LA PALABRA DE SAL

 

© Jorgelina Esquius

 

Por qué insistir con la palabra
si es como sembrar semilla
en campo de sal.
La redención no llegará jamás
de ningún lado
si no desde dentro de la carne.
Hay que armarla
pedazo por pedazo,
sangre a sangre,
matanza por matanza.
Esta mutilación de la palabra
que nos desgarra en su esterilidad
de sílabas.
No es tu momento,
oh palabra,
que vendrás
después del llanto,
después de las hogueras
en que arderán
dolores y fracasos.
Entonces serás bálsamo,
aceite, paz, lámpara.
Pero ahora no.
No más palabras:
Llama en la herida
y en la llaga sal.
La palabra después de la herida
de la llaga de la llama y la sal
para lamerlas casi piadosamente
y convertirlas en soledad cicatrizada.

 

 


IMPERTINENTE ERROR EN EL BALANCE

 

© Jorgelina Esquius

 

Hoy es la eternidad y la muerte no existe
Porque yo he decidido ignorar sus leyes razonables.
Beligerante, con la tenacidad de los inmortales
Y la sacralizada pureza de la juventud,
Niego la estupidez de los despojos.
¿Qué me importan los designios falazmente inmutables
de los tiempos humanos?
Mi tiempo es otro y otra mi hechura y otra mi sustancia.
Mi cuerpo incorruptible desprecia
La voracidad acechante de los gusanos.
Puede morir todo el que quiera hacerlo,
Pero cada átomo de mi cuerpo perdurará.
Una fuerza incandescente emana de mi piel, de mis huesos
Y de la desconocida viscera donde la vida ES.
Una incesante llama recomienza cada día mi gestación
Y cada día es el primero.
Ejercerá gestos inútiles la sombra
Y la tierra abrirá en vano sus fauces rutinarias.
La inexorable contabilidad del Universo
Deberá aceptar, en la pulcritud de sus libros,
la impertinencia de un renglón en blanco:
por una vez, no cerrarán las cuentas.
Me cansé de morirme;
Ya he muerto demasiado y no reincidiré.
GRACIAS: ya estuve en el Infierno,
Y en el camino de regreso no cederé
A la tentación de volver la cabeza
Ni siquiera para mirar el rostro más amado.
He soportado todas las humillaciones y todos los dolores
Y, entre las llamas inmisericordes, mi espíritu adquirió
La luz perpetua y dura.
Las estrellas, indiferentes y deslumbradoras
en los espacios siderales,
no podrán jactarse jamás de haberme sobrevivido.
Y en un gesto de infinita compasión,
cada tres mil años,
llevaré ramilletes de violetas
a las tumbas de los que no me creyeron y cedieron, complacientes,
a la falacia de la muerte.

 

© Jorgelina Esquius - 8 de septiembre de 1995

 


 

SI MEZCLÁS LICORES, TE MORÍS


A Alejandro Dolina por infinitas
razones de afecto y gratitud


Como todas las mañanas, se levantó muy cansada: odiaba ese maldito despertador. Semidormida, permitió que sus pies la llevaran hasta el baño. Con los ojos aún cerrados, tomó el cepillo de dientes y depositó en él una excesiva cantidad de pasta dentífrica.


Se lavó los dientes y luego la cara. Con los párpados apretados, manoteó una toalla y, mientras su rostro emergía de entre los pliegues de la tela absorbente, abrió los ojos y se miró en el espejo.
Quedó bastante sorprendida: sus ojos eran marrones.


Dejó la toalla en el borde del lavabo, bajó nuevamente los párpados y sacudió con suavidad la cabeza., como para ahuyentar el último espejismo del sueño. Cuando volvió a mirarse, sus ojos, azules durante treinta y nueve años, seguían mostrando ahora, tan campantes, el tono castaño que unos minutos antes les había visto.


Este asombroso descubrimiento, cedió, rápidamente, paso a otro mayor efectuado en el mismo instante, cuando su mirada descendió un poco en la imagen del rostro que le devolvía el espejo, de los ojos a la boca. Siempre había tenido una boca grande, de labios gruesos, que se abría en generosa sonrisa, pero que ahora había sido reemplazada por una boca pequeña, de labios un tanto finos que se alzaban en las comisuras, otorgándole a la sonrisa un aire irónico y giocondesco.

