1ª Parte: El inicio de un amor
I
Esta es la historia de como yo, Jesús S., conoció, y se enamoro
de A. María T.; de como no supe controlar mis pasiones y el fatídico
resultado que ello produjo.
Todo empezó cuando yo tenía 17 años, al igual que ella,
y cursábamos 3º de bachillerato. Estaba con unos amigos, compañeros
de clase, cuando apareció ella, pálida como la Luna...
Después de ese día no volví a verla en mucho tiempo. Pensaba
frecuentemente en ella, no sólo por lo magnética y enigmática
que me había parecido; ademas me produjo una extraña sensación,
desvalida como un cachorro sin su madre, y a pesar de ser muy abierta y espontanea
me pareció encerrada en su coraza.
No volví a verla, ya digo, hasta el primer día de clase del nuevo
curso. Para no perder la costumbre me encontraba en una clase donde no conocía
a nadie, en una ciudad desconocida. Entonces la vi, vestida de negro, como el
día que la conocí.
- ¿María? ¡María! ¿Qué haces aquí?
No se acordaba de mi.
- Tu eras aquel chico que viajaba tanto y que se sentía tan solo.
- Si, ese soy yo- dije con la boca pequeña-. ¡Qué sorpresa
verte aquí!
El trabajo de su madre.
- Ahora sabes como es mi soledad.
- Pensé que sería mas divertido conocer gente nueva.
Allí estábamos dos desconocidos, sintiendonos mas cerca el uno
del otro que si nos hubiésemos visto todos los días de los últimos
años.
Así empezó nuestra amistad, y así comenzamos a vernos todos
los días y a ser el único apoyo del otro.
II
Aún me estaba retocando el flequillo cuando la puerta se entreabrió.
- ¿Si; qué quieres?-. Era una señora de edad no muy cierta.
Sin duda era la madre de María. Tenía sus mismos ojos, pero no
era la misma la forma de mirar. Ahora me sentía observado e inquirido.
- ¡Hola! ¿Está María?
- ¿Qué quieres?- repitió amenazante.
- He venido a traerle los deberes. Como hace dos días que no viene...
- Está bien; pasa-. Cerró momentáneamente, quitó
la cadena del pasador y al instante volvió a abrirla para darme paso.
Me adentré en la casa y me sumergí en una atmósfera densa
y oprimente. Había objetos a mi alrededor, por todas partes dispersos,
ocupando todo el espacio disponible: era como si quitaran el aire que respirar.
Se cerro entonces la puerta tras de mi, y me volví sin que mis ojos,
que aún no se habían acostumbrado a tan repentina oscuridad, me
permitieran distinguir ninguna figura.
- Tu debes ser Chus.
- Si...
- Yo soy Sofía, la madre de María. Habla mucho de ti últimamente-.
Su tono se había vuelto mas cordial.- Voy a avisarla de que has venido:
espera un momento.
Mi vista ya se había aclarado un poco. Me encontraba en una zona indefinida
de la casa: entre la entrada y el salón, al lado de la cocina y con el
pasillo a mi derecha. Los muebles se agolpaban unos contra otros, y los objetos
que sostenían parecían luchar como los árboles en la selva
buscando un rayo de luz.
“¡Ángela!, oí decir a Sofía. Ha venido Chus
a verte...Está bien”. Se oían sus pasos de vuelta, armónicamente
acompasados. Me fijé entonces en su figura, que apareció por el
pasillo y me llamo la atención por la mezcla de la fortaleza que expresaba,
con su extremada delgadez y elegancia.
- Espera un momento que ahora sale. Se está vistiendo. ¿Quieres
darme el abrigo, Chus? ¿Cómo prefieres: Chus o Jesús?-
se me mostraba su voz amable, intentando que me sintiera agusto.
- Me da igual; Chus está bien- contesté quitandome el anorak.
- Hola Chus- dijo María (¿o debo decir Ángela?) desde el
pasillo. Me quedé mirando a su madre preguntandome que debía hacer.
- Por el pasillo; la primera a la izquierda- dijo al fin . Atravesé el
superpoblado pasillo, de paredes ocultas tras infinidad de cuadros y cuyo camino
estaba sensiblemente estrechado por una serie de extraños muebles con
puertas, cajones y baldas repletas de objetos ornamentales.
- Hola María-. Me encontraba en una estancia extrañamente azul
oscura, con un gran Sol el la cabecera férrica de la cama. Libros dispuestos
en estanterías, de aventuras “medievales” (estilo Tolkien).
Las paredes se completaban con posters de grupos de música, en donde
unos tipos de caras blancas y pelos largos competían por parecer mas
satánicos e irreverentes que los demás; también había
una litografía de “La balsa de Medusa” de Gericault. Me había
quedado atónito ante una visión tan lúgubre y depresora
cuando oí de nuevo su voz:
- Pasa; no te quedes ahí.
- ¿Qué tal estás?
- ¡Oh!, mejor, gracias. Puede que mañana ya vaya a clase. ¿Y
tu?
- Bien... Un poco aburrido. Y encima sin compañera...
- Tranquilo, que mañana ya te daré la vara.
- ¿Siempre vas de negro?- dije fijandome en el chandal y la camiseta
que vestía.
- El negro da vitalidad: absorbe todas las energías de onda.
- De eso venía ha hablarte-. Su cara adoptó un gesto de no entender
nada y con sus ojos azul Klein bajo el ceño fruncido me exigía
una explicación.- Te traigo los deberes de física.- continué
con la consiguiente relajación de sus facciones-, o ¿qué
te pensabas?
- Que te ibas a poner en plan madre a meterte con mi ropa.
- No lo voy a hacer, pero podría: eres muy guapa para esconderte bajo
esos mantos.
De nuevo su frente estaba arrugada pero expresaba algo totalmente distinto.
- No se porque te molesta que te digan que eres guapa- dije encendiendo fuego
en sus ojos-. Está bien, lo retiro: eres un callo.
- ¡Tampoco te pases! No soy guapa, pero tampoco tan fea.
“Será mejor hablar de las clases” pensé.
Llamaba a lo lejos el teléfono por tercera vez cuando se calmó
su grito y, al instante, salía María requerida por su madre. Eran
mas de las nueve y pensé que debía irme.
- ¿Qué tal Chus?- oí a Sofía entrando. Contesté
mecánicamente “bien”.
- ¿Qué tal te adptas a la nueva ciudad?
- Bien- repetí.
- ¿Has hecho ya una pandilla?
- Bueno... tengo un par de amigos.
- ¡Qué suerte...! María no conoce aun a nadie... Bueno,
sí, a ti. Pero en los casi seis meses que llevamos viviendo aquí,
todavía no ha salido ni un fin de semana.
