3 poemas de “Mono aullador”
Eduardo Jordá
Acción de gracias
¿A quién daré las gracias
por el azar que trajo hasta nosotros
la frágil ebriedad de los sentidos,
y nos dejó perplejos, casi incrédulos,
porque nos convenció de que este mundo
conservaba el honor y la cordura?
¿Y a qué debo el prodigio
del vuelo del cernícalo en las llamas
de esta nube indecisa
que al mirarme asegura
que los dos, ella y yo, no somos nadie?
¿Y a quién podría agradecer
los murmullos de un hombre
que nunca osó gritar, porque creía
que el mundo es demasiado asustadizo,
y tímido y ansioso,
así que no quería acongojarlo
con ruidos ni desaires?
¿Y quién me concedió esta luna pálida
que cautiva a los niños
y hace que se estremezcan y se rían
como un elfo burlón de los pantanos?
¿Y a quién daré las gracias
por la felicidad de las auroras,
por la escarcha que tiembla entre las ramas,
por los sueños que traen a los que amo
desde ese pozo insomne en que perdura
el débil resplandor de un fuego fatuo?
¿Y a quién podría agradecer
que unas pobres palabras
-pan, mesa, vino, sueño-
me lleven hasta ti
como garzas que vuelan sobre juncos
cuando los niños juegan con cometas?
Tim Buckley (1947-1975)
Qué confuso y qué bello es todo ahora.
El verano empezó hace ocho días.
Una vez más, las noches perfumadas,
los ruidos del Pacífico, las puertas
que se quedan abiertas, y las risas
en la luz que golpea y que perdona.
Vuelan los arrendajos, poseídos
por la vida que estalla. Quiero atrapar el éxtasis
azul de las glicinas, el vuelo ágil
de un pájaro intranquilo, el amuleto
del amor que perdura por los siglos
de los siglos, por siempre nuevo e inocente.
Sospecho que mi vida será corta,
pero yo siempre quise arder, vibrando
como hacen las estrellas y los ríos.
Todo es posible, sí. Soy joven, fuerte.
Lo que tenga que hacer, sé que lo haré.
He sabido besar a las sirenas
en las aguas heladas, y a menudo
he sentido el temblor de la amapola.
Arderé y arderé porque soy joven.
Arderé y arderé porque soy bello.
Mi hijo puede esperar. Las muchas mujeres
que me amaron también esperarán.
Esta vida es la mía. Que arda bien
en mis manos que atrapan este mundo.
Arderé como el sol de las cosechas.
Arderé como el viento en los arbustos.
Arderé y arderé porque soy joven.
Arderé y arderé porque soy bello.
Amigo, ya es la hora de que acerques
esa aguja a mi brazo.
Una hoja de arce
La rozo con el pie, en esta acera
muy cerca del Boulevard des Pyrenées.
Si una estrella rojiza anunciara al fin el alba
tras una larga noche de tormenta,
no sería más bella que esta hoja.
A lo lejos, las hayas del color de la arcilla
ocupan las laderas fatigadas
de las altas montañas que aún no han visto la nieve.
De momento, el otoño es muy benigno.
Y el mundo se desplaza muy despacio,
igual que una gabarra de carbón
al remontar un río de aguas sucias.
Si cojo esta hoja de arce, siento el peso
de un tiempo que quizá fue siempre justo.
Crepita como el fuego entre mis manos.
Fue una estrella de mar que no vio el agua.
Fue un murmullo de pájaros y ríos.
Y ahora es una pobre cosa
pero aún poderosa e invencible,
mientras perdure su color
que es de cobre y de hierro
como las fieras lanzas de la Ilíada
o como la corona de un rey bárbaro.
Si no me viera nadie
me inclinaría ante esta hoja de arce.
Tiene el color de un hombre
que se está despidiendo para siempre
de la única mujer a la que ha amado.