Día 18, martes – Madrugón
a las 4:45 para ir al aeropuerto. Nos encontramos con los demás amigos
de mis padres. No he podido dormir bien. Estaba tenso, como si fuera la víspera
de un examen. Como otras veces, no quiero irme de viaje, pero sé que
debo hacerlo.
¿las contras? Que tengo que estudiar. Me puede ir el futuro entero en
estos exámenes. Tampoco me hace gracia la idea de viajar en familia.
Bastante me exaspera dar cuenta de todo lo que hago, el poco rato que convivimos
en las comidas, como para hacerlo todo el día. Por de pronto, mi madre
ya me ha dicho que hable con los hijos de unos amigos suyos. Me ha salido únicamente
una especie de mueca con risa y de golpe me ha recordado por qué no quiero
pasar más tiempo con ellos.
El vuelo ha sido más o menos agradable. Afortunadamente hemos volado
en un A321 y no en un viejo MD80. Me inquieta profundamente este viaje, por
todos los peligros sobre los que he leído acerca de Rusia. Quizás
vaya condicionado por su historia. Pero de alguna forma, sé que no debo
perdérmelo. Independientemente de todas las cosas horribles que tenga
este país, no deja de ser distinto, fascinante.
Nada más aterrizar, las autoridades han pedido distintos papeles a la
tripulación, que no tenían. No han sido capaces de poner una segunda
escalera, para que bajaran los pasajeros del avión. Mucho de lo soviético,
perdura.
Hemos llegado al hotel y pensamos en irnos al centro en metro. Por lo visto,
este desciende a cien metros bajo tierra para pasar por debajo del río
Neva. Pero en pos, de hacerlo todo en grupo, nos hemos quedado a comer/cenar
en el hotel (bastante mal, por cierto) y ya no hemos hecho nada más.
Aquí las noches son “blancas”, por estas fechas y cuesta
dormirse entrando algo de luz. No tienen persianas, sólo cortinas.
Me han dado una cama plegable de pésima calidad. Cuesta no hundirse.
Se me hace raro, dormir con mis padres. Demasiados años, acostumbrado
a encerrarme en mi cuarto bajo llave, buscando un poco de intimidad o soledad.
Pero he dormido ya casi, en cualquier sitio, por lo que me he acostado sin más
preámbulos.
Se me ha olvidado mencionar, que hemos visitado un monumento a los héroes
de Leningrado. Gigantesco, cómo todo lo que se encontrará en este
país. La temperatura es de unos 20º y ha llovido un poco. Es un
tiempo agradable.
Es curioso… la noche anterior, estuve en casa de Begoña
viendo una película llamada “El jardín secreto” de
Agnieszka Holland. Otra judía polaca que habla mal de Polonia. Pero en
este caso la película era bonita. Un poco, la típica historia
de tragedias en familias ricas y faltas de cariño, pero de final feliz.
Con una moraleja sencilla: para vivir, sólo hay que amar y disfrutar
de las cosas hermosas que nos rodean.
Aún no me he quitado de la cabeza la visita que he tenido estos días.
Una polaquita encantadora de 21 años. No paraba de hablar desde que me
obligaron a sacarla. Nada más verla me impresiono su escote y su simpatía.
Una chica natural, sin aparentes prejuicios, con ganas de ver y aprender. Le
encantaba hablarme de cualquier cosa, pero también escuchaba con fascinación,
casi con devoción. Salimos de fiesta y, cómo otras que he conocido,
no paraba de querer que la sacara a bailar, de sonreír, de ser cariñosa.
La noche que la saqué, cogí 130Km/h por la castellana para llevar
a Pablo a casa. El alcohol estaba presente y yo de alguna forma, necesitaba
esa velocidad. Por fin, la dejé en casa, agradecidísima por haber
paseado con ella por el retiro (tan tonto fui, que me perdí) y por la
noche que pasamos juntos. Llegué a casa feliz, con una nueva falsa ilusión
y quise compartirla con Edgar, que casualmente estaba en el Messenger. En ese
instante, ya no eran tan agobiantes ni mi familia, ni mi carrera, ni todos los
malos recuerdos acumulados.
