Sábado
(una pequeña reflexión)
El otro día me dio por juntar todas las cosas que he escrito estos años.
Textos, que no me he atrevido a leer en su mayor parte, salvo los recientes
para darle coherencia a los que les dieron continuación. Como tengo facilidad
para imprimir en mi trabajo, me he dedicado a regalarle trozos de mis escritos
a mis conocidos y amigos, ya que a muchos les cuesta leer en la pantalla, pero
dicen tener interés. Algunos me han propuesto que lo envíe a concursos
o incluso a una editorial. A lo más que me he atrevido ha sido a enviarlo
a un concurso propuesto a la universidad. Ya de por sí, me cuesta publicar
lo que escribo en Internet, pues lo veo un poco pretencioso.
Pero no puedo evitarlo. Una de las cosas que más feliz me hace, es cuándo
recibo un correo de alguien que se lo ha leído y le ha gustado, o cuando
mis amigos me comentan algún detalle que podría estar mejor. Creo
que por el sólo hecho de que a alguien le guste leerme, ya siento simpatía
hacia ese individuo. Tengo aproximadamente unos 30 lectores declarados, a los
que envío todas las novedades. Y mi obra, entre ensayos, relatos y cartas
llega a las 254 páginas a día de hoy, ocupando unos 965K en un
archivo de Word. Son datos espeluznantes, unidos a una media de 11 visitas diarias
desde el día en que creé mi web por motivos muy distintos a los
actuales.
No hace mucho, me dio por imprimir ese documento, para poder tenerlo todo en
un archivador. Nunca se sabe lo que le puede pasar a mis discos duros y además,
me hacía ilusión que mi trabajo ocupara espacio en mi estantería.
No todo podían ser libros y apuntes de física. Eso, ni siquiera
lo he creado yo.
Sin embargo, no me he atrevido a leerme. El otro día, como muchos otros
sábados, caí en cierta ansiedad y me obsesioné con algún
tema de tantos. A lo largo de la semana no paro de hacer cosas. De clase voy
al trabajo, del trabajo, vuelvo a casa con la bici, escupiendo pulmón
y maldiciendo mis felices ideas. Luego, tocar el piano, estudiar, escribir alguna
chorrada y acostarme pronto. Gracias a que estoy matado, he dejado de lado el
chatear con los colegas o ver pelis y he vuelto a leer un poco por las noches.
Posiblemente por estas razones he podido dormir mejor y no tengo tiempo para
casi nada, lo cual tiene sus ventajas. Me agobio por falta de tiempo (o fortaleza
para hacer lo que me gustaría), pero no caigo en depresiones ni en existencialismos
por estupideces.
Sin embargo, cuando llega el fin de semana y tengo tiempo libre de sobra para
recuperar las cosas atrasadas o disfrutar de cierto ocio, me invade una sensación
muy poco gratificante. Dejo de hacer nada, me quedo delante del portátil
mirando cualquier cosa, necesitado de hablar con alguien. Cuando toco el piano,
me frustro al pensar que no hay nadie para escucharlo. En teoría, puedo
quedar con mucha gente, pero por una razón u otra, creo que lo pasaré
peor saliendo que estando en casa y acostándome pronto. Quizás,
porque hace tiempo fomenté un sentimiento de culpa para tener tiempo
libre suficiente para estudiar. Pero lo cierto es, que no me apetece ver a casi
nadie. Estoy en mi trabajo y tengo tiempo y posibilidad gratuita de llamar a
quien me plazca. Pero sólo llamo a un par de personas- Y a los demás,
por mucho que les aprecie, no les llamo. Sencillamente no se de qué empezar
a hablar con ellos. En clase me pasa algo parecido. Me siento en la última
fila y paso de todo el mundo. De vista todos me conocen, pero como persona,
sólo a través de alguien. Me cuesta horrores empezar una conversación
acerca del tiempo que hace, o de si ganó el Madrid el partido. No se,
no me sale hablar de eso. Algunos lo han interpretado como desprecio o prepotencia,
según me han comentado más tarde. Pero, no creo que sea más
que introversión.
