Autopresentación

 

Mi nombre es Luis Miguel García de Amézaga. Nacido en el año 1965 en la ciudad de Vitoria.

Cuento con varias participaciones en antologías poéticas de editoriales españolas y latinoamericanas. He participado en la antología de relatos "Narrativa contemporánea española". Y en "60 Autores, 60 relatos" de la editorial Beta. También colaboro con revistas literarias en papel como "Nitecuento" (Barcelona), "Resonancias" (Suiza) "La Nuez (México)", "Los Papeles de la Manscupia (México) "La Bolsa de Pipas" (Palma de Mallorca). Y participo en el ambicioso proyecto de poesía y arte de "Amilamia" (Vitoria). Desde hace años cuelgo trabajos en distintas revistas y periódicos virtuales y dirijo la revista "El Verso que Viene. SigloXXI"

He publicado diversos artículos en periódicos locales y el poemario EL CAOS DE LA IMPRESIÓN con la editorial madrileña independiente SINMAR. Mi último libro es "A pesar de todo... Adelante", Editorial Baile del Sol, 2008.

 

 

Dos poemas del libro

A pesar de todo... Adelante

 

 

 

CANTOS DEL CAMINO

 

Sobre la cómoda retratos,

sobre los estantes, espectros de tu propiedad

que carraspean en la ausencia.

 

Es una fijación del ayer

que incordia

y no asume su historia de pueblo abandonado.

 

Son instantes hechos prisioneros

en cepos de marco,

piezas caídas al fogonazo de la cámara.

 

Manipulan el tiempo

esas caras que se te imponen

desde su eternidad de flor de plástico.

 

Fuiste, quién lo diría,

semblante de ángulos rectos

que no te reconoces

en el diabólico juego de los poliedros.

 

Mariposas vomitan

sobre la mujer que el sillón transpira.

Un libro de familia, en imágenes, la rodea.

 

 

 

 

CACERÍA

Hay guerras que podan los árboles

y paces que los dejan marchitar.

 

Un grupo de adultos se arracima,

homenajean al dolor,

arañan mejillas

provocan la sangre

en el ritual de la indignación

Se derrumban

ante las tumbas de juguete.

 

Los niños acudieron a las sirenas

Un hombre sin plumas, desde lo alto,

les lanzó un visado a lo paranormal

Ellos abrieron los brazos

para acoger el proyectil ciego.

 

La muerte está muy mal vista

Quizá sea porque hay que cerrar los ojos

definitivamente

para poder verla.

 

 

TRES POEMAS

 

© Luis Miguel García de Amézaga

 


EN HABITACIÓN DE HOTEL

 


   La sangre que fluye por las venas
dando combustible a mi vigilia
mejor estaría desparramada por este impávido suelo,
acercándose a las patas de las sillas,
reflejándose ante el largo espejo,
rodeando las camas, las cosas mudas,
y gritar con el dolor de lo inerte
en la habitación de hotel repleta de historias sin Historia.
Mejor lejos de aquí
comiendo tierra de la Tierra. 

  Pero a la primera caricia tostada
que se cuela entre los visillos
y roza su hombro sin atreverse a despertarla,
dicen adiós los temores.

  Suenan cantos gregorianos
en un punto del dial
como el eco de un claustro de fantasmas encapuchados,
y con ellos huye la tragedia.

  Gracias sobre todo a ella
que palpita dentro del cuerpo de una mujer,
cuerpo dormido: ¿por un momento eterno?
entre ronquido y ronquido: ¿palabras de los sueños?

  Se despereza, se mueve,
sin ser consciente aún de la vida.
Alarga una mano en mi busca,
hoy es otro día y he podido tomársela entre las mías.
Seguimos vivos
y ella nunca imaginará lo cerca que pasó la tristeza.

 

 

 

Muy Temprano...

 


  Dan las cinco de la mañana
cuando los astados duermen.

  Dan las cinco de la mañana
y un resorte me incorpora en la cama
como tullida sin piernas, a medio cuerpo
con la pelvis de cojín.

  Dan las cinco de la mañana
y dos ángeles mariposean
por la bruma de la fétida habitación.
¡Cómo se distrae el intestino por la noche
catapultando chuscos cariñosos al pie de la cama!

