Carlos
Meneses Nebot, 34 años, nació en Palma de Mallorca. Autor del
libro
de relatos "Vuélate la tapa de los sesos", Ediciones Calima,
2001, y de la
novela "Último asalto", Editorial Ronsel, 2003. En el año
2004, Ediciones Baile del Sol editará
su libro de relatos "El sombrero del innombrable".
Colabora habitualmente con la prensa escrita "Última hora".
Fragmento de la Novela Deltoides,
que aparecerá en Febrero de 2005 en la Editorial Roncel
8.30 h.Eva.
Pese a esas tempraneras horas, Eva más bien parece acudir a una discoteca que a la clase de aeróbic del gimnasio Deltoides: su melena de tinte rubio ceniza, elegante y salvajemente revuelta, los labios tras la operación de silicona, hambrientos de roce masculino, resaltados con un escandaloso carmín que brilla en la opacidad de los escaparates, y sus largas pestañas pinchando a la fría niebla. Eva se mira de luna en luna, contempla la danza de sus tacones de aguja, y la voluptuosidad de su esférico trasero, enmarcado en sus jeans desgastados. Su top blanco rajado por la cintura, muestra un ombligo cobrizo, entronizado por un piercing plateado, y su cazadora vaquera cabalga con coquetería sobre sus desnudos hombros. Se encuentra guapa, se sabe guapa, hace tiempo que nadie diría, que nadie podría afirmar, que era una chica gordita y fea. Muy gorda y muy fea.Tan horrible que sentía prontos de náuseas cuando se miraba de reojo en los escaparates. Ahora bien distinto. ¿Quién no desearía acostarse con ella?¿Qué hombre es capaz de rechazarla? Es tan hermosa que hay que ser imbécil para no desearla.No es que se lo monte con cualquiera, pero le gusta saberse apetecida, y le gusta pensar que los hombres atenazan sus penes iluminando sus bombillas con su imagen.Tan deseada. Mira su reloj de pulsera y acelera el ritmo, no queda mucho. Hay que llegar al Deltoides, cambiarse, ponerse guapa de nuevo, porque sea de calle, o sea en mallas, dar el cante, provocar, y hacer unas risas con las chicas, antes de comenzar la clase. Luego también, más risas, pero breves. Ha de ir a broncearse, no quiere ponerse blancucha, es sinónimo de fealdad. No logra incrementar la cadencia de su taconeo porque siente el estómago pesado y se lo frota un segundo con las palmas. Se siente vulgar con ese gesto y aparta sus manos. No es que se haya empachado con el desayuno, tan solo un café con leche desnatada y un par de galletas integrales, pero le ha formando una pelota de enormes proporciones. Las arcadas hacen amago de descomponer la carnosidad de sus labios. Se contiene. Llega al gimnasio, traspasa el umbral, saluda al dueño, José Luis, que parece ausente, todavía con la cabeza ahuecada, Eva surca la sala de pesas pensando qué gilipollas, ni me ha visto, no ha visto a la chica más deslumbrante que tiene como cliente, sigue adelante apretando los labios, adoptando una pose de diva de revistas del corazón, sin fijarse en las máquinas de tortura que inundan los rincones del Deltoides ni en la decena de Evas que avanzan inexorablemente en direcciones contrarias, su propia imagen reflejándose por doquier en la aglomeración de espejos de la sala de pesas, ni se inmuta ante las miradas de los pocos clientes que hay ya ejercitándose, un silbido indecoroso, invisible, un susurro fruto del hipo cortado con su estela se bosqueja en su trayecto. Entra en el vestuario, saluda a las chicas, qué hay, qué tal, cómo va, ¿habéis visto cómo se ponen? Si son como niños, un caramelo ante sus ojos y se deshacen. Qué absurdos. Risas dentríficas.Todas ríen en un segundo a mandíbula batiente. Qué guapa estás, Eva, le dice Trini, una mujer que ronda los cuarenta con aspecto juvenil de lejos por las fabulosas curvas que posee, pero cuando la contemplas a dos metros, te produce el efecto óptico de que es una vieja, muy vieja, una cabeza vieja clavada a martillazos en un cuerpo adolescente, qué bien te sienta ese color de pelo y qué bronceada, sigue exclamando, gracias, muchas gracias, ¿hoy no vuelas? No, tengo libre, mañana me toca. Voy a Roma y regreso, tal vez me confiese en el Vaticano si da tiempo. Risas. Le jode ponerse el uniforme de azafata, pero también sabe que los pasajeros la escrutan relamiéndose los labios cuando ven su puesta en escena de las conveniencias del chaleco salvavidas.Ahora tan solo escucha las risitas de las demás y, de pronto, un silencio de apisonadora.Eva se ha desnudado, percibe la envidia de las demás rasgando su piel. Todas se sienten guapas pero luego absurdas cuando la observan como su madre la trajo al mundo. Eva se fascina con el murmullo invisible que ocasiona. Faltan pocos minutos para el inicio de la clase, sonríe casi inapreciablemente, y resuelve vomitar tras ella.
Sin precipitaciones.
© Carlos Meneses Nebot
CAIMANES CON ALAS
Supongo que debería presentarme, pero yo sólo quiero conocer a Emma Suárez. No es un menosprecio pero es la verdad. Aunque si os sirve de algo, o sencillamente tenéis curiosidad, mi nombre es Ray. Raimundo Cifre. Y si tenéis más curiosidad os diré que me invento historias. Me gustan menos los rayos del sol que a un niño tomar aceite de ricino, y me encanta subir en la noria y ver cómo todos os hacéis tan pequeñitos que os podría devorar con ketchup, y cuando ya es de noche fumo hierba con Marley, y me cuenta que dos más dos no siempre son cuatro a pesar de que tu profesora, la que canta en el coro del Conservatorio, se empeñe en buscarlo en los manuales de aeronáutica. Por eso por el día viajo con las canciones de Marley, ya que él siempre me deja una preparada debajo de la almohada, y cuando me levanto no tengo más que abrirla y montarme en ella. Te aseguro que desde allí todo se ve como si hubieran pasado limpiacristales por tus pupilas. Los segundos me aturden porque se hace realmente difícil rellenarlos a diario como haces con tu regadera. Cuando estoy en la playa siempre intento tapar los agujeros que dejan mis pisadas en la arena porque detesto dejar huellas pero acabo agotado y frustrado. Conocí a los conductores de autobús en la línea 3. Kurt Cobain se suicidó en el 94 y no dejo de pensar en compartir su experiencia. Le lancé una pelota de tenis en la cabeza a un tipo de pelo blanco que conducía una excavadora al lado del cuarto donde duermo. Me molestan los ruidos. Hubiera sido mejor una de golf, pero nunca he jugado a esto, aunque el tenis tampoco se me daba bien. Tu colega de la moto se cayó por un terraplén pero siempre estará entre nosotros. Mi padre es policía nacional y siempre habla en clave porque disfruta desconcertándote, y eso es algo que no soporto. Cuando ha transcurrido tiempo en vernos me dice: Obviamente, hijo, las cosas que verdaderamente importan desaparecen en cuestión de segundos, esas que te hacen estar a punto de tocar el cielo con la punta de la picha. Tu elección está ahí en saber escoger a las vírgenes que tararean canciones de Aretha Franklin o a las rusas que bailan alrededor de botellas vacías de vodka. Me tocó una cesta de Navidad en una rifa de un gimnasio y sorteé el turrón entre los perros del barrio. El whisky me lo bebí. En ese gimnasio conocí a las chicas teñidas. Me casé y me separé, pero no quiero ahora hablar de ello, quizá más adelante. A Emma Suárez aún no la conozco, pero estoy seguro que si la conociera me abrazaría y me acariciaría el cogote, porque es una chica bonita, y a las auténticas chicas bonitas, no aquellas de sonrisa de veleta, no les cuesta nada hacerlo. Mi primera novela no se vendió aunque eso no es importante. Quizás fue el nombre, no sé: "LO DESACERTADO DE PENSAR QUE EL CALOR DE AGOSTO DURARÁ ETERNAMENTE". Pasó por las librerías con absoluta indiferencia y, por tanto, continué con las crónicas de lamentables e interminables partidos de fútbol, baloncesto, y balonmano, y combates de boxeo espantosamente sanguinarios, y carreras de tíos que llevan pilas alcalinas en sus pulmones y que no paran de subir montañas a lomos de sus bicicletas, y beber cervezas con los piratas de pata de palo y jugar al mus en una mesa compartida por Sadam y Clinton y Fidel, y observar de reojo a todas aquellas chicas altas de sandalias y tobillos tatuados con dragones que provocan que no quiera estar en ningún sitio porque me asustan todas las escaleras interiores, y me hagan reflexionar, y de pronto darme cuenta de que nunca seré Orson Welles, aunque yo ya me conformaría con que Dios me diera cierta semejanza a Harvey Keitel pero el muy jodido la tiene tomada conmigo desde el vuelo de la cigüeña y no ha querido que ni siquiera sepa tocar la batería en un grupo de rock. Sin embargo lo que me jodió no fue la poca gente que se dignó a comprarla sino que Beatriz, mi primera esposa, no la leyó. Siempre llevo los codos pegajosos por culpa del alcohol derramado sobre las barras de los bares y no encuentro solución a este problema. En la escuela ya me enseñaron que es preferible tener de tu parte a los kamikazes, y dirigirlos y mandarlos contra aquello que te desagrade. Pero ten cuidado porque siempre hay algún capullo que te envía uno la noche de Reyes. Bruce Springteen me enseñó a llenar mi caja invisible. Cuando no quepa nada más se la regalaré a Emma cuando la conozca. Los coches chocan y vuelcan aunque haga calor o frío, llueva o nieve y ¿a quién le importa? Pero la culpa no es de los volantes aunque se la echen ese pedazo de memos que son los conductores de coches. Los conductores de autobús nunca se la echarían. Y eso me lleva a preguntarme: ¿qué sienten por nosotros los volantes de coches siempre tan manoseados y vejados? Ni el psiquiatra me quiere responder este enigma. Tengo un marco sin foto en la mesilla de noche, y que no se enfade Emma por esto, pero es que creo que es mejor así. Lo tienes y pones la foto que te de la gana, atendiendo a las circunstancias, que por lo general nunca están de acuerdo contigo. Sigo escribiendo y no sé si lo hago bien, pero si no te gusta lo que escribo, te diré que no lo hago para ti, y si tú me dices que todo escrito ha de tener un significado, yo te responderé que te jodan, y si me vuelves a decir que los grandes novelistas envían mensajes dentro de una botella, yo te volveré a contestar que te jodan mil veces y no te paguen por bocazas. Voy muchas veces a Palm Springs y me traigo una pecosa en la cartera. Y, al mismo tiempo, también voy a Sydney, Dublín, Moscú, Milán... Y me traigo una pecosa de cada sitio en la cartera. Luego las junto en la terraza y las lanzo al vacío de una en una y les escribo palabras bonitas. De esas que detienen las guerras. Las pecosas tienen una cualidad única, planean como los parapentes y su cuerpo desnudo está recubierto de polen, y así parecen ángeles en el espacio. Luego se van, porque el polen se desliza hasta sus pequeños pies, y sienten frío, y yo me aburro un poco y, entonces, envuelvo en un papel de liar todas las noches idénticas donde no hay recuerdos de rubias, ni solos de la guitarra de Angus Young, ni fintas de Romario a centrales cíclopes que escupen barrancos y pegamento imedio, y que, desde luego, no son capaces de domar el volante de un autobús, y me lo fumo, y quemo esos segundos inútiles hasta la boquilla, pero cuando por las mañanas salgo de casa me gustaría que de todas las ventanas saliera Emma Suárez y me hiciera adiós con la mano, mientras los caimanes con alas me vigilan en el firmamento.
