LA NIÑA TONTA

 

© José Manuel Fernández Argüelles

 

 

El paisaje.

 

Asentado en el inicio de la ascensión al Pico del Moro está el pequeño pueblo de Launés, y en su extremo norte, el más lejano a la carretera general, se inicia un antiguo sendero usado por los pastores para llevar el ganado a los pastos altos. Un coche normal no podría subir sin romper los bajos, y un todoterreno tendría serias dificultades por lo angosto de algunos tramos. El caso es que ese camino de monte, muy empinado en algunas zonas, llega a una falsa cima de ese Pico del Moro (la cima real está aún más alta, pero ya es labor de alpinistas el llegar a ella); y desde ese lugar, relativamente llano y con pasto abundante, se divisa todo el valle en los días despejados, y es una vista muy bella, pero cuando, en determinados amaneceres, la niebla baja cubre todo a nuestros pies, y tan solo se ve el cielo, los riscos de las cimas y abajo, a nuestro alrededor, la impenetrable neblina blanca, que brilla en donde el sol quiere surgir, entonces parece que estás en otro mundo, en otro que no es este.

 

***

La soledad.

 

Vivo solo desde hace casi un año. Ana me dejó porque dijo que yo sólo servía para mentir con palabras bonitas, pero que, después de tres años de escuchar historias, ya estaba bien. Y después de tres años de vivir juntos, ella se fue dando un portazo. Lo sentí, aunque reconozco que no soy un hombre que contente a una mujer, pues ni aporto dinero ni soy muy activo en … en fin, en los actos físicos del amor, por decirlo de alguna forma. Sólo sé hablar, contar cosas, que adorno a mi manera. Yo mismo no sé cuando digo algo sobre lo que vi, lo que me contaron, lo que alguna vez me sucedió o lo que invento en el instante en el que hablo. Lo cierto es que ninguna de esas posibles justificaciones para contar algo me parece importante. Hablo, y eso es todo. Sé que resulto entretenido… durante un tiempo. Tres años, a lo sumo.

 

 

***

 

La niña.

 

La niña tonta vivía al lado de mi casa, y jugaba todas las tardes en el parque que hay al otro lado de la calle. La acompañaba una asistenta, pues sus padres trabajaban fuera de casa ambos. Lo cierto es que pocas veces veía a los padres con ella; ni en los días de fiesta. Sospecho cosas terribles sobre los sentimientos que tenían hacia la niña, pero suelo equivocarme en estas cosas. También yerro a menudo en el cálculo de la edad, pero esta niña retrasada debía de tener entre ocho y diez años. Su cuerpo era algo torcido hacia delante, hablaba mal y últimamente creo que había dejado de babear. Su cara era apacible, muy dulce, no estába deformada por la mente torpe, tuviese la enfermedad mental que tuviese, que no sé su nombre. Y sus ojos también eran dulces y de mirada intensa y tierna. Sus ojos eran redondeados, y como caminaba encorvada, miraba siempre hacia arriba, abriéndolos y agrandándolos aún más, de tal manera que parecía que te miraba entre sorprendida y admirada. Creo que es eso lo que me llamó siempre la atención de la niña boba: que miraba las cosas con asombro. O eso es lo que parecía. Y a mí solía observarme de esa manera, incluso parecía sonreír, pero quizás era solo el gesto de sorber la baba, que ya había aprendido a que no se le cayese.

 

***

 

Las palabras.

 

Desde que vivo solo salgo mucho de casa. Paseo, miro las calles y las gentes; si encuentro a algún conocido aprovecho para hablar, que es lo que más me gusta, y si puedo le saco algo de dinero. El dinero. A veces lo consigo de mi familia, de mis amigos también, como ya dije, de vender objetos de valor que aún me quedan. Tengo pocos gastos, así que vivo bien con poco. También, desde que estoy solo, viajo siempre que puedo, si tengo algo de dinero que sobre, claro. Pero mi actividad principal diaria es salir a la calle y buscar alguien con quien hablar. Sé que resulto entretenido. Algunos incluso me buscan cuando están aburridos.

Como es lo que más cerca me queda, voy con frecuencia al parque que está delante de mi casa. Ahí es donde solía ver a la niña tonta y a su asistenta, que la acompañaba con una terrible cara de aburrimiento. ¿Y quién mejor que yo para entretener a alguien que se aburre? Así trabé conocimiento con la mujer de compañía, mientras la niña nos miraba con esos ojos suyos, que en silencio perseguían mis gestos al hablar, seguían los movimientos de mis labios, incluso.

Me resultó de inmediato simpática esta niña tonta, que me miraba y parecía sonreír, mientras les contaba, a ella y a su cuidadora, historias de mis viajes por América, los que hice antes de arruinarme y tener que vender el castillo con todos sus caballos, famosos en los circuitos europeos de hípica, y gracias a los cuales conocí a la rica heredera del Condado de Ruanisque, que, por cierto, una noche…

 

***

 

Las historias.

 

Me encariño enseguida con la gente. A todas las personas que conozco y que me escuchan acabo por apreciarlas, aunque sean tan tristes y zafias como la asistenta de la niña boba. Pero con quien más simpatizo es con esos seres que no sólo me escuchan, si no que beben mis palabras, siguen el movimiento de mis manos cuando las elevo en un gesto de grandilocuencia, se dejan arrullar por mi voz y esperan la siguiente historia como si de aire se tratase. La niña era así. En cuanto yo llegaba al parque y tomaba asiento junto a la asistenta, ella venía a escucharme, y permanecía de pie hasta que su cuidadora o yo mismo, si detenía un momento la historia, le mandabamos que tomase asiento, pues sino estaba como una estatua a mi lado, mirándome y siguiendo con atención todo lo que contaba, como si lo entendiese, como si le estuviese ocurriendo a ella. Me gusta pensar que es así, que lo entendía y pensaba que llegaría a vivirlo.

