¿QUIÉN
SE HA LLEVADO
MI QUESO?
CÓMO
ADAPTARNOS A
UN MUNDO EN
CONSTANTE
CAMBIO
PENCER JONSON,
M.D.
Spencer
Johnson
¿Quién
se ha llevado
mi queso?
Una manera
sorprendente de
afrontar el
cambio en el trabajo
y en la vida
privada
Dedicado a mi amigo el
doctor Kenneth
Blanchard, cuyo entusiasmo
por esta historia
me animó a escribir este
libro y cuya ayuda
ha permitido que llegue a
tantísimas
personas.
Los planes
mejor trazados
de los ratones
y de las personas
a menudo se
tuercen
ROBERT BURNS, 1759-1796
La vida no es
un pasillo recto y fácil
por el que
viajamos libres y sin obstáculos,
sino un
laberinto de pasajes
en el que
debemos hallar nuestro camino,
perdidos y
confundidos, una y otra vez
atrapados en
un callejón sin salida.
Pero, si
tenemos fe,
Dios siempre
nos abrirá una puerta
que aunque tal
vez no sea
la que
queríamos,
al final será
buena para
nosotros.
A.J. CRONIN
|
É |
rase una vez un país muy lejano en el
que vivían cuatro personajes. Todos corrían por un laberinto en busca del queso
con que se alimentaban y que los hacía felices.
Dos de ellos eran
ratones, y se llamaban Oliendo y Corriendo (Oli y Corri para sus amigos); los
otros dos eran personitas, seres del tamaño de los ratones, pero que tenían un
aspecto y una manera de actuar muy parecidos a los de los humanos actuales. Sus
nombres eran Kif y Kof.
Debido a su pequeño
tamaño, resultaba difícil ver qué estaban haciendo, pero si mirabas de cerca
descubrías cosas asombrosas.
Tanto los ratones
como las personitas se pasaban el día en el laberinto buscando su queso
favorito.
Oli y Corri, los
ratones, aunque sólo poseían cerebro de roedores, tenían muy buen instinto y
buscaban el queso seco y curado que tanto gusta a esos animalitos.
Kif y Kof, las
personitas, utilizaban un cerebro repleto de creencias para buscar un tipo muy
distinto de Queso – con mayúscula -, que ellos creían que los haría felices y
triunfar.
Por distintos que
fueran los ratones y las personitas, tenían algo en común: todas las mañanas se
ponían su chándal y sus zapatillas deportivas, salían de su casita y se
precipitaban corriendo hacia el laberinto en busca de su queso favorito.
El laberinto era un
dédalo de pasillos y salas, y algunas de ellas contenían delicioso queso. Pero
también había rincones oscuros y callejones sin salida que no llevaban a ningún
sitio. Era un lugar en el que resultaba muy fácil perderse.
Sin embargo, para
los que daban con el camino, el laberinto albergaba secretos que les permitían
disfrutar de una vida mejor.
Para buscar queso,
Oli y Corri, los ratones, utilizaban el sencillo pero eficaz método del tanteo.
Recorrían un pasillo, y si estaba vacío, daban media vuelta y recorrían el
siguiente.
Oli olfateaba el
aire con su gran hocico a fin de averiguar en qué dirección había que ir para
encontrar queso, y Corri se abalanzaba hacia allí. Como imaginaréis, se
perdían, daban muchas vueltas inútiles y a menudo chocaban contra las paredes.
Sin embargo, Kif y
Kof, las dos personitas, utilizaban un método distinto que se basaba en su
capacidad de pensar y aprender de las experiencias pasadas, aunque a veces sus
creencias y emociones los confundían.
Con el tiempo,
siguiendo cada uno su propio método, todos encontraron lo que habían estado
buscando: un día, al final de uno de los pasillos, en la Central Quesera Q,
dieron con el tipo de queso que querían.
A partir de
entonces, los ratones y las personitas se ponían todas las mañanas sus prendas
deportivas y se dirigían a la Central Quesera Q. Al poco, aquello se había
convertido en una costumbre para todos.
Oli y Corri se
despertaban temprano todas las mañanas, como siempre, y corrían por el
laberinto siguiendo la misma ruta.
Cuando llegaban a su
destino, los ratones se quitaban las zapatillas y se las colgaban del cuello
para tenerlas a mano en el momento en que volvieran a necesitarlas. Luego, se
dedicaban a disfrutar del queso.
Al principio, Kif y
Kof también iban corriendo todos los días hasta la Central Quesera Q para
paladear los nuevos y sabrosos bocados que los aguardaban.
Pero, al cabo de un
tiempo, las personitas fueron cambiando de costumbres.
Kif y Kof se
despertaban cada día más tarde, se vestían más despacio e iban caminando hacia
la Central Quesera Q. Al fin y al cabo, sabían dónde estaba el queso y cómo
llegar hasta él.
No tenían ni idea de
la precedencia del queso ni sabían quién lo ponía allí. Simplemente suponían
que estaría en su lugar.
Todas las mañanas,
cuando llegaban a la Central Quesera Q, Kif y Kof se ponían cómodos, como si
estuvieran en casa. Colgaban sus chándals, guardaban las zapatillas y se ponían
las pantuflas. Como ya habían encontrado el queso, cada vez se sentían más a
gusto.
