Noche de amor
Llegó de noche al apartamento. Se quedó de pie. Simplemente. Sin decir nada, mirándola dormir, con un gesto que parecía querer decir ¿Por qué? Y decía lo siento. La amaba tanto que no se daba cuenta de ello. La luz del pasillo llenaba de sombras la habitación, y su cara sobre la almohada de un suave halo de fuego que no abrasa; diríase que su piel hubiese estado esperando una mirada para brillar sobre las sombras y guiar los pasos de quien la observa, como un faro mira al horizonte en la noche sin Luna. Un ángel había posado los labios en sus mejillas dotándolas de la aterciopelada luz de la inocencia, mientras él posaba sus manos sobre el mismo Satán. Arrebatado por la imagen de su perversidad, como Doria frente al retrato, se percató de que el contraste de claroscuros que se daba en la habitación resaltaba sus tenebrosas perversidades. Nunca más, pensó con la misma fe con que siempre lo pensaba. Ella no lo merecía, no podía permitir que su mujer cargase con tal mácula, que la señalasen por la calle. No importa si me lo hacen a mi, se decía, yo lo merezco, pero ella no. Se sentó en la cama junto a su esposa y le apartó suavemente el pelo para poder besar tierna y levemente en el cuello, casi debajo de la oreja. Pero aunque esta vez fuese verdad, aunque a partir de ahora se reformase no podrían huir del pasado ni de las miradas y susurros. No podía permitir que ella, inocente, cargase con eso. Cogió la almohada, la posó en su cara y apretó hasta que ella dejó de moverse. Amanecía. Salió a comprar el desayuno.