© Azucena Paradox
Cuando Mar murió, yo me sumí en una idiocia babeante, porque nunca, en mis veintiocho años de vida, me hubiera imaginado que asistiría a un hecho de tamaño calibre.Yo trabajaba por entonces como asistente social en un centro de acogida de Cáritas, situado en cierta capital de provincia manchega. A nuestro centro llegaba todo tipo de fauna, como es fácil suponer, y uno se iba curando de espanto poco a poco. Mar era diferente: no parecía mísera ni emputecida, no era triste ni estaba enganchada a nada que no fuera el cielo, pero aseguraba que se sentía "cada vez más sucia". Tenía trece años y venía huyendo de un medio hostil: su familia estaba destruida y cada miembro por separado estaba convencido de que Mar era un buen sitio donde vomitar sus miserias y arrojar sus despojos vitales. Mar daba de comer a todos, pero le servía de criada a su madre, de puta a su padre, de paño de lágrimas a sus hermanos, siempre sin quejarse, sin dejar traslucir que ya no podía más, que no estaba preparada para vivir entre el fango.
Cuando la ví por primera vez, me enamoré de ella perdidamente, igual que le sucedió al médico, al cartero, al psicólogo y al jardinero, entre otros. Todos caímos presos del encanto de su mirada verde oscura, fluida y mineral; todos quisimos lanzar nuestras redes dentro de la inmensidad que se vislumbraba al asomarte a sus ojos, dos pozas profundas, insondables, peligrosas. Por las noches, yo soñaba que la navegaba de arriba abajo, que me hundía en sus profundidades abisales, y me despertaba sudando, ahíto de amor por el riesgo, muerto de amor por ella.
Quise conocer a su desperdigada familia, los restos de su naufragio personal, y así me hice pasar por representante de aceites y jabones, para visitar los sórdidos lugares que ella me indicó, barrios extremos llenos de casas bajas y altas chimeneas. Viendo a aquella gente vulgar, de tan escasas luces y nula categoría humana, comprendí lo que Mar quería decir cuando hablaba de que "la ensuciaban". Mar era una pura armonía quebrada por el ladrido de un perro sarnoso, enturbiada por un barreño de agua sucia o un bidón de aceite multigrado arrojados sin tino, ensordecida por el chillido de múridos hambrientos en la cloaca cercana, abrumada por la saliva venenosa que segregaba el brutal deseo que suscitaba en todos sus vecinos.
Y yo, hombre de interior, acostumbrado a la inmensidad del páramo y a tener el alma acartonada, me ví de repente frente a un medio líquido, desconocido y turbador. Y tuve miedo. Sabedor de que durante años me estaría vedado bucearla de amor, debido a su corta edad, pero que tampoco soportaría estar a su lado en abstinencia sin volverme loco al oler su aliento salobre, decidí devolverla a su medio. Por salvarla de mí, la traicioné. Cuando se la llevaba la policía, Mar me miraba con furia, consciente de mi delación, y su risa ya no era rumor cantarino de caracolas, sino rugido bestial de galerna amenazante.
Su madre continuó tirándole encima baldes de agua putrefacta, lavando en sus ojos húmedos la ropa vieja que les daban, llenando su rizado pelo de polvo y detritus, hasta que Mar, nacida para ser una criatura limpia y libre, se rindió. No pudo más y se colgó de una viga. Cuando me enteré, busqué el pistolón del abuelo para reunirme con ella de inmediato, pero por suerte para mi cobardía no lo hallé y ahora ya no quiero encontrarlo.
Si Mar no hubiera muerto, yo habría vuelto a buscarla. La habría arrancado de los hombres y mujeres sucios, me habría comprado una pequeña barca para navegarla y una caña para alimentarme de ella. Me hubiera olvidado de la solidez de mi tierra castellana y me habría adentrado inconsciente y feliz en un medio inestable y verdoso. Feliz de sucumbir a sus cambios de humor, dichoso de morir abrazado por ella.
