La delgada línea marrón
I.
Existe una línea marrón que divide a la humanidad en dos grandes
grupos:
aquellos que nacen por encima de la línea de flotación y tienen
una vida, y
los que nacemos hundidos en la mierda y tenemos que darnos de hostias por
salir a respirar.
Hay varios factores que determinan en qué lado de la línea se
nace. El
primer factor es el apellido. No es lo mismo llamarse Fuckowski a secas que
Borja Pijoski Sáez de la Minglanilla. Eso marca mucho, confiere estilo.
Vende.
Luego también cuenta el nacer en la capital de capitales, en una casa
totalmente pagada, zona residencial Verde que te quiero verde (verde dólar,
verdes prados) e ir en autobús privado al Colegio Mayor Santísimos
Hermanos
Pomposos en lugar de nacer en una capital de provincias, entre cuatro
paredes con doble hipoteca en la Barriada del Perro Muerto e ir andandito al
Instituto de Bachillerato Sálvese quien Pueda.
Pijoski y yo nos conocimos en verano. Sus familia había comprado un
chalet
en mi ciudad, en primera línea de playa, para pasar allí quince
días al año.
Yo había aprobado la selectividad con buena nota y me había
matriculado de
Ingeniería Técnica en Pito del Sereno, aunque no estaba precisamente
de
vacaciones. Por las mañanas cogía la bici y me iba a un curso
intensivo de
inglés (en el Sálvese Quien Pueda el nivel estaba muy por debajo
de la línea
de flotación), y luego le daba clases particulares de matemáticas
a un enano
violento e hiperactivo por cien duros la hora, para poder pagarme las
cervecitas. Luego me iba a la playa. Pijoski había suspendido todo el
COU,
pero se había sacado el carné de conducir y le habían comprado
un Golf. Cada
vez que me invitaba a un café pagaba con un billete de cinco mil, nuevecito.
Luego metía la vuelta en la cartera de piel, que dejaba junto al teléfono
móvil y las llaves del Golf.
-El Golf viene con aire acondicionado de serie -decía.
Solíamos pasar las tardes cerveza en mano, charlando sobre el futuro.
-No quiero que se acabe el verano, pero el enano me tiene hasta los cojones,
tío. ¡Qué ganas de perderlo de vista! Además estoy
deseando empezar la
facultad. Tiene que ser alucinante… se acabó empaparse de teoría
absurda,
ahora todo el día entre ordenadores, dando las clases con proyectores
en 3D…
¡seguro que hay androides experimentales andando por los pasillos!
Pero qué gilipollas se puede llegar a ser. Si me hubiesen contado el
atracón
de tiza y fotocopias que me esperaba, no me lo hubiera creído.
-Yo me voy a cambiar de colegio, en éste no me va bien. No me gusta
como dan
las clases, ¿sabes?. Mi padre me ha metido en el San Cipriano. Me ha
dicho
que me relaje este verano, pero que el curso que viene no puedo fallar. Le
ha costado la matrícula cuatrocientas mil pelas…
El verano siguiente yo sufría el desgarro esfinteriano típico
del primer año
de carrera, y Pijoski había aprobado COU con sobresaliente. Ya estaba
matriculado de Economía en la Universidad de Fausto. Yo no me explicaba
como
había ocurrido el milagro. Parecía efectivo eso de prenderle cuatrocientas
mil velas a San Cipriano.
II.
Aquel verano no fue muy diferente para Pijoski. Iba y venía con su
Golf
estrenando billetes de cinco mil. Yo seguía yendo en bici a clases
intensivas de inglés, y enseñando trigonometría a otro
enano, exactamente
igual de insoportable que el anterior. Por las tardes me ahogaba entre
circuitos de alterna e integración en dos variables.
Una día, un amigo que curraba en un almacén me contó
que al sábado siguiente
tenía que hacer un extra, pero que no podía. Necesitaba un sustituto
así que
había pensado en mí. El trabajo era fácil: venía
un camión de cervezas y
había que descargarlo. Mil pelas por hora, cinco horas, y sólo
le tenía que
dar a mi amigo cien duros por la consultoría. Eso eran casi dos semanas
menos aguantando al enano.
Así que allí estaba yo, el sábado a las seis de la mañana,
en la puerta del
almacén. A la media hora llegó el camión, que resultó
ser de largo como un
tren. Las cajas de cerveza eran enormes. En total habría unas ochocientas
mil, y parecían estar soldadas unas a otras formando una especie de gran
muralla china. Intenté levantar la primera pero no quería moverse.
Lo
intenté de nuevo y empecé a sudar. De pronto me acordé
del enano. Me parecía
una adorable criatura. ¿Estaría bien? ¿Tendría alguna
duda sobre
trigonometría? ¿Y si me echaba de menos?
Cuando llevaba veinte cajas me di cuenta de que en realidad toda mi vida
había querido dedicarme a la enseñanza. Pensé que lo mejor
que podía hacer
era salir corriendo de allí en ese mismo instante e ir a matricularme
en
magisterio.
A las doce había acabado con las cervezas. Mil botellas. Estaba tan
exhausto
que podía sentir perfectamente el peso de mis cojones, y me parecía
insoportable. Pensaba en amputármelos cuando el jefe de almacén
me dijo:
-Bueno, vamos a lo de la promoción.
Resulta que había una promoción veraniega: Encuentra tu Chipiklander.
Cada
botella de cerveza tenía que llevar una anilla de plástico al
cuello con un
número, y para cada número había una tarjeta con un premio.
Me dieron una
bolsa enorme con mil tarjetas y otra con mil anillas. Tenía que coger
una
tarjeta, comprobar el premio, contabilizarlo en una lista, buscar la anilla
correspondiente, y acoplarla a una botella con unos alicates especiales. Al
menos ese trabajo podía hacerlo sentado. No tendría que amputarme
los
cojones.
A las tres de la tarde había terminado. Contabilicé novecientos
“sigue
buscando”, cincuenta “cerveza gratis”, cuarenta y ocho “rasca
para ganar una
gorra con ventilador”, y un Chipiklander. Faltaba un par tarjeta/anilla.
Pensaba que iba a cobrar nueve horas, pero el jefe me dijo “Ahí
van tus
cinco mil”, y me regaló la cerveza que se había quedado
sin anilla. No me
quedaban fuerzas para protestar así que me callé, cogí
la bici y me fui a la
playa, deje la cerveza en la arena y me morí en la toalla.
Pijoski apareció al rato.
-Chaval, que se te va a calentar la Nuremberg.
Joder. Hasta ahora no había reparado en la marca. Parece que cuando
se
manejan las cosas de cerca se le pasan a uno ciertos aspectos superficiales.
-Ahora vienen con una anilla, ¿no? Dicen que te puede tocar un reproductor
de DVD.
-No, no vienen con ellas, lo cierto es que hay que ponérselas. Creo
que de
DVD nada, de cada mil cervezas novecientas no tienen premio, cincuenta
tienen cerveza gratis, cuarenta y ocho rascas a ver si te toca una gorra, y
una tiene un Chipiklander. La que sobra siempre se la regalan a algún
gilipollas.
-Hala chaval, que control, ¿no? ¿Estás estudiando marketing?
Era un buen tío, es sólo que no tenia ni idea de dónde
salían las cosas ni
de lo que costaban. Para él los coches nuevos venían con aire
acondicionado,
no se lo instalaban individuos de manos callosas y grasientas en alguna
oscura cadena de producción, y los billetes de cinco mil venían
con la
cartera, no significaban cien cajas de cerveza bajo el abrasador sol de
Agosto un sábado al mediodía. La Nuremberg ahora venía
con anilla. Para él
las cosas nacían en los escaparates. Él siempre solía hablar
de todo con la
misma ligereza. No sabía lo que pesaba una caja de cerveza.
-¿Sabes? El último año de carrera lo hago en Londres,
y salgo licenciado y
con Master en Dirección de Empresas -me contó.
-¿Y luego qué vas a hacer?
-Pues buscar un puesto de director…
Así de fácil. Desde niño me había resultado intrigante
el concepto de
director. Recordaba haber ido con mis padres a algún concierto clásico.
Unos
doscientos tíos sudaban la gota gorda con sus violines, sus contrabajos,
sus
trombones, y luego un tío de pie, sonriente con su traje impoluto, meneaba
un palo. No entendía que clase de instrumento era ése. Una vez
le pregunté a
mi padre:
-Papá, ¿el palo suena como la flauta?
-El palo no suena, hijo. Se llama batuta y es para dirigir. Indica a los
demás lo que tienen que hacer -me contestó.
Yo no podía entenderlo. A mí me parecía que los demás
estaban pendientes
cada uno de sus papeles. ¿Y qué pasaba si al del palo le daba
un yuyu y se
caía al suelo? Intentaba imaginarme a los músicos de pronto mirándose
unos a
otros confusos, preocupados, sin saber muy bien qué hacer, sufriendo
la
ausencia del palo de dirigir. Veinte años después aun me sigo
haciendo la
misma pregunta. Pero he aprendido que, a veces, el palo sí que suena
como la
flauta. Por casualidad.
III.
Pasó el tiempo y ya no nos vimos tanto. Yo compaginaba la carrera con
un
puesto de programador en una empresa líder en el sector, donde me mataba
a
currar y cobraba una mierda. Nos pagaban bastante menos que a los que
trabajaban en la gran capital exactamente en el mismo puesto. Los gerentes
siempre nos recordaban que “nosotros teníamos la playa”.
Parece ser que la
playa la pagaba la empresa y nos la deducían del salario. Mis veranos
solían
venir con segundas y terceras matrículas así que la playa la tenía
de fondo
de pantalla.
Un día de navidad Pijoski me llamó desde Londres:
-¡Feliz Navidad, chaval!
-Igualmente, ¿qué tal por allí?
-Alucinante, tío. ¡Te tienes que venir! ¿Por qué no te escapas una semanita?
-Estaría bien… si sobrevivo a los exámenes de Febrero,
intentaré tomarme
unas vacaciones.
Con kilos de vaselina conseguí sobrevivir, así que me fui una
semana a
Londres. Me quedaba en la habitación de Pijoski en la Saint Posh Students
Residence al lado de la Royal Monkey Business School. Pijoski no tenía
vacaciones, simplemente no iba a ir a clase en toda la semana. Luego tenía
exámenes.
-¿Y cuándo vas a prepararte los exámenes? -le pregunté.
-Bueno, en realidad casi todo son trabajos de investigación. Nos vamos
al
aula de Internet, nos bajamos cualquier cosa, lo cambiamos un poco y lo
presentamos.
Vaya, ¿y esto era un Master en Dirección de Empresas? No quería
ni
imaginarme cuántas velas había tenido que poner esta vez.
Lo primero que hicimos fue emborracharnos. Como cada viernes, la Royal
Monkey organizaba una fiesta en uno de los amplios locales de la facultad, y
allí que nos fuimos. Aquello estaba lleno de Pijoskis. Niños muy
ricos que
hablaban un inglés muy pobre y que acabarían moviendo la batuta
en alguna
parte.
Estábamos tomando unas pintas en una gran mesa de madera. Pijoski le
enseñaba su portátil nuevo a un chaval que lucía un reloj
de oro más o menos
del tamaño de un donut.
-Me lo compré la semana pasada cuando me llegó la transferencia.
Viene con
BlueTooth.
-Pues yo ahora al mío le he comprado el Windows XP, que viene con mp3.
El del donut tampoco había levantado nunca una caja de cerveza. Y el
caso es
que le mirabas y no parecía tonto. Yo creo que debía ser por el
reloj.
-Tengo una asignatura de informática, ¿sabes? -me dijo Pijoski
-¡Vaya! ¿Y que os enseñan?
-Un poco de todo.
-Yo ahora estoy liado con Java -le comenté.
-Ah, Java está muy bien, ahora viene con correo electrónico de serie…
-¿¿Qué?? Ah, ¿te refieres a JavaMail? Bueno, ahora
es que lo han integrado
en la API del J2EE, pero hace mucho que está disponible como paquete
que
podías descargar.
-Hala chaval, que control, ¿no?
Normal. Me había descargado ya varios camiones de JavaMail. Apareció
una
alemana rubia, una preciosidad que más que andar parecía deslizarse
sobre el
suelo, saludó y se sentó con nosotros. Se dirigió a mí:
-You are new here, aren’t you?
-Yep, just visiting. I’ll be gone in one week.
-Hala chaval, que control, ¿no? -empezaba a cansarme de la misma cantinela.
-Tú has estado en Estados Unidos, ¿no? -me preguntó el del donut.
-Si, muchas veces. Iba en bici.
En fin. Desconecté un poco del chaval del donut de oro y me dedique
a
charlar con la alemana. Reímos y bebimos y charlamos largo rato. Me gustaba
la chavala. Era guapa e inteligente, y conectábamos bien. Pijoski me
soltó:
-Chaval, esta piba me mola hace tiempo, ¿sabes? ¿Por qué
no la convences
para que se venga a la habitación esta noche?
-Pero tío, ¿quieres que te haga de mamporrero, o qué?
-Venga chaval, es que tú controlas más inglés…
Seguí conversando con la rubia y acabamos los tres en la habitación.