LA CAJA INVISIBLE
Quiero envolver en una caja invisible con adornos de terciopelo azul que se haga visible cuando se abra, las palabras más bonitas que encuentre y entregárselas a Emma Suárez cuando la conozca. Porque la conoceré aunque seáis tan imbéciles de ponerlo en duda mientras miráis telenovelas sin final en el jardín, debajo de una sombrilla de plumas de gavilán, y el vecino de enfrente se suicida ahorcándose con los cordones de sus botas militares. Fue cuando crucé la calle y tropecé con el bastón de un viejo con cara de corte de mangas. Yo llevaba en mi cabeza a Marley y a Emma y acababa de bajar de un autobús de la línea 3, y así de esta guisa un bastón que ni siquiera era de buen gusto como los de Antonio Gala, golpeó mi espinilla y me hizo caer, y la caída fue muy tonta. De esas situaciones en que deseas que nadie pruebe tu guisado porque seguro que se le atraganta, y te dice por compromiso y mordiéndose la lengua: "Ummmh está muy bueno", mientras busca el vaso de vino tinto con nerviosismo de anfetamina. Un chico morenito de unos diez años vio mi estúpida caída y se comenzó a reír, y le salían lagartijas por el culo, y lombrices por los ojos, y hamburguesas por las orejas, y gritó: ZAIRA. Y una niña de su misma edad se giró y se sacó un moco de la nariz y lo pegó en un coche rojo que había a su lado, y, pese a que no me había visto caer, comenzó a reír, y le salieron lagartijas por el culo, y lombrices por los ojos, y sandwich de queso por las orejas, y dijo entre sus risas: "Las hamburguesas se me repiten toda la tarde y me sientan mal, ja, ja..." Y a mí me dolían las rodillas y busqué al viejo con la vista, y deseaba decirle algo, no sé si bueno o malo, pero algo porque si no reventaba, sin embargo había desaparecido. Y si no me habéis entendido os los explicaré mejor. Se había esfumado y en su lugar estaba Springteen cantando "Born to Run", con su camiseta blanca ceñida y sus vaqueros descosidos y sus botas tejanas de puntera metálica. Y me dio la mano y me pude levantar y me explicó: "Chico, caer no es malo. Lo importante es poner las manos en vez de la frente. Yo siempre tengo unas manos que me amortigüen. Aunque si eres manco difícil lo tienes" y se echó a reír y, al mismo tiempo, siguió cantando y yo le pregunté:
-¿Ya no vives en Nueva York?
Y siguió cantando.
-¿Por qué no cantas "The River"? Me gustaría oírla en directo.
Y continuó cantando "Born to Run". Llevaba la camiseta empapada en sudor pero no olía mal y me comentó sin dejar de cantar:
-Las estrellas de rock nunca olemos mal. Vosotros no lo permitiríais porque si no dejaríamos de brillar.
-¿Me querría firmar un autógrafo?
Y no me dijo que no, pero no dejó de cantar.
-Oiga Sr. Springteen, ya no me duelen las rodillas.
Y no contestó, aunque me sonrió y pensé: claro, que tonto soy. Las estrellas de rock te aplican sus letras y sus acordes donde más te duela, y eso si que es un buen linimento. Siempre tratan de consolar a sus fans porque son buenos tipos.
Y como vi lo que pasaba me senté en el asfalto y me deleité con el concierto. Luego anocheció y un autobús de la línea 3 se paró a nuestro lado, y las puertas se abrieron. Y Springteen subió de un salto, y antes de que las puertas se volvieran a cerrar, me gritó:
-¡Recuerda al gitanito y recuerda lo que ha gritado! ¡Pero, Ray, no pienses que las estrellas te van a guiñar el ojo siempre que pases por su lado, tienen palabras más importantes que gastar y entregar, antes que dar un momento de gozo a un tipo con sarpullidos blanquecinos en la cara! ¡Y de eso se trata. De regalar palabras bonitas!
Luego se sentó en el sitio del conductor, y se puso una gorra de conductor, y arrancó como un verdadero conductor de autobús de la línea 3, y desapareció en unos segundos. Y por allí empecé: Zaira, Azafrán, Edelweis, ozono, gacela, lirios, luna, adoquín, profiláctico, hemoglobina, macanudo, revolución, estereotipo, caimán, firmamento, Bruselas, ocelote, indígena, cerbatana, vaselina, silbido, bronce, gaita, trapecista, sepia, púrpura, Smirnoff, ofímática... y no he dejado de escribir porque es lo único que quiero hacer para llenar mis segundos, y porque estoy completamente seguro que cuando Emma abra la caja, se pondrá tan contenta como yo me puse cuando me enteré de que Bruce Springteen era conductor de autobús.
HAZ LO MISMO QUE KURT
Sé que estáis cansados, yo también lo estoy. A veces es difícil encontrar una cuerda de piel de zorro plateado que posea las dimensiones apropiadas para rodear tu gaznate. Canicas sin niños. Curas con sermones que explotan en tu camisa a cuadros. Tu colega, el que mira con intranquilidad todas las ventanas que se abren, se ha caído con la moto por un terraplén. No estaba en Nueva Zelanda, estaba aquí, cerca de una pecosa sin manos y con polen en los pies. Canguros preñados. ¿Hay antídoto contra los manicomios y los psiquiatras? Siempre la misma respuesta. La que te dan en el telediario y te besan con las uñas. Escritos de tinta invisible que arden en las hogueras de los innombrables. El chico de la moto te dijo algo que se te ha quedado incrustado en la mente. Un pensamiento que dijo Larry Holmes, ex campeón del mundo de los pesos pesados: "Es duro ser negro. Yo lo fui una vez, cuando era pobre". La sangre de los negros en los libros de historia, de los que dibujan pelotas de golf en las ventanas de los coches, y gritan: CABRONES DE MIERDA. Y que no se enfaden conmigo los negros porque yo soy negro y tú, hermano, también lo eres. El rock and roll es negro. No hay cabida para otro color. ¿Qué haría yo sin mi tintura? Los curas con su crucifijo aplastado contra su pecho carcomido, sólo desean que te suicides para que abraces más rápido a Dios, pero se han equivocado. No me importa si muero. La palabra que más repito es MUERTO, como los bebés repiten mamá y papá. Suicidas con sabor a detergente y anuncios clasificados. Uno en cada casa, debajo de la cama, dentro del armario plegados con tu ropa. ¿Qué música debe sonar por la cabeza de un chico con camisa de cuero verde antes de saltar al volcán? Hay que saber aguantar, AGUANTA, te insiste un tipo con bombín, pero tu colega hace tiempo que se arrancó las orejas y las colocó en el tubo de escape de la moto como adorno. El morse canta "Born to Run" y, de pronto, no creo que baste con escribir palabras bonitas para firmar el armisticio. Nos vamos a unir todos los suicidas del mundo y no lo vais a poder parar. Sonará tan fuerte, que si no estás dentro del cajón de los calcetines, se te va a congelar el cogote y tu novia te va a dejar por unas gafas de sol graduadas, de esas que llevan los vendedores de cupones. Soldaditos de plomo pintados de mate. Nos suicidaremos debajo de las iglesias y de las palmeras sin cocos, debajo del Vaticano y con el Papa de testigo y con pecosas que planeen recubiertas del polen más exquisito que nos animen. Nos amarán y desearán. ¿Hay algo más hermoso? Salto mortal hacia atrás y el cronómetro digital se pone en marcha en tus pulmones de chapa. Un avión de doble hélice surca el espacio celeste haciendo piruetas y tu colega está dentro con su moto en marcha. Kurt Cobain también lo está y lo veo cantar. Hazlo tú también... HAZLO, COJONES, ¿O ME VAS A DECIR QUE NO TE GUSTA EL ROCK Y NO TE QUIERES SUICIDAR?
EL CONDUCTOR DE LA LÍNEA 3
Estaba en una parada de autobuses esperando el número 3 y una viejecita muy arrugada y encorvada a mi lado. Y va la muy vieja y se desmaya. Supongo que por el calor, no sé. El caso es que miré de soslayo si había alguien más y no vi a nadie. Entonces, pensé: coño, la pongo a un lado, detrás del contenedor y nadie se entera. Además, quizás su familia no se acuerde que ha perdido una abuela. Porque los abuelitos poseen esa particularidad, se pierden y nadie se acuerda de ellos. Luego, al cabo de los días multiplicados por pulgadas los encuentran debajo de algún molino sin aspas. Siempre hay algún abuelito debajo de un molino sin aspas, si queréis lo podéis comprobar. Pero también, pensé: ¿Y si la beso y se convierte en una princesa pecosa y me ofrece su polen y me regala una caja invisible con palabras bonitas dentro?
Y esto último hice. La besé en los labios feos y arrugados, en esa boca carente de palabras y de saliva, y no se convirtió en nada, ni siquiera en una ranita. A eso que se paró el autobús 3 delante mío y se abrieron las puertas y el conductor me dijo: No hay nada que hacer. Sube.
El conductor resplandecía pero eso no es anormal, todos los conductores de autobuses lo hacen, y yo le pregunté:
-¿Es difícil ser conductor de autobús?
-Es más complicado escribir aunque todos los que conducimos autobuses escribimos cuando no tenemos un volante que agarrar.
-Cuidado, va a atropellar a ese ciclista.
-Sin problema. Un autobús puede hacerlo. ¡Corcho! Un autobús es grande y poderoso.
Y me pareció razonable lo que dijo y el ciclista y su bicicleta amarilla quedaron aplastados bajo las ruedas del autobús.
-¿Conoce a Springteen? Él también conduce.
-Todos lo conocemos. Él nos enseñó a conducir.
-¿Por qué no pone "The River"?
-Porque el radiotelegrafista está tocando "Born to Run".
-¿Cree que llegaré a ser un buen conductor de autobús?
-Nadie llega a ser como Springteen. Para eso has de nacer iluminado. Confórmate con llevar tu chupa de cuero, y correr delante de los tanques, y besar a las pecosas distraídas, y que aunque no te entienda nadie y tú tampoco te entiendas, puede que alguna vez alguien te regale una caja invisible con adornos de terciopelo azul y con palabras bonitas dentro. Eso es todo lo que puedes esperar.