- Yo ya la he dicho que se venga con nosotros.
- Esque es muy asocial... ¡Pero seguro que sí saldría si
fuerais los dos solos! ¿Por qué no se lo propones?
No supe que contestar, así que, al viernes siguiente la “llevé”
al cine.
III
Últimamente pienso mucho en Sofía. Fue a partir
de un encuentro fortuito con una desconocida. Paseaba por una calle cuando me
crucé con una vagabunda que deambulaba la calle a trompicazos. Cuando
hice el camino de vuelta me la volví a encontrar, pero ya no andaba;
estaba de pie, oliendo una y otra vez un jersey que sostenía entre sus
manos. Cerraba los ojos al inspirar, como para imbuirse mejor en el olor. Después
despegó los parpados con la mirada perdida y me mostro su dolor y desgarro:
tenía ojos de muerto, de una persona que ya no espera nada de esta vida
sino su fin. Me pareció entonces estar viendo a Sofía, con la
misma tristeza que la última vez que la vi, evocando olores de ese mundo
del que sólo algunos son conscientes. Espero que ella esté mejor
que aquella mujer; sin embargo, desde aquel día soy incapaz de imaginarmela
de otra manera.
Sofía heredó el don del olfato de su madre, y de la misma forma
este pasó a María, a través de quien yo conocí tan
complejo universo. Fue la primera vez que salimos los dos. La llevé al
cine y después a tomar una copa. Ella estaba muy ilusionada con su primera
salida después de varios meses aunque tratara de hacerme creer lo contrario,
incluso diciendome que lo hacía sólo por su madre. Pero yo noté
en sus ojos un brillo que nunca antes había visto y su estado era muy
animoso y dicharachero. Hablaba. Hablaba de todo lo que la venía a la
cabeza y yo contemplaba su mirada de niña de tal manera embelesado que
varias veces me preguntó si la estaba haciendo caso. Fue esa noche cuando
sentí algo que ya jamas podría reprimir al volver a verla y que
no se si etiquetar de amor. Era el deseo de hacerla feliz, que no volviera a
estar triste, que ningún dolor la alcanzara jamas. También me
di cuenta de que este sentimiento despertaba en mi una profunda excitación.
La acompañé hasta su casa (como un perfecto caballero) y al darla
dos besos me dijo: ¿Sabías que hueles muy bien?
- ¿De verdad? Yo no me huelo a nada.
- Eso es porque estás acostumbrado a tu olor- y volvió a acercarse
para olerme el cuello. Mi excitación aumentaba velozmente al notar su
cuerpo junto al mio y su tersa cara rozarme el cuello y las orejas.
- Cada vez hueles mejor- dijo-, y mas intenso.
- Oleré a persona, como todo el mundo- repliqué excitadamente
nervioso.
- No. Cada persona huele diferente a los demás; es como las huellas dactilares.
Y tu hueles especialmente bien.
- Pues tu no me hueles a nada.
- Fíjate bien. Aquí, en el cuello y detrás de las orejas.
Cada persona capta el olor de los demás, solo que la mayoría no
lo hace conscientemente. Luego ese olor influye en la opnión que te formas
de esa persona.
- Si... puede que huelas a algo-. La verdad es que olía maravillosamente.-
Así que tienes muy buena opinión de mi- dije.
Su cara cambió de niña resabida a niña traviesa en apuros,
a punto de mentir:
- No...: porque yo lo capto conscientemente.
- Pues yo si tengo muy buena opinión de ti; ¿eso es que hueles
muy bien?
- Hasta mañana, Chus- me dio otros dos besos y se metió en casa.
IV
<<Póbrecito Chus, sólo se me ocurre decir; perdido en el
sexo.
>>- Si yo me acostara con dos mujeres a la vez- me ha dicho alguna vez
un amigo- , podría morirme feliz.
>>Él ha hecho cosas que la mayoría sólo sueñan
con hacer. Cosas de las que ni él quiere acordarse por su terrible y
vana carnalidad. Él preferiría borrar todo de su pasado, olvidarlo
todo; pero no puede. Se le vienen imágenes a los ojos cuando los cierra
por la noche. Se ve a si mismo fornicando compulsivamente, una vez de tantas,
con repetida mecanicidad, carne con carne, fricción. No recuerda la cara
de la chica porque nunca las miraba a la cara. Si las miraba, se perdía
en sus ojos o en sus arreboladas mejillas; tomaba conciencia de si, de ellos
y le repelía aquello, e incluso sentía pena por la chica. Por
eso prefería no mirarlas nunca, para poder acabar cuanto antes con aquel
desesperado sufrimiento.
>>Porque, sobre todo, había sufrimiento. En su fútil búsqueda
está condenado a vagar para siempre y ni aún sabedor de ello puede
dejar de buscar. Es el ansia desesperada que de un modo visceral arrastra a
un moribundo a luchar sin esperanzas de sobrevivir.
V
Con el curso suspendido mal verano se me planteaba. Estudiaría todo
el estío para intentar aprobar algo, y el resto para el año siguiente.
María, sin embargo, sí había aprobado; esa fue la peor
noticia que podía recibir: se volvía con su madre a su ciudad.
En el nuevo curso sería ya universitaria y Sofía había
conseguido el traslado aceptando cobrar algo menos.
- Mañana al fin me voy. ¡De vuelta a casa!
- ¡Mañana...!
- Claro, que no es mi casa, es otra; pero estaré de vuelta “en
casa”...Tu ya me entiendes.
-Sí...entiendo...mañana...¿Te das cuenta de que puede que
hoy sea el último día que nos veamos?- dije intentando sobreponerme
y hundirla a ella.
-Sí, me doy cuenta. Por eso te he preparado una sorpresa; vente a mi
casa.
-¿Ahora?
-Sí, claro; mi madre no está: se ha ido con los de la mudanza
a “no se que” del nuevo piso. Sólo ha quedado un colchón
en toda la casa, para que duerma yo está noche.
-Entonces... ¡voy!
-Sí. A que esperas. Ya tenías que haber salido para acá.
-¡Pero si no paras de hablar!¿Cómo quieres que te cuelgue?
-Pues venga: cuelga ya.
-Está bien...Hasta ahora.
-Hasta luego.
La sorpresa era una suculenta cena que el repartidor a domicilió acababa
de llevar. María estaba muy alegre, no trataba de ocultarlo, y su brillante
cara, iluminada por unos deslumbrantes ojos azules, me mostraba toda la dulzura
que es capaz de albergar una persona.
Terminada ya la cena con la dolorosa idea de que podía ser la última
vez que la viera la pregunté una cosa que me devoraba desde la primera
visita que hiciera a su casa.
-¿Por qué tu madre te llama Ángela?
