Al plantearme este trabajo he tenido una seria dicotomía a cerca del tema a tratar. Por una parte el arte complementado con una manifestación artística. Como discutiría en este supuesto trabajo, en el arte entra la creación y el diseño, por lo que prácticamente todo puede ser considerado como arte. A este bajo nivel artístico, soy creador de algunas narraciones que me hubiesen gustado incluir en el trabajo, para ilustrar la importancia del arte, por lo menos en mi vida.
Por otro lado se me plantea una excusa para hacer una introspección y poder ordenar adecuadamente mis pensamientos acerca de la muerte. Finalmente sucumbí ante tan grande tentación, pero no por ello dejo de querer compartir mis narraciones entre amigos. Por eso adjunto un disckett con algunas de ellas.

Digo que sucumbí y que la tentación es grande porque para mi es el tema más importante de la vida, pues toda ella y todas ellas están supeditadas a la muerte. Y es que, preguntarse por la muerte es lo mismo que preguntarse por la vida, que es lo mismo que preguntarse por el ser. ¿Qué naturaleza tiene, pues, el ser? Sin duda lo primero que surge a nuestra mente al formular esta pregunta es la división de seres entre vivos e inertes. Aunque la división no está muy clara no veo que entrar en esa discusión sea objeto de este debate. Lo que parece evidente es que hay seres que están vivos y otros que no, o lo que es lo mismo, hay seres que mueren y otros que, en este sentido son inmortales* (pues carecen de vida). Son los primeros los que nos interesan en nuestra discusión. En este punto podemos llegar a la primera conclusión respecto a la muerte: si no existiera, tampoco existiría la vida; es la muerte la que pone los límites a la vida. Hay corrientes filosóficas que afirman que hay que afirmar la muerte para afirmar la vida. Yo, personalmente no estoy de acuerdo con eso; si me dieran a elegir afirmaba la vida y negaba la muerte (parcialmente).

Pero sigamos con la pregunta que interroga por el ser vivo. Para conocer la naturaleza del ser nos será útil conocer sus orígenes. Dice la ciencia: “todo ser vivo proviene de otro ser vivo”. Tenemos que preguntarnos por nuestros padres, por los suyos, etc., y así ir retrocediendo en busca del primer motor inmovil, que es precisamente de donde partió la asignatura a principio de cuatrimestre. Parece ser que la vida surgió de la materia orgánica, que surgió a su vez de la materia inorgánica. Parece ser que en un ser vivo no se encuentra más que materia, por mucho que se busca. Puede que sea un defecto de partida en mi razonamiento, pero no puedo creer en nada no empírico. Creer en el alma y en su inmortalidad sería demasiado sencillo, a parte de un trabajo un poco escaso. No puedo creer que el ser vivo sea otra cosa que mera materia, combinada de una determinada manera, bajo los efectos de unas determinadas leyes. Si somos sólo materia (y su energía), la respuesta a que es la muerte parece más cercana: la muerte es el fin.
Una objeción a los que afirman la existencia del alma y su inmortalidad. Si muerte significa ausencia de vida, y si algo de nosotros sigue vivo tras abandonar el cuerpo, eso significaría que no existe la muerte para los vivos. Y sin la muerte no existe la vida. Es decir, ese cambio de fase de vida tendría que ir seguido (no tendría porque ser inmediato) de la muerte. Esto está contemplado en ciertas religiones orientales que creen que tras cada cambio de fase te reencarnas y subes de nivel, hasta que llega un momento en que no puedes subir más y te conviertes en energía pura. Este no es mal concepto, pues como dije el ser vivo es materia y su energía.
Un problema a la hora de hablar de la muerte y la vida es que se tiende a considerar (sin duda porque estamos vivos y somos quienes consideramos) que es la muerte quien te aleja definitivamente de la vida. Pero si analizamos al ser vivo de manera un poco más amplia vemos que está precedido y seguido por estados caracterizados por la ausencia de vida. Por eso creo más conveniente considerar la vida como la que te aleja temporalmente de la muerte.