Pijoski
encendió unas velas e intentó poner música en el portátil,
pero no pudo.
-¿Le puedes echar un ojo a lo del mp3, tú que controlas?
Realmente me estaba cansando del tema del control. Parece que en el mundo
era mejor ser inútil, te quedaba más tiempo libre. Cogí
el portátil, que
tenía uno de esos temas de escritorio de letra gótica amarilla
sobre fondo
psicotrópico diseñado para fundir la retina. Hice doble clic sobre
un mp3, y
en vez del típico reloj de arena el puntero del ratón mostró
una animación
de toda la batalla de Troya. Luego se abrió el Notepad y me enseñó
las
tripas del fichero mp3.
Ya casi lo tenía arreglado cuando me cayó encima un calcetín.
Pijoski y la
alemana se revolcaban sobre la cama.
-Eso ya está -dije-, me voy a dar una vuelta, ¿vale?
Pijoski me guiñó un ojo.
-Me ha tocado premio, chaval…
Sí, y yo a rascarme la polla a ver si me tocaba una gorra con ventilador.
Me
preguntaba por qué. ¿Así de sencillo? Yo controlaba. Otro
se llevaba el
revolcón. Pero claro, aquel revolcón a mí no me pertenecía.
Yo era un
visitante, un intruso. Él siempre había estado allí, pertenecía
a aquel
sitio y aquel sitio le pertenecía a él. Había nacido por
encima de la línea.
Salí en silencio de la habitación, cerrando tras de mí
la puerta marrón, y
me hundí de nuevo en la mierda. Al menos ya sabía lo que era un
Chipiklander.
IV.
Volví a mi carrera y a mi cubículo en la empresa líder
en el sector que
compraba playas para sus empleados. Me subieron muy poco el sueldo y muy
mucho la responsabilidad. Me dedicaba a proyectos internacionales así
que
viajaba continuamente. Fumaba mucho, me administraba café por la vía
intravenosa y una navidad la empresa me regaló un paraguas. En Agosto
quedó
una vacante de Gerente de Cuentas Internacionales; alguien había tenido
una
crisis de stress y había decidido dedicarse a la cría del berberecho.
Me fui
de vacaciones, sabiendo que a la vuelta me darían el puesto. Me pasé
una
semana tirado en la playa. Lo había conseguido. Se acabó bucear
en la
mierda.
El uno de septiembre volví al trabajo. Revisé el correo electrónico
atrasado: casi todo consultas del consultor. Claro, tenía sentido. ¿Qué
versión de JavaMail estamos usando? Joder, no me acuerdo. Me conozco
el
paquete clase por clase y método por método. Pero se me ha vuelto
a olvidar
la marca de la cerveza.
El último correo era una grata sorpresa: “Hoy se incorpora a
la compañía, en
el puesto de Gerente de Cuentas Internacionales, Borja Pijoski Sáez de
la
Minglanilla. Cuenta con amplia experiencia en dirección, está
especializado
en consultoría de Java y es bilingüe. Su despacho es el 205, no
dudéis en
pasar a darle la bienvenida…”
Cielos. ¿Habría vuelto a obrar San Cipriano? Me encaminé
a su despacho. En
la puerta había una placa dorada: “Señor Pijoski”,
subrayado con una línea
marrón.
Respiré hondo y golpeé tres veces sobre la puerta. Me iba a
alegrar de verle
pero sabía lo que me esperaba:
-Hala chaval, ¿¡pero que haces tú aquí!?
-Pues lo de siempre. Descargar camiones y hacer de mamporrero para que tú
te
lleves el Chipiklander.
Proyecto bicicleta
¿Cómo es posible que un individuo absolutamente lego en materia
de software
sea capaz de dirigir un proyecto sin que se le vea el plumero? ¿No debería
hacerse evidente su incompetencia? ¿No debería fracasar el proyecto
estrepitosamente? Sin embargo, estos individuos conservan sus puestos
durante años (normalmente hasta la quiebra de la empresa). La clave de
este
misterio está en el proyecto bicicleta.
Grosso modo, las fases de un proyecto bicicleta son: Análisis de requisitos,
diseño, implementación, fase de pruebas, entrega, revisión.
En la fase de
análisis de requisitos el cliente informa de lo que desea, en la fase
de
diseño se da forma al producto, en la fase de implementación se
codifica, en
la fase de pruebas se comprueba que todo haya ido bien. Las cuatro primeras
fases pueden parecer las más importantes, pero en un proyecto bicicleta
resultan ser del todo prescindibles. Se deja todo a la fase de revisión
(que
le suele tocar a uno).
En estas primeras fases nuestro amigo manager no trabaja (simplemente es
incapaz), tan sólo sale del paso. Hasta la fase de entrega no hay nada
de
que preocuparse, se trata de disimular. Pero claro, algo tangible hay que
tener, algo que enseñar a la directiva en las reuniones. ¿De dónde
se saca?
Simplemente se baja de internet o se compra. Digamos que el cliente necesita
un sistema de workflow, accesible por web y que sea escalable. Pues bien, se
va uno a un buscador y se introduce “cheap web-based workflow system java
source code download”. Se navega un poco, se busca un producto con colorido
futurista, se saca la tarjeta de crédito, y voila. El proyecto bicicleta
ya
tiene forma.
A continuación nuestro amigo manager designa un equipo de desarrollo
para
las fases dos, tres, y cuatro. La experiencia le ha enseñado que para
proyectos bicicleta se deben escoger desarrolladores cuanto más lerdos
mejor, para que no se den cuenta del pastel (aquí se sigue el principio
del
“traje del emperador”).
Podemos empezar a sospechar que en la mesa de al lado se esta cociendo un
proyecto bicicleta cuando el equipo de lerdo-desarrollo juega al 69
profesional. Se intercambian comentarios-perla muy pomposos, tales como “los
canales de intercambio de información son muy limpios”, “el
factor
usabilidad es determinante en el diseño de los javabeans”, “ya
he
incrementado el número de parámetros del constructor, te mando
el punto
class por mail”, o “este JSP tiene tres mil líneas porque
he aplicado un
patrón FACADE de acceso concentrado”.
Dos meses después llegamos a la fase de pruebas. Obviamente el producto
es
una mierda. Pero las pruebas corren a cargo del mismo equipo, y los niños
de
uno nunca son feos. Así que con la cabeza bien alta, se prepara un zip,
un
manual de instalación, y entrega tú, Carlitos, que a mí
me da la risa.
¿Estado del proyecto? Entregado. Viernes noche. Cena de proyecto. Aplausos,
risas, más 69. El lunes llegarán las sorpresas.
Ilustremos la fase de revisión con un ejemplo gráfico:
El proyecto porsche.
Llega el lunes y uno abre el correo. Subject: “Incidencias en el proyecto
Porsche”. Te requieren “un par de días” para “echar
una mano” con “unos
bugs”. Reunión dentro de quince minutos. Entras al despacho. Ahí
esta
nuestro amigo manager. Te explica la historia: el proyecto Porsche es uno de
los más punteros de la empresa (uno sospecha que es puntero a null).
Se han
aplicado novedosas técnicas de diseño e implementación
y se ha conseguido
entregar un producto perfectamente acorde a los requisitos del cliente: un
porsche descapotable, seguro, ligero, veloz, de bajo consumo y de bajo
coste. Se ha hecho rápido y bien. Un éxito. En la fase de revisión
han
surgido unas pequeñas incidencias que hay que revisar.
Bien. Vamos a ver la maravilla. Entramos al hangar del proyecto porsche, y
ahí está la criatura: una bicicleta. De paseo. Sin cambio de piñón
ni nada.
Lleva una pegatina detrás del sillín con el logo de la empresa
y la palabra
“PORSCHE”. En la cesta va un certificado de AENOR. Aquí uno
normalmente
monta en cólera y empieza a gritar que quiere ir a hablar con el director,
los socios fundadores, los clientes, los accionistas, el papa de Roma. Uno
quiere ver a alguien colgado en la plaza pública.
Lo que sucede acto seguido es que a uno le llevan a un despacho en recursos
humanos y le aplican de nuevo el método combinado “Ludovico/Habitación
101?.
La chavala de RRHH, que se suele llamar Maika o Ivon y va vestida con ese
traje de pantalón negro y tacones estilo mujer corporativa con master
en
dirección de empresas, nos interroga con voz de Valium 500:
[Ivon] Señor Fuckowski, ¿cuáles son sus quejas respecto al proyecto porsche?
[yo] ¿¿¡PERO QUE PORSCHE!??
[Ivon] El proyecto porsche, uno de los mas punteros en…
[yo] ¡¡Que sí, que sí, que me sé la película!!
¡¡Pero es que “eso” es una
bicicleta, y se supone que tengo que convertirla en un porsche en dos días,
y me han dado un destornillador y un bote de pintura!!
[Ivon] Señor Fuckowski, es cierto que el porsche presenta algunas
incidencias, pero..
[yo] ¡¡BICICLETA!! ¡¡BICICLETA!!
[Ivon] Señor Fuckowski, ¿está atravesando una crisis
personal? Debe haber
una razón para su postura negativa acerca del porsche.
[yo] No. Estoy perfectamente. O lo estaba, hasta que vi la bicicleta.
[Ivon] Habitación 101, señor Fuckowski .
Habitación 101. Silla con correas. Camisa de fuerzas. Logos de la
corporación. Certificaciones de calidad. Proyector XGA. Pantalla panorámica
que muestra una enorme bicicleta de paseo. Allí nos espera el director
de la
empresa.
[director] Señor Fuckowski, describa usted este porsche.
Me ahorraré los detalles de la tortura, pero implica disertaciones
sobre la
actitud positiva, la creencia en la visión de la empresa, la auto
motivación, la letra pequeña del contrato. En definitiva, que
si no ves el
porsche vas a la calle.
Después del almuerzo ya está uno perfectamente motivado, asistiendo
a una
conference call entre la empresa, representada por el manager, y el cliente,
representado por un consultor con traje negro y corbata chillona, contratado
ayer, que cobra 100 euros la hora mas dietas, y al que no le interesa decir
“meteos la bicicleta por donde os quepa” y cobrar 25 euros por quince
minutos.
[consultor] Bien, vamos a clarificar las incidencias respecto al porsche.
Lo
primero que hemos notado es que le faltan dos ruedas.
[manager] Sí, hemos optado por el diseño minimalista que va
con nuestra
visión de empresa: “práctico, funcional, óptimo”.
[consultor] Ya veo. Pero un porsche con dos ruedas no casa con nuestro
modelo de negocio. Lo necesitamos de cuatro ruedas.
[manager] Creo que podremos refactorizar el porsche y hacer un clone para
añadir dos ruedas extras, ¿cierto? -me mira a mí
[yo] ¡¡Sí, jajaja!! ¡¡Chupado!! Dame una hora.
[consultor] Perfecto. Bien, la segunda incidencia. No encontramos la capota.
[manager] Sí. Lo querías descapotable, ¿no?. Pues hemos
simplificado mucho
la usabilidad retirando la capota.
[consultor] Bien, pero no sólo la queremos quitar, también la
queremos
poner.
[manager] Ah. Eso no está especificado en los requisitos iniciales,
así que
lo consideraremos funcionalidad extra y lo cobraremos por separado. ¿Que
impacto tiene este nuevo requerimiento en el sistema? -me vuelve a mirar.
[yo] Afortunadamente los interfaces están muy limpios, así que
podremos
modificar la capa externa sin impacto en el kernel, jajaja.
[consultor] Perfecto. Otra cuestión, ¿dónde están
el contacto y la llave?
Cualquiera podría robarnos el porsche.
[manager] Hemos optado por el modelo multiusuario para la implementación
inicial, pero podemos añadir un módulo de seguridad al sistema,
¿no?
[yo] ¡¡Sííííííí!!
¡Precisamente tengo aquí un módulo de encriptación
SSL
para porsche!
[consultor] Brillante. Sólo dos incidencias más. Se requiere
demasiado
esfuerzo al usuario para completar tareas con el sistema. ¿Podrías
cambiar
los pedales por un motor?
[manager] En principio queríamos dar la máxima libertad de acción
al
usuario, por lo que hemos optado por un modelo de cliente pesado.
[consultor] Bien, pero consideramos excesiva la cantidad de trabajo que se
deja al usuario.
[manager] Podemos llegar a un compromiso razonable entre la libertad del
usuario y la automatización de procesos, ¿no es cierto?
[yo] Indudablemente. Sustituiremos el motor de giro asistido por pedales por
uno compatible asistido por pistones. Quizá requiera añadir un
módulo de
almacenamiento externo para combustible, pero siempre lo podríamos poner
en
la cesta, jajaja.
[consultor] Estoy contigo al cien por cien. La última: el sistema no
ha
superado las pruebas de rendimiento. En los requisitos consta que el sistema
debe alcanzar los doscientos por hora.
[manager] El rendimiento siempre puede variar dependiendo de la plataforma.
Las especificaciones de este sistema son “carretera de hielo con un 70%
de
pendiente descendiente”.