-
-
Esto
es una maravilla – dijo Kif -. Aquí tenemos queso suficiente para toda la vida.
Las personitas se
sentían felices y contentas, pensando que estaban a salvo para siempre.
No tardaron mucho en
considerar suyo el queso que habían encontrado en la Central Quesera Q. Y había
tal cantidad almacenada allí que, poco después, trasladaron su casa cerca de la
central y construyeron una vida social alrededor de ella.
Para sentirse más a
gusto, Kif y Kof decoraron las paredes con frases e incluso pintaron trozos de
queso que los hacían sonreír. Una de las frases decía:
Tener
queso hace feliz.
En ocasiones, Kif y
Kof llevaban a sus amigos a ver los trozos de queso que se apilaban en la
Central Quesera Q. Unas veces los compartían con ellos y otras, no.
-
-
Nos
merecemos este queso – dijo Kif -. Realmente tuvimos que trabajar muy duro y
durante mucho tiempo para conseguirlo. – Tras estas palabras, cogió un trozo y
se lo comió.
Después, Kif se
quedó dormido, como solía ocurrirle.
Todas las noches,
las personitas volvían a casa cargadas de queso, y todas las mañanas
regresaban, confiadas, a por más a la Central Quesera Q.
Todo siguió igual
durante algún tiempo.
Pero al cabo de unos
meses, la confianza de Kif y Kof se convirtió en arrogancia. Se sentían tan a
gusto que ni siquiera advertían lo que estaba ocurriendo.
El tiempo pasaba, y
Oli y Corri seguían haciendo lo mismo todos los días. Por la mañana, llegaban
temprano a la Central Quesera Q y husmeaban, escarbaban e inspeccionaban la
zona para ver si había habido cambios con respecto al día anterior. Luego se
sentaban y se ponían a mordisquear queso.
Una mañana, llegaron
a la Central Quesera Q y descubrieron que no había queso.
No les sorprendió.
Como habían notado que las reservas de queso habían ido disminuyendo poco a
poco, Oli y Corri estaban preparados para lo inevitable e, instintivamente,
enseguida supieron lo que tenían que hacer.
Se miraron el uno al
otro, cogieron las zapatillas deportivas que llevaban atadas al cuello, se las
calzaron y se las anudaron.
Los ratones no se
perdían en análisis profundos de las cosas. Y tampoco tenían que cargar con
complicados sistemas de creencias.
Para los ratones,
tanto el problema como la solución eran simples. La situación en la Central
Quesera Q había cambiado. Por lo tanto, Oli y Corri decidieron cambiar.
Ambos asomaron la
cabeza por el laberinto. Entonces, Oli alzó el hocico, husmeó y asintió con la
cabeza, tras lo cual, Corri se lanzó a correr por el laberinto y Oli lo siguió
lo más deprisa que pudo.
Ya se habían puesto
en marcha en busca de queso nuevo.
Ese mismo día, más
tarde, Kif y Kof hicieron su aparición en la Central Quesera Q. No habían
prestado atención a los pequeños cambios que habían ido produciéndose y, por lo
tanto, daban por sentado que su queso seguiría allí.
La nueva situación
los pilló totalmente desprevenidos.
-
-
¿Qué?
¿No hay queso? – gritó Kif -. ¿No hay queso? – repitió muy enojado, como si
gritando fuese a conseguir que alguien se lo devolviera -. ¿Quién se ha llevado
mi queso? – bramó, indignado. Finalmente, con los brazos en jarras y el rostro
enrojecido de ira, vociferó -: ¡Esto no es justo!
Kof sacudió
negativamente la cabeza con gesto de incredulidad. El también había dado por
supuesto que en la Central Quesera Q habría queso, y se quedó paralizado por la
sorpresa. No estaba preparado para aquello.
Kif gritaba algo,
pero Kof no quería escucharlo. No tenía ganas de enfrentarse a lo que tenía
delante, así que se desconectó de la realidad.
La conducta de las
personitas no era agradable ni productiva, pero sí comprensible.
Encontrar queso no
había sido fácil, y para las personitas eso significaba mucho más que tener
todos los días la cantidad necesaria del mismo.
Para las personitas,
encontrar queso era dar con la manera de obtener lo que creían que necesitaban
para ser felices. Cada una tenía, según fueran sus gustos, su propia idea de lo
que significaba el queso.
Para algunas,
encontrar queso era poseer cosas materiales. Para otras, disfrutar de buena
salud o alcanzar la paz interior.
Para Kof, el queso
significaba simplemente sentirse a salvo, tener algún día una estupenda familia
y una confortable casa en la calle Cheddar.
Par Kif, significaba
convertirse en un Gran Queso con otros a su cargo y tener una hermosa mansión
en lo alto de las colinas Camembert.
Como el queso era
muy importante para ellas, las dos personitas se pasaron mucho tiempo
decidiendo qué hacer. Al principio, lo único que se les ocurrió fue
inspeccionar a fondo la Central Quesera Q para comprobar si realmente el queso
había desaparecido.
Mientras que Oli y
Corri ya se habían puesto en marcha, Kif y Kof continuaban vacilando y
titubeando.
