiento le quitaba los deseos de abrazarlo.
A la cuarta semana ya los ánimos del hombre estaban caldeados, pasó de la simple masturbación a la contemplación de películas pornográficas de manera enfermiza, ya no pensaba tanto en su mujer, sino en las otras, las que veía en poses imposibles, y en sus sueños no era el cuerpo de su amada, sino el de ellas, pero la cara no, la cara era la suya, con aquella cabeza de luna llena que lo enardecía.
Una de esas mañanas en que corría pistas, para evacuar el exceso de energías, tuvo una experiencia tan extraña como excitante: una mujer que pedía limosnas en la calle se había quedado mirándolo hasta perderlo de vista, mientras se acariciaba el pubis descaradamente. No era hermosa, más bien desagradable a la vista, llevaba el pelo largo y despeinado, sobre los ojos. Era morena, y en sus ojos pétreos se podía adivinar un misterio, un deseo, algo que nunca había encontrado en ninguna hembra.
Pasó de largo, ya lo suyo era grave - se dijo - ¡ponerse caliente con una mendiga! ¡Era el colmo! Aquella espera lo iba a hacer enloquecer.
Al llegar a la casa, encontró la misma frialdad, pero ya se estaba acostumbrando. Esperó, como los días anteriores, a que se durmiese, echó a andar su película y comenzó a acariciarse, pero pronto se dio cuenta de que no estaba pensando en aquellas mujeres de cuerpos estilizados, ni en la calva brillante de su adorada. Un rostro ajeno, una forma ilusoria, y una melena negra se erguían sobre él. Ya no aguantaba más.
La jornada siguiente se levantó más temprano, cuando aún era noche cerrada, para hacer su recorrido, se despidió cortésmente de su mujer, que se arreglaba para ir a trabajar. Al llegar al tramo de camino por donde había encontrado a la mendiga la mañana anterior, aflojó el paso, la buscó, y la encontró durmiendo en un banco, tapada con cartones. Sin pensarlo dos veces la despertó, la tomó por una mano y ella, sin hablar ni una palabra -pues era muda- lo siguió. Calculó que la casa ya estaría vacía, eran las siete y cuarto.
Subió los cuatro pisos andando, rebosaba vitalidad, y no quería tropezarse con ningún vecino en el elevador, llevaba de la mano su trofeo de caza. La idea era descabellada, pero el ardor no impedía que actuase con cierto sentido común: primero preparó la bañera con agua tibia, mientras la despojaba de sus ropas ajadas y ennegrecidas. Ella no opuso resistencia, en sus ojos se veía el mismo apetito del día anterior. La bañó con el rigor que su mujer le había aplicado la noche del incidente. Las carnes fláccidas y los senos caídos, tan diferentes de los de su amada no aplacaron el deseo que sintió por aquella bestiecilla. Cuando la montó, en la misma cama de sábanas impecables donde tantas y tantas veces hiciera el amor con su musa, gozó como un colegial acariciando, halando, frotando la larga y rizada cabellera que caía sobre su pecho. La muda emitía tales alaridos de placer que más que humanos parecían los de una gata en celo, lo cual aumentó el deleite hasta proporciones nunca antes soñadas por él. La embistió con todas las fuerzas y todo el deseo acumulado durante su cuarentena. Se vengó por todo lo que le estaba haciendo su mujer, la golpeó, la vituperó, la amordazó, y ella no pudo decir ni una palabra, sus ojos en cambio no mostraron más aquel placer, sino un ligero reproche, como el de una madre hacia un hijo que ha actuado mal. Al parecer la vida la había maltratado mucho más.
De pronto ya no le resultó excitante, fue saboreando poco a poco el patetismo de la escena. ¡Qué mujer tan horrible!, pensó. E igual que la trajo se la llevó de allí, no sin antes organizar el campo de batalla.
Mientras esperaba a su amada sonrió pensando en la ironía del hecho: la había traicionado en su casa, en su cama, y no sentía remordimientos; "bah, eso le pasa por ser tan escrupulosa" - se decía.
