Las tres torres negras
Érase una vez un reino, no muy distinto de los que hemos
conocido. En él reinaban un hombre y una mujer, de gran virtud y piedad.
El reino, aunque no muy grande, prosperaba en paz y justicia. Tuvieron la bendición
de 5 hijos y la desgracia, de que uno de ellos naciera débil, enfermizo
y muy poco agraciado. A pesar de ser un infante, tuvo que soportar burlas desde
muy pequeño. Sus hermanos y hermanas se reían de él y por
la ciudad, aparecían caricaturas suyas en las paredes. Él siempre
estaba triste y sólo, sin saber el motivo de tanto dolor. Los padres,
hacían lo posible porque su hijo no sufriera, aunque en el fondo lamentaban
haber tenido una maldición semejante con él. Se notaba que su
amor, no era del todo incondicional.
Encontró en su maestro, a su mejor amigo. Le mostró como conocer
mundos distintos a través de los millares de libros que poblaban la biblioteca
del palacio. Descubrió nuevas formas de pensar, de analizar la vida,
de evadirse de aquello que sólo le provocaba sufrimiento. Ya no necesitaba
la aceptación de su familia o el pueblo. Sabía que todo eso, no
era tan importante. Su felicidad se alimentaba con la curiosidad que llenaba
la ciencia o la filosofía. La sabiduría de “Erasmo de Rotterdam”
que tan bien se burlaba de la condición humana y sus contradicciones.
La belleza del epicureísmo, tantas veces malinterpretado, le hacía
abrir los ojos acerca de un tipo de vida, que no se habría planteado
nunca. Incluso, tras los absurdos dogmas que encontraba en la religión,
descubrió un modo de vida, de pensamiento, acerca del sacrificio y la
bondad incondicional, a través de la Biblia. Gracias precisamente a ese
maestro, que lo enfocaba todo de forma tan contrastada, con otros pensamientos
e ideas. Ahora el dolor era más llevadero y la injusticia más
soportable.
Con 14 años, hubo una visita oficial, de la familia real, de un país
vecino. Trajeron consigo, entre múltiples infantes, a Duques, Barones
y algunos renombrados sabios. Para él, esto suponía la ocasión
ideal, para aprender mucho más. Su maestro, por supuesto, le presentó
a tan eminentes hombres y se reunieron todos en la biblioteca real, para debatir
un sin fin de temas científicos, filosóficos y teológicos,
mientras él escuchaba fascinado.
A su vez, tuvo el honor, de conocer a la alumna preferida de uno de esos sabios,
princesa del reino visitante. Tenía su edad aproximadamente. Irradiaba
una belleza poco común, que turbaba incluso a sus ancianos maestros.
Pero lo más terrible, era el fuego de sus ojos, el brillo de su rostro.
Reflejaban una inteligencia, que debía rallar en la locura. Y el niño
feo, enfermizo y algo tullido, por primera vez en varios años, volvió
a sentirse débil, desarmado e inseguro, ante semejante portento de la
naturaleza y la condición humana.
Se murió de ganas por conocerla, por saber quien era persona. Aún
no era deseo, sino una necesidad más profunda, más vital. Su sorpresa,
su nerviosismo, su inseguridad, su total falta de experiencia, hicieron, que
cuando intentó hablar con ella, sólo sabía decir tonterías.
Pero no se desanimaba. Su impulso de descubrir a esa mujer, era mucho más
fuerte que su frustración al estar haciendo un constante ridículo.
Incluso su maestro, intentó que él se contuviera un poco para
mantener el decoro, pero él había encontrado la razón de
su existencia y no quería dejarla escapar. Ella al principio pareció
sentir curiosidad, pero al final, sólo parecía divertirse ante
el poder que tenía con ese niño tan apasionado, débil y
ridículo al mismo tiempo. No pudo evitar humillarle un poco, al ver cómo
se contradecía sus preguntas y afirmaciones. Este tuvo que callarse al
final, por no poder más con su propia vergüenza.
Se marchó corriendo, a llorar a la capilla, sentándose al lado
del órgano de la catedral, dónde pasaba tantas horas de soledad.
Allí estuvo tocando, con lágrimas en los ojos, durante largo rato,
hasta que se percató, de que ella estaba a su lado, escuchándole,
sin hacer ningún ruido. Se turbó y dejó de tocar bien.