El viernes, volví a sacarla y la llevé al teatro. Casualmente
días antes, me había mandado un mensaje un amigo actor, invitándome
a verle. Vinieron amigos y amigas y se desmadró un poco más la
cosa. Primero bailé con Raquel, lentamente y luego con ella, que se movía
salvajemente, pero me excité demasiado y tuve que simular que me llamaban
al móvil, para salir un poco a la calle a tranquilizarme, tras soltar
su talle. Pocas horas antes, me habló de su novio.
Sobre las tres, tenía que llevar a Luis a casa. Ella, aunque quería
más, vio que era buena ocasión para volver. Me pidió que
la acompañara a la puerta y me abrazó. Estaba encantada con todo
y fascinada por cómo pensaba y hablaba yo. Me dijo, que era como un hermano
mayor… Esta vez, me acosté un poco más triste. Curiosamente,
esa noche del viernes, pude dormir bien, hasta las 3 de la tarde, cosa que casi
nunca hago. Quizás, por llevar toda la semana trabajando, estudiando
y con algunas escapadas nocturnas.
Recibí nada más levantarme una llamada de mi profesora, para que
fuera a su casa, para que la madre de esta chica, volviera a analizarme el cuerpo
y la cabeza sólo con las manos, mediante radiestesia. Dijo varias cosas
sobre mí, que me subieron el ego, todo hay que decirlo.
También, la niña quería que la llevara a un museo, peo
esta vez le dije que no. Quería estudiar un poco. La “terapia”
se prolongó y no estudié mucho, pero más o menos terminé
esa asignatura. Lo interesante, aparte del calor que sentí en la espalda
y el cuello con las manos de esta señora, fue la regresión que
intentó hacerme después. Ya me conocía este mundo por haber
recibido tratamiento de un buen psicólogo que hacía lo mismo.
Una de las partes de intentar relajarse y concentrarse en determinadas ideas,
fue cuando me pidió que visualizara lo que más me importaba en
ese instante para poder conseguirlo. Quise pensar en los estudios y cosas así,
pero fui incapaz. Sólo pensaba en tirarme a su hija y por más
que me esforzaba, no conseguía quitarme ese pensamiento de la cabeza.
Me dijo, que a partir de ahora mis deseos se cumplirían.
Poco antes, me ofrecí a sacar a esta chica al Juan Carlos I por la noche.
Eso sí que me venía bien de tiempo y siempre disfrutaba haciéndolo
con quien se terciara. Quizás, no quería dejar escapar la oportunidad,
de pasar un rato más con ella.
Subimos a una pirámide y nos quedamos escuchando el viento, en absoluto
silencio.
La verdad, es que la deseaba, pero lo veía imposible. Estaba con una
niña llena de ilusiones e historias, que me hacía preguntas sobre
cómo llevar mejor su vida en pareja. Sólo, intenté disfrutar
de esos últimos momentos, con esa persona tan feliz y distinta a mí,
tan llena de creencias esotéricas y religiosas, mientras lo mío
era descreimiento absoluto. La llevé a casa, recibiendo mil agradecimientos
más, pensando que aún hay chicas encantadoras, aunque no sean
para mí.
En todo esto pensaba, mientras estaba en el tresillo con Bego, viendo esa peli
tierna, cuando me llamó Guille, con quien quería quedar un rato
antes de irme de viaje. Me hizo mucha ilusión su llamada, quizás
por esa constante sensación de soledad, que tengo cuando intento localizar
a la gente y ni contestan a mis llamadas. Le conté mis peripecias y él,
esta vez tenía tiempo para oírlas. También recordamos el
día que hicimos una fiesta con un par de amigos y conocidas y cómo
él mismo se quedó impresionado viéndo a una de ellas bailar.
