NADA *

 

© Cristina Fernández Castro

 


"¡Baja!" gritaba desde la calle una y otra vez "¡Bajas o no bajas! ¡Pero qué coño haces desgraciada!" "Bajo ya pero cállate por Dios" murmuré desde algún lugar recóndito de mi exigua conciencia sin esforzarme por hacerla oír, sin ni siquiera mover los labios. No era pereza lo que me impedía abrir los ojos y salir de la cama sino una resaca salvaje, así que haciendo acopio de fuerzas y sin apenas mover los párpados me senté y después muy lentamente, fui hasta la ventana para hacer una señal y que se callara de una vez por todas. "Vístete guarra, y baja de una puta vez". La vi de refilón, bajo el sol estrepitoso del día mas luminosos del verano, allí estaba en jarras, con las piernas abiertas y la cara gorda y colorada vuelta hacia arriba, con la expresión desagradable de vieja puta.. Era medio día y hacía calor.

Recogí la ropa del suelo y me la empecé a poner otra vez sin hacer nada por evitar las gotas de sudor que corrían por mis costados, con los ojos cerrados mientras me vestía abandonada al olor amargo y caliente del sudor, al olor a tabaco y ron de la blusa, al olor de colonia barata de hombre, y al olor del pubis húmedo y oscuro incrustado entre las piernas abiertas y delgadas: "Narciso no era más bello que yo" murmuré sonriendo patéticamente.

El estomago maltratado, la garganta seca y dolorida, la lengua adormecida se pegaba al paladar; no encontré los calcetines y me tuve que poner las botas con los pies desnudos "Se me levantará la postilla otra vez, sangrará, dolerá... se volverá a infectar"

En la habitación había un lavabo debajo de un espejo sucio, sucio de engullir sucia luz, sucio color. Un espejo sucio y mudo testigo pasivo de sucia mediocridad. Me eché agua en la cara, en el pelo en el cuello. Llené la boca y luego escupí. Su sabor insípido hizo que vomitara allí mismo, bilis, solo bilis. Las arcadas una detrás de otra me hacían convulsionar golpeándome en la frente contra el mugriento lavabo. Corría el agua, la bilis, la sangre por la piedra negruzca y por la cara también. Mientras tapaba la herida con un montón de papel higiénico pensé que era un buen momento para llorar, mirando al espejo y con sarcástica sonrisa me lo pregunté de viva voz: "¿Lloras querida o prefieres dejarlo para otra ocasión?... será mejor dejarlo para mañana con el resto de mi vida".

Un gruñido me sacó de aquel inútil monólogo, sobresaltada y bruscamente me di la vuelta. La realidad estaba allí tendida en la cama, en forma de hombre desnudo, peludo y blanco con rojeces en la piel sebosa y brillante, desparramado como estaba me dio asco, al final siempre me dan asco. Recogí sus pantalones del suelo y sacando la cartera de uno de sus bolsillos cogí lo que era mío, ni más ni menos. Un escalofrío sacudió mi espalda y un dolor agudo hizo que me sujetara con fuerza entre las piernas, sentí que algo se quería escapar por ahí, o tal vez romper, o tal vez secar "No, no lloraré, mierda", "¡Baja!" y bajé.



* Relato ganador del premio "Mejor autora Leonesa" del XIII Certamen de Relatos Breves " Imágenes de Mujer" convocado por el Ayuntamiento de León

 

 

 

...Y DE POSTRE: JUSTICIA *

 

© Cristina Fernández Castro

 


Necesitaba olvidar aquel momento, seguir viviendo, tomar las cosas como me venían y asumirlas con sencillez y disciplina.

Recuerdo, otra vez, cuando abrí la puerta de nuestra casa y me le encontré allí suspendido por el cuello de una soga atada a los cables de la lámpara. Su cuerpo aun se balanceaba, sus ojos, su lengua, el color de la piel en su cara. De la impresión, me dejé caer en el suelo utilizando la pared para recorrer un camino indescriptible de desanimo y de incomprensión. No hubo por qué, la evidencia hizo que los motivos, que se me ocurrieron en aquel entonces, sonasen a excusas mal urdidas. Hasta hoy todo ha resultado insuficiente para entender el absurdo. Nunca más me he vuelto a preguntar por qué.

Oí la puerta de la vecina que se cerraba con un golpe seco y unos zapatos de tacón que apuraban el pasillo. Seguramente al ver la puerta entreabierta, de nuestro piso, no resistió la tentación de empujar y meter su cara para fisgar un poco y con un paso decidido estuvo dentro.

Envuelta en un ostentoso abrigo de piel arrastraba consigo un desagradable olor a perfume barato que la precedía anunciándola allí a donde iba. Al verle se sujetó un grito con sus dedos gordezuelos y luego se acercó al ahorcado empujándole levemente con la mano: "¡Está muerto!" profirió con cara de idiota al tiempo que me miraba pidiendo una explicación. Yo intentaba ponerme en pié. Aturdida por aquella desgracia me costaba trabajo respirar mientras mi organismo se revelaba contra el olor dulzón y desagradable que despedía aquella mujer y que ahora invadía toda la habitación: "¡está muerto!" repitió "¿no lo ve?" "¡muerto!" "¡muerto!". El estomago me dio un vuelco que no pude reprimir y vomité en el suelo salpicándolo todo con los trozos del almuerzo que acababa de tomar. Aquella estúpida volvió a gritar, ahora ya sin ponerse la mano en la boca: "¿Pero como ha podido vomitar ahora?" "¡Mire como lo ha puesto todo!" "¡Y mis zapatos!". Yo seguía haciendo esfuerzos para mantenerme derecha. Muy nerviosa buscó un pañuelito de papel que tenía en el bolso de su abigarrado abrigo y, después, se asió de una de las piernas de los pantalones de Manuel y, apoyando la pantorrilla derecha en el muslo izquierdo, se dispuso a limpiar las salpicaduras de su zapato mientras profería improperios con cara de asco.

Yo lo vi todo y no pude hacer nada por evitarlo, rodeada por mi vomito, de aquel olor con forma de esperpento femenino y del pobre Manuel colgado del techo. Vi como ante la tensión que procuraba la mano de la mujer en la pernera, los pantalones se le fueron cayendo a la fuerza hasta que finalmente se le bajaron a los tobillos de golpe, vi como los cables de la lámpara no supieron sujetar la tensión de los dos cuerpos y cedieron ante tanto peso, vi como la lámpara y Manuel caían sobre la alborotadora mujer sepultándola bajo sí, sobre el charco de mi vómito. El resultado fue patético: dos costillas hundidas, una brecha en la cabeza de siete puntos y la pierna que tenía doblada, partida. El abrigo la quedó para tirar.

A mí al principio el juez me cayó bien, parecía serio y responsable, pero luego me di cuenta de que practicaba una extraña visión sobre los aconteceres ajenos. Decidió precintar mi casa porque aunque la muerte de Manuel parecía, efectivamente, un suicidio el detalle de que tuviera los pantalones bajados oscurecía un tanto el hecho en sí de la muerte. Yo me cansé de explicarle una y otra vez como había ocurrido pero, al parecer, aquel hombre ilustrado no acababa de ver con claridad... tan sencillo como había sido. En consecuencia me vi en la calle con la esperanza de que la justicia no tardara demasiado en verter alguna luz sobre la dura cabeza de aquel sabio versado en leyes. Mi abogado, por su parte, me animó diciéndome que no perdiera la esperanza porque, aunque la justicia es lenta, al cabo, se hace notar. Como no podía entrar en mi casa ni coger mis cosas, alquilé un apartamento muy económico cerca del trabajo. Yo trabajo en una tienda de "Todo a cien", mi sueldo no me da para mucho y, entonces, teniendo que pagar el alquiler y sin poder contar con lo que Manuel aportaba me arreglaba a duras penas. Llegaba con mi sueldo hasta el día veinte de cada mes, luego solucionaba el tema de la comida acudiendo a los comedores de caridad donde por trescientas módicas pesetas, se come.

Pasaron algunos meses hasta que recibí una nueva citación del mismo juzgado, se trataba del abrigo de la vecina, aquella mujer me pedía una indemnización por la perdida de su abrigo. Mi abogado me aconsejó que me callara la boca y que pagara, porque estando abierto aun el otro caso por el tema de los pantalones, no era conveniente levantar más polvareda, siendo yo la misma acusada y él el mismo juez y la demandante, precisamente, la vecina que se había visto envuelta en todo aquel mal asunto No era cuestión de tentar a la suerte, así que me gasté todos los ahorros que habíamos conseguido Manuel y yo en pagar el horrible abrigo de pieles.

Pasaron varias semanas, incluso meses, mis días transcurrían entre la nostalgia que me procuraba su ausencia y la escasez, pero no quería más de la vida. Recibí una nueva citación, esta vez se me pedían responsabilidades económicas sobre las lesiones que la vecina había sufrido en nuestro piso. Mi abogado me hizo ver que siendo el muerto mío, la lámpara también y con el agravante del vomito: "Que bien podría demostrar, la otra parte, que había sido mal intencionado" Era mejor que no les entrásemos al trapo y que acatásemos lo que el señor juez viera conveniente. Poco me podían hacer ya, no tenía casa, ni dinero. Acudimos al juzgado una espléndida mañana de primavera y el juez decidió que para compensar a la vecina de las penurias que había pasado y de la secuelas que el trauma la habían dejado, la cediese la mitad de mi sueldo "Porque que se le caiga a uno un ahorcado encima, convendrá usted conmigo, no es cosa de todos los días. No es trago que le guste pasar a nadie" Yo, en eso, estuve totalmente de acuerdo.

Dejé el apartamento y no sin esfuerzo, encontré una pensión en la que me alquilaban una habitación a cambio de mis servicios, como fregatriz, en mis ratos libres... con el resto de dinero me las iba arreglando. Le cogí gusto a ir al comedor de la caridad, tengo que confesar que hice buenos y solidarios amigos allí. Pasó bastante tiempo desde aquello, tanto es así que conseguí acomodarme a la nueva situación amarrada a esa rutina agria que me había tocado vivir. El recuerdo de Manuel se instaló en un lugar de mi corazón tranquilo y sosegado a donde yo, de vez en cuando, volvía los ojos para recordarle en nuestros momentos felices.

Ayer por la tarde, cuando regresaba del trabajo, mi patrona me esperaba con una carta certificada en la mano. Al primer golpe de vista reconocí de qué tipo de documento se trataba. Llame a mi abogado y me puso al corriente: mi vecina había decidido hacerse la cirugía estética para borrar, en lo posible, aquella fea cicatriz de su frente. Me prometió que haría todo lo que estuviese en su mano, pero el asunto se presentaba muy feo y no me aseguraba nada...

Ahora sentada aquí en el camastro de mi cuarto, recuerdo otra vez, aquel día lejano en que me encontré a Manuel colgado de la lámpara de nuestro salón. Entiendo que necesito olvidar aquel momento y seguir viviendo, tomar las cosas y asumirlas tal y como vienen, con sencillez y disciplina. Pero no sé como hacerlo. Aquel día triste lo único que tendría que haber dejado en mi corazón era ausencia. Ausencia que yo ya sabía conjugar en cualquier tiempo que mi alma me pidiese, con paz, con ternura. En mi cuarto no tengo lámpara, una bombilla cuelga de su cable a un palmo del techo. Mientras pienso en todo esto hago, con la cedula de notificación, una pajarita. El papel se presta para ello, parece cortado a la medida, está cortado a la medida.

Posó sobre la mesilla de noche la pajarita que acababa de hacer absorta en algún decisivo pensamiento. A pesar del profundo cansancio que se explayaba en su rostro conservaba un brillo en los ojos que la concedía una singular belleza. Abrió la ventana y deshizo los nudos de la cuerda del tendedero. La cogió y, tras cerrar, fijó su mirada en la polvorienta bombilla de 60 batios.

