Diario de viaje por San Petersburgo y Moscú (Julio de 2006)

Día 18, martes – Madrugón a las 4:45 para ir al aeropuerto. Nos encontramos con los demás amigos de mis padres. No he podido dormir bien. Estaba tenso, como si fuera la víspera de un examen. Como otras veces, no quiero irme de viaje, pero sé que debo hacerlo.
¿las contras? Que tengo que estudiar. Me puede ir el futuro entero en estos exámenes. Tampoco me hace gracia la idea de viajar en familia. Bastante me exaspera dar cuenta de todo lo que hago, el poco rato que convivimos en las comidas, como para hacerlo todo el día. Por de pronto, mi madre ya me ha dicho que hable con los hijos de unos amigos suyos. Me ha salido únicamente una especie de mueca con risa y de golpe me ha recordado por qué no quiero pasar más tiempo con ellos.
El vuelo ha sido más o menos agradable. Afortunadamente hemos volado en un A321 y no en un viejo MD80. Me inquieta profundamente este viaje, por todos los peligros sobre los que he leído acerca de Rusia. Quizás vaya condicionado por su historia. Pero de alguna forma, sé que no debo perdérmelo. Independientemente de todas las cosas horribles que tenga este país, no deja de ser distinto, fascinante.
Nada más aterrizar, las autoridades han pedido distintos papeles a la tripulación, que no tenían. No han sido capaces de poner una segunda escalera, para que bajaran los pasajeros del avión. Mucho de lo soviético, perdura.
Hemos llegado al hotel y pensamos en irnos al centro en metro. Por lo visto, este desciende a cien metros bajo tierra para pasar por debajo del río Neva. Pero en pos, de hacerlo todo en grupo, nos hemos quedado a comer/cenar en el hotel (bastante mal, por cierto) y ya no hemos hecho nada más. Aquí las noches son “blancas”, por estas fechas y cuesta dormirse entrando algo de luz. No tienen persianas, sólo cortinas.
Me han dado una cama plegable de pésima calidad. Cuesta no hundirse. Se me hace raro, dormir con mis padres. Demasiados años, acostumbrado a encerrarme en mi cuarto bajo llave, buscando un poco de intimidad o soledad. Pero he dormido ya casi, en cualquier sitio, por lo que me he acostado sin más preámbulos.
Se me ha olvidado mencionar, que hemos visitado un monumento a los héroes de Leningrado. Gigantesco, cómo todo lo que se encontrará en este país. La temperatura es de unos 20º y ha llovido un poco. Es un tiempo agradable.

Es curioso… la noche anterior, estuve en casa de Begoña viendo una película llamada “El jardín secreto” de Agnieszka Holland. Otra judía polaca que habla mal de Polonia. Pero en este caso la película era bonita. Un poco, la típica historia de tragedias en familias ricas y faltas de cariño, pero de final feliz. Con una moraleja sencilla: para vivir, sólo hay que amar y disfrutar de las cosas hermosas que nos rodean.
Aún no me he quitado de la cabeza la visita que he tenido estos días. Una polaquita encantadora de 21 años. No paraba de hablar desde que me obligaron a sacarla. Nada más verla me impresiono su escote y su simpatía. Una chica natural, sin aparentes prejuicios, con ganas de ver y aprender. Le encantaba hablarme de cualquier cosa, pero también escuchaba con fascinación, casi con devoción. Salimos de fiesta y, cómo otras que he conocido, no paraba de querer que la sacara a bailar, de sonreír, de ser cariñosa. La noche que la saqué, cogí 130Km/h por la castellana para llevar a Pablo a casa. El alcohol estaba presente y yo de alguna forma, necesitaba esa velocidad. Por fin, la dejé en casa, agradecidísima por haber paseado con ella por el retiro (tan tonto fui, que me perdí) y por la noche que pasamos juntos. Llegué a casa feliz, con una nueva falsa ilusión y quise compartirla con Edgar, que casualmente estaba en el Messenger. En ese instante, ya no eran tan agobiantes ni mi familia, ni mi carrera, ni todos los malos recuerdos acumulados.
El viernes, volví a sacarla y la llevé al teatro. Casualmente días antes, me había mandado un mensaje un amigo actor, invitándome a verle. Vinieron amigos y amigas y se desmadró un poco más la cosa. Primero bailé con Raquel, lentamente y luego con ella, que se movía salvajemente, pero me excité demasiado y tuve que simular que me llamaban al móvil, para salir un poco a la calle a tranquilizarme, tras soltar su talle. Pocas horas antes, me habló de su novio.