Su cara, de pronto, se volvió seria y me miró fijamente.
-Es una larga y aburrida historia...-. La mantuve la mirada todo el tiempo,
mientras el silenció tensaba mis facciones. Al fin se dio cuenta de que
no iba a cejar en mi empeño.
-¡Está bien...! Cuando nací... ¡si es una tontería!
No medié palabra, pero, supongo, volvió a leer en mi mirada.
-Cuando nací, mi padre quería que me llamara María, como
su abuela. Sin embargo- dijo apartando de mis ojos su mirada y poniendose cada
vez más triste-, cuando mi madre me cogió entre sus brazos, aún
llorando yo, y tiritando de frío, le causé tal sensación
de desvalida que, acurrucándome para darme calor, me susurro al oído:
<<¿Dónde está tu “ángel de la guarda”?>>
Y repetía una y otra vez <<¿Dónde está tu
ángel?>>, hasta que las dos nos quedamos dormidas. Al despertar
le dijo a mi padre que me debía llamar Ángela, de modo que acordaron
ponerme Ángela María. Me ha contado mi madre, que cuando se durmió
conmigo en brazos tuvo un sueño en el que se le reveló que mi
“ángel” había de ser mi nombre.
Cuando terminó su historia, en mi cabeza repiqueteaba la jaculatoria
de su madre <<¿Dónde está tu ángel?>>.
La seguí mirando. Estaba enormemente triste y pensé que, sin duda,
aquella era la misma expresión que Sofía la vio el día
en que nació. Palpitaba en mi con más fuerza que nunca la querencia
de ser su protector, de evitarla todo daño. “Yo soy tu ángel
de la guarda”, me dije entonces.
-Te voy a echar mucho de menos, Chus.- Me vi repentinamente abrazandola y diciendo
que yo a ella también.
-¡Uhmmm! ¡Qué bien hueles!
Había llegado a la conclusión de que la gustaba mi olor cuando
estaba excitado, y en está ocasión no me equivoqué, pues
lo estaba y mucho.
No se como la besé los labios y lo que era un abrazo fraternal se tornó
húmedo y sensual. Nuestras bocas abiertas intercambiaban saliva en el
agitar de las ardientes lenguas que como llamaradas encienden el desenfreno.
Mi mano, ávida, recorría toda su espalda, acariciando su nuca,
intrincando mis dedos por entre su negra cabellera. La otra mano apretaba su
talle contra mi cuerpo; sentía el humeante calor de su entrepierna en
la mía. Subí la mano, introduciendola entre nuestros cuerpos hasta
alcanzar su pecho: duro y turgente, se mostraba a mi mano mas grande de lo que
sus siempre amplias ropas dejaban percibir. Empecé a sentir una gran
turbación; en mis ojos cerrados chispeaban luces brillantes. El beso
era cada vez mas apasionado. Ella a su vez llevo su mano temblorosa hasta mi
entrepierna, frotando donde el pantalón cedía ante mi erección
y exhalando largos suspiros. Perdí el sentido de la realidad, empujado
por una irresistible fuerza que controlaba mi cuerpo y nublaba mi mente.
Despojada de su camiseta la mordisqueaba el cuello, mientras mi mano se introducía
bajo su sostén jugueteando con los dedos. Y al quitarla el sujetador
vi su pecho y su pezón de gran aureola negra contrastando con su marmolea
piel. Ángela también me desnudaba por lo que al poco tiempo, nuestros
cuerpos exentos ya de ropa se rozaban calientes.
-En mi habitación hay un colchón- musitó con un entrecortado
hilo de voz. La contemplé en su desnudez resaltando ante su tan pálida
luz el calor negro de su pubis, de su pelo y sus pezones negros.
Lo demás se me hace borroso. Sólo recuerdo naufragar en la oscuridad
entre titilantes luces doradas. Sólo recuerdo mi bestia profundo en su
negro fuego. Y un resplandor de fuego que lo inunda todo de luz.
<<Chus se despertó sobresaltado y nadando en sudor. Había
vuelto a tener el mismo sueño que a menudo le atormentaba. Pero esta
vez había sido más real. Hacía mucho tiempo que no recordaba
con tanta claridad el día en que Ángela y él perdieron
la virginidad. Ahora recuerda como copulaban abrazados sintiendo el fin del
mundo entre sus brazos; y como se quedaron dormidos desnudos, mientras él
repetía para sus adentros (y no sabe si para sus afueras) “Yo soy
tu ángel”.
>>Miró a su alrededor y reconoció su casa. No recordaba
casi nada de la noche anterior. Únicamente tenía claro el tipo
de drogas que había consumido, pero no su cantidad. Se giró y
vio a su lado, en su cama, una chica dormida. De ella tampoco se acordaba con
claridad, pero nada de esto le extrañaba. “¿Será
la que conocí en aquel bar?- se decía-. ¿O esa fue la del
otro día?”. Sumergió la mano bajo la sábana y comprobó
que estaba desnuda. La separó levemente las piernas e introdujo un dedo
en su vagina. La chica se despertó mientras él la miraba acariciandola
el clítoris. Se situó entre sus piernas y la penetró. Ahora
la recordaba mejor: era una de tantas, no lo que él buscaba. Sus embestidas
se mecanizaron buscando el final, tan dulce como amargo. Hundió la cabeza
en la almohada; aquello no era lo que Chus quería. Recordó repentinamente
su sueño, y como, a la mañana siguiente despertó sólo
en el colchón: Ángela ya se había marchado. Mientras sigue
fornicando con la desconocida de su cama, Chus llora gemidos y, en voz baja,
le repite a Ángela: “Yo soy tu ángel”.
2ª Parte: El inicio de una obsesión
I
El sol se escondía por entre los bajos edificios mientras yo lo perseguía
con la mirada desde el autobús. Entre las estrechas calles transversales
se dejaba ver la luz rojiza que tintaba las nubes descompuestas en mil formas.
Como cada miércoles, esperaba carta de Ángela, lo que me hacía
desear la llegada a casa. Aquellas cartas eran como una luz que me hacía
vivir, y que a lo largo de los días crecía, hasta llegar al miércoles
en el que me encontraba en un estado de alegre ansiedad.
<< ¡Hola Chus, que tal te va!
A mi la verdad es que muy bien; pero ya te contaré... ¡Tengo tantas
cosas que contarte! Esta semana ha sido muy movida y me gustaría que
estuvieras aquí para compartirla conmigo y para que me pudieras aconsejar.
De todas formas yo te lo cuento todo. La universidad es fantástica, ¿sabes?
