RELATOS Y POEMAS
© Carmen Hernáiz
Está en la pared frente a la cabecera de la cama de matrimonio. Una enorme reproducción, con un marco fino y cristal anti reflejos. El Beso. Gustav Klimt.
Él siempre quiso tenerlo a la vista al tumbarse. Le encantan los colores, las actitudes de los cuerpos, lo que él llama la sumisión de la mujer, arrodillada con placer ante los requerimientos de su amante. Ella no pudo nunca encontrar en la postura de la mujer pasión alguna, ni en la expresión de su cara, ni en la manera en que tiene colocados los pies, como en tensión. Y el brazo izquierdo, casi protegiéndose, como intentando no recibir lo que él le da...
Nunca hablan del cuadro. Él da por hecho que a ella le gusta. Ella nunca comenta sus pensamientos cuando la mirada se le posa en la pintura.
El cuarto es cálido, cómodo, acogedor. La cama inmensa. Una luz suave envía su haz a la pintura y a veces, es la única encendida en el dormitorio.
Le oye llegar entre sueños. El ruido de la puerta, la llave al cerrar desde adentro. Medio dormida, reconoce la rutina de él, vaciando los bolsillos en la bandeja del correo, recogiendo las cartas, abriendo sobres.
Se acurruca entre las mantas disfrutando del descanso con el deseo de que él no se dé cuenta de que le ha oído. Hace ya mucho tiempo que el amor entre ellos se alejó por alguna rendija lejana y ahora es algo que ocurre quizás en otras vidas... Vuelve a caer en su propio sopor, sintiéndose un poco más infeliz que otras noches, en la nostalgia y la pena de la falta de un auténtico compañero. De días, de noches.
La ve dormida, quieta, enredada entre las sábanas, los rizos negros extendidos como una manta más sobre las almohadas. Enciende la luz que da al cuadro para alumbrar sólo un poco la habitación. El Beso. La pasión, el deseo. El día de trabajo, las copas y los amigos, las charlas sobre mujeres, la mujer en la cama, su mujer en la cama.
Se va quitando la ropa mirando el cuadro y desnudo, sin apartar la vista, se tumba relajando todo su peso, su enorme estatura. No puede evitar comparar su tamaño con el de ella, acurrucada y dormida abrazada a la almohada. La ve pequeña cuando ella reacomoda su postura al percibir el movimiento de él al dejarse caer. La encuentra casi diminuta al notarla enroscarse un poco más en su propio espacio.
La mujer del cuadro tiene el brazo doblado igual que ella, a su lado. La mujer del cuadro tiene los ojos cerrados y los pies descalzos, igual que ella, a su lado. Es delgada como ella. Él, fornido y fuerte. El hombre del cuadro es como él, el hombre de la cama.
Ella, entre sueños nota la mano de él sobre su cintura. Hace un levísimo movimiento de rechazo y se queda de nuevo quieta. "Despierta, dice él, quiero..." "No, murmura ella, es tarde... Déjame..."
Él levanta la voz para insistir y coloca su mano firme sobre el hombro de ella, girándola con decisión. Ella entreabre los ojos confundida y le ve con la mirada fija en el cuadro... El Beso. La pasión, el deseo.
"No," dice ella. "No quiero, no quiero." Y se tensa bajo la fuerza de él, mientras él da la espalda al cuadro porque su atención está ahora sólo en la mujer de la cama, que se le niega, que le rechaza...
"Eres mi mujer," dice, "y no puedes negarte, no puedes negarme... Es mi derecho de marido, eres mi mujer, eres mía, mía..."