UN VIAJE HACIA MI MADRE
© Azucena Paradox
-Sacadla de aquí, que le dé un poco el aire. Será un desmayo.-No es nada, ya se me pasa. Es este olor el que me descompone, lo siento.Me sucede cada vez que lo huelo, no lo puedo remediar. Es el olor de la muerte. La muerte está aquí y huele así. Es ese olor de los velatorios, tan absolutamente peculiar: flores marchitándose aún más deprisa que el finado, cirios ardiendo y el aerosol maldito, ese desinfectante que echan los de la Funeraria para espantar la muerte, como quien ahuyenta mosquitos a golpe de DDT. Es todo eso mezclado y cosido a los recuerdos.Los recuerdos. Mi madre olía a leche tibia mientras me amamantaba, pero yo aún no lo sabía. Después olió a aquel perfume durante toda su vida. El día de mi Comunión fui a besarla después de haber comulgado y se me quedó grabado su aroma, hasta entonces sin identificar, pues se había puesto unas gotas tras las orejas. En los veranos interminables de Las Navas, donde se hacinaban todos los olores del campo (el romero, la jara, la resina goteando de los pinos, las piñas quemándose en la cocina económica), y también en los inviernos de la ciudad, la tapioca cociendo con cáscara de limón, los eucaliptos puestos a hervir, el Vicks Vaporoub, la naftalina de los abrigos recién recuperados, la pintura nueva del salón resquebrajándose ante el empuje de la calefacción... Y por encima de todo, el olor de mi madre, que siempre se las arregló para hacerme saber por qué habitaciones había pasado ya y por cuáles aún no.Ese aroma colmó mis sentidos en crisis durante la adolescencia y, ya de mayor, cuando la estúpida etiqueta adulta me impedía comérmela a besos (aunque nadie nos veía, y ella quería y yo quería), me conformaba abriendo una botellita de su perfume, e imaginándola cerca, animando mis inquietudes con sus sabias y sencillas palabras.Nunca quise que el suyo fuera también mi perfume: hubiera sido como robarle el alma a mi madre, así que probé varios y usé varios. Aún hoy tengo dos o tres que son mis favoritos, pero nunca el suyo.Cuando sus ojos ya veían mal y yo le tenía que enhebrar las agujas; cuando sus manos con artrosis cada vez abrían peor los frascos, ella seguía siendo su perfume. Hasta que murió. Entonces su voluntad se quebró y la mía se sumió en el embotamiento, y vinieron unos seres extraños que no sabían a qué quería ella oler, a qué debía oler para ser ella.La alcoba se llenó de cirios, candelas y velones, de flores marchitándose a todo meter y de ese asqueroso aerosol que nadie pide permiso para echar; esa válvula que también algún dedo desconsiderado oprimirá algún día sobre mis párpados opacos. Yo busqué enloquecida su botellita de perfume, y la esparcí entera por la estancia, empapé pañuelos en su aroma y los escondí por los rincones, pero todo sin resultado. El olor a muerte no quiso rendirse.Usé las dos últimas gotas para ponérselas tras las orejas y besé entonces su cuello de cera, pero el aroma no era el mismo, porque el perfume no se hallaba a gusto allí, no encontraba sustrato caliente donde asentarse y desde donde esparcir sus notas. Después se la tragó un hoyo y sólo me dejó el olor de la botellita para añorarla.Ese aroma de muerte ya no me abandonó jamás. Tardé en comprender que lo llevaba en mí. Yo aún no sabía que las madres llevan a sus hijos dentro de su cuerpo toda la vida, y que los hijos se pudren un poco con ellas cuando ellas se van.