Hay un buen rollo estupendo, la gente es genial... ¡y hasta las clases
me gustan! (cuando estoy de pellas, claro). Ademas he hecho ya buenos amigos:
el Viernes salí con ellos de copas.>>
A medida que iba leyendo aquellas lineas me sentía cada vez más
pequeño e insignificante: ella vivía esa gran vida con todas esas
personas que yo no conocía, en la universidad, ¡en la gran ciudad!;
mientras, yo me pudría en el mismo mísero instituto del año
anterior (por primera vez desde hacía mucho tiempo mi padre no había
sido cambiado de destino ese año), con las mismas gentes, en el mismo
villorrío que dicen es una ciudad. De esta manera, continuaba leyendo
con una creciente angustia provocada por una premonición que me obstinaba
en tildar de absurda, pero tan clara y distinta que estaba seguro, en el fondo
de mi alma, de que era cierta.
<<También vinieron algunos de clase que no conocía, pero
que eran amigos de los que sí conocía, por lo que ahora sí
los conozco. Uno de ellos se llamaba Lois (sííí, como los
pantalones), que significa Luis en gallego, porque de allí son sus padres,
pero él es de aquí y no tiene nada de acento. Es muy majo y estuvimos
casi toda la noche hablando: que si música, que si las clases, que si
política... es muy maduro y aunque sólo tiene un año más
que yo, aparenta muchos más. El Sábado volví a quedar con
ellos y volví a ver a Lois, estuvimos hablando un buen rato y de repente
me besó; yo deseaba que lo hiciera pero procuré que no se diera
demasiada cuenta porque no quiero parecer una chica fácil. Sabes, tu
y yo somos muy buenos amigos y creo que deberíamos seguir siendo eso,
muy buenos amigos; lo de la noche que me vine no fue más que una tontería
de adolescentes. Estoy segura de que lo ves igual que yo, y que te alegraras
tanto como yo de que haya encontrado a un chico tan majo (no es que tu no lo
seas pero como ya te he dicho, sólo puedo verte como a un amigo). Por
eso quiero que me aconsejes, porque no se que hacer: me gusta mucho, pero no
quiero que se de cuenta y, por supuesto, no voy a pedirle salir, pero si consiguiera
que él me lo pidiera a mi...>>.
Hasta ahí pude leer. Los renglones se me hacían borrosos, obscuros
y torcidos, entrelazandose, pero el renglón que miraba lo veía
nítido e iluminado. Doblé la carta sin haber leído más
que el primer folio y la guardé cuidadosamente en su sobre. Me lo metí
en un bolsillo de la cazadora, que aún no me había quitado, y
salí apresuradamente de casa.
Caminando cada vez más rápido me puse a correr por las calles,
sin dirección. Miraba hacia abajo. La violencia de mis zancadas me hacía
avanzar veloz, pero progresivamente fue cesando en su empuje, hasta que extasiado
me detuve. No sabía donde estaba ni me importaba. Miré a mi alrededor
y, tras meditar un instante, me encaminé hacía unos ultramarinos
a comprar un litro de cerveza.
Mis manos temblorosas apenas si podían entre las dos acercarme la botella
hasta la boca para poder dar el último trago de la ya caliente cerveza.
Intentaba recordar sus palabras exactas: “erro de adolescentes”...¡no!
“tonterías de adolescentes”. Caminaba muy lentamente y me
detenía a cada instante, gesticulando notoriamente y balbuceando palabras
ininteligibles. En ese momento vi un teléfono y, como un relámpago,
atravesó por mi cabeza una idea, o, mejor dicho, una asociación
de ideas, como la chispa que salta al juntar dos cables. Sin pensarmelo dos
veces descolgué y llamé a María..
-¿Si?
Era su voz, pero no supe que decir. Supongo que quería insultarla y decirla
lo cabreado que estaba.
-¿Si? ¿Quién es?- volvió a preguntar varias veces.
Su voz sonaba lejana y apagada.
-Para seguir hablando introduzca una moneda- dijo una metálica voz de
mujer. Colgué y me quedé un buen rato de pie frente a la cabina.
Al oír su voz había vuelto a sentir esa sensación, casi
paternal, de querer protegerla de todo dolor; ¿como iba entonces a decirla
todas esas cosas? “¿Como enfadarse con ella?” pensé.
Volví a mi casa y me masturbé con inusitada violencia (ese sentimiento
protector me había vuelto a excitar), y con la contenida melancolía
que me creaba el ver su cara al cerrar los ojos. Después me puse a pensar
que contestarla en mi carta.
Cuando descolgué el teléfono estaba furioso: los celos podían
conmigo. Pero al oír la voz de Ángela, tan débil y distante,
a causa del teléfono, a pesar de hablar ella en un tono alto de voz,
me pareció tan indefensa como un polluelo sin su madre; entonces recordé
el tono alegre de su carta al hablarme de... ¿Lois? (¿se ha echado
un novio pantalón?), y me pareció estarla viendo con su eterna
expresión de niña. Sentí enormes deseos de abrazarla, de
tenerla entre mis brazos, como aquella vez... “Tontería de adolescentes”
pensé. Me quedé un buen rato turbado, con el teléfono colgado
y sin saber que sentir.
Anduve lentamente durante más de una hora intentando aclarar mis ideas
y sin fijarme en el rumbo. Decidí que, desde mi posición de amigo
no me sería difícil ponerla en contra de Levi´s. Pero no
podía ser muy evidente; tenía que encontrar la manera de hacerlo
sin que ella se diera cuenta. “Ademas, si yo deseo su felicidad no puedo
hacer nada que vaya en contra de eso. Sin embargo, ¿por qué iba
a estar su felicidad con ese Cimarrón? Deberé ser muy sutil, pues
parecía muy ilusionada con él. Lo mejor será hacerlo poco
a poco; la recomendaré prudencia y que mantenga las distancias. Levanté
la vista para ver donde estaba: mis piernas me habían llevado a dos manzanas
de mi casa, a donde me encaminé ligeramente reconfortado por mis pensamientos.
A partir de ese día mis catas se volvieron frías, mas envueltas
en calor. Mi tono era más dulce, más cercano, guardandome el rencor,
calculando cada palabra para que llegara hasta su corazón mi amistad
y dejara ahí el poso de mi opinión, manipulación: yo las
escribía en frío, Ángela las leía en calor. Paulatinamente
fuí obteniendo resultados, me fue abriendo su alma desvelandome sus secretos,
hasta que, al fin, me convertí en su confesor. Empero suspicaz por la
fácil falsedad de mi prosa, sospeché en sus cartas mi misma frialdad.
A pesar de estar de acuerdo con mis consejos seguía dandole cancha al
vendedor de pantalones. Y seguía dejandole hacer lo que él quisiera.
II
El tiempo pasaba.
