( I ) Juan Ramón Jiménez
© Mercedes Vieira
¡Isla de gracia, frescura y de dicha, edad de oro de los niños;
siempre te hallé yo en mi vida, mar de duelo;
y que tu brisa me dé su lira, alta y, a veces, sin sentido,
igual que el trino de la alondra en el sol blanco del amanecer!
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Había saltado el levante.. El sopor de la tarde de verano adormecía al resto de la familia. Recuerdo que buscando entre los estantes repletos de historias, sueños e imaginación volví a encontrar a Platero.
Mientras sentía en mis manos el tacto acogedor y dulce de sus páginas, sonreí. Y así, en aquel mismo instante de la siesta calurosa del mes de Agosto, decidí vagar de nuevo dentro de aquellas palabras que hacía años me habían regalado tanta ternura...
De esta manera nació un deseo incontrolado de búsqueda de sosiego, de ansias de soñar, que dedico hoy, sin lugar a dudas, al hombre que me llevó despacito y de la mano a vivir esos preciosos momentos de imaginación...
Juan Ramón Jiménez era su amigo y solo me lo prestó una tarde....
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Platero y Cádiz
He bajado con Platero a la playa... Mientras atravesábamos el barrio de la Viña, camino de la puerta de la Caleta, le he ido convenciendo de que aunque esto no sea Moguer, su gente y sus mundos son iguales que aquellos que un día el vivió.
A su paso juguetón y alegre vuelven las caras los niños...
- Mira, Platero, estos niños son como los que en aquel anochecer jugaban a ser mendigos ¿recuerdas? Estos, sin embargo, juegan a tener una barquita como la de sus padres y a llevar las coplas del carnaval en el alma. Así sueñan y cantan, sin saber tampoco que algún día la primavera les asustará enmascarada de invierno....
Aquí hemos cambiado las brevas dulces y azules que cruzaban el aire puro en la neblina mañana de la Rica, por rojos y suaves erizos que llevan el sabor a mar y el colorido del atardecer en sus entrañas...
Observo los ojos azabaches de Platero mirando la mar.... Se ha quedado quietecito, y mientras ladea su cabeza para un lado y otro, parece que sonríe. Lo acaricio mientras lo empujo despacio para que siga andando...
- ¿Ves como no te engañaba?, por eso quería que vinieras conmigo a la Caleta.
En los ojos negros de Platero se ha prendido el rojo crepúsculo, se va manso a la orilla y hunde suavemente sus patas en el espejo violeta de la arena mojada...
La tarde se prolonga más allá de si misma....
Mientras paseo por la orilla con Platero, llenos los dos de luz rosada, le cuento que, en nuestras azoteas, las torres miradores se alzan buscando siempre el camino de la mar. Que, como en las de Moguer, allí está todo anegado de azul, como al lado mismo del cielo, y que a sus pies la vida se desata envolvente y humana...
- Mira Platero la Caleta para mi es como un remanso bello, pequeñita pero inmensa, porque parece distante....
Las olas blancas borran dulcemente nuestros pasos.... Me agacho y cogiendo agua en las manos mojo y acaricio la cabeza de Platero. Se sacude y como un niño juega también a mojarme, levantando agua con las patas y el hocico. Es tan igual a mí, tan diferente a los demás, que he llegado a creer que sueña mis propios sueños...
Platero escarba juguetón la arena, mientras observo como el agua va llenando el hueco que dejan sus pisadas...
- Esta playa de noche, Platero, es como un pozo donde en su fondo la luna se inflama adornada de volubles estrellas... Y en algunas tardes, como esta, mientras paseo mi alma cansada por su orilla, se transforma en un arroyo por donde mi fantasía brilla abriendo al sol la poesía.
Platero mira como el sol poniente, grande y grana, se hunde en el horizonte, en el absoluto silencio que le rinde el mundo...
Agarro a Platero dulcemente por el cuello y, acompañados por una leve mariposa blanca, hacemos el camino de vuelta mientras la mar se queda acunando la noche...
( I I ) Antonio Machado
Querido D. Antonio:
Cuando esta mañana levanté el visillo blanco del cierro y abrí la ventana, adiviné a los niños jugando en la calle; y al sentir en mi rostro el aire lleno de recuerdos comprendí que toda la razón o sinrazón de mi vida pasaba por libretas llenas de borrones y por gomas de borrar de nata... Así que, cuando ha llegado la tarde, he metido entre paréntesis mucha existencia, muchas horas de caminar inútil, y con el único equipaje de un cuaderno cuadriculado casi a tope de sueños, un lápiz de punta mal sacada y una goma de borrar muy pequeñita, me he bajado a la Caleta... Apoyada mi espalda en la muralla y casi desnuda, como los hijos de la mar, te escribo...
