Memorias del hombre moderno

Preámbulo:

Es una tarde cualquiera. Hay un hombre sentado frente a un ordenador. Dos luces iluminan la habitación, en cambio, no existe aun la luz que haya iluminado el interior de ese hombre. Y ese hombre, enclaustrado en un cubículo típico de los hogares de su época, se ahoga bajo la presión de los seis muros que limitan su vida. Siente el tiempo escapándosele entre los dedos de la mano cerrada. Siente la bota de la vida sobre su cuello apretando sin control. Solo una ventana y una puerta, dos agujeros en esas paredes, unen a este hombre con el mundo exterior.
Al cruzar la puerta llega al infierno, un lugar de incomprensión, de desencuentro y de brutal competencia, de hombres armados, con utensilios de metal, o con herramientas fabricadas a base de ideas y pensamientos. Este hombre se encuentra entre aquellos cuyo carácter es mayoritariamente un largo cuchillo con el que asesinar al resto de los hombres. Ahí fuera hay guerra. Muerte. Enfermedad y hambre. El no quiere participar en el mundo de los hombres. El no participará.
La ventana. Tiene una mosquitera y contraventana. El hombre sueña con saltar un dia por esa ventana y correr y volar y perder el sentido de la realidad, comenzar un viaje sin retorno. En cambio, entre el mismo y sus sueños, sueños de locura, de realidades sin forma, se interpone una poderosa reja de acero forjado, fijada a la ventana mediante tornillos, los tornillos soldados para ser imborrables de la triste realidad de la reja de la ventana. Desde su ventana no se ve la Luna. Ni las estrellas ni las nubes ni el sol. Se ve un muro de ladrillos, mas ventanas y mas rejas. En cambio nuestro hombre al asomarse ve una pradera extensa colonizada por cereal, un mar amarillo, tostado por el peso del sol, una pradera infinita que se extiende mas allá de donde su marchito cerebro se atreve a imaginar. Ve las olas de ese mar amarillo. Olas de viento y espigas. Sabe que un dia no estará encerrado entre el infierno, las seis paredes de su habitación y los sueños inalcanzables que custodian las rejas de su ventana. Sabe que un dia navegará hacia el infinito por la pradera. Gritando. Cantando. Y solo la pradera, el cielo, las nubes de su mundo de ensoñaciones oirán la voz de un hombre libre. Y correrá y correrá, y solo los hombres mas observadores le verán volar al mirar los ojos vidriosos de un cuerpo sin hombre dentro.
Este hombre no tiene nombre. Quizá un día lo tubo, uno que otros eligieron para el, pero en la transición de la cordura a la locura, mientras el hombre caminaba sobre la cuerda floja, tubo que deshacerse de muchos recuerdos para mantener el equilibrio. Dejo atrás amistades, amores, y otras buenas sensaciones puesto que son las mas pesadas a la hora de volar. Caminó durante muchos años por esa cuerda. Se mantuvo mentalmente vivo durante años, avanzando y retrocediendo sobre el cordel, luchando contra una gravedad que le empujaba hacia el suelo, una gravedad aun mas atractiva que la que ustedes conocen, la gravedad que impulsa a los locos a cumplir su destino. En muchas ocasiones sintió lágrimas quemando sus ojos, pero al correr al espejo para comprobar como sus tristezas caian desde sus cuencas oculares, como recorrian el corto sendero que unía su párpado inferior con el extremo de su cara, no conseguía ver más que sus ojos vacuos, y la sequedad allá donde debía haber finas gotas de agua marina. En muchas ocasiones sentía el grito de la rebeldía que aquellos hombres que consiguen la libertad chillan en las noches oscuras a la Luna y a las estrellas y a las praderas infinitas. Sentía una fuerza infinita manar de su pulmón, recorrer su garganta y estallar en sus labios. Oía un grito salvaje retumbando en su cubículo, en su casa, un grito que arrancaba el acero forjado y destruía los muros de hormigón; oía un grito que viajaba por el mundo y que nada podía detener, que liberaba a los hombres a su paso. Y oía al resto de los hombres devolverle gritos de libertad. En cambio, nuestro loco, Sin Nombre, tenía los labios sellados. Sus gritos solo eran sueños y esperanzas.