Ella se le acercó y le pidió perdón. Le suplicó
que siguiera tocando para ella. Él estaba tan conmovido, que por más
que se esforzaba, ya no conseguía tocar nada, pero a ella no pareció
molestarle y le respondió con una sonrisa.
Los días siguientes apenas se pudieron ver más, pues todo fueron
ceremonias protocolarias. Sólo en una ocasión se volvieron a encontrar
en la biblioteca, dónde pudieron hablar con algo más de calma
y sobre temas más mundanos. Partió al día siguiente, con
su familia y séquito, despidiéndose de él con una mirada
y una dulce sonrisa. Él a partir de entonces, no volvió a ser
el mismo. Se comportó de una forma mucho más radical, más
compulsiva. Su actividad aumentó en todo. Se pasaba horas tocando el
órgano, hasta alcanzar un refinamiento que sorprendió a sus maestros.
Devoró mil libros en los que pudiera haber algo referente a las mujeres
y el amor. Escribía hermosas poesías, que muy a su pesar, llegaron
a manos de su maestro, que con orgullo lo publicó. Él se lo permitió
por ser su único amigo y darle esa satisfacción. Sus obras cobraron
renombre en todo el reino y más tarde en los países vecinos.
Un día de primavera, fue invitado por el país vecino, dónde
residía la princesa, para recitar a viva voz sus versos, que tanto habían
conmovido a la reina de aquella región. Él no cabía de
gozo, ante la idea de volver a verla. Ahora él ya era un hombre y ella
una mujer. Su amor por ella ardía más que nunca y estos años,
todo lo había hecho por ella. Su vida, su felicidad, sus logros, se los
debía a ese amor.
Partió con una reducida escolta hacia ese país,
buscando el rostro de ella en cada flor, en cada paisaje, en cada ciudad que
atravesaban. El palacio de los reyes, se puso de gala, para tan distinguido
visitante, al mismo tiempo gran artista y representante de la corona. Penetró
en el palacio, por las inmensas puertas góticas, mientras la luz se filtraba
a través de las vidrieras y una extensa guardia le abría paso
entre la flor y nada del reino, que contemplaba con curiosidad y una cierta
sorpresa y desdén, a ese tullido que avanzaba cojeando, con su deforme
pero bondadoso rostro, que inducía a la mofa, pero a cierto cariño
compasivo. Los reyes, a pesar de todo, le recibieron con los brazos abiertos
y tras las ceremonias pertinentes, le invitaron a sentarse a su lado en la mesa,
junto a la princesa. Tuvieron una amigable conversación. Ella, siempre
encantadora, ya fuera por cómo la habían educado o por su forma
de ser, de espíritu abierto y cercano. Al finalizar la cena, tras haber
ingerido mucho vino, le pidieron que recitara sus versos. Le trajeron uno de
sus libros, pero él lo rechazó. Algo atontado por el vino, se
quedó un instante contemplando el fuego que crepitaba en la chimenea
para concentrarse, para no mirarla a ella a los ojos y comenzó a recitar...
Tras 20 minutos de versos, hablando de forma pausada, pero apasionada, sin dejar
de mirar el fuego, con la mirada perdida, se quedó en silencio. Miró
por fin a su alrededor y había un espantoso silencio. De los ojos de
la princesa cayó una lágrima y al instante, se puso a aplaudir
con todas sus fuerzas, siendo seguida por todos los demás. Él
jamás se había sentido tan feliz, orgulloso, satisfecho por haber
creado algo que conmoviera de esa forma. Los reyes le invitaron a que se quedara
el tiempo que quisiera y él aceptó de buen grado, sintiendo que
el corazón le iba a estallar de la emoción.
A partir de entonces, aparte de satisfacer los caprichos de los reyes, tuvo
mucho tiempo para pasar con la princesa. Juntos leían en la biblioteca,
o se iban al campo a sentarse bajo los almendros, que ya meses antes habían
perdido su flor, pero que seguían siendo muy hermosos. Ella siempre le
pedía que le recitara versos y le escuchaba embelesada. Y cuánto
más la conocía, más la amaba, más les fascinaba
su espíritu valiente y decidido, su facilidad para comprenderlo todo,
para sentir, para emocionarse y también su increíble capacidad
para adaptarse a su entorno. Todo era admiración, amor, deseo, felicidad
con su sola compañía. Cada vez que la hacía sonreír,
su vida se paraba para conservar esa imagen maravillosa. Pero no se atrevía
a declararle su amor o quizás daba por sentado que ella lo sabía.