UNA TUMBA
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Tomo prestado el nombre del relato de Juan Benet, y el estilo periodístico decimonónico de Larra - o eso pretendo, pobre de mí - para contaros una pequeña historia real que desde siempre quise narrar:
Bajo la bóveda del Monasterio de San Lorenzo el Real de El Escorial está el altar mayor de la Basílica y, justo bajo éste, se encuentra situado el Panteón de Reyes. El Panteón, ideado por Felipe II para honrar a sus antepasados, fue construido sin embargo por Felipe IV en un estilo hiperbarroco (con columnas salomónicas, abundancia de pan de oro y suelo de pórfido), que poco tiene que ver con el resto de la arquitectura de tan magna obra. Aquí reposan los restos de todos los reyes que en España han sido, de la casa de Austria y de Borbón, excepto de dos: Felipe V, que yace en La Granja de San Ildefonso (Segovia) y Fernando VI, que reposa con su reina, Barbara de Bragança en el Convento de las Salesas, en pleno centro de Madrid. Al afrancesado José Bonaparte ("Pepe Botella" así llamado) ni se le considera rey, creo, porque tampoco está. Hállase, en cambio un rey tan ajeno como Amadeo de Saboya.
El recinto, un octógono perfecto, tiene seis lados útiles, pues el frente está ocupado por un altar y el acceso al recinto - tras sobrevivir a estrechísima y pina escalinata - constituye el octavo, si bien este lado también cuenta con un par de dorados sarcófagos situados sobre el dintel de la puerta, justo los únicos dos que aún están vacíos (aunque ya tienen asignado dueño). La simetría es perfecta: los reyes a un lado, las reinas justo enfrente de su rey. Situándonos con el altar a nuestra derecha y la puerta a la izquierda, los tres lados que quedan de frente albergan a los Monarcas que han reinado en este país, aunque sea tan someramente como un tal Ludovico (Luis) I, que reinó un mes. Sólo una reina entre todos los varones: Isabel II, puesto que ciñó corona de rey, no de consorte; su esposo Francisco la mira furtivamente desde los sarcófagos de enfrente, rodeado de hembras (hay quien dirá que esa compañía le es grata).
Pero las cosas no son tan simples y geométricas: cada rey solía casarse varias veces, bien fuera por viudez o para asegurar la corona en la línea masculina de descendencia (recordemos las cuatro esposas de Felipe II). ¿Qué reina de todas las posibles ocupa lugar tan preferente frente al esposo? Sencillo... a medias: sólo aquélla que dio a luz a un hijo varón que luego también reinó. Esta solución salomónica, como las columnas del sacro recinto, no siempre funcionó bien, veamos: La esposa de Felipe IV, la encantadora francesita Isabelle que tan bien retrató Torrente Ballester en "El Rey Pasmado", dio a luz al príncipe Baltasar Carlos, inmortalizado por Velázquez en improbable equilibrio sobre su caballo, y poco tiempo después murió; como había dado a luz al heredero, fue sepultada en sepulcro real, mas ¡oh, burla del destino!: un tiempo después moría Baltasar Carlos sin haber llegado a reinar, y años más tarde asumía el trono su hermano menor, hijo de una reina posterior y que, por supuesto, tenía derecho a reposar en dorada tumba. Así pues, ambas están allí comadreando, aprovechando que el efí-mero Ludovico I murió soltero o con cónyuge en ultramar, que no lo sé muy bien.
Además de este escaso reducto real (léase lo de "reducto" en sentido estricto, pues los cuerpos son reducidos - y yo creo que hasta macerados - antes de ser metidos en sus cajitas de oropel), además, digo, existe el llamado "Panteón de Reinas y de Infantes", que ocupa muchas otras estancias, y allí es donde están enterradas las reinas que no han sido madres de rey (¡también es mal tino!), así como príncipes, princesas, infantes e infantesas. Algunas tumbas de bebés sobrecogen por el tamaño: desdichas marmóreas que adornan algo que nunca debió ocurrir con una flor de lís en el frente (Borbones) o una bandera rojiblanca (Habsburgos). La tumba que da nombre a nuestro relato se encuentra aquí, cerca de la galante, apuesta y desguantada figura de D. Juan de Austria, muerto en Flandes de mal francés, según se dice (de ahí que su figura aparezca labrada en el sarcófago con el guante quitado, ya que puesto significaría en la iconografía al uso una muerte en épica lid).La tumba a que nos referimos es sencilla, sin labrar con figura humana alguna, en basalto negro brillante; su única peculiaridad es su tamaño, su enorme anchura. En ella yace, la infanta Teresa de Borbón, hija que fue, según creo, de Alfonso XIII -quizá algún lector amable y mejor documentado que yo sepa a quién me refiero y nos lo aclare; yo apenas soy una mera turista con ínfulas de cronista.