[consultor] Bien, verificaré qué plataforma estamos utilizando
en
explotación. Pero creo que vamos a necesitar más velocidad.
[manager] Siempre podemos afinar el kernel, ¿no es cierto?
[yo] Cierto como que me llamo Fuckowski.
[consultor] Muy bien, caballeros. Ha sido un placer.
Tres de la mañana. Un termo de café. Un cubo de pintura, un
destornillador.
Y una bicic.. un porsche.
Teddybear Consulting
Hace poco volvía del trabajo en tren, meditando sobre diferentes aspectos
trascendentales de mi existencia (en qué me he equivocado, de dónde
sale
tanto inútil, a qué huele un recurso humano…) cuando intercepté
una
conversación mantenida en los asientos contiguos:
-Entonces, ¿cómo os ha ido el año fiscal?
-Nada mal, hemos facturado casi un 15% más que el año anterior.
-Pues nosotros hemos mantenido el nivel de crecimiento.
Las voces venían de detrás de dos ejemplares de revistas de
economía. Vaya,
-pensé- ahí tenemos a dos grandes directivos. De esos que hablan
de millones
de euros como el que habla de irse de tapas, de los que deciden hoy las
tendencias de los mercados de mañana, de esos que…
-Bueno, hasta luego Javi, yo me bajo aquí que voy a clase de bádminton.
-Venga, nos vemos Fran…
Eran dos chavales enfundados en trajes que les quedaban grandes. Aún
presentaban restos de acné. Sus tarjetas identificativas rezaban: Javier
Maneras, Bibiandersen Consulting, Junior Consultant; Francisco Minglanillas,
Teddybear Point, Junior Consultant. Javi salió del tren. En una mano
su
revista financiera, en la otra una bolsa con un yogur líquido y una pera.
Se
perdió entre la gente caminando con esa rectitud característica
del empleado
satisfecho de gran multinacional, tal que si llevara una escoba metida por
el culo. Minglanillas volvió la mirada a su panfleto con una media sonrisa
tipo “psé.. a ver que pone aquí.. pero vamos que ya me lo
se…”
Hemos facturado. Nosotros. La corporación. Ya no hay más yo,
ahora sólo hay
nosotros. El plural corporativo. “Yo curro, tu curras, él cobra,
nosotros
facturamos, vosotros facturáis, ellos viven de puta madre”. Y todos
tan
contentos. ¿Cómo se las apañan estas grandes compañías
para tener a la
mayoría de sus empleados trabajando sin hora de salida, muchas veces
de
lunes a domingo, con salarios inicialmente míseros que crecen bastante
más
despacio que el stress, y aun así autosatisfechos, corporativizados y
mineralizados? ¿Drogas, hipnosis? ¿Método Ludovico, Habitación
101? No. No
es necesario. Sólo se necesita aplicar el principio de la corporación
americana: tratar al empleado como si fuese un cliente. ¿Y cómo
se trata al
cliente? Encendamos un momento el televisor: “con tu móvil Cadena
hoy ya
eres un poco más libre… Hostias padre Benito ¿A ti cuántas
te daban?…
Mecheros Inmolator, la chispa de la vida…” Efectivamente. Al cliente
se le
trata como si fuese gilipollas; al empleado también. Y funciona. Funciona
de
maravilla…
Viernes, 8:45 AM, Oficinas de Teddybear Point Consulting. Director técnico
al teléfono con un cliente.
[director] ¿¡¡MESAS!!? No, no, de mesas nada. Si lo que
queréis son mesas
las compráis en Ikea. Nosotros lo que os ofrecemos son superficies
cuadrúpedas de despliegue y explotación compatibles dot NET y
J2EE, con
sistema de sincronización de filostros y derivación de forlayos.
¿Que no
necesitáis tanta tecnología? Bueno, no es eso lo que piensa vuestra
competencia. No sabes la que se avecina en el sector… créeme, nuestros
últimos análisis indican que en tres meses todo modelo de negocio
que no
contemple la derivación de forlayos en sus superficies cuadrúpedas
va a
quedar obsoleto. No querréis quedaros fuera, no… Sí, sí,
exactamente…
considéralo una inversión a medio plazo. Invertir en forlayos
es
posicionarse en el mercado del mañana. ¿Para el lunes? Sí,
no te preocupes,
te mando a nuestro mejor analista… Okey. Hasta pronto.
Colgó el teléfono y accionó el intercomunicador:
[director] Maika, buenos días, hazme un favor: llámame al despacho
a algún
Junior con la hora de overtime a menos de 15 euros. Si, ahora mismo.
Gracias.
[megafonía] Don Francisco Minglanillas, don Francisco Minglanillas,
acuda a
dirección…
Fran salió de su cubículo, se apretó el nudo de la corbata
y se introdujo su
mejor escoba. A los cinco minutos estaba entrando al despacho del director,
que le esperaba con los brazos abiertos y una enorme sonrisa de dientes
puntiagudos.
[director] ¡Señor Minglanillas! Póngase cómodo…
Ha surgido una gran
oportunidad e inmediatamente hemos pensado en usted. Se trata de un proyecto
de superficies cuadrúpedas.
[Minglanillas] ¿Filostros y forlayos?
[director] Excelente. Sabíamos que era usted el candidato ideal. Le
vamos a
pedir un pequeño sacrificio, señor Minglanillas. El proyecto tiene
que estar
listo para el lunes.
[Minglanillas] Cuente con ello.
[director] Excelente. Sabíamos que estaría usted a la altura.
Considérelo
una inversión a medio plazo: los expertos en filostros de hoy son los
analistas de mañana.
[Minglanillas] Una cuestión: todo proyecto de superficies cuadrúpedas
requiere de una logística inicial. ¿Está ya preparada?
[director] Ah sí. Las mesas. Cómprelas usted esta misma tarde en Ikea.
Minglanillas salió del despacho repitiéndose mentalmente: Analista,
analista, analista… Tenía una erección. Buscó un
rato por internet y
descargó dos archivos pdf: “Filostros in a Nutshell” y “A
qué huele un
forlayo”.
La importancia de llamarse Monchito
I.
MAIL FROM: Marketing TO: Staff
Estimados todos,
Recordaros que el día 8 se cierra la convocatoria de presentación
de
eslóganes para el proyecto XNetCitizens, que será lanzado el día
15 del mes
en curso (presenta tu propuesta pulsando [aquí]).
Sin más, daros las gracias por la masiva participación en el
concurso, y
desearos suerte.
Maika.
Gilipolleces. Un portal con perfiles personales, chat, y mil y una chorradas
para que cada freaky pudiera tener su alter ego Tolkiano y una o más
novias
virtuales, además de amigos de baja resolución. Pulsé el
link.
Concurso eslogan XNetCitizens. Introduce tu propuesta: ENVIAR.
Pues no sé. ¿Qué tal “sal a la calle a que te dé
el sol, coño”? O quizá
“XNetCitizens, donde no te quitarán el bocadillo”. Estaba
a punto de enviar
la última frase cuando apareció mi obeso y sudoroso manager con
un Empleado
Sonriente No Identificado.
El manager me lo presentó. Se incorporaba a la fase de pruebas. No
recuerdo
cómo se llamaba el menda. Andrés, Román, qué más
da. El caso es que era un
capullo. Al principio casi me cayó bien, cuando él pensaba que
yo le
convertiría en desarrollador. No tardó en irse todo al traste.
Era bajito, delgado, de piel blanca y mofletes rosados, y siempre tenía
una
sonrisa infantil muy forzada. Parecía un muñeco ventrílocuo,
así que lo
bauticé mentalmente como Monchito y aquí paz, y allí gloria.
Por lo visto era licenciado en matemáticas. Había dado clases
en un par de
colegios, y luego había asistido a un curso de ofimática avanzada.
No mucho
después entró en la empresa de Junior Tester. Y era bueno, muy
bueno. No se
le escapaba una. Tras sólo dos días en mi proyecto presentó
un informe que
me sacó una sonrisa. Daba gusto ver a alguien preocupándose por
lo que
hacía. La tercera pantalla tiene mal ordenada la tabulación de
cajas de
texto, inconsistencia estética en la pantalla de log out, el menú
no se
visualiza correctamente con Mozilla, tipo de letra incorrecto en dos
opciones de la barra de navegación… en total sesenta y dos incidencias.
El
tío trabajaba a conciencia.
Él repasaba y yo parcheaba. Escudriñaba el producto de forma
inmisericorde.
Me tenía machacado, pero era mejor que tener a algún inútil
mareando la
perdiz y que las incidencias te las acabara indicando el cliente, cabreado y
con prisas. Bajamos a la cantina a tomar un café. Él me preguntó:
-¿Cuál es exactamente tu puesto? Parece que te encargas de todo,
desarrollo,
sistemas, soporte…
-Sí, mi puesto es Pito del Sereno. Pero en mi contrato pone Desarrollador
Senior, si es lo que quieres saber -respondí.
-Eso. Yo quiero ser desarrollador.
A un matemático le resultaría fácil manejar la algoritmia,
las funciones,
los objetos. Un poco de lenguajes formales, otro de OOP, y ya podría
empezar. El TCP/IP era otra historia. A alguien que había hecho un simple
curso de ofimática no le iba a resultar fácil asimilar todo el
tinglado.
Código java que se ejecuta en un servidor, con objeto de crear HTLM que
se
envía a un cliente, normalmente incluyendo código javascript que
se
ejecutaría finalmente en el cliente quizá con referencias al servidor…
-¿Estás seguro? Mira que si no es una verdadera vocación,
resulta igual de
agradable que clavarte astillas debajo de las uñas…
-Ya será menos, con ese sueldo.
Ah. El sueldo. Sí, yo cobraba más que él. Pero no estaba
seguro de que
compensara.
Esa tarde le envié unos cuantos ficheros pdf de iniciación a
la OOP, al
TCP/IP, al J2EE. Si tienes alguna duda, no dudes en preguntar, le indiqué.
II.
A los cuatro días ya me estaba tocando los cojones. Tuvimos una reunión
de
diseño, el manager y yo. Monchito vino “por si podía dar
alguna sugerencia”,
y lo que dio fue un coñazo espantoso. Empezó a soltar improperios
sobre
robustez, dinamismo, flexibilidad, servidores, clientes, clusters… parecía
que en vez de leerse mis pdfs se los hubiera metido por el culo.
Pero siempre que el gordo soltaba alguna de las suyas (montar un cluster en
un solo PC, compartir carpetas del servidor a todo Internet), Monchito
asentía sonriente. Sí, sí, es una gran idea, oh, genial…
Me tocaba las
narices, pero de pronto me imaginé a Monchito sentado en una mesa alta
de
una sola pata, con un traje rojo y los pies colgando, y al gordo engominado
y vestido de frac metiéndole una mano por detrás de la cabeza
para moverle
la mandíbula.
Un cluster en una sola máquina es robusto, ¿verdad Monchito?
¡Claro jefe!
¡Robusto como mis piernas de formica!
Tuve que ir al servicio porque no me podía aguantar la risa. Quince
minutos
estuve allí dentro. Me relajaba, pensaba que se me había pasado,
y cuando
estaba a punto de entrar a la sala de reuniones me volvía a dar el ataque
y
tenía que volver al cuarto de baño. Cuatro veces tuve que repetir
el
proceso, y al entrar de nuevo a la reunión me forcé a pensar en
la muerte de
Chanquete para no descojonarme.
Cada vez que yo sacaba el destornillador lingüístico y desmontaba
alguna de
las subnormalidades del gordo, Monchito me miraba raro. Normal. Otro que
pensaba que leyendo revistas de decoración de interiores ya podía
codearse
con arquitectos. Entendía que Monchito se lo estuviese pasando bien jugando
a los programadores; yo me lo pasaba bien de niño jugando a detectives.
Pero
coño, ahora iba en serio, cobrábamos por ello. Además fijo
que la mierda que
él generase (y tal y como había empezado, iba a ser mucha) la
acabaría
limpiando yo. Total que me fastidiaba ser una vez mas el aguafiestas, pero
como dice el dicho, o follamos todos o tiramos la puta al río. Si yo
tenía
que programar de verdad, él también. Para payasadas ya teníamos
el circo.
La reunión aún duro dos horas. Tuvo de todo: payasos, elefantes,
trapecistas, un mago que de su sombrero sacaba mierda tras mierda, y como
actuación estelar, el domador de Fuckowskis. Eso fue al final, cuando
el
gordo empezó a aplicarme sus correctivos de actitud; los viejos todo
es
posible para un buen programador, hay que llegar a un compromiso entre
calidad y valor, la técnica de Extreme Programming afirma que sólo
hay que
desarrollar lo que el cliente pide. En resumen, hagamos una gran chapuza
para salir del paso, rapidito, y no me digas que no lo puedes tener para
ayer. Y yo que bueno, que sí, pero que el análisis funcional lo
hace Rita
que para eso le pagan.
Cuando acabó el número del domador, Monchito ya no me miraba
raro. Me miraba
por encima del hombro. Yo sé lo que pensaba: “el listillo éste,
que se cree
que yo no tengo ni puta idea”. Salimos de allí. Yo me fui directo
a limpiar
las cagadas de los elefantes; Monchito y el gordo fueron a comprar algodón
dulce para irse dando pedacitos el uno al otro disfrutando de su reciente
idilio.
