- deriva y otros poemas

 

© Antonio Saura Martínez (Dal)

 

 


me alimento de pasado
como un barco fantasma:

el mismo aire
la tormenta exacta

siempre en clave de naufragio.

 

-

construir
para ti
un camino de vuelta a casa
la coartada perfecta

-alguien de días
y pequeños instantes

te extraña-

nada más.

 

-

saltar de nuevo
a orillas de aquella canción sin forma
qué aún habla de nosotros
como un sueño en blanco
sin la tristeza del ártico.

 

-

No sé cómo aprendí a traducir los colores de una mirada, pero cuando reconocí el azul indefinido de Joan, comprendí que moriría esa misma noche.


Supe que la estación era una huida y su equipaje la única coartada posible.


Que subiría al tren sin llamarla, o que ella no contestaría si lo hiciese:
él ya sabía quién era yo, quién había dejado de ser ella y qué significaba
ese vacío sobre la vía.

 

*

 

emerges del silencio

iceberg

en la tristeza del ártico.

 

*

 

decir

que las palabras le han abandonado

y sus manos

apenas un rastro de nieve

sobre montañas azules.

 

*

 

Algo más tarde, el gato escuchaba los ronquidos que se expandían desde el dormitorio. Volvió a limpiarse las patas y comenzó su cuarta ronda de vigilancia: aunque ya no llovía, la humedad del invierno envolvía los sueños en el abrazo más triste que ningún felino imaginó jamás.

 

*

 

como cada noche

regreso a esa novela

que nunca terminaré

porque nadie leerá a tiempo.

 

*

 

La lluvia apretaba alrededor, mientras la gente se apresuraba a refugiarse,
como si el agua llevase consigo de repente algún virus desconocido: sobre los tejados brotaban entonces armaduras de hielo, las gotas saltaban de las nubes para estallar mucho antes de tocar el suelo, convirtiéndose en torrentes incontenibles de lágrimas congeladas, oleadas de tristeza ártica
que barrían, en silencio, el desierto de las calles.

 

-

Refracción del humo

 

Decirte: moriré una noche de lluvia

cuando ya no tenga huesos ni palabras

y tus manos me traspasen

precisas

como un fragmento de selva.

 

-

 

Pensar aún, todavía, que dos manos no bastan para conocer a Yolanda. Dos manos, una, cinco dedos apretados por el tacto inmenso de su piel mestiza mientras paseamos por el parque; ella 'qué bonita está la luna', y yo 'sí'. Ella 'aún te debo un café', y yo otro sí, un no-te-me-pares-ahora ni te vuelvas o me abraces porque entonces no dejaré que te vayas.

 

-

 

Hay algo de extraño en esos seres,

como si dos mundos diferentes

aceptaran unirse de vez en cuando

para poder modelar entre ambos

un fondo acorde a su mirada.

 

 

 

Erosión

 

Desde aquella noche le temblaban las manos. No importaban hora ni lugar, qué hiciera o deseara: un destello líquido le abría la espalda trepando hasta su hombro.

Entonces cerraba muy fuerte los ojos, como si los párpados pudieran protegerlo del terremoto que descendía ya por sus muñecas. Pero el primer espasmo llegaba siempre puntual: los dedos se estiraban, rígidos, iniciando el brusco oleaje que, como aquella noche, no desaparecería nunca.

 

 

 

 

 

 

 

Artistas y espectadores:

El color de dos miradas

 

© Antonio Saura Martínez (Dal)

 

 


Si fueras paseando sobre un camino nevado, entre los árboles, no podría decirse que hubiera nada de especial, ¿verdad? Lugar o tiempo no importan, simplemente caminas y tus huellas van quedando marcadas detrás de tí -nunca necesitaste de Ariadna para regresar.
Aunque sea yo el que escribe y pueda hacerte girar la cabeza a la derecha, que veas o no a esa mujer desangrada en la cuneta dependerá en gran medida de tu mirada: necesitarás un toque de rojo para el charco de sangre a sus pies, y quizás, algo de blanco para romper la costra de hielo que cubre su cuerpo.
-¿Lo has conseguido? ¿Sí? Entonces nuestra pequeña escena ya no será tan normal.-
La curiosidad hará que te arrodilles junto a su rostro y lo limpies suavemente, como si aún pudiera sentirte. Puede que haya sangre sobre su piel y te ensucies levemente los dedos al hacerlo, pero ni siquiera te darás cuenta: sus ojos estarán abiertos y clavados en ti.
Tembloroso apartarás los pequeñas aristas congeladas de los labios, para esperar después, conteniendo la respiración. Un leve movimiento en ellos te hará terminar febrilmente de apartar la nieve, coger su cuerpo en brazos, apoyarlo en cualquier tronco lo suficientemente amplio y tomarle el pulso.
Sus ojos despertarán unos segundos, junto a una débil sonrisa. Sentirá tu mano en su muñeca y, tras tomar aire, susurrará apenas: " .......... ".
(Lo que escuches y suceda dependerá, no del color de tu mirada ésta vez, sino de la suya al contemplarte)

