Le inundaba una enorme tristeza, lenta inexorable. Sentía que el arsénico empezaba a hacerle efecto, que la vida se marchaba de su cuerpo, desalojada por esa gran tristeza que todo lo abarcaba. Sintió lástima de si mismo: había vivido tan solo..., y ahora tan sólo se moría. Se le escapó una lágrima al recordar que una vez tuvo una vida mejor.
<<Debe ser que ya estoy cerca del final, pensó; pues hace demasiado tiempo que no lloro. Creo que la última vez fue...¡hace más de diez años!>>
Las imágenes del recuerdo se le agolpaban por salir y una vez fuera se le mostraban, frente a sus ojos cerrados, con un realismo estremecedor. Se le apareció la imagen mental del accidente de tráfico que nunca vio, donde fallecieron la mujer que había amado y el hombre que había querido. Se recordó, también, llegando escoltado al despacho del alcaide y como este le comunicó la noticia. La escuchó con la fría dureza que le enseñaron los años de cárcel y de penas. Por la noche no pudo dormir. Se retorcía en su camastro imaginando una y otra vez el accidente.
-Se salieron por una cuneta- le había dicho el alcaide-: la muerte fue instantánea; no tuvieron tiempo de sufrir.
<<Ellos no.>>
Pero ahí estaba él; siempre dispuesto a sufrir algo más, permitiendo siempre que la soledad se le acercara algo más. ¿Qué más daba ya todo? Le habían arrancado la esperanza a golpe de injusticia. Veía su vida gris, como la gris pared que lo albergaba desde hacía quince años, cuando lo encerraron por un asesinato que siempre negó haber cometido. Pero el juez no lo entendió así y lo mandó ejecutar.
¡Tantos años de lucha en el corredor de la muerte, tratando de probar su inocencia! Su abogado había conseguido posponer varias veces la ejecución mediante recursos, o alegando haber encontrado nuevas e inexistentes pruebas, hasta que, veintidós años después de su encarcelación lo dejaron en libertad por falta de pruebas, según la revisión del sumario. Pero ya era demasiado tarde.
Abrió los ojos por un momento y sintió un gran alivio: al fin daba fin a su vida.
El papel de las paredes, los visillos en la ventana, la mesa, las sillas...todo le recuerda a ella. Su sonrisa, su mirada, el día que se conocieron, su estremecimiento cuando hacían el amor, su ternura, su paz, su sosiego. Pero también su tristeza cuando le condenaron, sus ojeras de noches en vela sin parar de llorar. Al principio lo hacía todo por ella: si por algo merecía la pena luchar por la vida, esa era la razón. De ahí sacaba fuerzas para no derrumbarse en la cárcel e incluso cursar la carrera de Derecho desde su celda, para tener más armas con qué pelear.
Todo perdió su sentido cuando ella le hizo su habitual visita semanal y le comunicó que se había enamorado de su mejor amigo, de su compañero de juventud y adolescencia, de su hermano, que el sentimiento era recíproco y que querían su bendición para poder casarse.
Él, naturalmente, se la dio.
-Tu estás ahí fuera, y yo aquí dentro- dijo sin intentar contener su tristeza-. Comprendo que quieras rehacer tu vida: no está bien ser viuda antes de casarse.
Las lágrimas brotaban de sus ojos como gotas de lluvia amarga.
-Os doy mi bendición, claro. Pero, por favor, no vengáis nunca más a verme. No podría soportarlo.
De repente es un niño. Se esconde de algo. La voz de su padre, gritando su nombre, vuelve a estremecerle. No soporta la inflexión que esta adopta al ser alzada. Su padre vuelve a llamarle de esta forma.
-¡Ya te he oído, pesado!- piensa.
No soporta esa actitud impaciente de su padre. Como cuando llega a casa sin llaves y repiquetea el timbre hasta que alguien abre. Y encima le reprende por tardar.
Pero sabe que su padre le ha visto y que tendrá que salir de su escondite.
-¿Qué hacías?¿Eh?¿Te escondías de mi?- y le arrea un cachete. No le da para hacerle daño, porque no le duele demasiado; le duele más que lo haya hecho.
¿Por qué trataba de educarle alguien que no tenía tiempo para ello?
Su padre era rico. Lo suficiente para no necesitar trabajar. Quizá por eso nunca paraba de hacerlo.
-¿Dónde está papá?- preguntaba a su madre de pequeño.
-Está trabajando.
-¿Y cuándo vendrá?
-El fin de semana.
-¿Y me castigará?
-No si has sido bueno.
- Pero él siempre me castiga.
-Es que tu padre se exige mucho a si mismo y a los demás.
-Pero yo me porto bien.
