Los problemas nunca terminan

 

© Rafael Muñoz

 

 

Vio llegar a Jon por el camino. Parecía estar malhumorado, venía a pie y traía a su caballo cogido por la brida. No era normal que Jon regresase caminando. Fue, entonces, cuando Steve se fijó en que el caballo cojeaba.

-- Buenos días, Jon, regresas temprano.

--¡Maldita sea, Steve! El motor de la pata derecha falla. No puedo arreglarlo; debe ser algo grave. He decidido volver porque no puedo recorrer de este modo los campos. A punto he estado de matarme cuando quise que el caballo saltase una zanja. Menos mal que lo advertí a tiempo. ¿Cómo diablos me lo entregaste sin estar reparado?

--Jon, te aseguro que no lo advertí, si lo hubiera hecho habría cambiado el motor. Veamos.

Y Steve se acercó a examinar de cerca la montura.

¡Humm! exclamó, una vez comprobó que la movilidad de la pata de la montura de Jon no parecía estar afectada. Y añadió: no parece que la transmisión esté rota... Y mirando a Jon fijamente, le dijo:

--Dime la verdad, Jon, a mi no puedes engañarme. Tu montura está perfectamente, y si parece cojear es porque le estás forzando tú a hacerlo, tirando de ese modo de sus bridas.

--Bien, te seré franco. No puedo dominarlo. Estoy acostumbrado a los viejos jeeps, y se me hace cuesta arriba cabalgar en esta cosa. Me marean sus movimientos.

--¡Pero Jon! ¡Si estos caballos son mejores que los jeeps para recorrer los campos! Además, esos cacharros que parece que añoras consumían todas nuestras reservas de combustible. Los caballos precisan únicamente un buen engrase y dejarles que por el camino vayan comiendo lo que encuentren. La verdad es que no termino de comprender lo que te ocurre. Tu montura es de las mejores, cuatro motores independientes y una movilidad increíblemente buena. Puede saltar zanjas, subir las más empinadas pendientes y no necesita más que un poco de cuidado en su engrase. ¿Sabes lo que pienso? Que quizá estás un poco descentrado. Ven, entra en el taller. Creo que debo echarte un vistazo. Luego, deberás volver a los pastos del oeste. Sabes que hay que controlar de cerca a las lecheras.

Steve entró en el taller y Jon le siguió. Cuando Steve encontró un cable suelto dentro de la cabeza de Jon, lo comprendió todo. Pensó que debería reforzar los contactos. Era muy posible que los movimientos al cabalgar causasen esos problemas. Mientras conectaba el cable, dio un suspiro. Nunca acabarían los problemas, se dijo, era una vida bien dura ser mecánico de vaqueros.

 

Barcelona, Enero 2003



 

 

 

LA ESFERA RADIANTE

 

© Rafael Muñoz

 


La esfera apareció de pronto. Surgió de improviso a las afueras de la gran urbe, cuando la negrura y las brumas de la noche se disipaban y daban paso a la claridad del amanecer.


La esfera era grandiosa, de un tamaño tan grande como la misma ciudad. Semejaba ser de un raro metal pulido y brillante y no se apreciaban en ella puertas, ventanas, ni fisura alguna en su perfección geométrica. Se mantenía ingrávida y silenciosa, suspendida en el aire por una desconocida y sin duda misteriosa fuerza y a varios metros de altura sobre el suelo.


Fue la admiración de todos los habitantes que la contemplaron por primera vez y que veían, atónitos y maravillados, cómo giraba sobre sí misma, lenta e incesantemente y sin que nadie supiera explicarse cómo había llegado hasta allí, ni cual era el significado de su aparición. Ninguna persona se asustó, al contrario, la esfera era atrayente, y contemplarla producía una especial sensación de paz.


Los periódicos se hicieron muy pronto eco del fenómeno con grandes titulares. La policía, y más tarde el ejército, acordonaron la zona y no permitieron, prudentes y temerosos, ante un ignorado pero posible peligro que pudiese sobrevenir procedente de la esfera, que la gente se acercase, creando alrededor del fenómeno un círculo de seguridad de varios kilómetros.


Por las noches, la esfera irradiaba un tan fuerte resplandor, y de colores tan bellos y atrayentes, que todas las gentes del lugar, sin excepción, acudían a mirar desde lejos y permanecían delante de ella horas y horas, completamente absortos, sin pensar en nada y solamente sintiendo que necesitaban estar allí, contemplando la esfera, deleitándose con su influjo y dejándose llevar por las ensoñaciones que esa aparición extraña, pero maravillosa, les procuraba.