Como yo me subía a la cocina a echarme agua fría para tranquilizarme,
o cómo me cogió Guille de los hombros y me dijo “o vas tu,
o voy yo”. Luego, cómo le acompañé al garaje a fumar
un cigarro. Se me puso filosófico y fueron cayendo más cigarros
y cigarros, mientras yo le seguía la conversación educadamente,
mientras pensaba “¡¿es que no te das cuenta? Esa hembra desbocada
está bailando sola ahí dentro y yo estoy aquí hablando
contigo acerca de nuestras mismas movidas”!.
Nos reímos mucho, en los breves instantes en que recordamos anécdotas.
Todo eso mejoró una tarde, en que no sabía que hacer en casa y
tenía una enorme necesidad de compañía. En todo eso pensaba
en el avión y en la cena posterior, antes de acostarme, en la ciudad
de los zares.
Día19, miércoles – Panorámica
de la ciudad. Vamos en autobús por múltiples catedrales, todas
de arquitectura parecida. Sorprenden sus tejados de oro y que casi todas estén
bien restauradas y cuidadas. Por lo visto, el clima las deteriora con rapidez,
al igual que todos los demás edificios. San Petersburgo se construyó
sobre fango, a costa de la vida de miles de personas, por Pedro I “el
grande”. También hemos dado una vuelta en barco, recorriendo los
canales de la “Venecia del norte”. Creo que ya oí esa chorrada
en Ámsterdam. Pretenden comparar el refinamiento de Venecia con la mezcla
bestial y exagerada, de barroco y neoclásico que impregna todo San Petersburgo.
El gigantismo de un pueblo apasionante, pero, en cierto sentido, algo bruto,
pues casi todos los artistas e ingenieros, fueron extranjeros traídos
para construir y decorar la nueva capital.
Todo son contrastes en esta ciudad. No paro de ver Mercedes y limusinas, mezcladas
con Ladas (típico coche soviético) de hace 30 años. Nuevamente,
percibo ese complejo ruso de parecerse a los americanos. Los comercios, la música,
la decoración, están influidos exageradamente por ellos. Realmente,
la cultura es toda una forma de conquista.
Tanto los edificios, como las catedrales, me han gustado mucho. Están
llenos de colores y en sustitución de los frescos (que se deterioran
demasiado con ese clima y humedad), utilizan mosaicos. Es una imagen impresionante.
Por la noche, hemos ido a ver un espectáculo de cosacos. Obviamente,
muestran los bailes y melodías folclóricas internacionalmente
conocidos. “Pole Polenko” es una melodía que me enamoró
en las películas y esta vez, pude escucharla en directo. Sugiere la caballería
al galope por las estepas rusas…
Tienen fuerza y carácter los bailes cosacos y muestran ese maravilloso
carácter, vividor y aventurero, que eclipsa un poco el estereotipo alcohólico
y depresivo de esta sociedad sin expectativas.
No deja de ser irónico, que se asocie con la rusa, una cultura, un pueblo
(el cosaco), muchas veces perseguido por los zares (también al servicio
de ellos) y exterminado por Stalin. Salí emocionado de ese espectáculo.
Día 20, jueves – Visita a la
catedral de San Isaac. Los nazis no la destruyeron con su artillería,
pues les servía de sistema de referencia para otros objetivos cercanos.
Gigantesca y fastuosa como todo lo de este país.
También hemos visitado L´Hermitage, la pinacoteca más grande
del mundo, comprendida en el palacio de invierno y edificios adyacentes. De
un lujo exagerado y recargadísimo de oro. Parece la eterna obsesión
de los rusos. Aunque España también es parecida. Desgraciadamente
sólo hemos estado un par de horas y apenas hemos visto nada. Había
demasiada gente. Rusia, germina en turismo y por los precios y los productos
que vende (siempre los mismos en todas partes y a altos precios) está
muy bien preparada para ello.