 

* Relato finalista del V Certamen de Relatos Breves de Mujer 2002 convocado por el Ayuntamiento de Valladolid

 

 

 

EL FOTOGRAFO DE NUBES

 

© Cristina Fernández Castro

 

 

Todos escuchaban al señor Gutiérrez, director de la sucursal bancaria nº3 situada en la calle del Marques de Rebotilla, mientras contaba su encuentro con el Fotógrafo de nubes y su esposa, hacia más de un mes y medio en el despacho de su sucursal bancaria. Hablaba perfectamente serio enfundado en su traje gris, mientras hacía tañer su vaso de cristal de bohemia al jugar distraídamente agitando los hielos, "Trágico fin para esa pareja" dijo mientras encogía los hombros y sin abandonar esa expresión calculada que había usado a lo largo de toda la exposición de los hechos y que utilizaba, por deformación profesional, hasta para contar chistes. Finalmente, tras un espeso silencio, y con un gesto de aceptación concluyó " No corren buenos tiempos para los Fotógrafos de nubes".

Aquella noche había invitado, el señor Gutiérrez, a unos cuantos colegas y a sus esposas para disfrutar de una cena absolutamente grosera (por lo excesiva), en su casa. El motivo aparente era amistoso, pero una evaluación más concienzuda descubría egoístas atribuciones profesionales y de promoción personal. Todos escuchaban entre serios y aburridos; es posible que si la noticia no hubiera saltado a las portadas de los periódicos locales, a nadie se le hubiese ocurrido hablar del fin del Fotógrafo de nubes y su esposa. La pesada digestión o la fatua necesidad de dar enjundia farambulescamente a todo lo que el señor Gutiérrez decía, por puro interés, les hacía seguir escuchando.

Sentada al lado de la esposa del señor Gutiérrez, en un cómodo sillón tres plazas de chenilla color violeta, doña Elvira, subdirectora de la sucursal principal de la cadena de bancos "La Buena Fortuna", seguía la exposición de los hechos no sin cierto aburrimiento, dos palabras rebotaban de lado a lado en los espacios oscuros de su cabeza: "pobres" e "idiotas". Al ser en plural uno podía pensar que era a la conclusión que había llegado después de oír la historia que relataba el señor Gutiérrez, pero al fijarse en la expresión de su cara también se podía concluir que se refería al señor Gutiérrez y que la ese sobrante era un efecto beodo consecuencia de los excesos cometidos durante la cena. Lo cierto es que, esa expresión de doña Elvira, lo mismo que el tono perfectamente serio del señor Gutiérrez, era una constante en su día a día, adquirida desde hace muchos años y que bebía de las actitudes más reiteradas durante el desarrollo de sus cometidos profesionales. Sentada a su lado, la esposa del señor Gutiérrez, por el contrario, estaba indecisa a la hora de emitir su propio juicio sobre lo que acababa de oír; por un lado la costumbre infinita de seguir la corriente la empujaba a pensar como sus invitados, por otro no dejaba de intuir en aquella historia algo a lo que ella no sabía poner nombre y que sin embargo la atraía sobre manera. No lo podía poner nombre no porque su registro fuera breve y ella una ignorante, no lo podía poner nombre simplemente porque esa palabra no estaba recogida en el compendio de palabras más utilizadas en su día a día, no lo podía poner nombre porque se sentía torpe a causa de la pesada digestión y porque la estaban desquiciando los ojos de Don Antonio prendidos, desde que había comenzado la velada, en su bronceado y generoso escote... "qué hombre más ávido de todo, qué glotón, que mamarracho". Casi podíamos afirmar que la palabra que buscaba esta señora no era otra más que "esperanza"

Don Antonio, hasta el momento, no pensaba nada al respecto, su engranaje mental solo funcionaba estimulado por el olor o el sonido del dinero; prestigioso hombre de negocios, como era, no acostumbraba a dispersarse en futilidades con forma de nube mientras estas no dieran un alto rendimiento económico. Era hábil el señor Antonio, siempre se las arreglaba para estar al lado de los poderosos, ahora mismo asumía, a través de sus empresas, todos los contratos de servicios derivados del ayuntamiento y que se prestaban a la ciudad; era antiguo militante (tres o cuatro años) del partido que en la actualidad ostentaba el poder; así que a nadie le extrañaba que esos contratos fueran suyos y que se desenvolviera en ellos con tanta maestría como lo haría una Madan inmersa con sus sequito de prostitutas en el corazón mismo de un batallón de caballería. Seguía la conversación perezosamente prefiriendo vagabundear con fingido disimulo, puesto que era un exhibicionista vocacional, por el generoso escote de la esposa del señor Gutiérrez, quien a la postre ya hacía un rato que se había arrepentido de haber elegido aquel veraniego modelito para tal ocasión.

El director del director de la sucursal nº3, cabeceaba discretamente en un rincón de otro sofá y su esposa la Señora Carmen se entretenía moliéndole a codazos el costado izquierdo en su afán de conseguir que, por lo menos, no roncara. Harta ya de mantener despierto a su marido de esta manera, decidió cambiar de táctica situándolo en el centro mismo de la aburrida conversación. " y ¿tú qué opinas Carlos?". Se incorporó perezosamente en el sillón apoyando una mano en el brazo del mismo y la otra en su amplia barrigota; suspiró profundamente y con grave entonación perpetró " en mi opinión el Fotógrafo de nubes y su esposa no son más que dos simplones, intentar ganar dinero haciendo fotografías a las nubes es absurdo y desde luego, si en algún momento se les hubiese presentado la ocasión de ganarlo con esa estúpida actividad, sin duda, no hubiesen sabido verlo. Estos pequeños artistas es lo que tienen: son profundamente ineptos para los temas prácticos y más si están relacionados con el dinero".

Dinero.

Don Antonio apartó, al fin, los ojos del escote de la señora Rosa y miró a su colega en actitud pensante (ojos entrecerrados y mano izquierda conteniendo el mentón) " Habla usted de artistas amigo Carlos, ¿artistas?, que sean o no sean artistas está en manos de hombres como usted y como yo" y rió papanoelescamente muy satisfecho de lo que acababa de decir, al tiempo que aprovecha para rozar la fina piel del brazo de Rosa al describir un rizo con la mano acompasando lo que acababa de decir; ella se levantó inmediatamente de su sitio, asqueada por aquel súbito, frió y húmedo contacto, para alejarse con la excusa de rellenar la copa, pero no hubo llegado al mueble bar ya estaba allí el señor Antonio muy solicito para servirla: y aprovechando que la cogía el vaso la rozaba morboso la mano, y aprovechando que se lo devolvía con un giro sobre sus talones, se situaba peligrosamente cerca de su pelo, a punto de rozarla el vestido, oliéndola como un demente, mirándola con autentica gula por encima del escote. " Al parecer entiende usted mucho de arte" dijo Rosa con desdén, con odio visceral, con rabia de animal acosado, mientras se daba la vuelta y volvía casi corriendo a su sitio; "entiendo lo que hay que entender" contestó Antonio mientras la perseguía observando satisfecho el vaivén de sus pechos y de todos aquellos sentimientos que estaba provocando, " Al menos sabrá si son buenas esas fotos ya que con tanta soltura se atreve a decir que podría hacer negocios con ellas; con ellas u otras..." cada palabra quería ser una víbora que le mordiese "eso es lo de menos querida" intervino don Paco, que dándose cuenta de todo lo que le estaba pasando consideró oportuno dar un minuto de tregua a su esposa sin desairar demasiado a Antonio, lo justo para que ella, llevada por su enfado, no se pusiera en evidencia delante de todos sus invitados; Rosa le miró dolida, a pesar del dinero, de la posición, de tantas mentiras, quería que su marido la ayudase cuando se sentía así de acosada, no que se limitase a separarles como si de una rabieta se tratase; se enfadó más aún y se dejó llevar por el sentimiento de rabia que le procuraba aquella iniquidad "es ingenuo pensar que el éxito y la calidad están indisolublemente unidos" añadió don Paco. "¡Ahhhhhhh! La ingenuidad" vomitó don Antonio " déjela amigo Paco, tenga usted en cuenta que hoy en día la ingenuidad es una virtud escasa para una mujer, es usted afortunado" Rosa hizo como que no oía, estaba a punto de explotar "No exagere Paco, de una base hay que partir, de un mínimo aunque sea... Se necesita un "algo" para convertirlo en "todo", de la nada absoluta no se puede partir" intervino Don Carlos que al margen de la conversación no se estaba enterando de nada. " Bueno, quizá sea exagerado decir que nada... pero créame que mucho menos que lo estrictamente necesario para alcanzar el título de "obrilla de arte" ya ni le cuento si es una obra mayor, en ese caso es coser y cantar" intervino don Antonio " Vaya, vaya" dijo Rosa con desdén "resulta que estamos ante un experto catalogador de arte... ¿distingue usted entre obra obrilla, obraza?" Estaba terriblemente seria, por fin había conseguido que Don Antonio le mirase a la cara. "Eso no lo digo yo querida, eso lo dirá la posteridad, yo me limito a poner con éxito cualquier cosa en el mercado y si me apura un poco a hacer pasar por arte lo que no es otra cosa más que churro grasiento". Doña Elvira rió abiertamente, la expresión "churro grasiento" le había gustado e intervino en la conversación " ¿podría usted haber lanzado a la fama al Fotógrafo de nubes? Me parece un poco arriesgado hacer tal afirmación y más cuando ya no nos lo puede demostrar puesto que ha muerto junto a su esposa". Rosa vio una ocasión de oro para maltratar a don Antonio " Pero él si puede Doña Elvira" dijo con toda la burla que le cupo en la intención y mirando a Antonio añadió retándole "¿no?"," claro que puedo, otra cosa es que quiera, ahora tengo mucho que hacer" Rosa sonrió triunfante, ahora Antonio miraba como flotaban los hielos en su vaso de guisky. "Ja, ja, ja" rió don Carlos, "me parece Antonio que aquí hay quien duda de su eficacia como ejecutor exitoso de cierto proyecto. Apuesto que doña Rosa cree que no es capaz de convertir en oro las fotos de ese" "¿quiere usted apostar conmigo?" perpetró Antonio mirando fijamente lo ojos de Rosa por primera vez en toda la noche, de los suyos un brillo libidinoso lanzaba mensajes de neón a los encantos de doña Rosa.

Se perdían las palabras de aquellos hombres y mujeres en el fondo de los vasos que apuraban, por las rendijas de las ventanas, a través de las paredes de la estancia, absorbidas por las lujosas alfombras del salón de la casa del señor director de la sucursal bancaria nº3, algunas cuajaban cual cerúmenes en los oídos de los contertulios justificando la manera en que podía reportarles grandes satisfacciones económicas, aun vagamente, sobre lo que se estaba proponiendo.

Cuando Ramón, el fotógrafo de nubes, llegó a casa Ana su esposa hacía ya un buen rato que le estaba esperando; él venía contento, entró silbando y cargado con la bolsa donde transportaba su equipo fotográfico; Ana le salió a recibir al pasillo y tras darle un beso le persiguió hasta el estudio mientras le preguntaba qué tal le había ido hoy: "Hoy he visto a Eolo" dijo emocionado, sin mirarla, mientras comenzaba a preparar el equipo para poder visualizar las fotos "cahis... me lo he perdido, maldito este catarro que no me deja mover de casa" " es verdad, cariño, ni te he preguntado que tal estas esta mañana" "¿mañana? son las cuatro cielo". Había perdido la noción del tiempo tirado montones de fotos, había hecho series estupendas intentando captar momentos diferentes y consecutivos, viendo como el viento cincelaba con detalle, como componía y descomponía caprichosamente o, quizás guiado por alguna pauta misteriosa para Ramón cuyo guión está absolutamente lejos del entendimiento humano: lo que parece caótico y tal vez no lo sea, lo que parece anárquico tal vez respete escrupulosamente la Ley. Ana sonrió ante la cara de perplejidad que ponía Ramón indagando en su reloj de muñeca; la dedicación que mostraba su compañero solo podía derivar en un trabajo bien hecho, en momentos logrados con detalle, " si quieres las vemos antes de comer" le dijo ella con serena complacencia "será cosa de un momento, total como hoy tampoco puedes ir a trabajar, no tenemos prisa" y ultimó los detalles en el ordenador para poder sacar de su cámara digital todas las imágenes. Poco a poco comenzaron a discurrir lentamente delante de sus ojos, perdidas en una eternidad de azules, en un sinfín de matices. El silencio y la imagen evocadora, el silencio y la contemplación sugestiva de quien sabe lo que está mirando, el silencio y la plenitud de la imagen. Eolo evolucionaba en una serie de cinco fotos soplando un cúmulo chiquitito, blanco y algodonado en el que se había posado un rayo de sol haciéndolo brillar, en la cima, rabiosamente; con sus carrillos inflados de viento, ceñudo y cejijunto, tierno y feroz... era una buena combinación de atributos. Soplaba una nube, simplemente una nube. Decidieron que incluirían esta serie en el book de presentación. Con esta tendrían doce series, todas ellas elegidas minuciosamente.