Mi única relación con Ángela era por carta y el distanciamiento
que escribía y percibía se convirtió en mi modo de ser:
me había puesto una máscara, una coraza, una armadura en todos
los órdenes de mi vida. Veía mis amigos alejarse...cada vez más
lejos las personas; sentí que mi mano jamas los alcanzaría a tocar.
Cuando salía por las noches me hallaba completamente solo, rodeado de
gente, escuchandoles atentamente y sabiendo donde estaban ellos y donde estaba
yo: mis palabras jamas les podrían llegar como yo las dije. Me refugié
en alcohol y porros intentando que mi boca hablara antes de que mi mente midiera
las palabras. Pero sin del todo conseguirlo y hastiado de la impersonal conversación
mi sexo despertaba y me lanzaba a por cualquier chica que me gustara. Mi tenacidad
y mi fácil verborrea una vez amordazada la mente me hicieron ganarme
fama de conquistador y mujeriego.
Fuí descubriendo los secretos que las mujeres guardaban para mi mientras
creaba un sistema de conquista en el que sabía qué, cómo,
y cuándo decirle a cada una. Las drogas y el sexo (opuesto) me atrapaban,
empezando a diferenciarse dos vidas contrapuestas: una diurna, de estudiante,
responsable, aprobando mi último año de instituto y el acceso
a la universidad; otra vampiresca, de depravadas noches sin fin y fines de semana
sin día.
No me costó convencer a mi padre para que se librara de mi pagandome
un apartamento cerca de alguna universidad. Y puesto que podía, elegí
la universidad a la que iba Ángela.
*********
<<Golpeaba impaciente contra el suelo la punta metálica de su
paraguas mientras apuraba la última calada de su cigarro. Esperaba a
Ángela, pero tenía la cabeza en otra parte, en todas las partes.
Apenas había dormido entre el tumulto de su sexo y los requerimientos
para apagar su mente.
>>Se imaginaba a su padre, beodo desde hace tres días, dormitando
en el sillón, despertando para servirse una copa tras vomitar la botella
anterior. Se odiaba a si mismo por haber sido capaz de odiar a su hijo, y ahora
que este vive en otra ciudad sentía haber perdido su único contacto
con la realidad.
>>Apagó el cigarro pisandolo contra el suelo y al alzar la vista
la divisó saliendo por la puerta de la facultad. Su negro pelo recogido
en un moño desvelando sus hombros desnudos, solamente vetados por los
tirantes de una ceñida camiseta negra, sus desnudos hombros en que la
amarilla luz de otoño hacía brillar su piel como miel dorada,
su alegre risa descarada y sus ojos calidos y su dulce mirar destrozaron todas
las defensas que se había creado Chus a su alrededor, todas las murallas
de su alma, abrieron todos los candados de su corazón.
>>Era la primera vez que la veía desde que, hacía ya más
de un año, se durmieran abrazados mientras él repetía “Yo
soy tu Ángel” pues, aunque llevaba instalado varios días
sentía que aún no estaba preparado para verla y se podía
derrumbar en cuanto la viera. Brotaron a borbotones en su cabeza las imágenes
de la última noche y cuando, al pasar por su lado, la dijo:
-Hola Ángela, ¿no me saludas?
y ella al verle le abrazó cariñosamente, perdió toda consciencia
de sí sumergiendose en oscuros abismos de luz clara, como si se eclipsara
el sol.
>>-¡Chus!¿Qué haces aquí?¿Cuándo
has llegado?- dijo sumamente algorozada.- Te he dicho que no me llames Ángela
en público- le susurro al oído volviendole a abrazar.
>>-Te dije me venía a estudiar aquí.
>>-Sí... pero ¿cuándo has llegado?
>>-Llegué ayer por la tarde- mintió.
>>-¡Y por qué no me llamaste nada mas llegar!
>>Dudó un instante, haciendose el interesante hasta que al fin
respondió, premeditadamente, enumerando.
>>-Era tarde... tenía que desembalar todo... aún no tengo
teléfono... ¡y quería darte una sorpresa!
>>Acercose entonces un chico moreno, alto y un tanto desgarbado, pero
de movimientos gentiles y cara de armoniosas facciones ligeramente huesuda.
>>-María, ¿nos vamos?- dijo rodeandola con el brazo
>>-Sí, espera. Os presento: Lois Chus, Chus Lois.
>>-¿Tu eres el famoso Chus? Tenía ganas de conocerte: María
siempre habla de ti.
>>-Sí, a mi también me escribe de ti- dijo con una sonrisa
forzada y los ojos tristes y apagados.
>>Su voz era tan gracil como el resto de él, pero a pesar de todas
sus virtudes Chus sabía que le llevaba ventaja en un sentido: él
era la única persona a parte de su madre a la que permitía que
la llamara Ángela.
********
Desde ese día no pude volver a manipular mis palabras, a aconsejar con
interés. Al ver mirar sus ojos zarcos como fuentes de agua mansa con
el fulgor de mil estrellas reflejado, no podía mantener mi actitud maquiavélica,
sólo pudiendo desear esa su felicidad.
Mi corazón lloroso buscaba enjugue en otras mujeres y cócteles
de calmantes ilegales. Mil veces desee ser yo el dulce objeto de sus miradas,
el motivo de su sonrisa enamorada, luchando contra el impulso de abrazarla.
Esa felicidad era lo único que me reconfortaba (de la desesperación
a la tristeza) como agua menuda que empapa suavemente el alma, pero que anega
sus campos de alcohol. Y cuando ya inundado estaba abandonaba a Lois y María,
y yo me abandonaba, sin saber porqué , sin nada que poder hacer, a mi
sexo, a que buscara su paz aún yo sabiendo que no la iba a encontrar.
III
Sonaba el teléfono.
-¿Si?
-Hola, ¿está Chus?
-Sí, soy yo.
-Soy Sofía, la madre de María. Estoy en el Hospital San S.- so
voz estaba agitada y confusa pero se mantenía firme gracias a su serena
entonación-. María se ha intentado suicidar.
Vino a mi mente la conversación que mantuve con ella la tarde anterior:
Lois la había dejado. “Y me dijo que yo le gusto mucho pero que
no está preparado para una relación seria y que lo que necesita
es algo más superficial; hoy aquí...mañana allá.
¡Me deja porque le gustan todas las demás! Yo así no puedo
seguir viviendo...” La respondí que eso no lo dijera ni en broma.
-Necesita una transfusión de sangre- continuó Sofía-; ella
es cero positivo.
-Yo soy cero positivo. Voy para allá.
De camino en el taxi seguía pensando en Lois y en ella, en su voz en
su llanto, en sus palabras de desesperación. ¿Por qué no
la tomé en serio?, pensaba. No creí que tuviera valor para...