Despotricaron y se
quejaron de lo injusto que era todo lo ocurrido, y Kof empezó a deprimirse. Que
sucedería si al día siguiente tampoco encontraban el queso? Había hecho muchos
planes para el futuro basados en aquel queso...
Las personitas no
daban crédito a lo que veían. ¿Cómo podía haber ocurrido aquello? Nadie las
había avisado. No estaba bien. Se suponía que esas cosas no tenían que pasar.
Aquella noche, Kif y
Kof volvieron a casa hambrientos y desanimados; pero, antes de marcharse de la
Central Quesera Q, Kof escribió en la pared:
Cuanto
más
importante
es el queso
para
uno, más se
desea
conservarlo.
Al día siguiente,
Kif y Kof salieron de sus respectivas casas y volvieron a la Central Quesera Q,
donde esperaban encontrar, de una manera o de otra, su queso.
Pero la situación no
había cambiado: el queso seguía sin estar allí. Las personitas no sabían qué
hacer. Kif y Kof se quedaron paralizados, inmóviles como estatuas.
Kof cerró los ojos
lo más fuerte que pudo y se tapó los oídos con las manos. Quería desconectar de
todo. Se negaba a reconocer que las reservas de queso habían ido disminuyendo
de manera gradual. Estaba convencido de que habían desaparecido de repente.
Kif analizó la
situación una y otra vez, y, al final, su complicado cerebro dotado de un
enorme sistema de creencias empezó a funcionar.
-
-
¿Por
qué me han hecho esto? – se preguntó -. ¿Qué está pasando aquí?
Kof abrió los ojos,
miró a su alrededor e inquirió:
-
-
Por
cierto, ¿dónde están Oli y Corri? ¿Crees que saben algo que nosotros no
sabemos?
-
-
¿Qué
quieres que sepan? – espetó Kif en tono de desprecio -. No son más que ratones.
Reaccionan ante lo que ocurre. Nosotros somos personitas, somos especiales.
Tendríamos que ser capaces de dar con la solución. Además, merecemos mejor
suerte que ellos. Esto no debería ocurrirnos, y si nos ocurre, al menos
tendríamos que recibir una compensación.
-
-
¿Por
qué tendríamos que recibir una compensación? -quiso saber Kof.
-
-
Porque
tenemos derecho.
-
-
¿Derecho
a qué? – preguntó Kof.
-
-
Tenemos
derecho a nuestro queso.
-
-
¿Por
qué? – insistió Kof.
-
-
Porque
este problema no lo hemos causado nosotros – respondió Kif -. Alguien ha
provocado esta situación y nosotros tenemos que sacar algún provecho de ella.
-
-
Tal
vez sería mejor no analizar tanto la situación. Lo que deberíamos hacer es
ponernos en marcha de inmediato y buscar queso nuevo – sugirió Kof.
-
-
Oh,
no – repuso Kif -. Voy a llegar al fondo de todo esto.
Mientras Kif y Kof
seguían discutiendo lo que debían hacer, Oli y Corri ya se habían puesto en
marcha y habían recorrido muchos pasillos, buscando queso en todas las
centrales queseras que encontraban en su camino.
No pensaban en otra
cosa que no fuera encontrar queso nuevo.
Pasaron mucho tiempo
sin encontrar nada hasta que, al final, llegaron a una zona de laberinto en la
que nunca habían estado: la Central Quesera N.
Al entrar
profirieron un grito de alegría. Habían encontrado lo que estaban buscando: una
gran reserva de queso.
No podían dar
crédito a sus ojos. Era la cantidad más grande de queso que los ratones habían
visto en toda su vida.
Mientras, Kif y Kof
seguían en la Central Quesera Q evaluando la situación. Empezaban a sufrir los
efectos de la falta de queso. Cada vez estaban más frustrados y enfadados, y se
culpaban el uno al otro de la situación en la que se hallaban.
De vez en cuando,
Kof se acordaba de sus amigos los ratones, y se preguntaba si Oli y Corri ya
habrían encontrado queso. Pensaba que debían de estar pasando momentos muy
duros, porque correr por el laberinto siempre conllevaba incertidumbre, pero
también sabía que no estarían en apuros mucho tiempo.
A veces, Kof
imaginaba que Oli y Corri habían encontrado queso nuevo y los veía disfrutando
de él. Pensaba en lo bien que le sentaría andar a la aventura por el laberinto
y encontrar un nuevo queso. Casi podía saborearlo.
Cuanto más clara esa
la imagen que Kof tenía de sí mismo encontrando y probando el nuevo queso, más
ganas le entraban de marcharse de la Central Quesera Q.
-
-
¡Vámonos!
– exclamó de repente.
-
-
No
– replicó Kif rápidamente -. Estoy bien aquí, es un lugar cómodo y conocido.
Además, salir ahí fuera es peligroso.
-
-
No,
no lo es – repuso Kof -. Hemos recorrido ya muchas zonas del laberinto, y no
podemos hacerlo otra vez.
-
-
Soy
demasiado viejo para eso- dijo Kif -. Y no tengo ningún interés en perderme ni
en engañarme a mí mismo. ¿Tú sí?
Estas palabras
hicieron que Kof volviera a sentir miedo al fracaso, y sus esperanzas de
encontrar queso nuevo se desvanecieron.