Hacía tiempo que Ramón y Ana buscaban un patrocinador que lanzara al gran público su obra, habían remodelado su book muchas veces guiados por los comentarios de los directores de las salas de arte que, en general, después de decir que no, daban vagas razones y luego le hacían una dádiva de esperanza para que no se desanimasen: "esto no es lo que la gente busca hoy en día, la idea del transito está un poco obsoleta" "hoy al gran público le va un poco más los perfiles duros, más agresivos, " " demasiado etéreo, sería bueno que concretaran un poco más" " pero... puede ser valido bajo otra perspectiva, yo le animo a que siga trabajando y nos visite otra vez cuando haya madurado un poco más su tendencia, su estilo, su idea". Demasiadas exigencias y todas ellas demasiado vagas para completar la penetración en el entramado social... a nadie le iba a pedir Ramón que le agradeciese esos momentos sublimes y algodonados que iba a poner al alcance de todo el mundo, a nadie le iba a pedir Ramón que le agradeciese el haberle enseñado a mirara al cielo y ver... simplemente ver; pero, e sentía indigno sometiéndose a toda esa parafernalia sentía como que perdía autenticidad y frescura.

Ahora habían decidido ser sus propios promotores, hacerse su propia campaña, elegir unas cuantas salas en muchos kilómetros a la redonda y exponer por su cuenta y riesgo económico, pero no tenían ni un duro. Ana trabajaba en una academia preparando opositores para la Administración Pública. Ramón había cerrado su tienda de electrodomésticos acosado por los impuestos y la feroz competencia que le suponían las grandes superficies, las exigencias sociales le abrumaban: demasiados impuestos para tan poca demanda y además una demanda muy exigente... animado por su esposa, el día que echo la trapa a su local comercial definitivamente, había tomado la decisión, que él creía, de su vida: hacerse fotógrafo de nubes profesional, la idea le entusiasmaba. Con el dinero que ella aportaba les llegaba para los recibos de la casa, comer y poco más, pero tenían tanta esperanza, tanta fe en sus fotografías y en sus nubes que estaban seguros de que aquella época de vacas flacas era transitoria, una mera anécdota de lo que en el futuro iba a ser su vida. No anhelaban una gran fortuna, fama o poder, sencillamente querían vivir de lo que mejor sabían hacer, de lo único que entendían: sus nubes.

Decidieron pedir un préstamo personal en la sucursal bancaria nº 3 sita en la calle del Marques de Rebotilla porque era donde tenían abiertas sus cuentas y domiciliados sus recibos desde que se habían casado, hace ya de esto más de ocho años. El director, un tal Don Francisco Gutiérrez, les había citado a las nueve en punto de la mañana. Ambos se habían arreglado para la ocasión pues es de todos sabido que la primera impresión que causa uno, el primer golpe de vista que recibe, la primera evaluación somera y superficial puede ser determinante a la hora de emitir un juicio o de tomar la decisión; Ana iba vestida con un modelito de entre tiempo muy apropiado, a Ramón le pareció que con una corbata discreta era suficiente. El nudo, un poco descentrado y demasiado apretado, le delataba, pero el caso es que llevaba corbata que, al fin, es lo que cuenta, o al menos así lo entendía él. El señor Gutiérrez, les esperaba trabajando en un despacho hermoso, enmoquetado, iluminado, perfumado y amueblado al más estricto estilo de la institución bancaria "La Buena Fortuna": con sobriedad, pero siguiendo las últimas tendencias de la moda en mobiliario y decoración de oficinas, aunque de la gama más barata. Se sentaron accediendo a la amable invitación del señor Gutiérrez, se presentaron y bajo un casi inapreciado nerviosismo, que le hacia sudar las manos y le tenía los pulmones embotados; Ramón expuso su plan intentando contener cualquier indicio de emoción, intentando dar la impresión que todo, absolutamente todo estaba minuciosamente estudiado con una frialdad sobre humana, intentando que el señor director entendiese que este era solo un preámbulo carente de importancia y riesgos. Lo cierto es que Ramón fue convincente, en ningún momento el señor Gutiérrez sospechó la humillación terrible que les suponía pedir dinero para poder ejecutar algo tan legítimo. " Bueno, bueno, todo eso está muy bien" dijo Don Francisco Gutiérrez perfectamente serio, aunque en el fondo no le parecía ni bien ni mal es más le daba lo mismo, le importaba un bledo. " Usted no trabaja me ha dicho" " si, si trabajo... ya le digo que soy fotógrafo de nubes" " No trabaja" apuntó en una hojilla de papel reciclado. El director ahora miraba a Ana, Ramón acababa de ser desterrado de los paraísos financieros. Muy consciente de ello se sintió abochornado, le picaban las axilas, la cabeza, las nalgas... estaba a punto de explotar. " Y usted" " doy clases en la academia El Futuro" " ¿tipo de contrato?" "fijo" "me tiene que traer la última nómina, la declaración de la renta, fotocopia del DNI y teniendo eso veremos hasta donde podemos llegar; en su momento, si eso cuaja tendrían que hacerme una declaración de bienes jurada" "Pero, pero" dijo Ramón "¿no podía basarse el préstamo en el proyecto en sí? Mire las fotos, evalúe usted mismo si tienen futuro (tan seguro estaba de su trabajo)" El señor Gutiérrez ni siquiera oyó lo que Ramón decía, evidentemente ya había elegido a su presa. "¿No desea ver las fotos?" dijo Ana intentando dar una vía a las sugerencias que estaba haciendo su marido que ya tenía la corbata totalmente ladeada y la frente llena de gotitas de sudor. "No es necesario" dijo El señor Gutiérrez levantándose de su sillón con el fin de dar por concluida la reunión.

Ya se han marchado los invitados, Francisco fuma el último cigarrillo mientras ayuda a Rosa a despejar el salón de vasos vacíos y ceniceros llenos. Están en silencio, como si ya hubiesen hablado todo lo que tenían que hablar y el resto de la vida que les quedaba en común se lo pudiesen pasar callados. En un momento dado, aprovechando la cercanía del Francisco y quizá buscando su apoyo Rosa dice "Antonio cada vez está peor". Silencio. " Me resulta odioso, repulsivo" "¿sí?, pues quien lo diría porque te vas a ir con el de vacaciones tú solita y bien pronto" Rosa siente un gran malestar interior ante el comentario de su marido y la tranquilidad con que se lo dice, casi se siente indispuesta físicamente, " ¿ por qué me dices eso?" Le tiemblan la voz, le gustaría poder echarse a llorar, Francisco le mira con cierta desidia, está cansado, son más de las tres de la madrugada. " Para que te vayas haciendo a la idea de que has perdido esa apuesta" y sale del salón, tiene muchas ganas de meterse en la cama.

El ánimo de Rosa se ha cubierto de pétalos negros, no quiere ni pensar lo que supondría irse con Antonio una semana a las islas Figi. Mientras cierra la puerta de la sala dejando atrás otra noche y siguiendo la estela oscura que ha dejado Francisco, analiza fríamente lo que le acaba de decir su marido y entiende que, efectivamente, es muy posible que pierda la apuesta; como Rosa no está acostumbrada a mantener la esperanza, ni siquiera a pensar en ella, sin perder un minuto más empieza a elaborar un plan de choque que la permita zafarse de esto con cierta dignidad. Acaba de entrar en su vestidor y se esta desprendiendo del escotado vestido al tiempo que se mira en un espejo... "maldito escote" le reprocha despiadada a la imagen haciéndola responsable injustamente de todo lo que ha acontecido durante la cena, "haber caído en trampa de ese sinvergonzón, pero que idiota he sido"; y mientras dice esto el camisón cae como una cortina desde su cabeza cubriendo su hermoso cuerpo. Al verse así en camisón, resbaladiza y frágil, se vuelve a repetir a si misma, nerviosa y abrumada, que no se puede ir con ese tipo a ningún sitio, solo de pensarlo el corazón le palpita con más fuerza. Ya en el cuarto de baño decide centrarse en la historia que se ha de montar para zafarse de aquel embrollo, tiene instalado en la memoria con obsesiva fijeza el brillo de los ojos de su contrario y la humedad viscosa de los labios mientras habla proyectando gotitas de saliva en todas las direcciones; se agita de asco, pero se centra en la historia que ha de representar llegando el momento: se pondrá enferma inesperadamente; situada frente al espejo, con la cara embadurnada de desmaquillador, descubre cierto patetismo en su imagen, después de coger un par de bolas de algodón cierra los ojos y se limpia a oscuras, conoce cada centímetro de la piel de su cara, no la resulta difícil recoger toda la crema sin dejar un rastro de ella y sin mirarse; está obsesionada, los efectos del alcohol y la falta de disciplina hace que las ideas cabalguen a su antojo por los campos espéjicos de la memoria inmediata: las manos pequeñas y sudorosas tendiéndole el vaso y aprovechando un instante para rozarle la piel reviven en su memoria con obstinada veracidad, está a punto de explotar de rabia, abre el grifo y sumerge la cara en el cuenco de sus manos que rebosa agua helada, el contraste que se produce sobre sus mejillas le da un minuto de tregua. Comienza a cepillarse el pelo y retoma la elaboración del plan que le va a permitir no cumplir con la parte de su apuesta: ella se pondrá enferma en el último momento; ante la perspectiva del viaje todo su cuerpo rechaza e, inconscientemente, emite tres nos que aunque no son modulados muy alto son de una contundencia bastante convincente, inusual ese tono en la voz de Rosa hasta el punto que el timbre la sorprende. Hasta ese momento el silencio y su imagen en el espejo, ahora el sonido de su voz la deprime aún más. Busca la crema de noche en el cajoncito donde ya hace años que habita y desenrosca el tapón con la expresión de las manos crispadas " ¡qué fácil se lo he puesto!" se reprocha con los ojos llenos de rabia " qué tonta he sido". Se unta con rapidez, quiere dejar de mirarse en el espejo cuanto antes, qué diferencia más grande hay entre el ánimo de ahora y la seguridad con la que planteó el reto hacia hora y media. Se limpia las manos con una toallita echándose el último vistazo " qué tonta he sido" " me pondré enferma inesperadamente en el último momento". Apaga la luz y se dirige a la cama.
El cuarto está en penumbra, solo la luz de la lamparilla de noche, luce sobre el mármol de la mesilla. Se descalza y se mete en la cama con cuidado de no subirse el camisón, a su derecha la espalda de Francisco se mueve acompasadamente y su cabeza calva reposa sobre la almohada: duerme a pierna suelta. Antes de apagar la luz, le echa un último vistazo a esta imagen de espalda vuelta que le hiere... la hubiese gustado tanto tenerle como aliado... suspira y recobra el ánimo arropada por las mantas, intenta trazar un buen plan que le libre de la humillación: "en el último momento me pondré indispuesta; habrá mil detalles que resolver para que parezca verídico, pero ¿cómo saberlo con tanta antelación?" Bueno, el caso es que en el último momento se ha de poner enferma.

Desde la celebración de la entrevista Ramón se sentía disgustado, casi deprimido. Qué degradantes son algunas ausencias, como la de la comprensión o el interés sobre algo que es importantísimo para nosotros, qué pusilánime se siente Ramón. Esas ausencias se ubican cual parásitos en nuestra alma, y se convierten en pesadas cicatrices; cicatrices que nunca dejan de latir, que se acomodan de cualquier manera y en cualquier rincón, acechantes, sin conceder ni un minuto de tregua ni a la memoria ni al corazón. Cicatrices que no se pueden compartir, que te condenan a silencios, que te marginan, que te someten, que te aniquilan. Que se llevan como un estigma invisible concediéndote el desaliento y la rabia, como gracia y en exclusiva. Cicatrices caprichosas que nunca quisieron ser herida. Cicatrices viejas que apuntalan retazos de dolor, inviernos interminables, sombras; sombras y silencios.