ME CASÉ UNA VEZ
Os voy a contar algo importante sobre mí. Estuve casado antes de conocer a los conductores de autobús de la línea 3 y después de lanzar una pelota de tenis a un tipo con estrellas de sheriff clavadas en la frente y que seguramente vivía en su excavadora, con una chica que se llama Beatriz. No, no pude ver al cura que nos casó la recortada que seguro escondía debajo de la sotana. Lo suelen hacer muy bien. Disparan contra el rock y agujerean tus cabellos y, luego, levantan las manos al cielo como intentando agarrársela a Dios. Los tipos de bombín siempre regalan puzzles incompletos a los niños y los trastornan. Luego aparecen los psiquiatras. Y los curas y sus exorcismos. Pero también aparecen nuestros kamikazes: Las drogas y las putas y comienza la batalla. Pues bien, me casé y creí ser feliz. No voy a ser mundano y falso y decir que era guapa y hermosa e inteligente. Eso no, porque hay muchos así. El colega que se cayó por el terraplén también lo era. Emma Suárez lo es. Bueno, es más pero no me quiero rayar para que no piense que soy un pesado. Somos muchos los que vamos bien peinados y ¡cuidado!, protégete de que te despeinen. Eso es primordial, ¿cómo quieres salir en la foto despeinado? Bombonas de butano que saben a patatas cocidas invaden las papelerías. Los carteles dispuestos a que los desnudes con tus pestañas no dejan de carcajearse. La chica pecosa te pregunta: ¿Me quieres, Ray? Un árbol de Navidad con calaveras rodeándolo y un tipo enano dando volteretas en el aire y desapareciendo por su ojete y sensación de que lo peor que te puede pasar es ser un volante de coche, pero te queda poco. Y tú respondes con unos chuts desde el punto de penalty y no basta. Nunca es suficiente. Suena la radio y viajas a bares que recuerdas de las películas y saboreas un Four Roses y fumas Marlboro y esperas que aparezca Clint Eastwood y te salude con un golpecito en la espalda y te diga: toma mi sombrero, te ayudará. Y los tipos de bombín ríen y se lo cuentan a Dios y también ríe porque no se creen que tu cabeza pueda sostener un sombrero. Y vendrá un negro y te dirá: Escucha tío, ¿y que le vas a hacer? El mundo está lleno de cosas que no molan. Yo la quería hasta el punto de que cambié los acordes de Nirvana, Springteen y AC/DC por sus suspiros en mis venas. Pero, ¡sorpresa! estos han regresado. En realidad nunca se fueron. Estaban flotando en sus canciones dispuestos a ayudarme con las bombonas. Ella ya no está. Ni siquiera dijo adiós y ni siquiera leyó mi primer libro, el que no se vendió, y eso escuece de verdad, y luego se preguntan con extrañeza: ¿De verdad el chico del primero ha descarrilado el tren?
KURT NO ES UN ÁNGEL
¿¡Qué más necesitas!? ¡Dilo! Me gritan unos tipos con bombín rodeándome en el círculo central de un estadio de fútbol vacío y no contesto. No hace falta contestar. Me regalan esdrújulas, tablas de multiplicar, puzzles incompletos, me condecoran con medallas a la valentía, el heroísmo y más banalidades. Me limpian la cara con una escobilla de váter y me visten con uniformes de bombero, cartero, camarero, policía... Y siguen gritando y blandiendo sus bastones convertidos en sables, y pienso en pecosas con su polen, y cierro los párpados y los aprieto fuertemente para ver si desaparecen, no obstante cuando los abro son carteles que se carcajean y me chillan DESERTOR, y los vuelvo a cerrar porque no sé si lo que he visto es peor, y cuando finalmente los abro estoy en mi casa, y es muy temprano, y el sueño me aturde, y un tipo de pelo blanco con estrellas de sheriff clavadas en su frente está aporreando mi puerta. ¿Porque me has tirado una pelota de tenis a la cabeza, cabrón? Y pienso: ¿Qué coño hacer?, y me pongo a buscar por las baldosas por si aparece alguna pelota de golf, pero luego desisto al pensar que cómo va haber una de estas rodando por el suelo si no he jugado nunca. BIG BANG. Ruedas que aplastan lapiceros y papeles manchados de tinta. Estaciones en Marte. Jilgueros que se encierran en jaulas de granito. Tu colega vuelve a arrancar la moto y desaparece tras la lluvia y Kurt Cobain baja del avión de doble hélice y te ofrece una pelota de golf.
-Toma, lánzasela entre los ojos.
Y sonrío, y pienso que ya no hace falta, y le pregunto:
-¿No estabas muerto?
Se pone serio y contesta:
-¿Acaso no escuchas mis canciones?
He dicho una estupidez y agacho la cabeza, y veo que Kurt también tiene polen en los pies, y chasqueo los dedos, y digo:
-Tú no eres una chica pecosa pero también eres un ángel.
-No, no lo soy. Soy un suicida y eso es más que lo un tipo con bombín pueda soportar.
Me siento con él encima de una canción y ya no oigo gritos.
-¿Sabes lo que va a pasar?
-Segundos- y se echa a reír.
-¿Y después?
-Muchos segundos que se convierten en uno solo porque no los puedes distinguir. Pero, chico, yo ya te he enseñado el remedio, ahora el asunto es sólo tuyo. Baja de mi canción que quiero tumbarme, estoy un poco cansado. Antes recuerda: ni los curas ni los tipos de bombín podrán evitarlo. Es lo único que no pueden evitar, debes tenerlo en consideración. Ahora largo y pon un CD en tu sesera, eso te activará.
Y eso hice. Bajé. Abrí la puerta y no encontré a nadie. Me asomé por la ventana y allí estaba el tipo de la excavadora haciendo más ruido que nunca, y metí la mano en mi bolsillo del pantalón, y saqué la pelota de golf que Kurt me había regalado, y pensé: ¿Se la tiro?
OBVIAMENTE, HIJO
Os voy a hacer una confesión: después de ser un gran pajillero me convertí en un excelente putero, y entendí que lo mejor para solucionar el problema de la ansiedad sexual son las prostitutas. Al poco de separarme acudí a un psiquiatra que intentó quitarme el césped de mis bolsillos, y le pregunté si podría seguir bebiendo cubatas con los piratas de pata de palo y no me quiso responder, pero aumentó la dosis de seroxan y trankimazín, y me dediqué a medirme todas las partes del cuerpo porque no quería irme a la tumba sin conocerme a la perfección: Desde los pies a lo alto de la cabeza mido 1,72, mi cintura 75 cms, mis brazos 70 cms, mis piernas 87 cms, mi cabeza 55 cms, mis hombros 90 cms, pienso que son importantes estos datos y que pueden servir de ayuda para prepararme un bonito ataúd, me apunté a baile de salón y a un gimnasio, ya que me dijeron que ejercitando mis músculos sería capaz de valorarme algo más, y fue aquí donde me tocó una cesta de Navidad.
Pero me había separado de Beatriz hacía escasas semanas, y me fui a casa de mi viejo y no sé qué fue peor, si separarme de ella o reencontrarme con un madero pirado por el ejercicio físico, que se levantaba de madrugada para tomarse unas claras de huevo, y hacer footing y abdominales hasta que amaneciera. Obviamente, hijo, purificar el alma a través del cuerpo es una labor ardua y voluntariosa. Lo que más necesita un hombre para salir del atolladero que crean los episodios amorosos es construir un templo para el alma, y así equilibrar todos sus actos, y no cometer errores que luego le atormenten. Jackie, su amante venezolana, estaba allí. ¿Chupa-chupa? Aleteos de moscas cuando recorren con frenesí las aguas negras que yacen en los jardines del frenopático. Cabestrillos en los brazos de los poetas durante las noches de agosto en las que los capitanes de navío no se atreven a subir a los puentes de mando. Dejé de ser virgen de buenos sentimientos hace tantísimo tiempo, que no recuerdo que mi ordenador cerebral los tuviera archivados en su disco duro. Obviamente, hijo, no todas las que gimen suavemente están fingiendo como bellacas, existe la posibilidad de que estén atrapadas por los cables de la máquina de la verdad. ¿Chupa-chupa? Pero Jackie eres la mujer que se acuesta con mi padre. Obviamente, hijo, desconfía de los nombres exóticos de las mujeres por muy curiosos y gratificantes que resulten al oído. Todos los huracanes portan uno y a nadie le gusta recordar su devastador paso. Desde los puentes de la paranoia no se escucha nada, ni tan siquiera el aullido del viento que empuja a los sombreros perdidos, y cuando sorprendentemente algo interrumpe ese silencio, a los camareros les chorrea el líquido de los melocotones en almíbar por la barbilla. Me la chupó pero no la quise penetrar, eso me pareció indecente. Sinceramente pensé que no era lo mismo un glande en esos morros rojos y siliconados, que mi miembro dentro de ese matorral de líquenes venenosos que te invitan a rebuscar con apresuramiento en los cajones que guardan con sigilo el destino del mundo. Me apunté con mi viejo a un gimnasio y allí levanté pesas entre sudores de cuerpos que resplandecen bajo las sombras recortadas de la luna, y gané una cesta de Navidad. Obviamente, hijo, una canica de nácar no bota como un balón de reglamento pero ambos son redondos y, en lógica consecuencia, ruedan en las pendientes. Antes de que llegara Diciembre abandoné la casa de mi viejo, y alquilé un piso, y me sentí ya recuperado de mi separación. La mañana que me fui me repitió... ¿Chupa-chupa? Obviamente, hijo, pensar que el azar te solucionará tus pesares es pronosticar siete años de sequía en tu agenda. Esa donde sólo residen las viejas putas que han ido remodelando tu hipocresía. Viejo, ¿tu venezolana se la chupa a todos? Obviamente, hijo, las chicas son como los dados. Cambian de número cada vez que los lanzas desde el cubilete pero TODAS se la chupan a todos, no lo olvides. Llévate tu cesta y péinate que llega la Navidad y el niño Jesús está por nacer.
Y eso hice.