Estaba atónita. Sin embargo, pensó razonablemente " debo estar dormida todavía".

-Nenaa, el desayuno está listo -gritó una voz desde la cocina.
-Ya voy -contestó mecánicamente- y apoyó su mano en el picaporte.

En esa postura quedó inmovilizada, porque recordó con espanto que hacía años que vivía sola.

Sin decidirse a abrir la puerta, trató de ordenar un poco sus ideas: "Debe ser el cansancio por la mudanza", pensó intentando convencerse. "Seguro que es la voz de la vecina del departamento de al lado". Después de todo, los departamentos modernos, con esas paredes finitas como tabiques de papel, no favorecen la privacidad de sus ocupantes.

Resueltamente salió del baño y se dirigió a la cocina. Estaba todavía un poco preocupada, pero se sintió reconfortada al pensar que había hecho bien en vender el viejo departamento de San Cristóbal y comprar éste, más moderno, en Caballito.

Cuando entró a la cocina, lo primero que vio fue una señora de unos sesenta años que colocaba el plato de tostadas sobre la mesa preparada para desayunar. La mujer se volvió hacia ella y le recriminó en tono comprensivo:

-¡Qué cosa, Alcira!. Te quedás dos horas en el baño y después te quejás porque llegás tarde al trabajo…

Alicia quedó petrificada. Su mirada, sin comprender, iba desde la mesa con el desayuno listo, a la desconocida mujer que le hablaba con toda naturalidad. Sin recobrarse del todo, pudo al fin tartamudear:

-Discúlpeme…pe…pero…Ud…Yo…Ud…¿¡Quién es usted??… Yo …, yo…no la conozco y…y…y… además, no me llamo Alcira…

Sin inmutarse y mientras colocaba sobre la mesa, frente al lugar que debía ocupar Alicia, una taza humeante de té con leche, la mujer se volvió hacia ella y con una sonrisa condescendiente, respondió:

-Muy bien; no sé si te levantaste con ganas de bromear o es sólo el efecto de todo lo que tomaron anoche para festejar tu mudanza… Yo soy, desde el once de agosto de mil novecientos cincuenta y cinco, Elena, tu mamá. Y te llamás Alcira porque ése era el nombre de tu abuela…¿Conforme?… Ahora sentáte ahí y tomá el desayuno, porque se te va a hacer más tarde que nunca…

Sin saber muy bien por qué, Alicia se sentó sin apartar los ojos de la mujer.. Estaba completamente aturdida. Aspiró profundamente, juntó fuerzas, y replicó:

-Ud. disculpe, señora, pero mi nombre es Alicia y mi mamá se llamaba Juliana y nunca tuve una abuela que se llamara Alcira… Me mudé hace tres días y no sé quién es usted…

Elena, mientras se acomodaba en la silla, la miró preocupada:

-¡Ay, nena! -exclamó- , si esto es una broma, no me parece graciosa. Toda la vida vivimos juntas, y desde que naciste, te llamás Alcira…¿Qué te pasa, querida?…¿Te sentís mal?…

Alicia percibió el tono de sincera preocupación de la mujer. Se sentía muy cansada, no tenía fuerzas para explicarle que…¿Qué le iba a explicar? ¿Qué podía explicarle?, si tampoco ella comprendía qué estaba ocurriendo. Sorbió un trago de té con leche y vio, escurriéndose sobre la mesada de la cocina, los vasos y platos que habían usado la noche anterior cuando, con un grupo de amigas, celebraron su mudanza al nuevo departamento de Caballito.

-¿Quién lavó todo eso? - casi gritó, como si, absurdamente, en medio de tantos interrogantes sin respuestas, esa pregunta tuviera una importancia capital.

Elena la miró, todavía con un gesto de preocupada incertidumbre en su rostro y, con voz que procuraba disimular con el tono irónico, la inquietud que la dominaba, contestó:

-¿Quién te parece que pudo haberlo hecho? …¿Perkins, quizás?