Así era la vida interior de Sin Nombre. Una vida llena de soledad, una mente rompiendose como una copa de cristal estrellandose contra el suelo. Así era su corazón, su alma, como ustedes quieran llamarlo.
Sin Nombre llevaba una vida exterior como la de cualquier otro hombre. Una vida cotidiana llena de miserias, alegrías, y otros eventos de características similares. Se levantaba, abría su persiana, miraba al infinito durante un instante y retornaba a la realidad. Abría la puerta del averno, caminaba hacia el baño y se miraba durante otro instante en el espejo. Y el espejo le devolvía la misma mirada oscura, penetrante y sin fondo que él le dedicaba. Después saludaba en silencio a su yo del otro lado, ese que hacia lo mismo que él pero en sentido inverso y que respondía al nombre de Erbmon Nis, y abría el grifo de la ducha. Se sentaba en el borde de la bañera y dejaba que sus ojos retornaran a la vacuidad propia del hombre que mira el amanecer. Primero dejaba que el agua se calentara, después que la ratonera de aseo se llenara de vapor. Cuando ya no distinguía su reflejo en el espejo, cuando este se transformaba en una forma de colores difusos, entonces, en soledad, dejaba caer el pantalón, si es que llevaba, y luego su calzón. Y ya desnudo, descorría el velo de los sueños y se internaba en la extrañeza del agua caliente. Amaba la sensación de ese líquido recorriendo su cuerpo. Allí gastaba al menos la cantidad de tiempo que ustedes llamarían media hora. El no le ponía nombre. Era simplemente una eternidad finita de placer ligero. ¿Qué otro nombre le podría haber puesto un hombre como Sin Nombre?
Caminaba penosamente de vuelta a su ratonera de descanso, abría cajones, sacaba ropa, cerraba cajones, desdoblaba las prendas, las cogía de una en una y cubría su cuerpo de igual forma a la que un día, allá en el principio de los tiempos, una mujer colocó una hoja de parra sobre sus genitales. En ese momento, el nuevo día comenzaba a arder. Y Sin Nombre ardía también.
Como puede comprobarse, solo una cosa diferenciaba a nuestro conejillo de indias del resto de ratones de laboratorio. Esta era la riqueza interior que brillaba en Sin Nombre. No era una riqueza que uno pueda considerar atrayente. Era una riqueza fantástica, de imaginación trastornada, que hacía caminar a Sin Nombre sobre una realidad onírica alejada de todo principio físico y cotidiano. Para Sin Nombre el tiempo no existía. Era incapaz de percibirlo. Dicho de otro modo, no todos los minutos transcurrían a la misma velocidad en su vida. Otra de las características infames de su realidad era la búsqueda de una mujer. No la búsqueda que inicia cualquier otro ser con ansias reproductivas, comerciales o afectivas. No. El buscaba un concepto. El no necesitaba carne para sentirse acompañado. De hecho, había comprobado, con certera precisión, que ninguna mujer, ningún hombre, ningún otro animal de laboratorio o salvaje, sería capaz de comunicarse con él. Esa era la piedra angular de su locura y su aislamiento. Sabiendo esto, terminó por abandonar todo esfuerzo e intento de comunicación y convivencia. Fue este el inicio de su locura, cuando su pie izquierdo tocó la realidad onírica un día al despertar; ya nunca desde entonces volcó sus esfuerzos en la creación exterior, si no en la propia destrucción de sus limitaciones interiores. Y es por ello que abandonó la búsqueda de amigos o pareja y se inició en la creación de una compañera que estuviera con él toda la vida. Cuando aquel nuevo ser, propio de su realidad deformada, recién nacido, tomó forma de mujer, no dudó en llamarla Soledad. Así, en las interminables noches en las que se encerraba en su cubículo, Sin Nombre no estaba solo.
Se puede decir, por tanto, que conocemos ya el terreno movedizo por el que caminaremos al estudiar la mente de Sin Nombre. Conviene pues, hacer un breve descanso en nuestro camino antes de empezar a estudiar las razones materiales que construyeron la realidad en la que nos iremos internando poco a poco. Vistas algunas de las flores del rosal de sin nombre, trataremos ahora de explicar su desarrollo desde las primeras etapas de su nacimiento, procurando avanzar despacio por el tallo espinoso.