De crío, ví documentales sobre este palacio y siempre quise venir.
Hay dos cuadros de Da Vinci y también alguno de Velázquez. Resulta
curioso ver cuánto arte importaron en pos de ser más europeos.
Por la tarde, hemos visitado la fortaleza de Pedro y Pablo. Para variar, tiene
una catedral espectacular, llena de mosaicos.
Día 21, viernes - Visita al Palacio
de Verano. Creo que es el que realmente recordaba de ese documental de mi infancia,
por el parquet tan original que decora el suelo y por el hecho de haber sido
devastado por los alemanes. Tanto los tejados como las fuentes son de oro. Estaba
impresionado con tanta obra de arte, pero al mismo tiempo no podía evitar
sentir repugnancia por esa ostentación y frivolidad mientras pensaba
en toda la gente que murió de hambre mientras tanto.
La misma sensación me asaltaba cada vez que me servían algo en
un bar o restaurante, o que me intentaban vender algo, o cuando me abrían
una puerta del hotel con una sonrisa…
De alguna forma, siempre siento vergüenza de mí mismo cuando alguien
me sirve. Especialmente, si creo, que le obligan a esa persona, las circunstancias.
Por la noche, hemos ido a tomar el tren que va desde San Petersburgo a Moscú.
Dispone de camarotes dobles con literas y un desayuno envasado de lo más
completo. Lo jocoso, son las cortinas y alfombras que le dan al tren, una falsa
sensación de lujo. Cosa que desaparece al visitar los servicios que,
como muchos que hemos visto a lo largo del viaje, provocan arcadas (si alguien
ha visto la película Trainpotting, sabrá a lo que me refiero).
Otra cosa interesante es el camarote preparado para la tripulante que vigila
y un samovar integrado en la pared del vagón, desde el que nos preparan
te o café, en vasos muy bonitos y de gran popularidad antaño.
He dormido fatal (como todos estos días), por falta de espacio, pero
no ha dejado de ser una experiencia viajar durmiendo entre estas dos ciudades,
contemplando la estepa y el Sol bañándola. La chica ayudante de
la tripulante, también se ha quedado en el vagón. Era realmente
guapa. La miré con ojos depredadores, pero no me hizo caso. Me acosté
pensando en ella.
Día 22, sábado – Llegada
al hotel tras el viaje en tren. Dentro tiene un casino, una zona de striptease
y decenas de prostitutas. Qué mujeres tan hermosas tiene este país.
Altas, esbeltas, potentes y con ojos grandes, rostros delicados y labios sensuales.
Se me revolvían las tripas al verlas entregadas a cerdos con pasta. Todo
el hotel parecía orientado al vicio, a pesar de ese lujo y buen servicio.
En toda mesa o ruleta, había una chica guapa. En los garajes, Mercedes
y BMWs de seis litros. Todos con las lunas tintadas, muchos con un matón
de pie al lado, de gafas oscuras y traje negro.
Salimos para tomar el metro de Moscú, de lujosas estaciones. Como el
de San Petersburgo, llega a una profundidad de 100 metros bajo tierra. Pero
lo que más me impresionó, son las velocidades que cogen sus viejos
vagones. Según dijeron, esas moles de acero alcanzan a los 90 Km/h. Es
algo un tanto espectacular, ir en un trasto tan basto, ruidoso y balanceándose
a toda velocidad. Una vez más, se puede ver como hacen las cosas a lo
bestia.
Llegamos a la plaza roja. Es más pequeña de lo que parece en la
tele, quizás porque el suelo está algo combado. Resulta curioso
ver, que en frente del mausoleo de Lenin, están las tiendas más
caras de Moscú. La catedral de San Basilio, situada en la plaza roja
también es tremendamente llamativa y original. De puro milagro no la
destruyeron ni Napoleón, ni los bolcheviques, aunque pensaron en hacerlo.
