José
Luís Allés, nacido en Palma de Mallorca - donde actualmente reside-
ha realizado
artículos, habitualmente sobre temas de economía, en distintas
publicaciones especializadas y en diarios locales. Su incursión en el
ámbito de la literatura es reciente, mediante diversos relatos cortos.
Miedo en el cuerpo
© José Luis Allés
Hace algunos minutos el conductor del trolebús nos anunció cambio de planes: debíamos bajar en Robson, cruce con Granville, en vez de ir hasta destino, por congestión en la línea. Algo extraño en una ciudad tan organizada como Vancouver. Menos mal que nos anuncia que "otro vehículo les recogerá en breve". Pero maldita la gracia. Está diluviando como sólo lo hace al norte del Pacífico en otoño y nos desamparan en mitad de una encantadora galerna.La kilométrica Robson en la que nos han apeado, principal vía de negocios de la ciudad, transcurre sumergida entre rascacielos. Hoy está bloqueada por un inusual atasco. Lo que también indica que el "otro vehículo" tardará en recogernos. Adiós mi comida en Gastown.
Hace fresco y la galerna insiste en calarnos sin amnistía. Así que me veo forzado a entrar rápidamente en lo primero que tengo a mano, un Subway, lugar en el que te ofrecen engañar el hambre mediante atractivas fotos de comida acompañadas con remarques de bajos precios. Pido cualquier cosa plástica supuestamente digerible, mientras la adorno con alguna bebida -igualmente de polietileno- y me dispongo a pagar. Al recoger el cambio, observo que me han deslizado en la bandeja un folleto -de esos que promocionan algo mediante puntos- al que no le presto más atención y sitúo sobre la mesa. La lluvia sigue rebotando contra los cristales mientras el atasco avanza poco.
Me concentro en una noticia -la ciudad ofrece una exposición conmemorativa de Frida Kahlo- cuando me sobresalta una mano que, con gran rapidez, ha robado algo de mi bandeja. Levanto la vista. Lo que tengo ante mí me sobrecoge de raíz: un resto humano exhibe, sin poder evitarlo, un muy avanzado síndrome de Karpossi -su piel visible, rostro, cuello y manos, completamente carcomida por una galaxia de impúdicas manchas rojas del sida-. La mano se ha apropiado del folleto con los puntos de la promoción. Pertenece a una muchacha respingona de larga y desaliñada melena rubia, que me mira con ojos azules, cavernosos y huidizos, de temor enraizado, ancestral. Revelando el miedo de los que no tienen futuro. El miedo a la muerte.
La lluvia le ha calado. Todo su aspecto da impresión de abandono. Está en extremo delgada; se la ve débil y al límite de su resistencia. No parece que le quede mucha vida por delante. Tampoco que le quede nada por experimentar ni en el placer, ni en el sufrimiento, ni en la desesperanza. Se nota que ha vivido con largueza. Pero el caballo la ha domado a ella y ni siquiera lo ha hecho con riendas aceptables.
Al apoderarse de mis puntos, su gesto ha sido instintivo, rápido y automático, casi subconsciente, de persona acostumbrada a la supervivencia a toda costa.
A pesar de todo lo vivido, aún conserva parte de la educación que le inculcaron: al ver que la he sorprendido, en vez de alejarse con rapidez, se redime y me exhibe un rasgo de corrección, hasta el punto de que ensaya algo equivalente a solicitar permiso por lo que acaba de hacer,
--"¿No te importa, verdad? seguro que no lo necesitas y yo así consigo hamburguesas y bebida".
Al mismo tiempo, con gran dignidad, hace un gesto de devolverme los malditos puntos.
Lo que consigue conmoverme hasta lo más profundo.
Un fuerte nudo en la garganta me acaba de atragantar el plástico. Ya no tengo hambre.--"Esteee, nooo, naaada, de verdad, puedes quedártelos".
Completamente impresionado, paralizado por su aspecto repugnante, sólo acierto a añadirle que no necesita ir buscando nada por ahí, que la ciudad tiene medios más que suficientes para atenderla y que estará mejor así.
--"¡No quiero! ¡Nunca! Mi familia podría hacerlo, pero les doy miedo a contagiarse. Los del ayuntamiento también son demasiado asépticos. Sólo tienen médicos cobardes que me tocan con guantes y máscaras aunque saben que esto no se contagia por contacto. No quiero que me toquen más. Seguro que experimentan conmigo." Me responde.
La encargada del local, coronada con un ridículo gorro que imita una hamburguesa exuberante, avanza hasta cerca de mi mesa y la reprende, aunque lo hace con suavidad:
---"Cindy, por favor sal a la calle, te dije que podías comer en la trastienda gratis, pero no me pongas en un compromiso".
La chica sale con la misma premura con la que ha entrado, hace alarde de dignidad e independencia y le dice "¡prefiero ganármelo!", mientras la encargada se justifica conmigo:
--"Siempre está observando desde fuera a quien no recoge los puntos. Entra como una exhalación y los pilla. Está obsesionada por hacerse con ellos. No le dan trabajo en ningún sitio. Le queda muy poco, es una lástima. Tiene 23 años, pero nadie diría que baja de los 40".
Todo ha sucedido tan rápidamente, que me avergüenzo de mí mismo al no haber reaccionado a tiempo. No he tenido valor ni humanidad para decirle a Cindy:
--"Haz el favor de acompañarme a comer hoy. Si aceptas, eres mi invitada".
Pero, irracional e instintivamente, también yo he sentido un paralizador miedo. En mi cuerpo.
Miedo en el cuerpo
J.S. Alles, (Palma. 2002)
Si queréis enviar vuestra opinión al autor