1. Final de la historia:

Igual que en el comienzo, hay un hombre sentado, pero no se encuentra frente a una computadora. El hombre mira al infinito, con los ojos fijos en el sol poniente. Se asienta sobre un capote rojo de un viejo vehículo. A su lado hay una mujer, un ser imaginario que se apoya en su hombro y le susurra al oído. Al otro lado hay una botella con un líquido áureo en ella. La botella está casi vacía. El licor que portaba viaja hacia el horizonte en la mirada del hombre. La intensidad solar decae poco a poco. La intensidad de su pensamiento desaparece con los rojizos rayos. La mujer se desvanece. El cielo está en apogeo ardiente. Su mirada se nubla. Solo el sonido de una brisa suave interfiere con las notas de el final. La mente del hombre baila con las últimas variaciones sonoras que proyecta el casete del viejo automóvil.
El consciente de nuestro hombre repasa despacio cada instante de su vida. Su subconsciente vuela ya camino de las estrellas, de donde nunca debió caer. Mira su infancia, no ve el Sol. Ve un niño. Se ve a sí mismo. Su primer recuerdo. Trata de determinar en que instante de su vida comenzó a caminar hacia su inmediato final. No logra determinarlo. No le importa. Su vida pasa delante de sus ojos. El mismo maneja el proyector. El acciona el mecanismo, el rebobina la película, introduce los efectos especiales y los subtítulos. Mierda. La secuencia de recuerdos no tiene sentido, igual que su vida. Se balancea sobre el cordel, mira por primera vez al suelo, cierra los ojos, y se deja caer. Abre los ojos. Vuelve de la Luna. No ve nada, está cegado por los interminables minutos que ha mirado al padre astro. Palpa a tientas el capote. Roza la botella, la coge y bebe de un trago el resto del alcohol. A ciegas salta del capote, apoyando una mano e impulsandose con el resto del cuerpo. Dadme una palanca y un punto de apoyo y moveré el mundo. Un brazo, el sustento metálico del coche y su cuerpo. Sin ver nada camina hacia delante. No le hace falta la visión en el lugar a donde se dirige. Un paso, otro. Primero despacio, indeciso. Se agudiza el dolor que produce la daga que se clava en su cerebro. Empieza a acelerar el paso. Corre. Tropieza, se da de bruces con el suelo, la cabeza contra algo duro. Dolorido apoya las manos sobre la tierra y se levanta. Y corre con todas sus fuerzas. No sabe cuando acabará el suel … Pierde el contacto con la superficie, ya no hay nada bajo sus pies. Algo tira de el cada vez más fuerte de su estomago, siente sus órganos elevarse. El primer impacto es demoledor, pierde la conciencia, el dolor le abruma. Nada. Siente como su cuerpo lejano sigue resbalando inerte por la ladera, rodando sobre piedras y salientes que hunden aún más sus costillas, el dolor es infinito, igual que su satisfacción. Por fin el movimiento se detiene. Aún no está muerto. Justo lo que él deseaba, permanecer consciente mientras se intensifica la sensación de arena cayendo entre los dedos de una mano cerrada. Sonríe. Lo siente. Su vida fluye hacia fuera de su cuerpo, lo nota. Siente nauseas. La sangre sube por su traquea. La contracción de su abdomen le produce un dolor horripilante. De su boca sale sangre, baba y polvo, y en un plano superior de realidad todo el lodo inmundo que le consumió durante su vida. Sale. Por fin. La muerte le está curando las heridas que la vida le produjo. Piensa. Una muerte patética. La sonrisa se intensifica. Sus padres… Una fila de dientes partidos se asoman al cielo. Su exnovia. La muerte aprieta su barriga. Más lodo sale. Por sus ojos, su boca, sus oídos, su cuerpo maltrecho y moribundo. Entonces recuerda a los que amó. Lo siente. Sonríe. La vida es dura. Y por fin, duerme para no despertar.

Gran comienzo:

Es una mañana de Abril. Hay una mujer preñada. Está dormida, navegando por las dulces olas y corrientes del sueño ligero. En su vientre un niño se retuerce, está despierto y cansado del cordón umbilical, el espacio reducido en que habita desde su creación. El niño quiere salir … llama a su mamá –“mamita despierta quiero salir a conocer el mundo”. Mamá se siente incomoda durante un momento. Se frota el vientre en sueños. Mamita corre, llévame al hospital. Mamita despierta que tengo hambre de mundo. Mamita, libérame del suave tamborileo de tu corazón. Mamá!. La mujer preñada abre los ojos y siente las primeras contracciones. Se asusta … ¿cómo será él?¿cómo será el primer parto?
Se gira sobre su costado y lanza su mano contra un hombre que duerme a su lado. Le menea suavemente y el hombre le devuelve un ronquido. Dios, estos hombres son como los cerdos, comen, duermen y si pueden follan. Menea fuertemente a mi padre y este, como en alguna película psicodélica, abre un ojo. Se gira y susurra un soñoliento “que quieres cariño”. La mujer se incorpora. El hombre se da cuenta. Alarma, alarma. –Ya viene, vámonos al hospital-.
¿Alguna vez vieron a un hombre volar? Pues dice mi madre que en ese momento vio a mi padre levitar sobre la cama, vio la amplificación plumífera crecer en sus hombros y vio como se impulsaba como un pajarillo que se