
POEMAS
© Inma Badía
Zoológico*
Estoy empezando a distinguir los lobos
de las hienas y éstas de los San Bernardo,
las ratas de alcantarilla de los topos
las cucarachas de los escorpiones
los leones amaestrados de los gatos en celo
las arañas de las moscas
los buitres de las golondrinas
mas aún no sé en qué jaula encerrarte.
No me alcances*
Camino cuando las sombras abandonan los cuerpos
a su suerte, cuando las voces hibernan,
cuando el último morador de la noche sostiene
su péndulo sobre calles ávidas de eco,
camino mientras el mar y el aire aúnan latidos
y amo entre bambalinas
deseando sentir sus besos
como el desierto desea a la lluvia
pero tú no me sigas que no alcanzarás mis pasos
porque me detengo a dibujar circunferencias
sobre los ritos gestuales,
a observar cómo explotan las hipérboles lanzadas
contra oídos vírgenes, a declinar óbitos,
a oler el rastro que deja tras de sí la tormenta en la tierra,
me detengo cuando cimbrean los ladrillos
de la frontera que me blinda del cosmos
me detengo ante sus manos
sabiendo que están vacías de luna.
Ni la quiero
(la luna, sí sus manos)
pero tú no me sigas que no demorarás mis pasos.
** Estos dos poemas han sido publicados en el número 45 de la Revista La Bolsa de Pipas, Palma, Septiembre, 2003.
Lo que debería ser y no es
© Inma Badía
Debería otra vez
sentarme en el borde de una esquina,
masturbarme
con la hélice de una estrella,
apagar en tu boca mi cigarro.
Sí, debería.
Pero siguen colgando de mi techo
serpentinas blancas y negras.Deberías nuevamente
levantarte desnudo de madrugada,
enharinarte
la nariz con aceite hirviendo,
inyectarte tu propio veneno.
Sí, deberías.
Pero sigues vistiendo la mañana
con lágrimas de terciopelo.(Enero, 2000)
Monotonías
© Inma Badía
Somos
mácula del tiempo
eco de recuerdos
coeficiente de gestos agónicosmonotonía de una acción repetida
monotonía
acción
acción
monotoníaSomos
continuidad de ausencias
conceptos
números
en un universo de sílabas en rebeldíaSomos
una mano observando sus veinte dedos
un cerebro incrustado en el mundola prueba de la certeza del desierto.
(Agosto, 2001)
Tratado para dos
© Inma Badía
Miro en el reloj -de cualquier pared- (¡qué importa la hora cuando el tiempo no nos pertenece! ¿acaso él ha sido nuestro alguna vez?) y empiezo a desperezarme de los insomnios. Me miro en el espejo -de cualquier habitación- y comienzo a ser capaz de contemplarme, de sentir cómo mi imagen se refleja en él sin titubeos, sin vergüenzas ajenas y propias. Sin menosprecios. Y de nuevo tengo urgencia de ti, de escucharme y de hablarte, de hablarme y escucharte; de compartirte y compartirme. De amarte. Y de decirte de lo que se trata.Se trata de respirar profundamente, de que nuestros instintos disocien el aire contaminado del puro. De aprender sabiéndolo todo, de desdecirnos de lo que nunca hemos dicho. De sobrevivir en la tierra inhóspita, insalubre, del olvido. De ser cuerdos en la locura y locos en la cordura (no estamos muertos, no). De caminar despacio teniendo prisa; de entregarnos, ávidos de nosotros, sin esquinas en las que escondernos cuando flaquea la luz y los perfiles se desdibujan (las huellas de las noches son las huellas, ya lo sabes). De no aceptar más chantajes de la vida. De ser lo que hemos sido, lo que somos, lo que seremos.
Se trata de ti.
De palparte sin hábitos pero creando costumbres (separa tus muslos que he de verter en ti mis palabras), sabiendo que los pétalos del pensamiento son negros y azules, llegando al final del abismo para deshacernos y rehacernos. De renovarte y renovarme, de renacerte y renacerme, de revivirte y revivirme (abre tus carnes que he de absorber tus adentros).
Se trata de mí.