¿por qué no la tomé en serio? ¿Por qué no
fui capaz de consolarla, de quitarla esa idea de la cabeza? Estaba cada vez
más agitado. Nueve meses, se decía; nueve meses y no ha sido capaz
de ver en ella lo que yo tardé una mirada. ¿Cómo se puede
desear a otra si se puede estar con ella?
Cuando llegó al hospital se hallaba enormemente excitado por la atormentadora
idea de que fuera demasiado tarde.
IV
>>Cabalgaba en la noche sobre su corcel de castaño crinado, a
traves de serpenteantes ondas de arena silabeadas en el suelo. La mar calma
sorda sonaba en el bramar espumante del eterno vaivén bamboleante de
las olas rompientes revolcandose en la arena. La Luna llena lamía las
alas de las alondras con su halo azul de luz helada. La cabeza se le apaga,
su alma se envilece, se marchita. En la densa oscuridad las serpientes fluorescentes,
como relampagos de luz viva, arrastran sus cuerpos de colores, abstraen a Chus
de su estado y lo imbuyen en el delirio acelerado del chapoteo de los cascos
del jamelgo. Se evapora, se desvanece; ya no es él, ni su sombra ni su
mente...galopa...flota...ya no es él ni su sombra ni su mente. Y en el
climax alcanza a su inconsciente, desbordada la razón de ráfagas
blancas de espuma caliente que inunda su cuerpo extasiado y su miembro latente
de dulce paz, blanco líquido caliente. Alumbrabanse sus ojos de luz renaciente,
entre sombras agónicas de la noche yaciente; bajó del caballo
y se tendió sobre las arrugadas sábanas.
>>Abrió los ojos y contempló el cuerpo femenino y desnudo
sobre el que hacía un instante cabalgaba. Asustado al percibir la realidad
de nuevo y temeroso de que el efecto del mescal se estuviera disipando se levantó
para servirse otra copa, y , echando mano al cajón del mueble bar, alcanzó
un porro ya liado del pequeño almacén que tenía para estos
casos. Así pasaré la noche, pensaba con cierta amargura; entre
luces de colores, formas geométricas y la tenue luz de un cuerpo de mujer
desnudo.
3ª Parte: Conclusión
I
<<Chus se despertó sobresaltado por la súbita entrada de
la enfermera. Se había quedado dormido en el sillón, frente a
su madre, postrada en la cama de sábanas blancas del hospital. Tras la
enfermera entró un médico casi corriendo.
>>-¿Qué ocurre?- preguntó Chus, que a penas sí
contaba doce años.
>>Seguía entrando gente que ignorando la presencia del chaval atendían
presurosamente a la mujer diciendo frases incomprensibles para él.
>>-¿Qué pasa?- repetía cada vez más asustado-.
¡Mama! ¡Mama, qué te pasa!-. Al fin un doctor le hizo caso.
>>-Tu mama ha tenido una recaída.
>>-Pero se pondrá bien, ¿verdad?
>>-Seguro que sí. Tu ahora tienes que ser valiente...
>>-¡Ha despertado!- dijo una voz. Chus se volvió en el preciso
instante en que ponían a su madre en una camilla.
>>-¿Qué pasa? ¿Dónde se la llevan?- le preguntó
a aquel hombre.
>>-Nos la llevamos al quirófano; tenemos que salvarla.
>>Al ver que estaban sacando la camilla de la habitación corrió
hasta ella y le cogió la mano a su madre.
>>-¡Mama, mama!-. Esta volvió la cabeza y con la mirada de
un ternero camino del matadero se fijó en su hijo.
>>-¡Chus, hijo mío!- exhalo casi sin voz a pesar del enorme
esfuerzo que le supuso. Entonces cerró los ojos y su mano dejó
de apretar la de su hijo.
>>-Aquí no puedes entrar, Chus- dijo el doctor dejandole al otro
lado de la puerta del quirófano.
>>-¡Dios mio, se nos va!- exclamó la voz desde dentro.
>>Chus se alejó despacio y cabizbajo. Sabía que su madre
había muerto. Pero le era imposible de asimilar. Se sentó de nuevo
en el sillón en el que hace un momento dormía y, acodado en sus
rodillas se sujetaba la cabeza con las manos. Su mirada inmóvil, fija
en la cama; su cuerpo rígido; y su cerebro atorado. Se sentía
mal y no sabía porqué. Era algo que le salía de dentro,
sin atender a explicación ninguna. Notaba que lo que había pasado
era triste pero no comprendía porqué. Intentó pensar en
su madre: en los buenos y malos momentos que había pasado con ella; en
que instantes antes aún vivía; y en que él no había
hecho nada por salvarla.>>
-¡Chus! ¡Chus, despierta!
-¿Si...? ¡Ah, hola Sofía!
-Te habías quedado dormido.
-Si... estaba teniendo una pesadilla; era tan real como hace años.
<<Cuando llegó su padre, el doctor le comunicó la recaída
que había tenido su mujer, la rápida actuación de los médicos
y que, aún así, había sido imposible salvarla. Chus espiaba
detrás de una puerta, desde donde podía ver y escuchar la conversación
sin ser visto.>>
-Gracias por quedarte otro día más. Desde que se intentara suicidar
no he tenido un momento de paz: del trabajo a aquí, a casa, al trabajo...
-Ha sido un placer; estaré encantado de venir, si hace falta, todos los
días.
<<Desde que Chus naciera su madre había estado muy debil, con frecuentes
enfermedades que, en los últimos años de su vida, se habían
convertido en crónicas.. Su padre culpaba a Chus de aquello, tanto por
el dificil embarazo como por el parto prematuro, de los que nunca pudo reponerse.>>
-Me harías un gran favor si vinieras también mañana.
-Aquí estaré. No hace falta ni pedirlo.
-Pero ahora deberías irte a dormir: son más de las doce.
<<Al recibir aquellas noticias se derrumbó emocionalmente. Su rostro
palideció y comenzó a temblar: había intentado prepararse
para este momento durante largos años mas sabía de antemano que
nunca estaría lo sufucientemente concienciado. Rompió a llorar
intercalando frases como “¡Por qué tendría que nacer!”
o “¡Es culpa suya!”. Chus sabía que se refería
a él.>>
Me marché buscando algo de acción. ¿Qué iba a hacer
en mi casa vacía a esas horas? Disponía de haschis, de coca y
de toda la noche. No podría sinó detener la tristeza de mi mente
aún instalada junto a Ángela y Sofía. Según me alejaba
del hospital sentí como mis dos vidas se habían distanciado de
tal manera que ya no quedaba ningún nexo de unión entre ambas.
La una visceral, la otra cerebral; una solitaría, otra espiritual, trite.
