No cabe duda de que escribir se le da bien a Manuel Luis Alonso. Por eso lo mejor que te puede regalar es algo escrito por él y que, además, es inédito. A ver si te gusta...

LA SONRISA

Curiosidad e impaciencia era lo que sentía aquel día ventoso de invierno cuando llegamos por fin a las cuevas de Zugarramurdi, famosas para todos los interesados en la historia de la brujería, que durante mucho tiempo había deseado conocer. El objeto de la excursión, como final de una jornada en Francia, era charlar allí sobre mi libro “Nunca juegues con una bruja” con un grupo de lectores franceses, y ser entrevistado por la televisión.

   La primera impresión fue simplemente que se trataba de un hermoso lugar, pero no percibí nada especial en el ambiente. Ni vibraciones raras ni atmósfera tenebrosa. Hubiese sido difícil detectar algo así con la compañía del animado grupo que celebraba cada descubrimiento con exclamaciones y risas.

   La idea era que primero me entrevistaban ellos y después el equipo de televisión. Unos y otros eran gente cordial, y el ambiente no podía ser más grato.

   Primero los lectores, alumnos de un colegio que había visitado anteriormente, se sentaron en el suelo formando hileras. Me fijé en que en el extremo de la izquierda de una de ellas una alumna mantenía los ojos fijos en mí con una extraña sonrisa. Una sonrisa poco infantil, que traduje como "yo sé algo que tú no sabes".

   Más tarde, cuando se acercó a mí como otros muchos para que le firmase su libro, me hizo en correcto español una inesperada pregunta:

   -¿Por qué escribes sobre brujas si no crees en nosotras?
   Imaginé que su conocimiento del idioma español no era completo, y había dicho "nosotras" cuando quería decir "ellas".

   -No hace falta creer en algo para escribir sobre ello. Tampoco creo, por ejemplo, que si se cruza en mi camino un gato negro me traiga mala suerte.
   Entonces dijo algo que no entendí bien pero que sonaba más o menos como:

   -Un gato negro te visitará.

   Lo extraño fue que cuando se lo comenté todo a su profesora, mi buena amiga Marie Christine, no supo a quién me refería. Le dije el nombre que me había dicho la alumna, y Marie Christine aseguró que no había ninguna que se llamase así.

   Olvidé el incidente, más o menos. Pero desde hace unos días, en el pequeño jardín delantero de mi casa, hay una presencia nueva. A través de la ventana, mientras escribo, puedo ver un gran gato negro de pelo reluciente que me mira fijamente. Como si supiera algo que yo no sé, o esperase que suceda algo que no puedo imaginar.

   Cuando desaparece, durante un segundo es como si quedase flotando en el aire la forma de su boca, que recuerda a una sonrisa, como la de aquel gato de Cheshire sobre el que escribió Lewis Carroll.

  
   Por si acaso, llevo varios días sin salir de casa. Y apenas puedo dormir. Tengo que levantarme una y otra vez para asegurarme de que las ventanas están bien cerradas y que no hay algún sitio por donde pueda entrar un gato. O una bruja.
   Tal vez no debí ir nunca a Zugarramurdi.