Sobre las tres, tenía que llevar a Luis a casa. Ella, aunque quería más, vio que era buena ocasión para volver. Me pidió que la acompañara a la puerta y me abrazó. Estaba encantada con todo y fascinada por cómo pensaba y hablaba yo. Me dijo, que era como un hermano mayor… Esta vez, me acosté un poco más triste. Curiosamente, esa noche del viernes, pude dormir bien, hasta las 3 de la tarde, cosa que casi nunca hago. Quizás, por llevar toda la semana trabajando, estudiando y con algunas escapadas nocturnas.
Recibí nada más levantarme una llamada de mi profesora, para que fuera a su casa, para que la madre de esta chica, volviera a analizarme el cuerpo y la cabeza sólo con las manos, mediante radiestesia. Dijo varias cosas sobre mí, que me subieron el ego, todo hay que decirlo.
También, la niña quería que la llevara a un museo, peo esta vez le dije que no. Quería estudiar un poco. La “terapia” se prolongó y no estudié mucho, pero más o menos terminé esa asignatura. Lo interesante, aparte del calor que sentí en la espalda y el cuello con las manos de esta señora, fue la regresión que intentó hacerme después. Ya me conocía este mundo por haber recibido tratamiento de un buen psicólogo que hacía lo mismo. Una de las partes de intentar relajarse y concentrarse en determinadas ideas, fue cuando me pidió que visualizara lo que más me importaba en ese instante para poder conseguirlo. Quise pensar en los estudios y cosas así, pero fui incapaz. Sólo pensaba en tirarme a su hija y por más que me esforzaba, no conseguía quitarme ese pensamiento de la cabeza. Me dijo, que a partir de ahora mis deseos se cumplirían.
Poco antes, me ofrecí a sacar a esta chica al Juan Carlos I por la noche. Eso sí que me venía bien de tiempo y siempre disfrutaba haciéndolo con quien se terciara. Quizás, no quería dejar escapar la oportunidad, de pasar un rato más con ella.
Subimos a una pirámide y nos quedamos escuchando el viento, en absoluto silencio.
La verdad, es que la deseaba, pero lo veía imposible. Estaba con una niña llena de ilusiones e historias, que me hacía preguntas sobre cómo llevar mejor su vida en pareja. Sólo, intenté disfrutar de esos últimos momentos, con esa persona tan feliz y distinta a mí, tan llena de creencias esotéricas y religiosas, mientras lo mío era descreimiento absoluto. La llevé a casa, recibiendo mil agradecimientos más, pensando que aún hay chicas encantadoras, aunque no sean para mí.
En todo esto pensaba, mientras estaba en el tresillo con Bego, viendo esa peli tierna, cuando me llamó Guille, con quien quería quedar un rato antes de irme de viaje. Me hizo mucha ilusión su llamada, quizás por esa constante sensación de soledad, que tengo cuando intento localizar a la gente y ni contestan a mis llamadas. Le conté mis peripecias y él, esta vez tenía tiempo para oírlas. También recordamos el día que hicimos una fiesta con un par de amigos y conocidas y cómo él mismo se quedó impresionado viéndo a una de ellas bailar. Como yo me subía a la cocina a echarme agua fría para tranquilizarme, o cómo me cogió Guille de los hombros y me dijo “o vas tu, o voy yo”. Luego, cómo le acompañé al garaje a fumar un cigarro. Se me puso filosófico y fueron cayendo más cigarros y cigarros, mientras yo le seguía la conversación educadamente, mientras pensaba “¡¿es que no te das cuenta? Esa hembra desbocada está bailando sola ahí dentro y yo estoy aquí hablando contigo acerca de nuestras mismas movidas”!.
Nos reímos mucho, en los breves instantes en que recordamos anécdotas.
Todo eso mejoró una tarde, en que no sabía que hacer en casa y tenía una enorme necesidad de compañía. En todo eso pensaba en el avión y en la cena posterior, antes de acostarme, en la ciudad de los zares.

