Infiel
Un cuarto pequeño a oscuras, bastante sucio y desordenado.
Por la persiana se filtran pequeños chorros de luz que caen sobre un
joven, que se tapa la cara para poder seguir durmiendo. En la mesita de noche,
una botella de licor vacía. El mobiliario está compuesto por apenas
pocos más: Una cama, un par de sillas y algo que se parece a un armario.
En el suelo hay unos cuantos libros, llenos de polvo. Afuera se oye el ruido
de los coches, los gritos de la gente y las sirenas de alguna ambulancia o coche
de policía. Él se mueve algo molesto. Para variar, el ruido externo,
las pesadillas y los mareos por tanto beber, le han impedido dormir apenas unas
horas. Muestra una mueca de desagrado por tener que levantarse. Toca trabajar,
como todos los días, en una fábrica.
Es para él, un trabajo monótono y aburrido, muy lejos de que lo
que aspiraba hace apenas un par de años.
Se levanta tropezándose con las botellas y los libros. Tras algún
esfuerzo, encuentra la ropa del día anterior, que se pone tras una breve
ducha. Sale a la calle, con la misma cara dormida y en silencio. Sube al autobús
y se queda mirando el paisaje urbano, sin articular un solo gesto. Cada mañana
la misma rutina, cada día la misma reflexión: ¿qué
hace él aquí? ¿por qué ha terminado así,
como tantos otros?
En su fuero interno le echa de todo la culpa a una mujer, con la que estuvo
largo tiempo y a la que amó, como casi todos alguna vez… con locura.
Hubo un día, en que él era un inteligente y prometedor joven,
que pronto terminaría su carrera y empezaría a trabajar, como
esperaban todos de él. Su vida era asentada y seguía la educación
que le habían dado, sin salirse del camino fijado. En ese momento, en
que hacía el papel de hijo ideal, que consigue lo que se propone, era
completamente feliz. En su perfecta vida, no había sitio para la inestabilidad
y practicaba todo con moderación según los cánones establecidos.
No se podía decir que tuviera muy buenos amigos, pues casi todo era ser
respetuoso y guardar las apariencias. En ese momento, él lo concebía
como algo natural y así tenía esa sensación de seguridad,
que da tener un grupo de amigos de siempre, con los que llevar una vida social
normal y pensando que las discusiones o la sinceridad eran algo a evitar, para
no tener problemas con nadie. Así, de cara a la galería, todos
le verían como el hijo ideal, el amigo perfecto, el buen estudiante,
el deportista, etc.
Un día, apareció una mujer. Vestía de forma distinta y
se comportaba como ninguna otra chica que había conocido antes. Era hermosa,
muy hermosa y eso le hizo olvidar todos sus prejuicios, tantas veces inculcados
por su entorno. Se metió en la asociación en que ella militaba.
Nunca antes había tenido interés alguno en defender ninguna causa
perdida. Todo eso era nuevo para él y comenzaba a seducirle. Poco a poco
la fue conociendo. Ella le mostró un lado de la vida que no conocía.
Le enseñó un sin fin de libros e ideas, en los que jamás
habría puesto interés si no fuera por ella. Se empezó a
creer todo ese rollo de salvar el mundo, de pelear por la justicia social y
demás historias.
Poco a poco se fueron enamorando y él dejó de mostrar interés
en todo aquello que le habían educado. Le dejó de importar la
carrera, su antiguo grupo de amigos, todas esas actividades que hacen los hijos
ideales. Vio lo vacía que había sido su vida hasta entonces. Estaba,
como en una nube, sintiendo una felicidad plena, pura, sin un atisbo de duda.
Habían dejado de importarle las obligaciones que tan valiosas eran hasta
entonces. Ella le educó en la sexualidad completamente liberal, sin prejuicios,
dónde predominaba el placer, pero dónde siempre había cariño
y comunicación.
Parecían tenerse el uno al otro y eso era lo único que importaba.
