El primer contacto con el mundo de los videojuegos, lo tuve hace unos 17 o
18 años. Trajeron a casa un ordenador Inves con el que podría
trabajar mi madre. Si no recuerdo mal era un 286 con una pantalla CGA de 4 colores.
Los juegos que tuve por entonces eran muy sencillos y monótonos, pero
un mundo para mi, en principio. Apenas sabía cargar esos juegos y hubo
que traer a un amigo de mi familia, para que me lo dejara todo muy sencillo
para ejecutarlos. Poco después me compraron un Spectrum, pues parecía
más orientado al mundo del videojuego y tenía una paleta de más
colores. Costaba unas 29.900 pesetas y venía con pistola, joystick y
radiocasette integrado, que ayudaba a que cargaran mejor los juegos o programas.
Recuerdo bien el precio, puesto que para concienciarme, me recordaron sucesivas
veces que eso suponía un tercio del sueldo de mi madre. Yo, como criatura
sensible, pasaba muchas noches llorando, sintiéndome culpable por haber
supuesto tal sacrificio a mi familia.
Eso no impidió que pasara largas horas jugando, con cintas que le grababan
a mi padre sus compañeros de trabajo y algún juego ocasional que
me compraba. En una ocasión, estando mi padre harto de mi indecisión,
le dio la razón a un vendedor, que me decía que un juego era muy
moderno y casi me obligó a optar por ese. Lo cargué una vez y
no volví a tocarlo.
Pero ciertamente, pasé muchos momentos de diversión, jugando
en mi cuarto con amigos que me visitaban. De alguna forma, eso me hizo trabar
amistad, con gente con la que no tenía antes ningún trato y con
la que lo perdí al llegar a la pubertad. De esa época recuerdo
con añoranza juegos como el Gauntlet o el Elite, sin contar el Barbarian
y muchos de Dinamic. Curiosamente los dos primeros los tenía que jugar
en casa de amigos y me pasaba noches enteras soñando con ellos.
No mucho más tarde llegaría la Nintendo de 8 bits, la NES. La
vi en casa de los hijos de amigos de mis padres y me quedé prendado.
El primer juego que vi fue el Zelda 2. Era un comienzo de RPG, es decir, la
típica historia de un príncipe que debe vencer a mil monstruos
y tomar un sin fin de castillos hasta rescatar a su princesa. Su gracia radicaba
en que se obtenían puntos en los combates, lo que daba la posibilidad
de tener más fuerza y hechizos. Desde que se compró hasta que
por fin nos lo dieron en navidad (me enteré pronto de que papa Noel eran
los padres), iba cada dos por tres al sitio en el que estaba escondido, únicamente
para ver la caja y soñar con cómo sería el juego y el sin
fin de posibilidades que tenía. Cuando por fin llegó a mis manos,
estuve jugando toda la navidad, hasta hacerme sangre en los dedos. Me los envolví
en papel higiénico y seguí jugando como un poseso. Aún
guardo buenos recuerdos de ese juego.
Pronto conocería pequeñas joyas de ese mundo como Mario Bros y
mis favoritos… los juegos para dos mandos, dónde podías
jugar en equipo con otra persona.
En cambio, curiosamente, también detestaba un poco los videojuegos. A
mi me encantaba jugar al fútbol (aunque jugaba de pena y me llevaba golpes
por ser tan malo), al rescate o al escondite. Cuando todo el mundo se compró
la game boy, me daba grima, ver a todos jugando en un portal sin hacer nada
más. Eso provocó, que tendiera a aislarme bastante de mis vecinos
y prefiriera quedarme en casa montando castillos y barcos de tente, a estar
siempre con los videojuegos. En cambio, en el colegio era distinto. Todos jugaban
juntos, pero según que época, prefería sentarme bajo un
árbol y pintar en la arena. Vivía un mundo de fantasías
donde yo era un caballo negro, con poderes mágicos (me encantaban las
películas con caballos). Curiosamente, algunos que también se
hartaban de jugar en grupo, se venían conmigo a pintar en la arena.
Pronto llegó la pre adolescencia o la adolescencia para algunos. Por
entonces, el 13 de Octubre de 1993 se compró un ordenador más
moderno. Lo recuerdo, porque fue uno de los días más felices de
mi vida, y además, comí lasaña y me fui a ver Jurasic Park
con la nena que me gustaba. El ordenador era un cyrix 486 a 33Mhz con Super
Vga (aunque tardé mucho tiempo en saberlo). Por fin pude jugar a los
juegos que siempre soñé. Ya con el 286, conocí los simuladores
de vuelo, pero iba tan lento, que tardaba una hora en terminar cada misión.