Volvía de vez en cuanto los ojos a Ana y reposaba sus inquietudes en su fe, en su confianza en él, pero también entendía que todas sus valoraciones en cuanto a su trabajo no tenían porque ser objetivas... porque Ana le quería, le amaba. Por lo tanto tenía que reconocer que, al cabo, el único motivo real con el que él contaba para sacar su proyecto adelante era él mismo; " no necesitas más" le había dicho Ana cuando este le había hecho participe de sus angustias; " No necesitas más" se había dicho a si mismo pero, ahora, la fe le flaqueaba y se perdía como una bruma por los recovecos de su apaleada alma... llena de cicatrices de ausencia.

Estaban pasando el fin de semana fuera de casa, se habían ido al valle de Lemur en busca de una última serie para su exposición. Buscaban grises tétricos sobre azules sombríos o blancos trágicos que en su vagabundeo celestial se vieran trabados en algún picacho descarnado y feroz deshaciéndose en estela, difuminándose en el aire de las peñas más altas. Querían que las fauces de un cúmulo gris se tornaran metálicas y estridentes; fuerza, sobre todo fuerza que atrapara el embrujo de una mirada furtiva y perdida condenada a la a la tristeza, a la sumisión, al miedo del débil , del solitario.
El valle de Lemur era una urna de piedra con dos kilómetros de ancho y más de largo. En su extremo derecho el pueblo de Cordis, único en todo el valle, con sus tejadillos añejos y rojos vertía al valle ecos, olores... Hacía un calor sofocante. El río Sommus discurría por la mitad del valle lanzando su tonificante susurro contra la roca que lo repetía una y otra vez pared contra pared.

El pedazo de cielo que veían hundidos en aquel receptáculo natural y tumbados boca arriba en una manta, estaba absolutamente encapotado, un calor sofocante les hacía sudar y revolverse incómodos continuamente. Nubes grises, azules, blancas e incluso casi negras... pero Ramón andaba perdido por sus angustias, no conseguía concentrase, la voz prepotente del señor Gutiérrez supuraba desde algún lugar del alma y en el humor putrefacto de aquel eco, se perdía el hilo del que debía tirar, el hilo neblinoso que desenredara, para bien, aquella maraña de nubes. Hacia un calor sofocante, impropio del mes de septiembre.

Tumbado boca arriba escudriñaba el cielo haciendo esfuerzos por centrarse, Ana a su lado, más despreocupada, tarareaba una canción mientras consumía un cigarrillo.

Sí, es cierto eso que dicen en algunos cuentos "... y de pronto estalló una terrible tormenta". Porque, efectivamente, de pronto aquellas nubes explotaron en una tormenta que se engrandecía en la urna natural. El primer relámpago acompañado de un trueno ensordecedor fue para Ramón como un pistoletazo de salida, la inspiración misma... no hubo tomado su cámara cuando el segundo relámpago, rayo inclemente, flash infernal, en una orgía de luces y sombras: los fulminó.




 

 

 

PENÉLOPE EN EL JARDÍN DE MORFEO

 

© Cristina Fernández Castro

 


Indecisa entre entrar a la cafetería y pedir su desayuno o seguir derrochando los escasos treinta minutos de su descanso matinal, esperaba en la acera desde hacía un rato sin dejar de esforzarse para ver llegar a su amiga en el tramo que hay entre la esquina y la cafetería: sorteando caras de desconocidos, muecas inexpresivas, conversaciones anónimas que no le interesaban y se perdían detrás de sus dueños con simple indiferencia.
Enredada en ese momento inútil le vio por primera vez. Le vio chancleteando sobre el asfalto sucio con unas chinelas de color azul oscuro, delicada piel y piso fino; le vio despistado, con las facciones de la cara hinchadas como quien se acaba de levantar de la cama tras un pesado y largo sueño, con el pelo revuelto, la mirada perdida entre tanta luz, entre tanta gente; metido en un pijama de seda color granate, con los ribetes y los botones azul marino, y envuelto en un batín que ondeaba al aire marcando el presuroso caminar. "Vivir para ver" se dijo divertida " un tipo en pijama en plena calle y a estas horas" y se rió pensando que sería un loco, un excéntrico, un despistado...

Con la atención puesta en aquel individuo se abandonó, el tiempo que la quedaba, a observarlo: Llegó a su altura parándose ante la cafetería; con un gesto cotejó la información que tenía en la memoria con la que ofrecía el cartel luminoso "TEMPLE" y luego, tras tomar resuello y con un ademán demasiado decidido para alguien que se dispone a hacer algo tan simple como abrir una puerta, agarró con la mano el gran pomo de cristal y tiró. Tiró una y otra vez incrementando su fuerza en cada ademán, utilizando las dos manos, orientando su esfuerzo estratégicamente, apoyando un pie en la pared, combinando el empeño con el ingenio... Pero definitivamente, aquella puerta no se abría. La situación era absurda porque Penélope veía y había visto, a lo largo del rato que había estado allí, gente entrando y saliendo sin ningún tipo de dificultad; "Será un mimo parodiando para ganarse unas pesetas" pensó. Pero lo pensó al principio solamente, porque no tardó en darse cuenta de que inexplicablemente, a aquel individuo le ignoraba, por completo, todo el mundo menos ella. Salían y entraban de la cafetería sin verle, sin mirarle, sin tropezarse con él, a pesar de los ademanes esperpénticos. Era pasmosa tan solidaria indiferencia y más cuando el espectáculo merecía, al menos, una mueca de incomprensión.
Fatigado por los inútiles esfuerzos que había hecho, pero sin darse por vencido, decidió reponer las fuerzas, durante un momento, apoyado en la pared; la mirada amarrada a la punta de las zapatillas con obstinada fijeza; rabieteando entre dientes, iracundo, con los puños cerrado calculaba las posibilidades que le ofrecían otras estrategias que le permitieran acceder al interior del TEMPLE. Al cabo de algunos minutos levantó los ojos del suelo con lentitud mientras indagaba en otra realidad de extraños matices y se encontró con los ojos de ella. La vio entendiendo con disgusto que ella también le veía pero decidió ignorarla, no sin antes manifestar, con un gesto, el malestar que su atenta mirada le causaba.
Al momento puso en practica lo que parecía ser su nuevo ardid. Consistía en unirse a la suerte de todos aquellos que entraban, apostándose detrás de cada uno de ellos para aprovechar su impulso. En principio pareció una buena idea o, por lo menos, eso pensó Penélope. Pero no fue así: tropezó y calló sin conseguir levantarse antes de que la puerta se cerrara una vez más, luego el batín se enredó en el paraguas de una señora que pasaba, imposibilitándole colocarse adecuadamente detrás de otro individuo, al siguiente, una involuntaria patada a una chinela que se salió del pie, le alejó de su objetivo... Todos sus intentos eran ineficaces, su voluntad por entrar estaba abocada al más rotundo de los fracasos; era lastimoso verle luchar inútilmente enfebrecido por el más desesperado de los desánimos.

Después de aquellos estériles momentos, consiguió agarrarse al borde de la puerta de cristal que se cerraba, inexorablemente, después de dar paso a una mujer y, ajena al desafío que se le proponía aprisionó los dedos, al hombre del pijama, ante la ineficacia de la fuerza que ejercía sobre ella.
Penélope estaba perpleja, buscaba una explicación razonable para aquel espectáculo inusual; su lado lógico se lo explicaba con una disertación breve sobre la locura, su lado práctico fue más piadoso y, transgrediendo las reglas de la prudencia, decidió ayudarle a entrar. No pudo evitar tomar precauciones, así que se acerco con extremada prudencia y, pasando un brazo por el escaso hueco que quedaba entre él y la puerta, la abrió liberando así sus dedos y dándole tiempo de pasar al interior. Él, mientras se sacudía las doloridas manos entró por fin, no sin dedicar a Penelope una árida mirada que ella no supo interpretar. Luego comprobó en su reloj que sus treinta minutos de asueto habían espirado, se dio la vuelta dejando que la puerta se cerrase lentamente y se encaminó a su oficina sin poder alejar de su mente aquello que acababa de ver.

Se quitó el abrigo lentamente mientras se encaminaba a su mesa de trabajo decidida a olvidar la desazón que aquel individuo la había contagiado. Ahora, allí sentada, se cuestionaba la veracidad de todo lo que acababa de ver y haciendo un esfuerzo para no darle mayor importancia, decidió embeberse en su tarea. Penélope tranquila que tejía y destejía los hilos de su vida con meticulosidad exquisita y sencilla, sin impaciencia, sin motivo, por el placer modesto de la propia vida, de los amigos, de su rutina agridulce. Penélope que confiaba en su suerte porque se sentía al margen de los grandes aconteceres que movían el mundo, porque había sabido modelar los limites de su ingenio y su pericia procurando, para mantenerse a salvo, no rebasarlos bajo ningún concepto. Sonó el teléfono; la voz de su amiga Clara llegó hasta su oído:
- Hola Pen ¿me has esperado mucho tiempo?
- Hola Clara ¿qué ha pasado? ¿por qué no has bajado a desayunar?
- No me preguntes que no tengo ni idea. Aquí hoy no ha aparecido el jefe y esto está a punto de estallar... Lo siento ¿has desayunado bien?
- No exactamente... ya te contaré, ahora te dejo que tengo un montón de trabajo. Mañana ¿te veré?.
- Pues como sigan así las cosas no te aseguro nada porque este capullo de jefe es capaz de faltar una semana si se huele que con eso molesta.
- Bueno, pues ya veremos. Hasta luego.
Dejó que la mañana transcurriera pacifica, sin embargo, la escena del hombre del pijama le había dejado el ánimo desasosegado. A sabiendas de que no debía dramatizar con algo que ni le iba ni le venía, esa absurda fatalidad que acompañaba a aquel individuo, le hacía presentir la tétrica ironía del mundo. Se retiró a su casa a la hora prevista, sin ánimo, con preocupación, evitando pasar por delante de la cafetería para ahorrarse rememorar los detalles. Deseando dar por terminado aquel extraño acontecimiento, abandonada a su rutina se dejó arrastrar por el calor que su vida le proponía; cuando por fin se acostó deseando retomar el hilo de sus sueños, un presentimiento con matices descabellados le planteó una respuesta: los sueños.