Pero ambos fueron cambiando… poco a poco llegó la rutina. Llegó
un punto, en que ya habían tenido mil veces los mismos debates políticos
o culturales. Él nunca tuvo interés en esos temas, hasta que la
conoció, aunque realmente llegó a apasionarse con ellos y a formar
un pilar de su vida. Ella, más compleja e inestable, buscaba la felicidad
en cualquier aventura que se le presentara. Había leído algunos
libros, pertenecido a todo tipo de movimientos, practicado un sin fin de actividades
y seducido a diversos hombres. Tenía hambre de vida y era incapaz de
contentarse con nada, de encontrar la felicidad con algo o con alguien. Vivía
más de las ilusiones que de las realidades y a lo poco esa realidad,
la hacía huir hacia una siguiente ficción.
Su relación empezó a ir mal. Discutían cada vez más.
Ella constantemente se ponía a llorar y le decía que le quería,
pero él la notaba cada vez más rara. Un día se enteró,
escuchando una conversación por casualidad entre varios chicos, que presumían
de haberse acostado con ella recientemente.
Su mundo se vino abajo, deseó morirse en ese instante y no sabía
que hacer.
Fue inmediatamente a hablar con ella y se lo preguntó directamente. Ella
rompió a llorar, negándolo en redondo, pero contradiciéndose
constantemente en lo que decía.
Él no necesitó saber más y la dejó allí mismo,
llorando, para no volver a verla jamás.
Dejó de ir a la universidad y se quedó encerrado en su cuarto,
durante semanas, hundido en su propia miseria, deseando no haberla conocido
jamás.
Su familia, parecía más interesada en sus estudios y en su imagen,
que en su estado de ánimo y un día no lo soportó y se fue
de casa de un portazo. Algo de dinero tenía ahorrado y vivió de
no hacer nada más que compadecerse durante un tiempo. No tardó
en empezar a beber como hacen todos los amargados en las películas y
en la vida real.
Pronto el dinero se le acabó y tuvo que buscar un empleo.
Sin estudios ni oficio, encontró un trabajo aburrido y mal pagado, pero
le permitió pagar las facturas e intentar no pensar en ello.
Un día, descubrió un gimnasio cerca de su casa. En él estaban
practicando boxeo y decidió apuntarse. Parecía la única
forma de canalizar su dolor, su ira, su frustración de haberse apartado
del camino tan bueno que llevaba, por una mujer, que terminó mintiéndole.
No era muy bueno peleando, pero era tal su rabia, que o ganaba o le tenían
que destrozar para que dejara de pelear. Con él, nunca parecía
un entrenamiento, un combate amistoso y el que aceptaba pelear con él,
sabía que no habría moderación alguna en la lucha. Todo
le daba igual y aunque estuviera sangrándole a borbotones la nariz, seguía
peleando sin descanso. Era su vía de escape, para ese mundo que le había
tratado mal, para ese odio incansable que sentía hacia su familia, su
entorno y esa mujer.
Un día, se enteró por ella, que tenía una relación
estable. A pesar de que habían roto, ella le siguió llamando,
diciendo que le quería y que lamentaba lo ocurrido. Siempre quería
saber como estaba, para no sentirse culpable con lo que hizo. Más lo
hacía por egoísmo que por amor hacia él, puesto que era
consciente de lo que le afectaba a él, cada vez que hablaban. Seguía
necesitándole en cierta medida. Era consciente de que nadie la había
querido tanto y no quería perder el recuerdo, de una de las pocas cosas
verdaderas que tuvo su vida. Pero a veces, su vergüenza por lo que hizo,
en contradicción con todos esos ideales que predicó sin descanso,
le hacía comportarse de forma frívola y cruel, sin que él
le hubiera dado un motivo. Le gustaba contarle lo feliz que era ahora con su
nuevo chico y que no se arrepentía de lo que hizo. A él se le
caía el alma, cada vez que tenía que oír semejantes cosas
y se quedaba en silencio. Por mucho daño que ella le hiciera, se esforzaba
en no decir todo lo que pensaba, para no herirla, para no oírla llorar,
porque era tal su amor, que no podía desearle ningún mal.
