La muerte se acercaba y todos lo sabíamos. No había esperanza
puesto que los ansiados refuerzos no llegaban y en cambio si los del enemigo.
Por alguna razón nadie había podido cortarles el paso y lo más
importante, sus fuentes de suministros. Nuestras horas estaban contadas y nos
harían morder el polvo para demostrar su ira e inmisericordia.. De cualquier
modo, se lo tomaron con calma, rodeando la ciudad y esperando en los cuarteles
que no pudieron ser asaltados. El tiempo jugaba de su parte e iban cerrándonos
cualquier acceso para que no nos pudieran traer municiones o comida. También
vigilaron cuidadosamente el espacio aéreo para no recibir alguna sorpresa
de nuestros aliados. Pasé la noche en esa ventana, observando la lejanía
mientras fumaba nerviosamente. No solía hacerlo, pero ese era un día
especial…
La familia a quien sorprendí no quiso irse de aquel lugar a pesar de
mi insistencia. Incluso quisieron llevarme a un hospital. Yo no quería
abandonar mi puesto, ya que el ataque se repetiría por ese sitio aunque
con muchas más contundencia. Con total seguridad, ya estaban colocando
baterías de artillería para preparar el camino a sus divisiones
sobre los escombros que iban a dejar. Había perdido bastante sangre,
pero la tensión me mantenía lúcido. Me estaba preparando
psicológicamente para morir.
Siempre tuve presente mi muerte, por el tipo de vida que escogí, pero
esta vez sabía el día con gran seguridad. De mi no quedarían
mañana ni los despojos entre un montón de piedras. Nuevamente
me puse a elucubrar sobre cuál sería mi vida si sobreviviera.
El paso al ostracismo y a ser un paria. Como muchos de nosotros caería
en el alcoholismo, para no pensar en tan horribles recuerdos, en los sacrificios
propios y ajenos que tuvimos que hacer. Lo pronto que se olvidarían de
nosotros y nos mostrarían el desagradecimiento tan propio de la condición
humana. Las pesadillas que hacían tener presente ese horror las 24 horas
del día. Sin contar que las experiencias posteriores, serían un
vano intento por sentirnos vivos. Nada se podía comparar a esta lucha
por sobrevivir, era una monstruosa excitación constante. Antes de la
guerra, yo ya había vivido todo lo que una persona podía desear.
Había conseguido algunas metas, buenos amigos, algún amor platónico
y otros reales. Había visto mundo, aprendido muchas cosas de los libros
y de las personas que me rodeaban. Parecía realmente que la vuelta a
la vida normal, sería el retorno a una constante repetición de
experiencias ya vividas. Hermosas la primera vez, cuando aún era una
persona inocente y llena de fe. Vacías al poder encontrarle una explicación
lógica a todo y tener ya el prejuicio de lo difuso de cualquier placer
o sentimiento. A mi joven edad, ya creía haberlo vivido todo y no me
producía la más mínima curiosidad una alternancia ficticia
de las mismas sensaciones. Con todo esto, no me importaba lo más mínimo
morir, unido a que así me sentía como un héroe y no un
inútil más, que formara parte de la rueda productiva. La mujer
que conocí recientemente y que tan hondo me caló, ahora era solo
la dolorosa sensación, de que no había nada mejor que ella y que
en cierto sentido, desvirtuaba su recuerdo buscando cuando ya había encontrado
la perfección. Lloraba mientras pensaba todo esto, por todos los recuerdos
que pasaban a través de mis ojos mientras observaba las estrellas de
esa hermosa noche, tapadas a veces por el humo de la ciudad en llamas.
Realmente deseaba morir porque estaba cansado de todo, especialmente de mi mismo.
La familia me observaba respetuosamente y no quiso decir nada. Quisieron respetar
mi último momento de intimidad y posiblemente el suyo. La sangre seguía
goteando de mis heridas y me empecé a marear. No quería irme y
me mantenía como podía en mi puesto. La ira me embargaba, unida
a la vergüenza por no poder cumplir mi cometido. El rifle se me cayó
de la mano y al intentar recogerlo, me desplomé.
