Vivimos en tiempos difíciles. A pesar de que la guerra no pilló a nadie de improviso, la verdad es que nadie estaba preparado para ella. La gente se mantenía alejada de los males que estaban haciendo sucumbir al mundo y que estaban destruyendo todo lo que muchos, en mayor o menor medida, habían amado. Quizá intentaban negar lo evidente o simplemente no pensar en ello… el caso es que el mundo seguía su rumbo como si se tratara de aquel autobús del que no puedes bajarte en marcha o de aquel tren que tomaste sin billete de vuelta.
Vivimos tiempos difíciles… pero no siempre fue así. Aun recuerdo los primeros años de mi infancia, cuando jugaba a los soldados en aquel viejo camión averiado y en los que ganaba el que conseguía el objetivo sin caer “abatido” por un “pum pum” de un “enemigo”. Es quizá esto lo que más me atraía del juego, el conseguir un objetivo, un sueño… en la vida.
Fue decisión mía alistarme en el ejército como voluntario, algo que, sobretodo a mi padre, le hizo mucha ilusión. A él siempre le hubiese gustado que me hubiese dedicado a cualquier trabajo importante, pero sabía que el ejército le haría más ilusión. Incluso creo que cuando juré bandera, él estaba más feliz que yo. No es que me viese obligado a hacerlo, ni mucho menos, pero la idea de pensar que familiares y amigos se sentirían más orgullosos de mí, me armó de valor.
Durante la instrucción hice grandes amigos, algunos que desaparecieron y algunos que permanecieron a mi lado hasta el final. Tuve grandes alegrías y grandes decepciones, magnificas amantes y otras que pasaron sin pena ni gloria por mi vida… hasta que conocí a Silvia.
Para que os hagáis una idea, Silvia es de esas personas que irradia felicidad, que contagia con su risa. Es de esas personas que vive enamorada del mundo como el mundo vive enamorada de ella. Es la rosa más hermosa del jardín, la flor que ilumina a las demás, el agua que las da de beber. Detrás de esa dulzura, se escondía una mujer que jamás se echaría hacia atrás, ni si quiera para coger carrerilla, y que a pesar de las inclemencias del tiempo, ella ponía siempre buena cara. No es de extrañar que la eligiese a ella para compartir el resto de mi vida.
Mientras yo avanzaba en mi carrera profesional, Silvia me dio tres niñas preciosas, igualitas a su madre, llenas de vida. Es cierto que esperaba y deseaba tener un niño, con el que haber compartido esa relación padre – hijo que tanto ansiaba tener. Pero no fue así, y a la hora de la verdad, no me importó. La vida a veces te sonríe con detalles que posiblemente no esperas o que no quieres esperar y es un error convertirlos en problemas. Yo jamás lo hice.
Me encantaba ver a mi hija Eva tocando el piano en el salón. Parecía
que el piano perseguía las notas que mi preciosa niña le susurraba,
hasta tal punto que me sumergía en un mundo alejado de la realidad, de
mi trabajo, de mis problemas… y a pesar de ser un mundo imaginario, deseaba
no salir de allí nunca, no por temor a la realidad, simplemente, porque
todos necesitamos ese mundo ficticio que nos aleje de la verdad aunque solo
sea un instante. Un momento en el que poder soñar mientras bailaba abrazado
de mi esposa, como si ese instante no pudiera romperse nunca, ni si quiera por
el ruido de las bombas.
Recuerdo como si fuera ayer, esas cenas junto a Silvia. Ese momento mágico
que llenaba de química la habitación, mientras era coloreada con
tonos amarillos y anaranjados, fruto de los reflejos de la luz de las velas,
que hacía el instante más místico, si es que podía
serlo más. Siempre recordaré esos ojos, dispuestos a cambiar el
mundo, sin necesidad de armas ni bombas, ni de mentiras ni de crueldades.
Y aquí estoy yo, un oficial al mando de varios centenares de soldados, a los que muy probablemente mandaré a una muerte segura y a los que privaré de todo aquello que alguna vez les hizo feliz. Es un trabajo difícil, un trabajo que requiere que seas autoritario, para no sentirte limitado por las emociones, y pongas en peligro los objetivos de la misión. A algunos de ellos les mirabas a la cara, esas caras que posiblemente no vuelvas a ver jamás y que han seguido ciegamente tus órdenes porque creen en ti.
No tenéis que creer todos los tópicos que existen en torno a la guerra. Para mí la misión es clara, defender a mi familia, defender a lo que más quiero en este mundo, defender a aquellos por los que estaría dispuesto a dar la vida, a aquellos que siempre han estado ahí y nunca me han fallado. Solo si hago bien mi trabajo, conseguiré que muchos de esos chavales vuelvan a ver a sus familiares, esposas y amigos.
Miro por la ventana del salón. Detrás de la manta de agua que inunda la noche, veo a varios soldados vigilando la casa. Supongo que muchos de ellos estarán pensando en su familia, en sus hijos, en aquellos momentos en el parque, cuando el ruido de las bombas no les hacían llorar, cuando las madres corrían con sus hijos detrás de una pelota, cuando los pájaros comían de una mano llena de migas de pan… Pienso en ello y me abruma. Solo el sonido del piano flotando por la habitación me calma…
De repente, un ruido, un golpe y el sonido de cristales. Noto el frió que entra en la habitación por la ventana, el piano se calla, las fuerzas me flaquean, creo que me estoy mareando, caigo al suelo… me toco el pecho, veo sangre… se hace el silencio…
Como si alguien me lo susurrara, me doy cuenta de la situación, me han disparado, y es un impacto mortal. La sangre tan oscura que emana de mi pecho es la prueba… lo he visto otras veces, desgraciadamente. No tengo ni fuerzas para gritar, ni para oír ni para quejarme.
Solo puedo pensar en la cara del francotirador y en los motivos que habrá tenido para matarme. Quizá tenga poderosas razones para hacerlo, quizá le haya arrebatado todo aquello que ha amado en la vida, quizá esto sea lo último que le quedaba por hacer, quizá…
La vida no tiene porque ser justa y de hecho no lo es. En mis últimos momentos pienso en mis niñas, en el piano, en mi esposa Silvia… en sus risas, en sus ganas de vivir, en lo que les espera ahora… pero ella es fuerte, muy fuerte, posiblemente más que yo. Todo se nubla a mi alrededor. Solo espero que no pierdan esa ilusión, con la que han vivido toda la vida y que sepan perdonarme si alguna vez no estuve allí o si les faltó algo.
Siempre he dicho que daría la vida por ellas, y he cumplido mi palabra.