Ella, en su intento por escurrirse de él, se encuentra de pronto presionada boca abajo contra la cama. Una mano firme mantiene su cabeza extrañamente doblada hacia un lado, apretando el cuello, mientras la otra rompe la ropa y araña su piel. Trata de hablar, de pedir, de negar, pero no puede. La boca apretada contra la almohada, "intentar respirar, debo intentar respirar," piensa, mientras va notando separarse en puro dolor sus nalgas, mientras siente cómo se le clavan esos furiosos dedos, cómo él repite enloquecido entre dientes y olor a alcohol, "eres mía, mía, es mi derecho, mía..." Si intenta moverse, el dolor es mucho más profundo. La presión sobre el cuello más fuerte. Se sabe sangrando, nota hincarse en ella dedos, sexo, odio, alcohol, la carne que rompe la carne. "Respirar, debo intentar respirar." Él se agita sobre ella con toda la fuerza de su peso entre desbocados sonidos, como animal en celo. Ella rinde el cuerpo y en un brevísimo instante cree poder hacer volar también su mente. "No es a mí, no soy yo, no está ocurriendo."
La habitación está levemente iluminada por la luz del cuadro. En algún momento ella ha conseguido respirar entre la mano de él y la almohada. Huele a alcohol, a sangre, a dolor y a angustia. Huele al sudor de él y a su furia. Huele al miedo de ella... El cuerpo roto, un inmenso dolor en presente y esa insoportable sensación de cuando ha entrado en ella clavando su furia, su derecho, su odio, abriendo a base de fuerza y sangre un camino que se le negaba.
Agotado, se separa de ella y vuelve a tumbarse en la cama, boca arriba. Sus ojos encuentran de nuevo el cuadro. El beso. La pasión, el deseo. Se limpia la sangre de los dedos con las sábanas y deja un dibujo como de espinos entre amapolas.
Ella sigue boca abajo, rígida, quieta. Una lágrima se escurre despacio hacia la almohada. Cuando deja de oír el rumor del cuerpo del hombre, se incorpora despacio. Al girarse en dolor y vergüenza, humillación y miedo para salir del infierno, ve cómo la luz ilumina el cuadro. El hombre duerme. El cuadro brilla. Frente a él, tal como le gusta, están los colores, las actitudes de los cuerpos, la sumisión de la mujer, arrodillada con placer ante los requerimientos de su amante.
Frente a él, dormido, El beso. La pasión, el deseo.
...Y pasa junto al cuadro sin pensar esta vez, en la extraña postura de la mujer.
DECISIONES
© Carmen Hernáiz
Tengo ganas de extrañarte con el alma, salir y buscar un cuerpo que no es tuyo, llorar sobre él en lujurias de nostalgia, derramar mi pena en sexo sin sentido.
Quiero sentir que te tengo sin tenerte, notar la piel despacio, disfrutarla. Y abrir los ojos y descubrirte en otro, recomponer mi blusa y salir corriendo sabiendo que estás en cada hombre y en ninguno.
Tengo ganas de sentarme bajo un árbol que me cobije en su desnudez de invierno, que llueva a mares para que nadie vea que lloro a cielo abierto, gritar bajo un puente de tren, correr sin parar por arenas desiertas. Y decir que no estás. Que hoy no te tengo.
Quitarme tu ausencia de un golpe. Curar el dolor de no abrazarte y ocupar tu hueco.
Quiero aprender a no necesitarte, aunque me cueste el aliento que me ofreces cuando vuelvo a ti cansada de tu ausencia como quien vuelve al amo que lo adiestra.
Y por fin, una vez libre de todos los cordajes, de los hilos que me enlazan a tu cuerpo, de cadenas de deseo y de redes que me atrapan en tus mares, decidir por mí misma que extrañarte es el precio de tenerte. Y volver a ti de nuevo, a que me des del pan que tanto quiero.
LA FALLA
© Carmen Hernáiz
La he tenido frente a mí durante horas, mientras me paseaban por la mente sus años en mi vida, considerando cuánto tiempo más sufriré los recuerdos del tiempo en ella, hasta ser capaz de borrar de mi pasado sus paredes, sus esquinas, los cuadros, las lágrimas vertidas, las baldosas y los gritos callados días y más días. La noche de hoy, calurosa y perfecta para la quema de ayeres que a fuego marcaron sufrimientos. La noche de hoy, fresca, lozana, plena de futuro.