Parece necesario analizar esas dos fronteras de la vida. La primera nos lleva de nuevo a la búsqueda del primer motor inmovil, pues resulta difícil determinar en que momento un ser deja de ser parte de su progenitor para ser un ser en si mismo. La segunda frontera es la más interesante, y la que provoca también más polémica. Partiendo del mero materialismo no me parece que exista otra conclusión: traspasando esa frontera, nada. Se que es difícil de asimilar pues la primera idea que podemos hacernos de la nada es a nosotros en medio. Pero si estamos nosotros ya no es nada. Nos es tan complicado comprender el vacío, tanto físico como mental, como el infinito, pues somos (en nuestra mente no cabe el no ser), y somos limitados (en nuestra mente no cabe infinito). Nos es tan complicado asumir la no vida porque estamos vivos: nos es imposible imaginarnos no vivos.
¿Por qué decía, un par de párrafos atrás, que no es mal concepto el de aquellas religiones orientales, si creo que tras la vida nada? Según yo, somos materia y somos energía, igual que dicen los orientales. Pero esa energía es perfectamente conocible (mucha de ella conocida) y no una forma diferente de definir algo no empírico. Tras la perdida de vida, acontece un proceso de corrupción de la materia. Los microorganismos encargados de este proceso permiten que nuestra materia (que nosotros ya no vamos a necesitar) pase a formar parte del resto de los seres vivos, y que esta materia les proporcione la energía que lleva asociada.
Pero la muerte no es sólo eso; esa es la naturaleza que yo interpreto de la muerte. Lo más importante de ella es la propia idea que tenemos de ella. Esto es lo que me hizo decantarme por este trabajo y lo que seguramente promovió la proposición de este trabajo y puede que hasta la asignatura (a parte de hacernos recapacitar). ¿En qué habría variado esta si se hubiese llamado El sentido de la muerte? Y es que esta idea nos acompaña desde que adquirimos el uso de la razón hasta que lo perdemos. Es posible que hasta las personas que lo han perdido, bien por una enfermedad o bien por senilidad, conserven esta idea en sus maltrechas mentes. Porque como ya dije antes, hablar de muerte es hablar de vida, y mientras nos demos cuenta de que somos, que estamos, no podremos dejar de pensar que dejaremos de ser.

Ante esta idea la gente reacciona de dos muy distintas formas. Hay quienes, incapaces de ver o de aceptar la única conclusión lógica acerca de la naturaleza de la muerte a que se puede llegar, en mi opinión, partiendo de la base del materialismo, se refugian en dioses, energías, reencarnaciones, etc.. Son distintas formas de decir que tras esta vida hay algo; y mientras hay algo hay vida. Unos dicen que serán ellos mismos eternamente (los que creen en que hay en ellos algo inmortal, que pueden llamar alma o como quieran, y que ese algo se conservará eterno e inmutable tras esta vida), otros que volverán a ser ellos infinitas veces (los que creen en la metempsicosis). La otra reacción es la aceptación de lo efímero de nuestra vida. Nuestra vida es un suspiro, y ante la inexistencia de un ser o fuerza superior que dirija nuestra vida en alguna dirección no nos queda más remedio que buscar la dirección (el porqué y el para qué) en la materia. De esta forma regresamos a la pregunta que interroga por el ser. El proceso a seguir sería:
• ¿Por qué estoy vivo?
• Porque mis padres me concibieron.
• ¿Por qué me concibieron? ¿Por qué ese espermatozoide con eso óvulo? ¿Por qué copularon?...¿Por qué se conocieron?...¿Por qué sus padres les concibieron?...
Y así retrocederíamos en nuestro razonamiento hasta el primer motor inmovil, que al parecer no es más que mera materia en unas determinadas condiciones. En este supuesto debemos darnos cuenta de lo casual*, no sólo de nuestra existencia, sino de toda existencia: entre millones de posibilidades sucedió sólo una. De esta forma nos damos cuenta de que no hay ninguna razón para que hayamos llegado a ser, que igual que somos podríamos no ser. Pero esta reacción tiene un inconveniente: el ser humano, como ser racional que es (¿?), no puede aceptar el sinsentido de algo, y menos de su propia existencia. Por eso busca razones teleológicas que justifiquen su existencia. Lo más fácil es decir que tenemos una misión en nuestra vida. Las misiones más usuales con que me he encontrado son: hacer feliz a alguien, procrear, ayudar, o incluso salvar a la humanidad (sólo hay que fijarse en todos los profetas). De todas estas misiones la que me parece más natural es la procreación, ya que parece que es lo único que buscan a lo largo de su vida los demás seres vivos.

* Hay que diferenciar entre casual y azaroso. El azar implica que todas las posibilidades parten con las mismas probabilidades de éxito. La casualidad elige una entre todas las opciones de acuerdo con unas leyes perfectamente fijas; la elección de una opción en vez de otra se debe a las condiciones externas, las cuales pueden ser consideradas como un sistema de infinitas variables imposible de controlar y predecir (casual).