A su llegada la recibió con la sonrisa que llevaba toda la tarde pegada a su rostro y que le hacía parecer un muñecón de carnaval. Ella notó algo extraño, pero estaba demasiado cansada para pensar, fue directo a darse una ducha tibia, como no era su día de depilación podía bañarse rápidamente y luego descansar. Al llegar al cuarto de baño notó un olor raro, pero supuso que era la ropa de deporte de su marido. Se metió en la pila y cerró los ojos mientras el agua generosa le devolvía el aliento. Extasiada, comenzó a frotar el jabón contra la suave esponja, ya iba a cerrar la llave para enjabonarse cuando de pronto lo vio. Ahí estaba la prueba del delito: un cabello negro y enroscado justo encima de la llave del agua, ¡que ella había tocado minutos antes! Aterrorizada, dejó escapar un grito, que alarmó a su marido. La mirada de él le dijo lo demás: el rizo no estaba ahí por casualidad.
Al menos un minuto permanecieron mirándose, sin agachar la vista ni el uno, ni la otra. Un minuto al cabo del cual eran dos extraños parados frente a frente ¿o acaso ya lo eran antes? Ella comenzó a sentir que una lengua de fuego la quemaba por dentro, se volvió pesada, hubiera sido necesaria una grúa para moverla. Como en un calidoscopio, se mezclaban en su mente la visión de aquel cabello con la expresión culpable de su marido y sobre ellas, se imponía, atenazadora, la escena en la que veía a su hombre, con quien había compartido tantos momentos de intimidad, enredado en una telaraña que brotaba, como un sol, desde el centro del pubis de una mujer de cabello negro y rizado. Una visión insoportable, matizada por aquella carcajada que al principio era apenas perceptible, pero que crecía cada vez más hasta hacerla enloquecer.
- ¡Bastaaaaaaaa!
De pronto comenzó a experimentar un rápido e irreversible proceso de transformación: sus venas dejaron de ser riachuelos para convertirse en torrentes ávidos de echar por tierra cuanto se les interpusiera, el corazón le latía con toque de tambor de guerra, sus manos dejaron de obedecerle para estrenar una autonomía recién adquirida y se desprendieron a volar, dispuestas a callar al dueño de aquella carcajada abominable, de aquella burla.
Sin saber cómo sus dedos se adueñaron de la navaja de barbero y toda ella se abalanzó, con fuerza extraordinaria, sobre el asombrado lampiño, quien no atinó a nada más que protegerse la cara e intentar huir, mientras la mano armada de su calva le hería irremediablemente.
Él intentó frenar la avalancha, pero antes de que pudiese mover un músculo ya la hoja había hecho escala en su cuello, y la sangre se le fugaba a borbotones. Mientras luchaba por detener la vida que se le escapaba la miró, con la última mirada de amor que pudo prodigarle, la miró perdonándola, amándola, muriéndose. Pero ella no escuchaba más que sus propios latidos, a ritmo de tambor, la sangre hirviéndole en las venas, el sonido irresistible de la risa de aquel traidor. No podía escuchar sus súplicas, tampoco sus lamentos, ni el sonido del botiquín al caer. No vio su mirada de perdón, no quería ser perdonada, ella quería ser redimida, quería aniquilar el cuerpo corrompido, reducir a partículas miserables la superficie contaminada, vengar el agravio a que había sido expuesta, quería tantas cosas que en mitad de su acto no recordaba ya por qué la había emprendido contra aquel cuerpo... pero no buscaba el perdón.
Por eso cavó con fruición, como si cavara una tumba, y no se detuvo hasta que cesaron las carcajadas en su cabeza, entonces se quedó en el suelo, junto al cuerpo inerte de su amado, explicándole, con el mismo tono sosegado que había tenido que hacerlo porque estaba contaminado, "otra vez has vuelto a ensuciarte" - le decía.
A ratos lo llamaba: "mi vida, mi amor, mi calvo", pero al ver que no contestaba se enfurecía, lo sacudía contra el suelo, para volver a abrazarlo luego, y acunarlo entre sus brazos ensangrentados.
Había pasado un tiempo incalculable, la noche cerrada había caído. Un sonido conocido la devolvió a la realidad. No era posible, se dijo. Era posible, y se levantó, de regreso hacia la bañera. Las vio entrar por debajo de la puerta - como dueñas y señoras de la casa - y supo que esa vez no tendría escapatoria, venían a por ella.
