Aymer Waldir Zuluaga Miranda nació en el sol de una noche,

el penúltimo mes de 1967 en Medellín, Colombia. Nos ofrece varios cuentos breves.

 

 

© Aymer Zuluaga

 

 

 

 

ASUNTO GENÉTICO

 

Me agaché a amarrarme el zapato, no porque estuviera desanudado el cordón; si no porque me gusta sentir apretados los nudos de los zapatos; estaba allí en la repetitiva tarea cuando la vi por primera vez, era pequeña pero su aparición llenó de inmediato el salón, le di una mirada de reconocimiento y luego la ignoré, tanto que al terminar mi tarea autoimpuesta había olvidado por completo su aparición.

Seguí allí en la sala de espera del consultorio, sentado en el sofá confiando en pronto ser atendido, mirando las paredes y los cuadros, cuando recordé a la intrusa y la busqué con la mirada pero ya no estaba en su sitio; seguí recorriendo visualmente cada espacio del frío salón de recepción y reparé en la secretaria que desde mi llegada hizo señas para que me sentara, pero no había soltado por un momento el teléfono; era joven y tenía un rostro cansado, usaba los anteojos para cogerse el cabello arriba de la frente y por el espacio de abajo del escritorio se podía ver que tenía un pié calzado sobre el piso, mientras que con el otro en el aire, jugaba con calzarse y descalzarse el zapato usando solo los dedos de los pies. El zapato se balanceaba como para caerse.

Se abre la puerta del consultorio psiquiátrico y me levanto con la intención de entrar pero un gesto de la secretaria me detiene, se levanta, deja el teléfono aún descolgado sobre el escritorio y se termina de poner el zapato con el que jugaba mientras entra al consultorio diciéndole no sé que cosas al Doctor. Se cierra la puerta tras ellos y de nuevo me siento solo; me agacho para tomar una de esas revistas con las hojas de las portadas desbaratadas que siempre hay en los consultorios médicos, pero ninguna me llama la atención; así que doy otra mirada al salón de espera y la veo de nuevo, plantada en la mitad del salón, toda desorientada, sin saber para donde coger, me mira y se queda quieta, yo la miro y me quedo quieto también.

Tras la puerta veo el mullido diván tantas veces usado y noto como la secretaria sale sonriendo, me distraigo mirando la puerta que sigue abierta y cuando vuelvo la mirada al centro del salón, ya no está. Me dirijo a la puerta pero la secretaria la cierra y me dice que debo esperar otro momento que el Doctor está ocupado, que si quiero puedo leer alguna revista y señala el revistero que yo ya había explorado y una silla al lado de su escritorio, mientras coge de nuevo el teléfono y sigue su interrumpida conversación. Me levanto hasta la silla y tomo de allí una revista, gran sorpresa me llevo al comprobar que no solo su portada está intacta sino que el número es reciente, así que me entran ganas de leer algún artículo o al menos leer los títulos.

El primer título que leo me envuelve y cautiva entre sus letras, se trata del asunto ese del genoma, que tanta alharaca ha causado en los últimos días, hay unos gráficos como hélices, otros como cintas enlazadas y algunas tablas comparativas, dice allí que compartimos muchos genes con otras especies animales. Por el rabillo del ojo la alcanzo a ver de nuevo, esta vez cerca de la silla de donde tomé la revista, la secretaria en su ocupación telefónica no ha reparado aún en ella; sigue jugueteando con el zapato hasta que éste cae al suelo. Miro el zapato caído, vuelvo los ojos hacia la silla y ya no está ella.

Me sumerjo de nuevo en la lectura y no solo me asombra y decepciona saber que los humanos solo tenemos cerca de 30.000 genes, sino que esta cifra es apenas dos o tres veces superior a los 13.000 genes de la mosca drosófila y una vez y medio más que los 20.000 genes de un gusano como el nematodos. No sé de moscas ni de gusanos con apellidos extranjeros, pero pienso que una mosca es una mosca sea de la familia que sea y un gusano es un gusano provenga de donde provenga.