A la mañana siguiente, antes de dirigirse a su mesa de trabajo, dio un rodeo por el departamento de Clara; ni siquiera tuvo que acercarse a ella pues, con un gesto breve, le indicó que hoy tampoco desayunarían juntas: el jefe seguía sin aparecer; así que, llegada la hora del descanso, se dirigió ella sola y sin pausas a la cafetería. Entró. Luis, el camarero, no tardó en servirle un café con churros y unos minutos de conversación. Era un tipo agradable y atractivo que sabía poner en aquella platica banal, que mantenía con ellas todos los días, un tono sugerente haciéndolas sonreír. Aquel día no fue diferente, salvo que estaba sola y se cubrió su solitaria sonrisa con el borde de la taza de café mientras sus ojos, chispeantes, revoloteaban por encima de las mesas... hasta que le volvió a ver: Allí estaba, otra vez, el hombre del pijama, hoy tenía un aspecto lastimoso; sentado en el escalón de acceso a los servicios, con la barba añadida del día anterior, el pelo revuelto y opaco, la pechera del pijama arrebujada saliendo del batín aprisionado por el cinturón que lucía como las cortinas de una casa abandonada; los pies a medio calzar en las chinelas, los talones mugrientos y resquebrajados se apoyaban en el suelo. Unas ojeras profundas ensombrecían los ojos sin brillo, los labios apretados, la punta de los dedos enrojecidos, casi morados, depositaban su calor febril en los labios. Se levantó lentamente, con mucha dificultad, parecía agotado; Despacio se acercó a la puerta y una vez en ella comenzó, otra vez, su calvario: ¡Quería salir! Penélope no daba crédito a lo que veía. Recordando el presentimiento que había tenido el día anterior comenzó a tejer una loca teoría; estaba segura de que aquel hombre había pernoctado allí sin cejar ni por un momento en el intento de escapar, tras observar a los demás parroquianos, que en su mayoría ella reconocía por habituales de la cafetería, comprobó, otra vez, que solamente ella le veía y, clavando los ojos en el fondo de la taza de café, reflexionó sobre lo que estaba ocurriendo mientras su corazón galopaba torpemente en su pecho: aquello era como un sueño, como un mal sueño; era una pesadilla; pero ella estaba despierta, sobre eso no tenía la menor duda, lo que le indujo a pensar, con gran acierto, que esta pesadilla no era suya, ella no era más que otro elemento del delirio de aquel individuo.
Levantó los ojos con la esperanza de zafarse de aquella paradoja, agarrada a las evidencias con toda su alma, deseando no volverle a ver. Pero estaba allí, con su indeseable realidad; ahora se había vuelto y se acercaba con aire cansino a una mesa vacía y haciendo un evidente esfuerzo se subió a ella, miró a su alrededor y llenando los pulmones de aire increpó con violencia a la pequeña multitud con un grito mudo. Gesticulaba abriendo con desmesura la boca al tiempo que batía el aire con los brazos como el molino de un Quijote, los puños cerrados y amenazantes, la mirada desesperada... en silencio. De pronto se paró y comenzó a mirar aquí y allá con los ojos envilecidos y llenos de lagrimas, hasta que se encontraron con los de ella, con su expresión alucinada; levantando su dedo acusador la señaló apartándola del mundo pero, antes de que le diera tiempo a más, alguien que pasó por allí golpeó la mesa involuntariamente haciendo que se desplomara sobre el suelo.
Atrapada en aquella alucinación, arrastró un momento de duda por el fondo de su taza vacía, había sido ella quien le había dejado entrar la mañana anterior, de alguna manera, había sido ella quien le había condenado a pasar allí toda la noche y decidió que tenia que ser ella, también, quien debía poner fin a aquella tontura. Así que asumiendo sus responsabilidades se levantó de la silla y acercándose a él le tendió una mano para ayudarle a ponerse de pié. El contacto sudoroso y caliente le daba una veracidad aterradora, la violencia de su mirada la hizo estremecer, lentamente y sin soltarle, le condujo hasta la puerta y abriéndola le dejó escapar como alma que lleva el diablo. Mientras le veía huir, calle arriba, con la esperanza de no volver a encontrárselo nunca más, oyó una voz a su espalda.
- Pen ¿te encuentras bien?
Luis, con la bandeja debajo del brazo, la miraba con una mueca de preocupación
- Sí, sí; Gracias Luis. Oye ¿tu no has visto a ese tipo tan raro?
- ¿A quién?- Contestó Luis mirando para todas las partes.
- Es igual, déjalo. Gracias de todas maneras.
- De nada bonita, ¿te sientas y te tomas otro café?
- No, no; Voy ya para la oficina, se está haciendo tarde.
No sonrió, estaba tan preocupada y confundida que ni siquiera se despidió de Luis. ¿Por qué la miraba así? ¿qué podía haberle hecho ella?. Además de tener que verse enredada en aquel sueño, que ni le iba ni le venía, aguantarle la cara de odio, la violencia de sus ojos...
Desde la ventana de su apartamento, observando a la noche deslizarse, silenciosa y ajena sobre el asfalto gris, repasaba las posibilidades que aquella hipótesis descabellada tenía en su pacifica realidad: Un hombre con un sueño, un sueño que era pesadilla, ella abriendo y cerrando las puertas de aquel alucinado ser... ¡lunática evidencia! Amanecía sobre la ciudad, sobre ella y sobre el onírico individuo. Se metió debajo de la ducha esperando del agua que arrastrara lejos la pesadez del insomnio; Con el firme propósito de no hablar de esto con nadie se preparo mientras pensaba en Clara, en Luis, en el café con churros que debía reconfortarle a las diez de la mañana; Volvió a la oficina.

Cuando llegó a la mesa de trabajo, se encontró con una nota de Clara que le confirmaba que hoy sí tomarían café juntas. Respiró aliviada:
- Qué alegría verte Clara, el café no es el mismo sin ti
- Cómo me gusta oír eso Pen ¿me echaste de menos entonces?
- No sabes cuanto... ¿volvió el todopoderoso?
- Volvió, vaya que si volvió. Después de montarnos un lío de "agarraté" nos dijo que él, con gente así, no trabajaba más y, yo no sé que hilos tocaría pero a las dos horas preparó sus cosas porque se cambia de sección, que por cierto, si no estoy mal informada, se va para la tuya
- Vaya por Dios, con lo bien que estábamos con Avelino. Pues ya lo podían haber ascendido y así nos lo quitábamos todos de encima
- No tardará, no te preocupes... se le ve venir, tiene madera de jefazo

Y las dos se rieron cómplices y casi felices. Llegaron a la cafetería; Penélope hacía esfuerzos por no desengancharse de la animada conversación que mantenía con su compañera, no quería levantar los ojos, tan pronto separaba los granitos de azúcar que había encima de la mesa como les volvía a juntar, comprobaba el estado de las uñas de su mano derecha o se quitaba pelos imaginarios de la manga de su chaqueta; cualquier cosa menos volver a encontrarle allí. Luis les llevó el café, hoy no hizo bromas, estaba preocupado por Pen... su extraña actitud del día anterior. Ella sonreía mientras Clara le hablaba. Quizá por el cansancio, quizá por que se encontraba cómoda en aquel apoyo desinteresado que le ofrecía Clara se olvidó de que no quería mirar a su alrededor y, dejando escapar su mirada, le volvió a ver; Pero hoy estaba de una manera bien distinta: peinado hacia atrás con brillantina, afeitado y metido en un impecable traje marrón, camisa beige, corbata estampada al tono; Sin ojeras, sin sombras en el rostro, con las manos suaves y blancas como las de un bebe, con la expresión seria, sin crispaciones, tomándose un café humeante sorbito a sorbito al lado de la barra, con su espacio vital totalmente determinado y respetado. Casi le costó trabajo reconocerle:
- Clara, mira disimuladamente hacia atrás y dime si conoces a aquel individuo del traje marrón.
Al instante.
- Vaya que si le conozco, como que es mi exjefe.
Un escalofrío, una punzada en la boca del estomago, sudor frío.
- ¡Pero si nunca le hemos visto por aquí!
- Si, es cierto, pues ya ves... ahora viene.
- Pero qué voy a hacer ahora- murmuró
- Pen, tranquila, no te hagas caso de todo lo que te he contado, no tiene porque ser tan borde con vosotros... tampoco es para que te lo tomes así, pasa de él y punto.

Sin poder evitarlo concentró su atención en él abrumada por un sin fin de dudas. Observó que actuaba resueltamente, con mucha superioridad, casi no le reconocía. Terminó su café y tras pagarlo, se dirigió a la puerta casi sin tener que abrirse paso entre la pequeña multitud que se agolpaba en la barra. Una vez enfrente de ésta se paró; ahora le reconoció mejor pues por su expresión fría atravesó un momento de angustia que le empequeñeció un poco. Parecía abatido y lanzó una mirada alrededor; aunque ahora no estaba soñando, la angustia vivida en la pesadilla parecía hacerse presente y, cuando replegó su mirada decido a abrir e irse, la vio: "Allí esta otra vez esa foca de mi pesadilla, ¡que cojones hace aquí!, y yo pensando que solo la tenía que aguantar en mis sueños; mirándome fijamente, otra vez, con esos ojos de mujer empalagosa, sin perder ni un detalle ¡la muy bruja!. Tan descarada como siempre, con la expresión simplona de telenovela, de lagrimón de dibujo animado, de pura idiotez... a ver si me acuerdo y el próximo día que la sueñe en vez de pedir que me abra una puerta la mato, y así me la quito de encima de una puta vez..." Después abrió la puerta desafiante y se fue. Penélope, leyendo tanto reproche en aquella mirada bajó la suya mientras intentaba oír lo que Clara la decía y sin poder ver con que soltura, el jefe era capaz de franquear la puerta él solo.

A la mañana siguiente Penélope esperaba en su mesa de trabajo. El hecho de que fuera ella, precisamente, la secretaria del jefe del departamento daba un giro a la situación. Llevaba treinta y seis años sin creer en el destino, sabía que abandonarse a la suerte era una excusa perfecta, pero había tomado la firme determinación de acabar con todo aquello. Así qué, agarrada con fuerza al timón de su nave decidió encararse a la ola con tenacidad.

Se abrió la gran puerta de cristal automática y entró él con gallardía mientras comprobaba, satisfecho, su puntualidad sajona. Ella esperaba decidida a abordar la situación con un deje de ironía, esperando disipar por fin la duda de hasta qué punto él era consciente también, de aquella absurda realidad y viéndole con tanta soltura, se preguntó casi divertida, si en su versión onírica conseguiría abrir la puerta con tanta maestría.

Miró atentamente comprobando quién faltaba de su mesa y quién no; al verla se paró al instante; sus ojos se volvieron a poner furiosos, con esa furia atroz que ella ya conocía; unas gotitas de sudor empañaron su frente y levantando el dedo acusador, el mismo dedo con el que la había apartado del mundo hacía dos días, y con un tono de voz imprudentemente subido le voceó: - ¡ se puede saber qué hace usted aquí! - Por un momento Penélope se sintió minúscula, reencontrando aquella sensación infantil de pánico desmedido ante la posibilidad de toparse con un ogro al abrir armario; con la garganta atiborrada de saliva que no conseguía tragar intentaba contestar, mientras él se la acercaba amenazante: -¿no me ha oído?- Le susurró muy cerquita ahora:
- Soy su secretaria
- Vaya por Dios. Pero qué suerte más perra tengo.
Y aposentando su nalga sobre la mesa de Penélope comenzó a revolver entre sus papeles con descaro.
- Y... digamos, que le encanta trabajar, que es muy servicial y que aquí está para lo que la manden ¿no?.
- Me gusta mi trabajo- Penélope, indignada, comenzaba a recobrar el pulso.
Él se rió sarcásticamente y tras dar un manotazo a los papeles que había encima de la mesa añadió:
- Eso ya lo veremos. ¡Ordene la mesa que la tiene hecha un asco! Y luego pase al despacho, vamos a ver cuánto le gusta trabajar.
Ahora Penélope ya no tenía dudas, llevaba cinco días instalada en el absurdo, un absurdo tan real como la vida misma. Se desplomó sobre el respaldo de su silla, la determinación de acabar con aquello era más firme que nunca, sus compañeros la miraban perplejos y mudos, nadie se atrevía a decir nada.
La cantidad de trabajo que le impuso para el día siguiente era acromegálica, amén de algunos recadillos humillantes que consistieron en ir a la tintorería y al estanco. No se negó a nada, consciente de que necesitaba una estrategia se sometió pacíficamente. Sin duda, tendría que hacer horas extraordinarias si quería cumplir los objetivos que él imponía; no era el trabajo cosa que le asustara, así se resigno con indiferencia y sin perder tiempo se puso manos a la obra.
Llegó el momento de irse y vio como sus compañeros se marcharon despidiéndose de ella con cara de circunstancias. Cuando, por fin, salió de la oficina no tenía ganas de ir a casa. La tarde amenazaba con pasar lenta y en su cabeza bullían con insistencia ideas inconexas con un trasfondo humillante. Decidió meterse en el cine eligiendo una tonta película de amor, necesitaba perderse sin sobresaltos en algo incuestionablemete simple.

Cuando llegó a su apartamento estaba muy cansada. Preparó una tila y tras tomársela, se fue a dormir. No tardo en sumirse en un profundo sueño cargado de turbulencias: vértigo, miedo, agitación, sudor...

Arturo llegó a la oficina ferozmente contento y animado por el hecho de encontrarse con Penélope y sentirse vencedor a cada golpe de vista que le dedicara. Había dormido como hacía años, con un sueño reparador y apacible que le proporcionaba unas ganas inmensas de comerse el mundo, empezando por Penélope. Entró en el departamento a la hora en punto, ya estaba casi todo el personal sentado y trabajando; Después de observarlos durante unos segundos vociferó:
- ¿Dónde está mi secretaría?
Penélope no había aparecido y nadie sabía nada.
- ¡Tú! Nada más que llegue le dices que entre al despacho.