De que me palpes con las manos abiertas, henchidas de ti (te ofrezo mi vientre para que germinen tus palabras), esquivando nostalgias pasadas o venideras, llegando al final del silencio para vaciarnos y llenarnos de nuevo. De renovarme y renovarte, de renacerme y renacerte, de revivirme y revivirte (abro mis adentros para que me absorban tus carnes).
Se trata de hablar de nosotros sin masturbar al ego, de malgastar el tiempo inútil que nos separa (¿Inútil? No, no lo es. Lo sabes, lo sabemos) y consumir sin miedos aquél que será nuestro, sólo nuestro, ab-so-lu-ta-men-te nuestro, desvirgarlo con nuestros cuerpos para renovarnos, renacernos, revivirnos. Esta vez no habrá derrotas si perdemos.
Se trata de ambos.
(Mayo 2001)
AL OTRO LADO
© Inma Badía
Había quedado en reunirme con Marta a las nueve de la noche en una cafetería del Puerto Olímpico. Aquel día era nuestro décimo aniversario de boda y la noche anterior convinimos en celebrarlo con una cena en un restaurante que estuviera cerca del mar. La propuesta inicial de Marta fue que pospusiéramos la celebración para el fin de semana siguiente y así poder irnos a la costa, pero esa tarde mi jefe me habló sobre la posibilidad de que aquel mismo viernes, y a petición de nuestros clientes, presentásemos la oferta de campaña publicitaria a la firma Velson & Belli y que ésta sería en Madrid, en su sede central.Me costó convencer a Marta de la importancia de aquel viaje, de lo primordial que era mi presencia en aquella reunión en la que se exponía un proyecto diseñado básicamente por mí. Después de una discusión que casi da al traste con una noche que se vaticinaba sensual y sexual, finalmente comprendió la inutilidad de reservar habitación en un hotel para un fin de semana que no podríamos disfrutar. Aún cuando los clientes aceptasen la propuesta con satisfacción, seguramente se tendría que efectuar algún que otro cambio, lo que me llevaría a trabajar en ello los siguientes días, fueran fiesta o no.
Llegué al lugar de la cita a las nueve menos cuarto. Necesitaba estar algunos minutos solo. Había sido un día duro en la oficina, con los preparativos de aquel viaje a Madrid que, al final, se confirmó a las 11,30 h. de la mañana. Eché un vistazo al interior de la cafetería. Para mí era vital respirar aire fresco, o algo que se le pareciera, y el que percibí dentro del local se alejaba mucho de serlo. Quería observar al resto de mis congéneres sin que éstos se dieran cuenta, verificar que no era yo el único que se comportaba como un autómata. Me senté en la terraza dispuesto a disfrutar de la buena temperatura que durante aquellos últimos días de abril comenzábamos a tener en Barcelona.
En los quince minutos que me separaban de mi mujer sólo era capaz de soportar la breve presencia de un camarero, y si me hubieran ofrecido la alternativa de un "sírvase usted mismo" la hubiese aceptado sin dudar. Al tomar asiento no me fijé si en la mesa contigua había alguien. Es más, afirmaría que no, pues de haber sido así hubiera elegido otra. Pero fue al abonar el importe de mi consumición al camarero cuando me percaté de la mujer que se encontraba frente a mí, en la mesa de al lado.
Debió sentarse mientras el camarero me servía y cobraba, aunque se me escapa cómo es que delante de ella tenía un vaso de cerveza a medio consumir, un cigarrillo en el cenicero con casi dos centímetros de ceniza y entre las manos un libro que leía ávidamente. Soy una persona bastante rápida observando detalles, pero en aquel caso mi percepción de la realidad se agudizó por unas circunstancias que me resultaban extrañas. Finalmente, y con la intención de no darle más vueltas al asunto, resolví que esa perspicacia de la que alardeaba a veces me había jugado una mala pasada.
Bebí un trago del gin tonic y me dispuse a clasificar a los primeros mártires que se cruzasen ante mis ojos. Sin embargo, involuntariamente, mi mirada se dirigió hacia la mujer. Era morena, pelo corto, demasiado corto para mi gusto. Las facciones de su cara no eran extraordinarias aunque resultaban atrayentes. Busto a medida de mis manos, las piernas largas. De complexión fuerte y sin exhibir ningún kilo de más, aparentaba unos treinta y tantos años. Vestía un pantalón negro y jersey de cuello alto y manga corta del mismo color. Calzaba botines, también negros, con unos 2 ó 3 centímetros de tacón.
