| Miserable - Marta Gálvez, 1º Bach. - |
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Dibujo de Jaime Valero, ex
alumno
Sus crueles y pequeños ojitos rojos estaban fijos en aquella ingente cantidad de sucio dinero sobre la mesa. No había reglas, no había trampas; había dinero, había muerte, había venganza. —¿Lo tomas o lo dejas? El hombre de grasiento pelo largo apoyó sus manos en la desgastada mesa, se inclinó hacia delante y cogió con la mano derecha el fajo de billetes. —Este dineral es para que muevas el culo de forma
correcta. No me valen las dudas, los peros o los porqués.
Conmigo no se juega. Los minúsculos ojos inyectados en sangre no se apartaban de la suma de dinero. —De acuerdo. Pérez, Jiménez, llevad a este miserable fuera. El Miserable cogió con torpes manazas el fajo de apretados billetes que estaban en manos del mafioso de pelo grasiento, y se deslizó en volandas hasta la puerta con un matón a cada lado que lo lanzaron desde el umbral para ir a dar con la nariz en el borde de la acera. Sangrando, se sonrió a sí mismo y miró el reloj. Tenía nueve horas y veinsiete minutos. Cruzó la calle sosteniendo un pañuelo sobre su nariz lastimada y se apresuró a entrar en la vieja ferretería. Hacía mucho frío en la calle y el Miserable apenas llevaba una mísera chaqueta y una camisita de verano sobre su demacrado y macilento cuerpo, de modo que al acceder a la pequeña tienda sintió un agradable bienestar. Compró una gran cuerda, áspera y ruda, de metro y medio. Después se marchó a un restaurante a llenar su estómago vacío, pagando con el sucio dinero de un trato que aún había de cumplir.
Eran las 5:20. Aún era de noche, y grandes bocanadas de vapor escapaban de la boca entreabierta del Miserable, que esperaba en cuclillas agachado en una esquina. Un escalofrío le recorrió la espalda. ¿O eran nervios? Las manos, que sostenían la gruesa cuerda, le temblaban. Aguardó. Esperó a la señal. Eran las 5:27 cuando vio aparecer al otro lado de la plaza el coche negro. Ahora era el momento. Se incorporó todo lo ligeramente que pudo y se dirigió a la puerta de un local de jazz. Se situó detrás de unos contenedores cercanos y enseguida escuchó montones de pies que se movían en el interior del local: era la hora del cierre. —¡Ah, mierda! Con los nervios había olvidado taparse la cara, y ahora estaba hurgando en su bolsillo hasta que consiguió sacar una media algo vieja y rota que apresuradamente colocó en su cabeza. Ya salían, ya estaba ahí. ¡Oh, Dios Santo, si no lo hacía, le matarían...! Se levantó y corrió hacia la mujer de faldita corta y tacones negros. Esa hermosa mujer reía a carcajadas junto a otro apuesto caballero, que apoyaba su mano sobre el hombro de ella. El Miserable se apresuró salvajemente y, de un salto, en un momento pasó la cuerda por el cuello de la mujer. Un tirón, certero, le dio muerte. La gente gritaba y el hombre que acompañaba a la mujer había salido corriendo detrás del Miserable, pero todo había sido tan rápido e inusitado que el asesino ya había tenido tiempo, apenas suficiente, para huir. La mujer yacía en el suelo delante del local. Era la ex mujer del mafioso, y ya nunca volvería a reír o a calzar tacones en sus delicados pies. Porque, ¿quién dijo que los celos no nos llevan a hacer locuras? La Buhardilla, revista digital
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