No llegó. A las diez de la mañana, hora del asueto común, no había llegado todavía. Arturo planeaba en su cabeza venganzas tenebrosas que le hicieran arrepentirse de aquel desplante. Bajó a la cafetería nervioso, enfadado. Pidió un café y empezó a sorberlo apostado en la barra, sin dejar de mirar para un sitio y para otro. Quería que ella estuviese allí ¡ya! Hasta que por fin la vio; vio su cara entre el ir y venir de la gente, en la calle, fuera de la cafetería, parada ante la puerta, mirando fijamente con cara de bobalicona. Arturo posó la taza y salió sin perder un segundo... allí estaban, cara a cara. Ella muy despeinada, vestida con un casto camisón rosa, con los pies metidos en unas peludas zapatillas de dacha. No decía nada, solo le miraba: "¡Pero no te da vergüenza presentarte con esa facha!" gritó riéndose a carcajadas. Ella se miró cayendo en la cuenta de que estaba en camisón. Y supo que el sueño, ahora, era ella y que él a pesar de todo, no tenía ni idea de lo que estaba pasando. Sonrió divertida mientras se contemplaba las zapatillas, se colocó un poco la melena con las manos. Al mirar a su alrededor confirmó que nadie la veía, solo él, tan ignorante ; mientras Arturo hablaba y gesticulaba exageradamente, la gente empezó a hacerle un corro al rededor, le miraban con curiosidad, evidentemente no veían otra cosa que un hombre pegando voces él solo. Penélope tranquilamente le dejó allí, en la acera, cansada de oírle y se dirigió a la oficina.. En algunas puertas tuvo que esperar un ratito pero, en general, no tuvo problemas para entrar en ningún sitio: " conocer los sueños, ayuda" se dijo divertida. Curioseó a sus anchas en algunos despachos, también visitó a Clara y finalmente se dirigió a su mesa... tenía curiosidad ante la incertidumbre que le procuraban los nuevos acontecimientos; no sabía lo que podía ocurrir, tampoco la importaba demasiado, total: estaba soñando. Cuando llegó él ya la estaba esperando. "¡Pasa!" gritó ante la sorpresa de sus compañeros que le miraban sin saber a quién se refería; entró detrás de él. Estaban dentro y solos.

El sol de la mañana atravesaba contundentemente, las rendijas de la persiana en forma de haces de luz; él le gritaba y le gritaba pero Penélope había decidido no escuchar. Embelesada miraba a la persiana, nunca había visto la luz así, la luz en un sueño es más luz, la luz en un sueño, es la luz. Absolutamente conquistada por aquel efecto luminoso, se acercó hasta ellos con extrema curiosidad; eran seis o siete haces paralelos, de una rectitud exquisita que se posaban en el suelo en seis o siete puntos de luz rotunda y precisa, señalando cada décima de segundo que ocurría fuera y dentro, en todas las partes, en todos los universos, más lejos, más y más, a la vera del astro dios, posados en cualquier estrella. Lentamente acerco su mano a uno de ellos, maravillada, sin entender como era posible que no se hubiese dado cuenta antes de aquel magnífico y cotidiano momento luminoso; cerró los ojos para sentir la luz y calor y, cuando los abrió, comprobó que el haz le atravesaba la mano... Aquel empezaba a ser el sueño más revelador de su vida, probó con la otra, con un mechón del pelo, con un trozo de camison, con una pierna, con el cuerpo entero, se estaba divirtiendo, sin duda alguna. De pronto, se dio cuenta de que Arturo ya no vociferaba se dio la vuelta para mirarle, estaba derrumbado encima de su cómodo sillón de ejecutivo, pálido y empapado en sudor. La miraba respirando agitadamente, los ojos abiertos con desmesura, mientras, con una mano temblorosa, intentaba aflojarse el nudo de la corbata. Penélope desde donde estaba, le veía atravesada por los seis o siete rayos de luz que entraban por su espalda y salían de su cuerpo posándose sobre la moqueta. Comprendió que él se sentía mal, la mano en el pecho, la boca muy abierta. El corazón, galopando en un frenesí de descréditos, decidió pararse en seco para no retomar la carrera nunca más.


 

 

 


TRES DIAS DEL INTIMO DIARIO

 

© Cristina Fernández Castro

 

 

21 de octubre del 2000

Cuando he bajado del tren esta tarde, solo con poner los pies en el anden y recorrer con la mirada la pequeña estación, los temores han desaparecido detrás de esa cortina pacífica que son mis recuerdos y que hoy, desde primera hora del día, se han agolpado a las puertas de mi corazón, perdidos cual personajes de Dickens: Tristes, tristes y pobres, pobres.

La estación, con su discreto latir atemporal, ya es un inmenso recuerdo. Recuerdo de las idas y venidas de distintas épocas de mi vida, de largas esperas, de ausencias interminables grises y rosas; la estación que, de la mano del río, divide mi ciudad en dos mitades bien diferenciadas; diferenciadas en mi cabeza y en mi corazón. Lo mismo que en mi vida donde, también, ha habido dos mitades, antagónicas, contradictorias, una hecha para vivir y otra para morir. Aun hoy me duele, demasiado, volver mis ojos hacia la mitad oculta. Mi querida cobardía... amor y odio, pena y alegría. Esa es la historia de cualquier vida: ¿por qué iba a ser la mía diferente?, ni yo lo he querido. Allí, con mis pies pegados al anden, reconozco poco a poco aquel pasado. Hay tanto miedo en aquellos años, tanta incertidumbre, tanto desazón que, cuando me zambullo en la memoria, el cariño y la lastima me empañan los recuerdos: la lucha por la supervivencia, por no perder el norte de mi propia identidad. Ahora que por fin, con gran alivio, creo encontrarme al margen puesto que la historia de mi vida está escrita y rubricada; ahora que disfruto de ese paréntesis que nos da la vida antes de concluir y que consiste en la contemplación pacífica del pasado, del reencuentro, del balance final tranquilo y sosegado; reconozco sin exaltación la mano firme que me empujó a aquel destino. Orgullosa de haberlo asumido aunque fuera a trompicones, aunque en más de una ocasión la entereza se me hubiere quedado
prendida a modo de jirón en esa maraña de días, de semanas, de meses, de años.

He descubierto, con satisfacción, que los taxis siguen siendo del mismo color que cuando me fui: blancos y con una franja granate que les atraviesa horizontalmente de lado a lado, con un escudito impreso en el centro. Me ha cobrado, por diez minutos de viaje, una fortuna. Mi pequeña ciudad sigue igual. Cambiar aquí la fe por la esperanza desoladora fue sin duda el más arduo de los cometidos que llevé a cabo durante mi juventud. La esperanza por pura necesidad, porque lo contrario era el vacío, el abismo insondable de las sin razones. Mantener esa esperanza lejos de aquí, año tras año, a lo largo de mi madurez, una auténtica proeza: ¿Quién me había dicho que vivir era fácil?, Ya no lo recuerdo, quizás nadie. Aquella inocente hipótesis queda perdida en mis recuerdos más lejanos, junto al tacto cálido de la mano materna acariciándome la mejilla, prendida en una greca estampada de alguno de mis vestiditos de niña. Es posible que, aquella consigna, solo existiera en mi cabeza, mientras asaltaba el bote de galletas, que la abuela nos racionaba, en las habituales visitas de los sábados. Entonces vivir sí era fácil, tan fácil como respirar, como volver los ojos para ver, como acercar la oreja a una puerta para oír... entonces sí. La llaneza de mi infancia, ese fue el regalo más especial que me hizo mi madre y que yo he procurado hacer a mis hijos, a sabiendas de que, también ellos, serían desterrados del séptimo día, como lo fui yo, como lo somos todos. Avocados sin misericordia a esta jungla de falsedades, persiguiendo el espejismo del amor prometido... solo por ser hombre, ciudadanos del universo.

Me alojo en el hotel Alfonso V. Nada más llegar a mi habitación he abierto la maleta para sacar mi agenda; mi agenda repleta de nombres, direcciones y teléfonos de personas que ya no existen más que en mi cabeza. Y he sacado también el sobre blanco y cerrado, bien cerrado, con su nombre escrito, su nombre: MARIA DEL PINO. Apartándolo encima de la mesilla de noche empiezo a hacerme cargo de aquella realidad ineludible; hace tiempo que sé que hay ciertas cosas que viven por si solas, infiltrándose en nuestras voluntades para salir a flote, para seguir adelantarte, esta es una de esas cosas y yo me dejo llevar porque odio las paradojas, la insatisfacción, las dudas, me dejo llevar.
Con el sobre encima de la mesilla vuelvo a recordar aquellos últimos momentos, hace tan solo unos días: su blanca y aun cálida mano, sobre la mía, que poco a poco se fue quedando yerta. Abandonado a su suerte, como hemos de estarlo todos, confesándome en un suspiro su miedo, su soledad a pesar mío;
La muerte, la muerte pacifica que se lo llevaba sin remisión: - " mi amor" le dije "estoy aquí contigo, cariño" y él me respondió - "y quien estarás contigo" -" tú mi amor, tu estarás" pero no sé si me oyó, no estoy segura de que me oyera. Fue la muerte con sus frías manos la que le cerró los ojos para siempre, tan silenciosa, tan misteriosa, esa astuta y vieja conocida.

Cuando he abierto la agenda en busca de una referencia para mi periplo de tres días, me doy cuenta de que, en el fondo, no quiero ver a nadie; solo quiero pasear, pasear por las calles, sentarme en los bancos de mis parques, reconocerme en algunos sitios, reconciliarme con multitud de sombras. En definitiva: refrescarme la memoria tranquilamente. Salvo en esos momentos en que haré lo que he venido a hacer ( entregarle a María su sobre, tu sobre) quiero como único cometido, aliarme con los silencios de mi pasado. Hoy que me importa un pito lo que el tiempo, en estos pequeños retazos de espacio, me depare; estoy por encima de cualquier sorpresa que las casualidades me quiera dar.

22 de Octubre del 2000
Las palomas arrullando desde la barandilla del balcón, de la habitación, son las que me han despertado esta mañana. No me gustan las palomas, esas sucias aves que todo lo defecan... Recordé haber visto una picoteando los intestinos de otra que había sido aplastada por una moto que a su vez, y por esa razón, se había estrellado sobre el asfalto. Mientras la paloma estaba aplastada, la paloma la picoteaba los intestinos y la rueda trasera, de la motocicleta, rodaba sin control en el aire mientras, el muchacho, más aya, intentaba zafarse del casco que posiblemente le había salvado la vida. Mi niña, agarradita de mi mano, miraba boquiabierta: -"mama, ¿las palomas comen palomas?", y aunque pareceres no son saberes, aquel día ambas descubrimos que, al parecer, las palomas comen palomas. -"Cuando nos llame papa, esta noche, por teléfono, tengo que contárselo". Y cuando papa llamó aquella noche, aquella noche triste de ausencia, aquella noche oscura y cálida que me traía, a ráfagas, desde la ventana abierta de nuestra sala de estar, un olor profundo a pinos, a primavera, a resurgir de vida de alguna otra parte que no era mi corazón; cuando llamó aquella noche, la niña se lo contó y cuando, al cabo de algunos días, volvió a casa cansado, cansado... la niña se lo volvió a contar.
Vivíamos, en aquella época, en una casa preciosa a la orilla del océano Atlántico, allí había nacido nuestra primera hija. Las tardes enteras en la playa son un recuerdo inolvidable con su historia cíclica, repetida hasta la saciedad: caía la tarde, y el sol se posaba sobre la línea inamovible del horizonte con su color ocre, a modo de mufla, como un alquimista. Desde ese fondo incierto multicolor, medio azul, medio verde medio rojo, recorriendo un camino de luz, se acercaban las olas a la orilla, una detrás de otra, como si fuera un efecto óptico por su alucinante simetría. Día tras día el mar estaba en calma, cada ola, con su lomo dorado, se desparramaba generosamente sobre la arena de la playa y nos traía su chapoteo. A veces golpeaba una roca que emergía rompiendo el equilibrio del paisaje. Victoriosa en cada envite por quebrar la magnificencia de tanta agua, de tanta calma, de tanto susurro. Y mis ojos que lo ven ( aun hoy lo ven) sin comprender muy bien lo que ven, sentada en la arena de esa playa. Y mis oídos que oyen el chapoteo del agua y su eco recorriendo la orilla, renovándose a cada instante desde la noche de los tiempos. Mientras tus dedos jugaban con la arena, trazabas una línea imaginaria aprovechando los distintos tonos que la arena presentaba, según el grado de humedad, y con indiferencia (la misma indiferencia que me muestra a mí esa ola en ese eterno ir y venir que sin esforzarse por tocarme tan siquiera la punta de mi pie desnudo, llega a mi lado para luego irse) pensabas: " Desde allí para allá está el mar, desde allí para acá, yo".