Comencé a sentirme incómodo y me detuve en mi exploración. No quería por nada del mundo que la mujer se apercibiera de mi vigilancia. Ni siquiera de que notase mi presencia, aunque dudo que así fuera: aquel vaso con cerveza seguía conteniendo la misma cantidad que unos minutos antes y el cigarrillo se iba muriendo en el cenicero.
Intenté derivar mis pensamientos hacia otras cuestiones, alejarlos de ella, desviar mi mirada de su cuerpo... pero no pude. Ahora ya carecía de importancia suponer el por qué se encontraba allí, si esperaba a alguien o sólo gozaba de una apacible y cálida noche de finales de abril. Ya no quise entrever cuál era su profesión ni su estado civil, ni si tenía hijos o no. Sólo deseaba mirarla, contemplarla. Admirarla.
Me alertó la sensación de haber perdido la noción del tiempo y miré el reloj: las nueve y cinco. La llegada de Marta estaba próxima y no quería que me sorprendiera observando a otra mujer. Es bastante celosa. Si tuviera que asignarle una calificación, sin dudar sería la de notablemente celosa. Hasta aquel momento siempre había tenido respuestas acreditadas y lógicas para las preguntas, siempre inquisitivas, que solía formularme en aquellas ocasiones en las que una acción, reflejo o frase mía podía suscitar sus sospechas. Pero esta vez carecía de ellas.
Noté una mano sobre mi hombro derecho:
-Hola cariño, ¿hace mucho que esperas?
-No. Apenas hace unos minutos que llegué. El tiempo justo de pedir un gin tonic
Nos besamos, tomó asiento frente a mí y nos hicimos las preguntas de rigor: ¿qué tal el día? ¿mucho trabajo? Es decir, el ritual de cada día con las mismas preguntas e idénticas respuestas. En un descuido de su mirada dirigí la mía hacia la mujer de la mesa contigua.
-Manolo, ¿qué te pasa? ¿Te encuentras mal? -me preguntó asustada
Mi rostro debió de cambiar de semblante y color al ver que la mujer ya no estaba y que en la mesa no quedaban restos que delatasen su presencia. Como si nadie la hubiera ocupado. ¿Había estado contemplando a un fantasma?
-Cariño, responde por favor. ¿Qué te ocurre? ¿Quieres que nos vayamos a casa? -dijo Marta inquietada
Entonces decidí explicárselo. Sólo lo imprescindible, claro.
-No sé qué decirte, Manolo. No he visto que estuviera ocupada, aunque lo cierto es que tampoco me he fijado. Tú sabes que de observadora tengo bien poco. Seguro que se fue en el mismo instante de mi llegada y por eso no te diste cuenta. No le des más importancia de la que tiene.
-De acuerdo, pero... ¿y la mesa? Está intacta.
-Mira, el camarero está entrando ahora en la cafetería. Seguro que lleva en su bandeja la consumición de ella. En serio Manolo, no pienses más en ello. Venga, vámonos hacia el restaurante y así, de paso, por el camino te despejas.
Sí, necesitaba despejarme, recobrar la sensatez.
Durante el trayecto que nos separaba del lugar donde habíamos decidido dar inicio a una velada supuestamente romántica, no pude dejar de pensar en aquella mujer. Ya no tenía interés para mí el modo extraño de su llegada o de su marcha; ELLA era lo importante. Su imagen comenzaba a convertirse en una obsesión y no estaba dispuesto a permitirlo. Apenas escuchaba lo que decía Marta. Tampoco me di cuenta de cuando llegamos al restaurante y mi mujer pidió al mâitre la mesa que había reservado a mi nombre.
Nos acompañó hasta la mesa número siete y nos sentamos. Enseguida nos dieron la carta y más rápido aún pedimos el primer y segundo plato. Durante aquel tiempo, la escasa conversación que existió entre nosotros se limitó al intercambio de satisfacciones o desaprobación que nos producían los balbuceos de frases y excusas anodinas que surgen entre dos personas que ya se han dicho todo y que ya no sienten el aguijonazo de la curiosidad o el interés por compartir sensaciones nuevas. Todo demasiado trillado, todo con un perfil tan plano que sólo un tópico es capaz de romper para poder seguir adelante:
-Me he quedado sin tabaco, voy a comprar un paquete.
