El invierno se fue haciendo cada vez más intenso. Ella
seguía paseando por ese parque observando de lejos la vida de ese hombre.
Parecía haberse convertido en su único pasatiempo, que la alejara
de las obligaciones diarias. Con el frío que hacía, se le hacía
difícil leer algo, así que sólo caminaba y contemplaba
lo que ocurría a su alrededor. Él aparecía de cuando en
cuando, a sentarse bajo su árbol, a pintar o beber. A pesar de haber
hablado brevemente con su hija y de haberse encontrado con ella ya en dos ocasiones,
hacía como que ella no existía. Parecía que todo el entorno
le fuera indiferente. Viéndole, se daba cuenta de que su vida no era
tan monótona. Ese hombre hacía siempre lo mismo, de una forma
casi fatalista.
Un día, en que anochecía, le vio hundido en la nieve, agarrado
a una botella, completamente inconsciente. Había varios grados bajo cero.
Se decidió a llevarle a casa, diciéndose a sí misma que
sino, moriría y que era una cuestión de humanidad. Con gran esfuerzo,
arrastró a ese hombre inmenso hacia su vivienda. Le fue quitando la ropa,
que tenía mojada, contemplando lo que había hecho la vida con
él. Vio terribles cicatrices en los dedos, como si le hubieran arrancado
las uñas. Tenía cortes por todo su cuerpo y la piel deformada
dando la impresión de que había sido quemada. No pudo evitar que
se le escapara una lágrima viendo tanta crueldad ejercida sobre un ser
humano. Lo que hubiera sido un hombre de gran vigor y belleza, era un cuadro
surrealista, lleno de tormentos indescriptibles. Le acostó en su propia
cama, con ternura, como si fuera un bebé. Él parecía no
enterarse de nada...
**Gritos, gritos. No paro de oír a personas gritar
y lo peor de todo, es que conozco algunas de esas voces. Vienen oficiales de
interrogatorio. Apenas me curaron la herida en el estómago y en cuánto
he recuperado la consciencia ya están encima de mí, atormentándome
para que delate a mis compañeros y superiores. Les digo lo poco que se
y que no es nada. Un conjunto de nombres falsos o apodos, que usábamos
entre nosotros para que no pudiéramos delatar a nadie aunque no aguantáramos
el dolor. Se enteran, de que algunos de los que están siendo torturados,
son amigos míos, o lo fueron antes de que la guerra nos separara. Me
obligan a contemplar como les torturan. Les golpean, les arrancan las uñas,
les hacen cortes por todo el cuerpo, les queman la piel con un soplete. Van
seccionando partes de su cuerpo y obligándoles a tragárselas.
Les ahogan en agua fría, mientras se intentan zafar con las piernas y
los brazos amarrados con alambre de espino. Veo como se desangran poco a poco,
como suplican que les maten ya, mientras los oficiales ríen y se ensañan.
Me obligan a ver todo eso y más. Yo nada puedo contarles, pues nada se.
Sólo era un peón. Alguien útil, pero prescindible, al que
nunca contaron nada y que solo hacía lo que le ordenaban. No quieren
creerme. Están asustados, aterrorizados al ver que pueden perder la guerra.
A poco estuvieron de salir derrotados en el último levantamiento. La
moral de su tropa está baja. Muchos se empiezan a plantear el sentido
de lo que hacen, de tanta muerte de civiles y personas que sólo defienden
su tierra. Poco a poco, las ideas van muriendo, ante la determinación
de tantas personas. Descubren la mentira por la que han vendido sus almas, por
la que nunca volverán a dormir tranquilos, ni caminar con la cabeza bien
alta. Pocos lo dicen, pocos lo demuestran, pues la disciplina es cada vez más
férrea, pero se puede ver en su voluntad de combatir, de seguir matando
irracionalmente.
Las mismas preguntas una y otra vez y las personas a las que tanto quise, van
muriendo una a una delante de mis ojos. Llego a olvidar el inmenso dolor que
siento en mis entrañas por la bala que me han sacado hace poco, de tanto
contemplar como todo lo que tuvo sentido en mi vida, es destruido sin piedad
alguna de la forma más cruel y obscena. Aún no han conseguido
nada, pero ahora me toca a mí. Ya vienen a por mí...**
Me despierto asfixiándome, con el corazón latiendo a tanta velocidad,
que siento que me va a estallar. Un sudor frío como la escarcha desciende
por mi espalda. Sólo ha sido una pesadilla. Una de tantas que tengo desde
hace más de tres lustros. Recuerdos, recuerdos horribles del pasado,
que nunca consigo borrar. Mi horror permanente, que se sucede cada vez que cierro
los ojos, que intento pensar en cualquier cosa.