Un día llegó un caballero a la corte. Era el heredero de otro
reino vecino. Apareció en un inmenso pura sangre blanco, con una armadura
plateada, que brillaba al sol y en parte cubierta por una refinada capa. Se
quitó el casco antes de entrar en el palacio, dejando entrever a un hombre
muy apuesto, de largo cabello rubio y ojos azules. Su constitución atlética
hacía honor a la armadura y el corcel. Tenía la planta de un verdadero
caballero. Fue recibido por toda la corte. Saludó con cortesía
y gallardía. Quizás con algo de altanería, aunque no pareció
importar a nadie e incluso pareció impresionar mucho a la princesa. El
infante poeta, lo notó al instante y se vio invadido por el terror de
perderla, de que todo hubiera sido una fantasía.
Se quedó los siguientes días, convirtiéndose en el centro
de atención de toda la corte y especialmente de la princesa, deseosa
de escuchar sus aventuras caballerescas. Estaba claro, que ese hombre, gran
cosa no había hecho en su vida, pero sabía como baladronear ante
ella, que a pesar de su inteligencia, era una mujer de carne y hueso y deseaba
creer en todo lo que dijera tan apuesto caballero. El infante no hacía
más que sufrir contemplando todo eso, escondido entre columnas o en las
comidas. Su desánimo fue tal, que dejó de escribir versos y se
negó a recitarlos. Comenzó a ser un personaje algo inútil
en la frívola corte y a sentir que sobraba. Sabía que tenía
que partir, pero no quería perderla, aunque intuyera que así sería.
El príncipe partió y a él también le tocaba irse.
No se contuvo más y el pánico le hizo declararse de forma precipitada
a la princesa. Cuando ella le escuchó, se rió sin querer, pero
al instante se contuvo, viendo el rostro de él. Le explicó con
frialdad, que ya se había comprometido con el príncipe, tanto
por razones de estado, para aliar a ambas naciones, como por el amor que había
sentido por él nada más verle. El infante no podía comprender,
como todo lo que habían pasado juntos, carecía de significado.
Sus sonrisas, sus palabras de afecto, estaban vacías. Quiso atravesarse
el pecho con su espada, pero no encontró valor. Partió al galope
hacia su reino, sin despedirse de nadie e insultando así, a quienes le
habían ofrecido hospitalidad.
Su visión acerca de las personas y el amor, cambió
radicalmente. Ahora era odio lo que sentía, rencor y una inmensa sed
de venganza y posesión. Lo que le fue negado a pesar de su devoción
y sacrificio, tendría que tomarlo de otra forma. Pero para ello, primero
debía tener poder y era el hijo menor de cinco hermanos. Aprovechó
su supuesta debilidad para acercarse más al pueblo, apareciendo en todas
las tabernas y dándose a conocer. Encandiló a la gente sencilla
con su forma apasionada de hablar, reprimiendo la pedantería y calando
en las emociones y necesidades más profundas de la gente. Conspiró
entre sus hermanos, frívolos, estúpidos y manipulables, para que
se devoraran entre ellos, mientras creaba malestar entre el pueblo, el ejército
y la guardia, aireando intimidades de sus hermanos e inventando otras. Pronto
el pueblo sintió descontento hacia la familia real y admiración
hacia el infante tullido y poeta. Para ganarse el respeto de los soldados, dejó
de lado toda literatura o música y se ejercitó en el oficio de
caballero, de soldado, de asesino. Compensó sus limitaciones físicas,
con habilidad, engaño y muchísimo sacrificio, convirtiéndose
en un temido adversario. Participó, al frente del ejército, en
todas las pequeñas escaramuzas, que debió llevar a cabo cuando
ocurrieron revueltas o algún invasor nómada aparecía, ganándose
el respeto de la soldadesca.
Así un día, consiguió que el pueblo estallara en revuelta,
pidiendo la cabeza de sus hermanos, mientras la guardia los secuestraba y los
entregaba a los pies del infante poeta. Los sacó delante de su pueblo
y los decapitó con sus propias manos, uno a uno delante de todos, mientras
la chusma gritaba de satisfacción y las cabezas rodaban por las escaleras
del palacio.