A la hora del almuerzo coincidimos en la cantina. Yo tenía algo que
decirle
a Monchito. Sabía que era un error, pero me sentía en la obligación.
-Te recomiendo, en esto de la programación, empezar desde abajo. Está
bien
leer, mantenerse al día, pero hay que picar mucho código para
dominar
ciertos conceptos, los problemas que pueden plantear uno u otro diseño,
etc…
Ah, y no le prestes demasiada atención al manager, habla desde una
perspectiva demasiado general -que bonito eufemismo para afirmar que en vez
de cerebro, el gordo tenía una piedra pómez.
-Oh, no seas tan negativo; ahora estamos trabajando en el análisis
de la
versión 2.4 y él se va a encargar de codificar, así que
no creo que sólo
tenga una perspectiva general…
Espera. Demasiadas puñaladas para una sola frase. Primero, otro que
me venía
con el rollo del negativo. Luego, ¿estamos trabajando en el análisis?
¿Así
de fácil? De tester a analista del tirón, sin picar una línea.
Tan sólo
tomando carrerilla y usando mi páncreas como potro de salto. Pues qué
bien.
Otro jefe más. Y encima el gordo iba a codificar. Hala, cachondeo. Mañana
llamamos a Curro Romero, que venga vestido de luces a hacer las css.
Terminé de comer y me dispuse a volver a mi puesto de trabajo. La sobremesa
siempre me la saltaba, prefería llevarme el café a mi mesa. Total,
para
quedarme en el gallinero cacareando prefería luego salir media hora antes
y
hacer algo constructivo, como sacar a mi perro por la playa, leer un libro o
visitar a algún amigo (yo no había sustituido a mis amigos antiguos
por
amigos nuevos de dentro de la empresa; igual resultaba práctico pero
no
dejaba de ser una infidelidad. Además, me empeñaba en que mi vínculo
con la
empresa se limitase al salario; todo lo demás podía ser utilizado
en tu
contra).
Dejé a Monchito solo en la mesa. Él era de esas personas que
preferían estar
antes muertas que solas, así que se levantó y se llevó
su taza de café
consigo. Se acercó a la mesa de dos chavalas con las que yo nunca había
hablado. Sabía que trabajaban en la sección de SAP. Eran de esas
que habían
estudiado informática para hacerse las intelectuales preocupadas por
la
nanotecnología y el derretimiento de los polos, y justificar así
el hecho de
no tener novio. Que eran feas, vaya.
Monchito hizo ademán de coger una de las sillas libres y dijo:
-Hola, guapísimas, ¿os importa tomar café con un analista?
-lo dijo con
retintín, como diciendo “os tengo que contar esto”.
-¡Oh, por supuesto que no, analista! -le sonrieron- ¿En que estás
trabajando
ahora?
Aquello era superior a mis fuerzas así que me apresuré a salir
de allí antes
de que el analista empezase a cacarear. ¿Por qué coño era
tan fácil para
algunos conseguir el reconocimiento social? Llegas, te auto proclamas, y
listo. Yo llevaba allí un año partiéndome los cuernos para
salvar proyectos
y normalmente me miraban como diciendo “a ver que le pica ahora a éste”.
Me
estaba equivocando en algo.
III.
Salía de la cantina dispuesto a conseguir reconocimiento social. Abrí
la
puerta. Tres consultores estaban a punto de entrar.
-Por favor, dejad paso a un escritor -dije, y les guiñé un ojo.
-Yo no veo ninguno -dijo uno de ellos, y entró mientras yo sostenía
la
puerta. Los otros dos le siguieron.
Mal. Así no. Faltaba algo. Recordé a Monchito: hola guapísimas…
Joder,
claro. Había que dar algo a cambio.
Por el pasillo venía Ivon dando taconazos. Al cruzarnos le dije:
-Ivon, guapa…
-No tengo tiempo para crisis, Fuckowski.
Cojones. Claro, Ivon no era fea. Había que averiguar dónde le
picaba al otro
y rascarle ahí. Llamé al ascensor. Cuando se abrieron las puertas,
Juanma
estaba dentro. Era un tío que no llegaba al metro sesenta, y se había
metido
en un gimnasio para crecer al menos a lo ancho. Siempre iba con camisas de
manga corta para lucir sus bíceps, que tampoco eran gran cosa. El tío
era
una piltrafa. Entonces lo vi claro. Entré al ascensor y dije:
-Aleja esos músculos, no vayas a quebrar mi frágil espíritu de escritor.
-¡Jajaja! -rió estrepitosamente- Vaya, no sabía que fueras
escritor ¿y sobre
qué escribes?
-Más que nada chorradas de ascensor.
-Seguro que lo haces muy bien.
Lo había conseguido. ¡Soy un ser social, soy un ser social!, pensé.
Pues vaya mierda. Aquello era como hacer el sesenta y nueve con un travestí.
Por una parte no se podía negar que daba cierto placer, pero por otra
te
comías una polla.
Se abrieron las puertas y ante mí quedo la enorme oficina. Éramos
doscientos. En ese momento me pareció, mas que nunca, una granja. Los
que
habían vuelto del almuerzo charlaban en sus cubículos. Yo esto,
yo lo otro,
mi nuevo tal, mi nuevo cual… Cacareaban y de vez en cuando ponían
un huevo
que se llevaba la empresa. Y seguían allí, rascándose los
unos a los a los
otros, dándose con los picos, quitándose insectos de debajo de
las plumas.
Eso hacía la gente. Poner huevos y darle al pico. Rascarse el ego,
hablar de
ellos mismos, distorsionar su imagen en el espejo de los demás para gustarse
a sí mismos. Por alguna razón a mí nunca me había
picado el ego. Tenía mis
defectos y mis virtudes, pero yo me gustaba sin necesidad de distorsión.
De
hecho cuando me distorsionaban era cuando mas horroroso me veía.
Un momento. ¿Y si muchas de las parejas de las que se dicen súper
enamoradas
que te cagas o sea te lo juro, en realidad se aman a sí mismos a través
del
otro? No quise profundizar en aquello. Aún conservaba la esperanza de
formar, algún día, una familia mentalmente sana.
Me senté a mi mesa, me puse los auriculares, y el Shine on your crazy
diamond de Pink Floyd se elevó por encima del cacareo. Empecé
a cerrar
ventanas del navegador, y quedó al descubierto la Intranet. Concurso
eslogan
XNetCitizens. Introduce tu propuesta. Escribí:
“Dichoso aquel que sólo le pica la curiosidad, porque podrá
rascarse él
solo”.
Enviar. Pink Floyd seguía cantando. Yo seguía siendo un ser antisocial.
Esa noche tuve un sueño espantoso. Iba al despacho del gordo a que
me
aclarase por qué me había mandado el análisis funcional
en formato mp3. Al
llegar a la puerta, oía voces. Llámame otra vez analista, por
favor. Claro,
pero tu llámame manager. ¡Manager, que estás hecho un manager!
¡Eso tú,
pedazo de analista! Abrí la puerta de golpe y allí estaban el
gordo y
Monchito, en pelotas, cada uno sobándole la erecta polla al otro.
-¿¡PERO, QUÉ MARICONADA ES ÉSTA!? €“grité desesperado.
El gordo le metió la mano a Monchito en el agujero de la cabeza, y
le hizo
decir:
-Oh, no seas tan negativo; sólo nos estamos masturbando. Tú
también lo
haces.
Entonces me desperté, pensando: no es lo mismo, no es lo mismo…
IV.
Gané el segundo premio de eslóganes, y me tocó muchos
los huevos. No sería
el eslogan principal, pero aparecería en banners publicitarios. A la
empresa
le había parecido un ingenioso juego de palabras. Por una parte, mencionar
el picor y la curiosidad atraería visitantes. Por otra, suavizaba el
posible
prejuicio acerca de los adictos al chat, dándole un toque intelectual
en
lugar de marginal, convirtiendo soledad en individualidad con el juego de
palabras sólo/solo.
Hostia puta. Suelto una frase inspirada en la agradable sensación de
la
libertad, y se convierte en un reclamo para freakies.
Camuflar soledad marginal con individualidad intelectual. ¿Era eso
lo que yo
hacía? ¿Me había estado justificando todo el tiempo? ¿Qué
diferencia hay
entre emigrar y ser desterrado? Ante los ojos de los demás, quizás
ninguna.
Los motivos del emigrante eran excusas para el desterrado.
Me levanté de mi asiento y miré a mi alrededor. No, yo no había
sido
desterrado. Yo lo había elegido. Pasar media hora más en la cantina
hablando
de bíceps y de análisis de orina no me parecía una buena
idea. Podía
hacerlo, sólo era cuestión de averiguar qué le picaba a
cada uno. En el
ascensor lo había conseguido. Pero no me satisfacía, simplemente.
Yo quería
ganarme mis títulos con exámenes, no con chantajes ni intercambios
de
favores.
Me quedé allí, conmigo mismo y con mi música. Y puede
que todo aquello no
fuesen más que pajas mentales, pero bueno; me las hacía con mi
propia polla.
No me relacionaba mucho con los demás. Pero yo al menos, cuando tenía
una
relación, era para hacer el amor. No para hacerme pajas.
Fuckowski y el sexo
I.
Fui despertando poco a poco. La luz del atardecer se derramaba roja por
entre las cortinas. Eché una mirada a mi alrededor. Mi apartamento, tal
y
como a mí me gustaba verlo: toda nuestra ropa desperdigada por el suelo,
su
minúsculo tanga al pie de la cama, varias latas de cerveza vacías;
en la
papelera, tres preservativos usados, cada uno con su nudo al extremo. Bueno,
la verdad es que al tercero no le habría hecho falta el nudito, porque
iba
sin grumo.
Ella desnuda a mi lado. Luz de mis días, calor de mis noches, metro
setenta
de dulzura recubierto de rubia sedosa. Tenía un poco el chocho de oro,
pero
yo la quería; y ella a mí también. Estábamos muy
compenetrados. Después de
casi un año juntos ella conocía hasta la última de mis
inquietudes, mis más
profundos pensamientos, mis más íntimos deseos. Y viceversa: yo
nunca tenía
la más puta idea de por dónde me iba a salir ella al minuto siguiente.
Al principio me había esforzado en entenderla, buscar patrones, reglas,
no
sé, algo. A los tres meses decidí buscar retos más factibles,
como averiguar
el último decimal de PI.
Iba a ser un domingo de puta madre. Teníamos todo el día por
delante, y yo
no podía encontrarme más relajado. La noche había sido
larga, íntima y
sudorosa, una de esas noches de verano en las que al final, después de
mucho
amor, mucho sexo y mucha cerveza, el universo parecía ser como un flujo
constante de alguna cálida sustancia en la que podías nadar eternamente.
Me levanté de la cama sigilosamente para no despertarla y fui al cuarto
de
baño. Me miré al espejo, me guiñé un ojo y me dije:
“chaval, estás hecho un
toro…” y luego mi ego y yo intentamos meternos en la ducha, pero
mi ego no
cabía así que entré yo solo.
Justo había acabado de ducharme cuando la oí llamar.
-¿¡Amor…!?
Su voz sonaba como un concierto de arpas celestiales.
-¡Dime, preciosa! -dije.
-Creo que se me ha adelantado el periodo.
Ya la jodimos. Artillería, guarden las arpas, saquen los morteros,
todos a
sus trincheras. Pasamos de “plácido domingo” directamente
a “DEFCON2?.
Nuestra relación se encuentra bajo amenaza nuclear.
Mi simple y dicotómico cerebro de programador, cuyas variables podían
encontrarse únicamente en los estados sí o no, se iba a enfrentar
a un
complejo sistema cuántico que soportaba los estados sí, no, no
sé, tú no lo
entiendes, te odio y no quiero verte más, o cualquier combinación
de ellos.
Además se aplicaba el principio de incertidumbre: el intento de medición
influye en lo que se pretende medir. O sea, que como preguntes, peor.
Salí de la ducha, pero mi ego ya no estaba allí. Se había
ido acojonado.
Pues nada hombre, vamos a ver cómo capeamos el temporal. Me afeité,
me
vestí, y volví a la cama. Ella seguía tumbada.
-¿Cómo te encuentras? ¿Necesitas algo de la farmacia? -pregunté.
-No, lo tengo todo en el bolso. Estoy regular… -parecía triste.
-Vale preciosa, hacemos una cosa. Tú relájate, descansa, ponte
música o la
tele o lo que quieras, y yo te preparo de comer lo que te dé la gana,
¿qué
te parece?
-¡Quiero pollo al curry!
Una sonrisa asomó a su rostro. Vamos bien. Un par de días mordiéndome
la
lengua y siendo especialmente atento y todo habrá terminado.
Me metí en la cocina a preparar el menú. A conciencia, cuidando
que todo
estuviese como a ella le gustaba. Las cebollas fritas con mantequilla y vino
blanco, el pollo con poca sal, curry del picante, nuez moscada, y bien
dorado. A la salsa le eché un poco de mozarella y un poco de miel, la
pasé
al microondas y luego a la batidora. El famoso pollo al Fuckowski. De
primero, una ensalada con aliño francés. Le podía enseñar
yo un par de
truquitos al Arguiñano.