 

 

 

 

Matices

 

© Antonio Saura Martínez (Dal)

 

i.

Soy feliz: comparto mis silencios
y ella sabe: nadie ha ofrecido nunca
nada más íntimo.


ii.

Vivo en un mundo donde las palabras
marcan el rumbo a seguir; nadie
espera ya nada del silencio
dónde crecen las nubes
-esa, la ves,
tiene forma de mirada-


que un atardecer nunca se despide
ni se graba el tacto de las cosas
como sé
que nadie explicará jamás con palabras la marea
el calor
mejor que esa nube.


iii.

Hoy me has mentido por primera vez;
después vendrán otras
y alguna vez, lo sé, te negaré algún beso.
Pronto se cerrarán las puertas con fuerza
comeremos en silencio y nuestros cuerpos
se volverán extraños:
sonará el teléfono, saldrás corriendo;
yo veré la televisión hasta que vuelvas
-no buscaré ninguna maleta
porque tu ya lo hiciste-

 

 

 

La memoria de las calles

 

© Antonio Saura Martínez (Dal)

 

 

Y decían que no eras nada
más allá de tu portal; que esos ojos oscuros
inevitables
pesarían como abismo en las manos: dime
por qué esperas donde nadie llueve
si el tiempo ya ni te respeta y el vacío
es siempre puntual.

 

*

 

Cómo saberte entonces de otro modo
sin perderte un siglo a cambio.

 

*

 

Podrías despertar sin más, preparar café,
hundir cada recuerdo al fondo roto de una taza cualquiera.
Podrías vestirte despacio o con prisas,
abrir la puerta sin dejar pasar a nadie
o pedirle a quien sea -no importa demasiado-
que te acompañe hasta el metro

-sabes que hasta la próxima estación
no llorarás ninguna ausencia-

Podrías dejar de poner precio a tantos nombres,
encender una única vela
sobre tu viejo camisón de niña
y seguir quemando muy despacio
esa piel tan distinta a la de ayer.

Podrías borrarte de cualquier otro espacio,
reconstruir tus ojos.

Podrías mirarme.

 

*

 

Te me deslizas
entre vaso y cigarro de segunda mano,
en el azul compungido de escribir para nadie
(sigo sin poner nombre a los instantes)

Te me deslizas y a veces
quizás te eche de menos.

 

*

 

el vértigo
de andar a puntillas
sobre las costuras de tu nombre.

 


*

Medio teatro ha muerto como desde entonces,
un poco menos las ojeras
de animal soliescénico en vitrina.

 


*

Nada concreto
-particulado-
que desenfocar quebrando algunas uñas:
mido el largo de esos dedos y soy yo convaleciente
-convalidado-
sin los pendientes de nuestro entretacto sin público.

Debe haber muerto, desde entonces,
como medio mundo.

 

*

 

Tienen el cuerpo profundo de cicatrices con huella,
dedos solo de costado y gesto
al fondo izquierdo de esta calle,
entre muebles -tus zapatos- y algún que otro diente
corazónquelate
sobre el margen discutible de la acera:

anoche,
tampoco soñé con nadie.

Y eso.

 

*

 

Finges que llueve o son lágrimas
peinando cada noche mis pestañas,
he cerrado los ojos a tus dedos
ensayándome el pecho sin palabras;
el viento juega entre cortinas, dos velas
oscilan soñolientas tu barbilla.

 

*

 

Alguna vez no estuve solo o alguien
dejó de hablar a las esquinas.
un silencio violeta
sobre tus pasos desnudos,
a un lado los zapatos que no quise
y una sombra que pide nuestros nombres en voz baja.

Las ausencias de hoy
ya no saben gritar.

 

 

 

 

 

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