LO DESACERTADO QUE ES PENSAR QUE EL CALOR DE AGOSTO DURARÁ ETERNAMENTE
Fue mi primera novela pero no se vendió. Eso no importa. La escribí cuando estaba casado con Beatriz y se la dediqué a ella misma. A Beatriz por rellenar de césped mis bolsillos. ¿De qué trata? Malabarismos con cócteles molotov en la cocina del geriátrico, sospechas fundadas de que las cartas del mago del circo están fabricadas por un chino con los ojos saltones, portadas de cachitos de refinería esparcidas por la bañera del magnate de los viñedos, una moto cuyo zumbido altera la vigilia de la luna. No lo sé. No lo recuerdo bien. Escribí y no paré, pero al igual que te pegas la gran empollada para un examen de final de curso sobre el Barroco la noche anterior, el contenido del libro se me ha olvidado a la velocidad del sonido. ¿Bromeas? Mira, no me mosquees, no quiero contar hasta diez, nunca he sido bueno en matemáticas. Nacimos en el mismo barrio, y la llamábamos Bea porque Beatriz era demasiado largo, y jugamos al escondite todos los veranos, y nunca tuvo demasiada habilidad a la hora de encontrarme. Fracturas múltiples en los brazos del espantapájaros, guiones repetidos en el hemisferio que se arrodilla y pide clemencia, y el colega de la moto que siempre te invita a hierba y te deja petarlo, se ríe y te contagia. Se carcajeaba de todo como si todo se lo pasase por la punta de su aguja. Y todo, absolutamente "Todo", circulaba por sus arterias y formaba parte de su chasis. Los caimanes con alas son capaces de aparecer por el horizonte si el CD no se raya, pero ríe y no cambies la mueca, ni tu gomina. ¿Acaso nos queda otra cosa? Ella no pudo decirme que no le gustaba porque se puso una venda de lirios rojos en la retina y sólo escupió suéters grises sin agujero para pasar la cabeza y, así, de esta forma, me quedé encasquillado. No, aún no pensaba en Emma Suárez como pienso ahora. Ya la admiraba porque habría que ser muy estúpido para no hacerlo pero yo sólo quería ponerme los suéters de Beatriz. Obviamente, hijo, te pasaran muchas cosas pero no todo lo que te pase deja de ser una cuerda transparente como el agua de un manantial que te sostiene la mano, o el pie, o la cabeza... Entonces, ¿De quién es la culpa? La risa que oigo sigue siendo la suya y me sigue invitando a hierba aunque tú pienses que me he rayado con los ácidos. ¿Qué recuerdos me quedan de ella? Chicles sin azúcar, programas concursos perforando el mismo tímpano como si de berbiquíes se tratasen, revistas del corazón esparcidas por el techo, conejo con cebolla encima de un mantel a cuadros rojos y blancos, faldas con volantes que mueren con suavidad encima de unos tobillos pequeños pero hermosos, carmín marrón oscuro, ácido acetilsalicílico, agua de mar en la ducha, Eros Ramazotti en la radio, alboroto de secador de mano, sábados matutinos encerrados en una bolsa de compra, los conductores de autobús de la línea 3 aún no han tocado la bocina debajo de la ventana de tu habitación sin embargo tú ya los esperas con ansiedad, ventas innumerables de volantes de coches, aullidos del teléfono que rebotan frenéticamente con los cuadros de las paredes del comedor, el mismo retrato en la mesilla de noche, familia con sabor a gran charca, temblor en mis dedos que no aciertan a apagar el mando de la tele, y una gran desilusión por observar a través del agujero de un antiguo disco de vinilo de los Clash, que ella no detiene la vista en la foto de un chico que cayó por un terraplén con su moto, que ríe levantándose la camiseta negra, enseñando su ombligo con cabellos rubios que no son suyos, bajo una fuerte luz veraniega, en la portada de un libro que no se vendió.
MI KAMIKAZE
Hacía años que no pasaba una Nochevieja en soledad, pero tenía mi cesta y unos videos porno que había alquilado y dentro de la cesta mucho turrón, pero como no me gusta llamé a silbidos a los perros, a los gatos, y a los vagabundos del barrio, y cada uno se llevó una buena tableta entre los dientes. Cubertería de plata en las casas abandonadas, anorexia con colmillos que rezuman elixir bucal asomándose por las alcantarillas, arenas movedizas tras la puerta del escritorio, el chico de la mirada extraviada que confunde a las cocineras con los ángeles y que nunca se harta de ver la misma película, busca caimanes con alas en el horizonte a la puesta de sol, y si te descuidas te observa sigilosamente a través de los agujeros de los CD. Me sentí una especie de Papa Noel de cuero y abrí una botella de Ballantines que había en la cesta. Un poco de porno, barbies bailando sin polen en la televisión y deseando Feliz año a los chicos con disfraz, y yo imitándolas con mi vieja gabardina gris a lo Humphrey Bogart, y éste subido en un póster y explicándome que no todo lo que puedes manosear es cierto, y no se puede hacer nada al respecto más que esquivar o chocar, lo que prefieras. Sobre todo que no se te olvide tener tu gomina en tu azotea y al menos tendremos mayor consideración por nosotros mismos, mis zapatos de claqué retumbando por las baldosas, doce campanadas y una paja para celebrarlo y, de repente, unos fuertes golpes en la puerta y pienso en mi padre con su gorra y placa de policía nacional. Siempre con el pelo engominado hacia atrás y con su impecable calzado, lo que más destaca de él. Me escondo detrás de la televisión y aún así me parece tenerlo metido dentro de la sesera. Obviamente, hijo, si quieres que el mundo se aparte a un lado cuando pases no has de llevar unas zapatillas de andar por casa. Hasta la mierda de perro se ha de pisar con clase. Pero oigo la voz que grita y, afortunadamente, no es la suya: ABRE CABRÓN, JA, JA, JA... Es Edu y no viene solo. FELIZ NAVIDAD, COLEGA. DING DONG BELLS, DING DONG BELLS. Me canta al abrir la puerta y las dos chicas que le acompañan ríen y se lanzan, de soslayo, miradas de complicidad. ¿Pensabas que te iba a dejar solo una noche como esta? No respondo y tampoco le miro, he clavado mis ojos en las dos rubias de zapatos de tacón alto, y no hace falta ser muy sagaz para entender que sólo entienden los golpecitos de las monedas en tus bolsillos. No son de aquí, son rusas, me dice Edu. Entran en casa y me las presenta, y me pone cara de no importa que me lo agradezcas, ya sabes que los colegas están para esto. La más alta: Tatiana. La menos alta pero más rubia y con el pelo rizado: Ludmila. Mira, tío, saben bailar como los cosacos mientras se la tienes clavada en el culo. Suelta una enérgica risotada. Edu ya va colocado y estoy completamente seguro que no tardará en hacer unas rayas a nuestra salud en la mesa de comedor. Quita tus libros y tus muñequitos peludos de la mesa que va a empezar la fiesta. Las rusas no dejan de gesticular, y Ludmila se acerca a mí y me dice: tú, chico guapo. Sonrío. Se ha quitado un espectacular abrigo de visón y pienso que esta rusa sigue creyendo que está en Moscú, y en mi cabeza comienza a sonar una vieja canción de "Ilegales", el Norte está lleno de frío y siempre llueve en domingo. Para los chicos el domingo siempre queda lejos, muy lejos, a pesar de que está muy próximo al lunes, pegado con cola. ¿Tú porque llevar abrigo en casa? Porque yo tener frío, ser muy friolero, respondo. Siempre que hablas con un extranjero que domina poco el idioma sucede algo curioso, os encontráis los dos hablando como indios. Edu ha hecho cuatro largas rayas encima de la mesa y dice: mercancía de primera, colega. Se refiere a la coca pero como toca los pechos a Tatiana entiendo que habla de las dos cosas. Los dos ríen. Luego se besan. Esnifamos las rayas, el Norte está lleno de frío... Helado en el parque sueño con el vestido rosa que llevabas al caer. Tú quitar abrigo. Si yo quitar yo quedar desnudo. Mejor, tú quitar. Y se echa a reír. Primero destapo una botella de champán y comienzo a gritar con Edu: FELIZ AÑO, FELIZ AÑO... Ellas se han quitado los zapatos de tacón alto y aplauden. Brindamos y bebemos. Y siempre llueve en domingo. Edu ataca a su víctima, Tatiana. Se tumba encima de ella en el sofá y me grita: ¡Pon la tele más fuerte, me gustan esos programas gilipollas de fin de año! Ludmila me coge de la mano y me pregunta: ¿Tú querer amor? No respondo. Difícil pregunta y más complicada es la respuesta. Un mundo impuro celebrando la historia que nunca empieza. Pantalones de campana y un jersey de cuello alto de color amarillo. Una mirada que carboniza a un desfile de eunucos. Enamorados de Varsovia, tristes enamorados. No te entiendo. Me mira con extrañeza e insiste: ¿Tú querer amor? y señala con el índice mi entrepierna y la comprendo del todo. Tartas ensangrentadas dentro de la barbería de la esquina. Los gatos y los perros devorando turrón de 100 pesetas. Miel en la comisura de los labios de una chica que baila hipnotizada en el porche de tu casa, y una moto que se pone por enésima vez en marcha, y despeina a los que no llevan gomina y creían escaparse de la congestión. Entro con ella en mi habitación. Una cama sin hacer y un cuadro de un pueblo de la sierra sin cristal. ¿Dónde estará? Cinturones de seguridad en el quirófano para el chico de la moto. Mira, no creo ser buen momento para hacer amor. ¿Mi no gustar? No ser eso. Tú ser guapa pero yo masturbar hace poco y no creo poder hacer nada. PSSSSS Callaaaarrrrr, tú callaaarrrr. Me empuja encima de la cama y abre mi gabardina, y pasa su lengua entre sus labios y luego los funde en mí. Tristes enamorados. La moto ruge con más potencia que nunca. Tú colega se ríe a carcajadas con el vientre repleto de bisturíes. Cabello rubio y rizado dentro de mi ombligo. Ninfas que sostienen sábanas blancas. Abrigos de visón para cuando aterrices en Moscú. Tú buen cuerpo, me dice. Sonrío. De algo ha servido el hacer un poco de caso a mi padre. Gracias, de verdad. Muchísimas gracias mi rusita. No quiero que te vayas a buscar vodka, quiero que te quedes cerca de mí. Quiero controlar, si no controlo no mola. HE DE CONTROLAR. El Norte está lleno de frío. Fue una Nochevieja distinta, pero una gran Nochevieja. Ludmila me ofreció algo inaudito. El sexo más puro, directo y verdadero. No necesité a ninguna mujer en un par de años hasta que ella regresó a Rusia después de haber ganado un buen dinero por aquí. Cuando me venía ese calor asfixiante que te inunda todo el cuerpo y sientes reventar, agarraba dos billetes de cinco mil y pasaba un buen rato con ella y, desde luego, nunca me defraudó. Salía de su cama como salen los coches de las máquinas de lavado. Ludmila fue mi kamikaze y lo lancé contra las voces que marcan territorios. Cuando se fue volvieron los nervios, y las pajas de ansiedad, y el descontrol más absoluto. Helado en el parque sueño con el vestido rosa que llevabas al caer. El Norte está lleno de frío y siempre llueve en domingo. Enamorados de Varsovia, tristes enamorados...
¿ACASO QUIERES OLVIDARTE LA LETRA?