Día a día, los habitantes de la metrópolis fueron desapareciendo. Cuando al fin la ciudad se quedó completamente vacía y ya nadie vivía en ella para poder admirar a la esfera, ésta se elevó, y atravesando rauda y vertiginosamente los aires, se posó en las afueras de otra ciudad. Y al igual que había ocurrido la vez anterior, comenzó de nuevo el desfile de ciudadanos que la admiraron, embelesados por sus magníficos y extraños colores.


El periplo de la esfera continuó durante meses, trasladándose de ciudad en ciudad y maravillando a los habitantes de todos los lugares en los que se detenía. Y lo hizo durante tanto tiempo como el que necesitó para cumplir sus propósitos.


Un día, la Tierra quedó extrañamente silenciosa y sin nadie, en ella, para poder contemplar cómo la esfera, ahora de un tamaño gigantesco, cientos de veces superior a cuando apareció por primera vez, se elevaba silenciosa y majestuosamente y desaparecía en el espacio infinito.


 

 

 

Y EL MUNDO GIRA

 

© Rafael Muñoz

 

 


Me di de pronto la vuelta. Ese rostro, esos ojos... El mendigo me miró, sorprendido, pues yo había pasado ante él aparentando no mirarle ni ver su mano tendida, simulando no escuchar su letanía de pedigüeño, y, apenas un instante después, me di la vuelta y retrocedí sobre mis pasos.

En ocasiones me detengo cuando alguien solicita mi ayuda, a veces ayudo sin que me lo pidan, depende de mi estado de ánimo. Y mi estado de ánimo en esos momentos no estaba para detener mi apresurado camino, rebuscar en mis bolsillos y darle algo a ese hombre de edad indefinida, sucio, mal vestido y que en el suelo, a sus pies, tenía una botella de vino casi vacía. Pero, ese rostro y esos ojos...

El mendigo me miró con sorpresa cuando le miré con detenimiento, con descaro. No, decidí, yo no conocía a ese hombre, ni conocía su rostro, ni sus rasgos, a no ser que lo que tenía ante mi, lo que contemplaba, fuese el eterno rostro del hombre, de cualquier hombre; de uno más de entre tantos como necesitan ayuda. Quizá reconociese en ese rostro, confusamente, algo que veía todos los días al mirarme en el espejo del cuarto de baño. Quizá... era el adelanto de lo que podría llegar a ser mi vida en un futuro, nunca se sabe lo que nos puede deparar el destino. Pensar en ello, en que mi vida pudiera cambiar de ese modo y hasta ese punto, hizo que me sintiese mal.

¿Cómo has llegado hasta aquí? pregunté al hombre, tuteándole, mientras él me miraba, expectante. Ante mi pregunta, el hombre dudó un momento y luego hizo un gesto vago, señaló con una mano en dirección a ningún sitio y murmuró algo que no entendí demasiado bien; creo que mencionó algo acerca de un bar. Le di algún dinero y continué mi camino.

No, decididamente, yo no conocía ese rostro, me dije, y olvidé el asunto.

 


Rafael Muñoz - Barcelona, Diciembre 2001 (Este texto es inédito y lo he escrito, con especial cariņo, para Puertas Abiertas:-)

 

 

 

Abb Sadoo

 

© Rafael Muñoz

 


La fama de Abb Sadoo había traspasado las fronteras de su País; escribía sus predicciones todas las mañanas, y desde hacía años, en la arena de la playa. Era por ello admirado, pues sus conocimientos profundos los brindaba de ese modo al mundo entero. Los visitantes que acudían a verle escribir, vivían esos momentos con emoción, le obsequiaban con la más exquisitas viandas y le hacían ricas ofrendas.

Ya con las primeras luces, Abb Sadoo se dirigía a la playa acompañado de sustres aprendices, quienes provistos de grandes cajones de madera, a los que habían atado unas cuerdas para poder arrastrarlos, los utilizaban, al llegar, para aplanar los montículos de arena formados en la playa durante la noche por las olas del mar. De ese modo, una vez la arena preparada, finamente alisada, el maestro podía surcar y marcar, con el extremo de su bastón, las letras que iban formando lo que ese día había decidido escribir.

Abb Sadoo, tan pronto llegaba a la playa, urgía a sus ayudantes para que trabajaran deprisa, deseoso e impaciente por escribir todo lo que había imaginado y pensado mientras soñaba.

Los lugareños, los visitantes forasteros y todos los curiosos que miraban y leían lo que Abb escribía con parsimonia y elegancia, sabían que eran testigos de una gran obra debido a la sabiduría de un gran hombre y contemplaban, reverentemente y en silencio, lo que intuían que quedaría como un legado para la humanidad. El sabio era venerado y admirado por todos desde lejos, sin ser molestado, y podían verle escribir sin descanso durante horas, con sus largos cabellos y su blanca barba expuestos a la intemperie y a la brisa del mar. Las profundas pisadas que Abb dejaba marcadas en laarena al ir escribiendo sus profecías, eran borradas prontamente por sus aprendices para que éste pudiera encontrar un lecho liso en el que plasmar su escritura y Abb podía, de ese modo, despreocuparse de todo lo que no fuera escribir.

