Puedo imaginarte en una habitación casi vacía, sola con un piano y una cama. Por la ventana, se ven las hojas de otoño moviéndose al son del viento y de la música. Una música, que tocas en tu piano, desnuda. Desnuda y complacida de tu belleza, de tu talento. Sonríes levemente mientras te observo. La melancolía invade la sala. Esos nocturnos que tocas con tanta gracia mientras se ve el Otoño. Y en mi mente, no hay lugar para el placer o la felicidad. Ante tanta belleza, no puedo por menos, que sollozar, entristecerme, porque no puedo formar parte de todo eso. Me veo incapaz de crear, de ser feliz, de hacerte feliz. En mi corazón solo existe la duda y el rencor. Una duda que demuestra mi debilidad ante los demás. Una sensación de incapacidad, para hacer nada de lo que me proponga. Un remordimiento, el de no poder darte nada, excepto palabras bonitas, que solo posponen la triste realidad. Por esa razón, decido irme, mientras tocas, sin decir palabra, para recordarte en toda tu belleza personal y creativa. Y quizás, por pura vanidad o crueldad, para que no puedas tocar un nocturno desnuda, sin acordarte de mi.