También el edificio del Kremlin es muy bonito, con las estrellas rojas
brillando en lo alto.
Hemos visitado a su vez, la catedral de San Salvador, construida por tres generaciones
de zares y destruida por la locura de Stalin tras varios intentos de dinamitarla.
Después de no dejar ni una piedra en ese espacio, pensaron en construir
un rascacielos que rivalizara con los americanos, con una gigantesca estatua
de Lenin en lo alto, sosteniendo el mundo. Pero la guerra salvó a la
humanidad de semejante estupidez.
Hace unos años, los rusos decidieron reconstruir la catedral y lo consiguieron
en sólo cinco años. No hay palabras para describirla por dentro,
pero sigue el modelo de todas las demás.
Por la tarde, hemos decidido irnos a ver por nuestra cuenta Moscú. Ya
conociendo el metro, resultó que no era tan difícil moverse por
allí, aunque el cirílico complica un poco las cosas. He perdido
ese miedo inicial. Ahora es como una ciudad más y desplazarse por sus
calles, con su gente, resulta agradable. Me han comprado una petaca, con estrellitas
soviéticas. No se por qué, pero me hacía ilusión.
Cuando empecé la universidad, soñaba con llevar siempre una encima,
para poder beber a todas horas 43 con lima. Me ha inquietado un poco, el poseerla
ahora. De alguna forma, me incita al pecado (más tarde descubriría
que tiene fugas y que las estrellitas se caían).
Tras la cena, hemos visitado Moscú de noche. Primero hemos ido a ver
un lago en el que se inspiró Tchaikowsky para su “lago de los cisnes”
y después hemos visto unas fuentes iluminadas con focos rojos, simbolizando
la sangre derramada. Hemos finalizado este cansado día con la plaza roja,
iluminada de noche, llena de vida y color.
Día 23, domingo – Visita del
Kremlin. Dentro, hay un cañón que se construyó únicamente
para presumir de él, puesto que era imposible de usar. Por supuesto,
en el recinto hay una catedral y también un museo de armas, dónde
se pueden encontrar algunos huevos Fabergé. También hay todo tipo
de joyas y un sin fin de biblias, encuadernadas con tapas de metal, oro, piedras
preciosas y marfil. Me he enterado, de que las medias lunas que decoran algunas
cúpulas de las catedrales, eran un símbolo usado por los cristianos,
cuando eran perseguidos.
Estoy ya un poco cansado de ver catedrales, joyas y mosaicos. La guía
nos explica muchas cosas interesantes, pero yo suelo estar en la parra y a los
cinco minutos desconecto y pienso en mis cosas. De alguna forma, va perdiendo
gracia para mí lo de viajar y hacer siempre lo mismo.
Por la tarde, hemos ido a una de las galerías de arte más importantes
de Moscú. Había cuadros espectaculares de Iván el terrible,
que por error mató a su hijo. He visto mujeres increíbles y lo
más chocante y que todo el mundo notó, un sin fin de chicas jóvenes,
pijas y guapas que parecían venir solas a ver todo eso. Rara vez suele
ocurrir en “El Prado”, aunque también se da el caso. Los
cuadros que menos me gustan son los de retratos y los que más me han
interesado, tenían batallas, tormentas en el mar o torreones contrastando
con el horizonte.
Hemos terminado tomando una cerveza cerca de la plaza roja. He visto las rubias
más rubias que puedan existir, tirando a blanco. Hasta dudaba de que
ese color fuera real, pero mi madre me dijo, que también tenía
el pelo así de joven. Por la noche, hemos cenado como siempre, en el
hotel. Me han fascinado los baños, con cuadros. Daban ganas de quedarse
a comer en ellos.
Día 24, Lunes – Hemos visitado
el “vaticano ortodoxo”, una fortaleza dónde yace un mártir
y está llena de edificios religiosos. Me he quedado un rato escuchando
su misa (que dura hasta cinco horas), llena de cánticos y genuflexiones.