La nochevieja del abuelo
Aquel primero de enero mi familia era un mar de lágrimas: mi madre lloraba, mi abuela también, mis tías, primos, y hasta el perro, y yo no entendía nada.
Todo comenzó cuando dieron las doce, estábamos reunidos en casa de una de mis tías para esperar el año nuevo y, como de costumbre, éramos muchos. Todos menos uno: el patriarca.
Hacía cuatro meses que había fallecido mi abuelo, y era como una obligación llorar su ausencia, pero ¿en ese preciso instante? - mis ojos no daban crédito a lo que veían- ¿Tenía algo que ver la hora en el deseo fisiológico de llorar?
Mi cámara de vídeo personal registró todos los gestos y detalles del fenómeno, que sucedieron según este orden:
Al sonar las doce mi abuela ya tenía una lágrima en cada ojo y, protagonista del drama, no hizo nada por ocultar su dolor, en cambio avanzó decidida hasta el centro de la sala con una decisión tomada: vengar esa fiesta en pleno luto; o quizás no, quizás simplemente desease sentirse acompañada en su soledad de viuda nueva. No quedaba duda de su tristeza; esa abuela mía que no cabía ahora en un solo cuerpo, acostumbrada a andar con dos a cuestas. ¡Pobre abuelita mía! ¡Qué pequeña, qué frágil te veías sin esa protección carnal! Es que me daban deseos de llorar sólo de verte.
Pero no, yo no podía llorar, yo era la cámara, que por entonces registraba a mi madre que acababa de entrar en el cuadro, contando los segundos en conteo regresivo, mi madre que casi estaba feliz al dar las doce, que aplaudía y saltaba, y giraba a su derecha para encontrarse con la lágrima tentadora, accesible, en el ojo de su progenitora, brillante cual cristal de roca, cegadora al contacto con la luz; el rostro de mi abuela desfigurado, a punto ya de escupir esa rabia contenida bajo el disfraz del año nuevo.
Se establecía el contacto visual y ahí se contagiaba mi madre de la pegajosa angustia que poco a poco iría transformando la escena: de fiesta en funeral.
¿Qué pensaría mi madre -me preguntaba- al recibir esta orden al desorden emocional, ese llamado, esa obligación, ese compromiso, justo cuando más divertida parecía estar?
La cámara oportuna registró las variaciones en su rostro: primero cerró los ojos, se concentró, comprimidas sus alegrías al vacío, y ahí estuvo, ojos cerrados, inhalando tristeza hasta que estalló, desgarrada, exhalando todo de una única, puñetera vez.
Mientras tanto había avanzado hacia su madre, ya lágrima viva, y se abrazaban en medio del desorden de año nuevo, vida nueva.
El bloque de hielo que ahora formaban mi mamá y la suya en medio del salón era insalvable, escandaloso, y el frío que despedían helaba el retrato de la nochevieja ex-feliz. Todos estaban metidos en el congelador y no lo sabían.
El halo helado fue extendiéndose y ya eran tres los contagiados, mi tía Loren, la mayor de las hijas, había hecho contacto visual, y se llevaba la mano a la boca, y yo mientras la observaba tras la lente seca de la cámara, me preguntaba:
¿Qué pasaría por la cabeza de mi tía, boca tapada no entran moscas, al mirar aquel bloque triste en el día que empezaba el próspero año nuevo?
Algo muy confuso debía estar experimentando, pero, por si acaso, puso el automático (o el simpático) y, como quien no quiere la cosa pero sí la quiere, sacó sus lágrimas a tomar aire. Después de eso lo que hiciera poco importaba porque la misión estaba cumplida, la señal se había recibido y el mensaje transmitido con rapidez, no obstante yo dudaba, mirando mi reloj, sobre si habría sido capaz de interiorizar, en apenas diez segundos, el motivo de su llanto. Sí, seguro que sí.
Aquel incidente no sorprendía a nadie: era la muerte que sobrevolaba el salón. La muerte fresca del abuelo ¿o era una especie de sugestión?