Hora y media estuve liado entre una cosa y otra. Salí de allí
con una enorme
bandeja tan bien presentada, que me daba pena que nos la fuésemos a comer.
Seguro que encima del DVD quedaba de puta madre. Me sentía culpable,
era
como pintar la Mona Lisa y merendársela luego.
II.
Puse música chill out, nos sentamos cómodamente en el sofá
ante la mesa
perfectamente puesta, cogí una botella de cerveza, y como se me había
olvidado el abridor, la abrí contra el filo de la mesa y la cagué
con todo
el equipo.
-¿Puedes intentar no volver a hacer eso en mi presencia? ¡Es
lo peor! -me
soltó, en plan borde.
-¿Lo peor por qué, reina? -pregunté con tacto.
-¡¡Porque alguien le ha puesto amor y esfuerzo a esa mesa, y tú
no lo estás
respetando!! -me miraba como si yo acabase de cagarme en la foto de boda de
sus padres, o algo así.
-Amor, resulta que esta mesa la he pagado yo, y además venía
desmontada y me
pegué media hora apretando tornillos.
-Pero alguien la habrá fabricado, ¿no?
-Pues a mí me da que está hecha a máquina. Por los cuarenta
euros que me
costó, dudo que hubiesen contratado al padre de Pinocho -sí, ya
se, me tenía
que haber ahorrado la coñita.
-¿¿Te crees muy gracioso, no?? -se estaba poniendo de mala lechecilla.
-No, amor, lo siento… -se me escapaba un poco la risa de imaginarme
al viejo
Gepetto todo amoroso cortando maderas para hacer una mesa mierdosa de
contrachapado.
-Bueno, pues no lo hagas más, ¿¿VALE??
-Que sí, lo intentaré.
Tenía narices que no pudiese uno hacer con su propia mesa lo que le
diera la
gana. Vale que ella estuviese susceptible, pero la mesa era mía. El sillón
también, y me tenía arrinconado en una esquina. Comer me estaba
resultando
difícil.
-Preciosa, ¿te importa dejarme un poquito más de espacio? -le
sonreí y le
guiñé un ojo.
-¿¿Qué pasa, que te molesto??
-No… es que apenas tengo espacio, cabemos los dos perfectamente…
-Ya te vale… ¡Me estás echando!
Ay. Que dificilito.
-No te estoy echando. ¿Por qué no nos comemos el pollo al curry
pacíficamente, que se está enfriando?
-¡¡Pues no se para que tanto cocinar, tanto cocinar, SI AHORA
VAS Y ME
ECHAS!!
-Pero vamos a ver. Echar es una cosa, apartar un poco es otra. Dime la
definición exacta de “echar”, y luego me dices si te he echado.
Sí o no,
verdadero o falso.
-¡¡¡Tú, y tu puta manía de verlo todo blanco
o negro!!! ¡¡¡No entiendes
nada!!! ¡¡¡TAMBIEN HAY GRISES!!!
La cosa se complicaba.
-Cariño. También hay grises y lo sé perfectamente. Pero
yo decido qué veo
blanco, qué veo gris y qué veo negro, y en este caso…
-¡Ese es tu problema! ¡Siempre ves las cosas como a ti te da la
gana! ¡No
sabes ponerte en el papel de los demás! ¡Egoísta!
Notaba como alguna cosa templada se estaba generando en mi estómago
y subía
hacia mi garganta.
-Mira, guapa, si no me hubiese puesto hoy en tu lugar, se iba a haber pasado
dos horas cocinando el pollito RITA LA CANTAORA, ¿ME ENTIENDES? ¡¡Joder!!,
que vale que estés con la regla, pero ¿no puedes entender que
yo me estoy
esforzando todo lo que puedo, y que te has levantado cabreada sin ser culpa
mía? ¿¿Tienes que proyectármelo a mí todo??
-¡¡¡A mí no me analices que yo no soy uno de tus programas!!!
-Bueno, mis programas funcionan…
Gran cagada, hermanos. Se me escapó. Quería decir que son predecibles,
que
sabe uno a que atenerse, que… en fin, ya era demasiado tarde.
-Ah, o sea, ¿¿que yo no funciono?? Que estoy loca, ¿¿no??
Pues sabes lo que
te digo, ¡¡que te vas a librar de la loca!!. ¡¡ME LARGO!!
No, si sabía yo que nuestra relación corría peligro. No era la primera vez.
-Amor, llevamos once meses juntos y ya me has dejado once veces. ¿Eso
no te
dice nada?
-Sí, ¡¡que no sé como te soporto!!
Ya me cansé de hacer el gilipollas. Todos tenemos un límite.
-Pues mira, esto no se trata de soportarse, se trata de quererse. Ya sabes
dónde está la puerta. Yo no te he echado del sillón. Tu
haz lo que dé la
gana.
-¡¡Pues me voy!! ¡¡Se acabó para siempre!!
¡¡Ya no vas a tener que ECHARME
más!!
-Cariño, que yo no…
No la había echado. Otra vez esa horrible sensación. Una verdad
clara y
simple desapareciendo bajo toneladas de estiércol. No entendía
la manía de
la gente de enterrar la verdad bajo mantos de basura. El mundo al desnudo
era extraordinariamente bello, ¿por qué cubrirlo de mierda? O
quizás no era
tan bello para todos y con la mierda tapaban vete a saber qué…
lo malo es
que esa mierda también caía sobre mi mundo. Y yo no la quería
ahí,
apestándolo todo. Me había costado media vida limpiar mi propia
basura y
ahora todo el mundo se empeñaba en echarme la suya encima.
Parecía que iba en serio, se había levantado y se había
puesto los vaqueros.
Intentaba ponerse el jersey. Aún estaba descalza. Me encantaba verla
descalza, tenía algo muy hermoso. Era como si al estar cubierta de ropa,
toda su belleza no cupiese ahí dentro y tuviese que escapar por algún
lado,
y se le saliera por los pies.
No soportaba verla irse de mi lado, pero yo ya había tenido suficiente.
Tampoco era plan de estar todo el santo día sometiéndose a los
demás. No me
iba ahora a arrastrar por el barro suplicando, sería aceptar que la culpa
era mía, que yo la había echado, que lo blanco era negro.
-¡¡¡No me vas a volver a ver en la vida, NIÑATO!!!
-cuando se ponía en
bersek mode ya no había nada que hacer.
-Sabes que me toca bastante las narices que juegues con nuestra relación.
Para mí es sagrada. Te juro que si cruzas esa puerta va a ser la última
vez
que me veas -le dije, desafiante.
Me fulminó con la mirada, cogió su bolso y desapareció
por el pasillo. Esta
vez era la definitiva. Oía sus pasos. Rápidos, iracundos. Bueno,
tampoco era
para tanto. Sobreviviría. Me había pasado casi un año soportando
este tipo
de historias. Ella tenía un carácter irascible, mucho odio acumulado,
muchas
inseguridades que siempre me proyectaba a mí. Se fue dando un portazo.
A la
mierda, no me importaba lo más mínimo.
Cuando se apagó el eco del portazo mi apartamento quedó en silenció
y de
pronto me acordé de lo miserable que era el mundo sin ella. Así,
de golpe.
Como si un enorme monstruo peludo se abalanzase sobre mí y me reventase
las
pelotas.
Sonó el portero electrónico rompiendo el silencio. Vaya, parece
que ha
reflexionado a tiempo. Corrí a contestar.
-¿¿¿Sí???
-¡¡NO QUIERO VOLVER A VERTE JAMAS!!
Colgué. El monstruo seguía dándole a mis pelotas. Necesitaba
relajarme,
hacer algo constructivo, edificante. Volví al salón, quité
el puto CD de
chill out y enchufé el Ace of Spades de Motörhead. Toqué
un poco la guitarra
de aire, luego me puse a cantar, y cuando empezó el solo cogí
la bandeja de
pollo al curry, la elevé sobre mi cabeza y la reventé contra el
suelo con
todas mis fuerzas.
III.
Pues nada. Vuelvo a ser soltero, por no querer admitir algo que no era
cierto. El lunes voy y le digo al gordo que es un inútil y que el workflow
por el que la empresa le ha pagado tres salarios cuya suma daría de comer
a
una familia numerosa durante varios años es una birriosa caja de huevos,
y a
la puta calle. Si sigo fiel al dos y dos son cuatro, en breve viviré
yo
solito bajo un puente y subsistiré comiéndome mi propia mierda.
Aunque igual
es lo que ya estoy haciendo.
Esto es la maldición del sentido común. Uno ve un cuadrado y
dice “mira, un
cuadrado”. Y resulta que las normas sociales, lo políticamente
correcto, los
sistemas educativos, las carreras profesionales, en definitiva la humanidad
entera parece estar edificada sobre el pilar de que aquello es un círculo
y
te lo tienes que llevar rodando, calladito y sin rechistar, con iniciativa y
motivación propia. Y como se te ocurra ni siquiera mencionar que aquello
parece cuadrado, miles de años de moral se te echan encima con la fuerza
del
big bang. Eres un radical egoísta soberbio anarquista conflictivo que
cree
ver un cuadrado por motivos de inmadurez, cobardía, odio a la humanidad,
envidia, resentimiento.
Realmente es difícil. Uno solo pretende seguir su camino, pero parece
que
siempre obstaculiza el camino de alguien. ¿Por qué? Tal vez muchos
de los
caminos de los demás estén previamente construidos sobre la libertad
de uno.
Nota: tengo que ver a un psiquiatra. Estoy empezando a pensar en grandes
conspiraciones.
Y es que la lógica me había ocasionado siempre graves problemas.
Me sobraba
tiempo para un flash back así que me quede mirando a la pared con expresión
nostálgico-confusa, hasta que todo empezó a volverse blanco y
acuoso.
De pronto tenía ocho años. Estaba en el colegio, una tarde,
dando clase de
ciencias. Monotonía de lluvia tras los cristales. Sacaba las mejores
notas,
mi conducta era ejemplar. La profesora nos estaba hablando sobre los
minerales. Yo la admiraba, tan alta, tan lista, ella siempre tenía
respuestas para todo. Y yo siempre tenía muchísimas preguntas.
Algún niño preguntó:
-Profesora, ¿de dónde sale la lluvia?
Yo lo sabía, lo había visto en la tele. Levanté la mano, pero ella dijo:
-La lluvia la hace dios.
Yo no lo entendía. Los profesores no podían equivocarse. Dije:
-Pues yo he visto en la tele que el agua del mar se evapora y se hace nubes,
y luego se las lleva el viento, y se enfrían y se hacen otra vez agua
que es
la lluvia.
Fue con la mejor de mis intenciones. Yo sólo quería resolver
aquel misterio,
aquella ilógica contradicción. El concepto de dios siempre se
me había
escapado.
-¿Eso es verdad, profesora? -preguntó otro niño.
Ella sonrió de una extraña manera que yo no comprendí.
-Sí y no -dijo.
Toda mi forma de pensar se basaba en el precepto de que el sí y el
no eran
incompatibles. Cuando terminó la clase, me entregó una carta para
mis
padres. Algo se avecinaba y yo no sabía por qué.
Mis padres leyeron aquello. La profesora quería hablar con ellos acerca
de
mi conducta. Su hijo interrumpe mis clases y no muestra respeto. Mi padre me
preguntó qué había pasado, y yo se lo expliqué.
Él agarró un cabreo de
cojones. Con la profesora, no conmigo.
Al día siguiente se presentaron en el colegio después de las
clases. Fueron
al despacho de la profesora y exigieron que yo estuviese presente.
Intercambiaron formalidades durante un rato y luego entraron en materia.
-Señora, haga usted el favor de explicarle a mi hijo de dónde
sale la lluvia
-dijo mi padre.
-Él ya lo sabe perfectamente -la misma extraña sonrisa que parecía
culparme
de algo.
-Pues si tiene razón, ya me dirá usted cuál es su queja respecto a él.
-Es que yo soy la profesora y yo imparto las clases…
El primero de mis innumerables conflictos con la autoridad.
-Mire, este es un estado laico. Usted es muy libre de creer lo que le dé
la
gana el domingo en misa. Pero como de lunes a viernes usted es la profesora,
a mi hijo le imparte usted clases de ciencia, que es su trabajo.
-Es que las continuas interrupciones de su hijo entorpecen mi trabajo.
Aquello era muy injusto. Yo no había hecho nada. Y de pronto comprendí
la
sonrisa: ella sabía que no tenía razón, y trataba de ocultarlo.
Era una
sonrisa de auto disculpa. Allí, a tan tierna edad, me prometí
a mi mismo
desconfiar de cualquiera que expusiese sus verdades con una sonrisa de
imbecilidad autocomplaciente.
Lo cierto es que desconfío de casi todo el mundo.
IV.
En fin, tendría que adaptarme a mi nueva vida de soltero. Para empezar,
mi
vida sexual iba a volver a ser en dos dimensiones, y mi vida sentimental se
iba a reducir a sacar a mear a mi perro.