Golpeaba salvajemente el saco o a algún oponente cada vez que había
recibido una llamada de ella. Se iba convirtiendo cada vez más, en un
animal, matando todo sentimiento, todo interés en algo hermoso. El dolor
físico, cada vez le daba menos miedo y no era nada en comparación
con el dolor de su corazón.
Un día, ella le llamó para quedar. Ambos sabían para qué.
La ironía de quien se aprovecha de la infidelidad es que tarde o temprano
la sufrirá a su vez, o vivirá siempre con ese miedo. A ella, volvió
a pasarle como en todas las demás metas que se propuso y le empezó
a faltar algo. Sintió añoranza de esa relación perdida,
de esos ideales, de esa pasión juvenil e ingenua.
Siempre vacía en su interior, necesitaba devorar todo cuanto la rodeaba
para mitigar ese hambre que jamás conseguía apaciguar.
Él aceptó enseguida, pero sin saber por qué. Ya no era
amor, lo que sentía, sino odio. Ya no veía en ella la mujer ideal,
sino una criatura maligna, sin ningún escrúpulo, cuya conciencia
sólo se manifestaba en sus palabras, pero no en sus actos.
Ahora, todo en él era violencia, asco por el mundo que le rodeaba. Todo
le parecía feo, toda muestra de belleza era algo fútil. Pero el
deseo hacia ella se había vuelto mil veces más intenso que cuando
estaban juntos y quizás la seguía amando, de algún modo.
Llegó el día en que quedaron. Ella vino muy guapa,
siempre algo coqueta a pesar de su carácter rebelde. Él vino como
pudo, con apenas algo de ropa decente que tenía guardada, pero que nunca
había vuelto a usar. Apenas podía ocultar su turbación
en presencia de la persona que había originado sus mejores y peores momentos.
Tuvieron una conversación de rigor, con las típicas preguntas
acerca de la salud y la felicidad. Todo mentira. Él era una piltrafa
humana, un fracasado sin futuro y sin ganas de pelear por él. Y ella
una idealista hipócrita, incapaz de tener algo sólido en su vida,
a lo que agarrarse por falta de valor o autocrítica.
Subieron sin más dilaciones al cuarto de él. Se besaron apasionadamente,
desnudándose con rapidez y se metieron en la cama. Sin dejar de besarse,
se acariciaron mutuamente, mostrando el fuego que aún tenían dentro.
Pero sucedió algo extraño… de repente, él se quedó,
completamente tranquilo. Acariciaba todo el cuerpo de esa hermosa mujer, sin
hacer nada más. La puso de espaldas contra él y le besó
el cuello. Ella estaba excitadísima, deseando cuanto antes sentirle dentro
de ella. Sin embargo, él sólo acariciaba su cuerpo con devoción.
La espalda, los senos, el vientre, los muslos. Sintiendo la suavidad de su piel,
el calor de su cuerpo. Ya no era deseo lo que sentía, y sólo veía
en ella, algo hermoso, que sentir cerca de sí. La abrazó con fuerza,
quedándose en silencio, mirando ambos la misma pared. Ella intentaba
hacer algo para zafarse y llegar hasta el final, pero él se lo impedía
en silencio. Por fin, ella se quedó tranquila, respetando esa extraña
acción. Podían oír, cada uno la respiración del
otro, el calor de sus cuerpos, el latir de sus corazones. Él ya no quería
compartir nada con ella, ni dárselo, ni recibirlo. Sólo, recordar
esa etapa hermosa, esa belleza que le enloqueció y destruyó. Ahora,
sólo podía contemplarla, sin hacer nada más, pues se había
dado cuenta, de que todo eso no valía nada.
Ella soltó una lágrima, al pensar en todo aquello. Y así
se durmieron, juntos y abrazados.