Nunca olvidaré, como al poco de ser capturado y sufrir las peores torturas,
las tropas enemigas, comenzaron a desertar en masa. No conseguí tener
del todo claro, si fue por el terror o porque aún quedaba algo de honor
en sus conciencias. Nuestros propios torturadores y verdugos, se volvieron de
repente, tremendamente amables y salieron corriendo, liberándonos. Cuando
salí a la calle, de ese infernal cuartel, contemplé algo, que
sorprendentemente, aún pudo sobrecogerme...
A lo largo y ancho de las avenidas, de cada farola, colgaba un soldado, en cada
muro, había un oficial fusilado. Era el precio de la deserción,
el precio de la traición. Allí, hasta dónde alcanzaba la
vista, veía balancearse esos cuerpos al son del viento, mostrando el
último reducto de humanidad destruido y mancillado. Casi me puse reír
al ver a mis enemigos muertos, matándose entre ellos. Nada debiera gratificarme
más. Pero, caminé en silencio, mientras apretaba mi estómago
ardiendo, observando, los rostros de cada uno de ellos, intentando averiguar
si eran personas o animales los que allí colgaban. Así, avancé
durante horas, mientras algunas personas los descolgaban y pisaban como venganza
por tanto dolor, sin plantearse si hacían bien o no en juzgarles así.
Lo triste de esa situación, es que ahora se ensañaban con los
despojos, las personas que no habían movido un dedo por luchar contra
el enemigo. Los héroes yacían muertos entre los escombros. Las
personas con algo de humanidad, colgaban por todas partes, mientras los cobardes,
los traidores, aquellos que sólo sacaron beneficio de tanta miseria ajena,
ahora vivían y se aprovechaban de lo que otros consiguieron. Los buenos
estaban muertos, mientras los malos vivían y eran felices, jactándose
del triunfo ajeno.
Mi ciudad ardía, mis entrañas se retorcían de dolor y mi
alma estaba condenada, al igual que la más mínima paz, tras haber
dejado morir a tantos, tras haber matado, tras haber visto como morían
sin hacer nada o sin poder hacerlo. Contemplé, como violaban y mataban
a esa joven, únicamente para salvar mi vida, a quien horas antes había
abrazado. Pero todo eso, no era nada en comparación con la pérdida
de ellas dos...
¿por qué me la diste?... No fui capaz de comprenderla, de hacerla
entender. Primero te tuve que matar a ti y luego la maté a ella. ¿era
este el castigo de Dios?
Quisiste darme algo hermoso. Una nueva razón para vivir, para redimirme
de mis crímenes. Una oportunidad de volver a ser bueno, de servir a alguien
o algo que no fuera una causa mancillada por las personas que la lideraban,
o a quienes servía. Gracias a ti, por una vez en mi vida, creí
encontrar el amor más puro, la pasión más sincera. Nunca
te oí hablar. A veces, intentando denigrar todo lo hermoso de mi vida,
pensé con humor retorcido, que si hubieras hablado aquella noche, no
hubiera sido tan mágico. Pero tu carta, no podía motivarla mera
retórica. No eran palabras vacías y frases hechas. Era algo sentido.
Tu sacrifico lo demostró, tu regalo también. Mil mujeres conocí
antes y en todas vi prácticamente lo mismo. Sus palabras nada significaban,
pues cada día eran distintas y no coincidían con sus actos. Su
bondad, era mera necesidad, de demostrarse a sí mismas algo o demostrárselo
a los demás. Tras muchos conocerlas, dejé de valorar casi ninguno
de sus actos, pues sólo los motivaba una mera auto complacencia. Me amaban,
únicamente cuando les decía las mentiras que querían oír,
cuando no mostraba mi verdadera forma de ser, mi fragilidad. Sólo querían
vivir en su mundo de fantasía, que se habían creado de adolescentes
y del que no deseaban salir. Luego se lamentaban de su infelicidad, habiendo
perdido a los hombres que valían, por estar jugando con ellos, por hacerles
esperar años mientras se divertían y su juventud iba muriendo,
malgastada en sueños imposibles.