El vibrador del teléfono móvil ventoseó dos veces. Tenía
un SMS. Era de
ella. HASTA NUNCA, NIÑATO. No se exactamente por qué, pero aquello
me
conmovió. En realidad, eso simplemente quería decir “estoy
aquí”. Ella se
había largado, pero yo me sentía como si la hubiese abandonado
a su suerte,
tan rubia y tan indefensa.
Mire al móvil y luego al pollo al curry esparcido por el suelo, y luego
de
nuevo al móvil. Seguí así un buen rato, mientras me decía
a mí mismo:
píldora roja, píldora azul, píldora roja, píldora
azul…
La llamé. Si miles de yanquis se habían arrastrado por el barro
en Vietnam
por una causa estúpida, yo podía arrastrarme un poco por ella.
Cogió mi
llamada:
-Qué… -estaba llorando.
-Cariño, siento haberte echado del sillón. ¿Podrás
perdonarme? -toneladas de
barro. Iba a tener que ducharme de nuevo.
-Ohhh… ¡no se! -se reía alegre y lloraba a la vez.
No tengo ni idea de cómo lo hacía. Sólo se lo había
visto hacer a ella.
Llorar y reír a la vez de esa manera. Era como un sí y un no juntos.
Absurdo, imposible. Pero bonito.
Parece que ese iba a ser el trato. Yo me quedaba con el “dos y dos son
cuatro por cojones” y ella con su mundo de color en que las mesas baratas
de
contrachapado eran monumentos al amor entre los pueblos. Para mí era
una
gilipollez, pero de su mundo ella sacaba un algo que compartía conmigo
y que
me hacía la vida más agradable. Yo utilizaría mi sentido
común y mi mala
leche para que nadie le jodiese a ella la inocencia. Esa inocencia que yo
había perdido hacía mucho, cuando me llevé mi primera ración
de hostias.
No sabía como iba a resultar a largo plazo, pero en principio no parecía
mal
trato. De vez en cuando tendría que reventar alguna bandejilla que otra,
menos mal que los Motörhead habían sacado bastantes discos.
-Anda, perdóname, guapa. Vente a mi casa.
-¡Bueno…! Si te portas bien…
Esa sí que la entendía. Significaba rascarse la cartera.
Total que reserva uno mesa para dos en un restaurante caro y romántico.
Charlamos y nos miramos y reímos a la luz de las velas, y la vida vuelve
a
ser maravillosa. Hasta la próxima vez que “toca pollo”.
El blues del minuto
Hola amigos. Hoy analizaremos otro método recurrente de escaqueo y
ocultación de incompetencia utilizado por ese personal altamente cualificado
con amplia experiencia en [pon aquí lo que quieras] y que al final resulta
no saber hacer la O con un canuto, pero que se las apaña para sobrevivir
con
una técnica parecida al ataque del salchichón, pero a la inversa:
la técnica
del ¿Tienes un minuto? Minuto en el que siempre preguntan exactamente
aquello que les pagan por saber. Veamos una historia basada en hechos
reales: Anuncio en el periódico: “Director de orquesta líder
en el sector
precisa de cuatro instrumentistas senior (bajo, guitarra, percusión,
armónica) y un técnico de soporte, para proyecto de blues. Contrato
hasta
fin de obra. Salario acorde con la experiencia aportada”.
El día de las entrevistas somos cinco seleccionados en la sala de espera:
un
individuo calvorota con un piercing en una ceja y una camiseta de Andy
Warhol, una chavala con mirada de lechuza que no para de chasquear los dedos
solfeando un tres por cuatro, un menda con cresta de pollo que sostiene en
sus manos un libro titulado “un acercamiento progresivo a la teoría
de
escalas filostras desde la perspectiva clásica”, y otro colega
pelirrojo con
una sudadera de “Johnny K. Rebusqued” con la portada de su LP “Petulantic
Forlayos”, conocido mundialmente en su casa a la hora de comer. Y ahí
estoy
yo con mi guitarra semi-acústica semi-cascada pensando: “vaya,
doce años
tocando en grupos y ni se quién es el Rebusqued, ni entiendo de escalas
filostras, ni sabía que hubiese blues a 3/4. Estos tíos deben
de ser el no
va más” …
Después de un buen rato aparece el director de orquesta, con su pajarita,
su
resplandeciente batuta y su sonrisa de bienvenida. Da unos golpecitos de
batuta en la mesa y nos habla:
-Buenos días y, ante todo, gracias por su asistencia. Somos una orquesta
líder en el sector y necesitamos jóvenes talentos para desarrollar
este
proyecto…
Total que nos suelta todo el rollo. Hay que grabar un blues que se va a
presentar a un concurso. Lo ha compuesto gratuitamente un estudiante de
música, como proyecto de fin de carrera. A cada uno le dan su partitura
y se
graba en un día, se cobra por horas y hasta luego Lucas. Todo lo que
se
grabe es propiedad de la orquesta, nosotros cedemos cualquier derecho. Si la
pieza gana algún premio o genera cualquier tipo de beneficio, no nos
llevamos nada. Lo de siempre.
Nos entrega la partitura completa para que nos familiaricemos con el
proyecto. Las hojas van pasando de mano en mano. Todos sonríen, asienten
maravillados, comentan cosas. Yo me quedo ahí preguntándome que
quién coño
es “la orquesta”, porque si la orquesta es la que se lleva los beneficios
y
nosotros que somos los músicos no nos llevamos nada, sólo me queda
el
espabilado de la batuta.
Le echo un ojo a la partitura. Un blues en Do mayor de un minuto de
duración, bastante resultón, por supuesto a 4/4 y de doce compases.
El
chaval del PFC ha hecho un buen trabajo, lástima que no le vayan a pagar
nada.
Al rato el batuta nos dice que le hablemos un poco de nuestra carrera
profesional y nuestra impresión acerca del proyecto. Primero le toca
al
calvorota Warhol:
-Llevo ya seis años como guitarrista profesional, toco con una Ortopedic
Copón X25 de traste dorado y amplificador Klander Marsh de respuesta
plana,
utilizo metodologías hindúes de calentamiento metacarpiano y creo
que mi
experiencia puede aportar gran valor al proyecto, que me parece de gran
calidad -comenta el tío. La hostia.
La siguiente es la lechuza del 3/4:
-Yo estoy terminando un master en percusión por la prestigiosa escuela
Endiñaqui Billetonis for Star-Wannabes, y estoy realizando una investigación
sobre los valses de Strauss. Estoy segura de que mis influencias clásicas
pueden aportar gran valor a este proyecto.
Vaya, estudiar en profundidad a Strauss debe ser apasionante, quien tuviera
un kilito suelto y un año libre para matricularse en la escuela esa…
lo que
todavía no me explico es cómo se fusiona un vals, que va a 3/4
que yo sepa,
con un blues a 4/4. Ya veo que me falta mucho por aprender.
Turno del cresta de pollo:
-Mi experiencia asciende a cuatro años como bajista profesional. Me
interesan y practico todo tipo de estilos. En la actualidad estoy trabajando
en las novedosas escalas filostras, y creo que mi trabajo puede aportar una
nota de frescura y modernidad al proyecto, ya de por sí bastante
interesante.
Le toca al de la sudadera del tal Rebusqued:
-Yo hace cinco años descubrí a Johnny K. Rebusqued y desde entonces
no he
dejado de tocar la armónica. Mi estilo actual está muy influenciado
por esa
obra maestra que es Petulantic Forlayos, y creo que puedo dar un toque
Rebusqued al proyecto que aportará gran valor.
Nota mental: tengo que comprarme ese LP. Finalmente me toca a mí:
-Yo llevo doce años tocando en grupos, al principio empecé con
la batería
pero más tarde me decidí por la guitarra. Ahora toco en un grupo
de blues
con unos amigos, a veces hago de bajista y a ratos toco la armónica.
El tema
a grabar me parece bastante bueno, creo que con unos cuantos arreglos y un
buen solo puede quedar muy bien. No tengo experiencia profesional pero
espero que este proyecto me permita introducirme en el mundo de la música,
así que aceptaría cualquiera de los roles que ofrecen pues me
considero
capacitado. He traído mi guitarra y mi armónica para hacer una
pequeña demo
si no le importa…
-Adelante, por favor -me dice el batuta.
Me siento bastante cohibido ante semejantes profesionales, pero me armo de
valor y me coloco la sujeción de la armónica, afino un poco mejor
la semi-
acústica, me pongo el tubo de metal en el meñique y me lanzo a
por una
versión rápida del “You shook me”. Me sale bastante
bien la cosa, el ritmo
bien marcado entre guitarra y armónica, intercalando frases agudas muy
inspiradas y me improviso un solo más que decente. Acabo con una pentatónica
rápida a la vez con la armónica y la guitarra que no creo que
pueda volver a
repetir.
El batuta me mira y cuando está a punto de decir algo habla el calvo:
-No está mal, aunque un poco de calentamiento hindú te hubiera
ayudado, y
además el sonido no tiene comparación con el de una Ortopedic
Copón…
-Sí, y un aroma de vals le habría dado un toque clásico
inigualable -añade
lechuza.
-Ese solo bastante apañado, pero usando una escala cromática
filostra
habrías conseguido mucho mas feeling -dice pollo.
-Me ha recordado al “Oportunistic blues for a commercial movie”,
segundo
corte de la cara B de esa obra maestra, “Petulantic Forlayos”, en
ese tema
sí que hay buenos solos de armónica -termina el Rebusqued.
Vaya hombre. Y yo que pensaba que me había lucido. Esto de la música
no va a
ser lo mío, visto lo visto. El batuta nos agradece la asistencia y nos
dice
que la orquesta se pondrá en contacto con nosotros.
A la semana siguiente recibo una carta de la dichosa orquesta: Estimado Sr.
Fuckowski, nos es grato comunicarle que ha sido seleccionado para el puesto
“técnico de soporte” en el proyecto “blues”,
cuya grabación se llevará a
cabo el día 22 del presente mes… En fin, me pagarán bastante
menos que a los
músicos pero tendré la oportunidad de aprender mucho.
El día 22 llego media hora tarde al estudio de grabación porque
la bici no
me arrancaba. Batuta, Lechuza, Calvo, Pollo y Petulantic están allí.
Me
pongo a conectar cables y enchufar amplificadores como un loco, mientras el
calvo está sentado en la postura del loto golpeándose rítmicamente
la palma
de una mano con los dedos de la otra, dando de vez en cuando una palmada
sobre su cabeza para después cambiar de mano y vuelta a empezar. El
calentamiento hindú es de un rollito un poco gay, pero debe ser la repera
por la cara que pone el tío. Lechuza está solfeando un 3/4 con
la mano
izquierda mientras en la derecha sostiene una partitura de Strauss. Pollo
está inmerso en su acercamiento progresivo a las escalas filostras y
Petulantic lleva la misma sudadera y escucha algo en su iPod. ¿A que
adivino
lo que es?
Me pego tres horas de curro mientras los demás siguen a su rollo. Cableado
listo, sonido probado, todos en sus puestos y las partituras repartidas.
Cada uno con su instrumento afinado y con sus auriculares colocados. Batuta
se va al piso de arriba, se mete en la sala de mezclas y nos habla por el
micro:
-Muy bien señores, grabaremos por separado. Comenzaremos por la percusión.
¡GRABANDO!
Suena la claqueta que da el un, dos, tres, y… Lechuza se pone nerviosa
y
arranca con algo que bien podría ser el Danubio Azul. Se para y golpea
fuerte la caja como cabreada.
-No se preocupe, usted siga que luego cortaremos lo que no valga -dice
batuta por el micro.
La chiquilla mueve las baquetas nerviosa, sin golpear la batería. Me
mira y
me dice:
-Soporte, ¿Tienes un minuto? Siéntate a la batería y
dame un 4/4 para coger
el ritmo, ¿te importa?
-¿Ehh? no, vale
Me siento, miro a la partitura y empiezo a interpretar el blues. Me gusta
como va sonando y la toco entera.
-ESTA HA VALIDO, VAMOS A POR EL BAJO -dice batuta por el micro.
La lechuza sonríe y se da el piro. Aquí ha habido un lamentable
error. Suena
la claqueta seguida de la batería que yo he grabado. El bajista ya está
tocando un nosequécosa que no pega ni con cola, pero con los ojos cerrados
y
una cara de concentración y placer tal que si interpretara perfectamente
a
Paganini. De pronto se para.
-Wow, esto va a ser la hostia, a ver si lo encajo. ¡Para y dame otra
vez la
entrada en diez segundos! Soporte, ¿tienes un minuto? Coge el bajo y
márcate
una base de blues normalita y yo decido que escala filostra se adapta mejor.
-¿Eh? Bueno, vale. Dan la claqueta y me marco la base de blues mientras
el
pollo hace extraños dibujos en el aire con su dedo índice.
-¡VALE EL BAJO, VAMOS A LA GUITARRA! -se oye. El pollo saca un Malboro
y se
larga.