Cuando regresé no podía dar crédito a lo que estaba viendo. ¡Ella otra vez! Estaba sentada en la mesa situada detrás de Marta. No quise que mi mujer notara mi momentánea parálisis emocional y, actuando como si nada ni nadie me hubiese sorprendido, retomé con normalidad la desvaída conversación que minutos antes sosteníamos.
Me alegró ver de nuevo a aquella mujer. Mucho. En esta nueva ocasión tampoco nadie la acompañaba, y me satisfizo que así fuera. Llevaba un vestido negro, sin mangas, y adornaba su cuello con una gargantilla de plata. Igual a la que tenía previsto regalar a Marta cuando estuviéramos tomando el café. La misma.
La nítida luz del local me permitió observar con claridad que el cabello corto que creí ver en la terraza de la cafetería, no era sino el pelo recogido hacia atrás, seguramente acabado en un moño. Evidentemente debía de vivir cerca, pues de no ser así no tiene explicación lógica que en casi media hora se situara cenando allí, cambiada. Y tan bella.
La posición de Marta en la mesa me permitió dedicar continuas miradas a mi vecina, procurando que éstas no fuesen excesivas a fin de evitar posibles situaciones comprometedoras para mí. Aparenté prestar atención a lo que decía Marta, le respondía con algunos "sí......no.....tal vez.....estoy de acuerdo". Ignoré si las palabras que seguían a sus preguntas u opiniones eran las correctas o no. Supongo que sí lo fueron ya que en ningún momento ella mostró signos de incomprensión. Se que mi actitud era del todo irresponsable e irrespetuosa, pero sólo quería deleitarme con aquella presencia femenina de la mesa contigua que me absorbía cada vez más.
Abstraído, no me di cuenta del instante en que nuestras miradas coincidieron. Al sentir la suya me turbé, y quise rehuirla. Pero no pude. Era como si aquellos ojos que desde mi lejanía creí oscuros, tuvieran un extraño magnetismo. Su mirada penetraba en mi interior agujereando todo lo que encontraba a su paso. Quise prescindir de Marta, correr hacia ella y besar sus labios. Su cuerpo. El resto de la humanidad dejó de tener importancia. Sólo deseé poseerla.
No podría precisar en qué momento decidí volver a la realidad y darme cuenta que frente a mí estaba Marta, la mujer a la que amaba y con la que aquella noche celebraba nuestro aniversario de boda. Tampoco puedo asegurar cuál fue su reacción cuando le dije:
-Si has acabado ya, vámonos a casa por favor.
Debió de pensar que mi salud flaqueaba y que el regreso rápido a casa sería lo más adecuado porque no puso ninguna objeción. Todo lo contrario, respondió afirmativamente.
No hicieron falta más explicaciones que las oportunas cuando le pedí que condujera el coche. Durante el regreso, apenas cruzamos dos o tres frases. Aun sintiéndome culpable por mi comportamiento, preferí obviar cualquier justificación. Necesitaba alejarme de aquel local, de aquella mujer y de mi transitoria locura. Mientras nos acercábamos a todo aquello que formaba parte de mi vida cotidiana -la calle, la plazoleta, la casa- el desasosiego fue desapareciendo y, poco a poco, recuperé la paz que mi interior exigía.
Aunque después la velada transcurrió con cierta normalidad, la imagen de aquella mujer no desapareció por completo de mi subconsciente. La vi mientras hacía el amor con Marta. Fue su cuerpo el que estuvo debajo del mío, el que se sentó a horcajadas sobre mí. Y la vi a la mañana siguiente, mientras me duchaba. Y la vi de nuevo en el espejo del lavabo de la oficina.
Durante el resto de la jornada mis visiones fueron a menos; supongo que los preparativos del viaje del día siguiente no dejaron resquicio alguno en mi mente donde su imagen se pudiera acomodar. Y me alegré de ello. Como me alegró que esa noche pudiera estar completamente a solas con mi mujer y disculparme por mi comportamiento del día anterior.
