La Buhardilla
LA BUHARDILLA
Náufragos en tiempos ágrafos
- Luis Junco, Dep. Matemáticas -
 

Reseñas

 

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lecturaHace un par de años, un grupo de hombres y mujeres jóvenes (algunos de ellos profesores de esta zona de Madrid) me invitó a lo que llamaban un cenáculo, con el pretexto de presentar un proyecto cultural del que pretendían que pasara a formar parte. Después de una cata de vinos y una lectura de poemas (pude comprobar lo bien que armonizan el buen vino y la buena poesía) hicieron la presentación de su proyecto en unos términos que aún tengo anotados: Pretendemos reunir a los náufragos de estos tiempos ágrafos que nos han tocado en desgracia -decían- con el fin de recuperar la inteligencia, la discreción, el gusto por la holganza ilustrada y la pausada conversación. Y añadían: Como las Academias barrocas del pasado, queremos crear un espacio intermedio entre la intimidad individualista y solitaria y el ruido público y superficial del mercado. Desde luego me pareció un proyecto interesante, pero creo que lo que más me atrajo en aquellos momentos fueron unas palabras que entonces subrayé: náufragos en tiempos ágrafos. No sólo por la evidente eufonía que componían, sino porque comprendí que contenían un buen caudal de ideas que yo compartía, y sobre las que más tarde me prometí reflexionar.

Por ágrafos entendía yo tiempos adversos a la expresión escrita, tanto en su vertiente creativa como de lectura, y al acudir a un diccionario pude corroborar lo ajustado de la interpretación y el rico contenido de aquella frase. Dice el Diccionario de la Real Academia para el término agrafia: «Incapacidad total o parcial para expresar las ideas por escrito (y, por tanto, para percibirlas) a causa de lesión o desorden cerebral». ¿Hay mejor diagnóstico para describir este aspecto de los tiempos que vivimos?

Las sociedades llamadas avanzadas padecen de galopante agrafia. Y eso a pesar de la aparente contradicción que supone el que tal vez no haya precedentes para la cantidad de publicaciones que hoy nos inunda, y que no nos debe engañar. Pues, más que una lesión indeseada, la agrafia viene bien a un ordenamiento social al que incomoda la palabra que induce a la reflexión, al que disgusta enormemente el poder que la palabra auténtica confiere al individuo. Con la sutileza propia de estos tiempos que vivimos, no combate a lo que se le opone de la manera brutal y directa de otros órdenes y otros tiempos, sino que lo hace eficaz y elegantemente aparentando hacer lo contrario de lo que realmente se propone: bajo el estandarte de una denominada libertad de mercado nos atiborra de publicaciones que nos aturden con una constante e implacable verborrea. ¿Pues qué mejor modo hay de silenciar la palabra que rodearla de un tupido coro de voces hueras y altisonantes, de sepultarla bajo el peso de una parafernalia de colorines, oferta de dos por uno y campañas publicitarias a golpe de millones? ¿Existe manera más eficiente de desposeerla de todo su sentido que dotarla de un supuesto valor de información? Pues en estas sociedades avanzadas la palabra valiosa, la única palabra que tiene sentido es la que viene cargada de información. Estamos en la era de la información, se nos repite una vez y otra, una información con valor en el mercado, claro, una información con tintes economicistas y contenidos esencialmente técnicos, que, dicho sea de paso, poco tienen que ver con la auténtica ciencia.

Vientos de palabras, dice el autor de El Principito en Ciudadela, su obra póstuma, libro grávido de palabras esenciales y olvidadas. Al capricho de los vientos que más soplan las palabras son lanzadas de acá para allá sin más orden ni concierto que los intereses del mercado y el entretenimiento: estando presente la palabra, parece que el propósito último es dispersarla, que no germine, que acabe por convertirse en una semilla inútil con valor de mercadería.

Y lo que prueba que estamos en un mundo ágrafo no es solamente lo que antes he reseñado, sino también el propio ritmo que imponen estos tiempos. O, tal vez, para adecuarnos más a los mismos, deberíamos de decir la dimensión espaciotemporal que los caracteriza. Hecha para habitar en la distancia y la morosidad, la palabra sucumbe en este mundo donde ya casi no cabe la distancia y donde para medir el tiempo se ha tenido que inventar el nanosegundo. Conformada para la grafía y la reflexión, ha quedado relegada en un universo donde impera la imagen y en donde hasta para el ocio se nos acucia. Si hubiera que hacer caso a Santa Teresa cuando dice que quince minutos de reflexión diaria nos garantizan el cielo, no habría la menor duda de que vamos de cabeza al infierno. Pues, ¿quién en este mundo de locura tiene tiempo para reflexionar?

En esta atmósfera apremiante y corrosiva, la palabra se asfixia y, de paso, fenece con ella un tipo de relación humana que sólo bajo su protección podía habitar. Porque, ¿acaso no suponen relaciones distintas la misiva que, después de un peligroso viaje de semanas en las húmedas bodegas de un buque, es recibida con ansia al otro lado del océano para leer: «¡Te echo tanto de menos!», que aquel otro mensaje e-mail que en un abrir y cerrar de ojos recorre las amplias autopistas de la información para llegar a un par de manzanas de distancia y decir: «Te espero a las 7 en el McDonald para arreglar lo nuestro»? ¿Y no deja relieves diferentes en el alma la frase escrita con pulso tembloroso y leída en el silencio de la noche y que dice: «Te quiero», que aquella otra escrita a golpe de teclado y leída después de un bip bip de anuncio en la luminosa pantalla de un teléfono móvil y que dice: «T q ero»? No se trata de ir contra el imparable avance de los tiempos, sino de restituir el rostro impar de la palabra.