Así que somos parientes lejanos de las moscas y primos de los gusanos, me digo y sonrío mientras levanto la cabeza por encima de la revista y veo a la secretaria colgar el teléfono mientras suspira y empuja con los dedos de los pies el zapato, este va a caer de nuevo, pero en un intento por atraparlo con su extremidad inferior resulta pateándolo; el zapato vuela y rueda hasta llegar a la mitad de la sala, la secretaria se sonroja y trata de sonreír, yo dejo a un lado la revista y me agacho a tomar el zapato.

Estaba en eso cuando la vi de nuevo allí cerca del revistero. Insinuante, como provocándome para que actuara, no me lo pienso dos veces y avanzo hacia ella, llevo el zapato de la secretaria en la mano y zuassssssss... intento golpearla pero es muy lista y ha girado haciendo que falle el golpe; la secretaria se asusta al verme en ese plan, me pregunta ¿qué pasa? mientras me mira como creyéndome loco. Yo sigo tratando de darle alcance y la acorralo entre la silla y el escritorio, le tiro el zapato, la secretaria grita y su rostro ahora está pálido (el de la secretaria, por supuesto), ahora también la ha visto y me señala donde está. Recojo el zapato, avanzo con firmeza pero ella en vez de huir se detiene, nos mira con desprecio, como sólo se mira a un semejante, y se esfuma por entre un hueco de la pared. Hermana cucaracha.

 


 

SUEÑO AMERICANO

 

 

Luego del primer trago, los demás ya no le provocaron ese ardor como de piedras con muchas aristas que bajaban recorriendo a gran velocidad su garganta. Por el contrario, sentía que las piedras eran cada vez mas redondas, más pequeñas y más suaves, o al menos tan suaves como puede llegar a ser algo tan duro. No era la primera vez que bebía, pero sí la primera que lo hacía con la intención de embriagarse. Estaba mas que enterado de los efectos devastadores que el licor causaba en su organismo y en su estado de ánimo; pero veía en aquello la oportunidad de perder su estado consciente sin recurrir al sueño.

La taberna donde estaba no la había elegido al azar, llevaba varios años pasando por allí cuatro veces al día mientras se desplazaba de su casa al trabajo y viceversa. Siempre le había parecido un sitio frío donde iban los vecinos a tratar de llenar sus vacías vidas, por lo tanto no había reparado mucho en la gran puerta azul cuya madera evidenciaba ya el deterioro normal de los años, y la docena de manos de pintura que sobre ella habían aplicado. La manija de la puerta era de un color cobrizo, que en nada beneficiaba la estética de la puerta, pero que al parecer hacía juego con el color de cabello del tabernero.

Sobre el mostrador y aunque las grandes manos del tabernero se esforzaban por limpiar, estaban los redondeles que dejan los vasos mojados al solo contacto con el vidrio puesto sobre la mesa. La presencia del vidrio no solo se limitaba a mantener la madera del mostrador seca y facilitar la permanente labor de las grandes manos, sino que el sonido que surgía al poner sobre el vidrio los vasos ya vacíos de licor, simulaba un brindis tardío en soledad.

Las manchas de los vasos formaban entre sí distintas figuras, por ejemplo aquella donde estaba el vecino con cara de envidioso, parecían los anillos de los juegos olímpicos; mientras que la que formaba él con su copa siempre llena era estudiadamente un solo círculo perfecto, intencionalmente le gustaba que cada cosa estuviera en su lugar y el sitio elegido para colocar la copa no iba a ser la excepción. Ver los círculos dejados y el reflejo de la puerta sobre el vidrio del mostrador lo había distraído un poco de su gran preocupación.

Llevaba semanas sin dormir, y aunque se repetía dos y tres mil veces que no era su culpa, un resquicio de su mente le indicaba que el gran peso con el que cargaba, era producto de su ahora mala decisión. Conocía cada rendija del techo de su casa, cada sonido repetido a lo largo de la noche, podía describir con lujo de detalles las ondas causadas por el viento en las cortinas de su alcoba durante las extensas noches de insomnio. Observar minuciosamente las pequeñas cosas y sus variaciones se le había hecho normal, por eso ahora que intentaba recontar el número de vigas en el techo de la taberna entre la puerta de entrada y las cortinas tras las que se ocultaba el orinal, le parecía cosa fácil, incluso después de cuatro tragos dobles seguidos. La salida abrupta de alguien que levantó violentamente la cortina del orinal, le distrajo del objetivo, pero regresó con su mirada a la viga donde estaba instalado un amarillento bombillo y recomenzó: Dieciocho, diecinueve... cuando llegó al final de la cuenta, se sorprendió al no coincidir el número con el resultado final. ¿33? Me faltó una viga, caramba, empecemos de nuevo.

