José Angel Barrueco es natural de Zamora y autor, entre otras, de las novelas "Recuerdos de un cine de barrio" (Tecum Editores), "Monólogo de un canalla" (Ediciones de La Tempestad) y "Te escribiré una novela" (que actualmente se publica en forma de entregas semanales en La Opinión de Zamora, donde además colabora como articulista diario). Sus cuentos se han publicado en libros y revistas así como en numerosos portales digitales.

 

 

 

BALA ERRANTE

 

© José Angel Barrueco

 


¿Creen en el destino?

Yo, antes, no creía. Cuentos de vieja y esas cosas. Pero cómo cambia uno de parecer. Basta que aquel interrumpa en nuestras vidas, se vuelva amable y termine tornándose funesto para tragarnos nuestras convicciones más arraigadas.

El destino puede aparecer en forma de mujer. O de bala. Incluso de ambos. Pero aparece. Y te engulle.

Yo, antes, era policía. Policía de uniforme. Y de los buenos, de los que sólo viven para su trabajo. No me malinterpreten: los hay que se preocupan de su familia, también. De un animal de compañía. De su madre enferma. Pero a mí sólo me importaba que se respetara la ley. Salía reluciente a las calles, impecable, como si fuera un pequeño príncipe del asfalto, el mentón alzado y los músculos templados. Me tocaba patrullar un distrito de mala reputación, uno de esos tugurios donde se codean drogadictos y ladrones, prostitutas y homicidas. Lo peor. Pero ahí me lanzaba, a pararles los pies a cuantos retrasaran la buena marcha de la sociedad. A dar caña, que decía mi compañero de ronda.

¿Cuántas veces puede uno escaparse de la misma bala que le acosa una y otra vez? Pocas. Muy pocas, en realidad. Las posibilidades son mínimas.

A nosotros, sin embargo, nos unió una bala. Me refiero a mí y a Sofía, la mujer de la que me enamoré. Aún sigo enamorado de ella.

Estábamos metidos en un fregado de la leche, queriendo impedir el atraco a un banco que había sido asaltado miles de veces. Entonces la vi. No me fijé en su hermosura, sino en el hecho de que corría peligro. Aquí me las den todas, murmuré. Y fui hacia ella con la pistola en la mano. A lo suicida. Me debió ver como a su ángel custodio, y no me extraña, porque la protegí con mis casi dos metros mientras abatía, de un tiro en la pierna, a uno de los fugitivos. El cabrón se desangraba allí tirado, en medio del griterío de las señoras y los gemidos de los ancianos, y pensé que todo había salido de perlas, que en el banco no quedaba nadie. Y al darme la vuelta para confirmar que la chica había resultado ilesa, se me metieron sus ojos hasta el tuétano. Oye, como si me atravesaran con lanzas disfrazadas de pupila. Hubo de eso que llaman química. Pero, qué digo química: aquello era un polvorín.

Ese fue mi error. Enamorarme en un segundo de la mujer a la que protegía en mitad de un atraco. Porque al segundo siguiente debió sonar una estampida que ninguno de los dos oyó, y sentí que se desvanecía entre mis brazos, se deslizaba por mi pecho, y los párpados se le iban cerrando, como miembros que mueren lentamente, en agonía, una pesantez de sueño y descanso que yo, en un arrebato de estúpida vanidad, tomé como un desmayo de fémina protegida por su héroe.

El proyectil dirigido a mí le atravesó un costado. Entró por la parte de atrás y la jodió pero bien. Ni me había enterado. Del agresor se encargó mi compañero.

Yo, antes, no me enamoraba así como así. Pero, claro, antes no había conocido a Sofía. El descuido me costó la suspensión de mi placa durante un par de meses. Y rellenar miles de informes. ¿Que cómo estaba ella? Salió adelante. Se recuperó. La visitaba a diario en el hospital y no sabía cómo darle las gracias. Al salir de allí, ya éramos pareja. Así de claro.

Sofía quiso quedarse la bala. La llevó a una armería y consiguió que la restaurasen: inserta en un casquillo, con su pólvora y su número de serie, aunque con la punta algo roma, me la regaló dentro de una bolsita de cuero que colgaba de un collar. Igual que esas que se llevan para meter las chinas, el costo. Me dijo que sería el símbolo de nuestro amor. Que aquella bala nos había unido para siempre. Y que no se arrepentía de, involuntariamente, haberla parado.