-Mira hijo- le dijo alguna vez su padre-, no vale que lo intentes: has de hacerlo. Sea lo que fuere lo que hagas, tanto si acabas como físico nuclear, cirujano, director de banca o churrero has de ser el número uno en tu trabajo. Es la única forma de que la gente te respete, e, incluso, te admire.¿Sabes donde están los que sólo lo intentan?¿No?¡Claro que no! Esa gente no le importa a nadie; no salen en las revistas, no son entrevistados en televisión. No son como los números uno: a estos acude la gente pidiendoles ayuda, o simplemente consejo. Son los que ganan más dinero, como yo.
Pero él nunca se sintió el primero ni el mejor en nada. Había sido ahora, al final de su vida, cuando decidió por primera vez su destino. Y es el mayor de los triunfos, pensaba, decidir el momento de su propia muerte.
No había elegido el día de su boda, ni a su mujer ni a sus hijos.
-Yo los dejé huérfanos de madre y con su padre en la cárcel. Más no me arrepiento; sólo de que me descubrieran.
Nunca los quiso. Eran el fruto de un matrimonio corrompido, pactado entre familias.
-Un título para nuestro apellido- decía su padre-. Piensa en el prestigio que eso supondría. Si no lo haces por mi ni por ti, hazlo por tus futuros hijos.
Llegó a su casa de noche. Su mujer lo estaba esperando. Ella siempre lo miraba de soslayo, como si fuese superior sólo por ser noble.
-¡Has vuelto a estar con tu querida! Con esa zorrita que no vale nada. No me extraña que os hayáis enamorado: sois dos perdedores.
Estaba harto de su prepotencia, de que siempre lo estuviera humillando. Pero ya nunca más, pensó. No me importa que me insulte; es cierto, soy un perdedor. Pero a ella no. Fue a su despacho, abrió el buró y sacó la pistola. Y cuando se la puso a su mujer en la cabeza y ella lo miro sabedora de que él no dispararía, no le quedó otra opción. Y aún cuando estaba muerta y con la cara desfigurada, su boca parecía sonreír con su gesto torcido de haber vencido.
-Ni siquiera elegí matarla. Ella me obligó.
-Nunca me abandones, prometeme que nunca lo harás.
-No te voy a abandonar nunca: te lo prometo.
Ella siempre le hacía prometer. Se sentía pequeña e insignificante junto a aquel titán. Él siempre prometía porque todo lo que siempre había querido ser se resumía junto a ella.
Ella no. Ella siempre había querido estar en la cumbre, donde él, a pesar suyo, estaba.
-No. No. No me prometas nada. Ya lo se- la interrumpía.
¡Culpable!
-Nunca te abandonaré, te esperaré toda la vida.
-Me van a ejecutar...
-Yo te querré siempre. Y te seré fiel. Siempre. Hasta después de que...¡voy a estar muy sola!- rompía a llorar.
El primer año las visitas eran diarias. Ella iba hasta su celda y se daban las manos a través de las rejas y se quedaban así horas. También le visitaba su mejor amigo, el único verdadero. Se conocían casi desde niños, cuando fueron compañeros de pupitre. Ya desde entonces le había fascinado de él su libertad e independencia que se fueron agigantando con el tiempo, así como su admiración por él. Iba y venía como quería, sin decir nunca nada a nadie, sin ningún tipo de responsabilidad. Se dedicaba, simplemente, a vivir la vida.
-Cuida de ella, ¿quieres?- le suplicaba desde la celda-. Se que está sufriendo mucho; yo...¡yo no la puedo ver así!¿Lo harás?¿Lo harás por mi?
Poco a poco las visitas se volvieron semanales, casi siempre de los dos juntos. Se pasaba seis días muerto, ahobachonado en su camastro y con la única idea en la cabeza de la próxima visita, su próximo momento de vida.
Hasta aquel día en que el amor, la amistad y la admiración se tornaron en odio y desprecio. A partir de entonces dejó de luchar por su vida, llorando cada noche de soledad y de rabia, pero sobre todo de odio. La odiaba a ella por haberle mentido, por haberle hecho promesas que rompería, por darle esperanzas a quien no tenía. Lo odiaba por arrebatarle su último suspiro de vida, por traicionar una amistad.
Pero la vida aún tenía golpes que asestarle. Fue a los pocos meses de la última visita, cuando él, ingenuamente pensaba que no se podía estar más hundido. Ambos habían muerto.
- Alcaide: usted conoce mi situación; llevo años en el corredor y siempre he luchado. Pero no puedo más: ¡ejecutenme! No quiero seguir con esta vida.
-Esta bien, haré lo que pueda. Pero tu abogado tiene abierto un recurso y ya sabes de lo inexorable de la justicia.
De los siguientes años no tiene ningún recuerdo. Desaparecieron todos los sentimientos (hasta el de culpabilidad por haber deseado sus muertes) y los pensamientos.
Es todo gris, como la celda que lo albergaba. Excepto un foco blanco de luz que se abre desde el centro, cada vez más grande, hasta que , al fin, lo abarca todo.