No pasó mucho tiempo para que nos volviésemos a trasladar otra vez. Nuestra vida era un ir y venir a todos los sitios y de ninguna parte. Durante aquella época, fui la mujer más triste del mundo; atrapada, en aquella extraña suerte que manejaba mis días, mantenía mi vida en retaguardia a la espera de una señal, de una orden que me permitiera salir de la trinchera. Consciente de que cualquier decisión sería mi decisión, intocable e irrevocable. me quedé con él y acepte para siempre su extraño juego ¿por qué? Supongo que por que le quería... sé que él a mí también.

Hoy fui a comer al Zuloaga, allí fue donde empezó esta historia que mañana tiene que terminar y que ya dura cuarenta años, cuarenta años son muchos años; fue allí. Allí donde nos juramos amor a tres bandas, allí donde, amarrados de las manos, entorno a la mesa, invocamos el embrujo fatuo del amor eterno. No hacía ni un año que nos habíamos casado y, María del Pino, nos había acompañado desde el primer momento. Los dos la queríamos, los tres nos queríamos con un amor libre y apasionado, profundo y primitivo. Me senté a una mesa que bien podía haber sido aquella mesa y, sin mucho esfuerzo, rememoré el brillo singular de aquellos ojos que, como los míos, indagaban en el negro insondable de nuestras almas. Cuanto nos quisimos... Solo por un segundo de aquellos merecería la pena volver a nacer otra vez, por volver a sentir la mano de María en mi mano y la mía en la de Victor, vendería, sin dudarlo un momento, mi alma al diablo. Pero me temo que hoy por hoy mi alma vieja y arrugada ya no vale nada... no vale nada.

23 de octubre del 200

La quise, ¡claro que la quise! Y de eso da fe la cicatriz que llevo en el corazón y que, en los días grises, duele recordándome aquel imposible amor. Solo yo sé cuánto la he echado de menos, los celos tan terribles que me devoraban cuando llegaba Victor, cansado de atravesar el mapa de punta a punta, y traía el brillo de sus ojos en sus ojos... solo yo sé cuantas veces acaricio el recuerdo de aquel último día, en su casa vieja y destartalada. Su cuerpo desnudo, apoyado en el quicio de la ventana, absorbiendo la luz última que la tarde nos brindaba. Una tarde de otoño fría y desapacible, una última tarde de otoño para una despedida cruel. El reloj de la catedral de Santa María daba las siete; yo, sentada en la cama, desnuda también, resolvía sin pestañear el fin de aquel amor difícil y desasosegado. Mientras, en mi vientre latía la certera razón. Ahorrándola los detalles, seguramente lo único honesto que hice aquella tarde, me dejaba golpear por cada lagrima que ella vertía: Le pedí que no viniera con nosotros, que nos dejara marchar. Y ella obedeció sumisa y dolorida entendiendo lo que quizás yo no acertaba ni a sospechar.

Arrimada al muro añejo del palacio episcopal, la catedral en frente, yo sigo mi camino apurando su exigua sombra, mas arriba, más lejos... cada vez menos, voy a la casa de María. La idea del pasado se hace aquí más real que en ningún otro sitio de la ciudad: " Es este muro y este otro" me digo mientras los rozo con los dedos sin dejar de andar. Pego la mirada en el esquinazo que hace la imponente construcción como, acaso,, lo hubieran hecho alguno de mis antepasados; o yo misma hace años de camino, como hoy, a tu casa. Me siento irónica. No me resisto a la tentación de entrar, aun a sabiendas de que llegaré tarde a mi cita con Maria. ¡Qué sátira! Distraer unos minutos en este derroche de eternidades. La miro a hurtadillas al tiempo que subo sofocada por el esfuerzo. Paso a su lado arrancando los brillos que el sol posa en cada rincón del empedrado, con meticulosa necedad. La Pulcra, perfilada bajo el azul intenso de este mes de octubre, surge de la nada silenciosa y arrogante. Reconocen mis ojos cada recoveco, vuelvo a observarlos una y otra vez, les conozco hasta el aburrimiento, los quiero... vuelven a ser míos. Permanezco en este instante que probablemente será eterno. En este preciso momento, que se repite cada vez que paso a tu lado. Alzando los ojos, al arrullo del lamento del pueblo medieval, detrás de esta magnifica construcción que me inspira para retomar el hilo de la grandeza de mis recuerdos con Víctor y contigo, está tu casa Maria. Y en ella tú esperándome, mi María; esperando la carta de amorosa despedida que te dejó mi marido y tu amante, quizás en ella te diga lo mucho que ambos te hemos echado de menos...

 

 

 

 

 

LA OSCURA NOCHE DE SARA

 

© Cristina Fernández Castro

 

La mañana comparecía húmeda y ventosa. Era el estreno de un otoño inminente que se colaba por las ventanas entreabiertas de la casa de Sara, recorriendo los rincones, tiñéndolo todo de gris, golpeando las puertas con fantasmagórica vitalidad. Sara no estaba ajena a estos cambios atmosféricos ante los que sucumbía sin apenas resistencia. Iba aquella mañana y como todos los días, de un sitio para otro de la casa limpiando y ordenando lo que ella misma había desordenado o ensuciado el día anterior, la semana anterior, el mes anterior. Inmersa en un vagabundeo metódico recorría las habitaciones de su piso con la mopa en una mano y la bayeta del polvo en la otra. Desde la radio, olvidada en cualquier sitio, sonó la señal horaria que indicaba las 12 y así terminó su tarea matutina: recogió su equipo de limpieza, buscó el aparato y después de desconectarlo se dirigió a la cocina. Al entrar, un fuerte olor a liquido limpiador le lleno la nariz. En la penumbra se destacaba algún destello vigoroso sobre la piedra de la encimera; penumbra que en general era el tónico diario de la casa y de la cual surgían las sombras con las que Sara vivía y vagabundeaba por los confines de su imaginación; penumbra donde se hacían fuertes y la acompañaban en aquel silencio solitario en el que se mecía, olvidada y perdida en un chorco premeditado de angustias, rabia y tristeza del que no intentaba escapar, encerrada allí, lejos de la manada, como una loba vieja. Envolvió los bocadillos y los metió en la maleta con el resto de las cosas, luego se dispuso a almorzar. Mientras comía sus ojos arrastraban la dura mirada sobre la superficie de una carta que había recibido la mañana anterior. Dentro, en un papel rallado y de esforzada caligrafía, en cuatro líneas le comunicaban la muerte del abuelo y la fecha del funeral. Ni alegre ni triste, solo nostálgica se había quedado al leerla y después una avalancha de preparativos había paralizado su pensamiento. En definitiva: tendría que ir.


Se aseó sin apenas mirarse al espejo y se vistió cómoda y dignamente pensando en el difunto. La idea de reencontrarse con Marisa le revolvía la cabeza haciéndola sentir la necesidad de situarse a la altura de las circunstancias, de desviar de su cara aquella mueca dolorosa que se le había instalado concluyente. Sobreponiéndose al hecho triste de encontrarse con su imagen en el espejo tomó el cepillo y se enfrentó con su rostro, mirándose sin apenas verse se atusó aquí y allá recogiendo el cabello y sacudiendo los hombros mecánicamente mientras sus ojos esquivaban a sus ojos para evitar al rayo de hielo, la descarga eléctrica, el martillazo cruel que le suponía su propia mirada. Así estaban las cosas entre Sara y Sara; solo el hecho de no tener testigos la salvaba día a día de su loca realidad. Después de echar un último vistazo para comprobar que todo estaba en orden cerró la maleta que dócilmente acogía lo que, por fuerza mayor, era imprescindible para un fin de semana triste.


Tras ponerse el abrigo abrió el cajón de la cómoda y de entre la ropa sacó un sobre amarillo con unos cuantos billetes de banco , hizo con ellos dos montones idénticos, uno lo guardó en el bolso de mano y otro lo envolvió cuidadosamente en un pañuelo que luego metió en el bolsillo de su camisa. Tomó el equipaje. Sin demasiada prisa cerró, tras de sí, la puerta con enérgica eficacia. Le pareció que salir de viaje le venía bien a su autoestima..., aunque fuera a un funeral; dejar su casa tan libre de irse o quedarse la estimulaba, lanzarse escaleras abajo maleta en mano era fantástico..., se preguntaba por qué no lo hacía más a menudo sin querer caer en la cuenta del porqué..., a lo mejor no siempre tenía a donde ir. Asumió un aire de lo más teatral, digno, con el deseo incontenible de sentirse observada; sin dificultad su loca mente transformó las vulgares escaleras del primer piso de la calle Pozuelos en unas marmóreas escaleras de caracol sobre las que colgaba una brillante y enorme lámpara de roca. Abajo, en vez del oscuro y húmedo portal de todos los días, había un espléndido vestíbulo lleno de hombres y mujeres elegantes que la aplaudían encantados de verla descender mientras ella, con aire regio, bajaba con una sonrisa encantadora dando las gracias a diestro y siniestro a golpes de mentón. La autoestima de Sara se basaba en el eco ponzoñoso de instantes locos como aquel, que la hacían quererse como nadie la había querido, ni siquiera Manolo: Manolo que la había dejado sola y triste; sola y perdida; triste y hundida. Aquello era uno de esos momentos, un lapso de amor profundo que viviría por sí mismo durante algunas horas.

En la calle el aire revoltoso seguía levantando los últimos posos que el verano había acomodado en los rincones. A lo lejos Sara divisó un taxi, agitando las manos le indicó donde debía parar al mismo tiempo que recordaba como se había dejado olvidado el billete de tren en el cajón de la cómoda. Fuertemente contrariada y después de hacerle al taxi un sinfín de esperpénticas muecas para indicarle que debía esperar, se lanzó escaleras arriba, ahora sin ecos de gloria, simplemente maldiciéndose por su mala cabeza. Sofocada, sudorosa y cargada con el equipaje, abrió la puerta con furia volviendo directamente a la cómoda, posó los bultos y buscó el billete, saliendo de la casa, después, con sigilo. Una vez fuera se dio cuenta de que se había dejado la maleta dentro. Abrió la puerta indignada, entró, la tomó y a trompicones volvió a salir de su casa dando un portazo, como alma que lleva el diablo, haciendo añicos su sueño de cristal.

Llegó a la estación muy enfadada. Se había precipitado un poco y como aún le quedaba tiempo de sobra decidió tomar un café. El receptáculo del bar era una urna acristalada desde donde se podía ver la estación completamente: a la izquierda la ciudad ignoraba la tupida red que el tiempo y el espacio ofrecían a sus humanas víctimas; a la derecha el día se explayaba luminoso sobre los raíles que fuera de la marquesina se ofrecían a los caprichos meteorológicos. El corazón de la estación latía en cada detalle ferroviario, aun en el más insignificante, y la magia bruja del viaje y del viajero envolvían a Sara, absorta en su amargo café, amarrada a la esperanza de que aquello la arrastrara a ella también haciéndola saltar a otra dimensión. En el andén, un ritmo muy premeditado mostraba sin previo aviso sus bulliciosas algarabías con la llegada y partida de los cercanías. Sara desde la barra del bar miraba maravillada a la gente que aparecía y desaparecía, con sus interesantes vidas seductoras y deseables, con sus historias siempre intrigantes, fascinada, sencillamente fascinada.

Embrujada por aquel ambiente tan ajeno a ella, apuró el café ya frío mientras sus ojos repararon casualmente en un enorme reloj: ¡eran las dos en punto, la hora de salida de su tren, ella ya debía estar sentada en su asiento, con el abrigo doblado y la maleta colocada. La máquina debía de estar a punto de echar a andar! Rápidamente buscó la pantalla de horarios y vio anunciada la salida inminente. Le entró pánico, un pánico desmedido y enfermizo, un pánico descarnado, demasiado entrenado y acostumbrado a darse rienda suelta, un pánico caprichoso e indisciplinado, hijo digno del miedo y la intolerancia. Lanzó la taza por los aires y con un nudo en la garganta se precipitó ciega hacia el anden; la carrera era como una contrarreloj de obstáculos: Subir y bajar escalera, atravesar puertas eléctricas y voltear agudas esquinas... El tren ya alertado la esperaba, pero ella inmersa en su torbellino tropezaba, caía, se levantaba dolorida ayudada por quien fuera mientras murmuraba: "¡Qué me esperen, qué me esperen!... Ya en el andén entró por la primera puerta que vio abierta; cuando el silbato sonó, aquella enorme mole metálica de ángulos desdibujados comenzó su marcha muy despacio. Sara apoyada en la pared intentó recobrar el resuello, los pulmones le ardían y le escocían las rodillas. Dos gruesas lágrimas resbalaron por sus mejillas intentando deshacer el nudo que en la garganta apenas sí le dejaba respirar. De pronto la idea de que aquel podría no ser su tren la aterrorizó aun más: ¡No había tenido la precaución de asegurarse! ¿O sí? ¡No lo sabía! ¡Tendría que saltar! ¡Gritar! ¡Correr a la cabina del maquinista y obligarle a parar!


