Ella era una buena estudiante, una chica aplicada e inteligente. De múltiples
inquietudes y de carácter despierto y luchador. También hay que
reconocer que era hermosa y atractiva. En su facultad había pocas chicas
guapas, por lo que era el centro de atención. Le dolía que solo
vieran su físico pero no podía dejar de disfrutar viendo a tantas
personas pendientes de ella. En muchos sentidos, su vida se podía considerar
perfecta. Era muy buena en su carrera, incluso brillante y creía conseguir
todo lo que se proponía. De vez en cuando tenía sus dudas acerca
de si tenía verdaderos amigos o no y sobretodo si los chicos que le gustaban
la valoraban por toda su persona. Con todos parecía coquetear o sencillamente
intentaba ser amable y no comprometerse. Rara vez salía con alguien,
pues estaba demasiado centrada en su carrera, en sus viajes, en mejorar su curriculum
de mil formas distintas. Puede que tuviera miedo a un compromiso, a enamorarse,
a que la hicieran daño o a depender de alguien. Siempre se consideraba
una chica muy segura de sí misma y quizás pensaba que ningún
chico estaba a su altura. Buscaba el hombre perfecto. Alguien capaz y seguro
de sí mismo. Debía ser inteligente, apuesto, ambicioso y emprendedor.
Tenía la ingenua esperanza de que luego fuera alguien tierno y comprensivo,
sincero y atento. Vivía con la eterna dualidad del morbo y lo concreto.
Quizás por su inexperiencia social o también porque era algo innato
en tantas chicas. Fantaseaba con ese chico malo y misterioso que la tratara
con cierto desdén e indiferencia, pero en el que hubiera una bondad por
descubrir. Los años iban pasando y no encontraba ese chico. Todo habían
sido meros juegos y coqueteos. Más de uno se le había declarado,
pero era el típico chico tímido que la idolatraba y que parecía
tener poco que ofrecer. Para no hacer daño les hizo ver que se sentía
halagada, sin dar nunca una respuesta clara. Pronto se olvidaba de ellos y se
centraba en los que le importaban, aunque tampoco en exceso. Únicamente
les mantenía a la espera sin llegar a concretar nada. Tenía la
cabeza en otras cosas, siempre en otras cosas. Encontró una beca de estudios
para hacer un postgrado en otro país. Tras muchos tejemanejes, consiguió
un cuarto junto a otros extranjeros. Estaba ilusionada con llevar una vida de
estudiante fuera de casa y convivir con otra gente. Eso abriría su vida
social, le mostraría muchos nuevos puntos de vista sobre las cosas. Tendría
con quien charlar y deliberar durante las noches y mostrar a los demás,
su lado más humano, más personal. También le asustaba la
idea de convivir con desconocidos, pero se consideraba una chica tenaz y abierta
a nuevas posibilidades.
Los meses iban pasando y poco a poco se iba adaptando a esa vida más
adulta. Se llevaba estupendamente con sus compañeros de habitación
en la residencia y no paraba de hacer cosas, aparte de los cursos. Cada noche
era una fiesta, cada día una lucha. Se sentía más que nunca
de estar viviendo la vida, de estar garantizándose un futuro y aprendiendo
muchas cosas. Le seguía faltando un chico, igual a ella, con el que compartir
todas esas experiencias, pero no se agobiaba porque podía escoger donde
quisiera, llegado el momento. Muchos chicos la entraban, pero ella tendía
a rechazarlos casi sin pensarlo. En todos veía algún defecto claro.
Algunas veces tenía recaídas, breves momentos en los que sentía
que le faltaba algo a su vida, que todo aquello por lo que luchaba era falso
y sin sentido. Pero la vida activa le hacía olvidar esos pensamientos
corruptos y seguía con la misma jovialidad y tenacidad con su vida llena
de actividades y responsabilidades.
Un día, sus compañeros le trajeron a un chico nuevo. Era un amigo
de España. Rápidamente llamó su atención el que
fuera un paisano y le recibió con alegría. Siempre tendrían
cierta complicidad, por muy superficial que fuera su trato. Le dijeron que le
habían conocido en la universidad. Casualmente les interesó un
tema del que estaba hablando él con otra persona y se unieron a la tertulia.
Estaba investigando en un laboratorio temporalmente mientras se doctoraba. Comenzó
a despertar la curiosidad de de ella. Era un chico muy tranquilo, de voz agradable
y clara. Manifestaba seguridad en todo lo que decía y nunca hablaba si
no estaba seguro de lo que iba a decir. Le brillaban los ojos mientras escuchaba,
lo que demostraba que tenía muchas más cosas que contar y discutir.
Ella le observaba, en esos constantes silencios, los gestos de su cara y sus
manos. Parecía realmente inteligente y para ella, el hecho de estar doctorándose
en algo parecido a lo suyo, se lo probaba. Él, al igual que ella, había
viajado bastante y siempre tenía alguna anécdota interesante que
contar, además de que lo hacía con el suficiente arte, como para
dejar siempre las historias a medias y darles mucho más interés.