Así que las
personitas siguieron haciendo todos los días lo mismo que habían hecho hasta
entonces: ir a la Central Quesera Q, no encontrar queso y volver a casa,
llevando consigo sus desasosiegos y frustraciones.
Intentaron negar lo
que estaba ocurriendo, pero cada vez les costaba más conciliar el sueño, y por
la mañana tenían menos energía y estaban más irritables.
Sus casas no eran
los sitios acogedores que habían sido. Las personitas sufrían de insomnio, y
cuando conseguían dormir tenían pesadillas en las que no encontraban el queso.
Pero Kif y Kof
seguían volviendo todos los días a la Central Quesera Q y, una vez allí, se
limitaban a esperar.
-
-
Si
nos esforzáramos un poco – dijo Kif – tal vez descubriríamos que en realidad
las cosas no han cambiado tanto. Es probable que el queso esté cerca. Quizás
está escondido detrás de la pared.
Al día siguiente,
Kif y Kof volvieron con herramientas. Kif sujetó el cincel y Kof golpeó con el
martillo hasta que hicieron un agujero en la pared de la Central Quesera Q.
Miraron a través de él, pero no encontraron el queso.
Se sintieron
decepcionados, pero creían que podían solucionar el problema. Por eso empezaban
a trabajar más temprano, lo hacían con más ahínco y acababan más tarde, pero lo
único que consiguieron fue tener un enorme agujero en la pared.
Kof empezó a
comprender la diferencia entre actividad y productividad.
-
-
Tal
vez- dijo Kif -, lo único que deberíamos hacer quedarnos sentados y ver qué
pasa. Tarde o temprano, tendrán que volver a poner el queso.
Kof quería creer que
Kif tenía razón, así que todas las noches se iba a casa a descansar y al mañana
siguiente volvía con su amigo, de mala gana, a la Central Quesera Q. Pero el
queso seguía sin aparecer.
Las personitas
estaban cada vez más débiles debido al hambre y al estrés. Kof empezaba a
cansarse de esperar que la situación mejorase.
Comenzaban a
comprender que cuanto más tiempo estuvieran sin queso, peor se encontrarían.
Kof sabía que
estaban perdiendo la agudeza.
Finalmente, un día
Kof empezó a reírse de sí mismo.
"Mírate, Kof,
mírate – se decía -. Cada día hago las mismas cosas, una y otra vez, y me
pregunto por qué la situación no mejora. Si esto no fuera tan ridículo, sería
incluso divertido."
A Kof no le gustaba
la idea de tener que correr de nuevo por el laberinto, porque sabía que se
perdería y no tenía ninguna certeza de que fuera a encontrar más queso, pero,
al ver lo estúpido que se estaba volviendo por culpa del miedo, tuvo que reírse
de sí mismo.
-
-
¿Dónde
has puesto nuestros chándals y las zapatillas deportivas? – le preguntó a Kif.
Tardaron mucho
tiempo en dar con ellos, porque cuando tiempo atrás habían encontrado queso en
la Central Quesera Q, los habían guardado al fondo del todo pensando que ya no
los necesitarían nunca más.
Cuando Kif vio a su
amigo poniéndose el chándal, le preguntó:
-
-
No
irás a salir al laberinto otra vez, ¿verdad? ¿Por qué no te quedas aquí
conmigo, esperando que devuelvan el queso?
-
-
Mira,
Kif, no entiendes lo que pasa. Yo tampoco quería verlos, pero ahora me doy
cuenta de que ya no nos devolverán aquel queso. Ese queso pertenece al pasado y
ha llegado la hora de encontrar uno nuevo.
-
-
Pero
¿y si no hay más? – repuso Kif -. Y aun en caso de que haya, ¿y si no lo
encuentras?
-
-
No
lo sé – respondió Kof.
Se había formulado
miles de veces esas dos preguntas y empezó a sentir de nuevo el miedo que lo
paralizaba.
Luego empezó a
pensar en encontrar un queso nuevo y en todas las cosas buenas que eso
significaría.
Entonces hizo acopio
de fuerzas y dijo:
-
-
A
veces, las cosas cambian y nunca vuelven a ser como antes. Creo que estamos en
una situación de este tipo, Kif. ¡Así es la vida! La vida se mueve y nosotros
también debemos hacerlo.
-
-
Kof
miró a su demacrado compañero e intentó hacerlo entrar en razón, pero el miedo
de Kif se había convertido en ira y no quiso escucharle.
Kof no quería ser
brusco con su amigo, pero no pudo evitar reírse de lo estúpidamente que ambos
se estaban comportando.
Mientras Kof se
preparaba para salir, empezó a sentirse más vivo al tomar conciencia de que por
fin era capaz de reírse de sí mismo, vencer el miedo y seguir adelante.
-
-
¡Ha
llegado el momento de volver al laberinto! – anunció.
Kif no se rió ni
reaccionó.
Kof cogió una pequeña piedra afilada y escribió un pensamiento serio en la pared para que su amigo reflexionase sobre él. Tal como tenía por costumbre, Kof incluso dibujó un trozo de queso alrededor de las palabras con la esperanza de hacer sonreír a Kif y de animarlo a buscar un nuevo queso, pero su amigo no quiso mirar.
