"ELLA"

 

© Daniel Molini Dezotti

 

 

Llevaba mucho tiempo, quizás demasiado, reprimiendo rabia e impotencia, entreveradas en una mixtura dañina con una montaña de frustración, y no le extrañaba casi nada el hecho de no haber intentado escalarla, para disminuir de ese modo las consecuencias que le estaban mordiendo las entrañas.

Se había limitado a dar vueltas y más vueltas a las mismas preguntas, que con vigor inquebrantable acudían a su mente: ¿por qué? ¿por qué justamente a mí?¿qué hice mal? ¿por qué, Dios? ¿por qué?...

Como mecanismo de defensa, engañoso e ineficaz, concluyó transfiriendo parte de su responsabilidad - o la que creía tener - en otra persona, que desde hacía más de ocho años era el motivo de todos los desvelos. Nunca supo comprenderla. No la entendía cuando acertaba a decirle algo, parecía de otro mundo, hecha de otra carne, de otra sangre, regida por parámetros extraños y con un alma tan distinta que no concebía pudiese llevar su mismo apellido. Lamentaba no haber hecho demasiado para acercarse y maldijo el momento en que transformó la conmiseración inicial en rechazo, de una manera lenta pero irremisible, al comprobar, con juicio apresurado, que era "ella" la causa de sus males, la culpable de sus desventuras, quien lo estaba alejando de otros seres a quienes de verdad quería.

Su equivocado ejercicio intelectual había encontrado un blanco, una víctima perfecta, innombrable y aborrecida, que siempre aguardaba en silencio y habitando el mismo rincón de la casa, acompañada de gestos extraños y una peculiar forma de moverse o señalar. ¡En el momento en que "ella" apareció en su vida todo había dejado de ser perfecto! Dueño de una posición privilegiada no le quedaba tiempo libre entre el despacho y la activa vida social que practicaba con su esposa, el mundo era de ellos, planes, proyectos, ilusiones. Buenos tiempos, que recordaba con añoranza: viajes, complicidad, ternura, recuerdos, colores, muchos colores, y de pronto, como una pesadilla en blanco y negro saliendo al paso de un sueño bonito llegó ella.

¿Cuánto hacía que no pronunciaba su nombre? Cuando la mentaba lo hacía como "ella", los errores: "ella", las noches en vela: "ella", las disputas: "ella". Si alguna vez había tenido nombre lo había olvidado pronto, al verla caminar con pasitos torpes, balbuceantes y a gesticular de aquel modo tan especial. Cuando dejó de recordarlo, también borró los proyectos que tenía, esperaba mucho, y viendo sus andares no tardó en constatar que nada de lo previsto podría hacerse realidad. ¿Cómo iba a trazar los planos del puente más bonito? ¿cómo ayudarle a diseñar el túnel, concebido para acortar distancias, con esas manos, que ni siquiera podían sostener con seguridad un humilde lápiz despuntado y rendido ante tantos mordiscos?

Era lo que mejor hacía, mecerse y bambolear las piernas, sentada en una silla alta, entre cojines, mientras mordía y remordía cualquier cosa que le pusiesen a su alcance. No había paciencia capaz de soportarlo, al menos a él se le había acabado.

-"¡No quiero hablar de eso!", con obcecada convicción, interrumpía cualquier conversación que pudiera dirigirse hacia el tema que lo agobiaba.

No quería reconocer sus males, no había remedio para ellos. Le parecía mal cualquier empeño, pensamiento o actividad que lo pudiera relacionar directa o indirectamente con "ella" y sus problemas; por eso no podía estar de acuerdo con el empecinamiento de la educadora especial, y el de la Asociación de Padres de Niños con Trastornos Neurológicos. Lo consideraba una pérdida de tiempo, y a su esposa la culpable. Le costaba dominar la hostilidad, y casi no podía controlar los celos que lo perseguían, agravados por la protección y condescencia excesiva, con que su mujer trataba y consolaba a la pequeña.

Sabía que eran instintos primitivos, pero de él, ¿quién se acordaba? No rendirse ante la evidencia era aparecer como ingenuo, abrigar esperanzas, cosa de necios; y él no era ni una cosa ni la otra; allí estaba el informe médico con su claridad meridiana, para convencer a los ilusos. Le costó trabajo interpretarlo, pero lo consiguió a fuerza de leerlo, a pesar de todos los pesares, de todos los porqués, insultos e imprecaciones, su hija padecía un síndrome; que inevitablemente había condicionado su retraso mental. No había que ser un experto para constatarlo, el retraso no se podía disimular. Por culpa de un macabro póquer de cromosomas, "ella" era como era, un error en el par número nosecuanto; tres pequeños y malditos ases en lugar de dos; ases, que ni siquiera eran de corazones; y que para verlos había que utilizar el microscopio más poderoso.

Sin embargo, sus implacables consecuencias aparecían a simple vista. Cara especial, gestos especiales, y esa forma tan particular de jugar con la única muñeca que quería. Costaba trabajo discernir, en esa extraña pareja de almas paralelas, quién de las dos era de peluche; ninguna hablaba, ninguna tenía nombre. No estaba orgulloso, esperaba más, y no encontraba una salida del laberinto que lo atormentaba.