Día19, miércoles – Panorámica de la ciudad. Vamos en autobús por múltiples catedrales, todas de arquitectura parecida. Sorprenden sus tejados de oro y que casi todas estén bien restauradas y cuidadas. Por lo visto, el clima las deteriora con rapidez, al igual que todos los demás edificios. San Petersburgo se construyó sobre fango, a costa de la vida de miles de personas, por Pedro I “el grande”. También hemos dado una vuelta en barco, recorriendo los canales de la “Venecia del norte”. Creo que ya oí esa chorrada en Ámsterdam. Pretenden comparar el refinamiento de Venecia con la mezcla bestial y exagerada, de barroco y neoclásico que impregna todo San Petersburgo. El gigantismo de un pueblo apasionante, pero, en cierto sentido, algo bruto, pues casi todos los artistas e ingenieros, fueron extranjeros traídos para construir y decorar la nueva capital.
Todo son contrastes en esta ciudad. No paro de ver Mercedes y limusinas, mezcladas con Ladas (típico coche soviético) de hace 30 años. Nuevamente, percibo ese complejo ruso de parecerse a los americanos. Los comercios, la música, la decoración, están influidos exageradamente por ellos. Realmente, la cultura es toda una forma de conquista.
Tanto los edificios, como las catedrales, me han gustado mucho. Están llenos de colores y en sustitución de los frescos (que se deterioran demasiado con ese clima y humedad), utilizan mosaicos. Es una imagen impresionante.
Por la noche, hemos ido a ver un espectáculo de cosacos. Obviamente, muestran los bailes y melodías folclóricas internacionalmente conocidos. “Pole Polenko” es una melodía que me enamoró en las películas y esta vez, pude escucharla en directo. Sugiere la caballería al galope por las estepas rusas…
Tienen fuerza y carácter los bailes cosacos y muestran ese maravilloso carácter, vividor y aventurero, que eclipsa un poco el estereotipo alcohólico y depresivo de esta sociedad sin expectativas.
No deja de ser irónico, que se asocie con la rusa, una cultura, un pueblo (el cosaco), muchas veces perseguido por los zares (también al servicio de ellos) y exterminado por Stalin. Salí emocionado de ese espectáculo.

Día 20, jueves – Visita a la catedral de San Isaac. Los nazis no la destruyeron con su artillería, pues les servía de sistema de referencia para otros objetivos cercanos. Gigantesca y fastuosa como todo lo de este país.
También hemos visitado L´Hermitage, la pinacoteca más grande del mundo, comprendida en el palacio de invierno y edificios adyacentes. De un lujo exagerado y recargadísimo de oro. Parece la eterna obsesión de los rusos. Aunque España también es parecida. Desgraciadamente sólo hemos estado un par de horas y apenas hemos visto nada. Había demasiada gente. Rusia, germina en turismo y por los precios y los productos que vende (siempre los mismos en todas partes y a altos precios) está muy bien preparada para ello.
De crío, ví documentales sobre este palacio y siempre quise venir. Hay dos cuadros de Da Vinci y también alguno de Velázquez. Resulta curioso ver cuánto arte importaron en pos de ser más europeos.
Por la tarde, hemos visitado la fortaleza de Pedro y Pablo. Para variar, tiene una catedral espectacular, llena de mosaicos.

Día 21, viernes - Visita al Palacio de Verano. Creo que es el que realmente recordaba de ese documental de mi infancia, por el parquet tan original que decora el suelo y por el hecho de haber sido devastado por los alemanes. Tanto los tejados como las fuentes son de oro. Estaba impresionado con tanta obra de arte, pero al mismo tiempo no podía evitar sentir repugnancia por esa ostentación y frivolidad mientras pensaba en toda la gente que murió de hambre mientras tanto.
La misma sensación me asaltaba cada vez que me servían algo en un bar o restaurante, o que me intentaban vender algo, o cuando me abrían una puerta del hotel con una sonrisa…
De alguna forma, siempre siento vergüenza de mí mismo cuando alguien me sirve. Especialmente, si creo, que le obligan a esa persona, las circunstancias.
Por la noche, hemos ido a tomar el tren que va desde San Petersburgo a Moscú. Dispone de camarotes dobles con literas y un desayuno envasado de lo más completo. Lo jocoso, son las cortinas y alfombras que le dan al tren, una falsa sensación de lujo. Cosa que desaparece al visitar los servicios que, como muchos que hemos visto a lo largo del viaje, provocan arcadas (si alguien ha visto la película Trainpotting, sabrá a lo que me refiero). Otra cosa interesante es el camarote preparado para la tripulante que vigila y un samovar integrado en la pared del vagón, desde el que nos preparan te o café, en vasos muy bonitos y de gran popularidad antaño.