Entré por la puerta principal como hice tantas veces y aún sabiendo que estos eran sus últimos minutos, la angustia de los años se me enredó en la ropa, se me ató al cuello, me ahogó la cintura y me oprimió como cuando vivía en ella y él amarraba mis días con su presencia y su singular tortura.
Fui directamente al lugar que más odio, al que más temía, al que más secretos guarda de todos los lugares de la casa. Las sábanas siguen igual que la última vez, tan de perfecta calidad, y el cuadro en la pared dominando todo.
Quemar el lienzo ha sido algo muy fácil. Los amantes se han fundido en el fuego de mi rencor mientras sus colores daban color al color de la luz de las llamas cada vez más vivas, más llenas de odio, ampliando más mi sonrisa y tiñendo mis recuerdos de un tinte de venganza ardientemente lenta.
El cuadro ha caído estrepitosamente sobre la cama, extendiendo el rojo y el azul rápidamente por las sábanas, hermosamente combustibles, vulnerables, indefensas y quizás también llenas de miedo.
Me agobiaba el calor pero quería verlo. El fuego destruyendo mi pasado en dosel de madera de lujo, extendiéndose por las mesillas, las lámparas, acercándose a la puerta, superando barreras a lengüetazos de fuego, llegando a la sala, cambiando de color los blancos sillones y las alfombras persas.
Desde el jardín, más tarde, la vista fue soberbia. Una magnífica falla sobre la hierba, de la que a veces reconocía objetos al desplomarse para siempre sobre el fuego. El armario, los candelabros, el marco de una ventana, algunas tejas...
He comenzado poco a poco a recorrer por última vez el camino de subida, colina arriba. Alguien me espera para saltar hogueras en esta noche de San Juan en que he hecho arder mi pasado para siempre. Voy andando hacia lo nuevo y aún me sorprende tener entre mis dedos algo tan sencillo como una cerilla con la cabeza quemada. A mi espalda se aleja la casa en llamas.
VIAJE AL COLEGIO
© Carmen Hernáiz
Mi padre, mi aita, me llevaba cada mañana en coche al colegio.Luego él, seguía hacia su despacho, desde donde muchas noches no regresaba a casa hasta después de que yo me hubiera acostado, por eso disfrutábamos de forma especial las mañanas de lunes a viernes cuando, tras un desayuno de tostadas con miel, me ayudaba a poner el abrigo azul y bajábamos a la calle, dejando a mi madre cerrando la puerta de casa con un beso en los labios y otro en la mejilla, con restos de leche con chocolate.
Durante un rato, era sólo mío. Tiraba la cartera de los libros en el asiento trasero del coche y me sentaba delante, a su lado.
Me sabía de memoria el recorrido. A veces, me pedía que le avisara cuándo debía girar a derecha o izquierda, como si no supiera el camino, probando mi memoria. Fingía no recordar, o estar a punto de saltarse una esquina, para rectificar justo en el instante en que mis ocho años gritaban a pleno pulmón la dirección a seguir, llenando un momento después el coche de risas.
Mi padre, mi aita, preguntaba por la hora de mi partido de fútbol del sábado, adonde nunca faltaba. Sabía qué colección de cromos estaba reuniendo, cuáles eran los números más difíciles y quién, de mis compañeros, los había conseguido...
Lloviznaba aquella mañana en San Sebastián. El mismo recorrido de siempre. Repaso del presente de indicativo del verbo amar. Mi aita se señalaba con el dedo al decir "yo amo" y luego lo dirigía a mí para decir "tú amas"...
"Ellos aman", dijimos mirando hacia afuera, mientras las varillas del parabrisas negaban con su movimiento rítmico izquierda, derecha, izquierda, derecha...
El semáforo se puso verde pero el coche de delante no se movió. Fue todo un solo instante. Bajó un hombre rápido hacia nosotros. "Él ama..."