Había gente, que se arrodillaba como los musulmanes. Se nota enormemente
la influencia oriental. Quizás porque proviene de Bizancio. Me asaltaban
sentimientos de retomar Constantinopla en nombre de la cristiandad. Y ya de
paso, Jerusalén.
Tras la toma de Moscú, los polacos asediaron sin éxito esta fortaleza
durante un año, según nos contaron. Creo que Putin ha declarado
fiesta nacional, el día que echaron a los polacos de su país,
en vez del día en que se libraron de trescientos años de opresión
tártara. Aparte de las catedrales, palacios y demás, he hecho
fotos de un par de gatos. Son muy peludos en este país y resultan de
lo más graciosos.
Por la tarde hemos visitado un jardín, dónde hay una casa de madera
en la que residió Pedro I el grande. Por lo que nos contaron, dominaba
todo tipo de oficios, como la carpintería y era bueno como cirujano o
diseñando barcos. Se dice, que murió por la neumonía que
cogió al salvar a unos pescadores. Al menos, en este jardín, la
catedral (o lo que sea), tiene las cúpulas azules y resulta menos hortera.
Da gusto ver este jardín, bien cuidado y limpio. En general, en las dos
ciudades que he visitado, las calles están muy limpias y eso que no hay
forma de encontrar un cubo de basura. Aunque luego, en algunos parques algo
más periféricos, se pueden encontrar botellas y basura de todo
tipo. Antes de tomar el metro hacia el jardín, he podido fotografiar
uno de los rascacielos de Stalin, de estilo neoclásico, con una inmensa
estrella tallada en lo alto. “El padrecito” regalaba esos edificios
a los países de influencia soviética y siempre representaron un
símbolo de la tiranía. Pero son grandes y yo les encuentro cierta
belleza, cosa que no hacen, muchos de los que vivieron en esos países.
En la vuelta, hemos presenciado el cambio de guardia, al lado de la plaza roja.
Los soldados, levantan tanto las patas como los alemanes antaño. No se
si les molestaba que les estuviéramos dando con el flash en los ojos
cada dos por tres, a los guardias.
Me encantan sus gorros, tan levantados. Tanto los militares como los policías
los llevan. Resultan muy llamativos. Propios del carácter exagerado y
algo orientalizado de este pueblo.
Conclusión
Un país precioso, un pueblo orgulloso pero amable. Creo
que culto. Según nos explicaron, a todo estudiante le obligan a tocar
un instrumento desde el primer día o especializarse en algún deporte.
Las ciudades soviéticas ya las conocía y resultan horrorosas a
la vista y no quiero pensar, como es vivir en ellas (bueno, sí he vivido
en ellas y tampoco me ha pasado nada). Todo es gris, pero esta gente, lo compensa
llenándolo de flores. Horroriza ver el contraste tan grande entre riqueza
y pobreza. Como la gente va corriendo a ver una boda con limusinas, sin pararse
a pensar que sus ocupantes son los que les quitan el pan. Lo tremendamente horteras
que son ostentando riqueza, pareciéndose vagamente a los americanos.
También nos explicaron algo que me fascinó y es la vida comunal:
los edificios se construyeron para poder ahorrar al máximo posible y
de alguna forma, para que todos se controlaran unos a otros, de tal modo, que
ponían cocina y baño comunes para varias viviendas. Eso, siempre
puede originar problemas, pues normalmente nos hartamos de nuestros vecinos
al segundo año, pero aquí no les quedó más remedio
y funcionan muy bien, sobre todo ahora, que las circunstancias obligan. Existe
el trueque para sobrevivir. El que es mecánico, arregla el coche a los
demás vecinos de un bloque, el que es pintor hace otro tanto y así
todos. Compran y cocinan para todo el edificio, ahorrándose mucho dinero
mediante la planificación. Sobreviven y viven en una vida en común.
