Su padre llegó al poco de caer ella. De alguna forma sabía que
esto ocurriría y entró en la habitación en silencio y sin
parecer inmutarse. Se arrodilló al lado del cuerpo de su hija y lo abrazó
con ternura. Miraba esos preciosos ojos, cerrados, con las pestañas pegadas
por la sangre. Los fríos y delgados brazos, caían lánguidamente
entre los suyos. Apenas era una marioneta en sus brazos. Silenciosas lágrimas
caían de su rostro mientras acariciaba el rostro de su hija de pálida
belleza. Nada había tan importante y hermoso en su vida como su hija,
pero no se molestó en llevarla al hospital, aunque aún tenía
algo de pulso. Se limitaba a mesar su pelo en silencio, a abrazarla y mecerla
monótonamente.
Sabía que esto ocurriría, que ella le juzgaría sin piedad.
Llevaba años esperando el momento en que ocurriera. Quiso intentar que
ella lo entendiera, pero no hubo forma. Si ahora ella viviera, tendría
para siempre ese odio hacia su padre y hacia sí misma que la haría
permanentemente infeliz. Creía más correcto que ella muriera,
pues es lo que había decidido y tenía que respetar su decisión.
Él hizo lo correcto en su momento, lo que las circunstancias le obligaron
a hacer. Supo desde el primer instante que la otra posibilidad era inviable,
era incorrecta y le mataría lentamente. No podía estar con la
mujer que había matado a tantos inocentes, que había defendido
ideas tan crueles. Y además, precisamente ella quiso que la matara para
redimirse de sus crímenes. Sabía que había hecho lo que
le dictaba su conciencia, por encima de sus emociones, de sus sentimientos más
profundos. Poco importaba lo que él deseaba. Ahí había
una decisión que tomar o jamás podría mirarse a sí
mismo a un espejo. Ella le pidió que la liberara de su tormento y le
ofreció el mayor regalo de todos como agradecimiento…
Una hija, en la que volcar todo su amor, sanar todas las cicatrices de su alma.
Sacar todo lo bueno que podía haber escondido en él.
Pero su hija le había juzgado. Poco importaba todo lo que hizo por mostrarle
su amor, su afecto. Era la persona a la que más quería, a la que
más tenía en cuenta y sin embargo le había juzgado, injustamente
a su parecer. Podía entenderla, podía entender su ira, su frustración
cuando le había arrebatado algo tan preciado como una madre. La quería
tanto, que era incapaz de no entenderla, fuera cual fuera su determinación.
Pero ahí estaba, inerte en sus brazos, en una situación que el
destino dictaba que ocurriría. Sabía que algo así iba a
pasar, pero no quiso verlo. Quiso tener fe una vez más, luchar por algo
hermoso, vivir por alguien y para alguien, después de tanto tiempo de
soledad, de amargura, de desprecio por sí mismo y su entorno. Quiso ser
feliz contra el destino impuesto años atrás, quizás desde
su nacimiento. Ahora lo había perdido todo una vez más, pero esta
era la definitiva.
Jamás volvería a amar a nadie, jamás buscaría amistad.
Ahora todo sería mera supervivencia hasta que llegara el día de
su muerte. Asumió que la felicidad era imposible para él, que
estaba destinada a otros. Que el mundo solo le podría ofrecer apenas
unos placeres materiales. Ya no volvería a creer en nadie, ni a esperar
nada de las personas. La vida es así, pensó. Y ya sería
incapaz de sentir piedad, pues es lo que le atormentó durante toda su
vida. Sin conciencia no había culpa. Y si había dejado morir a
su hija en sus brazos ya nada le importaría.
Durante tres días, estuvo abrazado al cuerpo de su hija en la penumbra,
sin emitir un gemido o un lamento. La enterró en el jardín, en
el que tanto trabajo puso. Plantó hermosas flores alrededor, que florecieron
con la misma frescura que ella una vez tuvo.
Nadie volvió a verle más.