David Torres, reciente finalista del último Premio Nadal, con su novela El Gran Silencio, nos ofrece dos relatos. El primero pertenece al libro CUIDADO CON EL PERRO, editado por La Bolsa de Pipas, 2002, y el segundo fue incluido en CERO GMT: CARTOGRAFÍA DE UNA ESPERA, en la revista Ariadna.

 

 

CUIDADO CON EL PERRO

 

© David Torres

 



En un principio, la idea de adoptar un perro inexistente no parecía implicar más que ventajas. No hacía falta comprar escudilla ni galletas ni collar parasitario. Un perro inexistente no tenía pulgas ni garrapatas, y tampoco le daría por aullar a la luna o ladrar como un idiota. El problema era que, a diferencia de un perro tangible, esa clase de perros no servía para mucho. En una reunión de la comunidad se acordó que, para proporcionarle cierta entidad, comprarían una caseta y una cadena, pero no hubo forma de que los vecinos se pusieran de acuerdo en elegir una raza o en ponerle un nombre. Sólo querían un perro guardián, lo bastante metafísico como para que no molestara y lo bastante corpulento como para ahuyentar a los maleantes. El cartel de advertencia clavado en el jardín, la caseta y la cadena atada a un clavo de hierro bastarían para disuadir a cualquier ladrón que osara acercarse a la finca.

Unos días después, la vecina del quinto se quejó de que había tropezado con la cadena. Cuando el vecino del cuarto le dijo que era imposible tropezar con una cadena enrollada dentro de una caseta, la del quinto replicó que si se pensaba que era imbécil, que la cadena estaba tensa en medio del jardín, de árbol a árbol, y que por eso se le había enganchado en un tobillo. Como, al fin y al cabo, la mujer era aficionada a la cazalla, sus quejas no provocaron más que una media sonrisa de lástima entre los contertulios del portal. No obstante, una semana más tarde, la señora del bajo comentó la costumbre que había cogido el perro de mearse bajo las ventanas. El vecino del cuarto, tan pragmático como siempre, dijo que, por favor, le enseñara las manchas, pero la del bajo replicó que el olor era lo verdaderamente intolerable. Como apuntó inopinadamente la anciana del ático, que un perro no exista no quiere decir que no muerda. El jardinero le dio la razón: de hecho, había tenido que cambiar dos veces la manguera por culpa de los mordiscos del perro. Aun así nadie hizo nada por detenerlo, hasta el día en que uno de los chavales del tercero subió a casa llorando. Cuando su madre le preguntó qué le pasaba, le enseñó una dentellada seca en el brazo, con la marca de los colmillos y los dientes perfectos. Su padre bajó hecho una furia, desmontó la cadena y desbarató la caseta a hachazos.

Aquella noche se alzó un aullido lastimero en el jardín, y poco después, oyeron el ruido de unas patas arañando la hierba y de algo muy grande que husmeaba entre los tablones destrozados. Algunos vecinos salieron a las ventanas por si veían algo, pero no había nada que ver, fuera de los árboles tejidos en la oscuridad y de la caseta hecha pedazos. Una repentina ráfaga de frío les ahuyentó hacia el cálido refugio de las mantas. Entonces volvieron a escuchar el aullido, lento, ronco, interminable, y, mientras cerraban de golpe las ventanas y echaban los postigos, comprendieron que ahora el perro andaba suelto.

 

 

 


Semeretievo, 4:00 a. m.

 

© David Torres


Para Antonio Polo


Había dado ya varias vueltas por las inmensas salas sin luces, harto, rendido, sin sueño, con la bolsa de mano al hombro, contemplando a los pasajeros derrengados sobre los asientos de plástico, sentados de cualquier forma sobre el suelo sucio de papeles y bolsas. Eso fue después de cinco horas de retraso, de acabar la novela que traía apenas empezada y de cruzar por todos los estadios de la desesperación, la apatía y la cólera. Fue entonces, bajo los altos techos cuajados de bombillas raquíticas y casquillos vacíos -un firmamento en miniatura, lleno de estrellas extirpadas y soles muertos- cuando vio al negro estrafalario, de pie, sosteniendo una lanza, el musculoso torso al descubierto, descalzo, ataviado tan sólo con unos vaqueros y un tocado de plumas de avestruz en la cabeza. Más allá, detrás de un cartel en ruso que prohibía ostentosamente el paso, había otros negros sentados alrededor de unos cuantos cachivaches, mujeres con sus hijos colgados del pecho, ancianos en cuclillas hablando en voz baja. Un oficial de seguridad que aceptó el exiguo regalo de un paquete de cigarrillos, le explicó en un inglés rudimentario que se trataba de un grupo de exiliados políticos procedentes de alguna remota dictadura africana. Habían huido de aeropuerto en aeropuerto y nadie podía explicarse cómo habían ido a parar ahí, a la zona de tránsito de Semeretievo, donde la torpe e inflexible burocracia soviética los tenía retenidos desde hacía meses por culpa de algún absurdo papeleo. Carecían de existencia oficial, de manera que no podían tomar otro avión ni tampoco salir del aeropuerto. Allí, al otro lado del escueto y geométrico escenario propuesto por los cristales -una pista de aterrizaje eternamente recorrida por alas blancas, decorada con los telones cambiantes del día y la noche-, habían visto morir el suave verano ruso y habían saludado, atónitos, su primera nevada. Hacía apenas dos semanas una de las mujeres dio a luz una pequeña sobre la gastada moqueta y ni siquiera solicitaron asistencia médica. "Sí", dijo el asombrado pasajero, "pero me pregunto qué hacen todos despiertos a estas horas". "Ah eso", respondió el oficial, abriendo con impaciencia el paquete y sacando un cigarrillo. "Es fácil. Allá en su tierra, en África, ahora está anocheciendo. Es la hora en que salen de las cabañas para contemplar las primeras estrellas". Entonces sonó el anuncio de salida de su vuelo y, antes de dar media vuelta, el pasajero contempló por última vez aquel interregno africano en medio de la noche y la nieve cenicienta: la tierra de nadie entre los asientos de plástico; los ancianos acuclillados; los hombres recibiendo la última caricia del sol; una mujer dando el pecho a un recién nacido; el centinela de pie, junto a su lanza, con los ojos alzados hacia el cielo, a las luces canceladas, a las altas estrellas sin sangre, en ningún lugar, bajo ninguna luna.


 

 

 


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