Sólo oí el primer disparo. O quizás lo compuse más tarde en mi mente, entre los cristales rotos salpicados de sangre, mientras aquél hombre volvía corriendo a su coche. Mientras mi padre desplomaba todo el peso de su cabeza, abierta, sobre mi regazo vestido de uniforme azul de colegio. Mientras sin saber cómo, ni por qué, el universo se convertía en rojo, olor a pólvora, sesos y sangre desparramados sobre mí, estampados en la ventanilla de mi derecha, la guantera, el parabrisas, el techo...
Quise acariciarle el pelo, pero no lo encontré. Su mano había quedado sobre la mía, señalando con el dedo de "tú amas" hacia ninguna parte.
Las varillas del parabrisas seguían negando...
Lloviznaba aquella mañana en San Sebastián. La última, hace ya más de veinte años, en que tuve a mi padre para mí solo.
Sin regreso a Buenos Aires
© Carmen Hernáiz
El día que dejes de aparecer de pronto por mis días para traerme sin permiso los ayeres, me habré quedado para siempre sin recuerdos. Y se borrará del todo Buenos Aires.Palermo Chico y el sabor del entonces, las caminatas por calles alfombradas de flores de jacarandá, las ráfagas de viento repentino y el café en lo del gallego con medialunas de grasa.
La noche de piano y farra, de amigos y licor, de mate y humo, tu surgir quién sabe de qué rincón, como quien ha estado siempre entre todos, "me gustan tus ojos, flaca, pero quiero sentirte la mirada."
Salir a las calles de San Telmo, marcando los pasos en el silencio, saber que el mejor rumbo era no tener ninguno, que cualquier lugar era bueno para sentirse el cuerpo en un arrebato de ganas puestas.
Interrumpir el larguísimo paseo en esquinas y paredes, en preguntas y respuestas. Y llegar a tu puerta casi sin notarlo, "vení, flaca linda, cantame al oído," y mi deseo de cumplir tus deseos... Y los míos.
Ver el día entrar a rayos pequeños por entre la persiana, y el sonido y los ruidos de afuera, ajenos a tanto ocurriendo adentro, mientras pasaba el tiempo sin apenas darnos cuenta, sin notar que las horas de la mañana dan paso a la tarde, en un verano nuevo.
Y por entre las hojas del viejo ombú llegar a ver morir el sol que no sabía de nuestra tempestad de sentidos entre sábanas revueltas, olor a sexo y risa, en tu recodo de Palermo Chico.
No puedo volver a Buenos Aires.
Se me han ido ajando los deseos de pisar de nuevo todas aquellas calles. A qué, si los chicos de Retiro seguirán pululando, con rostros nuevos y las misma miserias, y no podré siquiera mirarte a la cara para reconocer tu gesto buscando un par de billetes en el bolsillo. A qué, si los inviernos y los otoños ya nunca van a ser los mismos, si los amigos se han ido marchando sin aviso alguno, durmiendo al gas, rindiendo el alma, olvidando la vida y dejando como prueba el acuse de recibo.
Muertes en papel vais siendo todos. Ellos, tú. Y sólo somos el recuerdo de lo que fuimos. Noches de verano en la playa de Olivos, de luna y mate amargo. Fumatas de risas y cielo estrellado. Y tus lecciones consteladas nombrando cientos de ellas, y ese "vení, flaca linda, cantá para todos, pero acá, a mi lado." "La gallega canta, tocate algo, gordo." Y entre todos armar una mezcla de voces, de aguas de río y mar, arenas y tierras, mientras tu mano buscaba ahuecar mi falda y confundir sonidos, para levantarme de la arena tibia y en la orilla tumbar recatos y callar prejuicios en un intercambio de sentidos sin más sentido que el del deseo.
Ser el amanecer desnudos frente al río marrón, y la vuelta a casa cuando todos salían a empezar el día. Colectivo y Barrancas, colectivo, y tu recodo de Palermo Chico.