 

***

 

La Enfermedad.

 

Fue precisamente cuando estaba contando lo de la rica heredera del Condado de Ruanisque, la que una noche…

-¡Uy, que esto no es para oídos de niña! -dijo la asistenta-. Anda, nena, vete con la pelota a la arena.

Y la nena boba, que era muy obediente y todo lo hacía en cuanto se le ordenaba, se fue triste al círculo de arena con su pelota. Yo iba a protestar y decir que mi historia era blanca como sábana tendida al sol, pero justo en ese instante la cuidadora comenzó a hablar. Fue en ese momento cuando yo supe del otro mal de la niña tonta.

-¡Que pena de niña! -comenzó diciendo la mujer, mientras se alejaba cabizbaja la pequeña-. Es que tiene todos los males. Ahora no sé qué en la sangre. Y sin remedio. Mañana dejaremos de venir al parque. Ingresa para el tratamiento. Pero… sin remedio, ya digo.

 

***

La muerte.

 

Es malo encariñarse con quien te escucha en silencio y te mira creyendo todo lo que cuentas. Es malo querer a las personas porque siempre acabas recordándolas en medio de la soledad, una vez que se han ido o te han abandonado. Pensé en Ana mientras, sentado en el parque, oía de labios de aquella mujer la terrible noticia de la anunciada muerte de la pequeña. Y pensé que todo en mi vida había sido siempre igual. Todo lo que alguna vez había querido fue desapareciendo, dejándome en un abandono triste donde sólo la palabra me salvó de la locura. Ciertamente, el día en que mi soledad no pueda ser mitigada por amigos, allegados, familiares o incluso desconocidos a los que contar mis historias, con las que creo un mundo de compañías y multitudes, entonces, ese día, yo también estaré sentenciado a morir. Como la niña tonta.

 

***

 

La conversación.

 

Allí estaba yo, sentado en aquel parque, callado, para variar, mientras pensaba en Ana, en mi soledad y en la desgraciada pequeña. La asistenta aprovechó para ir a otro banco y hablar con una conocida suya, y yo quedé solo. No percibí cómo la niña se puso a mi lado. De repente allí la tenía, sentada a mi derecha, y me miraba, y por una vez en mi vida no supe que decir. Fue ella la que habló con aquellas palabras torpes y terribles, que jamás olvidaré:

-Me han dicho que voy a ir al cielo -dijo-. Pero tengo miedo, porque no sé cómo es.

Supuse que la asistenta, con su falta de tacto, e intentando preparar lo que para ella era inevitable, había contado esa crueldad a la niña.

Bien sé que los niños no toman las avatares del tiempo como nosotros, los adultos. Ellos aceptan las cosas como vienen, pues siempre es la primera vez que les ocurre todo y aún no han tenido noticias de sucesos similares. Toda experiencia para ellos es natural e inevitable. Seguramente tienen más razón que nosotros, que incluso nos revelamos contra la muerte. Esta idea de la resignación infantil me dio fuerzas para mirar a la niña tonta, y comenzar a contarle una de mis historias.

-Yo sí conozco el cielo -comencé diciendo-. En uno de mis muchos viajes hice una visita a tal lugar. Y en el próximo te voy a llevar conmigo para que lo veas y no lo temas. Primero empezaremos el viaje en coche, porque allí también se puede llegar en coche, como a todos los sitios. Cuando estemos cerca te diré que cierres los ojos, y como eres muy obediente, pondrás las manos delante de tu cara. Enseguida te mandaré que las quites y mires, y entonces verás el cielo.

-¡Y cómo es, cómo es!

-No hay casas ni suelo ni nada, sólo altas montañas que surgen de una nube que cubre todo a nuestros pies. A lo lejos el sol está escondido, aunque se ve un poco su luz, como si espiase con un ojo desde detrás de esa nube grande, que no termina nunca. Andar por ella es como pisar algodón muy compacto o caminar por un colchón mullido. Y lo mejor, lo mejor de todo es que parece como si flotases en el aire, como si volases entre las nubes y las montañas.

 

***

El cielo.

 

En la base del Pico de los Moros, donde está el pequeño pueblo de Launés, se inicia el sendero que lleva hasta los pastos de alta montaña, una falsa cima casi llana. Si el viaje se hace temprano, al amanecer, una niebla lo cubre todo, y recorres el estrecho camino que asciende casi como si fueses ciego, pues no ves más allá de dos metros desde el lugar donde que encuentras. Pero no hay pérdida, pues el sendero te conduce. Cuando estás en la cima de los pastos altos, la niebla ya ha descendido un poco, y es normal que te cubra los pies, pero no más arriba. Así ves la nube que se extiende frente a ti, mires hacia donde mires, y de ella sobresalen, aquí y allá, como naciendo, las montañas; y en un extremo lejano, los rayos del sol blanquecino dan realce y compacto contorno a las ondas infinitas del aéreo vapor. Entonces parece que puedes iniciar la marcha en cualquier dirección, siempre sobre la nube, y alcanzar, en línea recta, cualquiera de los riscos que jalonan el paisaje.

Por supuesto, si en ese recorrido te encuentras con una niña, salúdala de mi parte.

 

© José Manuel Fernández Argüelles

 

 

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