Inenarrable reacción, y tan breve que ni la cámara lenta pudo detectar el momento del cambio, pero ocurrió. Y lo que siguió ya fue apoteósico, virulento: el escenario se transformó deprisa, las lentejuelas se dieron la vuelta y los coristas, bajo sus nuevos trajes de luto comenzaron a susurrar una letanía, un réquiem que desentonaba con la música de fondo, alegre y desfasada.
Mi cámara continuaba sumando víctimas en aquella noche rara: cuatro, cinco, ¿qué era aquello, por todos lo santos? ¿Acaso una especie de embrujo? El grupo de plañideros (algunos de mis primos y tíos también se habían sumado) se amontonaba en el centro del salón y hacía imposible ver la celebración -con serpentinas y artistas famosos incluidos- que pasaban por el canal seis. De pronto no pude más seguir filmando porque un brazo húmedo y pesado me abrazó, tirando de mí hacia el centro, al meollo lacrimal. Entonces me vi encerrada en una red de brazos y cabezas mojadas, algo así como cuando se reúne un equipo de voleibol para trazar su estrategia, pero diferente, no había tanto ambiente, o mejor dicho, sí había un ambiente... histérico.
Allí estábamos todos, los más y los menos, en ese mazacote familiar, demostrando cuánto queríamos al abuelo. Todos lo queríamos, lo queremos, de eso no cabe duda, pero yo, que siempre he sido un poco escéptica, me preguntaba: ¿era necesario tanto alarde? Miré hacia arriba, más allá de las cabezas que no me dejaban ver la luz (siempre he sido bajita) y se lo pregunté: "Abuelo ¿no crees que es suficiente?". Sí, porque ya empezaba a tener calor: aquel bloque que otrora fuera helado había comenzado a derretirse por cuenta de las lágrimas; el sudor que destilábamos todos en pleno invierno era la prueba de ello. Por eso le pedí al responsable que parara, pero mi abuelo siempre fue un poco sinvergüenza, jodedor, malicioso vaya, y no iba a cambiar después de muerto.
Yo conocía a mi abuelo, claro, cómo no iba a conocerlo después de convivir durante tres años con él; tres años en los que pude catar su caprichoso humor de tigre amaestrado, en los que supe de boca de mi abuela acerca de sus andanzas de macho con ínfulas de semental, de sus frecuentes borracheras de amargos finales, así que, de mi abuelo, que no me hicieran cuentos, que estoy casi segura de que fue él quien provocó todo aquel terremoto, porque era un jodedor, y además... porque era un abuelo cariñoso y amaba a sus nietos y a sus hijos, y del fiero boxeador que había sido en su juventud, sólo se acordaba cuando cogía alguna curda, pero por lo demás era un viejito lindo y oloroso a colonia, que siempre estaba dispuesto a sentar a alguno de sus nietos en su regazo, y que había hecho mucho para mantener unida a su numerosa familia, y pensando en esto me di cuenta de que mi lente estaba empañada, o sea que yo también me estaba contagiando de virus del abuelo, como se podría denominar a la fiebre que nos invadió aquella noche. Una fiebre líquida, de perdón y de buenos propósitos para el año que empezaba, un baño de lágrimas, un exorcismo navideño, una cadena familiar, en la que todos los que estábamos metidos (incluida mi recelosa cámara) nos sentíamos seguros y queridos, queriendo y queridos, protegidos por la luz del abuelo, más allá de las cabezas, del fin de año.
Ahora, desde el exilio, recuerdo aquel amasijo humano y caigo en la cuenta de que no ha habido otra noche igual, ni la habrá, estoy segura, somos tantos los que hemos emigrado que quizás aquel abrazo era el último, significaba algo y nosotros no lo sabíamos, pensábamos que se trataba sólo de una cadena de reacciones.
La ola
No caminaba, flotaba, ingrávida, ajena a cuanto sucedía a su alrededor, era una pluma que el viento llevaba y traía a su antojo, había quedado atrapada en su cuerpo, pero tenía unas alas enormes, enormes, que le permitían ir donde quisiera, menos cruzar el mar.
El mar. Muchas veces llegaba hasta él, pero justo en la orilla se detenía, era demasiado ancho, no podría atravesarlo, aunque quisiera. Se detenía a contemplarlo desde la arena en toda su majestuosidad, era demasiado... ancho, era apabullante.