Mientras llegaba el avión al objetivo, me dedicaba a leer alguna cosa.
Pero con el 486, pude probar muchos más, como el Strike Commander, el
F15 II&III y muchos otros. Y otra cosa que me enganchó más
que nada fueron los primeros juegos de estrategia. El que más, el Dune
II, de Westwood. Si no recuerdo mal, el pionero en los juegos de estrategia
en tiempo real. Creabas tu base recolectando especia y construyendo edificios,
que servían para defenderla y crear máquinas de ataque. Me pasé
un sin fin de noches jugando con él. Todo el tiempo que tenía
libre.
Era de alguna forma, la realización de mis fantasías en cuanto
a concepto de juego. Siempre intentaba emular grandes batallas con los clicks
de Plamobyl, los Legos y los Tentes. Pero no me daba esa libertad, esa interacción.
No había un uso de la cabeza como tal, solo de la imaginación.
La verdad, es que de estrategia tenían poco. Casi todo se basaba en cual
de los bandos creaba un ejército con la mayor velocidad y si era superior
en número ganaba. Mucho tiempo pasó, para que se tuvieran en cuenta,
aspectos como la moral de las tropas, las condiciones del terreno y las distintas
contra medidas que pueden utilizar las tropas, según su especialidad.
Pero aún así, era tremendamente adictivo y me pasé el juego
un sin fin de veces. Otro jeugo que me enamoró fue el Casttles, dónde
podías diseñar, construir y defender un castillo medieval.
Ya desde crío, leía bastantes libros de historia y pequeñas
novelas. Los videojuegos, me permitían un grado de interacción
con esos mundos imaginarios, que no tenía antes.
Mencionaba antes lo de la edad pre adolescente, porque entonces se fomentó
más aún mi aislamiento. Aún en séptimo de EGB, tenía
amistad con bastante gente y como hice algún número en el colegio,
pues tenía algún trato con las chicas, que hasta entonces, habían
sido algo misterioso para mí Mi mayor trauma, era que yo las invitaba
a mis cumpleaños y ellas a mi no. Era como un bicho raro. Y eso se acentuó
en octavo de EGB, dónde por los cambios que se producían en nosotros,
me quedé prácticamente marginado y con apenas un par de amigos.
Ese año, ni siquiera celebré mi cumpleaños y solo estuve
con mis padres y mi tío que se pasó casualmente por allí.
Me aislé más aún en la informática, hasta el punto
de convertirlo en una obsesión. Por entonces me enganché con fuerza
a juegos pioneros en el mundo de las tres dimensiones como Doom, donde el grado
de realismo, era revolucionario.
Como guardaba rencor a mis antiguos amigos de colegio por haberme marginado,
decidí romper con todo y me fui a un instituto donde no pudiera ver a
ninguno de ellos. Una de esas decisiones, que han marcado mi vida por completo.
Cuando llegué, era aún más inadaptado que en el colegio.
Lo único en lo que pensaban todos era en el fútbol y yo en la
informática. Aunque me gustaba mucho el fútbol en el colegio,
le cogí rápidamente asco al entrar en el instituto y dejé
de verlo hasta el día de hoy. Como no era capaz de callarme cuando se
reían de mí encima, tenía la manía de preguntar
en clase o de opinar sobre algo, fui el centro de todos los odios y hasta de
amenazas e algún repetidor (que se tuvo que ir pronto por romperle el
tímpano a una chica). Fue ese, en verdad, un año asqueroso para
mí y me planteé cambiar de instituto. Con los pocos amigos que
hice, apenas tenía en común y me aburría muchísimo.
El siguiente año, decidí cambiar un poco. Pasé de ser pedante
a gilipollas y como casualmente, hubo más compañeros aficionados
a jugar al ordenador, pues ya tuve con quienes tratar. Mientras tanto, hice
un pequeño grupo de amigos en el barrio de la concepción, gracias
al único amigo que conservé del colegio. Para conseguir ganarme
a la gente de clase, hice un sin fin de payasadas como humillar a algún
profesor, ya sea con bromas, ya sea mostrando a toda la clase, que no tenía
ni idea de lo que hablaba. Eso, me dificultó los estudios, pero tuve
esa falsa sensación de popularidad consiguiendo que me nombraran delegado
y me invitaran por primera vez a salir de fiesta y beber. Como aún era
muy reprimido, rehusé esas oportunidades y seguí viviendo en ese
mundillo de jugar al ordenador y quedar con los amigos para hacer lo mismo.