No, no, no. Espera. ¿Esto que coño es? ¿Pues no que estoy
haciendo yo todo
el curro? Voy directo a la escalera pero se oye la claqueta, empieza a sonar
lo grabado y resulta que el de la Ortopedic Copón pone el acorde de Do,
y la
puñetera guitarrita suena de puta madre. Algo es algo. A la de cuatro
compases, cuando el calvo tiene que cambiar a Fa sétima, pone los dedos
en
una posición rara y no suena nada. La hostia, ¡¡este tío
no sabe poner un
Fa!!
-Corta corta. Esto no va -dice el calvo-. Soporte, ¿Tienes un minuto?
Este
Fa no me convence, no va aquí ni con cola, ¿tú que dices?
-¿QUEEEEE? ¿Cómo que no va ni con cola? A ver, si es
un blues en Do,
¡¡tendrás que cambiar a Fa!! -le suelto, irritado.
-No necesariamente. Yo siempre he estado en contra de los acordes en Fa. De
hecho creo que están sobrevalorados. El Fa ya ha tenido sus veinte minutos
de fama y debe desaparecer.
-¿Pero tú alucinas? ¿¿Quieres quitarle una nota
a la escala?? ¡¡DADME LA
PUTA ENTRADA!! Le arranco la Copón Bendito de las manos, suena la claqueta
y
toco el blues. Ya se lo que va a pasar, pero necesito demostrarme a mi mismo
que el calvo Warhol está delirando o algo.
-¡¡VALE GUITARRA!! ARMONICA Y YA HEMOS TERMINADO…
Ya puestos, ¿por qué no? Ahora cuando salga el batuta me va
a oír. Se va a
enterar de lo que está pasando aquí. Estos parias van a ir a la
puta calle y
me van a pagar a mí todos los cheques. Vamos hombre. Me voy directo al
Petulantic y le suelto:
-Mira compadre, antes de que me digas lo del minuto, ¿tu sabes tocar
la puta
armónica? Me mira con la cara de terror de un mal viaje de tripi:
-Pueeeees, ¿¿¡¡no mucho!!??
-¡¡PUES ANDANDO A FUMARTE UN FORLAYO Y ME DAS LA ARMONIQUITA!!
Ipso facto. Dan la entrada. Arresoplo la armónica y me improviso el
blues
del pito del sereno.
-VALE ARMÓNICA. ¡BRAVO, BRAVÍSIMO!. ESTO SE TERMINÓ,
MUCHAS GRACIAS.
ENSEGUIDA ESTOY AHÍ -se oye cerrar el micro.
Cuando batuta baja la escalera a mí ya me sale humo de los cuernos.
-¡¡Esto es una mierda intolerable!! ¡¡Me he cargado
yo TODO EL CURRO!!
¡¡QUIERO HASTA EL ULTIMO CÉNTIMO Y A ESTOS TIOS NI AGUA!!
-¿¿Cómo?? ¿¿Esta usted cuestionando a mis
músicos?? -me pregunta batuta con
cara de espanto. Claro, si se demuestra que se le han colado cuatro
pardillos, queda como un gilipollas. Además el tío ya tiene su
grabación y
lo demás le da igual.
-¡Eso, eso! -dice Petulantic- ¡Que te crees tu que te vas a quedar
con mi
dinero!
-Pero coño, ¡¡Si lo he hecho yo todo!!
-Hala chaval, relájate que te crees muy listo -interviene pollo-, que
tú lo
único que has hecho aquí es dar soporte.
-¿Pero que soporte ni que hostias? -miro al calvo- A ver, ¿no
me has pedido
que toque yo tu instrumento?
-Bueno sí chaval, pero sólo ha sido un minuto…
-¡¡Joder pues claro que ha sido un minuto!! ¡¡Como
que no hacía falta más
que eso para hacer tu trabajo, y te has pegado ahí tres horas mareando
la
perdiz con la mierda esa hindú!! ¡¡Y NO SABES PONER UN PUTO
ACORDE “FA”!!
-Ya, pero eso es porque yo no quiero. Son acordes muy lentos.
-¿EHHH? Serán lentos hasta que aprendas a hacerlos bien, ¿no?
-Mira chaval, yo no pienso aprender esos acordes porque no me da la gana,
¿entiendes? Además sin saber poner Fa yo consigo muchos mas empleos
que tú…
-Joder, ¡porque siempre tendrás a algún pringado como
yo que te haga el
trabajo! Lechuza se une a la fiesta:
-A mi lo que me parece es que tú de compañerismo y trabajo en
equipo andas
muy mal.
-¡Anda la hostia! ¿El trabajo en equipo es hacer el trabajo de
todo el
equipo?
La termina de rematar el batuta:
-Parece usted un niño llorando porque no le dan de mamar.
Los demás se envalentonaron y ya me dieron la del pulpo:
-Es que éstos técnicos de soporte son todos artistas frustrados.
-Sí, que lo ha hecho todo él, dice.. ¡se creerá Mike Oldfield!
-Claro, no tienen estudios superiores, y pasa lo que pasa, que van por ahí
creyendo que lo saben todo…
Su puta madre. Me siento impotente, como si me hundiese en un mar de mierda.
Como no me espabile me la cuelan por la escuadra.
-A ver, solo pido una cosa. Dale a la batuta y a la de tres, que interpreten
de nuevo la pieza. Todos a la vez. Si suena igual, cada uno se lleva su
cheque y santas pascuas.
-Bien, démosle el caprichito al niño antes de que le de la pataleta.
El batuta levanta la ídem. Y una, y dos, y tres…
Aquello sonó mas o menos como si a un cerdo le estuvieran quemando
los
cojones con un soplete. Durante un interminable minuto todo fue agonía
y
lamento y depresión y suicidio y gritos del cerdo castrado a fuego. Luego
se
hizo el silencio.
Batuta me miró y me espetó: -Pues no, no ha sonado igual, ¡ha
sonado mil
veces mejor! ¡Una lástima que no estuviésemos grabando!
Tendremos que
conformarnos con la grabación anterior…
Pues nada, que me fui de allí con mi cheque de cien euros. Ahora llevo
una
mancha en mi expediente, pero al menos me quedé a gusto.
Titulares del día siguiente:
PRESTIGIOSO DIRECTOR DE ORQUESTA ACUDE A URGENCIAS CON UNA BATUTA INCRUSTADA
EN EL RECTO. Se necesita intervención quirúrgica y sesenta puntos
de sutura
para retirarla. “Ha sido un técnico de soporte” -repetía-,
“todo sucedió en
apenas un minuto”.
La crisis de los huevos
I.
Sucedió un lunes. Estaba hecho polvo. El fin de semana había
sido corto: el
sábado había tenido que ocuparme de unas “pequeñas
incidencias” en el
proyecto Porsche. Refactorizaciones, capas de pintura y apretones de tuercas
hasta las tres de la mañana. Ahora ya era el proyecto PARCHE.
Era tarde. Como quería irme a dormir, las incidencias más surrealistas
las
resumí en un documento llamado “Posibles mejoras para la siguiente
versión”,
que posteriormente fue renombrado por mi manager a “Proyecto Porsche v2.1.0,
análisis funcional y técnico” y subcontratado a un equipo
de desarrollo en
la India por mil euros. Realmente nunca íbamos a salir de la mierda.
Me fui a casa tan preocupado por descansar que no pegué un puto ojo.
Me
molestaban las luces de los enchufes y tuve que taparlas todas. Luego era el
tic-tac del reloj de la cocina. Le quité las pilas y cogí una
cerveza de la
nevera. Volví a mi cama, encendí el televisor y Chuck Norris intentó
venderme un “abdominaizer”. El tío había llegado lejos
por los cojones.
Me dormí cuatro cervezas después y no soñé con
nada. Desperté el domingo a
las ocho de la tarde y no es que me encontrase mucho más descansado,
así que
me quedé tumbado viendo películas. Me puse “1984?, “Abre
los ojos”, y para
terminar “2001: Una odisea espacial”. Luego me quedé mirando
al techo, y
cuando ya empezaba a conciliar el sueño, sonó el despertador.
Era lunes.
Llegué al trabajo y revisé el correo. La empresa me daba las
gracias por el
esfuerzo suplementario en el proyecto Parche y me informaba de que la
siguiente versión iba a ser subcontratada. Me asignaban como desarrollador
jefe del proyecto WorkMatrix, una herramienta interna diseñada para agilizar
el trabajo en la compañía. Vamos, otro workflow. A las doce se
presentaba el
prototipo. Mi manager había estado “trabajando” en ello los
últimos dos
meses. Me iba a cagar.
No había nada más difuso, inútil, borroso y sangrante
que un proyecto
interno. Era una especie de orgía en la que participaba toda la empresa
y a
mí siempre me daban por el culo. Pasaba como en el chiste: faltaba
organización.
Para matar el tiempo y no desmayarme me tomé tres cafés. Por
fin dieron las
doce y me fui a la presentación. Estaban todos sentados alrededor de
la mesa
de juntas, en el centro había una caja negra con letras doradas: WorkMatrix.
La gran pantalla de plasma en la pared presentaba una diapositiva con el
logo de la compañía sobre fondo azul, y una foto con gente sonriente.
Nos
condicionaban desde el principio.
Mi manager estaba allí de pie con su corbata torcida, su sonrisa, y
su
escoba bien ajustada. Mostraba amplias manchas de sudor en los sobacos y la
enorme barriga le deformaba la camisa, que se abría y dejaba ver un ombligo
peludo. El tío de verdad que era un poema.
-¿Falta mucho para que empiece la orgí… la presentación? -le pregunté.
-Estamos esperando a Ivon.
Ah, Ivon, Ivon. Jefa del departamento de consultoría. Supercorporativa
que
te cagas, o sea. Trajes de pantalón negro, tacones, siempre con sus prisas
y
su aire de importancia, como si todo el orden mundial dependiese de ella.
Siempre parecía andar muy tensionada. Yo creo que follaba poco.
Ivon tenía algo que la situaba muy por encima del resto de los mortales:
había hecho un master en EEUU. Siempre hablaba de su master en EEUU.
Por lo
visto hasta entonces había sido como los demás: instituto, universidad,
libros, fotocopias, tiza. Incluso había echado algún que otro
polvo. Pero
luego se había ido a América seis meses y allí le habían
revelado oscuros
secretos celosamente custodiados por los caballeros de la orden del temple,
que con el tiempo se habían hecho auditores. Y por lo que se ve, también
la
habían intervenido quirúrgicamente y le habían cambiado
el chocho por uno
nuevo, que era de oro.
Ella me odiaba. A mí me importaba una mierda.
@@@
Total que apareció Ivon con sus prisas y su chocho de oro y su PDA con
mil
funciones que nunca utilizaría. Tomó asiento, miró a mi
manager y asintió
solemne, como dándole permiso para comenzar. Él pulsó un
botón en el mando a
distancia y las luces bajaron de intensidad. Se hizo el silencio.
-Buenos días y bienvenidos a la presentación del prototipo WorkMatrix,
una
herramienta que agilizará nuestro trabajo, nos ahorrará costes
y añadirá
valor a nuestros proyectos mediante la automatización de…
De pronto me recordó a Chuck Norris. Siguió allí masturbándose
largo rato y
al final dijo:
-Y sin más dilación, permítanme presentarles la herramienta.
Marcó la combinación de la caja negra y retiró el cierre,
que centelleó bajo
los focos. Hizo una pausa y finalmente abrió la caja.
II.
Allí dentro había un cartón de huevos. De cuatro por
cuatro. En total
dieciséis huevos. Yo me sentía confuso y el primer huevo de cada
fila estaba
pintado en azul. Ivon tomaba notas en su PDA. Los demás sonreían
y asentían,
complacidos. Yo no lo entendía.
Si alguien vio allí un simple cartón de huevos probablemente
pensó que era
culpa suya por no haber cursado estudios de postgrado y se tragó la mierda.
Yo ni siquiera había entregado el PFC pero no me iban a dar huevo por
liebre. El sentido común no te lo implantan en EEUU.
El gordo empezó a explicar las maravillas del cartón de huevos.
-Nuestros proyectos se componen de cuatro fases bien diferenciadas: análisis
de requerimientos, diseño, implementación y pruebas. Hasta ahora
no hemos
tenido un soporte persistente para estos estados. WorkMatrix es la solución.
¿Ven este componente azul? Es un indicador o puntero.
El gordo o era un cínico o le faltaba un tornillo. Pintaba un huevo
de azul,
le llamaba puntero y se quedaba tan ancho. Siguió hablando:
-Cada vez que comencemos un proyecto, el puntero será situado en la
primera
columna de la matriz de trabajo. Tócate los cojones, Manolo.
-Cada vez que finaliza una fase, si el puntero está situado en la columna
X,
el jefe de proyecto intercambiará el puntero por el componente de la
columna
X+1.
Ivon, que había hecho un master en EEUU, preguntó:
-¿Recibiremos notificaciones de los cambios de estado?
-El prototipo aún no contempla la opción, aunque está
diseñado para
soportarla. En la primera release incorporará un agente de polling que
comprobará periódicamente el status de la matriz y se encargará
de notificar
a los subscriptores.
