Los tipos admirados infunden respeto, cariño, no poca dosis de
envidia y un sentimiento de devoción, escribió Gabriel García Márquez
en una nota de prensa referida a Julio Cortázar. Con Joan Manuel
Serrat hay personas, entre las que me incluyo, a las que les pasa eso
mismo o parecido.
La cuestión es que cuando no se estuvo nunca cerca del personaje es
frecuente la duda acerca de con qué uno se va a topar si es que se
presenta la oportunidad del encuentro, aunque sin las ventajas del
mano a mano para la intimidad de la charla. El sábado 25, a las 8 y
media de la noche, fui parte del grupo de catalanes por descendencia
recibidos por Serrat en dependencias del hotel que lo albergaba desde
un rato antes, llegado desde Córdoba.
La planta baja era el paso obligado de quienes retornaban de la
“audiencia”. ¿Qué tal?, ¿cómo es?. Preguntas obvias que
expresaban la curiosidad que iba a tener respuesta minutos después,
pero tan urgente que anulaba la madurez de la paciencia.
Cuando llegó el turno del Casal de Catalunya (aclaro que soy catalán
consorte y socio de la institución) esa ansiedad llevó a varios a no
aguardar el ascensor que elevaba hasta el entrepiso y a optar por
trepar el corto y cómodo tramo de escalones. A un par de metros de
atravesada la cristalina puerta de acceso al salón aguardaba Serrat,
solo, sin intermediarios, para el saludo individualizado, con un aire
de timideces recíprocas y el sonido de palabras murmuradas.
Instantes después, en ronda, Serrat desgarró el almidón que
amenazaba la cita.
“A ver, ¿quién escribió la carta?”, quiso saber el artista,
porque la carta datada en Paraná fue redactada en catalán, elogiado
por el destinatario. El eficaz puntapié inicial abrió el juego y la
comunicación quedó instalada. Hubo pruebas de que algunos de los
presentes parlaban en el idioma ancestral, expresiones de bienvenida y
comentarios surtidos de colores y gustos. Le propusieron ser padrino
del Casal y aceptó. Contó que cultiva viñedos en la comarca del
Priorat.
¿Ahí terminaría la cita?. Serrat despejó la incógnita cuando
invitó a avanzar hacia el centro del local, cerca de la mesa que
sostenía botellas de vino blanco y tinto y copas que se chocarían en
el brindis convocado por el amable anfitrión, sin reloj en la muñeca,
sin agenda del apuro.
Serrat mira de frente. Escucha historias y novedades. Tiene humor
propio y disfruta del ajeno. Sonríe o se pone serio porque atiende,
entiende, contesta y pregunta. Está a salvo de afeites y
afectaciones. Se oyen nombres de pueblos y pueblitos, de revoluciones
frustradas con fusilamientos (1930). No hay discursos. Hay conversación.
Remera, saco y pantalón de tela liviana de buena calidad, de precio
que se imagina discreto, viste al Serrat delgado, elegante en su
desgarbo, distendido, que observa con atención los obsequios
artesanales y la tapa del Itinerario del Payador (Marcelino Román)
arrimado por los retoños catalanes-paranaenses.

Faltaba algo más, según Serrat, la foto de conjunto, como de
casamiento, para la posteridad. Guardó en el bolsillo derecho de su
saco el estuche con los anteojos que usó poco y se aproximó la
inevitable despedida. Otros besos, otros apretones de mano, la firma
estampada en papel apropiado para las circunstancias. Sin prisa, sin
urgencia. En un cachito más de tres cuartos de hora. La comunicación
(sin celulares porque Serrat no sabe el número del suyo) quedó
plasmada, diáfanamente, sin protocolos engolados. Serrat, el ídolo,
conoce bien a los plebeyos. No es, ni más ni menos, que uno de ellos.
El domingo, vestido con prendas similares a la noche anterior, ingresó
al escenario de Patronato, con puntualidad casi estricta, para ejemplo
de espectadores molestos por rezagados. La certeza es que en lo
esencial, ese artista del 26 es el mismo paisano que nos recibió el sábado.
La misma cualidad de la seducción en los mejores términos, hacia uno
o hacia miles. La diferencia es que con el arte puesto a prueba
consigue levitar a la multitud hasta el estado de gracia, con
elocuencia medida, erudición sin alardes, humor ingenuo, humor
punzante, entretenedor y entretenido, feliz con el placer de los demás.
Con presencia fascinante, ineludible, tierna, vigorosa. Como su poesía,
como su música.
La alegría es atesorar la certeza de que Serrat no tiene dobles
autofabricados para según la ocasión. Es integralmente el Serrat de
su obra bella, indestructible, necesaria, con el valor de la
coherencia.
SERRAT,
UN AMIC (Per Mercè Porqueres)
SANT
JORDI, DECLARAT D'INTERES CULTURAL 2004 A PARANÀ, A PETICIÓ DEL CASAL
CATALÀ.
LA FESTA DE SANT JOAN TAMBE ES CELEBRA A PARANÀ PER INICIATIVA DEL
CASAL CATALÀ.
SANT
JOAN, DECLARADA FESTA D'INTERÈS TURÍSTIC, CULTURAL I MUNICIPAL A
PARANÀ.
(DECLARACIÓ 1) (DECLARACIÓ
2)
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