Pero ya sentí, que podía conseguir ciertas cosas y que todo ese
sufrimiento anterior, me había aportado alguna valiosa lección.
Al año siguiente las cosas se complicaron. Por un lado retomé
el trato con algunos antiguos amigos del colegio, fui perdiéndolo con
los del barrio y conociendo a nueva gente, con la que tenía más
en común y con la que aún mantengo el trato. Fue el año
en que conocí los suspensos, el alcohol, las niñas chungas de
culos preciosos y una sensación de verdadera amistad, que no tuve antes.
Recuerdo, como llamaba a varios de ellos, prácticamente todos los días
para contarles algo o plantear alguna nueva duda existencial (posiblemente lo
mejor, fue cuando les ponía ópera por teléfono). Fue el
año en que descubrí la filosofía, las grandes juergas en
mi casa, dónde, mientras yo intentaba dormir la borrachera, un grupo
de individuos, se sentaban toda la noche frente al mismo ordenador, para jugar
al Heroes of Might and Magic II. Juego, de inmenso éxito, que mezclaba
la estrategia con tintes de rol. Que bien lo pasé ese año y también,
cuántos palos recibí, pero fue de lo más instructivo. Logré
remontar en los estudios y hasta pensé que podía valer para las
ciencias. Fue el año en que viajamos de fin de curso a Francia, volviendo
más unidos que antes y conociéndonos mejor.
El último año de instituto, los estudios se volvieron mucho más
difíciles. A pesar de mi esfuerzo, no parecía quedárseme
nada. Llegaron las decepciones con los amigos del alma, las depresiones, las
borracheras tristes y solitarias. Los amores platónicos, que no dejaban
nunca de serlo. Aún recuerdo, como desempolvé mi viejo 486 y me
puse a pasarme algunos juegos que antes no pude, como el Monkey Island, el Populous
2, el rpg erótico Knigths of Xentar y muchos más. Por entonces
engordé bastante y como las broncas en casa eran constantes, pensé
en irme en cuanto cumpliera 18 años. De alguna forma, mi familia nunca
creía en mis facultades y quisieron convencerme para que no hiciera bachillerato
y me pasara a hacer un módulo de grado medio. Mucho les sorprendió
que sacara algunas buenas notas o que pasara selectividad.
Al entrar en la universidad, no estaba preparado. Me pasaba 12 horas en la sala
de estudio, pero no estudiaba nada. Me iba por las noches, de cualquier laborable,
a emborracharme con algún amigo (normalmente siempre me acompañaba
el mismo), obsesionado con las amistades perdidas y los amores que nunca conquisté.
Mi familia, consideraba, que la mayor parte de mis problemas procedían
del tiempo que pasaba con el ordenador. Ciertamente pasaba mucho tiempo jugando
(aunque siempre a escondidas) o navegando en Internet. Mientras, busqué
diversos trabajos para ver si podía irme de casa con un amigo. Desgraciadamente,
todos se rajaban tarde o temprano y yo mismo desistí de la idea en más
de una ocasión.
La carrera fue muy mal, perdí el trato con bastantes amigos, me fui de
casa, tuve algunos rollos y conocí a una mujer de la que me enamoré
con locura, pero eso ya está escrito en otras cartas y textos.
La esencia de esta historia es, que poco a poco dejé de jugar a videojuegos,
pero seguí fantaseando con ellos. Para mí era más importante
la ilusión que despertaban que el juego en si. Miraba un sin fin de webs
acerca del tema y me imaginaba como sería jugar a ese juego, al igual
que hice de pequeño, cuando no tenía la última consola
u ordenador o no me podía permitir comprarme algún juego.
Incluso en la actualidad, miro de cuando en cuando algo referente a videojuegos
y acaricio la idea de jugar con ellos en cuanto termine los exámenes.
Es como un premio que me reservo después de tanto trabajo y sacrificio.
Sin embargo, cuando termino, instalo esos juegos y a los cinco minutos ya me
están aburriendo. Tengo la cabeza tan condicionada por los exámenes,
que casi todo me sabe a nada. Muchas veces, ni siquiera me apetece salir, especialmente,
cuando no me han ido bien. En esencia noto, que mi vida, mi felicidad, no es
capaz de sustentarse en el ocio, que ya no soy capaz de disfrutar de casi nada,
salvo que sea como un premio. De alguna forma, he desarrollado un sentimiento
de culpa, acerca de todo lo que pueda implicar diversión y sólo
lo disfruto, cuando he sido merecedor de ello.