Teresa estaba perdidamente enamorada de su marido, de ingrato recuerdo, y parece que era algo mutuo. En vida se prometieron compartirlo todo: mesa, lecho, hacienda, hijos, suerte y fatum. Y, llegado el infausto momento de la muerte, compartir también tumba. Mandaron construir el monumental sarcófago negro, con dos huecos que se habrían de comunicar por dentro, para darse las manos y pasar el trago acompañados. Murió joven Teresa, y su lloroso compañero la alojó en la mitad izquierda del magno túmulo. "Espérame, amor, que en seguida llego", parecía decir el transido amante. Pero la Parca es caprichosa, y no entraba en sus planes llamar a este príncipe tan pronto, así que, pasados los años, semiolvidada Teresa, volvióse él a casar por razón de Estado. Cuando murió, el ingrato mandó ser inhumado junto a su segunda esposa, dejando un hueco imposible de llenar en el sepulcro de basalto de Teresa... y en mi corazón cuando me refirieron la historia.
En los días heladores de invierno, cuando alzo la persiana del salón de casa y veo escarchada la bóveda de la Basílica, y las grandezas y miserias que oculta debajo, pienso en el intenso frío que sentirá Teresa allí sola, amputada de su mitad amada, dando la mano al vacuo agujero que nunca contuvo nada, y nunca contendrá nada más que olvido y decepción.
MUJERES DE LA TALLA 48
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Durante un tiempo me resultó muy difícil afrontar la idea de comenzar una temporada más. Cada nueva temporada suponía un cambio, siquiera parcial, de vestuario, y yo tenía muchos problemas para conseguir ropa adecuada, porque no era una mujer como las demás: yo tenía la talla 48, ésa que los ingleses -que son mucho más clementes puesto que lo miden todo en pulgadas- llaman talla 18.
Todos aquéllos que lean esto y no sean mujeres de la talla 48 quizá no entiendan a qué me refiero, pues, al fin y al cabo, en la actual sociedad de opulencia en que vivimos, hay mujeres -y hombres- muchísimo más gordos que yo, verdaderas focas declaradas. Sí, pero ell@s no sufren tanto como yo sufría porque ¡ay! no son de la talla 48.
Recuerdo que solía acercarme con bastante prevención (tampoco diré miedo) a la dependienta de turno de cualquier gran almacén, y le espetaba:
-Buenas tardes, señorita, estoy buscando pantalones de franela (o de lino, algodón, seda, tergal, lycra, rayón, fibrana, viscosa, terciopelo, microfibras, lana fría pura de vaca). Son para mí -añadía, con un trémolo de voz y bajando la mirada.-Sí, señora -decía ella, solícita y profesional- tiene Vd. todo este expositor y aquél de más allá.
Y hacia allí me encaminaba yo con esperanza, mientras mi corazón bombeaba fuerte por la emoción. Tras buscar y rebuscar en los interiores de las cinturillas el número mágico y, como no encontraba ninguno que pusiera "48", me dirigía de nuevo a la dependienta, y le decía que no encontraba mi talla, a lo que ella reaccionaba pensando que era tonta o miope, o las dos cosas, y sacaba del expositor dos o tres modelos diferentes, todos ellos con el número "46" escrito en la cinturilla.
Sí, pero... es que mi talla es la 48 -me atrevía yo a decir tan bajito que apenas se me oía.
-Puessss es que no tenemos más que hasta la 46. De algún modelo ha venido algo de la 48, pero en seguida se ha agotado; lo que queda ahora es 46, pero pruébeselo -me animaba- que este modelo da bastante talla.
Por pura desesperación, yo accedía a probármelos, aun a sabiendas de que eso iba a agotar mi stock de Tranxilium Forte esa noche, pero... ¡mira que si por una vez la dependienta acierta!