Ambas amargas. La una me lleva por calles oscuras y bares sin nombre, la otra
pensaba en Ángela: ¿cómo pudo intentar suicidarse? Y si
quería morir, ¿qué derecho tenía yo para salvarla?
¿Acaso me acordé de mi madre? ¿Es posible que yo intentara
ser con Ángela la madre que a mi me faltó? Pero no es fácil
ser protector cuando uno está desamparado. Quizás necesitase apoyar
mi frente en un hombro maternal y ser estrechado como un niño por brazos
amorosos y mi cabeza besada con candor. Mas volví a encontrar lo que
siempre andaba buscando. Ni sus hombros sensuales, ni sus brazos carnales, ni
sus besos fogosos fueron capaces de inspirarme ninguna paz. De nuevo tuve que
enmudecer contra la almohada el llanto que ni entre las piernas de una mujer
podían mis ojos contener.
II
-Hola Chus, ¿qué tal?
-Bien. Está durmiendo.
-Gracias por haber venido hoy también. ¡Te invito a un café!
Pero la cafetería del hospital estaba cerrada
-Ya han acabado las horas de visita. ¿Te invito a algo en mi casa! Luego
te acerco a la tuya. Y así hablamos. ¿Sabes?, apenas te conozco;
¡y eso que nos hemos visto bastantes veces! Pero, claro, siempre con Ángela.
Y tengo ganas de hablar contigo: eres el mejor amigo de mi hija y quiero saber
como eres. Ademas, ella habla mucho de ti. Yo, la verdad, estoy impresionada
por lo mucho que te preocupas por ella...
Sofía seguía hablando sin parar, con la cara ilusionada y los
ojos brillantes. Parecía una niña con zapatos nuevos; parecía...¡Ángela!
Hablaba. Durante todo el camino hacia su casa habló. "...fuí
madre soltera a los dieciocho años. El padre, en cuanto supo que estaba
embarazada, se largó...nunca faltó de nada...he trabajado de todo,
bueno, casi...también tube algún novio; pero en cuanto se enteraban
de que tengo una hija, un par de polvos y hasta luego. La verdad es que ya me
harté de los hombres...ultimamente no tengo mucha compañía,
¡y de esa menos!...a mis antiguos amigos no los quiero ni ver: todos se
desentendieron..."
Me seguía pareciendo hablar con Ángela y la conté mi vida
tal y como ella la conocía: con mis tristezas y mis soledades, sin orgías
ni drogas; estudiante, ligón, un tanto taciturno.
Hubo un momento ya en su casa en que a punto estubimos de llorar, el uno sobre
el otro abrazados, mientras mi mundo tambaleaba, solamente protegido por su
calor maternal.
-¡Huumm, que bien hueles!- dijo ella.
Sí. Estaba excitado. Una gran fuerza que provenía de mi pero yo
no controlaba se apoderó de mi. Era como el cazador en busca de una presa.
Como el cordero en las fauces de aquel león.
<<Pronto estubieron desnudos y en la cama. Sofía estaba tremendamente
lividinosa y, despues de bastante tiempo redescubría aquellos placeres
con una ilusión casi virginal. Él estaba en su mundo. Hacía
lo que tantas veces había repetido, sin más ilusión, sin
más pasión.
>>Pero al penetrarla sintió algo extraño. Aquello no era
lo de siempre. ¿Habría encontrado lo que buscaba? No podía
asegurarlo: "Hace tanto tiempo que lo sentí que ya no se si me acuerdo.
Siempre pensé que si lo volvía a sentir lo reconocería".
Pero no estaba seguro. "Es diferente y sin embargo no se si es". ¿Era
su bestía profundo en el negro fuego?
>>Cuando sus fuegos se hubieron apagado los ojos de Chus no habían
llorado. Su expresión normalmente era la de un náufrago que mira
esperanzado al horizonte, desde La balsa de Medusa, una vez que el fulgor de
este ha cesado y se cierne sobre su cabeza la oscuridad y la muerte. Esta vez
no.
III
"¡Qué alegría se van a llevar cuando me vean un día
antes! ¡Qué amable ha sido el doctor dándome de alta hoy
en vez de mañana y no diciéndoselo a nadie! Ahora voy a mi casa
a darle una sorpresa a mi madre...¡qué contenta se va aponer! Y
luego a ver a Chus, a decirle ...¡a decirle que le quiero! Ayer, antes
de que llegara mi madre, cuando me hice la dormida, sabía que él
estaba allí y me sentía agusto. Y luego, cuando, antes de salir
de la habitación, me dio un beso en la mejilla, me sentí tan bien,
tan segura y protegida que tube la imperiosa necesidad de abrazarle y de sumerjirme
en su olor, en su tranquilizador olor. Es como un refugio en donde ningún
dolor me puede acechar; le abrazo y ya está, todos los males desaparecen.
¡Pobrecito Chus, le he hecho tanto daño! Siempre ha estado dispuesto
a sacrificarlo todo por ayudarme, siempre cuidando de mi, siempre a mi lado.
En los buenos y malos momentos, para alegrarse por mi por mucho que a él
le doliera, para ayudarme a vivir aunque yo no quisiera, para...¡le quiero!
¡Todo este tiempo lo he sentido así y sin embargo ha hecho falta
todo esto para que me diera cuenta! ¿Por qué no haría caso
a mi corazón la mañana que no me despedí de él?
¿Por qué haría caso a mi cabeza que hablaba de distancia
y no a mi corazñon que lo hacía de amor? Él es toda mi
vida: mis ganas de vivir, mi esperanza mi alegría. ¡Y cuanto daño
le he hecho! Pero ahora voy a decirle que le quiero. Pero antes voy a casa para
darle una alegría a mi madre"
>>En casa de Ángela Chus se acababa de despertar y contemplaba
con una sonrisa rasgada la boca a su compañera de cama. Sofía
aún dormía. Era la primera vez en varios meses que no se había
despertado por la noche, sobresaltada por terribles presentimientos. Chus comenzó
a acariciarla la cara y una lagrima nubló su mirar embelesado. Un suspiro
ahondó en Sofía y se despertó lentamente con sus facciones
denotando felicidad. Vio a Chus y lo abrazo.
>>Él se sentía agusto abrazado a Sofía e incluso
llegó a sentir que esa era la única verdad de la que estaba seguro.
Sin embargo empezó a actuar, sin saber muy bien porque, para que el candor
dejara paso a la pasión.
>>-¿Por qué lo hago?¿Es por propia voluntad?- se
preguntaba-. ¿Son acaso mías esas manos lascivas o estos labios
obscenos?