En la pared se leía:
Si
no cambias,
te
extingues.
A continuación, Kof
asomó la cabeza y observó el laberinto con ansiedad. Pensó en cómo había
llegado a aquella situación de carencia de queso.
Había creído que
posiblemente no hubiera queso en el laberinto o que no iba a ser capaz de
encontrarlo. Aquellos pensamientos llenos de miedo lo estaban paralizando y
acabarían por matarlo.
Kof sonrió. Sabía
que Kif se estaba preguntando: “¿Quién se ha llevado mi queso?”, pero lo que él
se preguntaba era: “¿Por qué no me puse en marcha antes, por qué no me moví
cuando lo hizo el queso?”.
Al adentrarse en el
laberinto, Kof miró hacia atrás, consciente de la comodidad del espacio que
dejaba, y se sintió atraído hacia aquel territorio conocido pese a que llevaba
mucho tiempo allí sin encontrar queso.
Kof se sentía cada
vez más angustiado, y se preguntó si realmente quería volver al laberinto. Escribió
una frase en la pared que tenía delante y se quedó un rato mirándola.
¿Qué
harías si no
tuvieses
miedo?
Pensó en ello.
Sabía que, a veces,
un poco de miedo es bueno. Cuando tienes miedo puede incitarte a la acción.
Pero, cuando te impide hacer algo, el miedo no es bueno.
Miró hacia la
derecha. Era una zona del laberinto en la que nunca había estado y sintió
miedo.
Entonces, respiró
hondo y se adentró en el laberinto, avanzando con paso veloz hacia lo
desconocido.
Mientras intentaba
encontrar el buen camino, lo primero que pensó fue que tal vez se habían
quedado esperando demasiado tiempo en la Central Quesera Q. Hacía tanto tiempo
que no comía queso que se encontraba débil. Recorrer el laberinto le exigió más
tiempo y esfuerzo de lo acostumbrado. Decidió que si alguna vez volvía a
pasarle algo parecido, se adaptaría al cambio más deprisa. Eso facilitaría las
cosas.
“Más vale tarde que
nunca”, se dijo con una exangüe sonrisa.
Durante los días
sucesivos, Kof encontró un poco de queso aquí y allá, pero no eran cantidades
que durasen mucho tiempo. Esperaba encontrar una buena ración par llevársela a
Kif y animarlo a que volviera al laberinto.
Pero Kof todavía no
había recuperado la suficiente confianza en sí mismo. Tuvo que admitir que se
desorientaba en el laberinto. Las cosas parecían haber cambiado desde la última
vez que había estado allí.
Justo cuando pensaba
que había encontrado la dirección correcta, se perdía en los pasillos. Era como
si diera dos pasos adelante y uno atrás. Era todo un reto, pero tuvo que
admitir que volver a recorrer el laberinto en busca de queso no era tan
terrible como había temido.
Con el paso del
tiempo, empezó a preguntarse si la esperanza de encontrar queso nuevo era
realista. ¿No sería un sueño? De inmediato se echó a reír, al darse cuenta de
que llevaba tanto tiempo sin dormir que era imposible que soñase.
Cada vez que
empezaba a desalentarse, se recordaba a sí mismo que lo que estaba haciendo,
por incómodo que le resultase en aquel momento, era mucho mejor que quedarse de
brazos cruzados sin queso. Estaba tomando las riendas de su vida en vez de
dejar simplemente que las cosas ocurrieran.
Luego se recordó que
si Oli y Corri eran capaces de aventurarse, él también lo era.
Más tarde, Kof
reconstruyó los hechos y llegó a la conclusión de que el queso de la Central
Quesera Q no había desaparecido de la noche a la mañana, como había creído al
principio. En los últimos tiempos, había cada vez menos queso y además, ya no
sabía tan bien.
Tal vez el queso
había empezado a enmohecerse y él no lo había notado. Tuvo que admitir, sin
embargo, que si hubiera querido se habría percatado de lo que estaba
ocurriendo. Pero no lo había hecho.
En aquel momento
comprendió que el cambio no lo habría pillado por sorpresa si se hubiera fijado
en que este se iba produciendo gradualmente y lo hubiese previsto. Quizás era
eso lo que Oli y Corri habían hecho.
Se detuvo a
descansar, y escribió en la pared del laberinto:
Huele
el queso
a
menudo para saber
cuándo
empieza
a
enmohecerse.
Cuando llevaba sin
encontrar queso durante un tiempo que le pareció muy largo, Kof llegó a una
inmensa Central Quesera que tenía un aspecto prometedor. Pero cuando entró
sufrió una gran decepción al ver que estaba totalmente vacía.
“Ya he tenido esa
sensación de vacío con demasiada frecuencia”, pensó, con ganas de abandonar la
búsqueda.
A Kof empezaban a
flaquearle las fuerzas. Sabía que estaba perdido y temía no sobrevivir. Pensó
en dar marcha atrás y regresar a la Central Quesera Q. Al menos, si lo
conseguía y Kif estaba aún allí, no se sentiría tan solo. Entonces volvió a
formularse la misma pregunta de antes: “¿Que haría si no tuviera miedo?”.