¡Tíos, estamos de enhorabuena! Sí, señor. Es tiempo de fiesta y jolgorio. ¡Mefistófeles ha salido del infierno y ha subido a la tierra! La Navidad se arranca los adornos con la misma destreza que un asesino entierra corazones perdidos en los hoteles con toallas con fragancia a perversión, mientras mastica con vigor capitales europeas. Los volantes de los coches estrangulan a los conductores y luego vuelan hacia Marte y se preguntan, ¿dónde están los embragues aquí? Las pelotas de golf se estrellan en las sienes de los curas, y luego se beben su vino, y visten con las sotanas los silencios de las sombras alargadas. Los negros se clavan en el pecho el "Made in Japan" de Deep Purple y pasan de encender la estufa de butano. Las bicicletas rojas sin sillín fotografían clavos en cuarentena. Uno en cada grieta de las estatuas del museo de cera. Los bolsillos de los pantalones de los chicos del rock se llenan de césped y redes de portería, y las tijeras que los agujereaban se convierten en apartamentos sin luz eléctrica. Las velas se han hecho poderosas. Dominan y vigilan. No puedes esconderte. Y no debes hacerlo porque sino te convertirás en el último gilipollas que se peina con la raya a un lado, y da las gracias cuando le faltan agujeros en el cinturón que le aguanten los vaqueros rojos. Las chicas pecosas muerden a aquel que hable de milagro y les mola ese bocado. Reparten su polen entre los turistas que apagan interruptores. No invadas la calzada con un crisantemo en cada mano porque sólo un descerebrado piensa que los expulsados del reformatorio no pueden viajar en trasatlántico. Arden los carteles de las Avenidas y el viento que sale de los pulmones del ascensor del hospital aviva el fuego. Ferrocarriles sin estación de parada. Agujas incandescentes para tu colega de la moto que cayó por un terraplén. Piscinas sin agua y cerebros descompuestos en el fondo. Arcilla para sanar la leucemia del pigmeo que solloza encima de las antenas de radio rellenas de alcohol. Agranda tus pupilas y cómete las escobillas de váter. Cordones que se anudan y zancadillean arcos iris. Fuerza en mis legañas. Ardor levitando sobre el lecho de los guionistas de cine. Lentejuelas para el pagano y mierda para el creyente. ¿No es justo? Si no estás de acuerdo jódete y sigue viviendo sin tu sombrero. Cócteles de resina y membrillo para la garganta de la gaviota que se picotea las garras. La menta acostada de cuclillas sobre los muslos de los coleccionistas de sellos inauditos, no quiere que los relojes se introduzcan en cajas de oro. Detesta marcar recuerdos. Marcha atrás en las costumbres del culo de la modelo francesa. Corredores de fondo con boomerangs en los pezones derraman bálsamos de almendra encima de los puzzles. Escapar ya no pertenece a ningún idioma. Te jodes sino puedes. ¡Mephisto está aquí! Kurt Cobain lo sabía por eso lo hizo. No lo decepciones. Él nunca lo incumplió. ¿Acaso quieres olvidarte la letra? Vuelan los sombreros encima de las nucas rapadas de los obedientes de la ilusión. ¡Cuidado que los tipos de bombín no se los merienden con crema de cacahuete! Solo faltaría eso. Eso y descubrir que Dios y Mephisto es el mismo ente cabrón que quiere que lo abraces cuando la bala de plata atraviese tu sombrero.
TU COLEGA DE LA MOTO
Creo que ya todo el mundo sabe que para evitar una lobotomía lo único que te salva es usar un buen sombrero tejano. Eso y beber whisky. Clint Eastwood lo ha sabido siempre y nunca se ha desprendido de él. Tío, las gorras de béisbol no hacen el mismo efecto porque la visera te impide ver el cielo y el infierno al mismo tiempo, ¿me entiendes? No hay que taparse de las ideas nuevas. Tú colega de la moto que se cayó por el terraplén siempre te ofrece un canuto para que lo saborees el primero. Los cromos adhesivos se pegan a las botellas de chiva´s y eso provoca su caída cuando haces malabarismos encima de los cubiletes de dados. Mi padre es alto y extremadamente delgado y con unas incipientes entradas, y elegante, sumamente elegante. Obviamente, hijo, la verdadera piel de cada uno está en la vestimenta. Allá tú si sales a la calle con manchas de lejía. La moto ardió y tus lágrimas, las mismas que borran la tinta de los exámenes de matemáticas, no pudieron apagar las llamas. El presentador del telediario de la noche ya lo dijo, el reverendo que confundía los botones de los pantalones vaqueros con testículos sin pelo, tuvo una enajenación mental transitoria y sus ojos, sus terribles ojos, no tienen cabida en la Iglesia. En el juicio vociferaba, ¡quiero unirme a un alma puro y bien desarrollado! "Starway from heaven", "Purple rain", "Born to run", "Woman don´t cry", "London burning"... rodeaban el cuerpo e impedían que las risas de los tipos de bombín se acercaran. Allí estaban ellos gritando: SALVACIÓN, y sembrando carteles alrededor de la tumba. Pero las canciones protegen siempre a los negros. Y cuando hablo de siempre no busques limitaciones temporales. Es eternamente. Fui revisando las tumbas y destapando las lápidas para que los negros que las ocupaban pudieran escucharlas. Springteen me ayudó y las iba escondiendo detrás de los muslos embadurnados de polen, ya sabes que es el único lugar dónde los tipos de bombín no pueden y no quieren acceder. Me estoy convirtiendo en una cuchilla andante y no profundizo las situaciones. Pero mantengo mi pelo engominado por si acaso. Y sigo llenando mi caja invisible con adornos de terciopelo azul con las palabras más bonitas que me hacen tropezar. Springteen se sentó en el suelo a mi lado, delante de la tumba del colega de la moto, y no abrió la boca. Tampoco cantó. No había necesidad, el viento transportaba las canciones. Puso una expresión de chico, y sabed que sólo a los conductores de autobús les permito que me llamen así, todos nos sentimos en un momento u otro horriblemente solos... pero no es cuestión de contar chistes malos sino de cantar canciones y ponerte tu sombrero. ¿Y si no tengo? Lo encontrarás. Luego me quedé solo sentado, y pensé en mi colega y en Emma Suárez, y en cuando llegará el día que mi caja se abra y se haga visible, y en puentes de paranoia donde todas las películas ocurren ahí abajo, entre los retrovisores. Allí donde te invade la sensación de que nadie puede acallar tus gritos. Mi madre es enfermera y, por tanto, la gente piensa que es buena. Y lo es. Pero no por esto. Se marchó con un tipo que presumía de no poder atarse los botones de la camisa y de llevar los cordones desatados. Mi madre era bonita antes de conocerlo, pero el efecto dominó se apoderó de ella, y las arrugas quisieron hablarle en sueños. El tipo que le regaló un anillo de oro le dice, tu hijo está confundido. Confunde culo con polla y tetas con huevos. Regalémosle una camisa de fuerza que le quede bien ajustada. Se sentirá mejor, cielito. La verdad es que no me gustaría que mis padres me observaran a través de los agujeros de los discos de vinilo porque no quiero que vean todo lo que he hecho y hago. Pero que no se cabreen porque no tienen nada que ver con la educación que me han dado, ni con que les estime más o menos. La responsabilidad es como un pulpo de 98 patas que te arrastra hasta las profundidades. Cómete las patas del pulpo, me dice Clint, y ponte sombrero. Flota. Sigo sentado delante de la tumba y me apetece fumar un poco de hierba para conectarme mejor. Alguien me toca la espalda pero no me giro. Ese alguien me pone delante de las narices un canuto, y yo lo cojo, y lo agradezco con una medio sonrisa pero sin volverme. Me da fuego. Lo enciendo. Lo saboreo y me giro para agradecer otra vez. Es tu colega de la moto que me sonríe con su camiseta negra levantada, con el ombligo lleno de cabellos rubios que no son suyos, y las venas con agujas clavadas. Yo también lo hago. Chocamos las palmas de las manos y seguimos sonriendo. Abro mi boca más que nunca. Me vuelvo hacia la tumba. Pego dos caladas profundas y cierro los ojos. Y, de repente, pienso, ¿si está allí dentro... quién me ha dado fuego? Me vuelvo precipitadamente y no hay nadie a mi alrededor. Sólo canciones de rock. Entonces, comienzo a reír con júbilo y euforia descontrolada porque al fin he comprendido algo.