Principios de diciembre y ceibo en flor, cuando te dije que regresaba a mi costa, que quizás volvería de vez en cuando... Pero nunca para siempre. Que me pesaba demasiado la nostalgia y necesitaba vivir en el contraste azul de mi mar con tu río marrón."Y amarás a alguien, flaca, y le tendré envidia, y no podré evitar decirle al menos cuánto ha conseguido..." Un mes más para recorrer calles y pieles hasta quién sabe cuándo, o hasta nunca. "Pero nunca has sido de nadie del todo, flaca, aunque me hayas dado a veces la mirada y sólo yo supiera entonces qué pensabas." Y aguacero en Buenos Aires esa tarde, desde Congreso a casa.
En la distancia primero inauguraron el Tren de la Costa. Después renovaron Puerto Madero. "Están embelleciendo Buenos Aires, flaca, para que cada vez que vuelvas te brille en los ojos."
Y los años de ausencia y las visitas cortas, llenas de intentos de recuperar pasados, con la certeza de tener en otro lugar el futuro, que el pasado no vuelve y los muertos son tantos.
Ya ni siquiera las calles se llaman como entonces, los números de teléfono son otros y el directorio no tiene vuestros nombres. El gordo dejó de tocar, Gaby ya no ceba, tú te dejaste vencer por el cuerpo. Y los muertos han matado a Buenos Aires y no hay por qué volver...
Y a mi mar, le tiré ayer noche mi colección de fotos.
"Vivir, es cambiar, en cualquier foto vieja lo verás..." He ahogado todas vuestras caras y vuestras risas, los viajes, las guitarras, los paquetes de yerba, la arena del río, los paseos furtivos entre el mármol de La Recoleta. Tu ciudad sin mi gente es ciudad desierta.
Y te cuelas de pronto por mi vida cargado de ayeres cuando menos lo espero, y en la playa de anoche, tras una lluvia casi porteña, llegaste caminando sin aviso, junto a todos ellos para susurrarme sin permiso y sin recato "vení, flaca linda que te robe un beso."
Cayó el cielo en lluvia anegando todo en torrente de recuerdos. En mi regreso a casa hubiera podido jurar que oía, "sos loca, flaca, caminando sola con este día," como si volviera de nuevo a guarecerme en tu recodo de Palermo Chico.
Y no sé qué hacer con tanta lluvia... Aunque sé que el día que dejes de aparecer de pronto por mi vida para traerme sin permiso los ayeres, me habré quedado para siempre sin recuerdos. Y Buenos Aires, se borrará del todo.
Ana
Ella ha llegado hoy, rayando el mediodía, con un grito de vida y entre un río de sangre.
Mi vientre llora en rojo por haberla perdido y mi alma se alegra por tenerla en los brazos.
Reiría a carcajadas si no temiera despertarla de ese sopor que la mantiene apretando mi pezón con su boca, los ojos cerrados, la cara en paz.
Ella, bella, perfecta, diminuta, con cada línea en armonía con su placer y el mío.
Ella, mía y suya, de ella misma.
Hasta hace tan sólo unas horas, éramos una. Un cuerpo y dos vidas. Ahora, la vida en dos cuerpos.
Acaricio su belleza y recibo su amor mientras siente el mío.
Ella, que ya no es mía ni me pertenece, porque soy yo suya, su única propiedad, su paz, su sosiego, su amor, su descanso, su alimento y su propio llanto.
Ella ha llegado hoy, hermoso brote de vida, en un río de sangre que recorrió mis piernas, como cubierta del barro de la vida, regalando gritos de amor, haciéndome sentir, en mi puro centro que yo soy vida, que doy la vida, que he creado vida, que vivo de nuevo en otra: en sus líneas perfectas, y en su boca, apretando mi pezón.
Carmen Hernáiz
6.Sep.93
Yo pasé por su vida como brisa mientras él fue vendaval para la mía.
De vez en cuando voy en pos del viento por si encuentro de cara su sonrisa.
Pero nadie vuelve de pasados muertos. Aunque el otoño me lo traiga a veces, bajo el magnolio viejo, cuando menos lo espero.
A veces los amigos vuelven, con retales de palabras de tanto tiempo atrás. Con nombres y apellidos, con fechas que se clavan como espinas de viernes santo.