Llegamos a Madrid a la hora prevista y en el aeropuerto nos estaban esperando dos ejecutivos de Velson & Belli. La reunión era a las diez y media de la mañana, así que nos trasladamos directamente a la sede de la compañía. La exposición de nuestra campaña fue concisa, ampliando detalles allí donde algún directivo así lo requiso. Todo transcurrió mejor de lo que esperábamos y apenas hubo modificaciones a la propuesta inicial. Tras casi tres horas, la reunión se dio por finalizada. Mi jefe y yo decidimos quedarnos a comer por allí cerca y ya sin prisas, regresar a Barcelona.
Elegimos un restaurante no muy grande, aunque sí amplio, que en una primera impresión parecía de ambiente familiar. Ocupamos una mesa. Fui al lavabo y a mi regreso fue mi jefe quien acudió al servicio. Me dispuse a encender un cigarrillo cuando un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Cerré y abrí los ojos para cerciorarme de que aquella imagen era solo una alucinación. Pero no. La mujer, mi fantasma, estaba a unos pocos metros de mí, tomando un café.
Lo último que debía de hacer en aquellos momentos era ponerme nervioso, así que intenté convencerme de que su presencia allí era fruto de la casualidad; que había una explicación, aunque ésta fuera absurda. Todo en mí eran preguntas, dudas. ¿Quién era aquella mujer? ¿Por qué, de repente, aparecía en mi vida? ¿Por qué me seguía? Entonces pensé que se trataba de una investigadora privada a la que había contratado mi mujer, pero enseguida deseché la idea. No creí que los celos de Marta la hubieran hecho llegar tan lejos. Tal vez era una detective contratada por mi jefe, semanas antes me comentó que sospechaba que alguien del equipo pasaba información a la competencia. Pero también lo descarté, y no por saber con certeza que él tenía plena confianza en mí, sino porque, de ser cierto, sólo tenía sentido que me siguiera en Barcelona y no aquí, en Madrid, al venir y regresar con él.
Encendí el cigarrillo que aún sostenía en mis dedos y decidí resolver aquella incógnita antes de que mi jefe volviera, pero en el preciso momento en que me dirigía hacia la mujer, él se presentó.
-Te veo muy ensimismado Manolo. ¿Pensando ya en los cambios que has de hacer? Supongo que has tomado buena nota de la idea sugerida por el Sr. Blanchart.
-Disculpa Pedro, he de saludar a alguien conocido. Ahora vuelvo.
Me aproximé a su mesa y ella levantó la vista hasta fijarla en mí. Me recibió con una generosa sonrisa y, en silencio, me extendió la mano a modo de saludo.
-¿Quién eres? -le pregunté a bocajarro- ¿Por qué me persigues? ¿Quién te envía, a quién obedeces?
-¿Quién soy? Soy quien tú quieres que sea. Yo no te sigo, voy contigo. Tú me envías. Obedezco a tu deseo.
No sé cómo aquella mujer consiguió que en un instante fugaz nuestras bocas se unieran, ni cuánto tiempo duró aquel beso. Pero lo que sí recuerdo es que fue intenso y que no quise liberarme de sus labios.
De aquello hace ya un año. Soy feliz con ella. Marta no sabe nada de mi amante imaginaria. A veces ella se extraña cuando me ve absorto, mirando hacia ningún lugar, y me justifica con leves meneos de cabeza, aceptando sin nada que objetar que trabajo demasiado. Y entonces me mira con lástima. No sabe que en ese momento estoy amando a la mujer que me sonríe al otro lado.
Sin ser más, no es menos
© Inma Badía
No hay más silencio
cuando dejas caer mi mano
que cuando la atas con tus dedos.
No hay más.
Pero el que hay tiene eco.Ni hay más soledad
cuando escupes mi nombre
que cuando te complace beberlo.
No hay más.
Pero la que hay comprime el espacio.No hay menos nostalgia
si se desbordan las palabras
que si las encauza el tiempo.
No hay menos.
Pero la que hay petrifica tu recuerdo.Ni hay menos deseo
hoy que la noche es azabache
que ayer cuando era más nítida.
No hay menos.
Pero el que hay lo amortaja mi cuerpo.No hay renuncias a tu nombre
ni resta ni suma en él.