Vivir en una isla, con el agua como vínculo o frontera, no era cosa de juego, no hay puentes al horizonte, no hay escape
Quedaba solamente surcar una y otra vez los caminos, prender una hoguera en la playa, y sentarse a esperar. Mirando el azul del océano lo comprendía todo, el azul absorbía sus ojos, o estos lo retenían, en una especie de reto, mientras más el mar era causante de sus penas, más ella lo desafiaba, pero él nunca se inmutó. Iba y venía indiferente, a veces embravecido, otras, tranquilo, como si nada sucediese.
Del otro lado del mar estaba su destino, se lo habían dicho las cartas: cruzarás el mar, pero ¿cuándo? Todas las señales le revelaban que uno de esos días sería el indicado. Por si acaso, había hecho una promesa a la diosa de las aguas, para que la favoreciese en su empeño: cada noche encendería una hoguera a la orilla de la playa, en su honor. Y así lo hizo.
Él sabía aunque pretendiera no enterarse, por más que tratase no podía ignorar la presencia de aquella muchacha, mariposa o ángel, sus desnudos pies firmemente enterrados en la arena, donde las olas no la alcanzasen, con aquella mirada impertinente, atormentadora. "Un día te voy a alcanzar" - bramaba. Ya estaba cansándose del juego.
Al principio fue divertido, pensó que era una admiradora, y actuó como siempre, indiferente. Había aprendido a convivir con las miradas indiscretas de los moradores, y hasta se divertía pensando en los amantes que iban a verter sus amores a la playa, en los poetas, que le dedicaban versos febriles. Pero esta muchacha era de cuidado, no era una simple muchacha: podía volar, o sea que tenía un pacto con Dios o con el Diablo, y sus rayos azules le generaban una inexplicable inquietud.
La voyeuse llegaba todas las tardes a la misma hora, unas veces caminando, otras desplegando sus hermosas alas nervudas, transparentes como el cuerpo de las medusas que habitaban sus profundidades, y con el mismo reflejo azul-rosáceo. Llegaba, hacía una fogata, y se paraba a esperar. Así permanecía, siempre de pie, escrutándolo incómodamente hasta que anochecía y no podía verse de él más que el reflejo de las olas, si la luna lo permitía. Sólo entonces se iba volando, para volver al día siguiente, y así sucesivamente. Ya llevaba más de tres ciclos lunares en el mismo ritual, y su paciencia había comenzado a agotarse.
Aquella tarde no era una tarde común, su patrón, el viento, había decidido soplar sobre su inmenso cuerpo, y lo obligaba a bailar al compás de una música insoportable. Ya lo tenía enojado, intentaba protegerse de las ráfagas hirientes con remolinos y zarpazos, pero no conseguía aliviarse, bastaba que bajase la guardia en alguno de sus baluartes para sentir cada vez más intenso el azote del látigo invisible de su amo. Se retorcía de dolor, le imploraba con lágrimas saladas, pero era inútil, el viento soplaba colérico, despidiendo trombas punzantes que se le encajaban como aguijones. Cuando su señor estaba de mal humor, era mejor no provocarlo, porque a las rachas podían seguir los rayos, truenos, y sus peores enemigos, los granizos. Ante tal situación le quedaba el único recurso de esperar, paciente y sumiso, el fin de la tempestad.
Y aquel bicho raro estaba ahí, como una estaca, exhibiendo su odiosa transparencia, culpándolo ¿de qué? No estaba para ella, ¡quítate de mi vista, asquerosa cucaracha blanca! ¿No ves que me siento mal? ¿Qué miras? ¿Qué quieres de mí? ¡Contesta! ¿Hasta cuándo vas a seguir con ese juego? ¡¡Bastaaaaaa!!
El ángel soportó impávido la embestida de la ola. Nunca antes en el pueblo se había visto una de tal alcance, arrastró consigo sombrillas, camastros, sillas, y hasta una barca, firmemente encallada en la arena. Pero al ángel no. Resistió sin inmutarse, sin pestañear apenas, con sus insondables ojos abiertos hacia el mar, lo miró por dentro, no era tan feo, con sus burbujas de colores, sus reflejos tornasolados. Llevaba más de dos meses asistiendo a su silencioso ritual, pero hasta entonces no había percibido la belleza que se escondía debajo de las olas.