EL REENCUENTRO
Nunca he pensado en pecar, ¿pero, tíos, qué queréis que os diga? ¿Qué no me mola? ¿Qué me arrepiento? ¿Qué quiero confesarme? Obviamente, hijo, no deberías pensar que Dios te ha abandonado sino recapacitar en lo que tendría que tratar tu sermón. Iba por la calle andando, con un sol de espanto cargándome la frente y derramando parte de mi alma en ese negruzco asfalto, y a eso que cruzo un semáforo y me caigo al suelo desmayado, y comienzo a temblar pero no precisamente de frío. Comienzo a escuchar voces incompletas que se dirigen a mí, y yo no puedo reaccionar, y sólo siento que me cuesta mucho encontrar un armario donde toda la ropa plegada que haya dentro sea de mi talla. Me echan agua a la cara pero mis ojos, aunque abiertos, se resisten a encontrar un punto fijo donde depositar su visión, y unas voces como si espectros del pasado fuesen me hablan retrasando mis cronómetros. Los conductores de autobús de la línea 3 no tienen fotos de comunión porque las quemaron en la entrada del pueblo donde descansan los sombreros tejanos. Beatriz vendía coches y yo no odio más en esta vida que alguien con sonrisa tatuada se me acerque y me intente camuflar uno, cuando acaricio un volante extraviado que desea que lo protejas. Parece que se haya metido un pico, pobre muchacho yonquie. Mis ojos giran desorbitados y no creo que me entierren debajo de un molino sin aspas porque aún no soy viejecito, aunque comienzo a asemejarlo de espíritu. Beatriz siempre me decía que aparentaba mucha menos edad de la que tenía en realidad. Y eso, al principio de nuestra relación, era una cualidad que luego se convirtió en una pesada losa. Todos tenemos un espacio personal que no nos gusta que invadan. Algo así como abrazar a una gorda con el pelo rosa y medias a topitos verdes que quiere que la llames señorita en vez de puerca. Y luego vienen esos filósofos con sus narices larguiruchas, introduciendo su olfato de noche de pub dentro de mi espacio. LARGO DE AQUÍ Y NO ME SUELTES EL ROLLO DE NIETZCHE. Si hoy abres mi cartera no aparecerá ninguna chica pecosa con el cuerpo embadurnado de polen, ni siquiera una pelota de golf en mis bolsillos, y tampoco tengo mis cordones anudados por detrás de mi tobillo tatuado con un murciélago con los dientes ensangrentados, sólo una foto carnet borrosa que ya no pertenece a mi película. No estoy en forma y quizás no me he arrancado las orejas en el momento adecuado. ¿¡Qué te pasa, hijo de puta!? No lo sé, Edu. Tráeme un disco de vinilo de rock de los 80 y quizás mi imagen se refleje en la carátula y pueda reconstruir mis neuronas adecuadamente. Obviamente, hijo, has creído que todo lo que tocas con tus manos está en letra mayúscula. Las minúsculas forman más parte de este universo que nos intenta robar los "ojalás" de los sueños. No has cambiado nada, tu aspecto es el mismo. La frase más estúpida y antigua de la historia y la tengo que soportar desde que Beatriz y yo nos separamos. Y, desde luego, no me gusta que se introduzca como un ladrón de alfombras en mis adentros. Me sientan en la silla de un bar, y me abanican, y me preguntan si quiero un café o una coca-cola, o que me acompañen a un hospital, y no contesto. Sus caras no me son extrañas, pero no me quedo con ninguna. Un revoltijo de palabras imperativas se apoderan de mis sentidos, SALVACIÓN-AGUANTA-MADURA-SAL FUERA-NO ABANDONES A DIOS-ÉL NO LO HARÍA NUNCA-EDUCACIÓN-CULTURA-APRECIO POR EL PRÓJIMO-AMOR EN CONSERVA-OBLIGACIÓN FAMILIAR-FUTURO MARCADO POR TUS ACTOS-FELICIDAD PERENNE. Tuvimos un noviazgo de dos años y convivimos juntos después de casarnos, otros dos. En total, si el profesor de álgebra no me incluyó en su álbum de decepciones, cuatro años. Y, de repente, estás parado en un semáforo, de esos cabrones que siempre están en rojo, y no quieren que tengas metas, y los coches intentando despeinarte porque nunca tienen otra cosa mejor que hacer cuando el estadio bosteza, y un pitido de claxon reclama tu atención. Me da rabia que parezcas más joven de lo que eres... ¿¡cuándo madurarás!? Escuece, vaya si escuece y no hay cremas antiinflamatorias que te reduzcan la hinchazón de los recuerdos. No reconozco el coche que me ha pitado, pero si a la chica que va dentro. No es Emma Suárez. Lástima. Continúo sentado en la silla del bar y escucho: quién te ha visto y quién te ve, alguien parece conocerme, y siento el filo de sus pupilas arañándome los pómulos. Finalmente me levanto de la silla, y me voy pesadamente con mis brazos cruzados sobre mi pecho, y me siento frágil como la porcelana. Es el juego que nunca acaba de empezar... Me acerco al coche que me ha pitado y Beatriz baja el cristal. Ha pasado mucho tiempo, Ray. Por lo menos cinco años. Lo menos, contesto. ¿Te acerco algún lado? No hace falta. ¿Sabes que me he separado de Tobías? Asiento con lentitud. ¿Qué nos pasó a nosotros? No había más bombonas. ¿Me odias? No contesto y saco mi cartera del bolsillo trasero de mi vaquero. Una foto carnet con un rostro que pertenece a la chica que le dediqué mi primera novela, aparece allí. No necesitamos más palabras. Antes de arrancar me dice sonriente, sigues pareciendo mucho más joven... ¿hiciste un pacto con Satanás? Llego a casa de noche, y saco la foto carnet de la cartera, y la miro unos segundos, pero no es que piense que valga la pena portar ese recuerdo. Obviamente, hijo, la felicidad nunca está presente en lo alto de los puentes de la paranoia, serías muy iluso si pensaras que sí. Nosotros, los pobres mortales, nos encargamos de inventarla. Levanto la tapa del váter y la pequeña foto cae dentro. Luego tiro de la cadena y abro una Carlsberg. Bebo pausadamente, dejando el líquido a cada sorbo, durante unos segundos en mi paladar.
LOS PUENTES DE LA PARANOIA
¿Qué tiene Emma Suárez que no tengamos las demás? La humedad pegajosa de la sangre de los negros se desliza sobre la barriga del obeso, que se siente victorioso, y ajusta la cuerda de sus kamikazes para que no se detengan antes de llegar a la diana. Ni tan siquiera es una chica pecosa. Estuve a punto de levantarme y abandonar el confesionario violentamente, pero un asomo de esperanza te golpea los hombros y te aconseja, no hagas caso de los ojos que oscilan del verde al marrón y del azul al negro, patea desde el punto de penalty y corre al centro del campo. No te desconcentres. Entro en un bar curiosamente extraño, con madera de yate recubriendo las paredes, y alfombras por los suelos con infinidad de colores y formas geométricamente abstractas que te obligan a caminar con cuidado para no desbaratarlas. Me acerco a la barra y un tipo con trencitas me da la espalda. Oiga, me pone una cerveza. Se vuelve y... ¡Coño! ¡Es Marley! No tengo cerveza pero ten, esto te compensará. Me ofrece la hierba que estaba fumando y yo la agarro como si fuese un tesoro. ¿Hoy no me regalas ninguna canción? Las canciones no se regalan, chico. Son de todos y permanecen con su aureola en el horizonte para que los caimanes con alas las transporten a los transmisores de los conductores de autobús. Vete a cualquier parada y obtendrás lo que deseas. Y eso hice. Pero ningún autobús apareció en mi parada, y eso que inicié una huelga de hambre y de pensamiento, y me senté en la fría acera como témpanos de hielo que se resquebrajan con los vientos huracanados. Y, aun así, nadie me preguntó nada. Nadie se dignó a preguntarme: ¿qué es lo que quería ser?, ¿qué es lo que deseaba hacer?, ¿qué es lo que me gustaría poseer? Pasaban de largo con ese ademán que indica: oye, tío, ¿no sabes que captar fotográficamente el dolor ajeno es un hecho relativamente sencillo? Fotografías aquí y allá, en el centro de la Avenida, a diestro y siniestro con los párpados extendidos, y de cien aparecen setenta y tres saltos desde la ventana que comunica con una escalera interior. No son muchos, pensé. Y añadieron, pintar en un lienzo la ilusión, eso es verdadero arte, pero no se vende. Y botaban por encima mío para no tropezar, y comenzó a granizar, y la gente se escondió en sus casas con escaleras interiores. Yo no. Yo esperé allí en la parada que un añorado autobús apareciera con mi gomina bien colocada sobre cada punta capilar, y ofreciendo mi expresión de: no es lo que estáis pensando, no estoy colocado y mi hemoglobina está en su punto. Sencillamente no encuentro otra cosa mejor que hacer que esperar aquí sentado con mi culo pegado a un témpano de hielo. Dos ojos fascinantes se posan sobre el más mínimo movimiento de mis extremidades y Kurt Cobain baja de su canción, se despereza, agita la melena y me pregunta, ¿le tiraste la pelota de golf al tipo de la excavadora? Sí, pero no la sintió, le golpeó en una de sus estrellas de sheriff clavada en la frente y rebotó. Se tumba a mi lado y se acaricia su pelo rubio. Noto una respiración tan profunda que empaña los cristales de los coches aparcados, y cansinamente murmura distrayéndome de los impactos del granizo: suicídate. Ya no hay nada más que ver. Nos sentimos húmedos y no hablamos más. Luego se evaporó como hacen todas las estrellas cuando quieren dejar de formar parte de las piezas de tu puzzle incompleto, y dejó de granizar. Entonces, me levanté y mis músculos estaban oxidados de estar tantas horas en la misma posición. Y para que el riego sanguíneo volviera a fluir comencé a correr en dirección a Nueva Zelanda. Lo más rápido que me permitían los fastidiosos tacones de mis botas tejanas de segunda mano. Y, mientras, lo hacía comencé a recordar todas aquellas cosas que me habían obligado a perder mi sentido de la incoherencia y la irresponsabilidad, y las maldije una a una pero no me detuve. No podía hacerlo. Milán, Amsterdam, Estambul, Atenas, Dublín... Pequeños recuerdos que se entrelazan con breves encuentros y fugaces despedidas para siempre volvernos a encontrar en otra ciudad. Y, de repente, me hallé subido en un puente de paranoia y observé cómo los retrovisores estallaban unos con otros. Pero sentí una paz abrumadora que no sabía exactamente si era paz porque nunca la había saboreado con calma, pero como lo ignoraba quise creer que era lo más cercano a lo que indica el diccionario de la Real Academia española. No había tipos con bombín atusándose sus finos bigotes sencillamente porque se avergonzarían de que los viesen junto a ti, allá en lo alto. Y allí me quedé, dispuesto a robar con una caña de pescar las chicas pecosas que acompañen a los pilotos. Y, sobre todo, a vislumbrar el rostro de Emma Suárez entre las figuras que realizan las nubes cuando salen los domingos por la tarde con americana blanca y clavel rojo en la solapa a buscar sombreros empujados por el viento, y su largo peregrinaje queda plasmado por la cámara de los Hermanos Coen.
TRANQUILÍCESE
El hombre de las gafas redondas toma apuntes en su libreta de espiral y me observa por encima de ellas. Mi madre siempre me decía antes de salir de casa, no te olvides de cambiarte los calzoncillos, y cuidado al cruzar la calle. Y yo pensaba que importancia tenía eso, porque si me atropellaba algún coche no creo que los médicos se indignasen porque mi ropa interior no estuviese en condiciones. Los carteles publicitarios carcajean con poder otorgado por el laberinto de los pensamientos que no se sostienen encima de las aspas de los molinos de viento. El peso acaba por derrumbarlas. Es curioso, pero los viejecitos se pierden y siempre aparecen debajo de las aspas escampadas por la tierra. Las mandíbulas del estudiante de secundaria no han envejecido, pero sus muelas están inundadas de caries y, por tanto, le han prohibido el vino tinto. Estoy cómodamente sentado en una silla negra que puede girarse de lado a lado y el hombre de las gafas me pregunta, ¿desde cuando se siente así? No la entiendo. ¿Me entiende usted a mí? No tengo sombrero, es tan difícil entender que anhelo uno a la medida de la circunferencia de mi cráneo. Está usted sumamente estresado y nervioso, y se complica las cosas innecesariamente. ¡Pues beberé agua oxigenada mezclada en un túrmix con sangre de negro y me levantaré todas las noches para orinarme en vuestros bombines! Grita el estudiante de secundaria. Luego sube en un autobús y se dirige a la escuela. Obviamente, hijo, el tener la miel en los labios te crea un estado ansioso que no se cura introduciendo la cabeza en el hueco del ascensor. Ponte en bañador junto a la piscina y broncéate con crema de zanahoria, te hará bien el cambiar tu color. Explíqueme, doctor, ¿quién puede ver caimanes con alas en el horizonte? Sé positivamente que eso es posible, pero nadie me ha contado cómo se hace. Por favor, Señor Cifre, yo hago las preguntas, no se intranquilice. ¿Y los volantes de los coches, tan manoseados y rifados por los encantadores de serpientes, saben cuál es su destino? Lo veo a usted cada vez peor, tal vez con unas descargas eléctricas conseguimos activarle los hemisferios cerebrales. No me joda, doctor, ¿acaso no ha observado cómo se queda atrás el tiempo a través del agujero de algún disco de vinilo? ¿O es que no se ata los cordones por detrás de los tobillos? Cielo, cámbiate de calzoncillos que hoy ha llovido y las calles están mojadas. ¡Beberé lejía con zumo de membrillo y luego vomitaré dentro de tu televisor!, ¡sé positivamente que eso te jode!, continúa gritando el estudiante de secundaria sentado ya dentro del autobús. Mire, relájese. Necesita una buena dosis de ansiolíticos, y despéjese de los problemas. Haga deporte, por ejemplo, juegue al tenis. No me gustan las pelotas de tenis, prefiero las de golf. Y, sobre todo, ábrase a posibles contactos con el mundo femenino. No sea cabezota y no piense que su destino está marcado por el fracaso. Ya lo hago, doctor, observe mi caja invisible con adornos de terciopelo azul. ¿Dónde está? ¡Ya le he dicho que es invisible! Ande, tome un válium que tengo por aquí. Gracias. Se la voy a regalar a Emma Suárez cuando la conozca. Bonito nombre. ¿Quién es? ¿Alguna compañera de trabajo? El autobús se puso en marcha y al ver quién lo conducía me sobresalté, y un voraz temor se apoderó de mi aureola. Un tipo con bombín agarraba el volante con una mano, maliciosamente sonriente y blandiendo un sable. Casi me caigo de espaldas pero una mano invisible me sostiene, y me giro y encuentro a Springteen con lágrimas en los ojos. ¿Y, chico, que te pensabas? Van a clavarles esdrújulas en las solapas. Ese autobús tiene como dirección un aula. Acabo de tener un flash, amigo doctor. ¿Qué pretende decirme con eso? Es muy sencillo, métase las pastillas de colores por el ojete. Obviamente, hijo, invocar la ayuda de un Dios en el cuál no se está seguro de creer, no es una opción que los programadores analistas sopesen como probabilidad de éxito. El negro se me acerca y me dice, tío, ya te dije que hay muchas cosas que no molan. ¿Es que te arrancaste las orejas como tu colega de la moto? Mi madre coge el mando de la televisión y aprieta botones vertiginosamente, y exclama en voz alta, ya la hemos visto, ya la hemos visto... Sin que mis pupilas lleguen a descifrar de que películas se trata y así toda la noche. Estoy en la calle y aparece el arco iris, y yo dirimo que cómo me va a tratar un capullo que desconoce que las chicas pecosas planean en el aire.