Me desperté y solo veía una mancha blanca. Poco a poco se fue
haciendo nítida y pude vislumbrar un techo del mismo color y unos instantes
más tarde, unos rostros difusos. Mientras recobraba la vista pude ver
que eran los padres y sus dos hijas, que a buen seguro me arrastraron al hospital
más cercano. Me sonreían cálidamente y me pidieron disculpas
por haberme traído hasta aquí a pesar de saber que yo me negaba
en redondo. También me daban las gracias por haberles advertido de todo
el peligro y de haberles intentado poner a salvo. Les sonreí con tristeza
y me resigné como pude. Tras un rato, empecé a tomar conciencia
de todo mi entorno. Oía los lamentos de todos los que a su vez habían
sido heridos. Los gritos de personas a las que operaban sin anestesia y suplicaban
para que mitigaran su dolor. Si no fuera porque ya los había oído
tantas veces, me desgarrarían el alma. La artillería había
comenzado a cantar y me asomé a la ventana a contemplar el espectáculo.
Los tejados de las casas se derrumbaban y los cristales estallaban en mil pedazos.
Lo más espantoso eran los aviones que volaban a baja altura masacrando
a los civiles que corrían por las calles, por el puro placer sanguinario
de la venganza. Esto si era el fin y en breve tiempo llegarían las divisiones
enemigas. A lo lejos ya se oían las ametralladoras y los disparos de
los tanques.
Cada edificio se intentaría convertir en una fortaleza. Pude ver a los
lejos acercarse los tanques, precedidos por tropas de lanzallamas, que iban
quemando casa por casa. Personas aterrorizadas o ardiendo se lanzaban al vacío
sin ninguna esperanza de salvarse. Ellos a su vez también sufrían
pérdidas, por los disparos que provenían de mil sitios distintos.
Pero se guarnecían y esperaban a que los tanques, la artillería
y los aviones destruyeran todo a medio kilómetro a la redonda. Tenían
muy claro, que no debían tener escrúpulo alguno si pretendían
vencer lo antes posible y al menor coste, aunque la ciudad desapareciera. Oí
como algunos de los miembros de la resistencia, se planteaban si no matar a
todos los heridos del hospital para evitar que les torturaran. La batalla arreció
al llegar la noche y el enemigo solo había avanzado unos metros en el
interior de la ciudad, pero no pasaba nada pues tarde o temprano sabían,
que lo conseguirían.
Yo ya me iba recuperando y era incapaz de dormir esa noche. Ya había
dormido todo un día y la tensión me mataba. Me dediqué
a observar la noche, como tanto me gustaba hacer, aunque el hospital rezumaba
de vida, pues no era el único con insomnio. Cerca podía oír
y vislumbrar a través de un biombo a una enfermera que se abrazaba apasionadamente
a un hombre. Un herido de al lado, también insomne, me comentó
que cada noche se repetía la misma escena, aunque iban cambiando los
invitados a disfrutar de ese placer tan vital. No la juzgué por ello,
por diversas razones. En la guerra, al ver tanta muerte cerca es inevitable
sentir un deseo reproductivo tan fuerte, además de la consciencia de
que se puede morir en cualquier momento, desinhibe todo prejuicio. También
pensé, en como tanto horror abotarga el cerebro y nos hace cometer actos
que ni siquiera nos gustarían aunque no tuviéramos miedos y prejuicios.
Sentí cierta tristeza al ver todo eso y tantas ilusiones destruidas en
millones de personas. Me recordó, como también había visto
a muchos chicos y chicas, antes de la guerra, actuar de forma absurda por todo
lo contrario. Tener relaciones únicamente por no ser los únicos
solos, por lo que dirían los demás, aunque no quisieran hacerlo
y no amaran a su pareja.
Mientras pensaba en esto giré mi cabeza y observé algo mirándome
desde la oscuridad. Era una de las hijas, sentada contra una pared, abrazando
sus piernas y observándome con serenidad y tristeza con unos enormes
y preciosos ojos azules. Me quedé mirándola pasmado, sin saber
que hacer, contemplando como a pesar de ser joven, ya se había convertido
en una hermosa mujer, de talle delgado y liso y piernas largas y dulces que
escapaban a mitad de la falda, de su vestido destrozado. Observó brevemente
a la enfermera y se levantó dirigiéndose hacia mí. Pude
observar su figura mientras avanzaba torpemente y el vestido lleno de agujeros
daba una cierta armonía a su feminidad joven y natural. Se introdujo
entre mis sábanas y me abrazó. La besé dulcemente en la
frente y así dormimos abrazados hasta el alba.