Empezar de nuevo, como si pudiera recomenzar y olvidar como empezaron las cosas. Una vez empezado no había forma de regresar; y recordó que su falta de sueño comenzó precisamente con uno. El más famoso tal vez, o al menos en su país; el más comentado: El sueño americano. Su idea no era llegar a ser americano, pues ya lo era, su idea era ir a Estados Unidos, establecerse allí por unos años y trabajar hasta lograr un capital que le permitiera regresar a su país a disfrutarlo (al país y al dinero, por supuesto. No quería irse como tantos que viajaban con visa de turista (o sin ella): con la idea fija de quedarse en una larga temporada y no precisamente de vacaciones. Su idea era mas elaborada, aunque no mucho, lo primero era entonces aprender el idioma. Se matriculó en una prestigiosa academia y se esforzó cuanto pudo. Aquí comenzaría entonces su martirio.

Otro de sus pasatiempos en las noches insomnes, era tomar una palabra y descomponerla hasta volverla difusa: soñar, sueño, sonoro, año, dueño, saña... Dream, Ice cream, team, jean. Sus pasatiempos eran ya tan extraños como su mirada, que extraviada se la había encontrado frente a frente en el reflejo del vidrio del mostrador. Sus ojos estaban enrojecidos, ya no sabía si por las noches en vela o por los seguidos tragos que se había tomado esa noche. Su mente ya no hilaba, estaba tan embotado que las marcas que antes le parecieron la imagen de los anillos de los juegos olímpicos, eran ahora un solo y concéntrico círculo que giraba alrededor de las manotas del tabernero que ahora lo tomaban por los hombros para que no cayera redondito al piso. El hecho de sentirse caer le despertó de su buscado letargo y quiso desplazarse hacia el orinal, dio un paso y se sintió de pié en una montaña rusa, el segundo paso fue más estable aunque debió apoyarse en la manija de la puerta que estaba detrás de él, por fin se reincorporó y caminó despacio debajo de cada una de las 34 vigas contadas y recontadas. La distancia que antes parecía corta se hizo en mas tiempo del calculado, pero cruzó airoso el umbral de la cortina para apoyar sus manos en el muro mientras dejaba salir sus gotas en varias direcciones, por fin pudo establecer el centro y una sensación de alivio le recorrió de izquierda a derecha con breve temblor al centro.

Debo regresar a casa, es suficiente este intento para ver que he logrado con ello, se dijo. No pudo lavarse las manos, pues no encontró dónde hacerlo y se abrió camino entre las cortinas para atravesar de nuevo el salón, pedir la cuenta y ver el lavamanos entre el muro y la puerta azul, extraño sitio para ubicarlo, y extraño sitio para dejar atravesada una trapeadora con que se golpeó la pantorrilla, se lavó allí mientras le calculaban cuanto pagar por sus siete tragos. Mientras le pasaba el dolor por el tropiezo, pagó y se marchó a casa.

Al llegar al frente de la puerta de su casa, buscó las notables diferencias con la puerta oculta-lavamanos en que se había mojado también la cara. Metió su delgada mano izquierda dentro del bolsillo buscando las llaves y las sacó intentando no hacerlas sonar entre sí; apuntó como pudo hacia el centro de la cerradura y con ayuda de la mano derecha logró quitar el cerrojo que lo mantenía afuera. Llegó como pudo hasta la cama, se dejó caer de espaldas en ella y sintió de nuevo el ardor como de piedras con muchas aristas que recorrían a gran velocidad su garganta, pero esta vez en dirección contraria. De un salto llegó al baño para abrazarse al sanitario, sentir sudorosas gotas heladas en su frente, gotas calientes en sus brazos y un enjambre de abejas alborotadas en su estómago.