Era un verdadero espectáculo ver al viejo sabio escribiendo absorto, en verdadero trance y a sus aprendices, que no dejaban un instante de moverse detrás de él, mosconeando a su alrededor, limpiando y alisando la arena inmediatamente después de haber sido pisada por el maestro. Y mientras, Abb Sadoo, el maestro, escribía largas frases surgidas de su interior, poniendo toda la energía de su alma en ello.

Cuando Abb Sadoo terminaba de escribir, se sentaba a meditar largo rato sin ser molestado por nadie. Luego, cuando por fin se incorporaba y tomaba el camino de vuelta a su casa, sólo entonces, los aprendices, presurosos, tomaban sus palas y recogían la arena escrita. Echaban, con mucho orden y cuidado, medidas paladas de arena dentro de los cajones, cuidando de no guardar más arena de la que estuviese escrita, de estropear ninguna letra antes de recogerla, ni de dejarse alguna palabra escrita sin recoger por culpa de una torpeza. Luego, trasladaban los cajones, repletos de sabiduría, arrastrándolos con la cuerdas hasta la morada de su maestro y vaciaban allí la arena con el mismo exquisito orden y cuidado que habían puesto al recogerla de la playa. Cuánta sabiduría encierra aquí nuestro benefactor, se decían entre ellos, mirando la apreciada arena y acurrucándose en un rincón, felices por degustar las viandas que aquel día les habían sido deparadas por servir a tan gran sabio, mientras esperaban a que llegase un nuevo amanecer.

 

Rafael Muñoz - Barcelona, febrero, 2002



 

 

EL SANTÓN

 

© Rafael Muñoz

 

Hoy habrán enterrado a un primo hermano muy querido. En muchísimas ocasiones me había escrito, invitándome a viajar para visitarle. Compartiría conmigo su arroz y el suelo de la choza en la que vivía, me decía con generosidad; era en la India donde transcurría su vida, la vida que él escogió. Y cuando me escribía, contaba cosas que yo nunca comprendí. No sé si habrá muerto de malaria, tifus, o le habrá mordido una serpiente. Según me contaba últimamente, la carne se le caía a trozos, pero me negué a creer que a estas alturas le había invadido la lepra. ¡Eso no puede ser! le decía yo en mis cartas contestándole. Me contaba que desde hacía años guardaba para mi tres piedras preciosas y de mucho valor. Las habían encontrado en la selva tres fieles suyos y se las habían entregado a él como ofrenda y para que les perdonase sus pecados. Y es que mi primo siempre ha sido muy fantástico. En varias ocasiones le dije por carta que si esas piedras era de tan incalculable valor, que mejor sería las vendiese y procurarse vivir mejor en ese lugar infecto que había escogido. Me contestaba después de pasado varios años, no vayan a creer. Eso suponía para mi un gran esfuerzo intentando recordar, al recibir carta suya, a qué se refería; pero, para mi primo, escribirnos era como mantener una conversación tan solo interrumpida durante unos segundos, como quien en una reunión entre amigos, dice: un momento, voy a buscar una cerveza al frigorífico. Cuando al cabo de mucho, mucho tiempo, años, recibía carta suya, no lograba comprender, en absoluto, el tema sobre el que me escribía.


Ahora, que me han anunciado su muerte, he ido atando cabos y creo por fin entender que mi primo era considerado un santón. Vivió pobre y miserablemente su vida, aunque rodeado de riquezas materiales que él no quiso nunca hacer efectivas y que las guardaba para mi, para cuando yo fuera a visitarle. Escogió su forma de vida y aceptó su forma de muerte. Y lo siento. A estas alturas de la vida, de mi vida, ya no me tienta tener riquezas, no las necesito, no podría disfrutarlas. Y, sobre todo, no quisiera que por sentir codicia, y al visitar lo que él siempre denominó "su cabaña" me contagiase de alguna ignorada enfermedad que me hiciese terminar los días que me quedan de vida con sufrimientos, claro que a mi las cosas no me han ido nada bien, y dentro de pocos días me quedaré en la calle por no poder pagar el alquiler de mi vivienda. No dispongo, tampoco, de dinero para viajar a recoger lo que mi primo me ofreció con tanta insistencia.

Han transcurrido tres meses desde su muerte, y en una noticia aparecida en un diario, leo: El enorme y magnífico palacio, y con todas las pertenencias que poseía un santón español, en la India, nación que le acogió y en la que vivió hasta terminar sus días, pasarán a ser propiedad del estado, pues al parecer ningún familiar se ha presentado para reclamar su propiedad.

¿Será mi primo ese santón, me pregunto?

 

 

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