Me despertaron los disparos de fuera, que parecían ser ya justo bajo
el hospital. Me alarmé y busqué mi arma, que alguien había
tenido el buen detalle de dejarme debajo de la cama. La enfermera estaba justamente
con otro paciente embriagada de lujuria y no oyó los pasos que subían
por las escaleras. Instintivamente me escondí tras unas camillas rotas
tiradas en un rincón.
Entraron unos diez soldados y comenzaron a reírse y a un mismo tiempo
a mostrar repugnancia ante al enfermera, medio desnuda. Con todo desprecio clavaron
las bayonetas sobre su hermoso cuerpo por todas partes, dejándola hecha
jirones. Yo observaba horrorizado, sabiendo que nada podía hacer pero
sintiéndome como un miserable por no intentarlo. Lo peor vino después…
Encontraron a mi acompañante de esa noche. A la inocente joven, que solo
buscó un poco de cariño, en espera de la muerte, ya ni siquiera
una satisfacción lasciva. Solo un abrazo, un beso, un poco de calor humano.
Destrozaron su vestido y la persiguieron desnuda por la habitación. Para
ellos era un juego asustarla de un lado para otro a una mujer tan apetecible
y frágil. La enfermera por ser demasiado mujer les daba asco. En cambio
sentían el típico y miserable morbo por una persona desvalida.
Ella lloraba mientras corría y ellos le cerraban el paso con gritos monstruosos.
Por fin empezó la carnaza y comenzaron a violarla de todas las formas
posibles. Ella gritaba e intentaba zafarse, pero así solo recibía
puñetazos que hacían sangrar su hermoso rostro y perder algunos
dientes.
Estuvieron así un buen rato, mientras yo solo miraba, desesperado, sabiendo
que esa era la única forma de que algunos saliéramos vivos de
ahí.
Cuando terminaron con ella, le dispararon en la nuca y se dispusieron a matar
a todos los enfermos de la sala. Dieron la orden y se fueron todos mientras
uno hacía el trabajo.
Ví mi oportunidad y me abalancé sobre él cortándole
el cuello con un cuchillo del que jamás me separaba. Me encontraba rabioso,
poseído y deslicé el cuchillo por mi lengua para saborear la sangre
de mi víctima, que sería el preludio de todas las demás.
Se habían ido separando para poder acabar cuanto antes con los enfermos.
Y yo fui cuarto por cuarto degollándolos sin misericordia, como un depredador
que solo busca cazar sin sentido alguno.
Cuando terminé salí corriendo por la puerta con mi rifle, para
buscar a más enemigos y tratar de contenerlos donde aún hubiera
compañeros. Contuve mis lágrimas por lo que acababa de vivir,
obcecándome en lo último que me quedaba por hacer en esta vida.
De pronto, recibí un disparo, que por poco pude haber anticipado, pues
ví la silueta. Con un último ademán, disparé al
francotirador al que atravesé la garganta.
Al instante, me agarré el estómago, presa del dolor más
horrible imaginable. Sabía que esto era mi fin, pero me resistí
a ello. Seguí avanzando encorvado entre la nieve hasta que caí
de rodillas, escupiendo sangre. Contemplé que las gotas contrastaban
con el blanco de la nieve y me acordé del cuento de Blancanieves, dónde
su madre, decidió ponerle ese mismo nombre, por lo pálido de su
rostro y lo rojo de sus mejillas. Me entró una risa sarcástica
por tener pensamientos tan infantiles en un momento asi, pero escupí
más sangre. Me dí cuenta de que deseaba vivir y me estaba arrastrando
en busca de una ayuda que no llegaría.
En ese momento supe que lo que pensé la noche anterior, solo fue producto
de una justificación momentánea. Seguía amando la vida,
mi vida. No había monotonía en una mujer sonriéndome cada
noche mientras me acostaba. No la había en cada libro por descubrir,
en una de tantas charlas y vino con amigos estupendos. No había nada
de malo en mi vida, puesto que lo tenía todo y siempre podía descubrir
algo más. No faltaban cosas en la vida que no me pudieran inquietar,
que no fueran lo suficientemente complejas para estimular mi curiosidad y mis
ansias por conocer y sentir. Pero ya era tarde…la sangre chorreaba de
mi estómago y yo me estaba atragantando con ella y dolorosos espasmos,
mientras hundía mi cabeza en la nieve, retorciéndome de dolor
y exhalando un último suspiro para convertirme en la nada.