A partir de ahí, todo se volvió vertiginoso. Alimentó la
sed de sangre y gloria de sus tropas y metió en su pueblo un sin fin
de miedos acerca de invasiones imaginarias y amenazas de todo tipo. Comenzó
a crear la sedición entre los países y ejércitos vecinos,
haciendo que se mataran entre ellos, por afrentas que ninguno había querido
provocar, gracias a sus bien pagados espías. Siempre pareció invadir
en defensa propia, engañando a su pueblo, pero también a sus vecinos,
que tardaron demasiado en darse cuenta de que era una amenaza, centrados en
las guerras con terceros, que él mismo había provocado. Y los
reinos fueron cayendo uno a uno, mientras la ciudad crecía monstruosamente,
con la llegada de oro y de prisioneros de guerra.
Construyó en el centro de la ciudad, tres torres negras, unidas por murallas,
formando un triángulo perfecto, de tal altura, que se podía ver
un ejército enemigo a grandes distancias. En ellas torturaba sin piedad
a sus opositores hasta que le juraban lealtad o morían. De todas las
regiones, vinieron los nobles para arrodillarse ante él, espantados por
el miedo.
Seguía teniendo gusto por encabezar a su ejército en cada batalla,
montado en un precioso caballo negro, cubierto por una coraza oscura, al igual
que la armadura del rey, toda negra, con un casco que simbolizaba la cabeza
de un dragón, produciendo el máximo terror entre el enemigo.
Su pueblo estaba encantado con él, al ver como la ciudad se enriquecía
por sus conquistas. El ejército le era fiel hasta la muerte, ebrio de
sangre, conquistas, batallas vencidas, oro, saqueos y violaciones. Sabía
darle a cada uno lo que quería. Incluso mantenía a casi todos
los nobles vencidos en sus feudos, imponiendo unas pocas leyes, únicamente
para que los plebeyos de los países conquistados, vieran mejorar un poco
sus vidas a pesar de estar siempre los mismos en el poder. Los que no le amaban
le temían y eran minoría, pues casi todo el mundo era indiferente
a los horrores de las torres negras, mientras tuviera el estómago lleno.
Y un día, al estar finalizando el invierno, invadió el reino de
la princesa a la que amó. Ahora algunos años después, reina
junto a su esposo. Reunió el mayor ejército hasta entonces, a
pesar de que no era necesario. Y avanzó en su negro corcel y con su negra
armadura, junto a millares de jinetes e infantes, a través del bosque
de almendros, dónde años atrás recitara versos a una joven,
que le escuchaba con brillo en los ojos, que armonizaban con su blanco rostro
y sus rojos labios, trémulos de emoción.
Desmontó de su caballo y se apoyó en ese almendro. Mirando el
suelo, con la cabeza caída. Si se hubiera quitado el casco le habrían
visto llorar.
Su dolor, su odio, se reavivaron al estar delante de las murallas en las que
murió la belleza que había en él. El asalto a la ciudad,
fue el más sangriento de todos, ardiendo cada casa, destruyéndose
cada muralla e incluso la catedral. El rey defensor, espantado, intentó
huir dejando de lado a su esposa con la que se había casado recientemente.
Fue capturado y hecho prisionero. Por semejante acto de cobardía y traición
a los suyos, aunque en el fondo fuera todo una excusa, fue condenado a la horca,
por el rey invasor. Y la reina fue obligada a contemplarlo, mientras gritaba
con horror a pesar del desamparo y el odio que sintió cuando él
la abandonó.
Fue forzada a casarse con él, para que los suyos no sufrieran. Le odiaba,
le temía, pero al mismo tiempo, tras ver como había conquistado
tantos reinos, únicamente por ella, le admiraba en secreto. Pero no podía
dejar de aborrecerle por todo lo que había destruido y por la felicidad
que le había quitado. Hubiera preferido continuar en la mentira de su
amor, que ya pronto tras el matrimonio empezaba a descubrir. Ella era de carácter
salvaje, rebelde. No soportaba semejante imposición y no pensaba aceptarla
aunque hubiera dado su palabra. Nada la obligaba a amarle, a desearle.
Siempre le rechazaba y él al principio lo respetaba. Ella era la única
persona que aún podía decirle a algo que no, en el mundo. Pero
el odio de ella, el rencor por haber destruido su mundo supuestamente idílico,
le incitó a burlarse de él cada vez más y en público
a echarle en cara que jamás tendría un hijo de semejante tullido
enfermizo. Que antes abortaría o se mataría a tener un hijo de
él.