-"Me desprecias por borracho, si escucharas por que bebo nos emborracharíamos juntos." Algo parecido decía la letra de un ¿fandango? o acaso ¿solea?; no le gustaba el flamenco, pero había oído a un cantaor, en una de sus noches solitarias, que concluía en una taberna cualquiera. Con un vaso de vino en la mano y dos ascuas en los ojos, el cantaor iba interpretando esos versos, o mejor, lo que recordaba de esos versos. El alcohol lo distanciaba de los problemas, lo alejaba, confiriéndole tal vez otra perspectiva, pero obviamente no los resolvía; en ese punto pensó, si él mismo, no había estado emborrachándose, durante ocho años, de indiferencia, auto culpas e intolerancia.

Algunas veces, hechos fortuitos, imprimían en el carácter o los sentimientos de las personas, cambios que no podían conseguir la convivencia o cien psicólogos. La imagen de aquel cantaor, explicando su pena, amartilló su conciencia con una fuerza insospechada; no hacía preguntas, sino que ofrecía respuestas, buscando comprensión y solidaridad por un camino equivocado; camino conocido, que él mismo había transitado mucho tiempo, mordiendo su dolor y dejándose morder sin remisión.

-"Me gustaría hablar...", en forma titubeante se dirigió a su esposa; "Tenemos que hablar, tengo dudas, mal..., muy mal, y lo que es peor creo que..." Incapaz de expresarse, a causa de mil palabras dormidas que se agolpaban a un tiempo, intentaba decir que lo sentía, que no había sabido hacerlo mejor, que quería encontrar la paz. Mezcla de confesión, en la que se revolcaban pecados y penitencias, procuraba, con poco éxito, explicar su dolor, las sombras que angustiaban sus noches y los propósitos de enmienda para alterar el curso de sus días. Refería el amor perdido, el odio atesorado y las dudas que lo atormentaban; todo, en un arrebato sincero; interrumpido de vez en cuando por alguna lágrima, tan imprevista e impensada como su propia alocución, que estaba siendo dominada por la espontaneidad.

Su mujer, absorta y en silencio, escuchó lo que pudo. En un momento y sin interrumpirlo, pasó a su lado y con un ademán mitad caricia, mitad "espérame un momento, ya regreso", lo dejó solo con su incertidumbre. Cuando volvió, alguien lo hizo con ella. Sandra, la niña de ocho años, la acompañaba; no muy convencida, a tenor de la forma de comportarse a medida que se acercaba, mirando insistentemente a su madre, como queriendo buscar apoyo y aliento en sus ojos. Traía una mano ocupada con una muñeca de peluche, y en la otra un papel; ajado, doblado y desprolijo.

De forma distraída, y esbozando una levísima sonrisa, accedió a los cariñosos requerimientos de la madre y alargó el tesoro de papel que sus pintados dedos custodiaban. En letras torcidas, escritas con gordo rotulador negro, podía leerse con alguna dificultad, el ejercicio de sus últimas semanas con la educadora especial: "Papá".

 

 


 

MI FICUS Y YO

 

© Daniel Molini Dezotti

 

 

Desde hace un montón de estaciones tengo ganas de hablar de temas que me preocupan, y siempre sucede lo mismo, no encuentro a nadie dispuesto a escuchar.

Pasó la primavera, se marchó el verano, y un viento invernal empieza en mi cabeza a darle vueltas a los pelos del asunto, ¡venga a darle vueltas!, estudiando maneras para transmitir a los posibles interlocutores mis penas, sin conseguirlo.

A pesar de una autocensura de palabras ahuyentadoras o del adorno con un vocabulario almibarado, la gente sospecha que detrás de esos dulces, se esconden envoltorios de problemas. Por supuesto, no se equivocan, pero da rabia quedarse solo, platicando en secreto, con el ficus del jardín.

 

Tal vez el planteamiento sea egoísta, pero tengo comprobado que transferir problemas propios es un buen ejercicio, hace que parezcan menores, y sobre todo, deja al que se sienta enfrente, en un estado de solidaria confusión.

Últimamente, cuando mis amigos me ven llegar, apuran el café y salen disparados con pretextos poco imaginativos, ya sabe, que se olvidaron la leche en el colegio o tienen que recoger al niño en el fuego.

Es una lástima, porque el discurso hablado desde cualquier plataforma es efectivo, uno puede impostar la voz, hacer gestos, guiños, señas, muecas, etcétera, y en silencio, obviamente, no se pueden utilizar esos recursos.

Puedo escribir, eso sí, sin hacer demasiado ruido, pero no es lo mismo. Lo malo de la tinta es que el folio termina, a fuerza de dudas, revelando al que lo tiene entre sus manos el secreto del contenido, aún antes de leerlo. Por eso mis problemas concluyen, arrugados y con tachones, en la maceta de madera que abriga al ficus del jardín.