Siempre se comportaba de forma muy educada hacia ella, pero sin darle nunca
ningunas confianzas, manteniéndose distante. Alguna vez ella le pilló
mirándola de refilón con total seguridad y sin apartar la vista.
Eso la hacía sentirse insegura ante él, por primera vez en su
vida.
Comenzó a asustarse ante la idea de estar enamorándose, de un
completo desconocido. Era guapo y de constitución atlética. No
le daba una exagerada importancia al vestir, pero siempre tenía una apariencia
correcta que simbolizaba que se valoraba a sí mismo. Parecía el
hombre perfecto que en ningún momento manifestaba una debilidad emocional
y la observaba con fuego en los ojos. Sus amigos pronto se fueron dando cuenta.
Como ella se iba corriendo cada dos por tres a hacer algo absurdo en la cocina
o en su cuarto, o cómo estaba como un pincel, cada vez que él
iba a venir. Ella lo hacía casi sin darse cuenta, por mero impulso. Ardía
en deseos de verle, cada día que sabía que él iba a venir(cosa
que no hacía con excesiva frecuencia). Quería ver en cualquier
expresión suya, poco clara, una indirecta que confirmara unos sentimientos.
Pero él seguía comportándose con total naturalidad, casi
como si ella no existiera. Como sus amigos la apreciaban mucho y no buscaban
nada con ella(unos ya comprometidos, otros renunciaron tiempo atrás)
y valoraban mucho al nuevo amigo, decidieron preguntárselo abiertamente
a cada uno por separado. Ella se hizo la tonta y negó con nerviosismo,
pero quedó bastante claro. Él simplemente contestó que
eso son cosas personales y que el destino decidiría.
Los amigos decidieron hacer de alcahuetes y un día invitarle a él
a cenar, pero irse antes de que llegara. A ella le advirtieron que él
vendría, pero olvidaron mencionarle lo de irse corriendo para dejarles
solos. Le dijeron que habían dejado la cena en el horno y que se iban
un momento a comprar unas cosas y que si se retrasaban, empezaran sin ellos.
Ella sospechó un poco, pero la idea de pasar unos minutos a solas con
él le hizo saltar de alegría. Se puso su vestido más bonito,
bastante sencillo, pero muy femenino. Buscó algo de música, por
si luego la gente quería bailar(más de una vez habían bailado
en fiestas con amigos) y se puso a escucharla mientras esperaba.
Los minutos se hacían eternos y mientras sonaba algo tranquilo, miraba
ensoñadoramente por la ventana, jugando con ideas fantasiosas y casi
infantiles sobre lo que iba a ocurrir. Por fin llegó la hora y él
llegó puntual(se habría puesto histérica si se retrasara).
Ella le abrió la puerta con una sonrisa y ladeando la cabeza en la hoja
de la puerta, para que callera su hermosa melena, mientras abría. Él
pasó sonriéndola discretamente y en silencio, un poco sorprendido
del silencio. Ella dijo que ahora vendrían y que si quería tomar
antes algo. Él aceptó de buen grado y dijo que tomaría
lo mismo que ella. Los dos se sentaron en silencio, sin saber qué decir.
Ella se iba poniendo nerviosa con la situación, pues se había
quedado en blanco. Él la sonrió con franqueza y comenzó
a preguntarle por temas triviales de trabajo y estudios. Ella se sintió
más aliviada viendo que podían hablar de algo. Pronto la conversación
fue entrando en temas un poco más personales. Las razones de estar lejos
de casa, los seres queridos que se dejaron, los proyectos futuros. Él
llevaba la conversación para que fuera ella la que hablara constantemente
y sólo complementaba lo que ella decía, dándole una satisfacción
de comprensión y complicidad. Ella quería saberlo todo sobre él,
pero este le daba respuestas muy vagas y desviaba la conversación para
que ella continuara con sus temas, despertando aún más su curiosidad
hacia él. Las horas iban pasando y ni siquiera cenaron, apenas se dieron
cuenta del paso del tiempo. Por fín él miró la hora y dijo
que tenía que irse. Ella no quería que se fuera, pero no sabía
como decírselo sin delatarse. Él se levantó y le dio las
gracias por una noche agradable y una conversación tan interesante. Dijo
que ya hablarían algún otro día. Ella contestó que
desde luego, mirándole con un brillo en los ojos. Se despidieron con
dos fríos besos en la mejilla y él se fue.
A ella le entró el desasosiego, pero también un torrente de felicidad
y de paz, como una misión cumplida. Estaba contenta de ver que tenían
tanto en común angustiada por la espera para el siguiente encuentro.
Aquella noche no pudo dormir, pues no paraba de pensar en él y en cada
una de las palabras que usó anoche. Le fascinaba el sonido de su voz,
los rasgos de su cara y toda su forma de expresarse, al mismo tiempo distante
y familiar. Veía que cuanto más le conocía, más
le gustaba y durante los siguientes días, todo lo demás dejó
de tener importancia para ella.