He dormido fatal (como todos estos días), por falta de espacio, pero no ha dejado de ser una experiencia viajar durmiendo entre estas dos ciudades, contemplando la estepa y el Sol bañándola. La chica ayudante de la tripulante, también se ha quedado en el vagón. Era realmente guapa. La miré con ojos depredadores, pero no me hizo caso. Me acosté pensando en ella.

Día 22, sábado – Llegada al hotel tras el viaje en tren. Dentro tiene un casino, una zona de striptease y decenas de prostitutas. Qué mujeres tan hermosas tiene este país. Altas, esbeltas, potentes y con ojos grandes, rostros delicados y labios sensuales. Se me revolvían las tripas al verlas entregadas a cerdos con pasta. Todo el hotel parecía orientado al vicio, a pesar de ese lujo y buen servicio. En toda mesa o ruleta, había una chica guapa. En los garajes, Mercedes y BMWs de seis litros. Todos con las lunas tintadas, muchos con un matón de pie al lado, de gafas oscuras y traje negro.
Salimos para tomar el metro de Moscú, de lujosas estaciones. Como el de San Petersburgo, llega a una profundidad de 100 metros bajo tierra. Pero lo que más me impresionó, son las velocidades que cogen sus viejos vagones. Según dijeron, esas moles de acero alcanzan a los 90 Km/h. Es algo un tanto espectacular, ir en un trasto tan basto, ruidoso y balanceándose a toda velocidad. Una vez más, se puede ver como hacen las cosas a lo bestia.
Llegamos a la plaza roja. Es más pequeña de lo que parece en la tele, quizás porque el suelo está algo combado. Resulta curioso ver, que en frente del mausoleo de Lenin, están las tiendas más caras de Moscú. La catedral de San Basilio, situada en la plaza roja también es tremendamente llamativa y original. De puro milagro no la destruyeron ni Napoleón, ni los bolcheviques, aunque pensaron en hacerlo.
También el edificio del Kremlin es muy bonito, con las estrellas rojas brillando en lo alto.
Hemos visitado a su vez, la catedral de San Salvador, construida por tres generaciones de zares y destruida por la locura de Stalin tras varios intentos de dinamitarla. Después de no dejar ni una piedra en ese espacio, pensaron en construir un rascacielos que rivalizara con los americanos, con una gigantesca estatua de Lenin en lo alto, sosteniendo el mundo. Pero la guerra salvó a la humanidad de semejante estupidez.
Hace unos años, los rusos decidieron reconstruir la catedral y lo consiguieron en sólo cinco años. No hay palabras para describirla por dentro, pero sigue el modelo de todas las demás.
Por la tarde, hemos decidido irnos a ver por nuestra cuenta Moscú. Ya conociendo el metro, resultó que no era tan difícil moverse por allí, aunque el cirílico complica un poco las cosas. He perdido ese miedo inicial. Ahora es como una ciudad más y desplazarse por sus calles, con su gente, resulta agradable. Me han comprado una petaca, con estrellitas soviéticas. No se por qué, pero me hacía ilusión. Cuando empecé la universidad, soñaba con llevar siempre una encima, para poder beber a todas horas 43 con lima. Me ha inquietado un poco, el poseerla ahora. De alguna forma, me incita al pecado (más tarde descubriría que tiene fugas y que las estrellitas se caían).
Tras la cena, hemos visitado Moscú de noche. Primero hemos ido a ver un lago en el que se inspiró Tchaikowsky para su “lago de los cisnes” y después hemos visto unas fuentes iluminadas con focos rojos, simbolizando la sangre derramada. Hemos finalizado este cansado día con la plaza roja, iluminada de noche, llena de vida y color.

Día 23, domingo – Visita del Kremlin. Dentro, hay un cañón que se construyó únicamente para presumir de él, puesto que era imposible de usar. Por supuesto, en el recinto hay una catedral y también un museo de armas, dónde se pueden encontrar algunos huevos Fabergé. También hay todo tipo de joyas y un sin fin de biblias, encuadernadas con tapas de metal, oro, piedras preciosas y marfil. Me he enterado, de que las medias lunas que decoran algunas cúpulas de las catedrales, eran un símbolo usado por los cristianos, cuando eran perseguidos.