Uno de los debates pendientes que llevo arrastrando con un amigo desde hace
años, es acerca de mi “prepotencia inconsciente” como definió
él en su día. Por más que he intentado que lo hablemos,
nunca me ha quedado claro.
El otro día, me invitaron a ir a un concierto de lo más interesante
con el bajo de Paco de Lucía, en una fusión de estilos musicales
(jazz-flamenco o Dios sabe qué). Un poco no quería ir por encontrar
a algunos viejos amigos. Tener que oír preguntas acerca de cómo
va mi vida, cuando nunca he recibido una llamada en los peores momentos, es
algo que me saca completamente de mis casillas. Por más que estoy aprendiendo
a sonreír y guardar las apariencias con la gente, se me siguen revolviendo
las tripas cuando tengo que escuchar mentiras que cada uno de los personajes
que se ha cruzado en mi vida, se dice a sí mismo y a los demás,
para justificar su completo egoísmo y egocentrismo, fingiendo eso sí,
un enorme amor por mi persona.
Ya he hablado de estas cosas muchas veces. Es un tema recurrente. La cuestión,
es que, el sábado pasado, tuve otra de esas crisis existenciales de ponerme
a llamar a un par de personas para que me contesten a alguna pregunta que me
dejaría más tranquilo. Luego quedé con amigos y lo pasé
realmente genial en ese concierto, quizás algo dopado con las cervezas.
Pero mientras me dirigía al coche, pude localizar a otro amigo y comentarle
mis pequeñas obsesiones y le mencioné algo curioso…
Que algo tenía que fallar en mí, si no podía aguantar a
casi nadie que me rodeaba, especialmente si ya habíamos tenido una cierta
intimidad. Que tenía que volver a leerme. Mirar un poco hacia atrás.
Ver como muchas cosas no habían cambiado y reflexionar sobre ello. Me
llamó mucho la atención, una conocida que me comentó que
había estado enferma y se había puesto a pensar. Coño,
¿hacía falta ponerse enfermo? Vale que yo pierdo demasiado el
tiempo pensando para nada, pero tal extremo no lo concebía. Eran tales
sus obligaciones y ambiciones, que no tenía tiempo ni para reflexionar
sobre su vida. Bueno, esa es mi interpretación algo exagerada, pero me
pareció una anécdota curiosa.
A día de hoy no me he puesto a leerme. La verdad es que no se como puedo
casi exigirle a mis fieles que se acuerden de detalles de textos que yo no he
vuelto a leer casi desde que los escribí. Y sin embargo, tengo que hacerlo,
tengo que hacer una autocrítica, como cuando me dirigía al coche
aún algo atontado por la cerveza tras mi charla con Edgar en un bar.
Me haría ver todas mis obsesiones ridículas, que se repiten año
tras año, haciéndome sentir como un animal enjaulado y contemplando
la bañera, como única forma de escapatoria.
Pero no deja de ser curioso, como nos matamos a hacer constantemente cosas,
únicamente para no pensar, para no reflexionar y recordar tiempos pasados.
Yo incluso si me paro a pensar, voy cayendo poco a poco en el autismo. Antes
leía a diario los periódicos y procuraba estar algo informado
acerca de lo que me rodea. Ahora no. Ahora paso por completo. Me entero de noticias
importantes días más tarde. Y no porque piense que todos los políticos
son iguales. Es más, desprecio esa forma de pensar, simple y justificativa.
Sinceramente, hago mal, pero estoy mejor en mi mundo muchas veces, que cabreándome
constantemente cuando leo ciertas cosas.
Cada vez menos personas a las que se disfruta viendo, cada vez menos intereses
en lo que nos rodea, cada vez menos pensar y por el contrario ser más
“pragmático” o egoísta. Cada vez más fingir.
Es como una muerte lenta
P.S. Y sin embargo, lo bien que me lo paso algunos días con un buen libro, con una emocionante peli, tocando el piano a solas y viendo como sale, resolviendo ecuaciones en la intimidad de mi escritorio o riéndome hasta llorar con algunos amigos…