Dicen algunos que la casualidad no existe, sino que hechos y cosas se precipitan hacia nosotros por la pendiente creada bajo el peso de nuestras inquietudes y deseos. Lo cierto es que, aun en la etapa de estas ideas, recibí un manuscrito de un profesor de Didáctica de la Lengua de la Universidad de Las Palmas que trataba de la lectura. En él, Oswaldo Guerra, que así se llama el autor, reflexionaba sobre la lectura en nuestra época, y, más concretamente, sobre el significado que el acto de leer tiene como una experiencia personal que abarcaba a toda una generación a la que pertenezco. Me enganchó desde un primer momento, y me lo leí de un tirón. No me resisto ahora, al hilo de estas ideas, a transcribir algunas de las palabras con las que comienza su libro:

En la lectura hay ... algo mucho más edificante que la tosca información enciclopédica que se logra a través de los libros. En el momento que leemos somos sinceramente nosotros mismos, engranamos en lo leído no sólo nuestros conocimientos previos, sino también anhelos y frustraciones. En cada lectura proyectamos así nuestros estados de ánimo ..., estamos solos frente al texto, como así lo atestigua el aparente silencio que nos acompaña frente al libro, en un rincón de la casa, en un banco del parque.

Silencio aparente éste, pues más adelante añade: ... junto al rumor más o menos convencional que produce el hacer vivas en la mente las letras que antes eran mudas ... hay ... otro murmullo que nos acompaña, frases aparentemente sueltas que no provienen de la escritura que tenemos frente a nuestros ojos, fragmentos del texto de nuestra propia vida que se han intercalado involuntariamente en medio del otro rumor que las líneas impresas en la página provocaban ... Si se pudiera reproducir el acto íntimo y aparentemente silencioso de una persona cualquiera, descubriríamos cómo el texto que emerge del libro, el conjunto de palabras que el lector devuelve al exterior, no es en ningún modo idéntico al que estaba allí impreso ... sino fugaces reflexiones sobre lo que está escrito, comentarios casi imperceptibles, pequeñas glosas totalmente a salvo de la falsa erudición y de la gratuidad... ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo asintiendo o rechazando con una mueca lo que en ese instante estaba leyendo? ... Por eso, concluye, la lectura es un diálogo con el texto: tras escuchar lo que nos dice, pero sólo si hemos sabido escuchar, seremos un poco otra persona.

Después continuaba descubriéndonos los oscuros y misteriosos senderos que llevan de una lectura a otra, de los primeros cuentos infantiles a la poesía, que es primeramente música y ritmo de la palabra, de Alicia en el País de las Maravillas o Tintín a Julio Verne y las primeras lecturas de Herman Hesse, y del Demian de éste al Crimen y castigo de Dostoyevski, a La metamorfosis de Kafka, a La muerte en Venecia de Thomas Mann, a La Náusea de Jean Paul Sartre o a Oscuro como la tumba donde yace mi amigo de Malcom Lowry. Una lectura apasionante y que reafirmaba mi fe en la palabra.

Mientras tanto, aquel proyecto cultural del que hablaba al principio se había ido asentando, y el grupo de personas que lo había promovido, contagiado de ilusión, aparte de tertulias variopintas, conciertos, lecturas de poemas, cenáculos, etc., se embarcó en un apoyo decidido a la palabra a través de una editorial que hoy se llama Ediciones de La Discreta y que en su corta vida ya lleva publicados más de veinte títulos. Las publicaciones, elegidas sin otro criterio que el gusto por la palabra y la buena literatura y para las que no cuentan con más medios que los de sus suscriptores, se convierten de esta manera en peculiares cartas de esperanza y deseos que se envían unos a otros. Tuve la osadía de proponer también mi carta, y hoy tengo la fortuna de ver el manuscrito de Oswaldo Guerra publicado bajo el título de Senderos de lectura.

Hace algunos días, en un artículo que firmaba Gonzalo Hidalgo Bayal, escritor y profesor de instituto, se subrayaba el hecho de que la demostración de que la lectura (y la escritura) quedaba relegada al pasado era el que los propios alumnos le adjudicaban este tiempo verbal para referirse a ella. «Ha estado bien», dicen para referirse a la lectura de un libro, como quien se refiere a la retransmisión de un partido de fútbol televisado. Náufragos en estos tiempos ágrafos, muchos aún mantenemos la esperanza y, con renovada fe, nos aferramos a iniciativas como las que representan el libro de Oswaldo Guerra o la ilusión de Ediciones de La Discreta, maderos de la palabra que aún flotan en este mar turbio y proceloso que nos agita.



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La Buhardilla, revista digital del IES María Guerrero http://centros5.pntic.mec.es/ies.maria.guerrero/revista