Estoy ya un poco cansado de ver catedrales, joyas y mosaicos. La guía nos explica muchas cosas interesantes, pero yo suelo estar en la parra y a los cinco minutos desconecto y pienso en mis cosas. De alguna forma, va perdiendo gracia para mí lo de viajar y hacer siempre lo mismo.
Por la tarde, hemos ido a una de las galerías de arte más importantes de Moscú. Había cuadros espectaculares de Iván el terrible, que por error mató a su hijo. He visto mujeres increíbles y lo más chocante y que todo el mundo notó, un sin fin de chicas jóvenes, pijas y guapas que parecían venir solas a ver todo eso. Rara vez suele ocurrir en “El Prado”, aunque también se da el caso. Los cuadros que menos me gustan son los de retratos y los que más me han interesado, tenían batallas, tormentas en el mar o torreones contrastando con el horizonte.
Hemos terminado tomando una cerveza cerca de la plaza roja. He visto las rubias más rubias que puedan existir, tirando a blanco. Hasta dudaba de que ese color fuera real, pero mi madre me dijo, que también tenía el pelo así de joven. Por la noche, hemos cenado como siempre, en el hotel. Me han fascinado los baños, con cuadros. Daban ganas de quedarse a comer en ellos.

Día 24, Lunes – Hemos visitado el “vaticano ortodoxo”, una fortaleza dónde yace un mártir y está llena de edificios religiosos. Me he quedado un rato escuchando su misa (que dura hasta cinco horas), llena de cánticos y genuflexiones. Había gente, que se arrodillaba como los musulmanes. Se nota enormemente la influencia oriental. Quizás porque proviene de Bizancio. Me asaltaban sentimientos de retomar Constantinopla en nombre de la cristiandad. Y ya de paso, Jerusalén.
Tras la toma de Moscú, los polacos asediaron sin éxito esta fortaleza durante un año, según nos contaron. Creo que Putin ha declarado fiesta nacional, el día que echaron a los polacos de su país, en vez del día en que se libraron de trescientos años de opresión tártara. Aparte de las catedrales, palacios y demás, he hecho fotos de un par de gatos. Son muy peludos en este país y resultan de lo más graciosos.
Por la tarde hemos visitado un jardín, dónde hay una casa de madera en la que residió Pedro I el grande. Por lo que nos contaron, dominaba todo tipo de oficios, como la carpintería y era bueno como cirujano o diseñando barcos. Se dice, que murió por la neumonía que cogió al salvar a unos pescadores. Al menos, en este jardín, la catedral (o lo que sea), tiene las cúpulas azules y resulta menos hortera. Da gusto ver este jardín, bien cuidado y limpio. En general, en las dos ciudades que he visitado, las calles están muy limpias y eso que no hay forma de encontrar un cubo de basura. Aunque luego, en algunos parques algo más periféricos, se pueden encontrar botellas y basura de todo tipo. Antes de tomar el metro hacia el jardín, he podido fotografiar uno de los rascacielos de Stalin, de estilo neoclásico, con una inmensa estrella tallada en lo alto. “El padrecito” regalaba esos edificios a los países de influencia soviética y siempre representaron un símbolo de la tiranía. Pero son grandes y yo les encuentro cierta belleza, cosa que no hacen, muchos de los que vivieron en esos países.
En la vuelta, hemos presenciado el cambio de guardia, al lado de la plaza roja. Los soldados, levantan tanto las patas como los alemanes antaño. No se si les molestaba que les estuviéramos dando con el flash en los ojos cada dos por tres, a los guardias.
Me encantan sus gorros, tan levantados. Tanto los militares como los policías los llevan. Resultan muy llamativos. Propios del carácter exagerado y algo orientalizado de este pueblo.


Conclusión

Un país precioso, un pueblo orgulloso pero amable. Creo que culto. Según nos explicaron, a todo estudiante le obligan a tocar un instrumento desde el primer día o especializarse en algún deporte. Las ciudades soviéticas ya las conocía y resultan horrorosas a la vista y no quiero pensar, como es vivir en ellas (bueno, sí he vivido en ellas y tampoco me ha pasado nada). Todo es gris, pero esta gente, lo compensa llenándolo de flores. Horroriza ver el contraste tan grande entre riqueza y pobreza. Como la gente va corriendo a ver una boda con limusinas, sin pararse a pensar que sus ocupantes son los que les quitan el pan. Lo tremendamente horteras que son ostentando riqueza, pareciéndose vagamente a los americanos.