Tan pronto empezaba a probarme los pantalones, mi ánimo bajaba a medida que la prenda subía dificultosamente a lo largo de los muslos, y mi buen humor natural de persona sin problemas se derrumbaba sin remedio cuando comprobaba que la subida de la cremallera se hacía imposible, por la sencilla razón de que ambos lados estaban separados por siete inabordables centímetros. Agobiada y cabreada me los quitaba de un tirón, allanando en la violenta maniobra pespuntes y presillas, y se los devolvía a la dependienta con renovada dignidad:
-No me están bien, gracias.
Cuando ya me disponía a marcharme a llorar sobre las ruinas de mi antaño esplendorosa figura, la dependienta pronunciaba la frase mágica:
-Puede Vd. probar, si quiere, en la sección de tallas especiales, ahora viene una moda muy bonita.
Aquella oferta merecía ser estudiada con calma para no to-mar una decisión precipitada, así que me subía a la planta séptima a degustar unas tortitas con nata y jarabe de sirope mientras pensaba en la estrategia: "lo primero de todo, si me decido a hacerlo, es comprobar que no hay ninguna vecina ni compañera de trabajo por los alrededores" -me decía- pues esto es tan vergonzoso como ser sorprendido por tus alumnos en la cola de un cine X; "después - me seguía diciendo sin hablar, pues tenía la boca llena y siempre he sido muy educada - pido lo que quiero, me lo pruebo a toda velocidad, pago y me lo llevo con total impunidad. Y nadie tiene por qué enterarse."
Y dicho y hecho: me acercaba a la sección de tallas especiales y, tras conmoverme de placer contemplando a aquellas increíbles maniquíes que nada tenían que ver conmigo, solicitaba a la dependienta pantalones de la talla 48.
-¿Talla 48? No, señora, eso es en la sección normal -me contestaba invariablemente la señorita de la sección anormal- aquí sólo trabajamos tallas a partir de la 50.
-Oiga -respondía yo en un rapto sublime de valentía vindicativa y mirando por el rabillo del ojo, no fuera a ser que mi agotadora vida social me jugase una mala pasada pues allí me han dicho que me pasara por aquí.
-Pues no lo entiendo, señora, porque mis compañeras saben que sólo se considera "talla especial" a la 50 y mayores, pero si quiere probarse algo, yo encantada: mire, ahora mismo han llegado estos pantalones que están muy bien de precio. Me llamo Paquita.
Cuando quería darme cuenta ya iba yo muy ufana camino del probador con mi talla 50 colgada del brazo. Al probármelos comprendí por primera vez en mi burguesa vida el sentido de la palabra discriminación: me estaban enormes, me sobraban pellizcos de tela de la cintura, me arrastraban, me hacían una bolsa en la tripa... No era mi talla, definitivamente. Yo era una mujer de la talla 48, es decir: la fronteriza entre las ballenas y las personas dignas.
Estas surrealistas escenas, con diferencias poco apreciables, se daban cada nueva temporada. Si alguna vez atiné a encontrar algún modelo de mi talla, me acostumbré a comprar todo el stock de pantalones, de diferentes colores, al estilo de las superofertas Pague 3 y Llévese 2, pero sólo porque la ocasión la pintan calva. Poco a poco, sin casi darme cuenta, fui cambiando mi estilo de vestir: cambié los tonos alegres por oscuros y sufriditos, las minifaldas por discretas faldas chanel, los chalecos por anchurosos jerseis à la page que tapaban decentemente las caderas y que no me quitaba de encima así reventara de calor en la oficina asomada al windows.
A veces hacía bromas con mis compañeras sobre mi propia figura, y todo, todo el mundo pensaba que yo era una gordita feliz, sonrosada y sin complejos. Pero en el fondo de mi corazón quedaba siempre un poso amargo que sólo desprendió el bisturí cuando, años después, me tocó la loto: porque yo era una mujer de la talla 48 y, en consecuencia, no tenía derecho ni a vestirme ni a lucirme desnuda.
Si queréis escribir a la autora