Aún hay flores en el almendro
pues sin ser más amor
tampoco es menos.
Fragilidades
© Inma Badía
Esta noche la noche es más frágil.
Se podría romper con cualquier nombrepodrían quedarse estancadas las horas
y pudrir el tiempose podría asesinar
sin que nadie escuche cómo la palabra
se hunde en la carnesin que vea nadie cómo la memoria
tiñe de rojo el silenciosin que se sienta la muerte
de una noche que esta noche es más frágil.
Metáfora
© Inma Badía
Con una pluma agonizante, sobre un papel de color ácido, garabateó un último poema.
Retorció su memoria hasta hacer que escupiera los recuerdos más olvidados. Cayeron sobre el poema.
Cogió de la tarde un fragmento de ira y con ella se afiló las uñas. De un sólo zarpazo arrancó el collar de piedras mentirosas que rodeaba su cuello, que la ahogaba en noches en las que la impotencia y la rabia de saberse engañada rompía persianas. Cayó entre sus manos. Sus ojos lo observaron con una sonrisa amarga, ésa que ella tanto detestaba. Lo lanzó sobre el poema.
Aprisionó con fuerza el papel de color ácido con el deseo uniforme de no dejar escapar ni una sola palabra, ni un escurridizo recuerdo, ni una legítima piedra. Lo encadenó a la derrota que aún tenía de anteriores batallas y todo junto lo arrojó al cenicero en el que en tantas ocasiones había quemado tiempo. No tuvo que echarle ni una sola gota de dolor inflamable, no hizo falta. Apenas hubo aproximado la cabeza de arce que adornaba el encendedor que habían regalado a sus labios, papel, poema, recuerdos, mentiras y derrota comenzaron a arder. Esta vez no hubo indulto.
Con el corazón firme permitió que todo se transformara en ceniza, y con el alma íntegra la dejó allí, en el cenicero, junto a los restos que todavía quedaban de tiempo quemado. Allí quedó todo, a la espera de que la más leve brisa se lo llevase con ella.
Corrió los visillos que cegaban su ventana, la abrió de par en par y respiró profundamente, como si fuera la primera vez que oliese el aire. Alargó sus brazos para disipar las nubes grises que habían cubierto hasta ese momento el cielo, extendió sus manos para acariciar el sol que adivinaba algo más lejos. Sobre la palma de su mano derecha se colocó una gaviota que, con un guiño cómplice, la convidó a su isla, a vivir fuera del tiempo.
No lo dudó ni un instante. Se subió en ella, se ató a sus alas y sobre su pico empezó a escribir un poema.
Tu primer poema ( Íntima tristeza )
© Inma Badía
Qué hacer contigo amor
cuando tu nombre enciende el tiempo y me quema
cómo detener las horas
que no me aproximan a ti sin que cese su rotación
dónde guardarlas para que no se pierdanme dueles en los labios
como duelen los amores-veneno
(pócima que bebí
sentada en los grumos del atardecer)qué hacer con mis labios
o con tu veneno
qué hacer con la aspereza de los instantes rotos
cómo volver a unirlos cuando las miradas
quedan atrapadas en una celda abiertame dueles en los ojos
como duelen los amores-espejismo
(quiero disfrazarme de tu sombra
escalar la pared de tu casa, entrar por la ventana
y devolvernos los niños perdidos)qué hacer con mis ojos
o con tu sombra
qué hacer cuando despiertan las mariposas
cómo desenredarte del aire y enredarme yo en ti
me dueles en las manos
como duelen los amores-estigma
(las tuyas han de dar cabida a mi cuerpo
y que en él duermas, vivas, respires tú)qué hacer con mis manos
o con tu cuerpo
qué hacer contigo amor
qué hacer con esta íntima tristeza.
Indecisión
© Inma Badía
Si tuviera que dar la mano al tiempo para volver atrás
sólo alargaría los dedos
para rozar la hermosura de los recuerdos que sobreviven
o tal vez no
tal vez le retaría levantando el índice y el meñique
y acompañado con un corte de mangas
bajaría el resto de dedos
o tal vez no
tal vez extendiese mis manos
para que de ellas escoja ausencias
y las guarde
o las tire.
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