Yo ya me veía yendo cada hora al CPD a ver como estaban los huevos
y luego
oficina por oficina: Buenos días, soy su agente de polling y vengo a
notificarle que se le ha movido un huevo. Mi madre podía estar orgullosa.
Un jefe de proyecto preguntó:
-¿Es el sistema tolerante a fallos? ¿Realiza copias de seguridad?
-En la siguiente release el sistema creará snapshots periódicas
del status
en soporte digital y podrá hacer un rollback en caso de fallo.
Cada vez estaba más alucinado. ¿A que compraban una cámara
digital? Además
de polling tendría que hacer fotos.
-Si no me equivoco WorkMatrix puede manejar hasta cuatro proyectos en
paralelo. ¿Cierto? -dijo Ivon.
Ivon sabía contar huevos. Lo había aprendido en un master en EEUU.
-Efectivamente Ivon, buena observación -dijo el gordo sudoroso-, cuatro
ha
sido la cota superior resultado del análisis de concurrencia.
Yo creo que se lo pasaban bien.
-Pero, si no me equivoco, el sistema reducirá costes y dejará
recursos
libres, así que probablemente podamos mejorar esa cota.
-Sin lugar a dudas, Ivon. En la siguiente release el sistema se escalará
según necesidades de explotación.
Qué cachondeo. Yo quería participar, así que pregunté:
-¿Y no podíais haber dejado sólo el puntero en cada fila,
y simplemente
haberlo cambiado de casilla? Nos habríamos ahorrado doce componentes
por
cada matriz de trabajo.
-Por supuesto que se contempló la opción, pero hemos optado
por este modelo
por motivos de robustez y coherencia.
Ciertas chorradas simplemente no se podían rebatir. Eso no me gustaba.
Empezaba a sentirme mareado. Tenía ojeras. Un lerdo-programador preguntó:
-¿Qué pasa con la fase de revisión?
Al tío le preocupaba porque ahí era donde se salvaba su culo.
-Lo cierto es que en el feedback inicial no se habló de fase de revisión.
Normal. Porque a mí no me preguntaron. Estaba ocupado revisando.
-Pero el sistema es customizable -siguió el manager-, así que
podemos añadir
la fase a la matriz. De hecho se me ocurre que…
Sacó del bolsillo una pluma y le pintó una X al huevo puntero.
Luego se
dirigió a la audiencia.
-El flag indicador de revisión se hallará inicialmente deshabilitado
y
quedará en la parte privada del componente -le dio la vuelta al huevo
azul
dejando la X oculta-. Cuando el puntero salte a la casilla X=4, nuestro jefe
de proyecto habilitará el flag de revisión.
Volvió a darle la vuelta al huevo puntero dejando al descubierto la
X. Se
oyeron “ohhs” y “ahhhs”. Ivon sonrió y siguió
tomando notas en la PDA. El
gordo dijo:
-Trucos rápidos -se golpeó dos veces la sien con el índice-,
ésta es la
clave del mercado del software.
Vamos, un genio que era el tío. Aquello era muy frustrante. Uno se
devanaba
los sesos con metacompiladores y luego un gordo sudoroso le ponía una
X a un
huevo y se llevaba toda la gloria. Por joderle un poco le dije:
-¿Por qué no pintas indicadores en los cuatro componentes? Así
podremos
codificar el status en binario según la posición de cada indicador,
resultando dos elevado a cuatro combinaciones, o sea dieciséis estados
posibles…
-No, añadiría demasiada complejidad al sistema -dijo el gordo-,
la
simplicidad es nuestra piedra angular. Además aquí no se trata
de reinventar
la rueda.
Matar. Quería matar a ese hijoputa. A sangre fría, con mis propias
manos,
lentamente. Verle sufrir. Llorar. Implorar.
-Sí -dijo Ivon-, no todos tenemos por qué saber binario. Si
algo aprendí en
EEUU es a tener en cuenta la perspectiva del usuario. La clave del éxito
está en la usabilidad.
Algo se estaba derrumbando en mi interior.
-Es que estos informáticos lo ven todo desde el punto de vista de los
informáticos. Es su problema: son demasiado estrechos de miras -concluyó
el
gordo.
Evidentemente algo se había podrido en el sector informático.
Veinte
capullos con PDA´s se podían reunir alrededor de una caja de huevos
y
hacerte sentir como un gilipollas.
El sudoroso pulsó otro botón del mando y la gran pantalla mostró
la
siguiente diapositiva:
Prototipo WorkMatrix. Retos futuros.
Cuidado. Ahora venía la apoteosis de la orgía. Ya todos se habían
manoseado
y rechupeteado convenientemente. Estaban cachondos. Iban a por mi esfínter.
Escalabilidad. Transaccionalidad. Sistema de polling. Tolerancia a fallos.
Copias de seguridad. Mensajería instantánea.
La diapositiva fue comentada por el gordo:
-WorkMatrix será completamente funcional en la próxima release,
a tiempo
para comenzar el nuevo año fiscal en un entorno centralizado y automatizado.
La siguiente fase dará comienzo con carácter inmediato, y contará
con el
señor Fuckowski como desarrollador…
Todos al suelo. Avalancha de mierda.
III.
El caso es que a mí el circo me parecía muy bien, eso de reunirse
todos con
sus flamantes sonrisas y sus escobas y sus PDA´s, y chuparse y manosearse,
y
jugar al despiste, a la demagogia, a los líderes del sector, a los
triunfadores emprendedores de actitud positiva… Espléndido, de
verdad que
sí. A poner la mano a fin de mes y a vivir la vida. Ole sus huevos, y
sus
masters y sus dotes de mando y sus loquefueran, yo sólo era un desarrollador
indocumentado cuyo absurdo objetivo en la vida era llegar al punto de
alienación cero. Ellos eran todo un modelo de negocio y yo un simple
recurso
humano.
Pero la gran ecuación de su modelo de negocio tenía un “pequeño”
inconveniente: generaba un resto de mierda. Mierda en grandes cantidades. Y
toda la jerarquía, las estructuras internas, los contratos y los canales
de
comunicación formaban una gran red de alcantarillas que inexorablemente
canalizaba hasta la última gota de mierda a mi mesa. Además la
red tenía una
doble función: también canalizaba hasta el último euro
de beneficios a sus
salarios. Sublime. Sabían construir semejante monstruo y luego no tenían
cojones de hacer un miserable workflow. Debía ser una especie de sabiduría
hereditaria, instintiva, como la de las termitas o las ratas.
¿Qué había hecho yo? ¿Era mi karma? En tal caso
yo en otra vida había el
mismísimo Keops y ahora estaba pagando por los cien mil esclavos. Aquello
no
podía seguir así, tenía que hacer algo. Pensé en
irme a vivir a la India y
pasarme el día meditando. Pero no, al final tendría que buscar
trabajo y
seguro que me acababa comiendo el Porsche v2.1.0.
-¿Alguna cuestión, señor Fuckowski? -el gordo me sacó de mis elucubraciones.
-Pues si. Faltan sólo cuatro semanas para el nuevo año fiscal.
Cuatro
semanas son a todas luces insuficientes, teniendo en cuenta que hay que
empezar de cero. Me gustaría…
Todos me miraron sorprendidos. Yo, por alguna razón, me quedé en blanco.
-¿Empezar de cero? Usted es un experto en programación orientada
a objetos,
señor Fuckowski, ¿nos está diciendo que no va a ser capaz
de reutilizar
estos componentes?
No tenía fuerzas. No había dormido y había abusado del
café. Era demasiada
presión. Sólo pude decir:
-¿Componentes? Pero… ¿¿Vosotros que veis aquí??
Me miraban de forma extraña. Me pitaban los oídos. El tiempo
parecía haberse
parado. Todo era amenazante. Me vino a la cabeza un pasaje de 1984: ¿Cuántos
dedos ves aquí, Winston? ¿Cuatro? ¿Y si el partido dice
que son cinco…?
Ellos dijeron:
-WorkMatrix.
Y, finalmente, noté como algo en mi interior se rompía. Probablemente
fuera
el esfínter.
-Tengo que salir un momento. Disculpen. -dije.
Me levanté y anduve hasta la puerta, en la que estrellé mi nariz.
Luego la
abrí y salí al pasillo. Me apoyé en el depósito
de agua. Estaba
hiperventilando. Sudaba. Sentía pánico. Corrí al cuarto
de baño, abrí el
grifo del lavabo y metí la cabeza debajo. Cuando la levanté, vi
mi imagen
reflejada en el espejo. Me había convertido en un monstruo deforme. Me
acordé de Abre los ojos y grité: ¡¡¡QUE ALGUIEN
ME DIGA LA VERDAD, JODER!!!
Caí hacia atrás y me golpeé la cabeza. Entonces comprendí
la verdad. Yo era
un monstruo. Un monstruo defectuoso, envidioso y resentido. Quería ver
huevos donde había un WorkMatrix, porque quería sentir desprecio
por ellos.
Yo estaba enamorado de Ivon y por eso prefería pensar que follaba poco.
Por
celos. Yo quería haber estado a su altura, quería haber ido a
EEUU a que me
pusieran una polla de oro.
IV.
Decidí salir a tomar el aire y digerir mi nueva realidad. Ahora todo
iba a
ser más fácil. Me situé frente a la puerta del ascensor.
Podía ver mi imagen
borrosa reflejada en ella. Corbata, camisa blanca, tarjeta de
identificación. Si no fuese por la abundante sangre en mi camisa parecería
un feliz Minglanillas.
El ascensor se abrió ante mí. Dentro iban un electricista y
una limpiadora.
Me miraron con los ojos como platos. Ella tenía una escoba en la mano,
no
metida por el culo. Así era mejor. El electricista se dirigió
a mí.
-Vaya, ¿Cuál es tu problema? -Me sobran huevos.
Se rieron. La limpiadora le dijo al electricista:
-A que no sabes lo que he visto hace cinco minutos. Un montón de capullos
aplaudiendo alrededor de un cartón de huevos.
-¡Irían a hacer una tortilla! -dijo él, y se rieron a carcajadas.
Tuve un orgasmo espiritual. Qué simple. Qué fácil. Los
huevos son huevos.
Dios, qué personas tan bellas. Esas risas sonaban a risas de verdad.
Ellos
eran de verdad. Comían, se reían, cagaban. Estoy seguro de que
Ivon no
cagaba nunca.
En mi cabeza sonó la banda sonora de 2001, Así habló
Zaratustra. Sonaban
trompetas. Por detrás del horizonte asomaba lentamente un huevo. Brillaba
como el sol. Yo estaba dentro, renaciendo.
El ascensor llegó a la primera planta y se abrieron las puertas. Quería
abrazar a esas personas, besarlas, fundirme con ellas. El electricista tenía
barba y me daba grima, así que me arrodillé, cogí la mano
de la limpiadora,
la besé, extendí mi mano libre hacia la puerta y dije:
-Después de usted, milady.
Se rió y salio. El electricista me miro raro. Dije:
-Milord…
Salió también. Las puertas se cerraron. El eco de sus risas
aún resonaba en
mis oídos. Esa era la diferencia. Ellos se reían. Yo ya sabía
lo que hacer.
Subí a la segunda planta. Iba a volver a mi pesadilla, pero renacido.
Crucé el pasillo pero no entré a la reunión. Fui directo
a mi mesa, abrí
Word, y escribí:
Fuckowski. Memorias de un ingeniero.
Workflow de una tormenta de mierda
“Plantad la semilla de la avaricia en la infértil tierra de la
estupidez y
obtendréis la bella flor de la mierda”
Todo comienza con el delirio de grandeza de algún enano mental que
siempre
envidió todo aquello que no se merecía. Tal vez un complejo de
inferioridad
crónico, tal vez haber vivido a la sombra de un hermano mayor al que
todo le
fue bien, o quizás demasiada televisión. El caso es que llega
un fatídico
día en que nuestro enano mental, con mucho esfuerzo, obtiene una
licenciatura. Ese atardecer se sube a una loma, diploma en mano, el rojo
crepúsculo a sus espaldas, levanta la vista y clama al cielo:
“¡¡A dios pongo por testigo de que algún día
seré alguien!!… ¡¡A dios pongo
por testigo de que algún día daré conferencias!!…
¡¡A dios pongo por testigo
de que algún día tendré un armario lleno de trajes de Armani!!…
¡¡A dios
pongo por testigo de que algún día, tomaré café
con un presidente!! Entonces
se produce el milagro de la metamorfosis, pero al revés. En este caso
muere
una frágil mariposa y nace un capullo. Demos la bienvenida a Señor
Don
Capullo, visionario, emprendedor, director. Una corbata, un poco de fijador,
un maletín negro con cierre dorado, una escoba por el culo. Se acaba
de
crear un desequilibrio en el sistema: el alter ego Don Capullo comprará
cosas que enano mental no podrá pagar. Y hasta que alguien se de cuenta,
se
crearán deudas. Deudas que los de siempre tendremos que saldar.
Don Capullo es un tipo muy culto. Ha leído esa gran obra maestra de
la
literatura universal, “¿Quién se ha llevado mi queso?”.
Le costó algún
tiempo, pero entendió el mensaje: maricón el último y el
que venga detrás,
que arríe. Don Capullo