  Dan las cinco de la mañana,
un despertador cabronazo ha pitado en mis oídos.

  En la tele publicitan unos cuchillos de cocina
aunque sus clientes de estas horas
se encuentren entre los suicidas
o las frustradas de alcoba.

  En la radio voces anónimas contagian
su noctambulismo mal remunerado.

  En la calle basureros se afanan
en el lanzamiento de bolsas.

  En la casa el olor penetrante del solitario,
olor rancio, ropa sin suavizante,
tabaco y licor mezclados, perro y gato.

  Soy escritora. A la fuerza ahorcan.
Porque ni los dioses ofrecen conversación
cuando dan las cinco de la mañana.

 

 


OTRA INFANCIA

 


  Pegada al periscopio de la puerta
como lengua al hielo,
algo inclinada
soportando la penumbra en los hombros,
veo porque veo, directamente penetrarme
una ráfaga de luz desde la axila.
Luz mosquitera
nacida en la sórdida escalera
de construcción antigua, sin ascensor,
con escalones de granito y traidores recodos.
Me fijo en el descastado pasamanos
temiendo la aparición de los nudillos.
Atenazada en el palco de la mirilla
apenas respiro, laten las sienes.

  Retumban las pisadas etílicas,
las risotadas incongruentes.
Se tambalea esa mata incontrolada de hombre.
Lo veo porque veo, aunque no quiero ver
ojos inyectados,
papada grasienta con rojas islas
apuntando hacia la cerradura.
Corro y me escondo
bajo un seguro de sábanas y mantas.

  ¿Tocarán hoy las babazas y la llorera aceitosa
o los golpes, gritos y violencia gratuita?
¿Cómo prever el carácter sin carácter de un alcohólico?

  Aprieto los dientes,
emito mugidos para no escuchar,
me araño los brazos para sufrir por fuera.
Me fuerzo a dormir
y rezo para no despertar.
La vergüenza vence al miedo
en la noche inacabable
donde los dioses no me permiten huir.

  Es de mañana y me levanto
invitada por el silencio.
Estoy sola,
soy una niña muy mayor para mi edad.
Abro el frigorífico
y con la misma lo cierro.
Sólo hay frío envuelto en celofán.

 


 


LA DEPRESIÓN en dos escenas


I

 

El fregadero brilla con la aceitunada caricia del lavavajillas exterminador, vanguardista espectro. Una cuna se traga del niño sus berridos y la madre neurótica perdida se desespera contra un muro de impotencia. No comprende a quien no habla. Enciende la tele por tapar el ruido con ruido. Llaman a la puerta. Se presenta un gestor nacional cuando algo se pudre, y el fétido olor atasca las cañerías. El niño con las quijadas rotas, enmudece. La madre quiere huir del naufragio a bordo de una balsa de balium. El gestor se convierte en una voz que ruge, lo que corresponde a la tragedia del instante. La gotera insiste torpedeando el fregadero como los granos rasposos de un reloj de arena. Es el ordinario infortunio en verde.

 

II

 

Con dientes casi de leche y cara de manzana fresca. Con mejillas de carmín y árbol de libertad prohibida, de libertad esclavista como cepo herrumbroso en medio de la explanada, se desliza en eses la lengua celestina, aburrida lianta de la paz bendita. La chica poseída se sumerge en la bañera boca abajo. Prefiere lo bueno por conocer que lo malo conocido. Una trago de agua interrumpe la labor pulmonar. Se hincha como una muñeca de látex. Se le va la vida y sabe que no pierde nada. El agua estancada de repente se precipita por el desagüe natural. Para conseguir sonadas victorias preciso es jugar en campo propio. Pero ella juega fuera de casa con las reglas que le han hecho fracasar una y otra vez, y dan el mérito a un alma caritativa. La chica sale cabizbaja de la cura de urgencias. ¿Le han salvado? Se distancia del reproche nervioso, de la culpa empalagosa y de la compasión con aires de superioridad. Quiere comer una manzana. Asustados miran su cara biliosa. Ella sabe que le sobra coraje para matarse y le falta paciencia para morir.

 

 

 

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