Sin ganas, Alicia sonrió. Se levantó de la mesa , fue al living, se puso el abrigo, tomó la cartera y echó una última mirada a su rostro en el espejo : allí seguían sus nuevos ojos marrones, su sonrisa pequeña de labios finos y, ahora, para completar su metamorfosis, una melena de lacios cabellos castaños había sustituido a la mata de pelo rubio que siempre había tenido.

Contuvo el aliento; abrió la puerta del departamento y, sin saber por qué le dijo "adiós" a la mujer que en la cocina estaba lavando las tazas del desayuno.

-Hasta luego, querida -le contestó cariñosamente Elena.

Mientras bajaba en el ascensor, preguntándose qué tendría que tomar para ir hasta su trabajo, que tampoco sabía muy bien dónde quedaba ni en qué consistía, inesperadamente Alicia recordó un antiquísimo libro, agotado desde hacía mucho tiempo, en el que un cronista de nombre Alejandro Dolina, había recopilado minuciosamente extrañas historias del Barrio de Flores, que involucraban también a otras barriadas, generalmente hostiles. Como una paradoja, vino a su memoria la Organización "Amigos del Olvido", con sede en Caballito, "que propugnaba la abolición del recuerdo, según dicen, porque duele" (*)

También paradójicamente, recordó que esta cofradía había descubierto, en épocas remotas, el "Licor del Olvido", al que los Hombres Sensibles de Flores trataron de contrarrestar con la destilación del "Vino del Recuerdo". Vagamente creyó rememorar que el cronista advertía acerca de los peligros de mezclar ambas pócimas, porque su entrevero era mortal…

Cuando salió del ascensor, Alicia no sólo había olvidado todo esto, sino también su nombre y el motivo por el cual se dirigía apresuradamente hacia la parada del colectivo, de modo que cambió el rumbo y caminó hacia la entrada del Subterráneo, perdiéndose en las profundidades de la tierra…

En ese mismo instante, en el barrio de San Cristóbal, una Alcira desconcertada comprobaba ante el espejo del baño del departamento al que acababan de mudarse, que sus ojos de color café, se habían tornado azules y que una mata de pelo rubio y rebelde había sustituido a su lánguida cabellera castaña.

Aterrorizada, salió corriendo del baño y gritó:

-¡Mamá, mirá, mamá! …

Pero fue en vano; nadie le respondió porque en el departamento sólo estaba ella.


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Dolina, Alejandro. Crónicas del Ángel Gris. Buenos Aires, Ediciones de la Urraca, no se indica fecha de edición. , p.45.

© Jorgelina Esquius En: De Ausencias y Regresos…

 

 

 

El Regreso

 

© Jorgelina Esquius

 

A medida que el ómnibus se acercaba a La Plata, la respiración se le hacía más dificultosa. Una angustia que subía desde sus mismas médulas iba apretando más y más su garganta. Esforzándose, tragó lentamente la saliva que se acumulaba en su boca y aspiró profundamente. La angustia no cesó, pero pudo respirar de manera más aliviada.

Había quedado con Alejandro en encontrarse en Constitución para viajar juntos, pero llegó tarde, sospechaba que intencionadamente porque sabía que este viaje tenía que realizarlo sola, como sola había hecho aquel otro, en sentido inverso, una plácida noche de octubre de hacía tantos años.

El ómnibus maniobró lentamente y estacionó con un bufido final en el andén siete. Bajó apresuradamente los dos escalones y se quedó parada en medio del andén, como dudando acerca de los próximos pasos que daría.

Salió, por fin, de la Terminal y comenzó a caminar sin apuro, como quien no va a ninguna parte, cosa que, además, era cierta: nadie la esperaba allí ni había un lugar que aguardara su presencia. Con cada paso que daba, comprendía vagamente que estaba retornando al pasado. Retrocedió dieciséis años y volvió a recorrer esas calles tranquilas en las que había vivido la felicidad y el espanto.