Tenía miedo más a
menudo de lo que estaba dispuesto a admitir. No siempre estaba seguro de qué
era lo que le daba miedo, pero en aquel estado de debilidad supo que tenía
miedo de seguir avanzando solo. Kof no se percataba, pero se estaba quedando
atrás por culpa de sus miedos.
Se preguntó si Kif
se habría movido o seguiría paralizado por sus miedos. Entonces, Kof se recordó
las ocasiones en que se había sendito más a gusto en el laberinto. Siempre
habían estado en movimiento. Escribió una frase en la pared, sabiendo que era
tanto un recordatorio para sí mismo como una señal por si su compañero Kif se
decidía a seguirlo:
Avanzar
en una
dirección
nueva
ayuda
a encontrar
un
nuevo queso.
Kof miró el oscuro
corredor y fue consciente de su miedo. ¿Qué le esperaba ahí dentro? ¿Estaba
vacío? O peor aún: ¿había peligros escondidos? Empezó a imaginar todo tipo de
cosas aterradoras que podían ocurrirle. Cada vez sentía más pavor.
Entonces se rió de
sí mismo. Comprendió que lo único que hacían sus miedos era empeorar las cosas.
Por eso, hizo lo que hubiera hecho de no tener miedo: avanzó en una nueva
dirección.
Cuando empezó a
correr por el oscuro pasillo, una sonrisa se dibujó en sus labios. Kof todavía
no lo comprendía, pero estaba descubriendo lo que alimentaba su alma. Se sentía
libre y tenía confianza en lo que le aguardaba, aunque no supiera exactamente
qué era.
Para su sorpresa,
vio que cada vez se lo pasaba mejor.
“¿Por qué me siento
tan bien? – se preguntó -. No tengo ni una pizca de queso ni sé hacia dónde
voy.”
No tardó en
comprender por qué se sentía de aquel modo.
Y se entretuvo para
escribir de nuevo en la pared:
Cuando
dejas atrás
el
miedo,
te sientes libre.
Kof comprendió que
había sido prisionero de su propio miedo. Avanzar en una dirección nueva lo
había liberado.
En ese momento notó
la brisa que corría por aquella parte del laberinto y le pareció refrescante.
Respiró hondo unas cuantas veces y se sintió revitalizado. Después de haber
dejado atrás el miedo, todo resultó mucho más agradable de lo que él había
pensado que sería.
Hacía mucho tiempo
que no se sentía de aquella manera. Casi había olvidado lo divertido que era.
Para que todo fuera
aún mejor, Kof empezó a hacer un dibujo en su mente. Se veía con todo detalle y
gran realismo, sentado en medio de un montón de sus quesos favoritos, desde el
cheddar hasta el brie. Se vio comiendo de todos los quesos que le gustaban y
disfrutó con lo que vio. Luego imaginó lo felicísimo que lo harían todos
aquellos sabores.
Cuanto más clara
veía la imagen del nuevo queso, más real se volvía y más presentía que iba a
encontrarlo.
Kof escribió de
nuevo en la pared:
Imaginarse
disfrutando
del queso
nuevo
antes incluso
de
encontrarlo
conduce hacia él.
“¿Por qué no lo
había hecho antes?”, se preguntó.
Entonces, echó a
correr por el laberinto con más energía y agilidad. Al poco localizó otra
Central Quesera en cuya puerta vio, con gran excitación, unos pedacitos de un
nuevo queso.
Vio tipos de queso
que no conocía pero que tenían un aspecto fantástico. Los probó y le parecieron
deliciosos. Comió de casi todos y se guardó unos trozos en el bolsillo para más
tarde y quizá para compartirlos con su amigo Kif. Empezó a recuperar las
fuerzas.
Entró en la Central
Quesera muy excitado, pero, para su consternación, descubrió que estaba vacía.
Allí ya había estado alguien y sólo había dejado unos pedazos pequeños del
nuevo queso.
Comprendió que si se
hubiera movido antes, con toda probabilidad, habría encontrado allí más
cantidad de queso.
Kof decidió volver
atrás y averiguar si Kif estaba dispuesto a acompañarlo.
Mientras desandaba
en el camino, se detuvo y escribió en la pared:
Cuanto
antes se
olvida
el queso viejo,
antes
se encuentra
el nuevo queso.
Al cabo de un rato,
Kof llegó a la Central Quesera Q y encontró allí a Kif. Le ofreció unos pedazos
de queso, pero su amigo los rechazó.
Kif le agradeció el
gesto, pero dijo:
-
-
No
creo que me guste ese nuevo queso. No estoy acostumbrado a él. Yo quiero que me
devuelvan mi queso, y no voy a cambiar de actitud hasta que eso ocurra..
Kof sacudió la
cabeza, decepcionado, y volvió a salir solo. Mientras regresaba al punto más
alejado del laberinto al que había llegado, aunque echaba de menos a su amigo,
le gustaba lo que iba descubriendo. Incluso antes de encontrar lo que esperaba
que fuese una gran reserva de queso nuevo, si es que llegaba a encontrarla,
sabía que no era sólo tener queso lo que le hacía sentirse feliz.
Se sentía feliz
porque no lo dominaba el miedo y porque le gustaba lo que estaba haciendo en
aquellos momentos.