Investiguemos ahora sobre la finalidad de nuestra existencia. Para creer en cualquiera de las anteriores misiones, hay que creer que existe una misión más importante que recaerá sobre algún individuo (un descendiente si se trata de la procreación), o sobre un grupo. Si esto no fuese así simplemente estaríamos pasandonos la patata caliente del telos de mano en mano. Pero decir que existe una finalidad máxima o última a la que estamos avocados es como decir que existe un dios que nos dirige hacia ella. Otra opinión generalizada es decir que estamos en la vida para vivirla. Esto es un paralogismo, ya que la vida sólo se puede vivir; estamos obligados a vivir la vida. Te puedes suicidar, me refutará alguien. Pero eso da igual; cuando mueras morirás (por tu propia mano, o por cualquier otra razón), pero mientras estés vivo no queda más remedio que vivir. Así pues, es cierto que la vida hay que vivirla, pero no como finalidad última sino como imposición; puedes disfrutarla más o menos (eso también es subjetivo) pero siempre habrás de vivirla.
En este punto llegamos al existencialismo: la vida es efímera y vacua, y, por tanto, fútil. Ante esta idea el ser humano tiende a esconderse: la verdad absurda es dolorosa. Y se esconden de tres posibles maneras, tratando de evitar alguna de sus tres anteriores condiciones:
1. Efímero: tratando de alcanzar la inmortalidad tras la muerte, como artistas, políticos, asesinos, etc.. Personalmente me es indiferente que los demás hablen de mi cuando yo ya no sea. Prefiero que no hablen y seguir siendo.
2. Fútil: tratan de hacer en vida algo útil, algo trascendente, algo que sirva de ayuda a los demás. Tratan de demostrarse que su vida es crucial para la vida de los demás.
3. Vacuo: es la condición que tratan de modificar la mayoría de los que avanzan por este razonamiento (solo que suelen quedarse un poco más arriba). Es fácil rellenar esa banalidad; sólo hace falta una razón, una excusa, un motivo. Una persona, dinero, fama, poder, trabajo...
Cualquier meta, cualquier objetivo, cualquier motivo que nos de fuerza para levantarnos por la mañana y afrontar un nuevo día de efímera, fútil y vacua existencia; eso que nos consuela en los malos momentos son, como dice Albert Camus en El mito de Sísifo, saltos absurdos, justificaciones artificiales para una existencia sin razón de ser. Las religiones evitan al menos dos de las anteriores condiciones: nos prometen la vida eterna y nos dan una razón para continuar en esta vida (Dios).
Como vemos, nuestra vida es un punto en el tiempo, tan pequeño que en cuanto lo miramos desde fuera de si mismo, este pierde toda dimensión, toda dirección y sentido. Con esta idea del absurdo es francamente difícil levantarse cada mañana, sin ninguna razón que nos induzca a ello, sin más que hacer en la vida que sobrevivirse. Esa es la vida sin añadidos, la vida en estado puro.


Decía al principio del trabajo que hablar de la muerte es lo mismo que hablar de la vida, de todos los aspectos de la vida. Y es que, viendo la vida a través de este filtro de la muerte, aquella pierde totalmente su sentido y todos sus aspectos quedan condicionados. Por ejemplo, la ética. Si la vida en general carece de sentido, entonces nada de lo que hagamos en ella va a trascender. Si no existe un ser superior que nos controle, entonces somos nuestro propio dios, decidimos nuestro destino sin que importe lo que hagamos. Así pues nos encontramos en un estado de mayor libertad y mayor autodeterminación. Sólo que a mucha gente le asusta esa libertad por el miedo a la equivocación, y prefieren que sea otro quien se equivoque por ellos y así no tener más que balar en el rebaño. Este tipo de personas (el tipo más abundante de personas) son incapaces de entender la pluralidad moral, tratando de imponer su moralidad (creen que todos somos tan borregos como ellos), y practicando la intolerancia y el ostracismo con quien no se adapta. Vemos el dualismo de la muerte: quita libertad desde la visión más amplia de la vida, pues condiciona a todo ser vivo (siempre estamos pendientes de su guadaña); pero otorga libertad a un nivel más reducido.

Mi conclusión a cerca de la muerte es evidente después de todos estos razonamientos. La muerte es la condición para estar vivo. Es el pago que has de realizar a cambio de disfrutar de la vida. Sin embargo, ¿alguien nos preguntó si aceptábamos el contrato? ¿Alguien nos preguntó si aceptábamos tan grande precio por tan pequeño beneficio? Yo, personalmente, no se si compensa pagar la vida con la muerte. Pero hay algo que si que tengo claro: aunque fuese un negocio injusto para los hombres, lo que no podemos es obviar que ya estamos vivos. Ya da igual si es justo, injusto, si compensa o no; tendremos que pagar. El precio va a ser el mismo; ¡hagamos que merezca la pena! Pero de nuevo hay dos formas de ver eso. Una dice que para que merezca la pena, lo mejor es alargar lo más posible la vida. La otra dice que hay que intensificarla al máximo. Y es que, partiendo del existencialismo no podemos plantear una ética general, simplemente decir que allá cada uno con sus actos.
Como vemos, esta idea de la muerte condiciona toda la vida, todos nuestros actos, pues al ser arrojado a la vida, se te da la livertad de quien ya está muerto, de quien no tiene nada que perder.