En síntesis, solo una planta atiende mis desvelos, asintiendo en silencio lo que pienso de esto, de aquello o de lo otro, aunque en mi fuero interno crea que no me comprende. Cuando me ve llegar abre sus hojas y yo invariablemente cierro los ojos. En ese momento imagino que estoy hablando ante un auditorio de cientos de almas que escuchan extasiadas mis preocupaciones.

Cuando termino el parlamento y abro los ojos, el ficus cierra sus hojas y se marcha. Es el momento más emocionante, ¡me quedo solo!, e intento probar con las paredes, convencer a las farolas, disputar dialécticamente con todo aquello que se cruza en mi camino.

Ni por esas, ¡nadie responde!, entonces pienso que mi problema de comunicación es grave, y que, además, no puedo compartirlo. Nadie quiere enterarse; el ficus, antaño receptivo, no ha regresado de su última huida, dejándome como presente un retoño sospechosamente parecido a un bonsái, pues tiene las hojas achinadas, hace reverencias y sólo habla japonés.

Cuando crezca le enseñaré nuestro idioma. Si Dios quiere, y la lluvia no lo marchita, tendré alguien con quien compartir mis dudas.

 

 

 

 

EL VIRTUOSO

 

© Daniel Molini Dezotti

 

 

Después de cepillarse los dientes y casi sin tiempo para vestirse, el hombre salió de su casa presuroso, postergando el desayuno.
Aunque no era día de precepto se dirigió a una iglesia, con la urgencia que le imponía su conciencia, más inquieta que en otros despertares. A pesar de las reticencias iniciales, el sacerdote, ante su férrea insistencia, decidió confesarlo.
"Padre: anoche he tenido un sueño voluptuoso."
El cura, que disimulaba su disgusto detrás de una cortinita que antes había sido un blanquísimo tul de novia, respondió con solemnidad: "Hijo, eso no es pecado, la Iglesia no se mete con los sueños." -¡Si es pecado!, interrumpió convincente el confeso al confesor-, es pecado por que soñé, que yacía con una mujer desnuda, rubia, hermosa y provocativa, que me invitaba con todo su cuerpo a mantener una relación íntima, a pesar de que conocía mi condición de hombre casado.
Después de aspirar una profunda bocanada de aire fresco, como si quisiese enfriar sus ensamientos siguió: "... es pecado por que puedo describir con lujo de detalles su anatomía, el movimiento agitado de sus pechos pequeños, el cabello que caía como una cascada de luz sobre sus hombros y los ojos ligeramente entornados, que todavía me siguen mirando con ansiedad provocadora."
-Sólo se puede faltar con la mente si uno es consciente de ello -pretendía tranquilizar el sacerdote con un guiño científico-, Dios no se mete con los sueños, mucho menos con el subconsciente, de eso se encargan los psiquiatras.
- ¡Pero es que yo estaba allí!, a escasos centímetros de su piel, tan inflamada como la mía, y a punto de descorrer el velo que, en forma de sábana, me hubiese conducido, irremisiblemente, al sublime infierno o paraíso de su sexo. Ella, aunque no me lo pedía con palabras, no dejaba de sugerirlo con sus manos y sus gestos, en los que mezclaba culpa y sensualidad. No puedo olvidar sus labios húmedos, expectantes, rojos de peligro que...
Justo en el límite que marca la paciencia del precipicio de la desesperación, el sacerdote, con un tono admonitorio más parecido a un grito que al susurro propio del lugar que ocupaba en el confesionario, espetó:
"pero vamos a ver una cosa, por fin ¿lo hizo o no lo hizo?"
Sonrojado, y con la humildad de un sincero arrepentido, el penitente respondió: "¡No!, no llegué a consumar la unión. Justo en el momento en que me disponía a hacerlo, entró mi hija mayor a la habitación del sueño. Su cara de asombro pendular, que recorría en un viaje de ida y vuelta un extremo a otro de la cama, me lo impidió. Era de noche, y, sin embargo, podía verla con claridad."
-¿Se da cuenta? -concluyó por fin el sacerdote, con ganas de incorporarse de la incómoda butaca que ocupaba-, lo que yo decía, no es pecado, además de haberlo soñado, no practicó el acto. Definitivamente no es pecado.
- Disculpe padre, aún no he terminado, -necesitaba continuar el virtuoso-, unos ruidos, momentos después, me despertaron. Mi esposa roncaba con la fuerza de un serrucho a escasos cuatro dedos de mis oídos. Yo estaba consciente, lúcido, despierto y tuve ganas de asfixiarla con la almohada, ¡y eso sí es pecado!, sentí deseos de matarla.
Mientras se quitaba la estola del cuello y la besaba con calculada unción, el cura ordenó la penitencia: "No se hable más; tres Santos Rosarios por los malos pensamientos. En cuanto al intento de asesinato, un buen descongestivo nasal para su mujer y cinco Avemarías."

 

 


Si queréis enviar vuestro comentario al autor

 

Regresa a Inicio