Al darse cuenta de
ello, no se sintió tan débil como cuando estaba sin queso en la Central Quesera
Q. El mero hecho de saber que no permitía que el miedo lo paralizase y que
había tomado una nueva dirección le daba fuerzas.
En esos instantes
supo que encontrar lo que necesitaba era sólo cuestión de tiempo. De hecho, ya
había encontrado lo que buscaba.
Sonrió y escribió en
la pared:
Es
más seguro buscar
en
el laberinto que
quedarse
de brazos
cruzados sin queso.
Kof advirtió de
nuevo, como ya había hecho antes, que lo que nos da miedo nunca es tan malo
como imaginamos. El miedo que dejamos crecer en nuestra mente es peor que la
situación real.
Había temido tanto
no encontrar queso que ni siquiera se había atrevido a buscarlo. Sin embargo,
desde que había empezado el recorrido había encontrado queso suficiente para
sobrevivir. Y esperaba encontrar más. Mirar hacia delante era excitante.
Su antigua manera de
pensar se había visto afectada por temores y preocupaciones. Antes pensaba en
la posibilidad de no tener bastante queso o de que no le durase el tiempo
necesario. Solía pensar más en lo que podía ir mal que en lo que podía ir bien.
Pero eso había cambiado
desde que dejó la Central Quesera Q.
Antes pensaba que el
queso no debía moverse nunca de su sitio y que los cambios no eran buenos.
Ahora veía que era
natural que se produjeran cambios constantes, tanto si uno los esperaba como si
no. Los cambios sólo podían sorprenderse si no los esperabas ni contabas con
ellos.
Cuando advirtió que
su sistema de creencias había cambiado, hizo una pausa para escribir en la
pared:
Las
viejas creencias
no
conducen
al nuevo queso.
Kof todavía no había
encontrado nada de queso, pero mientras corría por el laberinto pensó en lo que
había aprendido hasta entonces.
Advirtió que las
nuevas creencias estimulaban conductas nuevas. Se estaba comportando de manera
muy distinta que cuando volvía día tras día a la misma Central Quesera vacía.
Supo que, al cambiar
de creencias, había cambiado de forma de actuar.
Todo dependía de lo
que decidiera creer. Escribió de nuevo en la pared:
Cuando
ves
que
puedes encontrar
nuevo
queso
y
disfrutar de él,
cambias
de
trayectoria.
Kof supo que, si hubiera
aceptado antes el cambio y hubiese salido enseguida de la Central Quesera Q,
ahora se encontraría mucho mejor. Se sentiría más fuerte física y mentalmente y
habría afrontado mejor el reto de busca un nuevo queso. En realidad, si hubiera
previsto el cambio, en vez de perder el tiempo negando que este se había
producido, probablemente ya habría encontrado lo que buscaba.
Hizo acopio de
fuerzas y decidió explorar las zonas más desconocidas del laberinto. Encontró
pedazos de queso aquí y allá, y recuperó el ánimo y la confianza en sí mismo.
Mientras pensaba en
el camino que llevaba recorrido desde que había salido de la Central Quesera Q,
se alegró de haber escrito frases en diversos puntos. Esperaba que esas frases
le indicaran el camino a Kif si este decidía salir en busca de queso.
Se detuvo y escribió
en la pared lo que llevaba tiempo pensando:
Notar
enseguida
los
pequeños cambios
ayuda
a adaptarse
a
los cambios más
grandes
que están
por
llegar.
En esos momentos,
Kof ya se había liberado del pasado y se estaba adaptando al futuro.
Avanzó por el
laberinto con más energía y a mayor velocidad. Y al poco, lo que estaba
esperando ocurrió.
Cuando ya le parecía
que llevaba toda la vida en el laberinto, su viaje (o al menos aquella parte
del viaje) terminó rápida y felizmente.
¡Encontró un nuevo
queso en la Central Quesera N!
Al entrar, se quedó
pasmado por lo que vio. Había las montañas más grandes de queso que hubiera
visto jamás. No los reconoció todos, ya que algunos eran totalmente nuevos para
él.
Por unos momentos se
preguntó si aquello era real o sólo producto de su imaginación, pero entonces
vio a Oli y Corri.
Oli le dio la
bienvenida con un movimiento de cabeza, y Corri lo saludó con la pata. Sus
abultadas barriguitas indicaban que llevaban allí mucho tiempo.
Kof les devolvió el
saludo y enseguida se puso a probar sus quesos favoritos. Se quitó las
zapatillas y el chándal y lo dobló cuidadosamente, dejándolo a su lado por si
lo necesitaba de nuevo. Cuando hubo comido hasta la saciedad, cogió un pedazo
del nuevo queso y lo alzó hacia el cielo en señal de brindis.
-
-
¡Por
el cambio!
Mientras saboreaba
el nuevo queso, Kof pensó en todo lo que había aprendido.
Se percató de que,
mientras había tenido miedo del cambio, se había aferrado a la ilusión de un
queso viejo que ya no existía.
¿Qué lo había hecho
cambiar? ¿Había sido el miedo a morir de hambre?
“Bueno, eso también
ha contribuido”, se dijo Kof.
