

Ed. Biblioteca Atlántida Barcelona1982
© Juan Planas Bennásar
PESADILLA
Pesadilla
es menguar hasta el olvido
Sobre los mármoles antiguos,
Y en sus grietas labradas por el tiempo,
Encontrar la noche y el cristal de la piedra.
Ser el hombre que a mis espaldas
Vengo siendo. Escaramuza
De ardientes corales,
Para al fin descifrar
La íntima verdad de las raíces,
Que se deshacen en arena
Y tiemblan como árboles.
APUNTE
No dan los años la medida
del sufrimiento. Un instante
atesora los siglos que otro niega.
El
alma ríe sus amores lejanos, invoca
nuevas formas hospitalarias
de mujer. Voces que rondan la idea perfecta,
la frase desnuda y vulgar, el indefinible
preludio de la sangre.
La memoria
tan sólo persiste en el asombro,
que modela el castigo de los dioses
y ofrece al hombre las imágenes de su muerte.
Retablo (II)
Por desgracia o por fortuna
la locura no es un estado
permanente. Hoy
corre la voz llovida
de no sabe quién dónde,
y hechos felices sobre la hierba
proclaman con total indiferencia,
el siniestro engaño de estar
vivos o muertos.
HOKKU
i
Muero.
El sol atenta contra la gota de lluvia:
regreso al espacio que en vida
el tiempo me hurtó.
ii
En
el bosque de agujas,
voces y silencio:
la brisa mece los pinos.
TERCETO
Parto
de la más clara lucidez
es el adiós pronunciado sobre las aguas,
sin adjetivo posible, de la soledad.
VOLUNTAD DE PODER
Monodía
el mensaje: el mensajero.
¿Qué deseas hacer?
Mátalo. Bebe su sangre: vomita
y canta.
Sigue contigo. Es tu voz.
Mátalo. Bebe su sangre: vomita
y canta.
¿Qué deseas hacer?
No lo hagas. Hazlo,
en la nunciatura del abandono
que no proclamas,
y canta, oh sí, canta.
***
Larga
agonía
de zarzas calcinadas
y esfinges,
la humedad de la piedra,
sus grutas
donde tiemblan las voces,
veredas derruidas
como ecos
o tumbas:
así es el olvido.
***
Silencio,
silencio y quietud. Rizos de glauco mar, el miedo, un ave
nocturna, la espuma, la palabra, el ojo rojo, el oro de la sangre. Es inútil
la espera, dos o tres pasos, qué decir, aquí, allá, en
el espacio detenido,
qué decir oquedad el poema, fuga de signos tras el gazapo del pánico,
dos o
tres, unos cuantos pasos más, qué decir, es inútil la espera.
El témpano en
cascada sobre ese instante de piel desnuda: el baladro que crispa los
tímpanos. El lirio. Llamas en el rompeolas del pliego. Y silencio, silencio
y quietud. Quietud en el vaivén interminable.
***
Sombras
y ámbar. Los ojos de la noche como búhos sin destino, anhelando
golpear, dirigir el camino. Pero la voz yace en el lecho sin ser fácil
la
risa. La conclusión: desencanto.
Todo enigma es privilegio. baraja de sangres, chulos y sotas. La luz:
tormenta primera. ¿ A qué, pues, la pesadilla?. Sombras y ámbar.
***
El oráculo colma el continente. La violencia es el contenido.
***
A los alucinados del trasmundo: éste. No cabe mayor ofensa.Tristeza presagio en el vino que les ofrezco. Breve es el relámpago, no por ello menor su resplandor. Ciertas flores ciegan: me contradigo. Sólo obligan las penumbras.
***
En el viejo café al desplomarse el último cliente. Aguafuego:
Perplejidad.
***
Ed. Devenir, Barcelona 1985
© Juan Planas Bennásar
No
es difícil tejer la soledad
en nuestros cuerpos, bajo la diadema
de los astros y así, rasgar los velos
de enigma para ocultarse
a las miradas,
y ceñir al sendero voces últimas
que mediten el ser en su concierto.
Enajenarse de las huellas
advirtiendo que fueron menesteres
del destino, y teas de luz, bríos
del jinete sin yegua, solitario
ultraje en su cintura, abatirse
lícito en la pasión que nos mutila.
No
es difícil tejer la soledad
al discontinuo son de la conciencia.
No es difícil morirse en este instante.
***
Llueven pétalos sobre el tocador
de noche. La luz rasga los vitrales,
acariciando las ocultas carnes,
que en desorden insinúa la seda
desprendida de las sábanas
según exige la danza.
***
Son
negros
y azules
los pétalos del pensamiento:
Tras cada metamórfosis se esconde
la muerte de alguna pasión.
***
La palabra perdida
es la palabra
escrita. Su ignorancia:
la de un exilio.
***
Ojos
volaron hasta los umbrales
de su cuerpo, y ansiaron los enigmas
frugales de la muerte, desandaron
los nombres de las cosas con infantil
promiscuidad de semidioses, fueron
a los ultramundanos asideros
del labio; y a su hechizo, silenciosa
proximidad del más allá sin vuelta
ni jactancia ni luz ni eco posible,
cuanto pudieron ofrendaron:
sólo sus sueños
breves y mórbidos. Bailó la diosa
su desnudo arrebato, fiel tumulto
que anegó en olvido su excrecencia
y agostó sus espumas y sus jugos,
agrios como la vid tan necesaria
al placer solitario de los hombres.
***
En
la pecera de aguas muertas
se iluminan las sombras:
peces de nácar ansían volar.
***
La noche penetra los rumores de la piedra.
Vuelvo a la palabra
como a tus ojos.
La luz los ilumina.
En su interior
la música
recrea
las sombras
del silencio.
¿Se esconde la luz
en el corazón de la piedra?