Habían pasado tres lunas llenas, bajo las cuales había tenido que soportar la mirada insistente de aquella rara especie. Aquel anochecer, luego de propinarle un merecido castigo por su tozudez, comenzó a sentirse mal, cada vez más mal, el agua se le helaba, no podía moverse, todo él era una masa de agua congelada, un bloque de hielo. Sentía pena por la pobre criatura, en medio de la noche podía vislumbrar su alada silueta, en el mismo lugar donde había estado durante todo ese tiempo. Hasta ese momento no reconoció que estaba acostumbrado a su presencia.
La fogata estaba apagada, no soportó el embate de la ola. Era de noche, y la tormenta había pasado, el ángel, con sus alas mojadas, comenzó a caminar. Si no podía llegar a la otra orilla, al menos viviría bajo el mar.
TRAS LA PUERTA
Terminó de bañarse con la última estrofa de la canción que se le había pegado aquella tarde. Comenzó a secarse lentamente: el cabello, los brazos cuando la asaltó una duda: ¡Pero no, no puede ser! ¿En qué cabeza cabe? Solamente en la suya, retorcida como rama de árbol seco.
Era imposible, concluyó. No obstante aceleró el procedimiento: los pies, el cepillo, la pasta dental, casi estaba terminando de cepillarse los dientes cuando se miró al espejo: "simplemente estás loca"- se dijo, y sonrió incrédula. "¿Cómo se te ocurre pensar en cosa semejante?"
Unos pocos metros la separaban del cuarto; y la simple hoja de una puerta para entrar en cualquier momento. Podía tocar antes, para no tropezar con imprevistos o, de lo contrario - si se atrevía - abrirla y entrar como si nada, con naturalidad, como una turista japonesa. Luego, si no le gustaba el panorama, salir y punto. Lo peor ya habría pasado.
Mientras vacilaba de ésta manera, continuaba mirándose al espejo: se gustaba de veras "no estás nada mal ¿verdad?" "no eres de portada de revista, pero tampoco de caricaturas"
Todo eso estaba perfecto pero regresando al tema que la preocupaba: ¿qué haría? ¿Deseaba traspasar el umbral de la puerta, o no?
Suponiendo que su sospecha fuera fundada tendría dos reacciones probables: una - la más convencional - cerrarla de inmediato, por pudor, y luego mandarlo todo a la mierda, de una forma elegante y sin perder la clase, tal y como recomienda el manual de buenas costumbres para futuras señoritas reprimidas.
La otra reacción conllevaba ya un despliegue de histrionismo: buen tono de voz - sin temblores inoportunos - y una adecuada carga emotiva en cada una de las frases. Si ese era el camino, irrumpiría bruscamente en la habitación, derribando adornos y dispuesta a cualquier cosa Pero no lograba imaginarse a sí misma en esa posición de mosquetera, decididamente no iba con su estilo. "Pero si toca, toca. ¡Ay Dios, pon las palabras en mi boca!"
Pensándolo mejor llegó a la conclusión de que le quedaba una tercera opción: entrar a hurtadillas y decir que iba en son de paz, y, tal vez disfrutar del espectáculo; quien sabe si también el valor le alcanzara para formar parte. Después de todo ¡eso pasa en las mejores familias!
Pensándolo bien descubrió que no sentía incomodidad alguna. Por más que escarbara no lograría encontrar malestar. "Es gente muy querida" -pensó - "¿dónde está la delgada frontera entre amor y amistad?" "¿Quién sabe dónde está el límite?" "Acaso la amistad no será el amor disfrazado?"
"No existe malestar" - concluyó - y dicho esto abrió la puerta de la habitación, decidida a encontrar una respuesta.
Persecución
¡Que me pase eso a mí, con lo viejo que yo estoy pa´ esa gracia! No es fácil, no es nada fácil, vaya ¡eso es moral! ¿Tú sabes lo que es cogerle miedo a una jeva? Y a una jevita como esa, tan linda, tan arregladita... ¡Chico cuando yo lo digo, yo debo ser medio maricón!