IV
<<Soledad. Ese sentimiento tan conocido para Chus, del que apenas pudo
despegarse desde que su madre falleciera. Su padre se dio a la bebida, y aunque
no se llegó a convertir en un borracho, su tiempo fuera del trabajo lo
pasaba entre botellas. Trataba de ahogar una extraña idea que se había
apoderado de él y que le hacía ver a su hijo, a su querido hijo,
como el asesino de todo lo que llegó a amar. Mientras, Chus crecía
en silencio. Seguía los pasos de su padre en el peregrinaje que el alcohol
le obligaba a llevar.>>
<<Soledad, cuando, al despertar, se encontró solo en el colchón,
y en la casa vacía. Buscó a Ángela por todos los rincones
pero sabía que era inutil: ella ya se había marchado. Una nota
en la cocina así lo evidenciaba.
>>"Hola Chus:
Cuando leas esto ya habré partido de vuelta... a casa. Siento no haberte
despertado pero ya sabes que odio las despedidas: nos habríamos puesto
triste los dos, y así sólo lo estoy yo... ¡Bueno! Cuando
llegue te llamo y te cuento que tal por allí. Un abrazo muy fuerte, mi
oloroso Chus.
P.D.: Lo que hay en el salón es para ti.
>>Tan solo había un objeto en toda la casa que no fuera el colchón
y era aquel regalo, La balsa de Medusa, la litografía que colgaba en
la habitación de Ángela y que tenía otra nota adjunta:
>>Para ti, Chus. Porque ya no volveras a estar solo, porque en el horizonte
hay esperanza.
>>Las lágrimas brotaron a sus ojos. Miró la casa: desamueblada,
desalojada; miró su alma: deshabitada.>>
<<Soledad en las noches. Tiritando como un niño en la cama; se
tapa hasta el cuello, mira alradedor: nadie, sólo el temblor que se le
mete. Se siente triste, se siente en un mundo frío y sin calor, sin calor
para su alma, sin esperanzas para su frío. Se levanta y se viste. Se
va a buscar compeñía, calor, humedad. Siempre encuentra alguien
que sus sábanas quiera calentar, pero su calor está frío
y su compañía es soledad. Y se acuesta tiritando, se agarra fuerte
a su amante y se intenta calentar, que, si aprietas mucho un hielo, te acabará
por quemar. Mas se derriten sus ojos y su cara contra la almohada oculta. Y
mientras ella durme, él aún temblequea; la mira a la cara: sus
facciones relajadas, su aire inexpresivo, su suave frialdad... "parece
una estatua de marmol" suele Chus pensar. Todo le es ajeno, todo es irreal;
separado de la vida como actor y espectador: en la tarima todo sucede, mas para
él no hay realidad.>>
<<Soledad desde aquella mañana de Domingo en que Ángela
saliera del hospital. Chus llevaba a Sofía por el camino del placer cegado
por un extraño recuerdo de la confusa noche anterior. Se volvieron, alertados
por un ruido, para ver a Ángela petrificada, con la mirada rota hacia
ningún sitio.
>>-¡Ángela!¡Ángela, cariño!
>>Al oir a su madre volvió en si y la enfocó; despues miró
a Chus, y otra vez a Sofía, y otra vez a Chus, ... Trataba de saber que
debía sentir ahora hacia aquellas personas que hasta hace un momento
representaban todas sus ganas de vivir y toda su vida. Sentía nauseas;
quería vomitar su vida, evaporadas ya las ganas. Dio media vuelta y se
marchó corriendo. Al llegar a la calle respiro aire fresco, se calmó
un poco el ánimo. Pero al ver a las personas pasear sintió una
rara repulsión, tanto interna como externamente. Volvió a correr
desesperada buscando una callejuela vacia.
>>Chus bajo las escaleras precipitado y a medio vestir; quería
alcanzar a Ángela, pero no sabía donde. Buscó durante el
resto del día bajo una copiosa lluvia que empezó a arreciar. No
sabía que Ángela había salido definitivamente de su vida,
ni que se encontraba en una vieja casa abandonada, entre goteras, acurrucada
en una esquina con la mirada perdida, con los ojos cansados, con la mente dormida.
Se balancea levemente, a intervalos regulares, y canturrea una canción
de su infancia; las lágrimas suceden al llanto y esta a las primeras.
>>Con la ropa calada llegó Chus a casa de Sofía. Tal vez
allí estuviera Ángela, pensó. Pero en vez de esto encontró
una nota en la puerta: "Chus, cuando vuelvas, márchate otra vez.
No quiero volver a verte jamas". Firmado Sofía.>>
Estube esperando varias horas refugiado en un portalón frente a la casa.
Pensaba en todas las cosas que había hecho, en como seduje a Ángela,
en como seduje a Sofía. Las utilicé conocedor de mi vaporoso magnetismo,
para satisfacer mis instintos. ¿Instintos? Instintos, instintos...¿que
otra cosa si no? Porque no era mi cabeza la que me dictaba: ella repetía
¡No!¡No! Miraba mi mano y me preguntaba quien la puso ahí.
Y como realizaba sus movimientos con tanta destreza si jamas los había
ejecutado. Pero su voz estaba ahogada por la obscena obscuridad en que estaba
sumergida.
"¡A las dos!, ¡seduje a las dos! Y a muchas otras. Pero las
otras no contaban; con las otras... con las otras mi mente no decía nada.
Absoluta indiferencia, porque eso era lo que significaban todas ellas para mi.
Todas menos..."
Con el pelo enmarañado llegó, toda ella empapada, Sofía;
había esperado para hablar con ella pero cuando llegó el momento
dudé en hacerlo. Se quedó mirando el suelo, algo había
llamado su atención. De un recodo junto al portal recogió arrebuñada
la bufanda que perdió Ángela en su huida. Su rostro entristecía
y su mirada se posó en el infinito: era incapaz de llorar. Se llevó
la bufanda a la cara y anspiró con toda su alma. Por un momento pareció
que moría, que se alejaba de este mundo arrastrada por oleadas de recuerdos
y olores.
<<Aquí se acaba la historia de Sofía, Ángela y mía.
Me vi inmerso a partir de ese día en una sucesión de bacanales
sin fin y sin principio, en las que vale todo, pero nada vale nada. Trato de
sepultar bajo montañas de drogas y alcohol la idea de que yo, yo mismo,
he matado todo lo que había llegado a amar. Vagé en auto-stop
de ciudad en ciudad, allá donde me llevara el chofer, buscando, quizá,
a mi amor.
>>En un momento de consciencia entre tanta soledad, frente al ascendente
Sol en un desesperanzador horizonte de gris azul, se me ocurrió relatar
esta mi historia y ahora la termino, sin nada más que hacer en la vida,
sin esperar nada de ella más que encontrar, quizá esta noche,
mi última dosis.>>