También nos explicaron algo que me fascinó y es la vida comunal: los edificios se construyeron para poder ahorrar al máximo posible y de alguna forma, para que todos se controlaran unos a otros, de tal modo, que ponían cocina y baño comunes para varias viviendas. Eso, siempre puede originar problemas, pues normalmente nos hartamos de nuestros vecinos al segundo año, pero aquí no les quedó más remedio y funcionan muy bien, sobre todo ahora, que las circunstancias obligan. Existe el trueque para sobrevivir. El que es mecánico, arregla el coche a los demás vecinos de un bloque, el que es pintor hace otro tanto y así todos. Compran y cocinan para todo el edificio, ahorrándose mucho dinero mediante la planificación. Sobreviven y viven en una vida en común. Supongo que lo hacen porque no les queda más remedio, pero, para mí es algo positivo que la gente se vea obligada a entenderse. La falta de libertad nunca es buena, pero este pueblo no está acostumbrado a ella y quizás sea mejor así, hasta que las cosas se normalicen.
Quizás me ha agobiado un poco ir en familia, teniendo siempre condicionado lo que hacer, como vestir, lo que comer y lo más cachondo, con quien hablar. He recibido no se cuantos reproches porque no hacía caso a tal o cual persona. Y eso me ha tocado tanto las narices, que únicamente me relacionaba con la hija de unos amigos, de 11 años, con tal de no forzarme a trabar conversaciones que detesto. Me he sentido muy mal educado y supongo que los demás lo han pensado, pero quería desconectar un poco de imposiciones sociales e ir a mi aire, cuando todo mi tiempo estaba condicionado por mi entorno. Casi he sentido un placer cruel, en ignorar a la hija de unos amigos de mis padres. De alguna forma, me enfermaba su mirada beata y su incapacidad de hablar. No se que conspiraciones había de por medio, que cada dos por tres nos sentaban juntos y eso me reafirmaba en hacer como que no existía. Llegué a hablar superficialmente con casi todo el mundo, menos con la pobre chica. Es lo que tiene, cuando me intentan forzar a algo.
Creo que me he cansado de viajar en plan turista. Tiene sus ventajas, pues ves mucho en poco tiempo, e ir a gastos pagados siempre es más cómodo y lujoso, pero no llegas a conocer nada. Si nos llevan a tiendas para turistas, a restaurantes para turistas y entramos a los museos en temporada alta, pues todo se queda un poco en nada. Y quizás ya me aburría tanta catedral y tanto cuadro todo el día. Tanto andar o ir en autobús por la ciudad. Necesitaba algunas horas de soledad que nunca podía tener, ni siquiera para terminar este diario. No ha dejado de tener mérito aguantar a la familia las 24 horas sin apenas inmutarme, a pesar de los reproches por no mostrar interés en lo que veíamos. Pero, es mi reacción ante mi familia. Pierdo el interés por casi todo, aunque ciertamente, lo he perdido en los últimos meses. Dejé de jugar a bolsa, de ver a mucha gente, de leer, de ver películas, me costó horrores retomar el piano y no se ni cómo he aprobado alguna asignatura. Supongo que es cuestión de tesón o rutina.
Hay algo que me ha tentado de este país. Creo que aquí está el dinero, el futuro. Hay algo fascinante en esta desgarradora lucha por la vida y el poder. En estas mujeres exageradamente hermosas, que caminan con soberbia por las calles más lujosas. Nunca había visto mujeres tan altas, tan rubias, tan coquetas. Me iba enamorando cada dos por tres y algunas eran auténticas crías (me entró júbilo cuando por fin ví una que no me parecía atractiva).
Como decía, aprenden rápido y este país tiene futuro. Sigue teniendo buenas universidades, cierta tecnología, una cultura científica. El idioma es precioso. Tienen un sin fin de teatros y música por doquier.
Quizás es lo que necesito… Cuando hice el viaje por Europa, busqué algún país donde huir un tiempo. Me gustaron mucho Italia y Hungría, pero en Rusia veo más posibilidades de crecimiento.
Quiero dejar el turismo de antes. Creo que la única forma de conocer y disfrutar de un país, es trabajando y viviendo en él, conociendo a su gente y su cultura. Aquí no aprecian mucho la vida, por lo que se, pero están peleando duro y eso lo admiro.
Quizás sea este mi destino, para despejar mi cabeza a base de vida dura, en un país tan distinto, despiadado, pero lleno de hermosura.