Se lavó por partes manos, boca, nariz, orejas... dejó de nuevo la toalla con que se secó, en su sitio acostumbrado. Regresó a la cama, se sentó lentamente, se llevó las manos a la cabeza, se recostó despacio y se quedó dormido de inmediato.

De nuevo allí en su sueño comenzaron sus temores, alguien se le acercó y comenzó a hablarle, lo veía fijo a los ojos, luego miraba con atención sus labios en movimiento, de nuevo una mirada a los ojos; y entonces esas ganas de decirle que no le entendía nada, que lo que le decía se perdía en el camino a sus oídos; que no comprendía una sola palabra. Le gritó tan alto como quiso: déjame en paz o háblame en mi idioma; no me jodás que me vas a enloquecer pues no te entiendo un carajo. No soportaba mas la presión de no ser bilingüe, hablaba de rayos, y de piedras. El silencio llegó a la boca de quien antes le hablaba. Los demás, que ahora le rodeaban lo miraban extrañados; sin comprender.

Pero si el que no entiendo soy yo, caramba, si he perdido mi intimidad, mi sueño, mi conciencia, mi inconsciencia, si no entiendo ni forro de lo que me dicen; les decía mientras los lagrimones iluminaban sus ojos cada vez más rojos. Si llevo semanas sin querer dormir siquiera, si me embriago con la intención de no soñar mas en otro idioma. Si he perdido la razón, las ganas de soñar, si he perdido todo.

Entonces ocurrió que fue tanto el desespero, que se despertó. Pero envalentonado por los tragos y mientras con el rabillo del ojo miraba el diccionario ubicado en el tercer estante bajando, empezando de izquierda a derecha; entre el libro número nueve de color amarillo y el quince si solo cuentas los verdes. Mientras se aferraba con su pupila al lomo de su diccionario, iba regresando con ánimo de revancha al mundo de los sueños a enfrentarse a sus fantasmas. Una vez allí, sorprendido por lo que estaba haciendo, escuchó salir disparada de sus labios una frase; pensada, construida, dicha toda en un perfecto inglés. Todos los integrantes del sueño la entendieron, se acercaron de nuevo y empezaron a hablarle mientras él les respondía con absoluto dominio.

Se levantó como un resorte, se paró de un brinco sobre la cama, saltó hasta casi rozar una de las tantas veces observadas rendijas del techo de su casa, se lanzó sobre las ondas causadas por el viento en las cortinas de su alcoba; se cubrió con las cortinas su cara descompuesta, los ojos salidos de sus órbitas mientras pensaba como diablos dormiría ahora tranquilo si no entendía ni lo que él mismo decía en sueños.


 


VENUS DESORIENTADA

 

El sitio es tan boscoso que el paraje solo puede ser visto cuando se tiene a tres metros de distancia, las hileras de los árboles parecen haber sido sembradas en forma laberíntica a propósito; cada especie frondosa se confabula allí con sus congéneres para ocultar lo contenido en su centro; cada rama tupida de hojas hace impenetrable cualquier mirada. Los curvados y anchos troncos se alternan con los verticales y espigados tallos en confusión de ramas, flores y frutos. Los colores de las hojas alternan entre verde aceituna y café haba. Hasta para los rayos del sol es difícil cruzar la espesura y calentar el intenso olor a selva. El bolso de la mujer estaba en aquel centro del matorral, su añil color sobresalía sin violentar; uno de los extremos de su correa estaba suelto y de esta manera parecía la cola de una alimaña; su cierre estaba semiabierto y algunos elementos regados se confundían en la hojarasca; allí estaban como hormigas en desfile: el pequeño espejo cómplice de miradas, las llaves en desuso de alguna puerta olvidada, una pequeña y coqueta bolsa con lo que se adivina serían unos finos pendientes, una caja de maquillaje con tres colores supremamente gastados pero dos intactos, y un labial carmesí.