La jevita se puso pa mí, fíjate pa mí, pal flaco, y yo mareao, pensando en películas de terror, en Drácula y esas cosas ¡No si yo lo que debería es ir ahora mismo y hacerme el jaraquiri ese que se hacen los japoneses, chico, por comemierda!
Y estaba rica, consorte, ahí, parada en la esquina de 23 y 12 esperando su botella - como quien no quiere las cosas - pero todos los tipos tenían que meterse con ella, no había hombre (hombre de verdad) que no la mirara, porque era, no sé, vaya, un ángel, asere - o una diabla, como pensé después -. Traía puesto na´más que un vestidito blanco cortico, así fresquita, rozagante, acabada de salir de un anuncio de revista, vaya ¡increíble! Una jevita de esas que tú las ves y dices: "Na, esto no es pa mí" ¡Un manjar de dioses, chico!
¡Qué muñeca, consorte, qué muñeca! Me echó una mirada...¡y tenía un par de ojos claros! ¿o eran las luces de los anuncios? No sé chico, pero tenía unos clase de ojos que eran, vaya, dos luceros. Y ese pelo, largo así por la cintura, y rizado, parecía de esas indias de las películas de Hawai, lo único que le faltaba era la sayita con las tetas al aire y el collar de caracoles. Y una figurita, que pa qué, vaya, modelo, modelo ¡una cinturita de avispa! Y unas piernotas, y unos muslotes de esos que si te cogen te ahogan, vaya. Y ella ahí, en el semáforo, pidiendo botella, haciéndose la que no sabía que tenía alborotados a todos los tipos, ¡con una carita de inocente, que había que verla! Yo me le acerqué, pero yo no soy de esos tipos que dicen piropos - yo sé que a las jevas no les gusta que les digan piropos - yo, "el flaco", haciéndome el interesante, el riquísimo vaya, caminando como si la calle fuera mía, parecía como si de un momento a otro me le fuera a acercar y decirle: - Oye mami ¿tú ves todo esto que está aquí? Pues todo es mío... me hubiera gustado poderle decir eso, pero ya tú ves, yo soy un flaco en carne, mi socio, pero soy "el flaco en la Habana" ¡Ni na ni na!
Yo pasé... ¡y la muy cabrona se me quedó mirando! Yo dije: "¡Ay chiquita, te sa-las-te!" Pero na, seguí caminado, porque uno tiene su orgullo ¿no? Y como te dije, no me gustan los piropos. Pero le rogué a Yemayá, mi santa patrona, que cuando mirara pa´ atrás ella estuviera mirando. Y cuando miré: ¡Ay Dios mío! No solamente estaba mirando, sino que venía detrás de mí. Yo dije: ¡coño Yemayá, apretaste! Y hasta me asusté, vaya, porque que una jeva así le caiga atrás a uno, eso no se da todos los días. Pero seguí, pa´ ver qué iba a hacer la niña. Cuando estaba por el cine 23 y 12 ya tenía picazón, y volví a mirar... ¡¡¡Oye chico y tú puedes creer que todavía venía detrás de mí, la muy condenada!!! Hice como que leía la cartelera, pa´ ver si se me adelantaba ¡sí porque yo soy un hombre, y a mí eso de que me vacilen por atrás nunca me ha gustado! Pero ¡na!, la jeva aflojó el paso, y tuve que seguir ca-mi-nan-do - no me quedó otro remedio -. Y ella ahí... detrás de mí, ¡coño si me sentía los ojos clava´os en la nuca! ¡Oye, eso no es fácil, te lo digo yo! ¡Qué situación más in-có-mo-da! Vaya como si no se te parara delante de una jeva que te gusta mucho.
De pronto no me dio tanta gracia, porque eso no se le hace a un hombre, eso es cogerlo desprevenido. Y yo seguía ahí, caminando, y todos los tipos tenían que virarse a mirarla, yo que iba delante, oía los comentarios: "¡Oye asere, mira que bombón viene por ahí, consorte!" Ya estaba acomplejado, si la jeva estaba pa´ mí no me gustaba que me la estuvieran vacilando los tiburones.