El rey no pudo aguantar más insultos. Ya que ella no quería tener
hijos suyos, la sodomizaba cada noche, violándola, mientras ella gritaba
de dolor, pero le seguía insultando. Todo fue yendo a más y ella
cometió adulterio con todos los que pudo. Él al enterarse, la
ataba en su cuarto y la golpeaba con un látigo entre lágrimas
y luego se lo repetía a sí mismo para expiar algo de su culpa
o mitigar el dolor de su corazón, quedándose su espalda a carne
viva. Era de esas pocas cosas, que hacían que ella dejara de insultarle
y se quedara mirándole en silencio, llorando por el dolor y la humillación.
Luego, el rey ascendía a lo alto de una de sus torres, a contemplar el
imperio que había forjado, en base al amor y el odio que sintió
por ella. Cada hombre muerto, cada ciudad arrasada, había sido por ella.
Y no podía comprender, por qué no le amaba.
Con el tiempo, fueron naciendo los bastardos, pues ninguno de esos hijos podía
ser de él, ya que respetó escrupulosamente que ella no quisiera
darle un heredero, sometiéndola a otros tormentos que satisficieran su
deseo.
Su horror familiar y amoroso, hizo que descuidara sus obligaciones como rey,
delegando el poder en los criminales que le ayudaron a afianzarlo, que se comportaron
de forma corrupta y despótica, arruinando la economía de los más
pobres y generando descontento. Ahora el rey, era considerado por el pueblo,
un tirano, un monstruo tullido y cornudo, completamente loco.
Las torres negras, les mantuvieron alejados. El terror que producían,
era suficiente. Pero con el hambre, la miseria y la desesperación, el
temor fue desapareciendo. El ejército, antes leal y bien pagado, se unió
al pueblo y asaltó el castillo.
Se aglomeraron a las puertas del palacio real, que era a su vez una fortaleza
oscura y casi inexpugnable, pidiendo al rey, la muerte de los bastardos, la
vuelta al orden o su cabeza.
La reina, estaba aterrorizada, ante la idea de que mataran a sus hijos. Gritó
y suplicó a su marido, que no lo permitiera, aunque estaba segura, de
que a él no le importaría que mataran a hijos que no eran suyos.
Mientras el pueblo y el ejército aguardaban afuera y se preparaban para
asaltar el palacio, aún defendido por unos pocos leales, él se
retiró a tocar el órgano en la capilla. Sonaban los tubos y la
melodía impregnaba las columnas, las vidrieras y los frescos, que antaño
estuviera tan asociada con el amor que sintió por una joven. Ella escuchaba
esas melodías que tantos recuerdos le producían, mientras abrazaba
a sus hijos con espanto, con una sensación mezclada de nostalgia y locura.
La música cesó. Se levantó con solemnidad y se dirigió
a las inmensas puertas de hierro y madera. Ordenó que las abrieran mientras
ella miraba horrorizada. Ante él entraron los soldados y los plebeyos
con gritos pidiendo la muerte de los hijos ilegítimos y de la reina que
había cambiado a su rey.
Él sacó su espada y les gritó que nada les daría
que pudiera ser de ella, incluyendo a sus hijos. En ese preciso instante ella
se dio cuenta de cuánto la había amado y la seguía amando
a pesar de todo. Podía odiar a esos hijos que no eran suyos, pero aún
siendo su vergüenza y perdición, la amaba tanto, que no podía
quitárselos. Gritó a su pueblo que le atacara y parecieron dudar,
pero por fin alguien tuvo el valor suficiente y arremetió a su rey con
una lanza, pero erró su ataque. La lanza atravesó el cuerpo de
ella, que se había puesto en medio para salvarle.
Sólo en el último momento, había abierto los ojos y asumido
que le amaba más que a su propia vida, por lo que el mundo no sería
nada sin él, incluso si dejaba desamparados a sus hijos.
Lloró el rey unos instantes sosteniendo el cuerpo de su esposa, mientras
el pueblo y la soldadesca callaban. Y por fín, arremetió contra
el que había matado a su mujer cercenándolo. Cuando atacó
al resto de los allí presentes, fue atravesado por lanzas y espadas.
Se acercaron a su cuerpo y vieron que no había dolor en sus ojos, sino
casi una sonrisa, un rostro con paz. Instantes antes de morir, había
encontrado el amor y era dichoso.