Ella me dio la vida dos veces: salvándomela y dejándose enamorar. Qué distinto me volví durante esos dos meses. Comencé a ver el mundo con otros colores. Sofía me enseñaba.

Pero todo paraíso tiene su fecha de caducidad. Y cuando al destino le da por sacar los colmillos, de nada sirve escapar.

Ocurrió a los dos días de volver al trabajo. No sé cómo estábamos mi nuevo compañero y yo en aquella situación. Sólo sé que corríamos por un piso de mala muerte: paredes desconchadas, cucarachas vivas y muertas, colillas sobre la moqueta llena de vómitos... Y todo por volver a hacernos los valientes, sin esperar ayuda. Estábamos en manos de unos psicópatas, dentro de un edificio medio derruido y abandonado. Creo que a él acababan de darle pasaporte: me pareció oírle decir a uno que lo habían lanzado por el hueco del ascensor, que no funcionaba. Hay que ser negligente: cuando me atraparon, no me quedaba apenas munición. Ellos eran unos enfermos que tiraban de navaja. No tenían armas de fuego. Por eso, trizar a un policía con la pistola entre los dedos les vino de la hostia. Yo sólo pensaba en Sofía mientras, a una distancia de pocos metros, no sé cuántos, disparaban para darle a un hombre con la espalda apoyada en la pared que, por supuesto, se trataba de mí. Qué malos eran los hijoputas, no dieron ni una. Por un momento pensé que me había librado. Hasta que se les ocurrió despedazarme el uniforme a la búsqueda de armas ocultas y machacarme la cara con protectores de nudillos y guantes de cuero. Pensaba en Sofía mientras, uno tras otro, me pulían la cara. Tú aguanta, valiente, aguanta, me decía, no dejes de pensar en ella, que esto es un poco de sufrimiento y ya pasará, ni te vas a enterar. Entonces uno descubrió la bolsita de cuero. ¿Qué os parece el madero? Lleva costo encima, el mariconazo, dijo. Pues vamos a fumarlo. Se llevaron una sorpresa al descubrir la bala que ella me regaló dentro de su funda.

Quiere el destino que la bala sea del modelo de mi revólver de seis tiros. Quiere el destino que el mismo proyectil que nos unió, limpio y puro, el mismo con el que ella me salvó la vida, una bala de amor y salvación, sea el que introducen en el tambor. Y que no se conformen con apuntar desde lejos, sino a quemarropa: el plomo me entra en la cabeza, con esa certeza y esa precisión con que atravesó la espalda de Sofía.

Yo, antes, no creía en el destino. Pero si una bala lleva tu nombre, no hay remedio para evitarla. Solamente puede aplazarse. Creo que esa fue la concesión de la providencia: dejarme disfrutar de dos meses de gozo junto a ella, y luego hundirme en el fango. Aquello que os une, acabará separándoos. Ya ven.

Mientras permanezco abismado en este coma del que creo que jamás saldré, siento que Sofía vela mi sueño, que no tengo miedo si me aprieta la mano y la besa y reza por mi alma.

Yo, antes, no creía en muchas cosas. Ahora, aquí postrado, a solas conmigo mismo y mi pensamiento, también trato de creer en los milagros, porque nunca se sabe.

¿Y ustedes, en qué creen?

 

 

 

 



La vida en los escenarios

 

© José Angel Barrueco

 


El niño actor hizo su mutis en el escenario. Mientras desarrollaba su personaje, las adversidades fueron venciéndolo con su equipaje de guerras, sueños frustrados, enfermedades, aventuras imposibles y amores perdidos como una gota de aceite en el océano. Los miembros del público, dioses de la farsa, recompensaban alguna de sus hazañas y castigaban otras. Al término del drama, el hombre, viejo y devastado por el tiempo, se alejó de escena hacia el proscenio, donde una luz reclamaba su retirada. Llevaba en su recuerdo la rosa de algún aplauso y la víscera del corazón como un libro herido por la firma de otra actriz, y estas dos certezas bastaron para que la obra mereciese la pena.



 

 


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