Entonces llegué al entronque por donde me desvío pa´ ir pa´ la casa, yo dije, déjame echar un último lookin´ porque seguro la jevita sigue por 23, vaya era lo más lógico, y miré pa´trá, y ella como si nada, mirando las margaritas, los jardines, qué sé yo, haciéndose la boba ¡con lo buena que estaba! Me dieron ganas de despertarla de una buena zarandeá ¡pa´ que se enterara de que con los hombres no se juega!
Pero no miró chico, y yo creo que lo hizo a propósito, sí porque era un poquito jodedora, y ná, dije pal carajo, se acabó el jueguito, estaba divertido pero ya se acabó, la pendeja esta no me va a sacar a mí de mis casillas, a mí, "al flaco", ¡si no quiere mirar pues no nos despedimos y ya! Pero ¿tú puedes creer que la muy zorra cogió por donde mismo yo iba? ¡Ño acere, qué en-car-ne! Yo dije: "Seguro que es una loca, de esas que les gusta que se la tiemple un desconocido, o peor, una asesina en serie". Me empecé a preocupar - mira que la calle no está buena y hay que cuidarse... que uno está malo y to´, pero de vez en cuando se me pega algo... y además está la chama, que no vive conmigo pero yo la mantengo, y a esa hora me acordé hasta de mi mamá, y de la comida que me estaba esperando calentica en la casa, vaya una cosa increíble, en esos momentos uno piensa en ca´cosa... Apreté el paso y doblé en la esquina ¡Coño chico y la jeva me cayó atrás! Ya no me importaba si era Claudia Schiffer ni Cindy Crawford, ni que viniera de Hawai ni na´, lo único que quería era que me dejara en paz, ¡compadre qué clase de veta me estaba sacando la nena aquella! Oye, hay que estar ahí pa´ saber lo que se siente ¡No-es-fá-cil!
Ya no podía aguantar más la curiosidad y la miré, en los ojos, en los mismos ojazos que antes me habían parecido dos luceros, oye chico y parecían los mismos ojos de Satanás, dos bolas de candela - de horror y misterio - y las greñas sueltas esas parecían las de los fantasmas de las películas que cuando se ponen así a contraluz se ven pelúos - oye, de espanto - hay que estar ahí, vaya que me cagué.
Cuando doblé la otra esquina, traté de serenarme, "cálmate flaco" - me dije - "es solo una jeva ¿qué pasa?, que no se diga" Y estuve a punto de quedarme parado detrás del muro, a esperarla para ver qué rayo quería, pero entonces pensé: "y si me saca un cuchillo, o quien sabe si en el bolso lleva una pistola, o peor, a lo mejor es una vampiresa de esas que te chupan la sangre y te dejan tirado en la calle", oye, ¡qué va! Doblé esa esquina que jodía, como alma que se lleva el diablo, y dije "¡si me cae atrás en esta sí que no me salva nadie!".
Compadre: ¿y cómo te cae que el bicho raro aquel, que yo creo que volaba y todo, se abalanzó pa´arriba de mí? Y yo la vi venir a un paso cada vez más rápido, hasta que se me heló la sangre y no pude caminar más, me quedé parado, asere no podía mover ni un músculo, cuando de pronto veo a un policía, compadre, sí, un fiana, y en ese momento vi los cielos abiertos, el policía aquel me pareció el mismo Dios vestido de uniforme. Ya la "cosa" esa debía estar cerquita´e mí cuando de pronto empecé yo a gritar: "¡¡¡ Policía, auxiliooooo!!! ¡¡¡Socorro!!! ¡¡¡Ayúdame!!! ¡¡¡Me quieren violar!!! Y el policía se ha mandado a correr pa´ donde yo estaba y ha cogido a la chama aquella, y le ha dado una clase de atrabancá - le puso las esposas y to-do - y lo último que yo alcancé a ver fueron los ojones verdes de la morena que se le querían salir de las órbitas, y ella gritaba y lloraba, y ya no recuerdo más nada, pero dicen los vecinos que la jevita lloraba y decía: "¡yo no hice nada, yo no hice nada, ese hombre está loco, yo vivo en la otra cuadra!".
Compadre ¿y tú puedes creer que es verdad? La jevita es vecina mía, y yo no la conocía, compadre ¡¡qué clase´e penaaaaa!!
© Ivis Acosta
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