LAS CHICAS TEÑIDAS
Las chicas teñidas siempre quieren protagonizar tus sueños y expulsarte de tu territorio. También los despertadores intentan jorobártelos. Me apunté a un gimnasio con mi viejo después de separarme de Beatriz, y allí conocí a las chicas teñidas más excepcionales que he visto. Tienen un rasgo característico, balancean el culo de lado a lado con el maillot metido dentro de él, y uno no es de piedra. Sinceramente me hubiera gustado que alguna de ellas me hubiera dicho, tío, hazme protagonista de alguno de tus sueños, quiero ser tu fantasma y apagar los interruptores de tus párpados, pero tan solo gané una cesta navideña. También gané algo de peso porque estaba muy flaco y el ejercicio me ayudó a eso. Pero aun así mis codos permanecían pegajosos, y con sabor a barra de madrugada del viernes. Allí estuve a gusto y descubrí que la gente que hay en los bares, tampoco se diferencia de la que hay en esos centros de salud. Todos buscamos lo mismo, tanto si estás en el patio del colegio como si estás bebiendo cerveza con tus condecoraciones recibidas por ser el único mutilado que sueña de un tirón hasta que el despertador lo joroba, dentro de la bomba atómica con destino Hiroshima. Un chico menudo que mastica esteroides mientras realiza estiramientos, me comenta que le gustaría gritar ¡hurra! cuando el timbre del teléfono le avise que su chica ha abandonado a sus amantes con tatuajes marineros en los bíceps. Otro que ejerce de gigoló me enseña los mensajes escritos que lleva su móvil. Hablan de fugaces encuentros, de deseos incontenibles, de pasiones en la habitación de un hostal. Hay muchas chicas teñidas pero ninguna chica pecosa, me dice y se ríe. Hace tiempo que mi paladar no saborea el polen, y también el despertador me joroba, pero aunque yo sea un vendido y mi polla no encuentre más que interiores deprimentes, yo sigo soñando con barandillas de cobre que me deslicen hasta el fondo del estómago de un caimán con alas. Obviamente, hijo, las casas vacías solamente se diferencian de las casas llenas de cuerpos por el calor asfixiante que te producen estas últimas. Ahí está tu elección en tener frío y aire para respirar o embadurnarte el cuerpo con protección solar factor 50. A veces tomaba saunas y pensaba en situaciones raras como ir caminando por una playa paradisiaca y el sol calentando todo mi cuerpo que ya posee un bronceado intenso y, de pronto, el tipo de la excavadora con estrellas de sheriff clavadas en la frente llevándose toda la arena caribeña, y riendo, y gritándome, ¡me lo debías, me lo debías...! Me chupo uno de mis codos y lanzo cera caliente por las rendijas de tu habitación y, luego, me pongo a los Rolling en los walkman, y corro por la ancha avenida hasta que una chica teñida exclama, ¡Te gustaría probar un filete con patatas que ha hecho mi madre de 100 años! ¡Está delicioso! Y me freno en seco, y jadeo por el esfuerzo, pero no apago "Satisfacction", y tampoco contesto porque sé que es un sueño y en los sueños no importa contestar porque ellas lo hacen por ti. En fin, que me has pillado, que era mentira, pero como te he visto cara de hambriento te he soltado lo que te he soltado. Y pongo cara de: ¿cuál es la verdad entonces? Mira, tío, te lo diré sin más rodeos. Sé que estoy metida en tu sueño pero no me gusta ser el fantasma de nadie, me irrita y, consecuentemente, te voy a hacer una petición que debes aceptar. Dame tu sueño porque ni siquiera sabes tratarte bien en ellos, y en el instante que eso pasa se convierte en una moneda de cambio. Sigo parado e intento dominar mi sueño pero ella se ríe y dice astutamente, no pienses que el despertador te va a librar. Me encargué de liquidarlo con tus pelotas de golf. Luego me tranquilizo y pienso que sulfurarme por una vigilia es de idiotas, y subo el volumen de mis walkman, y me siento en el suelo, y la cámara de los hermanos Coen la comienza a seguir a ella, que va regalando rencores a los transeúntes con corbatas naranjas y violetas. Los piratas de pata de palo me llaman para jugar una partida de cartas y bebemos cerveza y así, precipitadamente, dejé el gimnasio. Un lugar con tipos hechos a mi semejanza y que no encuentran cintas métricas para medirse la circunferencia de la cabeza.
EL VOLANTE DE COCHE
A eso que mi colega, un activista político, y yo bajamos a la calle a mediodía con una cogorza de campeonato y con el estómago lleno, después de habernos papeado un gato negro que maullaba todas las noches. Vamos cantando "Wild Thing" de los Troggs con euforia y desespero, y escupiendo con brío el whisky atascado en el gaznate, que forma grandes charcos en las entradas de los garajes. Echamos el aliento a las chicas y estás corren tapándose la nariz con los dedos, y nosotros nos carcajeamos, y regalamos chapitas de la Cruz Roja a los mentirosos compulsivos, a los sparrings de los campeones del boxeo, y a los espías con dos caras. Estos las engullen y luego afilan sus navajas. Seguimos con nuestra ruta y yo bordeo las aceras como si fuese un equilibrista del Circo Williams, y veo que el activista se ha quedado tendido en unos escalones y vomita barricadas, cadenas humanas en medio de la Plaza del Ayuntamiento, y gritos contra el poder policial alrededor de una hoguera que se apaga por el sisear de las gargantas de los que se asoman por las ventanas que comunican con las escaleras interiores. Nada, que sigo haciendo equilibrios porque ya me había cansado de escuchar pamplinas sindicalistas y me sentía con ánimos para pasear por las feas y ruidosas calles. De pronto, un volante de un Alfa-Romeo me grita que me acerque y ya sabéis que yo nunca dejo en la estacada a un volante que necesite mi ayuda. ¿Te pasa algo? ¿No lo ves? Soy un puto volante de coche. ¿Acaso crees que me puede pasar algo peor? Me quedo pensativo unos segundos, y siento que lo que dice es muy juicioso, y rompo de un puñetazo el cristal que nos separa y lo acaricio con ternura. Basta, me dice, no servirá de nada. Tú te irás y yo seguiré aquí encerrado y sin poder convertirme en lo que yo desee. Intentaré ayudarte, contesto. ¿Quieres una centramina? Lo agradezco, tío, pero yo solo me drogo con gasolina. Cada uno tiene sus propias drogas y no todas funcionan igual en tu organismo. Quisiera hacerte una pregunta. Dispara pero no me desangres. Explícame vuestro enigma. No puedo dormir bien por las noches desde que sé que existe. ¿Tapaste los agujeros que producen tus pisadas en la arena? No. Yo tampoco, por eso nos drogamos, porque es imposible, ¿no es cierto? Asiento levemente y con amargura. Mi droga oculta simplemente que yo nunca llegaré a ser un volante de autobús y eso jode. El no poder controlar y siempre ser manoseado. Ahora regálame alguna canción de esas que tienes permanentemente debajo de la almohada, y tapa con periódicos el cristal roto que tengo frío, y vete que los humanos me cansáis con vuestra estupidez. Lo hice y me fui sin hacer más equilibrios hacia la playa más cercana. Intenté aplanar con mis manos todos los agujeros que había, pero cada vez surgían más a mi espalda. Entonces, me agoté y me tumbé en la arena. Me drogué. Había una suave brisa. En el cielo los caimanes con alas dibujaban la sonrisa de Kurt. Me introduje en el agua totalmente vestido y me zambullí intentando encontrar al bebé que pica el anzuelo con billetes en la portada del "Nevermind" de Nirvana. Pero me cansé e hice el muerto hasta que me quedé definitivamente dormido, y con la boca sumamente seca y mordisqueada debido a las centraminas, y embriagado de tristeza aun habiendo descifrado el enigma de los volantes de coches...
Cuando desperté, Kurt ya no estaba...
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© Carlos Meneses Nebot
ENTRAR A MATAR
De repente, el público solicitó silencio: pssst, pssst... y el contagio se extendió. El Juli en medio de la arena alzó el estoque e inclinó las piernas. Brillaron los dorados de su traje bajo el atardecer. Desafiante ante el astado que clavaba la vista en su torso. Su majestuosa pose se te antojó realizada a cámara lenta. Claro contraste con la exhibición de habilidad de momentos antes, con el repicar de tambores, con los atronadores aplausos de la concurrencia, los vítores enloquecidos transmutados en efervescentes "oles". Miraste a tu alrededor: a tu derecha un tipo con el perfil de la cara recortado a tijeretazos se deleitaba con un habano mientras anhelaba el desenlace. A tu izquierda una oronda mujer, que se había desgañitado con el fragor de la contienda, semejaba extasiada con la boca abierta. Te dio la impresión de que tus orejas estaban taponadas, que una especie de película sucedía ante tus ojos, que era irreal aquella escena, que los podías traspasar con tus manos. Eran efigies fruto de un repentino aturdimiento. Meditaste sobre tus últimos meses: no pasabas una buena racha. La primera paga del paro te ha servido para asistir a la corrida; por nada del mundo te hubieses perdido al Juli. Pero las desdichas nunca vienen solas y no compartes con nadie esa tarde en el ruedo. Amarraste tus facciones porque las lágrimas amenazaron con asolar el contorno de tus párpados. Chispeaste un momento, conteniendo el vaivén del pecho con tus manos, y respiraste hondo. Y te pareció que estabas solo en el Coliseo. Terriblemente solo. Hasta que una ola de muchedumbre se levantó en la Plaza, haciendo humo con las palmas, y te incorporaste como un resorte. Los ojos se te abrieron como platos. La estocada había sido fulminante. El toro tumbado a sus pies. Esbozaste una amplia sonrisa y aplaudiste a rabiar.