Mientras caminaba sobre las mismas baldosas de entonces, imperturbables e inocentes, se descubrió buscando entre los rostros que pasaban a su lado, los rostros que ya no estaban. Sus ojos se fijaban inquisidores en cada rostro desconocido, tratando de descifrar gestos antiguos en caras ignoradas; sonrisas jóvenes desdibujadas por el tiempo; miradas ávidas gastadas por interminables años.

Por un instante, el presente le abofeteó el rostro. Cruzó la Diagonal y tomó la Calle 46. El inconfundible aroma de los azahares que cubrían los viejos naranjos, la arrebató otra vez hacia aquellos remotos días en que el mundo era verde y hermoso y le pertenecía. Como entonces, grupos de chicas y muchachos iban a alguna clase en la Facultad o volvían de ella. Empezó otra vez su búsqueda insensata, Trató de convencerse de que esos rostros ajenos ocultaban bajo sus pliegues, sus sonrisas o sus miserias, los rostros que había amado y perdido para siempre. Buscaba en estos jóvenes a los que habían sido jóvenes con ella. Con una dolorosa punzada comprendió que no era allí donde podría encontrarlos. No era allí ni en ningún otro lugar del universo.

Llegó a la Calle 6 y miró temerosamente de soslayo en busca del viejo edificio de la Facultad. La mirada furtiva le confirmó el presentimiento que la había hecho detenerse en la esquina: ya no estaba allí la antigua construcción de un verde desvaído ni el amplio parque donde un cedro azul buscaba majestuoso el cielo… Una mole grisácea de cemento los había desplazado con grosera arrogancia, exhibiendo unas absurdas escaleras exteriores que conducirían a algún lugar absolutamente innecesario.

Desvió la mirada y decidió seguir por la 46 hasta 7, donde seguramente alguien habría tomado, en algún momento, la decisión de conservar intacta la antigua entrada de la Universidad..

Cuando dobló en la Avenida 7, comprobó, casi sin decepción, que lo único que perduraba era la vieja estatua de bronce verdoso de Joaquín V. González, que apoyaba en la enorme palma de su mano, la cabeza de metal enmohecido, como preguntándose, entre perplejo y apesadumbrado, qué demonios hacía él allí, sentado en su duro escaño broncíneo, rodeado de un esperpento de hormigón armado, que había reemplazado al jardín de pasto verde y brillante que durante tantos años lo había acompañado en su solitaria y silenciosa meditación…

La Plaza Rocha la esperaba con el entrecruzamiento de sus tilos y sus jacarandás. Se sentó en uno de los bancos y esperó vanamente algo que sabía que no llegaría jamás. Las sienes le latían aceleradamente y el dolor era como una lacerante llaga en el centro de su pecho. Pensó que debía ir hasta la casa en la que Federico y ella habían vivido, pero no tuvo fuerzas para hacerlo. Prefería no saber cómo estaba, quiénes la ocupaban ahora, ajenos, quizás, a lo que allí había ocurrido alguna vez…

Descubrió, sorprendida, que en la esquina, frente a ella, estaba todavía el viejo bar donde tantas veces, ante una taza de café, habían estado horas larguísimas acariciando esas utopías que les habían permitido creer que el mundo podía ser mejor y que, para lograrlo, ningún precio era demasiado alto, ni siquiera el de la propia vida…

Sin embargo, los buenos señores aseguraban ahora que las utopías habían muerto para siempre, como las ideologías… Quizás si uno se esforzaba un poco más, hasta sería posible que nunca hubieran existido. Después de todo, los que creyeron en ellas yacían en alguna tumba anónima en perdidos rincones de la patria. Ya no se trataba de que hubiera vencedores y vencidos, sino indultados y desaparecidos; no asesinatos y torturas sino puntos finales y obediencias debidas… Y un Nunca más que diez años más tarde de su publicación, los muchachos y las chicas ignoraban de qué trataba ni por qué había sido escrito, mientras la sangre de treinta mil muertos encorvaba las espaldas del dolorido y amado Ernesto Sabato, sobre el cual cada tortura y cada vida segada descargaba su peso que sumaba un año de agonía y sufrimiento a los años de este hombre al que la inmortalidad debería serle concedida como un último milagro.