Abrazada al macizo árbol y con las piernas en forma de k, estará ella. Llevará el cabello corto para resaltar su cuello largo, vestirá con su chaqueta ámbar negro que luce arrugada solo en la parte de las axilas y los codos, estarán los botones plomizos haciendo uvé en su espalda; él nunca imaginó que fuera tan huraña cuando la vio en el bar, si parecía tan atenta con los demás, tan sonriente con quien le brindara un trago. Su aire de inocencia cuando recibió los aretes de sus manos, su coqueta mirada cuando la tomó del brazo y la llevó a lo que él le prometió era un santuario, desaparecieron de inmediato cuando le asestó el primer golpe. De su carmesí boca salió un grito aturdidor y de la nada el bolso añil que le lanzó a la cara, ambos lo aturdieron un segundo; dándole tiempo a ella para huir. Todo en la mujer era perfecto, incluso hasta para dejarla ir, pero lo echó a perder con ese mal sentido de la ubicación cuando corrió hacia la espesura, ya es de madrugada y él está cerca de darle alcance.

 

 

 

VIBRA EL ARPA

 


Me falta por recorrer tu cuerpo entero, no he tocado de ti, cuerda ni madero; ni un milímetro ha recorrido mi ingenuidad que brinda huellas, tengo la certeza que un solo roce en tu tonalidad generará el esplendor, y olvidaremos que somos rieles paralelos para empalmar como tren brioso y túnel que resguarda; internándonos en ese eclipse que espanta al proyectar sombra de eternidad. Dame el alfa, la clave de sol; muéstrame sin pudor el punto "A" para la convulsión de estreno. ¿Callas?, concedes que dé inicio... vibra arpa, mientras acaricio con la púa aquella cuerda que elegí. La que une muslo y pantorrilla, justo allí, tras tus rodillas.

 

 


RAYUELA

 

Entre tus flores me invitas a jugar, coqueta, pero es fácil perderme mientras huelo lilas, te advierto: mis manos toman completa la hortensia índigo y terminan por entregar un ramo de un solo pétalo azulino, así de torpes son. Evocando al niño, en mí perdido, intentaré ser cronopio y saltaré en tu rayuela, mientras bebes recuperando tu color y sigues en tu búsqueda del ser y del estar entre coletazos. Pide pues que tenga yo suerte, sobretodo ahora que ya sabes de mis cielos.

 

 


HOGAR Y HOGUERA

 

Pulso, perforo, entro entre tus palabras buscando abrigo, la llama apenas se enciende pero ya quema; salen de ella chispas voraces que traga el dragón. Las glándulas dentro de sus fauces hierven como la arena del desierto antes de llegar al oasis. Veo venir la tregua, pero delirante, aplazo pulsar la cuerda que lleva al bosquecillo. Agradecida preludiarás la revelación y entre crispaciones avivarás la fogata en germen, que apenas tímida brota.

 

 


BEBE

 

Querida Doncella, zambúllete a ojos cerrados bajo las aguas del Rin, acaricia el agua con tus movimientos rítmicos, danza y canta en el borde de las olas y espera confiada que ellas giren a tu alrededor como lo hacen los planetas en torno al sol. Tu tristeza sólo es la sombra del miércoles, espántala en el recuerdo de cuando fuiste hija de la niebla, pasa cabalgando sobre ella bajo el puente del arco iris, sin desfallecer un segundo. Empuña tu ira para guardarla en la funda de la indulgencia; comprende la enorme ventaja que entraña el olvido y toma de la copa mágica que calma la sed de verdad, esa que una vez despertada, nunca se apaga hasta que es satisfecha, bebe.

 

 

 

CONJUNTO

 

Gime, lloriquea, vierte tu sal que purifica la esencia dulce de que estás hecha, dale brillo a tu nombre transparente, toma prestada la placentera voz de Calíope, que si sabes hacerlo, ella misma te hará coro.

 

 

 

HÁGASE LA LUZ

 

Ilumino las tinieblas de tu boca, meto allí un relámpago para que alumbre y alegre.

 

 

 

DESAHUCIADO

 

Sacio tu triángulo de sed, calmo tu ansia-ausencia entre temblores, exhausto quedo.


 

© Aymer Zuluaga

 

 

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