Entonces se echó a
reír y se dio cuenta de que había empezado a cambiar cuando había aprendido a
reírse de sí mismo y de lo mal que estaba actuando. Advirtió que la manera más
rápida de cambiar es reírse de la propia estupidez. Después de hacerlo, uno ya
es libre y puede seguir avanzando.
Supo que había
aprendido algo muy útil de Oli y Corri, sus amigos los ratones, sobre el hecho
de avanzar. Los ratones llevaban una vida simple. No analizaban en exceso ni
complicaban demasiado las cosas. Cuando la situación cambió y el queso se movió
de sitio, ellos hicieron lo mismo. Kof prometió no olvidar eso.
Entonces utilizó su
maravilloso cerebro para hacer algo que las personitas pueden hacer mejor que
los ratones. Reflexionó sobre los errores cometidos en el pasado y los utilizó
para trazar un plan para su futuro. Supo que uno podía aprender a convivir con
el cambio.
Uno podía ser más
consciente de la necesidad de conservar las cosas sencillas, ser más flexible y
moverse más deprisa.
No servía de nada
complicar las cosas o confundirse a uno mismo con creencias que dan miedo.
Si uno advertía
cuándo empezaban a producirse los cambios pequeños, estaría más preparado para
el gran cambio que antes o después seguramente se produciría.
Kof se dio cuenta de
que era necesario adaptarse deprisa, por que si uno no lo hacía, tal vez no
podría adaptarse jamás.
Tuvo que admitir que
el inhibidor más grande de los cambios está dentro de uno mismo y que las cosas
no mejoran para uno mientras uno no cambia.
Pero lo más
importante de todo era que, cuando te quedabas sin el queso viejo, en otro
lugar siempre había un nuevo queso, aunque en el momento de la pérdida no lo
vieras. Y que te veías recompensado con ese queso nuevo tan pronto como dejabas
atrás los miedos y disfrutabas con la aventura de la búsqueda.
Supo que el miedo es
algo que uno debe respetar, ya que te aparta del peligro verdadero, pero
advirtió que casi todos sus miedos eran irracionales y que lo habían apartado
del cambio, cuando lo que él necesitaba era cambiar.
Cuando se produjo el
cambio, no le había gustado, pero ahora comprendía que había sido una
bendición, ya que lo había llevado a encontrar un queso mejor.
Incluso había
encontrado una parte mejor de sí mismo.
Mientras Kof pasaba
revista a lo que había aprendido, se acordó de su amigo Kif. Se preguntó si
habría leído algunas de las frases que había escrito en las paredes de la
Central Quesera Q y del laberinto.
¿Habría decidido
liberarse del miedo y salir de la quesera? ¿Habría entrado en el laberinto y
descubierto que su vida podía ser mejor?
Kof pensó en la
posibilidad de volver a la Central Quesera Q y tratar de encontrar a Kif,
suponiendo que diera con el camino de vuelta hacia allí. Si encontraba a su
amigo, tal vez podría enseñarle la manera de salir del apuro. Pero después se
dio cuenta de que ya había intentado que su amigo cambiara.
Kif tenía que
encontrar su propio camino, prescindiendo de las comodidades y dejando los
miedos atrás. Nadie podía hacerlo por él, ni convencerlo de que lo hiciera. De
una manera u otra, tenía que ver por sí mismo las ventajas de cambiar.
Kof sabía que había
dejado un buen rastro por el camino para que Kif lo siguiera. Lo único que
tenía que hacer era leer las frases que él había escrito en la pared.
Se dirigió hacia la
pared más grande de la Central Quesera N y escribió un resumen de todo lo que
había aprendido. A continuación dibujó un gran pedazo de queso alrededor de
todos los pensamientos que se le habían hecho evidentes, y sonrió al contemplar
el conjunto.
El cambio es un hecho
El queso se mueve constantemente
Prevé el cambio
Controla el cambio
Huele el queso a menudo para saber si se
está enmoheciendo
Adáptate rápidamente al
cambio
Cuanto antes se olvida el queso viejo, antes
se disfruta del nuevo
¡Cambia!
Muévete
cuando se mueva el queso
¡Disfruta del cambio!
Saborea la aventura y disfruta
del nuevo queso
Prepárate para cambiar rápidamente y disfrutar otra vez
El
queso se mueve constantemente
Kof advirtió lo
lejos que había llegado desde que saliera de la Central Quesera Q en la que
había dejado a Kif, pero supo que le sería fácil cometer el mismo error si no
estaba atento. Así pues, todos los días inspeccionaba la Central Quesera N para
saber en qué estado se encontraba el queso. Iba a hacer todo lo posible para
impedir que el cambio lo pillase desprevenido.
Aún quedaba mucho
queso, pero Kof salía a menudo al laberinto y exploraba nuevas zonas para estar
en contacto con lo que ocurría a su alrededor. Advertía que era más seguro
estar al corriente de sus posibilidades reales que aislarse en su zona segura y
confortable.
De pronto le pareció
oír un ruido de movimiento en el laberinto. El ruido era cada vez más fuerte, y
advirtió que se acercaba alguien.
¿Sería Kif? ¿Estaría
a punto de doblar la esquina?
Kof rezó una oración
y esperó, como tantas veces había hecho, que su amigo finalmente hubiese sido
capaz de...
¡Moverse
con
el
queso
y disfrutarlo!