Trató, como había tratado durante dieciséis años, de no pensar en la tortura. Con dolor, con sufrimiento, con laceración, había podido pensar en la muerte, pero había evitado deliberadamente, pensar en las vísperas de la muerte.

La noche iba cayendo lentamente, borrando, poco a poco, las flores lilas del jacarandá. Pagó el café, que quedó allí, en la taza, frío e inerte como había quedado su vida dieciséis años atrás.

Sin embargo, no se le había hecho tan duro el regresar como el volver a partir. Tener que irse era como morir de nuevo: allí dejaba una vida suya definitivamente irrecuperable.

Cuando caminaba de regreso hacia la Terminal, lloró como no había llorado dieciséis años antes. Entonces no sabía que se iba para siempre; entonces no sabía que miraba a Federico por última vez; que su abrazo era una despedida definitiva; que su boca ya no la volvería a besar. Se preguntó una vez más cómo su sangre no había presentido en aquel instante que una furia feroz y despiadada iba a arrebatarle para siempre sus ojos encendidos, sus labios minuciosos, sus manos protectoras.

Se sentó en el ómnibus que la llevaría otra vez a Buenos Aires y sintió que su corazón llevaba un dolor más: se había quebrado para siempre la falacia de la espera. Ahora sabía que el pasado estaba tan muerto que no era posible resucitarlo, pero que era tan doloroso aún que no era posible enterrarlo.

 

 

La Plata, 12 de septiembre de 1991 Buenos Aires, 5 de julio de 1994.

 

 

 

 

" … Y EL DOLOR DE YA NO SER …"

 

© Jorgelina Esquius

 

A Laura

Lucía había llegado a los cuarenta y cinco años encerrada en una extraña resignación. Parecía que ya nada esperaba de la vida y se refugiaba en una soledad dolorosa y no deseada. Era una mujer hermosa, de profundos ojos verdes y facciones delicadas y un poco antiguas, como las de un camafeo.


Fue siempre un ser excepcional. Lo primero que impresionaba de ella era su lucidez; la prontitud con que captaba situaciones y personas y la mesura con que, sin vacilaciones ni titubeos, las analizaba y definía con entera claridad, con las exactas e indispensables palabras que uno hubiera querido encontrar porque ninguna otra podía sustituirlas.


Sin embargo, pese a su brillantez intelectual - o acaso por eso mismo-, su vida siempre estuvo regida por los afectos. No obstante, nunca expresó efusivamente sus sentimientos. Una especie de película invisible cubría su rostro cuando la emoción la dominaba, y el sentimiento quedaba aprisionado en esa red sutil y sólo asomaba -subrepticiamente- en los ojos verdes que se tornaban acuosos y provocaban en Lucía una extraña incomodidad.
Sus afectos, profundos e intensos, debían ser descubiertos sin que ella lo notara, para no violar esa especie de pudor con que trataba de ocultar sus emociones.


Ese recato en la expresión de sus sentimientos era confundido generalmente con indiferencia. . . Sólo unos pocos se conmovían, porque lo asociaban acertadamente con el pudor de los hombres de campo, que aman y lloran en silencio y soledad.


Como a la mayoría de los muchachos y chicas de su generación, la juventud la sorprendió cargada de inquietudes acerca de este mundo dominado por las injusticias, los abusos y los sistemas infames que los hombres implementan para explotar a otros hombres. Este injusto orden del mundo provocó en Lucía, como en tantos otros, la honesta determinación de luchar para cambiarlo. Comenzó su militancia política con la fuerza y la pureza que sólo los hombres y las mujeres decentes tienen.


Todo lo pospuso. Nada era -ni podía ser- más importante que esa militancia que aspiraba a instaurar en la patria, la dignidad y la justicia social..


En estos años, Lucía sufrió las mismas alternativas y vicisitudes que toda la juventud militante e íntegra de esa época. Lucía perteneció a esa generación que todo lo entregó por sus ideales y que fue diezmada y silenciada. Lucía fue, con todo el dolor que ello implica, una sobreviviente.