Y dejan de regalo unos cuantos dulces, seguros de agradar, de emparchar añoranzas y acercar momentos de sonrisas lejanas.
Ay, si supieran...
...Que abriré la caja de alfajores.
Y quizás el único mordisco que pueda dar, quede salado de lágrimas y amargo de recuerdos.
Carmen Hernáiz
El suicida
Caminaba sin rumbo, con la mente tan llena de pensamientos que parecía vacío de ideas. El día, gris como su propia existencia, iba remetiendo entre sus ropas la llovizna que en otros tiempos disfrutó desde detrás de los cristales de algún viejo café de tarde.El periódico del día anterior, 17 de febrero de 1961, abierto y plegado en su sección de búsqueda de empleo, o de compañía barata, o de objetos perdidos y no reclamados. La tinta emborronada sobre el papel doblado y húmedo, como su espalda, con ese bulto deforme y espantoso que en días grises duele más que nunca.
No fue siempre así. Ni su espalda ni su vida, ni su ropa. Algunas veces existir no había sido una experiencia dura. Pero hacía ya mucho tiempo de eso. Luego vinieron los días en que todo fue poco a poco complicándose hasta llegar a una vida insoportable, vacía, mustia y húmeda, más gris aún que su paseo sin rumbo por la madrugada de la calle Bailén.
Avanzar a nada, intentar a ratos poner los pensamientos en blanco, seguir andando despacito, mientras la llovizna iba desapareciendo, el gris iba siendo menos gris, muy levemente, queriendo comenzar a dar color, un poco de color, a los viejos tejados de la ciudad ahí abajo...
El Viaducto, enorme, alto, imponente. Desde donde estaba, podía casi sentirse fuerte y dominante, observador y por una vez, dueño de su propio destino.
Miró sin preocuparse demasiado, si había alguien cerca. Pero no. Estaba solo también en esto. Estaba solo para subir a la gruesa barandilla y saltar a un vacío que por fin terminaría con todo.
Por alguna extraña razón, su mano siguió agarrando fuertemente el periódico, húmedo, emborronado, plegado en la sección de anuncios por palabras.
El salto fue algo simple y la caída mucho más lenta de lo que jamás hubiera imaginado.
El impacto extraño. Supo que no había terminado, en una semiconsciencia rara que no debía ser. Debía morir, debía no poder pensar, no sentir... Sin embargo había ese dolor inmenso. Intentó abrir los ojos y no pudo. Demasiado dolor, demasiado...
Gritos lejanos, pasos, sirenas. Y ese extraño olor a pan recién hecho.
Oyó decir, entre las voces, "está muerto, está muerto". Intentó mover un dedo, un pie, un músculo, que supieran que no lo había conseguido, que incluso en eso había fracasado...
"Que quiten el pan y se lleven al muerto, y vengan a llevarse a éste, que aún respira..."
El pan, el olor a pan recién hecho. El muerto y éste... Se dejó caer en el sueño de una nada extraña, sin fuerzas para preguntar qué pan, qué muerto...
Despertó entre focos y hombres vestidos de blanco, paredes de azulejos y olor a alcohol. Quirófano y gasas, imposible moverse. Notando poco a poco los vendajes en casi cada lugar de su cuerpo. De nuevo el sueño y entrar en la nada.
Le leyeron sus derechos en su siguiente despertar. "El suicidio es una falta que se deja pasar por alto con frecuencia. Pero esta vez..."
Desde la celda oscura, húmeda y triste, como su propia existencia, recuerda que debe hacer ya más de diez años de todo aquello. Ahora sí sabe la muerte cerca.
Acosándole de mil maneras los pulmones, le recuerda que está al acecho en cada tos y cada esputo.
Y le recuerda también que no pudo jugar con su destino. Ni él, que era lo único de lo que se creyó capaz, pudo cambiar siquiera un segundo de su suerte... Ni la del pobre panadero que caminaba bajo el viaducto aquella mañana, cargando el enorme cestón de pan recién hecho, sobre su cabeza.