Tú eras distinta. No te divertía jugar con los sentimientos que
albergaban hombres sencillos hacia ti. Te enamorabas de aquello que era puro.
Destruías, a aquellos que nada valían pero todo lo aparentaban,
al contrario que la mayor parte de las mujeres. No eras capaz de menospreciar
el amor de un hombre, si parecía sincero, ni de fingir inconsciencia,
cuando te amaban, dándoles pie a sus sentimientos, sin corresponderles,
por mera frivolidad o ego.
Nos parecíamos en muchas cosas y también nos separaba un abismo.
Eras demasiado hermosa, demasiado inteligente y pesar de todo, sensible como
una buena mujer. Incapaz de obtener de la sociedad lo que todo el mundo ansía,
sin prostituir tu conciencia, tu cuerpo, tu imagen. Para todos, sólo
valía tu belleza y estabas condenada, a comprender demasiado bien tu
entorno, pero a no ser comprendida, hasta llegar a la triste conclusión,
de tener que adaptarte, venderte, llenando únicamente tu ego, a costa
de matar lo que eras, lo que realmente tenía significado para ti, hasta
la muerte o la locura. Tu sacrificio fue hermoso, pleno, sincero, casi incomprensible
hacia un desconocido, que ya tan poco valía, condenado a una vida de
destrucción. Quizás ahí radicaba tu generosidad. En que
nada me debías, en que nada nos unía en el fondo.
Pero me diste tanto amor en una noche, y el regalo de una hija para toda una
vida. Y sin proponértelo, diste una falsa esperanza a quien no la tenía
y aumentaste mi suplicio hasta límites que ninguna persona puede aguantar.
Una noche estuve contigo y miles me acordé, sin ser capaz de mirar a
ninguna más como a ti. Tus hermosos y grandes ojos marrones, tu cuerpo
voluptuoso y delicado, de tan perfecta belleza. Los abrazos tan intensos que
me dabas.
Con la guerra, todo se volvía más intenso, más sincero.
Contemplando tanto horror, destrucción, miseria moral, uno amaba de forma
salvaje, visceral, sin plantearse ideas banales, sueños absurdos y prejuicios
sociales. Estábamos más vivos. La guerra nos hacía sentirnos
vivos, mientras mataba al mismo tiempo todo lo bueno que podíamos tener.
Pero lo sacaba durante breves instantes y sin la guerra, posiblemente jamás
lo hubiéramos descubierto. Sin ella no nos hubiéramos conocido.
Ambos tendríamos nuestras vidas superficiales, condicionadas por nuestro
entorno, sin plantearnos casi nada, hasta cuando fuera demasiado tarde y sólo
nos quedara la amargura. La guerra nos despertó y nos hizo plenos, pero
también nos mató.
Hubieras sido una madre tan buena, una esposa tan increíble, si no hubiera
sido por tanta locura y estupidez.
Ahora yo, tengo que cargar con esa culpa. Dejé morir a mi hija en mis
brazos. Ya no tuve fuerzas para volver a intentarlo. Respeté su decisión.
No pude creer que ella llegara a perdonarme nunca y lo veía lógico.
Prefería verla muerta, aún con su joven belleza, a contemplar
como se marchitaba por el odio y el paso del tiempo. De alguna forma, se lo
puse fácil para que lo averiguara por sí misma. Quizás
porque no tenía valor para contárselo yo. Estuve loco al hacerlo,
pero ya no podía más. Ese infierno tenía que acabar y mi
esperanza murió cuando la miré fijamente a los ojos y no vi nada
de amor. Al igual que tú, nuestra hija lo tenía todo y no podía
valorar nada. Ni el amor, que obtenía con facilidad, ni el éxito.
Nada le suponía un reto, un estímulo. Sólo su amor hacia
mí tenía significado para ella y muerta esa razón, rodeada
de un mundo tan superficial, dónde sólo valían las apariencias
y nada era sincero, su vida tampoco tenía sentido ya. Yo lo entendí
así y la dejé morir , apretando con fuerza lo único que
había podido amar de verdad en mi vida...
Ella durmió con su hija, y notó como él se despertaba. Fue a verle caminando en silencio, para no perturbarlo. Le vio desnudo en la cama, sentando, mirando la pared, pensando con suma concentración y no percatándose de que ella le miraba. Le dejó nuevamente con sus pensamientos y se dirigió a preparar algo para desayunar.