Su familia, aunque siempre la apoyó, vivió la zozobra de saber que su hija transitaba la peligrosa ruta que condujo a la desaparición y al exterminio a miles de chicas y muchachos que aún hoy yacen en anónimas tumbas de la patria o en las profundidades del océano.


Cuando su padre le pidió que se cuidara, que pensara en que tenía una familia que sufría por ella, Lucía, con el corazón transido de dolor, y a costa del sacrificio de sus propios sentimientos, le respondió que nada había más importante que esa causa por la que luchaba.


La infamia y la muerte se enseñorearon del país. Llegaron los años de agonía, de la desaparición o la muerte de los compañeros, de los amigos, de los seres amados. El tiempo del martirologio y de la traición, del exilio dentro o fuera de la patria… Muchos de los que sobrevivieron soportaron la angustia de haber sido "y el dolor de ya no ser"…


Los años fueron pasando lenta y pesadamente y una democracia un tanto endeble reemplazó, después de la Guerra de Malvinas, a aquellas lejanas utopías, quizás porque ya no había quién las soñara.


La soledad y la tristeza ocuparon un lugar definitivo en el corazón de Lucía. Su familia, especialmente su padre, con su gran fuerza espiritual, fue el sostén de esta mujer que velaba en silencio sus muertos y sus penas. La docencia ocupaba sus días.


El padre de Lucía murió en los primeros días de ese año, luego de haber soportado con dignidad y lucidez, una enfermedad impiadosa y extraña. Tal como él lo había pedido, fue incinerado. La tristeza y la soledad de Lucía se acentuaron. Su madre, una mujer austera, cabal y reservadamente afectuosa, y algunas amigas que la querían entrañablemente, trataron de ayudarla a sobrellevar este nuevo dolor. Sin embargo, ella se fue poniendo cada vez más taciturna y distante.


Tiempo después, cierta noche en que su madre había ido a cuidar a una tía enferma, Lucía llegó del colegio, como todos los días sacó a pasear a Flandi, su perro, tomó una ducha y se dispuso a cenar.


Mientras calentaba la comida y ponía la mesa, llamaron a la puerta. Un poco sorprendida, Lucía dejó los cubiertos sobre la mesada y fue a ver quién podía ser.
Abrió la puerta y la figura de su padre parada en el quicio la dejó, por un momento, sin habla. Rápida y absurdamente reaccionó para preguntarle con la voz quebrada por el llanto:


- ¡Papá!…pero…¿Qué hacés aquí, papá?…¿Cómo…cómo estás acá?…¿Dónde estuviste todo este tiempo…? ¡Dios mío, papá!…¿Por qué…por qué no avisaste que estabas vivo…?

- Estaba en África -respondió don Agustín con su voz serena y firme-. Tenía allí una misión que cumplir. Lucía sentía que no podía articular palabra. La angustia, la incredulidad y el espanto no le permitían sentir la alegría que debería proporcionarle ese inesperado regreso. Tartamudeando y con los ojos llenos de lágrimas, volvió a exclamar:


- ¡Pero no es posible, papá…no es posible!…Vos, vos…has muerto hace dos años!…Te cremamos
¡Por Dios, papá…! ¿Por qué no nos avisaste que estabas vivo…? ¿No pensaste en tu familia…, en el dolor que sentimos, en la soledad en que quedamos..?


- Sí -contestó Don Agustín con ternura-, pensé en ustedes; todo el tiempo pensé en ustedes. Sabía el dolor que les estaba causando, pero no podía evitarlo, porque nada hay más importante que la causa por la que uno lucha… Siempre pensé que vos lo ibas a comprender, como ahora comprenderás también que el silencio no es ausencia y que uno puede estar presente de muchas maneras…


Lucía cerró los ojos anegados por las lágrimas que corrían lastimando sus mejillas como espadas de sal. Cuando volvió a abrirlos sólo vio ante ella la fría transparencia de la noche de invierno y percibió el tibio y húmedo hocico de Flandi que empujaba suavemente su mano todavía crispada en el pomo de la puerta.

 


Jorgelina Esquius



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