Carmen Hernáiz
Agosto y tú
Llegar entre una multitud de gente una mañana de verano y descubrirte entre todos, diferenciarte, aislar tu rostro y tu figura hasta llegar impaciente a tu abrazo esperando recibirme.Sentir tu tacto, rozar tu cara, besar tus labios.
Comenzar un estudio mutuo y a paso lento, llegar hasta el coche donde rompiste el silencio con una música que habías hecho tuya y mía a fuerza de tiempo.
Las curvas ascendentes entre los árboles, el parque de atracciones fantasma, y el final del alto.
"Barcelona a tus pies", dijiste, cuando una vez arriba me llevaste a contemplar la ciudad y el mar, mientras como en descuidos rodeabas mi cintura y besabas mi cuello.
Me llené de nostalgia en un momento, pensando en el adiós. Teníamos para los dos sólo unos días y sufrí por instantes la despedida aún por llegar...
Pero ahí estaban tus ojos para hacerme olvidar el futuro, tu mano para enlazar la mía y tus pasos, para sincronizar los míos a tu mismo ritmo.
Entre paseos y charlas, risas y besos, nos llegó la tarde primera, miel de luna vespertina, donde hiciste verso en mí, en un poema a cuerpo que siempre va conmigo.
Viví en ese mundo mágico que tú creaste, paseando entre calles viejas, dejándome llevar por los sonidos de un violín, una guitarra, un acordeón... Mientras te descubría de vez en cuando mirándome de lejos, ajeno a música y gente, y como hechicero, me hacías regresar a ti, a tu lado, para seguir la ruta de los deseos.
Despertares a medianoche enredada entre tus brazos, sorprendida de que no fueras un sueño. Amaneceres entregándome al placer de tus manos, tu boca... Tu ser entero.
Ha habido otoños, primaveras, inviernos... Y sigo surcando estaciones de tu mano. La misma que cambió el destino del destino y en tranquilos paseos se enlaza a mi mano.
Hace calor en esta tarde de verano mientras espero tu regreso, tu aparecer cotidiano, desde una casa más de entre las casas que aquella mañana, a mis pies, rodeaban Barcelona.
Carmen Hernáiz
Agosto 2002
Cuerpo a cuerpo
Cuando en el cuerpo a cuerpo
solventemos
las deudas de distancia
y las de ausencia
resolviendo con besos diferencias
y a golpe de miradas, tantas faltas...
Cuando al atardecer de hoy,
entre tus brazos,
me sienta anochecer bajo la luna
y te pueda decir entre silencios
cuánto faltas, amor,
cuando me faltas...
Descompondré arco iris
entre besos,
desde una esquina a otra
de tu cama
y danzaré en el baile del susurro
que brindes a mi piel
por la mañana.
Carmen Hernáiz
Nocturno
Amar, es una música constante
que en su concierto, a veces,
desafina.
Violín es mi alma de esta noche,
con una cuerda rota,
un llanto largo.Sonido triste buscando la belleza,
sinfonía de ausencias en mi música.
Acordes de promesas incumplidas...
¿Quién tiene la batuta, quién me guía?Sólo quiero el silencio de la nada.
Sólo callar,
ya cantarán las olas.
Pero mis dedos juegan inconscientes
y se me rompe el alma en cada nota.Hoy me haces más falta que otras noches
para tensar las cuerdas de mi vida.
Hoy brillaría con acordes nuevos.
Hoy rendiría, en tu música,
la mía.
Carmen Hernáiz
Llevando olor a ti
paso la llave
dejando atrás la puerta
de tu casa.
Me vuelvo cotidiana
entre mis cosas,
cuando después del beso,
ponemos horas.Mi coche se embadurna
de recuerdos,
el espejo me muestra
cara de boba.
Llevando olor a ti
voy esparciendo
tus besos y tus gestos
por mi ropa.Y entre nubes de aromas
llego a casa
y espolvoreo brisas
de la tuya.Moléculas de amor
por todas partes...
Que llevo olor a ti,
entre mi sombra.
Carmen Hernáiz
Si queréis enviar vuestro comentario a la autora