El Juli había entrado a matar.
ENCOMENDACIÓN
El coche aparcó enfrente. Cuatro tipos se bajaron. Enfilaron sus turbios ojos hacia mí. Cruzaron los brazos, expectantes. Miré de refilón a mi alrededor. Respiré hondo. No había error. Me santigüé y me encaminé hacia ellos con lentitud pero con firmeza. Me dio tiempo a crujir los nudillos.
COMPETICIÓN FISICOCULTURISTA
Me recibe tal y como yo había sospechado: en bragas y con los pechos al aire. No puedo evitar, y no lo evito, una risita repelente. Aguanta con la comisura de los labios, resecos y cortados, a punto de babear, un cigarrillo apagado y no parece tener ganas de hablar. Está flaca, anoréxica, con el contraste de su enorme barriga cervecera que no disimula sus vicios menores. El pelo rubio chorreante de aceite y, cada vez, más descuidado. Los ojos caídos, prueba del reciente pico que se ha metido. Y las venas de sus brazos circulando más azules que nunca el largo de su antebrazo.
-Diana, ¿no me vas a dejar pasar?- trato de sobarle los pechos. Se aparta con brusquedad, suelto otra risita, y antes de que me insulte digo:
-Te traigo tu parte, cielo.
-Pasa- dice al fin.
Suena "Café del Mar" no sé que número de compact, va descalza, y cuando cruza los brazos, le apostillo:
-Te has quedado sin tetas, Diana.
-Y eso a ti que te importa. Has venido muy temprano. ¿Tienes prisa?
-Soy un currante. Me levanto cuando canta el gallo.
Me desternillo, me quito la cazadora vaquera y me repantingo en el sofá sin esperar a que me lo ofrezca.
-Tengo sed. Tráeme agua- le ordeno.
Ni se inmuta, permanece taladrándome con los ojos, me quito las náuticas, pongo los pies encima de la mesa de centro, y me río de nuevo, esforzándome en que el estruendo de mis carcajadas apague la música.
-Eres odioso, siempre los ha sido, Cris.
-Antes no me decías eso, monitora. Antes te molaban mis músculos. Los adorabas.
Me pongo en pie, me despojo de la camiseta levi´s negra, y saco a relucir ese torso tan trabajado, y tan espectacularmente compacto, que entremezclado con el intenso bronceado a que me he sometido en sesiones de rayos Uva, destaca con fiereza en el angosto apartamento de Diana, la yonquie. Flexiono los bíceps, aguantando unos segundos la contracción para que el despliegue de venillas e inserciones sea propulsada a la luz. Me agoto levemente y entre risas me recuesto de nuevo.
-Cris: la mierda. No te olvides.
Me siento al borde del sofá, tomo consciencia del aroma a demacrado, desvencijado, y a espacio cerrado, que se inhala allí dentro y le digo:
-Acércate.
-Ni hablar. Saca lo prometido- da un paso tímido hacia adelante para ponerse encima de la alfombra por el frescor de las baldosas. Sus pies son pequeños y sus uñas sin pintar parecen algo amarillentas; sopeso que por la falta de vitaminas.
-Te metes mucha caña, monitora de aeróbic. Demasiada. Fíjate: no eres más que un asqueroso recuerdo de cuando te conocí.
Diana suspira mirando al techo. Tan solo desea que muestre los éxtasis que me he traído de Londres, y eso provoca mi risa y exploto. Las contracciones se aceleran hasta punzarme la barriga. Cuando por fin se frenan, resoplo un par de veces, y la veo anclada en la misma posición. Suavizo mi tono.
-Anda, ven aquí y hablamos- palmeo el sofá. -Diana, de verdad, yo nunca te la jugaría. Tú lo sabes. Hace muchos años que nos conocemos, ¿recuerdas? Desde el Sport Factory. Tú dabas clases de aeróbic y yo era monitor en la sala de pesas.
-Ha pasado muchos años.
-Claro, claro, todo pasa: es ley de vida. Pero te sigo apreciando- coloco mi mano derecha en el corazón, -de verdad, créeme.
Se aproxima lentamente y se sienta a mi lado. Parece mentira, después de tantos años sigo convenciéndola con facilidad. Desprende un olor a caldo de pollo y ropa mal secada que me produce arcadas. Las aguanto.
-Dentro de dos horas compito, ¿lo sabes? Dentro de unas horas me convierto en Campeón de España.
-Eso lo has dicho siempre- masculla con desgana alzando las cejas, como si se supiera de memoria mi cancioncilla.
-Esta vez va en serio. En el fondo los dos somos dos yonquies- medito mis próximas palabras. -Sí, dos yonquies de distintas sustancias. Tú te metes caballo, de ahí el deplorable aspecto que tienes: sin tetas, y durmiéndote en todas partes. Y yo me meto esteroides, muchos esteroides anabolizantes- remarco como si fuera el aullido del viento. -Una hora antes del campeonato me inyectaré la última dosis. Una buena dosis de Synthol, para hinchar el músculo menos destacable de mi poderoso cuerpo en un santiamén.
Gira la cabeza con languidez y me espeta:
-Te conozco, ¿dónde quieres ir a parar?
Me mondo de risa, le intento tocar los pechos pese a ser diminutos, casi inapreciables, y me propina un manotazo. Me pone ser tan grande y muscular y ella tan dejada y sucia. Qué diferencia de cuando la conocí. Brincando y chillando, marcando las clases de aeróbic: UNO DOS TRES CUATRO... Y, OTRA VEZ: UNO DOS TRES CUATRO. Con sus maillots de color pastel cortados bajo las rodillas a modo de reina de los mares del sur. El recuerdo me enciende y me echo sobre ella y, a pesar de que suelta un gritito de sorpresa, no trata de escapar y tan solo musita: la mierda, Cris, la mierda, déjala en la mesa antes. Y le digo que silencio sellándole la boca con un dedo y el sentir mi pecho contra su caja torácica me da la razón: está resbaladiza, aceitosa, y pringada. La atenazo contra el sofá, me deshago con prisas del tejano, y le arrancó de un tirón las bragas.
-Eso querías, ¿no?
Asiento. Busco la entrada entre ese matorral sin rasurar y se la clavo sin contemplaciones. El contraste de físicos me exacerba. No sé si lo entenderéis: un tío como yo se merece las tías más estupendas que te puedas echar en cara. Aquellas inalcanzables para los seres mundanos y de a pie. Yo en cambio con un chasquido de dedos las tengo a pares. Son estos desechos humanos, si se les puede llamar así, los que me ponen. Entro y salgo con violencia, sin detenerme a pensar si le hago daño o no. La profundidad de su coño parece inmensa y, de pronto, me viene a la cabeza la cantidad de tipejos que se la tiran tras pagarle 30 euros. Sólo faltaría que yo, un tío como yo, tuviese que pagar a este estropajo. Me río mientras sigo empujando y, de pronto, observo que la saliva se le escapa de la boca y parece disfrutar del momento, y alza las piernas para que la golpee con más fuerza si cabe apretando mi nuca contra si misma.
-Cris, tú y yo estamos destinados a pasar toda la vida juntos. Sí, Cris, aunque pienses que estoy loca. Bombéame, no pares.
Estallo como una cadena de fuegos artificiales, ella suelta un chillido, parece también estallar, y tras unos breves segundos de reposo recuperando la respiración recostados uno encima del otro, me levanto apartándola de un incorrecto empujón cuando trata de besarme en la boca; saco de la chaqueta un frasco de éxtasis y se los dejo en la mesa de centro.
-Ahí tienes tus golosinas, zorra. Colócalas lo mejor que sabes y- le señalo con el dedo, -no trates de engañarme con las ganancias porque me enteraré.
Me mira en silencio, cubriéndose los pechos con las manos cruzadas. De la chaqueta saco una ampolla de synthol, me arremango los tejanos, mis gemelos, pequeños aunque musculares, quedan a la luz. Mis gemelos, la parte más negativa de mi cuerpo.
-Me voy a chutar las pantorrillas aunque no lo tengo claro. No me va del bien conseguir el ángulo. Tú, que eres una experta en chutes, por qué no me ayudas.
Se levanta de un salto.
-¿Tienes jeringas?
Meneo la cabeza para indicar que no, que sabía que ella siempre tiene, y suelto mi consabida risita.
Le paso la ampolla de synthol, se dirige al cuarto de baño, y escucho ruido de cajones. Le grito: ¡nunca comprenderé como empezaste a meterte caballo!, ¡con lo rica que estabas! Y recuerdo que se inició en la trena cuando se comió el marrón de la coca por los dos. Siempre me recriminó que no lo fuera a ver durante el tiempo que pasó entre barrotes. Me troncho al rememorarlo. Un minuto después vuelve con la jeringa en la mano, preparada para clavar.
-Ves con cuidado, Diana.
-¿Dudas de la yonquie?- dice con sorna.
Me vuelvo de medio lado sin levantarme del sofá y percibo el picotazo en mi pantorrilla izquierda. Se enfila al baño para recargar otra jeringuilla, y yo me abandono a mis pensamientos: El Palacio Municipal de Deportes abarrotado y puesto en pie aplaudiéndome. Yo saludando con los brazos en alto. Se me escapa la saliva de placer y cierro momentáneamente los párpados hasta que una aguja que penetra mi otra pantorrilla me devuelve a la realidad. Me levanto como una exhalación. Digo con fuerza:
-Me voy, Diana. Cuídate que das pena y... ah, y sube de peso que no tienes tetas.
Ella cambia de cuclillas el compact, ignorándome.
Salgo de la casa bajando las escaleras interiores de dos en dos.No pude salir al escenario. Una súbita sensación de placer entremezclada con cansancio se apoderó de mi cuerpo. En el espejo de los vestuarios me contemplé: los ojos caídos, la boca torcida y babeando, la lengua patinándome al hablar, y la carne desprendiéndose de su base: de los huesos, buscando un acomodo que le permitiera dormitar. Mis percepciones se fueron diluyendo y, entonces, escuché a otro competidor que no pude ver con nitidez: si este tío va colocado de caballo. Es un yonquie. Mientras me desvanecía entrando en el mundo onírico imaginé a Diana riéndose a carcajadas en el sofá de su apartamento con los pechos más hinchados que nunca.
© Carlos Meneses Nebot
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