Supongo que lo hacen porque no les queda más remedio, pero, para mí
es algo positivo que la gente se vea obligada a entenderse. La falta de libertad
nunca es buena, pero este pueblo no está acostumbrado a ella y quizás
sea mejor así, hasta que las cosas se normalicen.
Quizás me ha agobiado un poco ir en familia, teniendo siempre condicionado
lo que hacer, como vestir, lo que comer y lo más cachondo, con quien
hablar. He recibido no se cuantos reproches porque no hacía caso a tal
o cual persona. Y eso me ha tocado tanto las narices, que únicamente
me relacionaba con la hija de unos amigos, de 11 años, con tal de no
forzarme a trabar conversaciones que detesto. Me he sentido muy mal educado
y supongo que los demás lo han pensado, pero quería desconectar
un poco de imposiciones sociales e ir a mi aire, cuando todo mi tiempo estaba
condicionado por mi entorno. Casi he sentido un placer cruel, en ignorar a la
hija de unos amigos de mis padres. De alguna forma, me enfermaba su mirada beata
y su incapacidad de hablar. No se que conspiraciones había de por medio,
que cada dos por tres nos sentaban juntos y eso me reafirmaba en hacer como
que no existía. Llegué a hablar superficialmente con casi todo
el mundo, menos con la pobre chica. Es lo que tiene, cuando me intentan forzar
a algo.
Creo que me he cansado de viajar en plan turista. Tiene sus ventajas, pues ves
mucho en poco tiempo, e ir a gastos pagados siempre es más cómodo
y lujoso, pero no llegas a conocer nada. Si nos llevan a tiendas para turistas,
a restaurantes para turistas y entramos a los museos en temporada alta, pues
todo se queda un poco en nada. Y quizás ya me aburría tanta catedral
y tanto cuadro todo el día. Tanto andar o ir en autobús por la
ciudad. Necesitaba algunas horas de soledad que nunca podía tener, ni
siquiera para terminar este diario. No ha dejado de tener mérito aguantar
a la familia las 24 horas sin apenas inmutarme, a pesar de los reproches por
no mostrar interés en lo que veíamos. Pero, es mi reacción
ante mi familia. Pierdo el interés por casi todo, aunque ciertamente,
lo he perdido en los últimos meses. Dejé de jugar a bolsa, de
ver a mucha gente, de leer, de ver películas, me costó horrores
retomar el piano y no se ni cómo he aprobado alguna asignatura. Supongo
que es cuestión de tesón o rutina.
Hay algo que me ha tentado de este país. Creo que aquí está
el dinero, el futuro. Hay algo fascinante en esta desgarradora lucha por la
vida y el poder. En estas mujeres exageradamente hermosas, que caminan con soberbia
por las calles más lujosas. Nunca había visto mujeres tan altas,
tan rubias, tan coquetas. Me iba enamorando cada dos por tres y algunas eran
auténticas crías (me entró júbilo cuando por fin
ví una que no me parecía atractiva).
Como decía, aprenden rápido y este país tiene futuro. Sigue
teniendo buenas universidades, cierta tecnología, una cultura científica.
El idioma es precioso. Tienen un sin fin de teatros y música por doquier.
Quizás es lo que necesito… Cuando hice el viaje por Europa, busqué
algún país donde huir un tiempo. Me gustaron mucho Italia y Hungría,
pero en Rusia veo más posibilidades de crecimiento.
Quiero dejar el turismo de antes. Creo que la única forma de conocer
y disfrutar de un país, es trabajando y viviendo en él, conociendo
a su gente y su cultura. Aquí no aprecian mucho la vida, por lo que se,
pero están peleando duro y eso lo admiro.
Quizás sea este mi destino, para despejar mi cabeza a base de vida dura,
en un país tan distinto, despiadado, pero lleno de hermosura.