Quiero contarte, entre otras cosas, que después de cruzar apenas mundos sutiles, sigo reconociendo en ellos las pompas de jabón que me enseñaste a amar... y que, a pesar de todo, las lanzo al aire todos los días, las veo volar y sigo siendo feliz mientras no estallan.
Mira: ahora mismo, el sol de Cádiz, que tanto conocemos, está paradito en el horizonte, como queriendo estar más tiempo con nosotros, y el cielo a su alrededor aparece rojo, rojo, como si lo hubiese pintado en tu clase con mis lápices de colores... Sé que mis ojos te hablan y que a través de mí sientes tanta belleza...
Te quiero contar, en esta tarde nuestra, cosas que nunca te dije.
Que la inmensa claridad que iluminaba mis mañanas cuando, con prisas y en el portón de casa, mi madre me arreglaba el lazo del pelo antes de salir y me besaba con ternura, ha ido poco a poco apagándose... Aún oigo sus palabras:
- Atiende bien lo que diga er maestro, mi arma... ¡Y sé buena!
Recuerdo que bajaba las escaleras volando y que ya en el patio miraba para arriba pues mi madre desde el corredor me decía el último adiós...
Cada mañana dibujaba a saltitos todas las callejuelas con olor a mar que separaban mi casa del colegio... En pleno Campo del Sur, en los días de invierno, cuando la mar clamaba y se hacían las olas pequeñas gotas salás, el fuerte viento de Poniente lo rodeaba todo de humedad y salitre.
Y luego, la vieja clase de techo alto y maderas carcomidas, con paredes que mostraban a trocitos los distintos colores que tuvieron en un tiempo y un ventanuco por donde nos llegaba la vida, el mar y el graznido de las gaviotas... ¿Recuerdas?
Nunca te dije que me gustaba sentarme en la primera banca para verte entrar y que seguía con emoción y contaba tus pasos hasta que llegabas a la mesa... Te diré en esta carta llena de confesiones tardías, que pocas veces he vuelto a sentir tanta protección y ternura. Mi pequeño corazón se sentía arropado, como cuando mi padre me abrazaba o mi hermano, tan mayor, me prestaba atención y me contaba cosas...
Y no te oculto que luego han venido otros abrazos que han vuelto a encariñarlo... despacito... ¡pero ya nada es igual!
Quiero que hoy, pasado ya el tiempo necesario que nos hace desesperar de esperar lo que siempre hemos creído que llegaría, cuando ya creo comprender que debo vaciar mi maleta y seguir el camino del poniente, sepas que todas tus enseñanzas han formado el camino de mi existencia.
Que conservo como un tesoro el libro que me regalaste aquella tarde en la Plaza de Mina.
Eran tardes en que mi madre me dejaba ir a jugar un ratito a la plaza con los otros niños.Jugando a la sombra
de una plaza vieja
los niños cantaban...Y recuerdo que me senté junto a ti en el banco... Las palomas a nuestros pies, los músicos tocando en el templete y mis manos llenas de barquillos...
- ¿Quieres? - te dije
- ¡Pues claro que quiero! ¿Quieres tú mi libro...? - contestaste...
Y desde aquel día compartí contigo, acaso sin saberlo, poesía, libro... y barquillos...
Que, a pesar de que en estos años han habido muchos momentos que me han hecho dudarlo, el amor a la verdad ha sido siempre para mí el más noble de todos los amores.
Que he seguido considerando el más alto valor de la persona el hecho de serlo, y que he desconfiado de los que dicen estar de vuelta, pues sé que no han ido a ninguna parte.
Que la reflexión me ha perdido a veces por callejuelas sin salida... y te aseguro que entonces he buscado inútilmente la puerta al campo...
Que la poesía me acompaña siempre... desde aquel día en el Parque Genovés cuando el vientecito de Levante hacía cantar a los árboles.
- Niña la poesía es un diálogo del hombre con el tiempo... Hay que aprender a conversar con el zumbar de nuestros propios oídos...
Por eso mismo sigo hablando sola, porque aún espero hablar con Dios un día.
Que día a día busco el amor rescatándolo del recuerdo... en tu recuerdo... y que sólo por unos momentos y a través de esta carta escrita con el sonido del mar como fondo y la belleza del atardecer como escenario eterno, desearía ser tu Guiomar.
Unidos en un abrazo donde la belleza más dulce se haga vuelo, oiré de tus labios las palabras que nadie me dijo... las que busqué ansiosamente por la vida, las que callaron su boca tan amada...
Por ti la mar ensaya olas y espumas,
y el iris, sobre el monte, otros colores,
y el faisán de la aurora canto y plumas,
y el búho de Minerva ojos mayores...
Por ti ¡oh, Guiomar!...Ya casi no puedo ver lo que escribo. Ha llegado la noche de puntillas y el cielo se ha cuajado de estrellas. Sé que esta carta te llegará y que aún me reconocerás en ella. Y sé que habrá más días como éste, en que me seguiré perdiendo en el recuerdo contigo...Besos.
Alondra.
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