El placer que tenía jugar a un juego, era el reto que suponía
ganar o solucionar algún problema de lógica, pero sólo
es un falso sustituto de la realidad. Se aprende mucho más de la vida,
interactuando con ella, que leyendo acerca de ella. Aunque es cierto, que ese
conocimiento, es bueno reinterpretarlo o contrastarlo, mediante la aportación
de otras percepciones. La vida es un reto en si misma y lo es, conocer a las
personas que nos rodean.
Aislarme, de esas personas con las que no cuadraba y que nada me aportaban,
fue mucho más dañino que intentar entenderlas y ver su lado bueno.
Pude compaginarlo, pero no fui capaz y llegó un punto en que tuve necesidad
de ello.
En los últimos meses, no he hecho más que quedar con amigos de
toda condición y pensamiento, para intentar resolver mis dudas y mis
decisiones. Solo saqué dos ideas básicas y de lo más obvias,
pero que han evitado que me volviera completamente loco o que hiciera alguna
locura. Durante este tiempo, en que mi vida ha perdido por completo su sentido
y he deseado no vivir, he descubierto la esencial diferencia entre las personas
que te quieren y aquellas que te necesitan.
Son las personas que lo tienen todo en esta vida, seguras de sí mismas
y felices, que aún así, te valoran y respetan, las que te quieren
de forma sincera.
En cambio, las personas solitarias, acomplejadas, llenas de miedos e inseguridades,
que necesitan ante todo satisfacer su ego, para vivir una falsa sensación
de felicidad en la autocomplacencia, o sencillamente las personas, que necesitan
aferrarse a algo para no sentirse tan solas y miserables…son aquellas
cuyo sentimientos de cariño son una farsa, pues a la hora de la verdad
no se acuerdan del daño que pueden infligir, justificándose con
sus traumas y relativizándolo todo, en el caso de tener cultura.
El no tener suficientemente clara esa idea, hace que se creen un sin fin de
amistades falsas y también relaciones amorosas de conveniencia. Y cuando
una de las dos personas, recupera la confianza en sí misma, entonces,
cambia de gustos y vuela o incluso tiene el atrevimiento de despreciarte y hasta
de mostrar soberbia.
Es de esas personas, de las que hay que desconfiar, pues todo su cariño,
se fundamenta posiblemente en que se mienten a sí mismas, lo cual, es
casi tan peligroso, como que mientan de forma consciente o más. Pues
al que miente se le puede pillar, pero al que se miente, es más difícil
encontrarle una contradicción o un descuido.
La otra idea, es que las personas, la amistad, el amor, son la sal de la vida.
Uno puede buscar sana soledad en determinados momentos, pero no debiera ser
una costumbre. Las personas, son la verdadera base de la felicidad y el auténtico
reto. Poder confiar en alguien y tener la certeza de que esa persona estará
cuando se la necesita, es una sensación sublime y única, que hace,
que todos los demás problemas pierdan buena parte de su importancia.
Pelear por una amistad, es algo enriquecedor, pues ninguna amistad existe sin
un esfuerzo y sólo se valora con sinceridad, cuando las cosas se complican,
cuando surgen dudas sobre esa amistad o algo falla. Pero ahí esta la
esencia... La verdadera amistad o relación responderá con humildad,
anteponiendo el amor que siente por encima de cualquier orgullo. El amor, no
es necesario probarlo, pero mientras no surjan esas pruebas (que la propia vida
nos da), es mejor no tenerlo en consideración, porque sino, inevitablemente,
la vida se convierte en un completo infierno en dónde se pierde la fe
en todo lo que se amaba.
¿por qué hablaba de videojuegos? Porque sólo me sirvieron
para esconderme, para huir de una realidad que no me enriquecía o incluso
que me entristecía. Es como cualquier otra droga. Por breves momentos
ayuda, pero termina ahondando y fomentando el problema. Es, un entretenimiento,
algo superficial y secundario. En mi opinión, no se puede fundamentar
la felicidad en algo así, porque tarde o temprano se desmorona.
Las cosas que más me han hecho sentirme vivo, útil, o un sin fin
de sensaciones más, han sido mi carrera y las personas que he conocido.
También han sido la fuente del más absoluto dolor, pero así
es la vida y tarde o temprano, ciertas miserias hay que vivirlas.
Por lo tanto sabe de la vida y consecuentemente es feliz, quien interactúa
con ella, quien pelea constantemente por algo y como dijo uno de mis consejeros,
quien no se miente a sí mismo.