- Me deja ver su billete por favor -.


Sin poder articular una palabra rebuscó en su bolso mientras se limpiaba las lagrimas con el antebrazo y se sorbía los mocos. Aquel hombre tranquilo le perforó el billete con una sonrisa amable y luego paciente, como quien acompaña a un niño al retrete, la acomodó en su asiento para finalmente, dejarla sola deseándole un feliz viaje. Allí estaba, rodeada de indiferentes desconocidos. Lentamente comenzó a tomar conciencia de lo que había ocurrido y se sintió ridícula y abandonada. El calor del aire acondicionado y la vergüenza le hacían sudar; se inspeccionó las rodillas: raspadas no más, lo único el escozor. Notó como la camisa se le empezaba a pegar a la piel húmeda, lentamente se quitó el abrigo y pensó en Marisa: Marisa inteligente, Marisa bonita, Marisa feliz; subiría al tren desenfadada, despreocupada, intentándo hacerle creer con su actitud displicente que no se regodeaba en su desgracia y, lo cierto, es que no se regodeaba... Subiría al tren, dentro de tres cuartos de hora aproximadamente con su voz aterciopelada le aseguraría que se alegraba de verla y seguro que se alegraba. Sumergida en estos pensamientos poco a poco fue superando la vergüenza que había sentido cuando entró en el vagón. Recuperada la dignidad se acomodó en el asiento y graciosamente llenó los pulmones de aire, haciendo que se alzara su ampuloso pecho, mientras una vez más recurría al recuerdo de Manolo y, en clave de odio, se los redondeó discretamente con sus pequeñas manos mientras, con su trastornada imaginación, evocaba a aquella mujer con los senos al aire que sujetaba una bandera en nombre de la libertad con la cara pletórica de candidez y heroísmo puro... Le resultaba a Sara tan fácil hacer aquellos momentos ajenos suyos...


El paisaje transcurría verde y frondoso, sin lejanías, concretando a cada golpe de vista unos y otros elementos naturales en un sin fin de colores otoñales y de formas. Sara los reconocía en cada recoveco, sus ojos se deslizaban con las aguas del Sil que como niño caprichoso revolvía entre las faldas de las colinas siempre verdes. Se presentía el aire en las copas de los árboles y, arrancado de sus recuerdos infantiles, le vino a sus oídos el murmullo vivificador de la corriente del río que le transportaron a sus años de niñez junto al abuelo ahora muerto y a su cara picotosa siempre mal rasurada. Sara se puso nostálgica reprobándose, entre tantas cosas, no haberle ido a visitar más a menudo en los últimos tiempos: " El abuelo y Manolo se llevaban bien, el abuelo y Manolo se comprendían, en el fondo, estaba segura, el abuelo la reprochaba aquel fracasado matrimonio". Sara había querido mucho a Manolo y aún le seguía queriendo con su amor trastocado, sometido, humillado; bajo este sentimiento gris poco a poco se fue quedando vacía y perdida en un abismo vertiginoso de sentimientos maltratados. Al momento se quedó adormilada con el mecedor movimiento del tren, con sus pequeñas tristezas y sus incómodos rencores a flor de piel. Al cabo de varios minutos chasqueó la lengua y sé reacomodó en el asiento. Sentía ganas de orinar, la pereza de buscar los servicios y el asunto de dejar la maleta sola a merced de cualquier ladronzuelo le hizo aguantar un poco más; había perdido la noción del tiempo y no sabía muy bien en que lugar del trayecto se encontraba: " Si la en la próxima estación se subiera Marisa". Y se puso a pensar otra vez en ella, con las piernas apretadas y la respiración entrecortada. "Quizá haya engordado y ahora esté como una foca, a lo mejor se le ha olvidado depilarse el mostacho, quizá ha ido a la peluquería a hacerse una permanente y se le han abrasado las puntas". Se levantó resignada a tener que ir al servicio sin la vigilancia de Marisa. Agarró su bolso y luego, en un arrebato de tontera, tomó el abrigo también, mirando recelosa y resignada al resto de los pasajeros, intentando descubrir de antemano al presunto ladrón.


No tardó en encontrarlo: abrió y entró con dificultad por aquel estrecho hueco y a duras penas pudo cerrar la puerta con una mano mientras con la otra apartaba el abrigo de todos los sitios para no rozar en ninguna parte. Aquel receptáculo le parecía a Sara el colmo de la ridiculez. Sujetando circensemente el abrigo entre el pecho y el mentón y con el bolso colgado en el brazo, se subió la falda, se bajo la faja, las medias y la braga al tiempo que con una mano asía la ropa para no rozar el inodoro; de reojo intentaba calcular las distancias a retaguardia para evitar las molestas salpicaduras, mientras la tapa de la taza azotaba sus nalgas rítmicamente, al son del traqueteo.


Marisa por fin subió al tren, su melena roja recogida en una coleta floja se desparramaba por la espalda contrastando con el gris de su abrigo de paño. Estaba guapa. Al verla calló en la cuenta de ese extraño sentimiento que es el cariño. Redescubrió su mirada tierna, su sonrisa fácil, y del fondo abismal de sus pupilas negras dejó rodar hasta los labios de Marisa su solitaria pena. Charlaron y charlaron mientras Sara indagaba en sus muecas buscando algún deje cómplice que le consolara de su silencio, de su soledad.


- ¿Qué tal estas Sara, querida?
- Ya sabes Marisa ¿qué más puedo contarte
- ¿Le has vuelto a ver?
- No ¿y tú? Vivís en la misma ciudad ¿no te lo has encontrado alguna vez?


De los ojos brillantes de Sara salía un grito desesperado y violento.


- Cuándo pase todo esto del abuelo podías venirte unos días conmigo, a mi casa ¿eh?
- Contéstame Marisa ¿ le has visto?
- ¿Qué más da? ¿Qué importancia puede tener? Sí, sí, alguna vez le he visto.


Un espeso silencio mientras Sara revolvía entre sus dedos, incansablemente, un hilo que se había arrancado de la falda.


- ¿Cómo está?
- Bien, él está bien.
- Bien, bien. Pues ¡vaya cosa que me dices!
- Perdona Sara. No sé que decirte.
- Dejémoslo, sí, dejémoslo. ¿Quieres un bocadillo? Tómate este bocadillo, está bueno, los he hecho yo.


Detrás, otro silencio. Sara revolvía innecesariamente en su bolso buscando los bocadillos, su alocada alma se divertía diabólicamente al descubrir un brillo de incomprensión en los ojos de Marisa. Al fin, los sacó tendiéndole uno a Marisa, mientras confirmaba en su cara, con satisfacción, una mueca de disgusto:


- Venga mujer, no vamos a llegar allí y pedir que nos den la cena. Como para cenas estará el ambiente.
- Esta bien, iré al bar por un par de cervezas ¿te parece?
- Muy bien, te espero para empezar juntas.


Mientras Marisa estuvo ausente su locura descansó en aquellos momentos de soledad, ya fuera de control ante las breves noticias sobre Manolo, aturdida por sospechas de posibles conversaciones, miradas, sonrisas, palabras que ya no eran para ella y que no quería que fueran para nadie: Manolo solo en una isla desierta, preso en la luna, condenado en el fondo del mar..., por no quererla, por renunciar a tenerla, a comprenderla, a amarla como solo ella debería saber que Manolo podía amar. Comieron los bocadillos mansamente, apenas sin hablarse; Marisa expectante por saber por qué derroteros iba a continuar aquel viaje, deseando que acabara ya; Sara embebida en su locura, en su dolor, en su rencor.


- Marisa- dijo de pronto mientras masticaba- perdóname lo de antes, no me encuentro bien, tu ya sabes.
- No te preocupes, lo entiendo perfectamente, pero todavía no me has contestado ¿vendrás conmigo unos días?
- Déjame pensarlo ¿de acuerdo?
- Te vendría bien romper con tu rutina, recordaríamos viejos tiempos y haríamos algunas cosas juntas


Y Sara comenzó a dejarse arrastrar por la placidez que le proporcionaba el jugoso bocadillo de tortilla y la cerveza. Absorta en no sé qué pensamientos, divagaba por los confines de la razón, lejos de Marisa, de aquel tren, y del recuerdo del abuelo.


- ¿Todavía fumas?- Le interrumpió Marisa agitándole levemente por el brazo.
- De vez en cuando- murmuró ella mientras volvía la mirada y se limpiaba con el dorso de la mano el mentón engrasado.
- Pues echemos un cigarro ¿te parece bien?
- Estupendamente pero tendremos que salir a la plataforma, estamos en área de no fumadores.
- Pues vamos.


Se levantaron y salieron. La espalda de Marisa sé interponía entre ella y la plataforma con insolente tranquilidad mientras avanzaba lentamente. Sintió odio hacia ella: tan inocente, tan simple como un bebe, apretó los puños en un esfuerzo por contener la rabiosa envidia y la miró a la nuca con desafiantes ojos, era ahora sin duda, algún maquiavélico personaje de esos que de pronto surgían de su imaginación. Cuando Marisa llegó a la puerta del vagón al darse la vuelta descubrió la tremenda mirada:


- ¿Te ocurre algo Sara?
- No, no.


Contestó ella falsamente arropándose en una cálida sonrisa, pero aquella calidez no transcendió de sus labios, puesto que, su alma ya no era accesible ni para ella misma. Marisa sin comprender nada salió a la plataforma. La puerta exterior estaba abierta y el ruido era intenso. El aire golpeaba lo mas inmediato con tanta violencia que casi se podía ver. A Sara le pareció estar en el centro de su propia razón. Marisa le dijo algo que no pudo oír y girándose hacia la puerta abierta la asió con las dos manos empujándola para cerrarla. En la cara de Sara seguía esa estúpida sonrisa, se acercó a Marisa con la intención de ayudarla pero, en el último momento, cambió de idea y agarrándole por los hombros la empujo poderosamente al vacío. A pesar del ruido intenso un grito de horror le atravesó los sentidos. Apoyada en la pared no supo de donde había salido aquel lamento. Cerró los ojos y se tapó los oídos abrumada:


"Calla, calla y escucha como corre el tren por la vía muerta, muerta y fría y pegada a la fría tierra. Calla y escucha su sonido metálico y estridente, su sonido de primitivo progreso, de tosco porvenir. Calla y escucha como la casualidad galopa detrás de él divertidamente loca, como una niña centenaria, batiendo despreocupada los brazos al viento, mientras corre en pos de este metálico artefacto. Calla y escucha. No se oye nada, solo el tren con su suspiro salvaje. Calla y escucha. Por favor. Calla y escucha lo que el tren no nos deja ver. Nosotras detrás de sus lindes, muertas y vivas, saludando al viajero desde el andén de cada estación, al viajero que se deja transportar lleno de su propia vida ignorando todo lo demás. Calla y escucha. No tiene corazón no es más que un artilugio, no puede respirar, ni vernos, ni siquiera tocarnos. Sólo puede correr por esta vía: muerta y fría".


Intentó recordar la imagen de Marisa, pero fue incapaz de recuperar para su memoria las facciones de su cara. Al momento se había quedado tan vacía de todo y luego, retomando el hilo de su vida, se preguntó cuanto faltaría para llegar a la estación en la que Marisa habría de subirse al tren. Se sentía tan aburrida ella sola... Despacio se volvió al asiento, los ojos pegados al suelo y las mandíbulas apretadas. Un vago presentimiento le empezó a rondar la cabeza, se sintió inspirada. Sentada ya y arrullada por el traqueteo de su magnifico cómplice, cerró los ojos y se dejó mecer por aquella sensación genial y vivificadora.

 

 

 

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